sábado, 21 de enero de 2023

DOMINGO III -A-

1ª Lectura: Isaías 9,1-4.

    En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.

    El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como se gozan al segar, como se alegran al repartirse un rico botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro los quebrantaste como el día de Madián.

 

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    El oráculo de Isaías contempla, probablemente, la situación de humillación que hubieron de soportar los habitantes de Galilea, desterrados por Teglatfalasar III (732), y la situación tan deteriorada en que quedó la región.  A ese pueblo, “que habitaba en tinieblas”, el profeta le anuncia una luz y una gran alegría -el día del Señor-, “porque un niño nos ha nacido…” (Is 9,5). 

2ª Lectura: 1 Corintios 1,10-13.17.

    Hermanos:

    Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos diciendo: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? No me envió Cristo a bautizar sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

 

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    Ante los sectarismos que estaban surgiendo en la comunidad de Corinto, Pablo advierte que en la Iglesia no hay más referente que Jesucristo. Denuncia y condena la fragmentación de la iglesia. Pero también denuncia la pretensión de convertirse en líderes, capitalizando lo que sólo es obra exclusiva de Cristo. Dos advertencias y dos denuncias que alertan sobre dos tentaciones que han acompañado siempre a la Iglesia: el sectarismo y el protagonismo excluyente. 

Evangelio: Mateo 4,12-23.

    Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:

    “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y en sombras de muerte, una luz les brilló”.  Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos porque está cerca el reino de los cielos.

    Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

    Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

    Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y las dolencias del pueblo. 

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    Mateo, vincula a Jesús el oráculo esperanzador de Isaías, y ve encarnada en Cristo la “luz grande” que viene a iluminar “a los que habitaban en tierra y en sombras de muerte”. Esa luz comienza a iluminar con un anuncio gozoso: la conversión ante la cercanía del reino de Dios. Y se concreta y manifiesta en una acción regeneradora de la humanidad, curando sus dolencias y enfermedades.

    Pero Jesús busca compañeros, que serán seguidores suyos y continuadores de su obra. Y de ahí surge la Iglesia, con la misma vocación y misión sanadora del Señor.  El seguimiento de Jesús no se agota en “seguirle” (yendo detrás), exige “proseguirle” (continuando su obra).

REFLEXIÓN PASTORAL

La Palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,9). Podrán ser apresados y silenciados sus mensajeros, pero ella siempre encuentra caminos y cauces nuevos para hacerse oír. De eso nos habla el relato evangélico: silenciada la voz  profética de Juan, aparece la de Jesús.

         La profecía de Isaías (Is 9,1), san Mateo la ve cumplida en Jesús, él es esa “luz grande, que ha amanecido  al pueblo postrado en tinieblas, a los que habitaban en tierra y sombras de muerte” (Mt 4,16).

         Y esa luz comienza a iluminar los caminos de los hombres, de todo hombre, con la llegada de Jesús, con su llamada a la conversión -“¡Convertíos!”- y con una oferta de salvación -“el Evangelio del Reino”, acompañada de credenciales palpables -“curando las enfermedades y dolencias del pueblo”-. Y es que la Palabra de Dios, y Jesús es su encarnación personal, es una realidad “viva y eficaz” (Heb 4,12).

         Y esa luz, esa palabra ha de seguir brillando y resonando; y para eso necesita continuadores y testigos. Es el segundo aspecto que subraya el Evangelio. Cristo se acerca a unos hombres sencillos, en sus puestos de trabajo, para ofrecerles tarea. ¡Jesús nunca llama al paro!

          Como nos recuerda la parábola de los obreros enviados a la viña (Mt 20,1-16), Dios constantemente está saliendo a buscar trabajadores, porque “la mies es mucha” (Mt 9,37).

         La respuesta, generosa y decidida, de aquellos hermanos se convierte en ejemplo de respuesta.  A Jesús no se le puede seguir con reticencias y ambigüedades. Ellos dejaron “inmediatamente” las redes; y nosotros hemos de “desenredarnos” de todo lo que nos impida ese seguimiento. Y el subrayado “inmediatamente” es intencionado. El seguimiento ha de hacerse conscientemente pero sin reticencias (Lc 9,57-62), con alegría.

    Y será precisamente la experiencia de ese seguimiento, lo aprendido en la compañía de Jesucristo, lo que anunciarán después: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn 1,1-3).  Aquellos hombres fueron los intermediarios entre Jesús y la Iglesia; y hoy la Iglesia, es decir nosotros, debemos ser los intermediarios entre Jesucristo y el mundo ¿Estamos en condiciones de asumir esa tarea, de ser ese canal de transmisión, ese punto de conexión? Quizá podríamos conseguirlo si, como nos recuerda s. Pablo en la 2ª lectura, en nosotros brillara de forma inequívoca la unidad de sentimiento y pensamiento -“¿Está Cristo dividido?” (1 Co 1,13)-; ¿no hay excesivos maestros y sectarismos?

Estamos celebrando el Octavario de oración por la unidad de los cristianos. “Que todos sean uno…, para que el mundo crea”, oró Jesús (Jn 17,21). Pero esa unidad no significa la uniformidad empobrecedora y monótona, sino saber vivir en un sano pluralismo, sin descalificaciones partidistas, buscando todos, con la mejor voluntad y rectitud de intención, la verdad en el amor, “creciendo hasta Aquél que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo toma cohesión” (Ef 4,15-16).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Con qué responsabilidad y generosidad asumo mi tarea evangelizadora?

.- ¿Soy constructor de unidad y comunión en la comunidad eclesial y en la vida?

.- ¿Con qué radicalidad sigo al Señor?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

miércoles, 11 de enero de 2023

DOMINGO II -A-

1ª Lectura: Isaías 49,3.5-6. 

    “Tú eres mi siervo (Israel) de quién estoy orgulloso”. Y ahora habla el Señor que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza-: Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

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    No es fácil acertar con la identidad de este “siervo” del libro de Isaías. La cuestión ya aparece planteada en Hch 8,34. En el judaísmo precristiano y contemporáneo a Cristo se pensaba sobre todo en Israel (glosa hebrea en Is 49,3 y de los LXX en Is 42,1) o en un personaje del AT (Sab 2,12-20; 5,1-7; Hch 8,32). Algunos niegan la interpretación mesiánica; otros la afirman, y explican que la supresión fue debido al uso que de ella hacían los cristianos.

    El NT ha señalado los contactos entre el “siervo” y Jesús. De ahí que la tradición cristiana haya seguido en esa línea. Pero hay que notar,  por lo que se refiere a Jesús: Parece que él no vio especialmente reflejada su conducta y misión en los tres primeros cantos. Los textos más importantes serían los del cuarto canto y otros fragmentos isaianos como 43,4; 44,26; 50,10; 59,21; él mismo aplicó a sus discípulos ideas del segundo y tercer canto (cf. Mt 5,14.16 con Is 49,3.6; 50,6). Aunque la iglesia primitiva consideró a Jesús como el Siervo de Dios, esto no eliminó la interpretación colectiva (Lc 1,54) ni impidió que se aplicasen a los discípulos algunos rasgos del Siervo (cf. Hch 8,34s=Jesús; 14,37; 26,17s=Pablo).  La interpretación mesiánica, pues, debe ir acompañada de la interpretación eclesial. Y no hay que exagerar su importancia a la hora de explicar la vida de Jesús. Hay otros textos de más relieve: Is 61,1-3= Lc 4,18-19.

2ª Lectura: 1 Corintios 1,1-3.

    Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo, por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro y de ellos. La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sea con vosotros.

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    Esta introducción / saludo de la primera carta a los Corintios no es un mero trámite o protocolo literario. En ella Pablo destaca ideas fundamentales: su identidad de apóstol de Jesucristo y su legitimidad -llamado…,  por voluntad de Dios-, y la identidad de la comunidad de Corinto: pueblo santo, Iglesia de Dios, consagrados por Jesucristo. Destaca un detalle significativo: no sólo los cristianos de Corinto son los destinatarios de la carta sino todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo; esta extensión, pues, nos incluye a nosotros. Y sería importante no olvidar este aspecto a la hora de leerla o de escucharla.

Evangelio: Juan 1,29-34.

    En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quién yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.

    Y Juan dio testimonio diciendo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

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    El ciclo de los testimonios -en la 1ª lectura sobre el “siervo”; en la 2ª lectura sobre Pablo y la comunidad cristiana-, se cierra con el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús: es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

    El Cordero es uno de los símbolos de la cristología joánica (cf.Ap 5,6.12…), y funde en él la imagen del “siervo” de Is 53, que carga con los pecados de los hombres y se ofrece como cordero expiatorio (Lev 14), y el rito del Cordero pascual (Éx 12,1), símbolo de la liberación de Israel.

    Jesús es el hombre signado por el Espíritu Santo, es estructuralmente “espiritual”. “Obra” del Espíritu, el Espíritu lo dimensiona. Concebido por obra del Espíritu (Lc 1,35), toda su existencia se explica desde él. Es el Hijo de Dios y el verdadero Cordero de la liberación y la redención. Consciente de la prioridad y superioridad de Jesús, Juan contrapone su bautismo con agua -de preparación-  y el bautismo de Jesús, con Espíritu Santo -de plenitud-.

REFLEXIÓN PASTORAL

El Evangelio que se proclama este domingo nos ofrece el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesucristo: es el Cordero de Dios (cf. Ex 12,1ss; Is 53,7.12). Garantizado por el Espíritu (cf. Is 11,2) y plenificado por él, Jesús es el hombre del Espíritu. Y ese testimonio nos permite o más bien nos obliga a una reflexión sobre nuestro testimonio cristiano.

    ¿Quién decís que soy yo?” (Mt 16, l5). Formulada por Jesús a los Doce, en un momento de desconcierto, la pregunta implica dos niveles en la respuesta.

      ¿Quién soy para vosotros? - nivel personal -. No es una invitación a inventar a Jesús, sino a descubrirle, a reconocerle cómo y dónde Él ha querido manifestarse. Y puesto que ese conocimiento no es “hechura de manos humanas” (Sal 115,4), nos conducirá al mundo de la oración y de la escucha de la Palabra, porque “nadie conoce al Hijo sino el Padre” (Mt 11,27, y “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” (Jn 6,44).

    Pero a ese Cristo descubierto personalmente hay que descubrirlo públicamente. ¿Quién decís a los otros que soy yo? - nivel testimonial - . Y esto nos conducirá al encuentro con la vida de cada día.

    Los dos aspectos de la pregunta son importantes; porque somos propensos, por una parte a contentarnos con imágenes de Cristo más devocionales que reales, y, por otra, cedemos fácilmente a la tentación de privatizar demasiado esa fe, olvidando que la fe que no deja huella pública en la vida es irrelevante.

    Hoy el Evangelio nos habla de la necesidad de un testimonio de Cristo claro y coherente, sabiendo que, por eso mismo, ha de ser conflictivo -“porque no sois del mundo” (Jn 15,19)-, preferencial -“obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29)- e integral -“hacedlo todo en el nombre del Señor” (1 Cor 10,31).

    El nombre de cristiano no debe ser la envoltura de “nada”, y, menos aún, de una mercancía soporífera, sino la consecuencia de un descubrimiento, el de Cristo, que termina en un compromiso real con la vida.

    La tarea de cada momento de la Iglesia y de cada miembro de la Iglesia es dar testimonio de Jesucristo; en esa línea se situaron Pablo y Sóstenes (2ª lectura). ¿Y lo damos?

    Pero sobre la Iglesia en general, y sobre cada cristiano en particular, se alza, también en este tema, el mandamiento del Señor: “No darás falso testimonio” (Ex 20,16). Y a eso pueden equivaler ciertos silencios y ambigüedades.

    Dentro del Octavario de Oración por la Unión de todos los Cristianos, que comenzamos esta semana, hemos de considerar esta unidad y conversión al proyecto de Jesús como uno de los retos  y de los rostros específicos del testimonio cristiano, “para que el mundo crea” (Jn 17,21).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo es mi testimonio de Cristo?

.- ¿Hablo solo de oídas?

.- ¿Es un testimonio vivencial y creíble?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

sábado, 7 de enero de 2023

FIESTA EL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

 1ª Lectura: Isaías 42,1-4. 6-7.

    Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

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     El texto seleccionado es el primero de una colección isaiana denominada “Cantos del Siervo”. Se ha debatido mucho sobre la identidad de este personaje -¿individual o colectivo?-, pero en todo caso era uno de los catalizadores de la esperanza de Israel. Se trata de un personaje ligado profundamente a Dios, elegido por él y convertido en alianza y luz de los pueblos. Su misión será regeneradora de la sociedad y de las personas, con un estilo humilde. La liturgia cristiana, siguiendo la huella del NT (Mt 12,18-21), aplica este primer canto a Jesús. 

2ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34-38.

     En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: "Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.

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     Al entrar en casa del centurión Cornelio, un pagano, Pedro declara la “apertura” de Dios a todo el que le busca con sincero corazón. Una apertura personalizada en Jesucristo, el Señor de todos, Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, y cuya historia pública se inició en las aguas del Jordán, río de hondas resonancias en la historia bíblica. 

Evangelio: Mateo 3,13-17.

     En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?

     Jesús le contestó: "Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere".

     Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

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     El bautismo de Jesús en el Jordán fue un hecho incuestionable, pero difícil de asumir por la primitiva comunidad cristiana en sus relaciones con los seguidores del Bautista. San Mateo quiere dejar clara la prioridad de Jesús sobre el Bautista, cuya misión es la de precursor. Su persona y su bautismo son preparación de la persona y misión de Jesús, que queda desvelada con la presencia del Espíritu de Dios y la voz del cielo. El texto está cargado de intencionalidad teológica. La alusión al Jordán evoca la entrada definitiva del pueblo en la Tierra prometida y supone el fin del éxodo. Entrando en sus aguas, Jesús anuncia la verdadera libertad. Juan le reconoce como el Mesías de Dios, y la voz del cielo le identifica como su Hijo. Jesús es el Libertador, el Mesías, el Hijo de Dios.

REFLEXIÓN PASTORAL

         La fiesta del bautismo de Jesús pone fin al ciclo litúrgico de la Navidad. Es una fiesta chocante, ¿Jesús bautizado? Sin embargo, el hecho de que Jesús acudiera al río Jordán, para ser bautizado por Juan es un hecho históricamente cierto. Coinciden en el dato los cuatro Evangelios.

         En la Palestina contemporánea a Jesús estaba extendida la costumbre de purificarse ritualmente por medio del agua. En este contexto apareció Juan, predicando conversión y ofreciendo, como signo de la misma, una purificación a través de un bautismo. Para ello eligió las aguas del río Jordán, un río que evocaba el paso definitivo a la tierra prometida.  Y muchos aceptaban su predicación, se arrepentían y recibían su bautismo como signo de esa voluntad de conversión. Hasta aquí todo normal.

          ¿Pero, qué hace Jesús en la fila de los hombres pecadores? ¿Por qué realiza él ese gesto de bautizarse, además diluido en “un bautismo general” (Lc 3,21). El mismo Juan se extraña: “Soy yo quien debe ser bautizado por ti...” (Mt 3, 14). Pero es que Jesús no había venido a hacer ostentación de sus privilegios, sino que, por libre decisión, se hizo semejante a nosotros en todo (Flp 2,7), excepto en el pecado (2 Cor 5,21; I Jn 3,5; 1 Pe 2,22).  Hasta aquí llegó la encarnación del Hijo de Dios. No terminó en el seno de María, sino que recorrió toda la andadura humana, hasta pasar por la muerte, él que era la Vida. El bautismo de Jesús en el Jordán no es un bautismo de remisión de los pecados sino de identificación con los pecadores.

          Por eso Jesús, sin pecado, no duda en mezclarse con los pecadores: porque solo se salva compartiendo, desde dentro y desde abajo, la condición del hombre... Jesús entra en nuestra “corriente de agua”, para sanarla, cual nuevo Elías (2 Re 2,19-22); entra en nuestra vida, en nuestra historia para salvarlas. El pecado no entró en él; es él quien entró en el pecado, para redimirlo y desactivar su poder destructor (2 Cor 5,21; Rom 8,33; Gal 3,13).

           Y, al confundirse entre los hombres, al hundirse en nuestras aguas, se abren los cielos de par en par para revelar su grandeza y su verdad y se “oye la voz del Señor sobre las aguas” (Sal 29,3): “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto” (Mt 3,17). Ya no son ángeles, pastores ni estrellas quienes nos descubren su verdad, es el Padre Dios quien nos revela la verdad personal de Jesús.

      Pero no terminan aquí las lecciones de este día. La 1ª lectura pone de relieve proféticamente, el estilo y el contenido del auténtico enviado de Dios: no quebrar ni ahogar esperanzas... (Is 42,2-3). Y hay que tener la mirada muy limpia y muy profunda para descubrir vida y esperanzas donde otros sólo constatan desesperación y muerte. Muchos se han hundido en lo que llamamos “mala vida”, porque no encontraron a tiempo alguien que les concediera un poco de credibilidad y confianza. En vez de manos tendidas y acogedoras, sólo encontraron dedos anatematizadores y descalificadores.

El paso de Jesús, como nos recuerda la 2ª lectura, fue muy distinto. “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos..., porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38), sembrando esperanza.

          De todo esto nos habla la fiesta del bautismo de Jesús, y nos invita a verificar nuestra vivencia bautismal, porque el bautismo no se acredita con un documento sino con una vida, y  nuestra vida no puede ser la negación, sino la acreditación de nuestro bautismo.

 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué significa para mí el bautismo?

.- ¿Qué huella dejo en la vida?

.- ¿La de Jesús, que pasó haciendo el bien?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

Lectura: Números 6,22-27.

    El Señor habló a Moisés: Di a Aarón y a sus hijos: Esta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas:

        El Señor te bendiga y te proteja,

        ilumine su rostro sobre ti

        y te conceda su valor;

       el Señor se fije en ti

        y te conceda la paz.

   Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré.

                   ***             ***             ***             ***

    Dios es la fuente de todo bien, luz, fortaleza y paz. Su mirada bienhechora y misericordiosa sobre el hombre es la garantía de la existencia. Esta bendición, pronunciada por el sacerdote sobre el pueblo, halló su plenitud en Cristo, en quien hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones en el cielo (Ef 1,3; Gál 3,14).

 2ª Lectura: Gálatas 4,4-7.

    Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijo por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba! (Padre).  Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

                   ***             ***             ***             ***

    La gran bendición de Dios, Jesucristo, nos introduce, por la filiación adoptiva, en el contenido más profundo de la bendición de Dios, que nos capacita para poder decir con legitimidad ¡Abba!, convirtiéndonos, además, en herederos de Dios.

Evangelio: Lucas 2,16-21.

   En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

                   ***             ***             ***             ***

    Advertidos por los ángeles, los pastores se dirigen a Belén. Llegados al lugar se convierten en desveladores del misterio del Niño. Y todos se admiraban al oírlos. Y entre los oyentes la más “activa” era María, meditando todo en su corazón. La imposición del nombre de Jesús (Salvador/Liberador) cumple y cierra el relato de la Anunciación (Lc 1,31). Como los pastores, celebrando la Navidad, hemos de regresar a casa, convertidos en anunciadores  creíbles de la misma.

REFLEXIÓN PASTORAL

    En esta jornada primera del nuevo año vaya para todos, como augurio más sincero, el saludo franciscano de PAZ y BIEN. Coincidiendo con la  celebración litúrgica de Santa María, Madre de Dios y Reina de la Paz, el día 1 de Enero, día de los buenos deseos para el año que comienza, ha pasado a convertirse, desde que san Pablo VI lo estableciera, en Jornada Mundial de Paz. No porque la paz sea una realidad mundial, sino más bien porque es una necesidad  mundial.  En este día a todos se nos invita a  asumir nuestra responsabilidad como constructores de la paz, es decir, con palabras de Jesús, a ser "pacíficos".

    Todos somos conscientes de la fragilidad y precariedad de este valor inestimable. Puede saltar hecho añicos en cualquier momento. Mientras exista un corazón no pacificado la paz siempre estará expuesta, y la violencia será una amenaza constante.

    Basta con asomarse a los informativos para descubrir una geografía de violencia. Casi es suficiente con traspasar el umbral de nuestra casa para hollar caminos señalizados por la violencia, la inseguridad y la irresponsabilidad. Sin salir de casa, de puertas adentro, se experimenta con más frecuencia de la deseable la ausencia de paz. Incluso al nivel más íntimo de la propia conciencia experimentamos ansiedades, angustias, tensiones que nos desestabilizan interiormente, impidiéndonos ofrecer  a los demás un rostro serenamente alegre.   

     Todos, personas e instituciones, estamos necesitados de paz. Y ¿qué es la paz? Casi nos hemos habituado a identificarla con la ausencia relativa de tensiones o con el silencio de las armas. NO; la paz no puede reducirse o construirse con ausencias y silencios. La Paz es plenitud de justicia, de libertad, de verdad, de corresponsabilidad, de amor... Por eso, suspirar por la paz, orar por la paz, ansiar la paz no debe conducirnos a aceptar pacifismos inhumanos, conseguidos  a costa del secuestro  o la limitación de derechos inalienables de la persona.

     No son la tranquilidad y el orden los valores supremos, sino los apuntados hace un momento. No es tan importante vivir, cuanto tener motivos para dignificar la vida. Quien busque la  paz verdadera ha de estar atento, porque es fácil caer en la tentación. Existen muchos modos para convertir al pueblo en consumidor de un producto llamado paz, que no es sino un conglomerado de intereses mejor o peor hilvanados, y orientado a distraer más que a concienciar sobre la auténtica paz.

    ¿Y dónde se construye la paz? ¿Dónde está ese taller? No ciertamente en las grandes instancias internacionales... La paz se construye en el puesto de trabajo, en la familia, en la escuela, en el saludo diario, en la mano tendida, en la sonrisa... Lo otro son superestructuras para mantener el equilibrio de la violencia; montajes, que no superan la condición de papel mojado cuya letra borran los egoísmos, intereses y ambiciones.

     MI  PAZ OS  DOY; NO COMO LA DA EL MUNDO. El cristiano no confunde la paz con el silencio de las armas, con las declaraciones optimistas de las cancillerías, con el bienestar y el equilibrio económicos. Eso puede ser un síntoma externo, y no siempre. La verdadera paz hay que buscarla en el interior de cada uno; en el orden de la propia conciencia normada por la voluntad de Dios.

     La paz para nosotros tiene un nombre: Jesucristo. El es nuestra PAZ. El es el pacificador de los hombres con Dios y de los hombres entre sí mediante la entrega de su vida y el don de su gracia. Siempre, pero sobre todo en nuestra hora, debe vibrar en nuestra oración, esperanzador y consciente el anhelo de S. Pablo: "La paz de Dios que supera todo conocimiento, guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús" (Flp 4,7), que “vino y trajo la paz a los de lejos y a los de cerca” (Ef 2,17).

     Pidamos a María, Madre de Dios y Reina de la Paz, que todos y cada uno aportemos con generosidad nuestro granito de arena para que un día no lejano la casa de la paz sea la casa de todos. Y, con las palabras atribuidas Francisco de Asís, digamos: "Haz de mí, Señor, un instrumento de tu Paz”. 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Como los pastores, soy testigo gozoso de la Navidad?

.-  ¿Cómo María, guardo en el corazón todas estas cosas?

.- ¿Me siento un instrumento de paz?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

jueves, 22 de diciembre de 2022

NATIVIDAD DEL SEÑOR -A-

1ª Lectura: Isaías 52,7-10.

    ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: “Tu Dios es Rey”!

    Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra y la victoria de nuestro Dios.

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    Este poema, que evoca a Is 40,9-10, cierra una sección importante del libro y prepara a Is 62,6-7. Más allá de los problemas textuales, en el marco de la Navidad este texto halla su plenitud en el gran Mensajero de la Paz y constructor del Reino de Dios, Jesús. El nacimiento del Señor marca el punto de inflexión, a partir del cual renace la esperanza y la alegría.

2ª Lectura: Hebreos 1,1-6.

    En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es el reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”? O ¿”Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo”? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: “Adórenlo todos los ángeles de Dios”.

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    Nos hallamos ante uno de los textos más densos del NT. En Jesús, Dios deja de pronunciar palabras para pronunciarse él. Jesucristo es el autopronunciamiento personal de Dios. En él desaparece toda fragmentariedad y provisionalidad. Él ha realizado el designio original de Dios. La Navidad no debe diluirse en un sentimentalismo fácil, sino abrirnos a una contemplación y escucha profundas del Niño que nace en Belén La Navidad inagura los tiempos definitivos.    

Evangelio: Juan 1,1-18.

    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad….

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    En los evangelios hay dos presentaciones del misterio navideño: uno “narrativo”:  el de los sinópticos (Mt y Lc), y otro “kerigmático”: el de Juan. El prólogo del IV evangelio, texto elegido para la liturgia de esta solemnidad, rebosa densidad teológica. Presenta la identidad y misión profundas de Jesús -la Palabra personal de Dios, llena de luz y de vida…-; denuncia el peligro de no reconocer su venida en la debilidad de la carne, y anuncia la enorme suerte de los que reconocen y acogen esa “navidad” de Dios. Porque la “navidad” de Dios no será completa hasta que cada uno no nos incorporemos a ella o la incorporemos a nosotros.  

REFLEXIÓN PASTORAL

    La Navidad se ha convertido en una de las fechas mágicas y tópicas por excelencia. Son muchos los elementos que se funden en ella -y que la confunden-. No se trata de polemizar contra esos aspectos periféricos y distorsionadores, sino de reivindicar su “corazón” y su “razón” originales. 

    La Navidad nos habla, en primer lugar, de Dios; todo es iniciativa suya. Un Dios que decide encarnarse, convivir, dialogar, servir y salvar al hombre. Un Dios que quiere hacernos familia suya -hijos- (1 Jn 3,1), y hacerse familia nuestra -hermano- (Heb 2,11) ¡Este es el “corazón” de la Navidad y su “razón” original!              

     La Navidad es una llamada a la interioridad, y hay que entrar en ella, y por su puerta. No puede ser algo que “se viene y se va” en una alegría intrascendente e inmotivada.

     La Navidad ha de dejar una huella permanente, indeleble e inolvidable, como la dejó en Dios, a quien  marcó profundamente y para siempre. La Navidad “humanizó” a Dios; dotándole de un corazón humano; de una mirada humana; le permitió no solo amar y ver divinamente, sino amar y ver humanamente. En la Navidad Dios estrenó corazón y mirada. Pero, al mismo tiempo la Navidad nos ha dotado a nosotros de un corazón nuevo y de una mirada nueva. En ese niño que nace en Belén, en Jesús, nuestra mirada se enriquece: ya no vemos a Dios desde fuera, sino desde dentro; ya no le vemos solo con nuestros ojos sino con sus propios ojos. En Jesús se nos ha renovado el corazón y se nos ha devuelto la vista. Es la gran aportación de la Navidad.

    La Navidad nos ofrece la oportunidad de restregarnos los ojos para descubrir al Jesús de verdad; y la verdad de Jesús. La fiesta del nacimiento del  Hijo de Dios debe ser también la de su descubrimiento. De lo contrario será una ocasión perdida. Todo se diluirá en luces que no alumbran, en voces que no dan respuestas; en consumos que nos consumen.

     La Navidad es una posibilidad y una responsabilidad. La posibilidad de compartir con Dios su “cena” de Navidad. Y la responsabilidad, o irresponsabilidad, de no oír su llamada y “cenar” sin él, una cena más y sin más, porque “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11; Ap 3,20).

     Sin renunciar a la interpretación festiva, hay que oponerse al secuestro y tergiversación de estos misterios, protagonizados por un consumismo y una publicidad insolidarios con las necesidades de tantos hombres -hermanos-, para quienes careciendo en esos días de lo necesario, tales mensajes son una provocación.

     Afinemos la sensibilidad, porque sería un despiste enorme celebrar la Navidad sin conocer de verdad al Señor.

 Al hablar de ella y del modo de celebrarla, podríamos hablar de una Navidad tridimensional, con tres rostros: Está la Navidad litúrgica, está la Navidad popular (Belenes, villancicos…) y está la Navidad existencial -la de los sin… techo, sin trabajo, sin paz, sin patria…; curiosamente la que experimentó Jesús, para quien no había sitio en la posada-.

La primera, la litúrgica, la celebramos en la iglesia; la segunda, la popular, en la familia y en las calles (comidas, regalos…) y la tercera, la existencial, la de los sin… ¿dónde?

La litúrgica procuramos “cuidarla” con celebraciones más preparadas y solemnes; la familiar la rodeamos de un ambiente más cálido y festivo en el hogar, y la existencial, la de los sin…, ¿la conocemos o la ignoramos?

No se trata de “aguar”  la Navidad a nadie, sino de “exprimirla” para que destile todo su sabor, y su alegría rebose y llegue a todos, también a los que tienen que pasar “la Navidad sin”…, desnuda y desnudos.

Pidamos al Señor que nos abra los ojos para reconocer su rostro, los oídos para escuchar su voz y el corazón para acogerlo en nuestra casa y en nuestra vida.

¡Feliz Navidad a todos y para todos!

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo celebro la Navidad?

.- ¿Qué gusto deja en mi vida?

.- ¿Celebro en ella mi filiación divina y fraternidad interhumana?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 14 de diciembre de 2022

IVº DOMINGO DE ADVIENTO -A-

1ª Lectura: Isaías 7,10-14.

    En aquellos días, dijo el Señor a Acaz: “Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo”. Respondió Acaz: “No la pido, no quiero tentar al Señor”.  Entonces dijo Dios: “Escucha casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres sino que cansáis incluso a Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Enmanuel (que significa: ‘Dios-con-nosotros´).

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    Este oráculo de Isaías se sitúa en el momento histórico en que Siria y Efraím (el Israel del norte), tras haber intentado sin éxito una alianza con Judá para atacar a Asiria (2 Re 15-16), se deciden a imponer en Judá, por la fuerza, un rey que favorezca sus planes (Is 7,6). Ante esta decisión “se estremeció el corazón del rey y el de su pueblo” (Is 7,2).

    El profeta intenta aportar serenidad, pero sin éxito (Is 7,4b-9b). Ante este rechazo del rey, Isaías pronuncia el oráculo conocido como “el del Enmanuel”. En él se anuncia la cercanía de Dios y su fidelidad a la dinastía davídica en ese momento difícil, y se asegura la desaparición de ese peligro, pero también se hace una llamada a la fe: “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7,9b).

     El centro del oráculo reside en el “niño”: él es la señal. Respecto de la madre se ha especulado sobre su identidad (¿una de las esposas del rey?, ¿la esposa de Isaías? ¿una alusión a la ciudad de Jerusalén?). La relectura cristiana ha introducido en la lectura de esa figura la perspectiva mariológica.

2ª Lectura: Romanos 1,1-7.

    Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras Santas, se refiere a su Hijo,  nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús.  A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo, os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

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    A una comunidad a la que no conocía personalmente, Pablo dirige la Carta síntesis de su pensamiento apostólico. Se presenta como elegido de Dios y siervo de Cristo para anunciar el Evangelio. Una reivindicación que él juzga necesaria, frente a los que impugnaban su condición de apóstol (cf. 2 Cor 11-12). Evangelio que hunde sus raíces en las Escrituras Santas, y que halla su plena manifestación en la persona de Jesucristo, -“Evangelio de Dios”-, Hijo de Dios, por el Espíritu, y verdadero hombre, de la estirpe de David. Un Evangelio que no conoce fronteras, y que ha llegado ya hasta la capital  del mundo conocido -Roma-. 

Evangelio: Mateo 1,18-24.

    La concepción de Jesucristo fue así: La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”.  Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel (que significa: Dios-con-nosotros). Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

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         En los evangelios sinópticos hay dos anuncios de la concepción de Jesús: el de san Lucas (Lc 1,26-38) y el de san Mateo. En este IV Domingo del ciclo A la liturgia nos presenta el de san Mateo. Con este relato el evangelista nos “avanza” el misterio de la Navidad, cuyos protagonistas son El Espíritu Santo, María y Jesús. Pero nos presenta también al “servidor” de la Navidad, al encargado de “gestionar” esa realidad y de poner el nombre al Niño que ha de nacer. Y ese gestor es José, que “era bueno”. Un personaje de silencio, de fidelidad, sobrio y sin adornos, lleno de amor a María y a Jesús. Un modelo para acoger y celebrar la Natividad del Señor.

REFLEXIÓN PASTORAL

    En el umbral de la Navidad, María nos muestra el modo más veraz de celebrar la venida del Señor: acogida gozosa y cordial de la Palabra del Señor; y el estilo: encarnándola y alumbrándola en la propia vida.  María es la primera luz, la señal más cierta de que viene  el Enmanuel, porque lo trae ella.

     En esto consiste la grandeza inigualable de María: en una entrega inigualablemente audaz y confiada en las manos de Dios; en una acogida inigualablemente creadora del Señor.

    María es una figura que produce vértigo, por su altura y profundidad. Interiorizada por Dios, que la hizo su madre, e interiorizadora de Dios, a quien hizo su hijo. Dios es el espacio vital de María y, milagrosamente, María se convierte en espacio vital para Dios. Dios es la tierra fecunda donde se enraíza María y, milagrosamente, María es la tierra en la que florece el Hijo de Dios.

    Pero esto no le dispensó de la fe más honda y difícil. La encarnación de Dios estuvo desprovista de todo triunfalismo. La Navidad fue para  María, ante todo, una prueba y una profesión de fe. “Dichosa tú, que has creído” (Lc 1,45). Por eso es “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,42).         

    Y junto a María, José, “que era justo” (Mt 1,19).  Y porque era justo: aceptó el misterio que Dios había obrado en María, su esposa (Mt 1,24); se entregó sin fisuras al servicio de Jesús y de María; asumió las penalidades de la huida a Egipto para proteger la vida de Jesús, amenazada por Herodes, (Mt 2,13-15); lo buscó angustiado, con María, cuando, a los doce años, decide quedarse en Jerusalén (Lc 2,41-50); fue el acompañante permanente del crecimiento de Jesús en edad, sabiduría y gracia (Lc 2,52); y aceptó el silencio de una vida entregada al servicio del plan de Dios, renunciando a cualquier tipo de protagonismo… José no es un “adorno”, ni un personaje secundario. Nos enseña a saber estar y a saber servir.

     María y José son los protagonistas de un SÍ a Dios, que hizo posible el gran SÍ de Dios al hombre: Jesucristo, a quien san Pablo presenta (2ª lectura) como el núcleo del Evangelio, destacando su condición humana -“de la estirpe de David”- y su condición divina -“Hijo de Dios, según el Espíritu”-.

     Estos son los mimbres con los que Dios quiso tejer el gran misterio de su nacimiento.  Mimbres humildes, flexibles, pero sólidos. Dios elige “lo que no cuenta…” (1 Cor 1,28).

    No temas quedarte con María” (Mt 1,20). Porque ella hizo florecer la Navidad; porque es maestra del Evangelio; porque con  ella siempre estará su Hijo.  Será la mejor compañera, constructora y maestra de la Navidad.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- En el umbral de la Navidad, ¿con qué actitudes me dispongo a celebrarla?

.- ¿Qué ha supuesto para mí el tiempo de Adviento?

.- ¿En qué modelos me inspiro para celebrar la Navidad?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.

 

sábado, 10 de diciembre de 2022

IIIº DOMINGO DE ADVIENTO -A-

1ª Lectura: Isaías 35,1-6a. 10.

    El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor el narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, y la lengua del mudo cantará. Y volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza: alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

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    El capítulo 25 de Isaías es un poema que contempla la vuelta del Destierro y, por tanto, habría que relacionarlo con la segunda parte del libro de Isaías (caps. 40-55), conocido como “Deutero Isaías”. El profeta contempla y canta la restauración de Israel. El pueblo contemplará la gloria y la belleza del Señor, reflejada en la transformación del desierto en vergel. Esa noticia debe regenerar a la comunidad que, liberada de sus ataduras, recuperada de  su fragilidad, es invitada a ponerse en camino hacia la patria, la Sión renovada y convertida en morada permanente del Señor. Pero, ¿lo creyó la comunidad?

    Situado en el Adviento cristiano, el texto supone un estímulo para dotar a nuestra vida de esperanza, superando miedos y debilidades, y encantarnos con la contemplación de la belleza y la gloria de nuestro Dios, reflejada en rostro de Cristo (2 Cor 4,6). ¿Lo creemos nosotros?   

2ª Lectura: Santiago 5,7-10.

    Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Se

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    A los primeros cristianos les inquietaba el retraso de la venida del Señor. Esperaban con ansiedad ese momento. La situación que estaban viviendo era difícil -“rodeados de toda clase de pruebas” (Sant 1,2)-. En la Carta, dirigida a cristianos de origen judío dispersos por el mundo greco-romano, se les anima no sólo a la paciencia sino también a la fortaleza y la perseverancia. Hay que abandonar cálculos de tiempo cronológico,  y “abandonarse” a la promesa del Señor, que no fallará.

Evangelio: Mateo 11,2-11.

    En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de dos de sus discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

    Jesús les respondió: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí!”

    Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un Profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quién está escrito: `Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti´. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”.

                            ***             ***             ***

    A la cárcel le llegan a Juan noticias de Jesús, de su estilo y doctrina, que no parecen coincidir con el perfil austero y penitencial diseñado por él (cf. Mt 3,1-12; 11,18). Por eso envía discípulos para conocer la respuesta personal de Jesús. Y ésta es clara: sus obras, contempladas a la luz de los oráculos proféticos (Is 35,5-6; 42,18) no dejan lugar a dudas; y revelan también que su mensaje es la Buena Noticia.

     Pero, junto a este autotestimonio, Jesús da testimonio de Juan. Aunque él, Jesús, aporta un plus  -un tono y un rostro nuevo-, no lo descalifica: Juan no es un predicador oportunista ni un halagador de los oídos del poder; es más que profeta: es el Precursor.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Se alegrarán el páramo y la estepa…” (Is 35,1). Es el mensaje del tercer domingo de Adviento -por eso designado domingo “gaudete”-. Pero, ¿es un mensaje posible? ¿Existe en nuestra sociedad, tan tensionada, un espacio y un motivo para la alegría? ¿Más que alegrarse no está gimiendo la creación por la violencia a la que la tiene sometida el hombre (cf. Rom 8,22)?

    La Palabra de Dios nos invita no sólo a la alegría, sino que ofrece el auténtico motivo para la misma: la venida del Señor.  El profeta Isaías, con una mirada profunda, atisba el rejuvenecimiento de la creación, reflejo de “la belleza de nuestro Dios” (vv.1-2), del rejuvenecimiento hombre, que recuperará el pleno uso de sus sentidos, y del de la misma sociedad (vv. 3-6).

    La alegría y la esperanza descansan, recuerda el salmo responsorial, en la fidelidad y lealtad de Dios (Sal 146,6), que vendrá para salvarnos.

   La esperanza en la venida cierta, pero sorpresiva y sorprendente del Señor, es el motivo de nuestra alegría. Pero esperar no es fácil. Por eso la Carta de Santiago nos advierte: “Tened paciencia, hermanos,…y manteneos firmes” (Sant 5,7.8).

    ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos todavía que esperar a otro?” (Mt 11,3). En esa  pregunta se encuentra condensada la expectación de toda la historia humana. ¿Eres tú… el agua viva (Jn 4,10), el pan de la vida (Jn 6,35), la luz (Jn 8,12), el camino, la verdad, la vida… (Jn 14,6), o tenemos que seguir esperando a otro, apurando fuentes y alimentos que no sacian, internándonos por caminos que no nos conducen a ninguna parte o que, por lo menos, no nos conducen a Dios? ¿Eres tú?

     Dichoso el que no se siente defraudado por mí” (Mt 11,6). En realidad Él, Jesucristo, no defrauda, porque vino a dar testimonio de la Verdad, pero sí que pueden sentirse defraudados, desencantados los que van tras Él buscando otras cosas, y no la Verdad (cf. Jn 6,26).

    Acojamos la pregunta del Bautista y examinemos si es el Señor, quien orienta y colma nuestra esperanza; si es Él el fundamento de nuestra alegría. En todo caso, es importante que nos preguntemos y respondamos con sinceridad a esa cuestión, pues llegará el momento en que el mismo Jesús nos pregunte: “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?” (Mt 16,15).

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Quién digo yo que es Jesús? ¿Lo digo de palabras, o lo digo con la vida?

.- ¿Me reconozco en la bienaventuranza de Jesús?

.- ¿Me inunda la alegría del evangelio?

Domingo J. Montero Carrión, Capuchino.