jueves, 26 de febrero de 2026

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

1ª Lectura: Génesis 12,1-4a.

     En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

                                                 ***                  ***                  ***

    Toda historia comienza con un “éxodo”, con una “salida”. La del hombre (salida del seno materno), la del creyente (Abrahán), la de Israel (de Egipto), la de Jesús -“Salí  del Padre… (Jn 16,28”)-. Y toda historia comienza con una bendición: la de la creación (Gén 1,3) y la de la humanidad, en Abrahán (Gén 12,3). Bendición que se hizo carne en Jesucristo (Ef 1,3). San Pablo afirmará que “en Cristo Jesús llegará a los gentiles la bendición de Abrahán…, pues la promesas fueron dirigidas a Abrahán y a su descendencia…, es decir, a Cristo” (Gál 3,14.16). Nuestra historia es la historia de una bendición, la de Dios, a la que muchas veces nos sustraemos por el pecado, pero que Dios mantiene siempre como horizonte de esperanza, porque es fies y no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2,13).

 2ª Lectura: 2 Timoteo 1,8b-10.

Querido hermano:

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde el tiempo inmemorial, Dios dispuso dar su gracia por medio de Jesucristo; y ahora esa gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

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    La vocación cristiana es la santidad: ese es el destino del hombre “antes de la creación del mundo” (Ef 1,4), “desde tiempo inmemorial” (2 Tim 1,9). El tiempo cuaresmal quiere concienciarnos particularmente de esta vocación. Sin olvidar que la ardua tarea de la evangelización se realiza de manera plena desde la vivencia gozosa del Evangelio.

 Evangelio: Mateo 17,1-9.

     En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

     Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

    Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

     Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

     Jesús se acercó y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis.

     Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

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     San Mateo reelabora el texto de san Marcos subrayando algunos aspectos que anticipan su manifestación gloriosa en la resurrección. Es la plenitud de la Ley y los Profetas, personificados por Moisés y Elías. Es el Hijo amado de Dios, el profeta definitivo a quién todos deben escuchar (Dt 18,15). Este relato está vinculado con el del Bautismo en el Jordán, y en ambos Jesús aparece identificado con siervo sufriente que, a través de la muerte, camina a la resurrección. Situado el relato después del primer anuncio de la pasión, tiene la función de animar a los discípulos: “Levantaos, no temáis”.


REFLEXIÓN PASTORAL

     En el centro del camino cuaresmal, la liturgia nos presenta el sentido, la meta y al guía del camino: un sentido positivo, una meta transformadora de la existencia, y a un guía, Jesucristo.

     El escenario es radicalmente distinto al del domingo pasado: del desierto inhóspito y  árido, al monte luminoso de la Transfiguración; del Jesús tentado por el diablo, al Jesús glorificado por el Padre; del “si eres hijos de Dios…”, al  “este es mi Hijo”.    

     Se acercaban a Jerusalén, donde iban a tener lugar los dramáticos acontecimientos de la Pasión, y para que los discípulos no se vieran desbordados por esos sucesos, para que pudieran superar el terrible escándalo de la cruz, Jesús escoge a Pedro, Santiago y Juan -los que serán testigos de la agonía en Getsemaní- para manifestarles su auténtica dimensión.

     El que sudará sangre, al que verán como rechazado y maldito, es el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto. A quien el pueblo elegido no sabrá reconocer, es reconocido, sin embargo, por las grandes figuras de ese pueblo: Moisés, autor de la Ley, y Elías, el gran profeta.

     La escena es importante y sugerente. Es, en primer lugar, una revelación de la dentidad de Jesús -“Mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 17,5)-. Flanqueado por las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, Jesús aparece como el centro de la revelación, como el Revelador, con quien conversan las “revelaciones” (la Ley y los Profetas) y los reveladores (Moisés y Elías). Jesús es central, por eso solo a Él hay que escuchar  (Mt 17,5).  Escuchadlo

     Pero es, también, una llamada a la transformación personal, a la transparencia de Cristo en nuestra vida. Y una denuncia de nuestra opacidad, de nuestra dificultad para traslucir al Señor, y de nuestra sordera para escucharlo. Una llamada a ser y a vivir como “hijos  amados y predilectos”, pues “lo somos” (1 Jn 3,1).

     Vosotros sois luz del mundo…; alumbre así vuestra luz ante los hombres para vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14.16). ¿Qué hemos hecho nosotros de esa luz?  Que los hombres solo vean en vosotros servidores de Cristo” (1 Cor 4,1), escribía san Pablo. ¿Y qué ven en nosotros?

     La Transfiguración del Señor no es para hacer tres chozas en el Tabor. Es para dejarnos iluminar y para iluminar, participando “en los duros trabajos del Evangelio” (2ª lectura). Para hacer “gozosamente” el camino cuaresmal, que  tiene como meta la transfiguración en criaturas nuevas según el modelo de Cristo, la santidad (2ª lectura).

    ¡Pero, además, no es ésta la única transfiguración del Señor! Él se transfigura diariamente en el sacramento de la Eucaristía -“Esto es mi cuerpo” (Mc 14,22)-; se transfigura en el necesitado -“Tuve hambre…, lo que hicisteis a uno de éstos lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 35.40)-… Y no son transfiguraciones opuestas; y que no hay que oponerlas, sino acogerlas con la misma fe.

     Los discípulos quedaron deslumbrados por la transfiguración en gloria; nosotros quedamos confundidos, molestos y hasta decepcionados por estas transfiguraciones del Señor en la debilidad. La transfiguración gloriosa tuvo lugar en la cima de un monte; la transfiguración humilde, en un valle, que solemos llamar “de lágrimas”.

      Y a nosotros, como a los discípulos tentados de quedarse en el monte  (Mt 17,4), Jesús nos invita a descender a la vida concreta, porque la experiencia religiosa no puede ser un aparte en la vida, sino un fermento para iluminarla.

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Tengo experiencia de “éxodo” en mi vida?

.- ¿La santidad, como vocación, me motiva o me deja indiferente?

.- ¿Siento en mi vida la fuerza transfiguradora del Evangelio?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

viernes, 20 de febrero de 2026

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

1ª Lectura: Génesis 2,7-9; 3,1-7.

    El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

    La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?

    La mujer respondió  a la serpiente: Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte.

    La serpiente replicó a la mujer: No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal.

    La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se le abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

                                            ***             ***             ***

    Las sugerencias que se encierran en este relato (el segundo relato de la creación del hombre) son muchas y elocuentes. La bipolaridad del hombre - Dios, su modelador, y la arcilla, su materia prima-. El hombre está emparentado con Dios y con la tierra. Es su luz y su sombra, su grandeza y su pobreza. Tras el hombre, aparece su espacio vital: un huerto frondoso, con dos árboles emblemáticos.

    La aparición de la serpiente introduce un elemento nuevo: el hombre es un ser en riesgo, expuesto a la tentación más radical no aceptar ser hombre, no aceptar a Dios como su Señor.

    El relato de la tentación también encierra muchos matices: La mujer conoce la orden de Dios y corrige a la serpiente, pero acaba sucumbiendo a su sugerencia. Y convence al hombre. El final es dramático: su vista se ha ampliado…, para descubrir su desnudez. Es la radiografía de la tentación: deslumbrar para cegar.

2ª Lectura: Romanos 5,12-19.

Hermanos:

    Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don; si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.

    Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: la sentencia contra uno acabó en condena total; la gracia, ante una multitud de pecados, en indulto.

    Si por la culpa de aquel, que era uno solo, la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo.

    En resumen, una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos. En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.

                                            ***             ***             ***

     Para san Pablo, Adán y Cristo son los dos polos de la historia. Adán, el polo negativo con su carga de pecado y de muerte; Cristo, el polo positivo, con su carga de gracia y de vida. Para el Apóstol, el pecado es el origen profundo de la distorsión que padece el hombre y el mundo. Y este pecado no es una “fatalidad” sino una “irresponsabilidad”. A través de una exegesis un tanto complicada (vv. 13-14), la conclusión a la que llega es clara: la historia no está perdida ni condenada a la desesperanza: Cristo, su obra, supera la de Adán. Incorporados a él, recuperaremos la “justicia” y la esperanza .

 Evangelio: Mateo 4,1-11.

    En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó diciendo: Está escrito: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

    Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

    Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: Todo esto te daré si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.  Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.

                                        ***             ***             ***

     El relato mateano de las tentaciones está muy elaborado y cargado de intencionalidad teológico-pastoral. Jesús es presentado como una persona guiada por el Espíritu. El “desierto” no es tanto un espacio geográfico sino teológico, es el lugar donde el pueblo de Israel experimentó la prueba y la providencia de Dios. Los cuarenta días y cuarenta noches evocan a Moisés (Ex 34,28) y a Elías (2 Re 19,8), así como los cuarenta años de la travesía de Israel por el desierto (Dt 29,9; Sal 95,10). Las tres tentaciones son en realidad una sola: la pretensión de apartar a Jesús de su vocación de fidelidad al designio del Padre. Venciendo la tentación, Jesús se acredita como el verdadero Israel: venciendo donde sucumbió el antiguo Israel.

     Este relato nos advierte de cómo puede tergiversarse la palabra de Dios, hasta convertirla en arma tentadora -Satanás argumenta desde ella-; muestra cómo Jesús opta por la fidelidad, no por la espectacularidad, que hipoteca la libertad; y marca a los cristianos el camino para no caer en la tentación. 

REFLEXIÓN PASTORAL

       Inauguramos una nueva estación del Año litúrgico: la Cuaresma. Todos estamos enterados, al menos por el ruido de los carnavales. En todo caso no habrá que ser excesivamente críticos con el carnaval de tres días; más preocupante es el de los restantes días del año. Lo grave no es la máscara y el disfraz de tres días, sino la que oculta el rostro los restantes días del año. Aunque no deberíamos pasar por alto ciertos dispendios oficiales, cuando hay familias sin vivienda…; hombres, mujeres y niños con la cara desfigurada no por máscaras, sino por las huellas del hambre de la angustia y la desesperación. ¡Tan contradictorios somos!

 

      Los cristianos  iniciamos la Cuaresma con una ceremonia que invita a la reflexión y a la decisión: la imposición de la ceniza, acompañada de unas palabras de  Jesús: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Conversión, palabra muy usada, casi manoseada, pero una realidad todavía por estrenar. Palabra a la que ya nos hemos acostumbrado, pero que es palabra de Cristo que hay que proclamar “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2), y que, también, hay que rescatar de un uso rutinario y ritualista.

     Las lecturas bíblicas nos hablan de cómo el hombre, desde muy temprano, se empeñó en hacer “su” propio camino…, y se perdió; quiso afirmarse de espaldas o frente a Dios…, y se hundió; quiso revestirse de saber y de poder…, y se descubrió desnudo… (1ª lectura). Pero Dios no lo dejó perdido, ni hundido, ni desnudo. Apareció Cristo como Camino y Salvación. Él es el rectificador y el modelo de rectificación para el hombre (2ª lectura).

     A un hombre que desdeñó su condición humana (Adán), le responde el mismo Hijo de Dios, que “siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó…, tomando condición de siervo…, haciéndose semejante  los hombres y apareciendo en su porte como un hombre cualquiera” (Flp 2, 6-7). 

    A un hombre desobediente a Dios, que rechaza ser hombre, le salva un Dios que opta por ser hombre y obediente al hombre, “hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,8): Jesucristo.

      Como el primer hombre, y como todo hombre, Jesús estuvo expuesto a la tentación. Pero Jesús no solo venció la tentación, sino que la iluminó, la desveló. Y así nos enseñó no solo a vencer sino a cómo vencer (Evangelio).

     Vencer la tentación no es solo no consentir, no solo es decir no, sino iluminar esa situación tentadora, desenmascarar su ambigüedad y su mentira -pues toda tentación se presenta como salvadora y portadora de felicidad- desde la palabra de Dios.

     No hay que huir, sino hacer frente; huyendo se rehúye la solución. Jesús nos ha enseñado  a afrontar la tentación desde la oración -“no nos dejes caer en la tentación” (Mt 6,13)- y desde la decisión responsable. A esto nos invita la Cuaresma.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Con qué “ánimos” afronto la Cuaresma?

.- ¿Qué resonancias provoca en mí la “conversión”?

.- ¿Qué abstinencias y que entregas preveo para esta Cuaresma?

 

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

 

jueves, 12 de febrero de 2026

DOMINGO VI -A-

1ª Lectura: Eclesiástico 15,16-21.

    Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja.

    Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impune a los mentirosos.

                                        ***             ***             ***

    La obediencia a Dios no es un acto servil; es libre y exige un discernimiento responsable. Dios no “marca” ni impone el camino; nos sitúa ante él. El texto nos recuerda que el hombre vive en la presencia de Dios, una presencia que no es “opresiva” ni coartadora de su libertad, sino que invita al hombre a vivir en la verdad.

2ª Lectura: 1 Corintios 2,6-10.

    Hermanos: Hablamos, entre los perfectos una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman”. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu, y el Espíritu todo lo penetra, hasta la profundidad de Dios.

                                            ***             ***             ***

    El lenguaje del Evangelio no es el de la sabiduría de este mundo. El Evangelio es una sabiduría alternativa, “divina, predestinada por Dios para nuestra gloria”. Pablo insiste en esta peculiaridad no solo del mensaje sino del lenguaje del Evangelio. Un mensaje y lenguaje personificados en Cristo, que no fue reconocido por “los príncipes de este mundo”, y por eso lo crucificaron. Pero es el lenguaje del amor de Dios, revelado a los que lo aman, y que deben hablar los que lo aman.

Evangelio: Mateo 5,17-37.

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas. No he venido a abolir sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasará el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos. Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los Cielos.

    Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

    Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.

    Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el Abismo.

    Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero en el Abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer -excepto en caso de prostitución- la induce a adulterio, y el que se casa con la divorciada comete adulterio.

    Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.

                                                ***             ***             ***

    Cual nuevo Moisés, con una novedad “cualitativa”, Jesús no anula pero relee desde claves más profundas y humanas algunos preceptos de la Ley.  No es un abolicionista, sino un renovador y revelador de los núcleos más íntimos de la voluntad de Dios. Cumplir la Ley no equivale a ser su esclavo sino a profundizar en ella, con un espíritu crítico, liberándola de lecturas superficiales y fosilizadas. Los mandamientos que cita son recordatorio de valores  humanos fundamentales -la vida, la integralidad del amor conyugal y la verdad-, y, además, recuerdos de la liberación de la esclavitud de Egipto y caminos para vivir en libertad y fraternidad. Pero él les descubre y abre a horizontes más profundos.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Entre la algarabía de mensajes que dominaban en el mundo religioso judío, Jesús irrumpe poniendo unos “pero…” que están, según sus palabras, en la línea de “la plenitud” que Él ha venido a traer, y que invitan a la rectificación, a la clarificación y a la profundización.

    Mientras nosotros solemos quedarnos en la exterioridad de las cosas, en los cumplimientos rituales y rutinarios, en la apariencia, viviendo bajo mínimos…; Él quiere situarnos en la profundidad y autenticidad de los valores.

    Y los más importante -con serlo y mucho- no son los “pero…” concretos que nos transmite el texto evangélico, sino el talante que revelan. Invitan a contemplar a Jesús como al auténtico Maestro, porque es quien tiene palabras de salvación (cf. Jn 6,68).

         Pero yo os digo…

·        Nos gusta juzgar…: “No juzguéis” (Mt 7,1ss)

·        Nos gusta recibir más que dar…: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).

·        Nos gusta amar a los que nos aman…: “Amad a los que os persiguen” (Mt 5, 44).

·        Nos gusta la ostentación…: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha” (Mt 6,3).

·        Nos gusta desentendernos de los problemas ajenos…: “Cada vez que lo hicisteis a uno de éstos, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,40).

·        Rehuimos la cruz…: “El que quiera venirse conmigo, que tome su cruz cada día” (Lc 9,23).

·        Buscamos la vía ancha…: “Estrecha es la puerta que conduce a la salvación” (Mt 7,14).

·        Nos gusta el posibilismo:…: “No es posible servir a dos señores” (Mt 6,24).

·        Nos gustan las presidencias…: “Cuando seas invitado…, ve a ocupar el último puesto” (Lc 14,8.10).

 

    ¿Son  sus criterios los nuestros, y nuestros caminos los suyos? ¿Tan distanciados estamos?

     El Evangelio es claro, pero no es cómodo ni simple. Requiere una gran dosis de audacia y creatividad. Jesús advirtió que solo los que se hacen violencia alcanzan el Reino (Mt 11,12).

     Como recuerda la primera lectura, en la vida hay que discernir, hay que optar; y ese discernimiento y esa opción marcarán para siempre nuestra vida, y solo serán posibles desde la sabiduría de la fe.

     Abrámonos a esa sabiduría escondida, misteriosa, predestinada para nuestra gloria, y “que Dios nos ha revelado por el Espíritu” (1 Cor 2,10).  Sabiduría con nombre propio, “Cristo, fuerza y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,24).

     Ante el reto de “la nueva evangelización” convendrá no olvidar que Jesús debe ser el referente y el contenido, si no queremos correr el riesgo de anunciar “otro evangelio” (Gál 1,6).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Acojo esa radicalizaciones que Jesús trae a mi vida?

.- ¿En qué lenguaje “teológico” expreso mi fe?

.- ¿Con qué responsabilidad acojo los “mandatos” del Señor?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

DOMINGO V -A-

 1ª Lectura: Isaías 58,7-10.

    Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne.

    Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá. Gritarás y te dirá: “Aquí estoy”.

    Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

                                            ***             ***             ***

    El texto seleccionado forma parte de un discurso sobre la interiorización de las prácticas religiosas, rescatándola de la exterioridad ritualista, en la línea de la clásica reivindicación profética. La penitencia que Dios quiere es la que revierte en solidaridad fraterna. Esa solidaridad iluminará la vida y regenerará la sociedad. El rostro del pobre es un rostro teofánico.

2ª Lectura: 1 Corintios 2,1-5.

 Hermanos:

    Cuando vine a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado.

    Me presenté a vosotros débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

                                              ***             ***             ***

    Jesucristo, crucificado, es el “testimonio de Dios” y la sabiduría de Pablo. Y esta es la sabiduría y el testimonio que nos salvan. El Apóstol advierte de la insuficiencia de una “sabiduría humana”. Él ha optado por la “locura” del Evangelio, que no se identifica con ninguna filosofía, ni siquiera con ninguna teología, es mucho más: es la Buena Noticia de la opción de Dios en favor del pobre, del humilde (cf. Mt 11,25s; 1 Cor 1,26-31), introduciendo una nueva clave de lectura en los valores de la vida. 

 Evangelio: Mateo 5,13-16.

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

    Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

    Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

     Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

                                            ***             ***             ***

   A continuación de la proclamación de las bienaventuranzas, Jesús descubre a los discípulos su  peculiaridad y su responsabilidad ante el mundo. Las imágenes de la sal y de la luz son elocuentes. La misión del discípulo es “sazonar” e “iluminar”, la vida, no desazonarla ni oscurecerla. Un quehacer que debe verificarse no a través de discursos y proclamas sino a través de “buenas obras”, que den testimonio de Dios. El creyente en Jesús no puede ser un producto insípido, sino sabroso; no puede ser una realidad opaca, sino luminosa. Un sabor y una luz propias de quien ha gustado qué bueno es el Señor (1 Pe 2,3), y quiere hacer partícipe de ese “gusto” a los hombres.


REFLEXIÓN PASTORAL

   

    La sal servía para conservar los alimentos y  sazonarlos debidamente.  Era como una fuerza interna y condimento de toda nutrición… Así el discípulo de Jesús: no es un adorno superfluo, sino un condimento necesario para sazonar la vida y la sociedad.  Esta es la grandeza de la vocación y misión cristiana, pero también de su responsabilidad.

    Para sazonar, el cristiano ha de estar previamente “sazonado”. Jesús advierte al discípulo que su vocación puede malograrse y correr la suerte de la sal insípida: ser arrojada fuera por inservible. Pero la sal sazona desapareciendo, disolviéndose en el condimento: ha de morir. El cristiano en su servicio de dar vida, ha de entregar la vida. Así sazonó Jesús la vida, entregando la suya.

    Y la luz. Otra comparación muy expresiva. Conectados a Cristo, luz del mundo (Jn 8,12), el cristiano adquiere la luminosidad necesaria para clarificar los horizontes del mundo y los caminos del hombre.

    La luz del Evangelio es una gracia y una responsabilidad. Responsabilidad para con todos: con los de fuera -los no creyentes- y con los de casa, porque también el cristiano ha de iluminar la realidad de la propia casa, personal, familiar y eclesial, necesitada permanentemente de ese baño de luz.

    Y añade Jesús algo importante: “Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

    Y esa luz no son ideas teóricas y quiméricas. El Evangelio no es una nueva filosofía o una nueva teoría, sino “acción viva”, que pueda y deba ser vista y oída. ¡Buenas obras! Luz infiltrada en la vida; fe vivida; verdad hecha carne; la vida cristiana en acción, como recuerdan la primera lectura y el salmo responsorial.

    Es la luz con la que Pablo anunció el Evangelio a los cristianos de Corinto (2ª lectura), y que brillará “cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente” (1ª lectura).

    Y esa luz no debe resultar en beneficio personal; no debe enfocarnos a nosotros.  El Padre que está en los cielos es quien debe ser reconocido. La luz del discípulo debe remitir, conducir al origen, al “Padre de las luces” (Sant 1,17). Esta es la finalidad última y el motivo más profundo de la vocación del discípulo. Y ahí reside su fuerza, como nos recuerda san Pablo en la primera carta a los Corintios.

     Al cristiano no le está permitido desertar de la vida, aunque haya de transitar por sus desiertos; precisamente ahí debe ser referente y ayuda para hacer la travesía aportando compañía y esperanza. La Jornada de Manos Unidas contra el hambre que hoy se celebra nos lo recuerda.

    Si nuestra sociedad -y nuestra Iglesia- están y andan desazonadas y entenebrecidas, ¿qué hacemos nosotros de la sal y la luz que el Señor ha puesto en nuestras vidas? Sal y luz son elementos bautismales, es decir, originales, que deben configurar nuestra existencia, y que hoy la Palabra de Dios nos invita a recuperar y actualizar.

  

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿En qué baso yo mi testimonio de Jesucristo?

.- ¿Mis prácticas religiosas vitalizan la vida y la humanizan?

.- ¿Mi vida es una vida con sabor y brillo de Evangelio?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap

 

viernes, 30 de enero de 2026

DOMINGO IV -A-


1ª Lectura: Sofonías 2,3; 3,12-13. 

    Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.

                                            ***             ***             ***

   Dios elige para la construcción de su proyecto un “resto” humilde y de humildes; un “resto” formado por personas buenas y sinceras, buscadoras de la justicia y la moderación. Ese resto supone la descalificación y la alternativa a la prepotencia, a la injusticia y a la mentira de los “imperios”. Ese “resto”, anunciado por Sofonías, es ya una profecía de los que serán declarados bienaventurados por Jesús. Dios siembra su Reino en la tierra de los pobres, porque allí germina sin resistencias y crece con más energía.

2ª Lectura: 1 Corintios 1,26-31.

    Hermanos:

    Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ellas muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo, lo ha escogido Dios para humillar a los sabios. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así, como dice la Escritura, el que se gloríe que se gloríe en el Señor.

 

                                            ***             ***             ***

    Pablo quiere concienciar a los cristianos de Corinto de que su fuerza está en su debilidad. Porque en esa debilidad se manifiesta la iniciativa y la grandeza de Dios. La grandeza de la Iglesia no reside en la sabiduría humana, en el poder ni en los títulos humanos de nobleza, riqueza… La Iglesia, y el cristiano, encuentran su razón de ser sólo en Cristo. Esa es su “bienaventuranza”.

 Evangelio: Mateo 5,1-12a.

    En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles:

    Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos.

    Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

    Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

    Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.

    Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

    Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

    Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán “los hijos de Dios”.

    Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

    Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

                                            ***             ***             ***

         Las “bienaventuranzas” escenifican y visualizan el “resto” que preside Jesús; los mimbres con los que Dios decide construir su Reino; y  son la vocación y la misión de la Iglesia. En una apretada síntesis podrían subrayarse las siguientes líneas hermenéuticas de estas proclamaciones de Jesús, son: Palabra teológica: revelan el verdadero rostro de Dios. Palabra cristológica: revelan el proyecto y la causa de Jesús. Palabra antropológica: diseñan el programa del hombre nuevo. Palabra paradógica: son anuncio y denuncia; gracia y exigencia. Palabra escatológica: signos de la instauración del futuro de Dios entre los hombres, de su reino.

 REFLEXIÓN PASTORAL

    Si no lo hubiera dicho Jesús, nos parecería una tomadura del pelo; pero las bienaventuranzas son sus palabras y, sobre todo, son su vida. Son palabras de “altura” y “chocantes”.

    Él fue pobre (Mt 8,20), manso y humilde (Mt 11,29), tuvo hambre y sed de justicia (Lc 4,16-20), lloró (Lc 19,41), fue misericordioso (Mt 9,13), construyó la paz (Ef 2,14; Jn 14,27), y fue perseguido y murió por la causa del reino de Dios.

    Las bienaventuranzas no son un sermón improvisado, de circunstancias. Se encuentran al principio (Lc 4,16ss), en el centro (Mt 11,24) y al final de la vida de Jesús (Mt 25,31ss). Son su filosofía o, mejor, su teología. Porque ellas nos hablan en primer lugar de Dios, de sus preferencias y de sus sufrimientos.

    Son declarados bienaventurados los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los perseguidos… ¿Por qué? ¿Por qué Dios se complace en esas situaciones “deterioradas”? No; porque a Dios le duelen y no las soporta más; porque ese dolor humano es dolor de Dios. El pobre, el que llora, el perseguido es bienaventurado no por la situación que padece, sino por la opción de Dios en favor suyo.

    Las bienaventuranzas son la expresión de la opción de Dios a favor del pobre contra la pobreza, a favor del hambriento contra el hambre, a favor del que llora contra las lágrimas… Nos dicen que Dios no es indiferente, sino beligerante, ante el dolor del hombre. Por eso decide instaurar el Reino, el suyo, que no es como los de este mundo.

     El Dios que nos revelan las bienaventuranzas es un Dios de una gran seriedad ante el dolor humano: misericordioso y justo, pues no hay misericordia sin el restablecimiento de la justicia. La proclamación de las bienaventuranzas puede ser una mofa si se desplazan, interesada o inconscientemente, sus acentos. No pueden ser la canonización de situaciones humanamente deterioradas, de “segunda clase”. Porque en no pocas ocasiones, el hambre, las lágrimas, la pobreza…, no son signos de la presencia de Dios, sino de su ausencia; y entonces son una invitación a actuar para cambiar tal estado de cosas.

    Las bienaventuranzas son anuncio y denuncia; felicidad y juicio; sabiduría y necedad; antropología y teología; ética y gracia.

    Y el cristiano ha de abrirse al Dios que se revela en ellas, y al hombre en favor del que Dios se revela. Porque las bienaventuranzas son el proyecto de una vida - la de Jesús-, pero son, también, un proyecto de vida – el del cristiano. Son las vibraciones más íntimas del corazón de su corazón.

     Las Bienaventuranzas fueron proclamadas en una montaña, a cielo abierto. Con olor a tomillo…Y no pueden perder ese perfume “natural”. La vida cristiana necesita oxígeno,  y uno de esos principios de reanimación, de donde podemos extraer el aire necesario para oxigenarnos y oxigenar la vida son las Bienaventuranzas.Son la vocación y la misión de la Iglesia. Y es necesario respetar este orden: no pueden anunciarse sino desde su vivencia, a imagen de Jesús. Y hay que anunciarlas con claridad, amor y esperanza, como hay que vivirlas. Porque quien hace de ellas sólo una denuncia, no anuncia el Evangelio.

 La nueva evangelización, de la que tanto hablamos ahora, pasa por aquí. No se trata de otra cosa. Perdemos excesivo tiempo en buscar titulares. Las Bienaventuranzas son el titular programático de la evangelización de Jesús. Salirse de ahí, o no entrar ahí, es andar por caminos equivocados.

     Son el “cartel” de Jesús, su programa personal y vocacional. Confrontémonos con ellas y veamos si somos bienaventurados según ellas.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Creo en las Bienaventuranzas?

.- ¿Hasta qué punto configuran mi proyecto personal y comunitario?

.- ¿Busco ser bienaventurado desde ellas? ¿O buceo en otras aguas?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

jueves, 22 de enero de 2026

DOMINGO III -A-

 1ª Lectura: Isaías 9,1-4.

    En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.

    El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como se gozan al segar, como se alegran al repartirse un rico botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro los quebrantaste como el día de Madián.

                                            ***             ***             ***

    El oráculo de Isaías contempla, probablemente, la situación de humillación que hubieron de soportar los habitantes de Galilea, desterrados por Teglatfalasar III (732), y la situación tan deteriorada en que quedó la región.  A ese pueblo, “que habitaba en tinieblas”, el profeta le anuncia una luz y una gran alegría -el día del Señor-, “porque un niño nos ha nacido…” (Is 9,5). 

2ª Lectura: 1 Corintios 1,10-13.17.

    Hermanos:  Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos diciendo: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? No me envió Cristo a bautizar sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

                                            ***             ***             ***

    Ante los sectarismos que estaban surgiendo en la comunidad de Corinto, Pablo advierte que en la Iglesia no hay más referente que Jesucristo. Denuncia y condena la fragmentación de la iglesia. Pero también denuncia la pretensión de convertirse en líderes, capitalizando lo que sólo es obra exclusiva de Cristo. Dos advertencias y dos denuncias que alertan sobre dos tentaciones que han acompañado siempre a la Iglesia: el sectarismo y el protagonismo excluyente. 

Evangelio: Mateo 4,12-23.

    Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:

    “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y en sombras de muerte, una luz les brilló”.

    Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos porque está cerca el reino de los cielos.

    Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

    Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

    Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y las dolencias del pueblo.

                                            ***             ***             ***

    Mateo, vincula a Jesús el oráculo esperanzador de Isaías, y ve encarnada en Cristo la “luz grande” que viene a iluminar “a los que habitaban en tierra y en sombras de muerte”. Esa luz comienza a iluminar con un anuncio gozoso: la llamada a la conversión ante la cercanía del reino de Dios. Y se concreta y manifiesta en una acción regeneradora de la humanidad, curando sus dolencias y enfermedades.

    Pero Jesús busca compañeros, que serán seguidores suyos y continuadores de su obra. Y de ahí surge la Iglesia, con la misma vocación y misión sanadora del Señor.  El seguimiento de Jesús no se agota en “seguirle” (yendo detrás de él), exige “proseguirle” (continuando su obra).

REFLEXIÓN PASTORAL

La Palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,9). Podrán ser apresados y silenciados sus mensajeros, pero ella siempre encuentra caminos y cauces nuevos para hacerse oír. De eso nos habla el relato evangélico: silenciada la voz  profética de Juan, aparece la de Jesús.

         La profecía de Isaías (Is 9,1), san Mateo la ve cumplida en Jesús, él es esa “luz grande, que ha amanecido  al pueblo postrado en tinieblas, a los que habitaban en tierra y sombras de muerte” (Mt 4,16).

         Y esa luz comienza a iluminar los caminos de los hombres, de todo hombre, con la llegada de Jesús y su llamada a la conversión -“¡Convertíos!”- y con una oferta de salvación -“el Evangelio del Reino”, acompañada de credenciales palpables -“curando las enfermedades y dolencias del pueblo”-. Y es que la Palabra de Dios, y Jesús es su encarnación personal, es una realidad “viva y eficaz” (Heb 4,12).

         Y esa luz, esa palabra han de seguir brillando y resonando; para eso necesita continuadores y testigos. Es el segundo aspecto que subraya el Evangelio. Cristo se acerca a unos hombres sencillos, en sus puestos de trabajo, para ofrecerles tarea. ¡Jesús nunca llama al paro! Como nos recuerda la parábola de los obreros enviados a la viña (Mt 20,1-16), Dios constantemente está saliendo a buscar trabajadores, porque “la mies es mucha” (Mt 9,37).

         La respuesta, generosa y decidida, de aquellos hermanos se convierte en ejemplo de respuesta.  A Jesús no se le puede seguir con reticencias y ambigüedades. Ellos dejaron “inmediatamente” las redes; y nosotros hemos de “desenredarnos” de todo lo que nos impida ese seguimiento. Y el subrayado “inmediatamente” es intencionado. El seguimiento ha de hacerse sin reticencias (Lc 9,57-62).

    Y será precisamente la experiencia de ese seguimiento, lo aprendido en la compañía de Jesucristo, lo que anunciarán después: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn 1,1-3).

         Aquellos hombres fueron los intermediarios entre Jesús y la Iglesia; y hoy la Iglesia, es decir nosotros, debemos ser los intermediarios entre Dios y el mundo.

¿Estamos en condiciones de asumir esa tarea, de ser ese canal de transmisión, ese punto de conexión con el mundo, aunque no necesariamente de coincidencia con él, pues no somos de mundo (Jn 15,19)?

Quizá podríamos conseguirlo si, como nos recuerda s. Pablo en la 2ª lectura, en nosotros brillara de forma inequívoca la unidad de sentimiento y pensamiento –“¿Está Cristo dividido?” (1 Co 1,13); ¿no hay excesivos maestros y sectarismos?-.

         Acabamos de celebrar el Octavario de oración por la unidad de los cristianos. “Que todos sean uno…, para que el mundo crea”, oró Jesús (Jn 17,21). Pero esa unidad no significa la uniformidad empobrecedora y monótona, sino saber vivir en un sano pluralismo, sin descalificaciones partidistas, buscando todos, con la mejor voluntad y rectitud de intención, la verdad en el amor, “creciendo hasta Aquél que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo toma cohesión” (Ef 4,15-16).

REFLEXIÓN PERSONAL 

.- ¿Con qué responsabilidad y generosidad asumo mi tarea evangelizadora?

.- ¿Soy constructor de unidad y comunión en la comunidad eclesial y en la vida?

.- ¿Con qué radicalidad sigo al Señor?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.