viernes, 16 de octubre de 2026

DOMINGO XXIX -A-

1ª Lectura: Isaías 45,1. 4-6.

    Así dice el Señor a su Ungido, Ciro, a quien lleva de la mano: Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por mi nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro.

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   El texto presenta la investidura de Ciro como instrumento de la acción de Dios. Denominado como su Ungido, el profeta ve en este personaje el nuevo horizonte que se abre en la historia. Ese Ungido, emperador de los persas, aparece inserto en la lista de Israel, aunque él no lo supiera. Dios no está circunscrito, ni tampoco lo está su plan. Trabaja con “instrumentos” propios.  La “unicidad” de Dios, ya subrayada en los libros del Éxodo (8,6) y Deuteronomio (4,35.39; 32,29), brillará en esta opción sorprendente de Dios. El texto puede entrañar una velada crítica al primer “elegido” -Israel-, incapaz de haber cumplido con la misión que se le confió (Ez 36,20-22; Rom 2,24). El plan de Dios es integrador y no excluyente.

2ª Lectura: 1ª Tesalonicenses 1,1-5b.

   Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros no hubo solo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda, como muy bien sabéis.

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    Tesalónica fue la primera comunidad cristiana del mundo occidental, fundada por Pablo en su segunda etapa apostólica (Hch 17,1-10). Ya desde el saludo, Pablo no aparece como un evangelizador  solitario, sino solidario. La designación de los destinatarios como “iglesia” merece ser destacada. Pablo no escribe a individuos aislados, sino a una comunidad de hombres y mujeres elegidos por Dios y convocados por el Evangelio. Recuerda los fundamentos del Evangelio -Dios Padre y el Señor Jesucristo-, y los fundamentos de la comunidad: una fe activa, una caridad esforzada y una esperanza probada. Y les anima a permanecer en el espíritu de la primera hora. Por otro lado, la existencia de esta comunidad es ya la concreción de la apertura y consolidación del Evangelio en un nuevo horizonte, en un nuevo mundo, más allá de las fronteras ideológicas y geográficas del judaísmo.

Evangelio: Mateo 22,15-21.

    En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuestos al César o no?

   Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: ¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.

    Le presentaron un denario. Él les preguntó: ¿De quién son esta cara y esta inscripción?

    Le respondieron: Del César.

    Entonces les replicó: Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

 

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    La escena traduce la tensión existente entre Jesús y los grupos “oficiales” de la sociedad judía. Fariseos y herodianos, representantes de dos sensibilidades diferentes, se unen para formularle la pregunta trampa. Con todo, hay que destacar el “elogio” que hacen de la integridad personal de Jesús. Éste descubre su mala voluntad, pero no elude la respuesta: A Dios no hay utilizarle como “moneda” de nada. Los temas sociales hay que abordarlos dentro de su propia órbita. La licitud o ilicitud del impuesto al César debe ser dirimido en su fuero propio: las responsabilidades sociales y políticas del momento. Y cada uno debe asumirlas.  Y no debe llevarse al campo de la religión. Dios se mueve en otra órbita y, aunque no esté ausente, no interviene en la legítima autonomía de la historia. Dios no es una “excusa” ni un “argumento” para evadir impuestos, aunque, les recuerda Jesús, Dios tiene también sus espacios. La moneda, al César, y el corazón, a Dios. 

REFLEXIÓN PASTORAL

 

    La cuestión de la licitud del tributo romano era discutida entre los judíos. Significaba el reconocimiento de una sumisión. La aceptaban los herodianos; más resignadamente los saduceos; los fariseos se mostraban reticentes; los zelotes la rechazaban abiertamente. En general, en el pueblo producía indignación ese tributo de vasallaje. La pregunta formulada a Jesús contenía material inflamable: “¿Es lícito pagar el tributo al César o  no?” (Mt 22,17).

    Jesús pide la moneda del tributo y pronuncia la frase: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). Pocas frases han hecho correr tanta tinta y han sido citadas con más frecuencia e imprecisión.

     No fue una respuesta evasiva o diplomática. Los oyentes se admiraron, quizá, porque no la entendieron. Porque la respuesta iba contra los judíos, que regulaban la política con la religión, haciendo de Dios un césar, y contra los romanos, que regulaban la religión con la política, haciendo del César un dios. Con su respuesta, Jesús quemaba la tierra bajo las plantas de todos.

     “Dad al César…”, denunciaba la pretensión clericalista de convertir y manipular todo desde la religión. Reconocer o no al César, aceptar o no sus leyes fiscales, es un tema político, que no debe trasladarse a la esfera de la religión.

    “Y a Dios lo que es de Dios”, con lo que asestaba un golpe de muerte al cesarismo, a la pretensión absolutista del poder político, de invadir todos los espacios de la vida, de hacer del hombre un mero súbdito.

      En la respuesta de Jesús hay, pues, mucho más de cuanto entendieron los judíos, y de lo que han entendido a lo largo de los siglos muchos cristianos, en cuya historia Dios y el César se mezclaron tanto y de tal manera, que llegó un momento en que ya no solo no se distinguía qué era de uno y qué era de otro, sino quién era uno y quién era otro.

      Jesús distingue netamente los campos. No establece una división excluyente, pero introduce una clarificación: religión y política son realidades distintas, pero no distantes y no pueden distanciarse, porque ambas afectan al hombre.

    Por otro lado, no conviene olvidar, en el saludo de la carta a los Tesalonicenses, los tres elementos que subraya san Pablo como característicos de la espiritualidad cristiana: fe activa, amor esforzado y esperanza acrisolada en las pruebas. Tres ingredientes necesarios para saber hacer un discernimiento de los distintos debates y cuestiones de la historia y de la vida.

         Hoy, Domingo Mundial de las Misiones, se nos recuerda nuestra responsabilidad misionera. Y que existe una avanzadilla de la Iglesia, donde hermanos y hermanas nuestros están entregando su vida en un servicio generoso, y silencioso, a otros más necesitados. Ellos son la memoria de la Iglesia; los que nos recuerdan que hay que seguir ampliando las fronteras del Reino de Dios; que una comunidad cuando deja de mirar al futuro, lo pierde. Una Jornada para orar por ellos y colaborar con ellos en las arduas tareas de la evangelización (1 Tim 1,8).

 

REFLEXIÓN PERSONAL

 

.- ¿Cumplo mis deberes cívicos con honestidad y responsabilidad?

.- ¿Doy a Dios lo que es de Dios?

.- ¿Es mi fe activa, mi caridad esforzada y mi esperanza acrisolada?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 7 de octubre de 2026

DOMINGO XXVIII -A-


1ª Lectura: Isaías 25,6-10a.

    Preparará el Señor de los ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país -lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quién esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.

                                       ***              ***              ***

   El profeta contempla el banquete que Dios ofrecerá sobre el monte Sión, un banquete abierto a todos los pueblos, el banquete de la salvación. Allí llevará a cabo la regeneración y renovación de Israel y de los demás pueblos, que también serán reconocidos y reconocerán al Señor. La muerte y las lágrimas serán eliminadas. Es una formulación de la visión escatológica del profeta: total y definitiva. Pero a ese banquete, al que todos los pueblos están convocados, hay que incorporarse personal y responsablemente. 

2ª Lectura: Filipenses 4,12-14. 19-20.

    Hermanos:

    Se vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación. En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

                                       ***              ***              ***

    Pablo agradece la ayuda recibida desde la comunidad de Filipos. Sin embargo, les hace una precisión importante: todo queda dimensionado por la experiencia de Jesucristo, que es la suficiencia de Pablo. Hay que saber vivir la fidelidad a Cristo en pobreza y abundancia, en salud y enfermedad. Las circunstancias de la vida no pueden cambiar la orientación y la opción fundamental de la misma.

Evangelio: Mateo 22,1-14.

    En aquel tiempo volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:

    El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisara a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendió fuego a la ciudad.

    Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.

    Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca.

   Entonces el rey dijo a los camareros: Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

 

                              ***              ***              ***

 

   Parece que Mateo ha fusionado dos parábolas originalmente distintas: la del banquete, análoga a la de Lc 14,16-24, y otra, la de la expulsión del banquete, que contempla la idea del juicio final. En todo caso, Jesús continúa hablando a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo. La parábola, claramente alegorizada, les descubre la voluntad salvadora de Dios. El banquete, evoca el de Is 25,6-10a (1ª lectura); los criados enviados son los profetas y apóstoles; los que rechazan la invitación son los judíos (más directamente sus líderes); los invitados de los caminos: los pecadores y paganos; el incendio de la ciudad, la ruina de Jerusalén… La segunda parte, a partir del v.11, destaca la idea de la responsabilidad en la respuesta: el vestido evoca la necesidad de las obras de la fe.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Dios ama al hombre, le busca y le invita a participar de su misma vida, de su misma mesa, de Él mismo. Pero esta invitación, gratuita, no es irresponsable. En la invitación de Dios no hay excluidos, pero sí autoexcluidos.  En la línea del profeta Isaías (1ª lectura), la parábola propuesta por Jesús ilustra perfectamente la situación. Dios ha soñado lo mejor: un banquete de bodas - ¿quién no se apunta a un banquete? -, e invita generosamente a él. Pero, sorprendentemente, esa invitación es rechazada de una manera insultante.

    Con este ejemplo Jesús denuncia el comportamiento del judaísmo oficial de su tiempo, que se automargina; y anuncia una nueva edición de la invitación salvadora (Mt 22,9). 

    Pero no termina ahí la parábola. También en la comunidad cristiana puede continuar esa dinámica de rechazo de la oferta para asistir al banquete.

    Y no basta con “apuntarse”. Es lo que se quiere subrayar con la alusión al hombre que no llevaba vestido de fiesta. El asunto no termina con la invitación. Hay que acogerla. Pertenecer al Reino, sentarse a su mesa, requiere un estilo, un vestido adecuado. Un vestido que ofrece el mismo Señor, pero que hay que aceptarlo y vestirlo.

    El Señor no pide falsos oropeles, sino un corazón convertido. Porque de quien tenemos que revestirnos es de Cristo (Rom 13,14).  No es, pues, cuestión de telas o de colores, sino de actitudes. Y para ello necesitamos desvestirnos de muchas cosas. De la vieja condición, del hombre viejo... (Col 3,9).

   Es necesario revisar nuestro ropero espiritual -también quizá el material- y ver si nuestra “cobertura” es cristiana; si se aproxima un poco a lo que san Pablo sugería a los cristianos de Éfeso: el cinturón de la verdad, la coraza de la honradez, los zapatos de la paz, el escudo de la fe (cf. Ef 6,10-17).

    La respuesta no es fácil, pero con Cristo es posible: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (2ª lectura).

    Es necesaria la vinculación a Cristo para transformar la vida (Jn 5,5).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es Jesucristo mi punto de apoyo?

.- ¿Cómo acojo la invitación de Dios a participar en su banquete?

.- ¿Qué vestido llevo en la vida?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

sábado, 3 de octubre de 2026

DOMINGO XXVII -A-

1ª Lectura: Isaías 5,1-7.

    Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña.

     Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas; construyó en medio un atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones.

    Pues ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones? Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni escardarán, crecerán zarzas y cardos, prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.

   La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.

 

                                      ***             ***             ***

 

     Conocido como “canción de la viña” (Is 5,1-7), el texto forma parte de la primera sección del cap. 5 del libro y está articulado en tres momentos: la canción (5,1-7), una serie de maldiciones (5,8-24) y el anuncio de un castigo a cargo de los asirios (5,26-30). Los problemas exegéticos y literarios del texto no son pocos. Se trata de una canción compuesta por el profeta al inicio de su ministerio, probablemente en tiempo de la vendimia. ¿De qué viña se trata? A partir del v 7 se descifra su rostro –la casa de Israel, los hombres de Judá-. Pero eso no soluciona todas las preguntas sobre el origen del texto. En todo caso, antes que el anuncio de un juicio, parece tratarse, en su primer nivel, de la confesión una “desilusión” por el amor rechazado. ¿Cómo ha sido posible? ¿Qué ha hecho mal el “amigo”?  Por otro lado, la imagen de Israel como viña elegida y luego repudiada había sido ya esbozada por Oseas (10,1), y la repetirán Jeremías (2,21; 5,10; 6,9; 12,10) y Ezequiel (15,1-8; 17,3-10; 19,10-14). También el NT se referirá a la “viña” con otras modulaciones (Mt 21,33-44 y paralelos; Jn 15,1-2).

2ª Lectura: Filipenses 4,6-9.

 

    Hermanos:

    Nada os preocupe; sino que en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en  Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.

 

                                      ***             ***             ***

 

   Nos hallamos al final de carta, y Pablo exhorta a los filipenses a intensificar la comunión en la oración. Y, además, a discernir y a poner en práctica los auténticos valores humanos. El cristiano no tiene valores morales distintos de los demás; lo que le distingue es el “espíritu” con que los vive. Ha de tener en cuenta todo lo bueno que hay en la vida. Y, finalmente, Pablo se propone a sí mismo como referente.

Evangelio: Mateo 21,33-43.

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

    Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto de mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos ladrones?

    Le contestaron: Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.

    Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?

     Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.

 

                                            ***             ***             ***

 

   Con esta parábola, dirigida a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo, Jesús quiere denunciar la irracionalidad de su hostilidad antes los enviados de Dios (el Bautista), y ante su propio Hijo (Jesús). Trabajando sobre la imagen veterotestamentaria de la “viña”, Jesús modula el tema, poniendo el acento no en la viña sino en lo viñadores, dejando en evidencia su irresponsabilidad. El final de la parábola justifica el cambio que se producirá: la viña se dará a otros viñadores. Pero ese “riesgo” sigue pendiente sobre todo los que reproduzcan la actitud de los primeros viñadores. Nadie puede apropiarse la “viña”, ni apropiarse sus frutos.

REFLEXIÓN PASTORAL

 

“Esperó que diese uvas, pero dio agraces…” (Is 5,2). Es la queja de Dios, y también su esperanza.

Dios no es indiferente ante la reacción del hombre. Porque el amor nunca es indiferente. Eligiendo al pueblo de Israel, obró como el labrador con su viña, con amor, mimo e ilusión. ¿Qué más cabía hacer? (Is 5,4).  Esperó unos frutos. Pero esos frutos no se produjeron. A Dios, su pueblo elegido le hizo experimentar la decepción.

La parábola evangélica, con más propiedad alegoría, conocida como la de “los viñadores homicidas”  contiene acentos distintos de los del texto de Isaías. Mientras el profeta destaca la irresponsabilidad de la viña; Jesús subraya la irresponsabilidad de los viñadores, eliminando todas las mediaciones divinas, hasta la del Hijo.

Por eso, Dios “arrendará la viña a otros labradores que le den los frutos a su tiempo” (Mt 21,41); creará un pueblo nuevo. Y ese pueblo nuevo, asentado en la piedra angular que es Cristo (Ef 2,20), vitalizado por la sabia de la única vid, que es Cristo (Jn 15,1.5), es la Iglesia. Y de ese pueblo, también objeto del mimo, del amor y de la ilusión de Dios, Dios sigue esperando los mismos frutos, es decir, justicia y derecho (Is 5,7). ¿Los damos? Para ello hay que estar vinculados a la vid. “Sin mí no podéis hacer nada…” (Jn 15,4-5). ¿Lo estamos? Lo sabremos, si nuestros frutos son cristianos... Porque “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16.20).

 Haber sido objeto de la elección y el amor de Dios es una gracia; pero, también, una gran responsabilidad. Pues “el amor de Cristo nos urge” (2 Cor 5,14) a concretar, a fructificar. Y porque la Palabra de Dios no es solo palabra de entonces, sino de hoy, nos dirige la misma advertencia: “Se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21,43).

Responsabilidad que, entre otras cosas, significa apertura a los auténticos valores de la vida. “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable...; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Flp 4,8).  Porque esa es la religión auténtica: la que no se construye a costa ni de espaldas a los valores humanos. El cristiano no devalúa, sino que revalúa lo auténticamente humano; lo profundiza, liberándolo del egoísmo, de la superficialidad y lo eleva a la categoría de alabanza a Dios.

Es el mensaje que Dios, por medio de su palabra, nos dirige hoy. Y que debemos acoger con gratitud y responsabilidad, por haber sido elegidos.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Produzco frutos? ¿Qué frutos?

.- ¿Tengo en cuenta todo los que es justo, verdadero…?

.- ¿Soy motivo de decepción o de ilusión

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

viernes, 25 de septiembre de 2026

DOMINGO XXVI -A-

1ª Lectura: Ezequiel 18,25-28.

    Esto dice el Señor: Comentáis: no es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder?; ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de la justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.

 

                            ***             ***             ***

 

    A una comunidad que se quejaba del proceder de Dios, por considerar que estaban pagando injustamente las culpas de sus antepasado, el profeta le hace una llamada a la responsabilidad personal. Ante Dios cada uno es responsable de sus actos.  Dios siempre tiene abierta la puerta de su misericordia, pero cada uno ha de entrar por ella libre y responsablemente; para todos hay una oportunidad, pero cada uno de asumirla. El pasado no es ni una losa inamovible ni un aval indiscriminado. El presente es el lugar donde hay que verificar la fidelidad de Dios y la fidelidad a Dios. 

2ª Lectura: Filipenses 2,1-11.

  Hermanos:

  Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo- y toda lengua proclame: “¡Jesucristo es Señor!” para gloria de Dios Padre.

 

                                      ***                 ***                  ***

   Con un tono entrañable y al mismo tiempo enérgico Pablo se dirige a su querida comunidad de Filipos. Dos momentos destacan en este fragmento: uno parenético/exhortativo, y otro kerigmático/doctrinal. Es desde el segundo de donde ha de partir el cristiano. La vocación del cristiano es una llamada a sentir con Cristo, a incorporarse a sus opciones de vida. Él es el paradigma del creyente. En ese himno (vv. 6-11) se encuentra condensado el avatar histórico de la salvación personalizado en Jesucristo y responde, con toda probabilidad, a una formulación litúrgica de la fe cristológica que Pablo encontró en la comunidad.

Evangelio: Mateo 21,28-32.

    En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contesto: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: El primero. Jesús les dijo: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis. En cambio, los publicanos y las prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis.

                                             ***         ***                  ***

      Con una claridad y sencillez meridianas Jesús ejemplariza su dicho: “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). Frente al hermetismo que presentaron los dirigentes religiosos judíos -los “sanos”- a su mensaje y a su persona, como lo hicieron antes con Juan, Jesús destaca la apertura y la acogida que le dispensaron los considerados pecadores -“los enfermos”-. Él no vino a marginar a nadie, vino a buscar lo que estaba perdido; pero mientras algunos reconocieron su necesidad de conversión –“los publicanos y las prostitutas”-, otros -“los sumos sacerdotes y los ancianos”-, autocomplacidos de sí mismos,  creían no necesitar tal conversión

REFLEXIÓN PASTORAL

    “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,5). No es una invitación sentimental ni al sentimentalismo. Es la exigencia fundamental cristiana. Porque “quien dice que permanece en Cristo, debe vivir como Él vivió” (I Jn 2,6); debe sentir como Él sintió. Sentir a Cristo y sentir con Cristo.

    Y ¿cómo vivió y sintió Cristo? S. Pablo (2ª) lo sintetiza muy acertadamente: “se vació, se anonadó, se despojó de su rango… hasta la muerte” (2,7-8).

     La vida de Jesús y sus sentimientos estuvieron orientados por dos referencias: Dios y el hombre. Su vivir fue un vivir para el Padre (Jn 4,34; cf. Jn 6,38-40), y un vivir para los hombre... Y “porque nadie ama más que el que da la vida” (Jn 15,33),  entregó su vida. Estos fueron sus intereses.

     Por eso, comenta el Apóstol: “No os encerréis en vuestros intereses” (Flp 2,4; cf. 1 Cor 10,24), y no encerremos a Dios en “nuestros intereses”.

    Y ¿qué significa “no encerrarse” y “tener los sentimientos de Cristo”? Entre otras cosas: “Vaciarse” de la pretensión de creerse justos e irreprochables, y de “señalar” y marginar a los otros.

    “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” (Mt 21,31). Palabras, sin duda chocantes, que hay entender correctamente. Porque  Jesús no está haciendo apología de la prostitución, ni del fraude, ni de la extorsión de los cobradores de impuestos. No se trata, pues, de una actitud romántica ante el pecado.

    Lo que Jesús denuncia es la autosuficiencia de quienes consideraban que la conversión era para “los otros”; la hipocresía de los que  tipificaban una serie de conductas como “inmorales” y, luego, creían que, absteniéndose de ellas, ellos estaban ya inmunes de todo pecado;  la actitud de los que creían que el bien consiste solo en denunciar el mal.

    Lo que Jesús proclama es que el amor de Dios no se detiene a las puertas de los convencionalismos humanos; que no hay espacios cerrados e impermeables a su amor; que Dios es una oportunidad permanentemente abierta; que está siempre a la puerta, esperando, por si “alguno me abre” (Ap 3,20).

    Lo que Jesús quiere destacar es que la auténtica verdad del hombre no está en la exterioridad, en lo que el hombre hace, sino en la interioridad, en por qué lo hace, y solo Dios conoce los “por qué”, porque solo Él conoce el corazón; y conoce que en el corazón de una prostituta o de un recaudador de impuestos también puede resonar y ser respondida la voz de Dios. 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cuáles son mis sentimientos? ¿Los de Cristo?

.- ¿Siento necesidad de conversión permanente?

.- ¿Vivo encerrado en mis intereses?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

viernes, 11 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV -A-

1ª Lectura: Eclesiástico 27, 33-28,9.

    El furor y la cólera son odiosos: el pecador los posee. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? Piensa en tu fin y cesa en tu enojo, en la muerte y corrupción y guarda los mandamientos. Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo, la alianza del Señor, y perdona el error.

                                       ***             ***             *** 

       Para un creyente la referencia es el Señor. No será el Señor quien condene, él solo es salvador, y ha puesto en manos del hombre las claves de su evaluación final: “Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. “Perdónanos como nosotros perdonamos”. El futuro del hombre pasa por el perdón de Dios, y este pasa por el perdón fraterno. La lección es sencilla, aunque no cómoda.

2ª  Lectura: Romanos 14,7-9.

   Hermanos:    Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. Para eso murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos.

                                            ***             ***             ***

 

    La existencia del cristiano debe ser existencia “cristiana”: desde el Señor y para el Señor. En estas frases condensa Pablo lo más radical de la fe: vivir para el Señor. Él debe ser la referencia unificadora de la vida. De ahí la consecuencia: “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10,31), “con toda el alma, como para el Señor” (Col 3,23). 

 Evangelio: Mateo 18, 21-35.


    En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

    Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

    Y les propuso esta parábola: Se parece le Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

                                        ***             ***             ***

    El texto mateano, remontándose a la enseñanza y la praxis de Jesús, sin embargo contempla ya la situación problemática de la comunidad en el tema del perdón. La expresión de Pedro: “Si mi hermano…” tiene connotaciones eclesiales.

    La parábola pretende enfatizar la misericordia de Dios, que no es indiferente al pecado (la mala gestión del empleado), pero que no lo absolutiza, lo único absoluto en él, en Dios, es el amor y la misericordia. La reacción ante el siervo despiadado es expresión de que a Dios le afectan las relaciones interhumanas. Y nos invita y urge a “perdonaros mutuamente como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,32).

   Cuando Dios no duda en perdonarnos los diez mil talentos de nuestra deuda (unos 100 millones de denarios), nosotros nos resistimos a perdonar al hermano los cien denarios (calderilla) que pueda debernos.

REFLEXIÓN PASTORAL

    “Si vivimos, vivimos para el Señor”. Una afirmación que hoy todos deberíamos acoger, dejándola resonar en nuestro interior y profundizando sus consecuencias. Urgidos por tantas cosas, inmersos en lo inmediato, frecuentemente perdemos la justa perspectiva de la realidad. Absolutizamos lo relativo y relativizamos lo absoluto.

    Como creyentes no podemos perder la conciencia de nuestra referencia primordial al Señor. Cristo no puede ser un supuesto implícito, distante de nuestra existencia, sino una realidad patente. Hemos de vivir de tal manera que los que se encuentren con nosotros se den cuenta de que nosotros nos hemos encontrado con él. A Dios, a Jesucristo, no podemos situarlos en la periferia de nuestra vida, sino en el centro de la misma. No podemos dedicarles solo el tiempo que nos sobra, sino el centro de nuestro tiempo.

    Hay diversos modos de explicar la vida y de organizar la convivencia. Creyente es aquel que en este cometido concede la primacía real a Dios; y creyente cristiano es aquél que reconoce como norma suprema el evangelio de Cristo.

    Y tal reconocimiento es conflictivo, doloroso, porque supone tomar opciones que el mundo no comprende y que hasta rechaza. Y no deberíamos alarmarnos por ello. “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo” (Jn 15,18-19).  Lo alarmante, pues, sería, lo contrario. Los que solo  aplauden la palabra de Dios es que no la han entendido bien.

    “Si vivimos, vivimos para el Señor”. ¿Pero para qué Señor? Recorriendo las calles de Atenas, entre los altares dedicados a las divinidades del mundo conocido, encontró  san Pablo una con este nombre: “al Dios desconocido” (Hch 17,23). Quizá si el Apóstol visitara hoy nuestra Iglesia y nuestra vida pudiera, a lo peor, constatar que, en más ocasiones de lo deseable, estamos adorando, rezando y cantando a un Dios, a un Señor desconocido.

    A Dios solo se le puede afirmar en la medida en que se le experimenta. ¿Qué experiencia tenemos de Dios, de Jesucristo? Dios es amor, y el mandamiento de Cristo es el Amor. Y el amor es donación y relación. Dios nunca aísla. Por eso, “vivir para el Señor” no aminora el compromiso humano. El tiempo dedicado a Dios nunca puede ser un tiempo sustraído al hombre, porque en el hombre está Dios, que ha vinculado su suerte con el hombre -“Lo que hicisteis…” (Mt 25,31ss)-.

    La afirmación que el creyente hace de Dios y de su supremacía no es a costa del hombre, porque Dios y el hombre no son incompatibles. Al contrario: Dios no solo ha hecho al hombre, sino que se ha hecho hombre en Jesucristo. La visión del hombre se agiganta cuando se le contempla desde Dios.

    Hoy la primera y la tercera lecturas nos muestran algunas consecuencias de ese vivir para Dios, para el Señor, que no es una evasión espiritualista hacia lo divino, sino una conversión realista a lo humano.

    “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud del Señor?” (1ª). El diálogo con Dios, la oración, es imposible cuando está roto el diálogo con el hermano. Deberíamos tomar esto muy en serio. Jesús ofreció un criterio fundamental para acercarnos a Dios: “Si al presentar tu ofrenda ante el altar...” (Mt 5,23). Por eso nos enseñó a orar: “Perdónanos, como nosotros perdonamos” (Mt 6,12). Y porque necesitamos un perdón innumerable, como innumerables son nuestras caídas, también hemos de mantener abierta permanentemente nuestra oferta de perdón.

    S. Pedro creía que en esto del perdón, como en todo, debería haber un límite razonable, al menos como estricta obligación moral. Jesús rompe sus esquemas: no hay límites.

    Un perdón inspirado en el perdón de Dios; un perdón cordial; un perdón que no vive atrapado por el recuerdo de la ofensa recibida; un perdón que no es mera estrategia o cálculo interesado; un perdón que implica la reconciliación con uno mismo, con el entorno familiar, social... y hasta natural; un perdón que no es indiferente ante la verdad y la justicia, sino que las busca enérgicamente, pero siempre con un corazón purificado por la misericordia y la experiencia de perdón de Dios.

     Esto significa vivir para Dios, dejar que el amor, que es la esencia de Dios, nos transforme para que nuestra convivencia sea más fraterna, comprensiva...; porque “el amor espera sin límites, cree sin límites y perdona sin límites” (1 Cor 13,7).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es “cristiana” mi existencia?

.- ¿Qué experiencia tengo del perdón de Dios en mi vida?

.- ¿Qué oferta de perdón ofrezco a la vida?

Domingo J. Montero Carrión, Capuchino.

 

 

sábado, 29 de agosto de 2026

DOMINGO XXII -A-

1ª Lectura: Jeremías 20,7-9. 

    Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar “Violencia”, y proclamar “Destrucción”. La palabra de Dios se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: no me acordaré de él, no hablaré más en su nombre; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía.

                                         ***             ***             ***

    Nos hallamos ante uno de los textos de las “confesiones” de Jeremías. Seducido por el Señor, el profeta se siente el hazmerreír de todos. Sus advertencias son despreciadas. Siente la tentación del abandono y del silencio. Sin embargo el ardor de la palabra de Dios le quemaba por dentro. Ser profeta no es ser portador de “slogans” populistas. Ser profeta es ser servidor de la palabra de Dios. Es dejarse seducir por Dios.

2ª Lectura: Romanos 12,1-2.

    Hermanos:

    Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.

                                      ***             ***             ***

     La existencia cristiana se reduce a un culto formalista, ritual y extrínseco; implica no solo ofrecer sino ofrecerse, hacerse ofrenda, unida a la ofrenda de Cristo. Exige también una profunda renovación interior para discernir, en medio de la baraúnda de las propuestas mundanas, la voluntad de Dios. Y comporta también asumir un posicionamiento alternativo y conflictivo a los esquemas del mundo.

Evangelio: Mateo 16, 21-27.

    En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser  ejecutado y resucitar al tercer día.

    Pedro se lo llevó a parte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios! Eso no puede pasarte.

    Jesús se volvió y dijo a Pedro: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

    Entonces dijo a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?  ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

                                        ***             ***             ***

    La escena es dura: quien poco antes ha sido “beatificado” como portavoz del pensamiento del Padre (Mt 16,17) ahora es denunciado por pensar como los hombres no como Dios; quien poco antes ha sido calificado como “dichoso”, ahora es presentado como  Satanás… La comprensión de Jesús por parte de sus discípulos no fue fácil: rebasaba sus expectativas. ¿Y no ocurre algo parecido hoy? Jesús no impone, expone las exigencias del seguimiento, por eso invita a una decisión ponderada. El seguimiento es imposible sin la ayuda de Jesús (Jn 15,5), pero él no es nuestro suplente sino nuestro acompañante y guía. El cristiano ha de planificar, pero según las pautas marcadas por Jesús, no según los criterios del mundo. 

REFLEXIÓN PASTORAL

    Los textos de este domingo nos confrontan con unas preguntas y unos planteamientos nada equívocos: los planteamientos de Dios. Planteamientos que frecuentemente rehuimos, quizá porque otros, más  inmediatos, son los que nos ocupan; o porque, vamos perdiendo la conciencia de la propia identidad, convirtiéndonos en contemporizadores y posibilistas. 

    Contra estas posturas nos alerta hoy el Señor. Su palabra no es fácil -nunca lo fue-. Pedro, al principio, no la entendió, porque pensaba “como los hombres” (Mt 16,23). Sin embargo, quien la acoge como criterio en su vida, experimenta la sensación de Jeremías. Su fidelidad le supuso enormes problemas, pero también encontró en ella la fortaleza  para la lucha, y el consuelo que produce su fidelidad.

     Quien solo aclama la palabra de Dios, no la ha entendido. Porque es espada de doble filo, que penetra hasta el fondo del alma, dejando al descubierto lo más profundo del hombre (cf. Heb 4,12). Y esa Palabra se encarnó en Jesucristo que, ya desde su infancia, fue presentado como una bandera discutida (Lc 2,24). Y en su predicación nos dijo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo…” (Mt 16,24ss).

     No es una llamada no a la resignación. Jesús no murió en la cruz por resignarse, sino por todo lo contrario, por rebelarse y denunciar el pecado de su tiempo.

     Es una llamada a la madurez de juicio, para discernir, desde la fe personalizada, la voluntad de Dios.

     Una llamada a vivir la fe, no solo ritual sino realmente, convirtiendo en ofrenda a Dios nuestro ser y quehacer (Rom 12,1).

     Una llamada a tomar posturas críticas: “No os ajustéis a este mundo” (Rom 12,2). Como creyentes no podemos perder de vista nuestra referencia principal, Dios. Por todo ello, es necesaria esa renovación interior a la que alude san Pablo: “Transformaos por la renovación de la mente” (Rom 12,2).

      Dios, por medio de su Palabra, nos sitúa en una alternativa de libertad y de responsabilidad (Mt 16,24). Pero desde la decisión de seguirle, no deberían quedar espacios para la duda ni la ambigüedad; pues, por encima de todo, nos guía una certeza, que viene de Dios: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí (es decir, la consume en opciones de entrega y amor) la encontrará” (Mt 16,25). Son los planteamientos de Dios.        

    El profeta Jeremías abre una pista, desde la que todo puede ser mejor asumido: la seducción.  Dios, Cristo, la Palabra de Dios ¿nos seducen? ¿Los que entramos en las iglesias para celebrar la eucaristía entramos seducidos y, sobre todo, salimos seducidos? Sin esta experiencia, creer en el Evangelio y la evangelización son imposibles. 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué conocimiento y qué vivencia tengo de la palabra de Dios?

.- ¿Desde dónde hago los discernimiento en la vida?

.- ¿Según qué prioridades planifico mi vida?

DOMINGO J: MONTERO CARRIÓN, capuchino.

 

viernes, 21 de agosto de 2026

DOMINGO XXI -A-


1ª Lectura: Isaías 22,19-23.

    Así dice el Señor a Sobna, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna.

                                            ***             ***             ***

    A la pretensión prepotente de este funcionario responde el profeta con la denuncia y el anuncio de su destitución. A Sobna se le había subido el poder a la cabeza: ha pretendido “construirse” un memorial (una tumba) para inmortalizar su figura (Is 22,15-16) y, además, ha realizado una gestión política equivocada y sorda a las demandas del pueblo. El poder es una llamada al servicio, no a satisfacer proyectos personales egoístas. Dios suscitará un nuevo servidor -Eliacín-, que parece tampoco caminó con fidelidad ante el Señor (Is 22,24-25), favoreciendo descaradamente a sus familiares.

2ª Lectura: Romanos 11,33-36.

    ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que él le devuelva? El es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

                                      ***             ***             ***

     Estos versículos son el final de la reflexión que Pablo hace sobre la actual situación de Israel, de cómo se ha llegado a esta paradójica situación de que el pueblo elegido no hay reconocido a Cristo (Rom 9-11). Pero también para Israel hay espacio. Solo Dios en su sabiduría y providencia conoce y maneja los hilos de la historia. Y Pablo se entrega confiadamente a esa generosidad, sabiduría y conocimiento de Dios. E invita a los cristiano a abrirse a ese plan de Dios, y a no condenar a sus “hermanos” de alianza.

Evangelio: Mateo 16,13-20.

    En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

    Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

    El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

    Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

    Jesús le respondió: ¡Dichoso tu Simón, hijo de Jonás! , porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

 

                                      ***             ***             ***

 

El texto tiene como referente a Mc 8,27-30. Pero introduce un elemento original de la tradición mateana: las promesas a Pedro como depositario de las llaves del reino de los cielos y piedra básica de la Iglesia. La prohibición de no decir a nadie que Jesús era el mesías, obedece a la ambigüedad que rodeaba a ese título. Normalmente asociado a una comprensión triunfalista y de poder, Jesús presenta “otra” muy distinta (Mt 16,21), que ni el mismo Pedro comprendía (Mt 16,22), y que provocó una severa reprensión de Jesús, llamándole “Satanás”. Simón Pedro oscila entre ser designado “piedra” sólida y “piedra” de tropiezo.

REFLEXIÓN PASTORAL

    El entusiasmo inicial en torno a Jesús comienza a decrecer y a despuntar una cierta hostilidad protagonizada por los dirigentes religiosos. ¡Jesús comienza a ser cuestionado! Y esto afecta necesariamente a la confianza del grupo. Para serenar el horizonte, el Maestro decide abrir un breve paréntesis en su actividad, retirándose con los Doce a la región de Cesarea de Filipo. Y lo primero que hace es clarificar la situación: ¿cuál es el estado de la opinión popular? Los discípulos le informan, en realidad solo de la parte favorable, ocultando los movimientos de rechazo generados ya contra él (cf. Mt 9,34; 12,24).

    Pero Jesús va más allá. Le interesa la opinión de los suyos: “¿Vosotros, quién decís que soy yo?” (Mt 16,15). Y Pedro se adelanta, proclamando: “El Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

    Inspirado por el Padre, Pedro ha formulado el núcleo de la fe de la Iglesia. Y Jesús convierte esa fe en la piedra angular de la misma. “Sobre esta afirmación que tú has hecho: ´Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo`, edificaré mi Iglesia” (San Agustín: Sermón 295).

     Sí, el fundamento de la Iglesia no es Pedro, sino la fe de Pedro -Jesucristo-; no hay otro fundamento, pues “nadie pude poner otro fundamento que el ya puesto, Jesucristo” (1 Cor 3,11). Ese ha sido el designio, la decisión más sublime de Dios (2ª lectura). La fe en Cristo es la roca sobre la que se asienta la Iglesia, por eso hemos de estar muy atentos a no fundamentarla en otras cosas. Una fe que se acoge, se proclama y, sobre todo, que se concreta en la vida. La Iglesia surge de la fe, y solo puede mantenerse en la fe. “Si no creéis no subsistiréis” (Is 7,9).

     La Iglesia no salva -solo Dios es salvador-; sirve al proyecto salvador de Dios. A ella se le han entregado “las llaves del Reino de los cielos” (Mt 16,1), como a Eliacín le fue entregada la llave del palacio de  David (1ª lectura). Y, partir de ahí, su misión es hacer posible y hacer visible la realidad de ese Reino. La fuerza de la Iglesia es la fe.

    Conocemos la respuesta de Pedro (Mt 16,16), pero no basta; en todo caso, esa respuesta no ha cerrado la pregunta, que tiene doble resonancia: personal-contemplativa y testimonial-apostólica. Es llamada a descubrirlo personalmente, y a descubrirnos personalmente ante él. 

No es la invitación a crear un Jesús a la medida de nuestros deseos, sino a descubrirlo allí donde él ha querido dejar los signos de su presencia (Mt 25,31ss; 1 Cor 11,23-25...). Y puesto que ese conocimiento y reconocimiento no es conquista humana sino revelación del Padre (Mt 16,17), tal pregunta nos llevará, necesariamente, al mundo de la oración. Y hay algo más. No es solo la pregunta por la identidad personal de Jesús sino por su entidad significativa para la vida. ¿Qué densidad, qué contenido, qué tono aporta ese conocimiento? Pues no basta con saber quién es Jesús, es preciso saber qué significa existencialmente (Lc 6,46; Mt 7,21). Es la primera resonancia, la  personal-contemplativa.                                                                                                             

    Pero la pregunta contiene una resonancia ulterior: ¿Quién decís que soy yo a los otros? Porque a ese Jesús descubierto personalmente, hay que descubrirlo públicamente. El Cristo conocido debe ser dado a conocer. Y eso llevará, inevitablemente, al centro de la vida, para ser testigos de lo que hemos visto... (I Jn 1,1), pues no se enciende una luz para ponerla bajo de un celemín (Lc 11,33). Es la interpelación testimonial-apostólica.

    Ambas resonancias deben ser escuchadas; pues, por un lado existe la tentación de contentarse con imágenes edulcoradas de Cristo y, por otro, la inclinación a privatizar la fe. La fe que no deja huella en la vida es pura evasión, y el anuncio de Jesús, sin vivencia personal, no es evangelización, sino mera propaganda.  ¿Quién decís que soy yo? Una pregunta que no solo define a Jesús, sino a sus discípulos.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo es mi testimonio de Cristo? ¿Teórico o vivencial?

.- ¿Quién es Jesucristo para mí?

.- ¿Con qué pasión lo busco?

Domingo J. Montero Carrión, capuchino.