sábado, 11 de abril de 2026

DOMINGO II DE PASCUA -A-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,42-47

    Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casa y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.       

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    No encontramos con el primero de los “sumarios” del libro de los Hechos que transmite el “tono” de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén (otros se encuentran en 4,32-35 y 5,12-16). En él se destaca como elemento central la “comunión” (koinonía) de vida. San Lucas, con estos “sumarios”, no solo quiere “evocar” el pasado, quiere sobre todo iluminar y estimular el presente de su comunidad, proponiendo este “estilo” de vida como el modelo de vida cristiana: formación, comunión espiritual (eucaristía) y material (de bienes). La resurrección de Jesús es el principio de esta nueva vida, nacida del Bautismo y del Espíritu. Una vida que “impresionaba” a los de fuera.

2ª Lectura: 1 Pedro 1,3-9.

    Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro que, aunque perecedero, lo aquilatan al fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo nuestro Señor. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

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    La 1ª carta de Pedro está dirigida a los cristianos que vivían el la Diáspora (1,1). Y quiere transmitirles un mensaje de aliento, invitándoles a vivir vigilantes en la esperanza de la venida del Señor.  El texto señalado (1,3-9) es un canto de gratitud a la misericordia de Dios por la obra realizada en favor nuestro en la resurrección de Cristo: en ella hemos renacido a la esperanza. Aún, es verdad, caminamos en el exilio del mundo, en medio de pruebas, pero con la certeza de la fidelidad de Dios. Las pruebas son el control de calidad de la verdad de nuestra fe.

Evangelio: Juan 20,19-31.

    Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.

    Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

    Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

    Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

     Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor.

     Pero él contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

    A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros.

    Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

    Contestó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!

    Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

    Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su Nombre.

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    El relato contempla dos escenas: la primera (ausente Tomás) que, con modulaciones, encuentra equivalente en los sinópticos; y la segunda (presente Tomás), que es exclusiva del IV Evangelio.

     La primera parte presenta el cumplimiento de las promesas de Jesús a sus discípulos antes de su muerte en el discurso de despedida: “Volveré a vosotros” (Jn 14,18) = “Se presentó en medio de ellos” (Jn 20,19); “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón” (Jn 16,22) = “Se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20; “Os enviaré el Espíritu y tendréis paz” (Jn 14,26; 15,26; 16,7.8.33) = “Paz a vosotros…; recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 21.22); “Voy al Padre” (Jn 14,12) = “Subo a mi Padre y a vuestro Padre” (Jn 20,17). La resurrección es el cumplimiento de la vida y de la palabra de Jesús. Jesús es el Veraz y la Verdad.

    La escena de Tomás introduce nuevos elementos. Tomás personaliza no solo a un individuo concreto, sino a una tipología. Tomás necesita “ver” y “tocar” para creer. Jesús accede a esa “verificación”, pero advierte que la fe que hace bienaventurados es la de los que creen sin ver, fiados de la palabra de Dios. Con todo, de esa poca fe de Tomás, surge una gran profesión de fe. Del modo que sea, sin conocimiento y reconociendo de Jesucristo no hay fe cristiana.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Los textos bíblicos pascuales  nunca describen la resurrección -el cómo-, sino sus efectos. Su interés no reside en narrar anécdotas, orientadas a satisfacer la curiosidad del lector, sino que aparecen preocupados por testimoniar la presencia de Jesús entre los suyos y mostrar sus consecuencias. Una de ellas la recuerda la segunda lectura: “Dios, Padre de N.S. Jesucristo, rico en misericordia, por su resurrección de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera que os está reservada en el cielo”. Esperanza viva que sitúa al creyente en una relación nueva con Dios y con los hombres. Nos lo recuerda la primera lectura (Hch 2,42.46) ¿Qué queda de esto entre nosotros?

     Pero el mensaje de la resurrección no termina ahí; el Evangelio nos manifiesta otros aspectos importantes. Cristo resucitado nos da su paz,  su Espíritu y constituye a los discípulos en apóstoles del perdón, prolongando  existencialmente el poder salvador de su muerte y de su resurrección…

     ¡Pero faltaba Tomás! No somos comprensivos ni justos con este apóstol. Deberíamos estarle agradecidos. En realidad, todos los discípulos habían mostrado el mismo escepticismo ante el anuncio de la resurrección (cf. Lc 24,22-24). Y todos tenemos mucho de Tomás y también nos falta mucho de él. A Tomás no le bastaban las referencias de terceros; buscaba la experiencia y el encuentro personal con Cristo. ¡Había sido tan verdadera su muerte! Lo experimentó y creyó – “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28)-,  y arrancó de Jesús una bienaventuranza para nosotros: “¡Dichosos los que crean sin haber visto!” (Jn 20,29). Que no quiere decir: dichosos los que crean sin conocerme, sin experimentarme, sino dichosos los que sepan reconocer mis nuevas presencias sacramentales.

     Es la última “bienaventuranza” de los evangelios. Dirigida a Tomas, la intención de estas palabras de Jesús sobrepasa ese horizonte individual, convirtiéndose en advertencia para todos los que ya no tendrán acceso “sensorial” sino “sacramental” a él, a través de la fe y del testimonio apostólico (cf. 1 Jn 1,1-3).

      Jesús no está invitando ni, menos aún, imponiendo una fe ciega: vino, precisamente, a curar cegueras (Mt 11,5). Está, más bien, exigiendo una fe lúcida, asentada en datos no procedentes de “la carne ni la sangre” (Mt 16,17), pues “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” (Jn 6,44).

      En este sentido ha de entenderse otra “bienaventuranza” de Jesús, aparentemente contraria a esta, pero que, en realidad, no la contradice sino que la corrobora: “Dichosos vuestros ojos porque ven…” (Mt 13,16-17), pues se trata de los ojos de los sencillos, iluminados no por la luz “natural”, de aquí abajo, sino por la luz del Padre (Mt 11,25-27), “que viene de lo alto, para iluminar y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79).

      Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,29), es una llamada a descubrir al Señor, que está con nosotros “todos los días” (Mt 28,20) en los “sacramentos de la Iglesia”, particularmente en la Eucaristía; en “el sacramento del hombre”, especialmente en el desvalido (Mt 25,31-45) y en  “el sacramento de su Palabra” (Jn 8,31). Para ello, sin duda, necesitaremos el “colirio” de la fe (Apo 3,18), que dé luminosidad, perspectiva y profundidad a la mirada. Habrá quienes, a pesar de todo, digan: si no veo no creo. “Brille vuestra luz…” (Mt 5,16). Porque las dudas de muchos hombres nacen de la poca fe, de la poca luminosidad, de muchos cristianos.

Este segundo domingo de Pascua, desde que así lo denominara Juan Pablo II, es conocido como “domingo de la misericordia”.

    La misericordia de Dios es el crisol donde confluyen, se funden y  se fundan todos los matices del amor divino: el de padre (Is 63,16), el de esposo (Os 2,3ss) y el de madre (Is 49,14-15).

     Misericordia constituyente, porque hace ser; reconstituyente, porque perdona; estimulante, porque abre a un futuro de esperanza. Misericordia que pertenece a la esencia íntima de Dios, superando cualquier otra dimensión en él (Os 11,8-9). Y es, además, la revelación más nítida de su omnipotencia (Sab 11,23), que no discrimina sino que abarca a toda la creación, ya que “el hombre se compadece de su prójimo, el Señor de todo ser viviente” (Eclo 18,13).

     La misericordia es el corazón y el rostro de Dios: su nombre es “el Misericordioso” (Eclo 50,19), o como dice san Pablo: “Padre de las misericordias” (2 Cor 1,3).Y también es su voluntad: “Quiero misericordia y no sacrificio” (Os 6,6). Una dimensión que debe ser contemplada y creída, pero, sobre todo, debe ser recreada: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Con una misericordia operativa, que vaya más allá del mero sentimiento (Mt 25,31ss), y ejercida con alegría (Rom 12,8)-. Una misericordia introducida por Jesús en el catálogo de las bienaventuranzas (Mt 5,7), y que será nuestro mejor aval ante Dios, pues “el juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia…” (Sant 2,13)-.

     La misericordia oxigena la vida, aporta salud a los pulmones del alma y permite respirar los aires del Espíritu. Es la misericordia que tuvo Jesús con Tomás, abriéndole el corazón, y la que hemos de intentar tener nosotros, abriendo también el nuestro. Y en última instancia, no solo que nosotros “metamos” nuestra mano en sus heridas y en su corazón sino que también él meta la suya en las nuestras.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Se traduce mi fe en comunión?

.- ¿Acojo con gratitud le resurrección de Jesucristo en mi vida?

.-  ¿Qué necesito ver y tocar para creer? 

Domingo J. Montero Carrión, Capuchino.

 

 

viernes, 3 de abril de 2026

DOMINGO DE RESURRECCIÓN -A-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34a. 37-43.

 

    En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa comenzó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo sino a los testigos que él había designado: a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben por su nombre, el perdón de los pecados.

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     El texto seleccionado forma parte del discurso de Pedro en casa del centurión Cornelio, y se enmarca en una proclamación de la universalidad de la salvación revelada en Cristo -“Dios no hace acepción de personas” (Hch 10,34b)-, frente a las resistencias del núcleo “duro” de los judeocristianos.  En él encontramos lo elementos fundamentales de la predicación cristiana: Jesús de Nazaret: su condición y su misión; su muerte y su resurrección. Tanto de la vida y muerte como de su resurrección se destaca, por un lado, la presencia y acción de Dios -Jesús, en todo y en todo momento estuvo dentro del designio de Dios-, y, por otro, la presencia de los discípulos, que les convierte en testigos creíbles y, desde, ahí en misioneros de Jesucristo. El Resucitado es el Crucificado y el que en su vida “pasó haciendo el bien”.

2ª Lectura: Colosenses 3,1-4. 

    Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

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    El cristiano de verdad es una “criatura nueva” (2 Cor 5,17), y su vida ha de adecuarse a esa condición. La “búsqueda de los bienes de arriba” no es una invitación a la evasión sino a la liberación.

    El cristiano sabe que no es de este mundo, pero que es para este mundo, en el que ha de inyectar el dinamismo y la sabia de la resurrección, de la vida nueva nacida de la resurrección de Cristo. Cristo no es un “escondite” ni un “refugio”, sino el espacio identificador de la vida y misión del creyente.

Evangelio: Juan 20,1-9.

    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quién quería Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto.   Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas por el suelo: pero no entró.  Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

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    La comprensión del relato ha de hacerse desde distintas perspectivas. La resurrección nadie la vio; los discípulos solo ven el sepulcro vacío. Sin embargo, el sepulcro vacío, por sí mismo, no es prueba de la resurrección. Podría haber sido “vaciado”. Es la primera constatación de María Magdalena -“se han llevado al Señor”-. Pronto circuló esta interpretación entre los judíos (cf. Mt 28,12-15). Pero el “orden” que hay dentro del sepulcro desmiente esa interpretación.   La progresión en el acceso al misterio también merece notarse: María solo ve “la losa quitada”; el discípulo amado ve más: “asomándose vio las vendas..., pero no entró”; fue Pedro el primero en entrar y constatar el hecho. Sin embargo es el discípulo amado, entrando después, el que “vio y creyó”. Solo la fe ayuda a la lectura correcta, solo la fe aporta la visión completa y profunda del hecho.

REFLEXIÓN PASTORAL

    ¡Cristo ha resucitado! Es el clamor que hoy se alza inundando de fiesta a la comunidad cristiana.  Su palabra, su persona, su ser y quehacer no pudieron ser neutralizados ni silenciados; no podían terminar en un sepulcro.

    Han pasado los días de la pasión de Cristo, que no debemos olvidar, pues la Resurrección no difumina sino que ilumina la Cruz del Señor. Pero lo que nos distingue como creyentes no es afirmar la muerte de Cristo (eso lo afirmaron sus contemporáneos) sino el sentido de su muerte –redentora– y de su resurrección (eso lo creyeron sólo sus discípulos).

    Hoy en la Resurrección celebramos su triunfo sobre la muerte, la mentira, la violencia, el egoísmo. Celebramos el triunfo de la VIDA, la VERDAD, la PAZ, el AMOR, que eso es Cristo.

     La última palabra de Dios sobre Jesús no fue aceptar su muerte. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana. Cristo dejaría de ser el señor de vivos y muertos para pasar a engrosar la lista de los que con generosidad e ilusión quisieron elevar el nivel de la humanidad fracasando en su intento.

     Si Jesús no hubiera resucitado, el Padre no sería el Dios de nuestro credo, “el que le resucitó de los muertos”, y nosotros estaríamos aún en nuestro pecado. Si Cristo no hubiera resucitado, su causa habría sido devaluada y derrotada por la fuerza del egoísmo, de la mentira, de la injusticia...Y Él sería sólo un muerto ilustre.

     Pero no; CRISTO HA RESUCITADO. Y esta resurrección ilumina su muerte. Dios Padre aceptó la  vida y muerte de su Hijo como testimonio de auténtica donación  y, porque eso no podía terminar, no podía quedar sepultado, lo eternizó resucitándole.

     La resurrección de Xto. es el SÍ del Padre  a la obra del Hijo, y el NO del Padre al egoísmo, a la violencia, al pecado de los hombres. Es al mismo tiempo victoria y derrota, vida y muerte, salvación y condenación... Glorificando a Cristo, el Padre descalifica cualquier otro tipo de existencia... Por eso cuando hablamos de ella y la celebramos, hablamos y celebramos no sólo la reanimación de un cadáver sino  mucho más.

     El modelo de la resurrección de Lázaro no nos sirve para comprender la  de Jesús. Si la  de Lázaro fue un milagro, la de Jesús, además, es un misterio. Al resucitar Jesús no da un paso hacia atrás sino hacia delante; no vuelve a estar vivo sino que se convierte en  “el  viviente”, el que hace vivir -Señor y dador de vida-. Su resurrección no es una mera prolongación de la vida de antes, sino la fundación de una vida nueva..., que ha de ser nuestra vida.

      Esta es la gran apuesta que hacemos los cristianos al proclamar la resurrección de Cristo.  ¿Pues qué puede significar afirmar que Cristo ha resucitado por nosotros, si no ha resucitado en nosotros? 

     La resurrección de Jesús no es un hecho aislado ni aislable. Es un movimiento iniciado en Él, pero que nos afecta y se prolonga en nosotros. ¿Y ya percibimos y testimoniamos en nosotros los gérmenes de esa vida nueva?

     No podemos decir: ¡Cristo ha resucitado! y ¿qué? Sino, ¡Cristo ha resucitado!, ¿qué tenemos que hacer? Lo hemos escuchado: dar una nueva orientación a nuestra mirada: “buscad las cosas de arriba”, que no una invitación a la evasión de esta vida, sino a la interiorización de la misma.

      Por el bautismo nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Experiencia inevitable, ineludible para un cristiano. “Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, también lo estará en una resurrección como la suya”.  Pero, si no lo está..; entonces, ser cristiano será una pretensión imposible. Y, ¿Cómo sabremos que nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. “En esto lo sabemos: si amamos a los hermanos”. Para el cristiano el criterio es el amor, “como yo os he amado”.

    Felicitémonos por la Resurrección de Cristo y, sobre todo, vivámosla dándola cabida en nosotros. ¡Ojalá que también nosotros, como el discípulo amado y Pedro, regresemos a nuestras vidas  dando testimonio de Cristo Resucitado!

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué significa en mi vida la resurrección de Cristo?

.- ¿Es él mi vida?

.- ¿Soy testigo creíble de Cristo resucitado?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS -A-

1ª Lectura: Isaías 50,4-7.


    Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

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    El texto seleccionado forma parte una sección importante del libro de Isaías, denominada “Cantos del Siervo”. Estamos en tercer “canto”. Más allá de los problemas exegéticos sobre la identidad del “Siervo”, la figura que aparece en este canto es la de un hombre consciente de una misión encomendada por Dios, misión que le ha destrozado la vida pero no le ha arrancado la esperanza en el Señor.

    En él se cumplen las palabras del salmo 23,4: “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo tu cayado me consuela”, y las del salmo 21 (salmo responsorial) o aquellas otras de san Pablo “Sé de quién me he fiado” (2 Tim 1,12). Estos cantos han sido releídos y aplicados en parte a la persona de Jesús, en el NT y en la liturgia de Iglesia.

2ª Lectura: Filipenses 2,6-11.

    Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame:¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre.

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    Nos hallamos ante un himno prepaulino, que posiblemente se remonte a la catequesis de san Pedro (Hch 2,36; 10,39). San Pablo lo inserta en su carta a los Filipenses y lo enriquece con aportaciones personales, entre las que destaca la mención a la muerte de cruz. Tampoco puede descartarse una alusión a la antítesis Adán-Cristo: mientras uno tiende a “autodivinizarse” (Adán), el otro opta por “rebajarse” (Cristo).  En el texto paulino se perciben dos momentos: uno kerigmático, centrado en esa opción del Hijo de Dios manifestada en Jesucristo (Dios y Hombre), que es revalidado por el Padre y convertido en Señor del universo, y otro parenético: exhortación a los cristianos a identificarse con esa opción humilde y de entrega del Hijo de Dios: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo” (Flp 2,5).

Evangelio: Mateo 26,14-27,66 (Relato de la Pasión)

 

REFLEXIÓN PASTORAL

    El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa. Dos rostros muestra la liturgia de este día: a) la entrada en Jerusalén, y b) la presentación de la Pasión en una triple versión: narrativa (Evangelio de san Mateo), profética (la figura del Siervo de Isaías) y kerigmática (muerte y resurrección de Cristo, en la carta a los Filipenses).

    La entrada en Jerusalén, seguramente no conmocionó la ciudad, pero sí alertó a los dirigentes. Quienes aclamaban a Jesús sería un reducido grupo de discípulos y simpatizantes galileos. Jesús ya había venido en otras ocasiones a Jerusalén -el IV Evangelio habla de tres-; en las dos primeras subió a celebrar la pascua de los judíos; en esta, la última, subía a celebrar “su” pascua. Y cuidó los detalles.

     Los textos evangélicos subrayan el perfil mesiánico de Jesús, pero Jesús no se durmió en los laureles de las aclamaciones. Ese mismo día, según el texto de san Mateo, llevó a cabo un gesto profético y político de gran calado: la expulsión de los vendedores del Templo y el enfrentamiento directo con los sumos sacerdotes. ¡La suerte estaba echada!

      En el Domingo de Ramos no debería olvidarse este gesto de Jesús, reivindicando un Templo limpio, abierto, casa donde Dios sea patente y accesible a todos, sin limitaciones étnicas o económicas. Jesús elimina “la planta comercial” del Templo, y al Templo como “comercio”, para reivindicar su dimensión de casa de oración. No deberíamos quedarnos en un entusiasmado agitar de palmas. Hay que leer los signos escogidos por Jesús y su significación profunda.

     Conocida como “Semana de la Pasión del Señor”, deberíamos vivirla  como “semana para renovar la pasión por el Señor”. Y preguntarnos: ¿pasión de quién y por quién? Pasión de Jesús y por nosotros. ¿Y de nosotros por Jesús?

     Lo que celebramos en estos días no fue algo que pasó porque sí, sino  por nuestra salvación. Sentirnos directamente implicados, es el modo más responsable de vivirla.

     Si no nos sentimos afectados, quedaremos suspendidos en un vacío vertiginoso. Si, en cambio, nos reconocemos destinatarios e implicados en esa opción radical de amor divino, hallaremos la serenidad y la audacia suficientes para afrontar las más variadas y arriesgadas alternativas de la vida (Rom 8,35-39; cf. I Co 4,9-13). Y hasta qué punto nos sentimos afectados por ese amor de Dios, lo sabremos en la medida en que seamos capaces de amar  como Dios manda, que es lo mismo que amar como Dios ama (Jn 15,12-13). No reduzcamos la Semana Santa a un “pasacalles” piadoso. Abandonemos la acera o el balcón e introduzcámonos en su misterio.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿En qué paso, en qué personaje de la Pasión me siento más identificado?

.- ¿Me esfuerzo en sentir y consentir con Cristo?

.- ¿Cómo vivo la pasión de Cristo?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

 

viernes, 13 de marzo de 2026

DOMINGO IV DE CUARESMA -A-


1ª Lectura: 1 Samuel 16,1b. 6-7. 10-13a.

En aquellos días, dijo el Señor a Samuel: Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí.

Cuando se presentó vio a Eliab y se dijo: Sin duda está ante el Señor su ungido. Pero el Señor dijo a Samuel: No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira al corazón.

Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel le dijo: A ninguno de estos ha elegido el Señor.

Preguntó, pues, Samuel a Jesé: ¿No quedan ya muchachos?

El respondió: Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.

Dijo entonces Samuel a Jesé: Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido. Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia.

Dijo el Señor: Levántate y úngelo, porque éste es. Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos.

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Respecto del acceso de David al liderazgo de Israel hay tres relatos: (1 Sam 16,1-13; 16,14-23; 17,12-30). De las tres versiones, la primera parece la menos antigua. 2 Sam 2,4; 5,3 no mencionan la unción de 1 Sam 16,1-13).

En tiempos de Saúl el poder se legitimaba carismáticamente, no existía una legitimación dinástica. Decepcionado por Saúl, Samuel se dirige, por orden de Dios, a  Belén en busca de un nuevo Ungido. Pero los criterios de Samuel no coinciden con los de Dios. La mirada de Dios es distinta: no elige por las “apariencias”. El Ungido de Dios no es resultado de presupuestos humanos. Con este relato se reivindica la teología de la gracia.

2ª Lectura: Efesios 5,8-14.

Hermanos:

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz) buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino  más bien poniéndolas en evidencia.  Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. 

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A los cristianos de Éfeso el apóstol les recuerda algunas de las exigencias de la vida nueva en Cristo a nivel personal, familiar y social (Ef 4,17-6,20). Iluminado por la luz de Cristo, el cristiano debe iluminar el camino de la vida con sus actitudes y comportamientos. La transformación personal gracias a Cristo, debe traducirse en responsabilidad personal. La denuncia del cristiano se realiza desde la coherencia de una vida conforme a las exigencias del Evangelio. En este pequeño párrafo se encuentran expresiones "luminosas" que conviene subrayar como criterios prácticos de vida 

Evangelio Juan 9,1-41. (texto resumido).

 

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento…, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).

Él fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: ¿No es ése el que se  sentaba a pedir? Unos decían: No es él, pero se le parece. El respondía: Soy yo…

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y se le abrió los ojos) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: Me puso barro en los ojos, me lavó y veo.

Algunos de los fariseos comentaban: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?  Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: Que es un profeta…

Le replicaron: Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?  Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? El contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?

Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando ése es.

Él le dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él.

                                            ***             ***             ***

Jesús es la Luz que brilla en la oscuridad (cf. Jn 1,5; 8,12). El texto evangélico está construido con elementos múltiples y teológicamente densos. Hay una comprensión nueva de las limitaciones humanas -la ceguera no es castigo del pecado-; aparece el enfrentamiento entre la Luz y las tinieblas, personificadas en Jesús y los dirigentes religiosos; existe una clara simbología bautismal (la piscina de Siloé evoca la fuente bautismal, la pregunta de Jesús –“¿Crees en el Hijo del Hombre?”- y la respuesta del ciego –“Creo, Señor”- recuerdan las preguntas bautismales…)…

Jesús produce un doble efecto: es Luz para los que reconocen la necesidad que tienen de ser iluminados; es oscuridad para los que creen bastarse a sí mismos para aclararlo todo, incluso el misterio de su propia oscuridad. Los ciegos comienzan a ver, los que creen ver se quedan cegados. La luz es la gran oferta de Dios en Jesucristo, pero esa luz se expone, no se impone.

REFLEXIÓN PASTORAL

Junto al pozo de Sicar, Jesús se reveló como el agua viva. Hoy se nos presenta bajo otra imagen, también fundamental: la luz (Jn 8,12).

Nosotros estamos un tanto incapacitados para vibrar ante estas imágenes. Casi desconocemos el hecho de la sed física -saturados de marcas de bebidas-, y respecto de la luz puede que ocurra lo mismo: basta apretar un botón y la luz se hace en torno nuestro…

¡No estamos acostumbrados a vivir sin agua y sin  luz! Pero hay ciertos tipos de sed y ciertas oscuridades y penumbras de la vida que no se sacian con cualquier agua ni se disipan con cualquier luz. Solo Jesús es el agua viva y la luz capaz de alcanzar esas zonas de la existencia. Y si el agua se hizo sed para suscitar  la sed de aquella mujer, hoy la luz brilla en un ciego de nacimiento. Agua y sed, luz y tiniebla, esa es la relación de Jesús con nosotros. ¿Y la nuestra con él?

Y comienza el proceso clarificador e iluminador de Jesús deshaciendo un maleficio que durante mucho tiempo se esgrimió contra los “desgraciados”, la identificación desgracia y pecado. “¿Quién pecó éste o sus padres para que naciera así?” (Jn 9,2).

El sufrimiento humano no es prueba de la reprobación ni de la lejanía de Dios. El sufrimiento y el dolor pueden ser realidades "teofânicas", y esto no es masoquismo. 

En la cruz de Cristo, y en toda cruz, Dios se revela particularmente como Enmanuel. “Ni pecó este ni sus padres, sino para que se manifieste en él la obra de Dios” (Jn 9,3). El dolor humano es un misterio con muchos responsables; solo uno no es responsable, aunque no sea ajeno a él, Dios. Jesús vino a abrir los ojos, también sobre esto. 

Pero no fue un quehacer fácil: la curación de estos ciegos y cegados  dejaba en evidencia a sus guías, más interesados en seguir haciendo de guías que en devolverles la vista para que pudieran caminar por sí mismos. El Papa invitaba a enseñar a discernir, no a dar respuestas hechas. También, es verdad, que hay quienes prefieren ser guiados -a costa de seguir siendo ciegos- a asumir los riesgos de hacer personalmente la propia andadura y el discernimiento. Ambas actitudes las descalifica Jesús. Una cosa es ayudar y otra sustituir.

Jesús vino a abrir los ojos del hombre para que viera por sus propios ojos, pero vino, además, a dar profundidad y horizonte a su mirada. Vino a que el hombre recuperara el punto de vista de Dios y su mirada, que no es como la del hombre, “pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira al corazón” (1ª lectura). Y a que caminara por la vida luminosamente, como hijo de la Luz (2ª lectura).

Nuestra vista frecuentemente está cansada de ver siempre lo mismo. De tanto mirar egoístamente para nosotros y lo nuestro, hemos terminado por perder la justa perspectiva de la realidad; hemos terminado por no saber mirar a Dios ni a los otros o, lo que es peor aún, los hemos confundido con nosotros mismos. Jesús nos enseña que para ver bien, hay que purificar el corazón -“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8)-. Y él es la Luz que ilumina el corazón y la vida.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Brilla Jesús en mi vida? ¿Con qué intensidad?

.- ¿Cuál es mi punto de mira: La apariencia o el corazón?

.- ¿Aporto luz a la vida?


Domingo J. Montero Carrión, franciscano Capuchino.

 

domingo, 8 de marzo de 2026

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

1ª Lectura: Éxodo 17,3-7.

 

    En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?”

    Clamó Moisés al Señor y dijo: “¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen”.

    Respondió el Señor a Moisés: “Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb: golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”.

     Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”.

 

                                            ***             ***             ***

    En el éxodo hacia la libertad, el pueblo de Israel sufrió muchos problemas y tentaciones; el relato seleccionado presenta una de las escenas más emblemáticas de ese camino difícil. La libertad “expone” a afrontar riesgos y pruebas. El pueblo prefiere la “seguridad”.

El pueblo duda de la capacidad de Moisés, y se rebela contra él. En el fondo la protesta es contra Dios, contra su fidelidad y capacidad salvadoras. Esto pone “nervioso” a Moisés. Pero Dios, con paciencia de padre, acepta la prueba y muestra, una vez más, que está en medio de su pueblo.

2ª Lectura: Romanos 5,1-2. 5-8.

 

    Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria del Hijo de Dios. La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones  con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

                                                ***             ***             ***

     Este pasaje sirve de puente entre los dos grandes conjuntos de Rom 1,18-4,25 y 5,12-8,49. Son versículos de una gran densidad teológica y espiritual. La fe en Cristo nos introduce en la paz con Dios y en la esperanza. Paz y esperanza que no son reductibles a meros sentimientos, sino que hallan su fundamento no en nuestros méritos sino en la comunión con Dios, don gratuito de su amor en Jesucristo. Él es la prueba de que Dios está con nosotros y en favor nuestro. Y si está con nosotros, ¿Quién contra nosotros? (Rom 8,31).

 Evangelio: Juan  4,5-42.

 

     En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

     Llegó una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida).

     La Samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pide de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

     Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”.

     La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”.

     Jesús le contesta: “El que bebe de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

      La mujer le dice: “Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla… Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”.

     Jesús le dice: Créeme, mujer: “se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”.

     La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo”.

     Jesús le dice: “Soy yo: el que habla contigo…”

     En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él… Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el salvador del mundo”.

                                                ***             ***             ***

      La escena es sugerente. Los pintores la han recreado profusa y hermosamente. Nos habla de un Jesús liberado y liberador de prejuicios culturales y religiosos, invitando a superar fronteras personales y nacionales (Jn 4,9; cf. Jn 8,48; Lc 9,52-55), y a convertirse todos “al Padre en espíritu y verdad, porque así quiere Dios que sean los que le adoren” (Jn 4,23).

     Centrados ya en la mujer, puede descubrirse un proceso interesante. La samaritana participa de los tópicos de su tiempo (Jn 4,9); no alcanza a vislumbrar la profundidad de la petición de Jesús (Jn 4,7), por eso su respuesta es superficial (Jn 4, 11-12). Pero no se queda ahí; en ella hay sinceridad y ansia de la verdad. Ante la clarificación de Jesús (Jn 4,13-14), proclama su sed más profunda: “Dame de esa agua” (Jn 4,15). Toda su situación personal entra en proceso de cambio (Jn 4,16-20). Busca dónde adorar a Dios (Jn 4,20) y se deja descubrir por Jesús (Jn 4, 16-18. 29).

     De mujer superficial pasa a mujer sedienta. Y de ahí, a mujer apóstol (Jn 4,28-29. 39). Todo encuentro con Cristo que no termina en testimonio de Cristo es un encuentro fallido.

     El final del relato es grandioso, marca el itinerario del proceso creyente: de la fe en las palabras “sobre” Jesús, pronunciadas por la samaritana, a la fe en la palabra que “es” Jesús (Jn 4,41). Y todo empezó no con una predicación, sino con la petición de un poco de agua junto a un pozo, al mediodía. ¡Vaya estrategia pastoral!

REFLEXIÓN PASTORAL

 

     Una mujer va a buscar el agua, el agua de siempre, el agua de la sed de cada día..., y se encuentra, no en el fondo del pozo, sino en el brocal, al agua verdadera, la que sacia la sed de los hombres.

     Se inicia un diálogo impresionante. Jesús, para suscitar la sed de aquella mujer, se presenta como sediento; el agua se hace sed: “Mujer, dame de beber” (Jn 4,7). ¡Qué estrategia tan fantástica e insospechada! Acercarse al otro no para imponer, ni siquiera para exponer la Verdad, sino para escuchar y conocer la suya.

     Procediendo así, Cristo nos revela una vía nueva  de acceso a los hombres: porque nadie está totalmente desprovisto de verdad. ¡No suele ser ese nuestro estilo! Frecuentemente nos acercamos a los otros como poseedores de una verdad -la nuestra- que no suscita interés alguno porque desconocemos la que el otro tiene o necesita y, además, porque vamos sin sed de verdad, saturados, engreídos con la propia. Mostrar sed por la verdad del otro, estar dispuesto a beberla de su fuente y en su mano, sin prevenciones ni temores, es un modo cristiano de buscarla y compartirla.

     Y, ante la extrañeza de la mujer, Jesús le revela el misterio: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: “Dame de  beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado el agua viva...” (Jn 4,10). Porque Jesús es un manantial más abundante que el de Jacob, y sus aguas son de una calidad infinitamente superior a las que brotaron de la roca, en el Horeb (Jn 7,38).

      Hay fuentes que no sacian, y ésas son las que más frecuentamos. Abandonamos la fuente de agua viva, para construirnos aljibes agrietados, que no retienen el agua (cf. Jr 2,13). ¡Hemos secado tantos pozos buscando saciar la sed! ¡Hemos probado tantas marcas de agua...!

     Como suspira la sierva por las corrientes de agua, así suspira mi alma por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42,2-3). ¿Es esto verdad en nuestro caso? ¡Ojalá que sí! Que desde lo más hondo de nuestro corazón también nosotros, sedientos de Dios, sedientos de la Verdad, digamos con la mujer de Samaría: “Señor, dame de esa agua” (Jn 4,15).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿De qué tengo sed, y qué pozos y fuentes frecuento?

.- ¿Serena mi vida la fe en Jesucristo?

.- ¿Sacio la sed de Cristo en los sedientos de la vida?

 

Domingo J. Montero Carrión

 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

1ª Lectura: Génesis 12,1-4a.

     En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

                                                 ***                  ***                  ***

    Toda historia comienza con un “éxodo”, con una “salida”. La del hombre (salida del seno materno), la del creyente (Abrahán), la de Israel (de Egipto), la de Jesús -“Salí  del Padre… (Jn 16,28”)-. Y toda historia comienza con una bendición: la de la creación (Gén 1,3) y la de la humanidad, en Abrahán (Gén 12,3). Bendición que se hizo carne en Jesucristo (Ef 1,3). San Pablo afirmará que “en Cristo Jesús llegará a los gentiles la bendición de Abrahán…, pues la promesas fueron dirigidas a Abrahán y a su descendencia…, es decir, a Cristo” (Gál 3,14.16). Nuestra historia es la historia de una bendición, la de Dios, a la que muchas veces nos sustraemos por el pecado, pero que Dios mantiene siempre como horizonte de esperanza, porque es fies y no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2,13).

 2ª Lectura: 2 Timoteo 1,8b-10.

Querido hermano:

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde el tiempo inmemorial, Dios dispuso dar su gracia por medio de Jesucristo; y ahora esa gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

                                                          ***                  ***                  ***

    La vocación cristiana es la santidad: ese es el destino del hombre “antes de la creación del mundo” (Ef 1,4), “desde tiempo inmemorial” (2 Tim 1,9). El tiempo cuaresmal quiere concienciarnos particularmente de esta vocación. Sin olvidar que la ardua tarea de la evangelización se realiza de manera plena desde la vivencia gozosa del Evangelio.

 Evangelio: Mateo 17,1-9.

     En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

     Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

    Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

     Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

     Jesús se acercó y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis.

     Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

                                                        ***                  ***                  ***

     San Mateo reelabora el texto de san Marcos subrayando algunos aspectos que anticipan su manifestación gloriosa en la resurrección. Es la plenitud de la Ley y los Profetas, personificados por Moisés y Elías. Es el Hijo amado de Dios, el profeta definitivo a quién todos deben escuchar (Dt 18,15). Este relato está vinculado con el del Bautismo en el Jordán, y en ambos Jesús aparece identificado con siervo sufriente que, a través de la muerte, camina a la resurrección. Situado el relato después del primer anuncio de la pasión, tiene la función de animar a los discípulos: “Levantaos, no temáis”.


REFLEXIÓN PASTORAL

     En el centro del camino cuaresmal, la liturgia nos presenta el sentido, la meta y al guía del camino: un sentido positivo, una meta transformadora de la existencia, y a un guía, Jesucristo.

     El escenario es radicalmente distinto al del domingo pasado: del desierto inhóspito y  árido, al monte luminoso de la Transfiguración; del Jesús tentado por el diablo, al Jesús glorificado por el Padre; del “si eres hijos de Dios…”, al  “este es mi Hijo”.    

     Se acercaban a Jerusalén, donde iban a tener lugar los dramáticos acontecimientos de la Pasión, y para que los discípulos no se vieran desbordados por esos sucesos, para que pudieran superar el terrible escándalo de la cruz, Jesús escoge a Pedro, Santiago y Juan -los que serán testigos de la agonía en Getsemaní- para manifestarles su auténtica dimensión.

     El que sudará sangre, al que verán como rechazado y maldito, es el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto. A quien el pueblo elegido no sabrá reconocer, es reconocido, sin embargo, por las grandes figuras de ese pueblo: Moisés, autor de la Ley, y Elías, el gran profeta.

     La escena es importante y sugerente. Es, en primer lugar, una revelación de la dentidad de Jesús -“Mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 17,5)-. Flanqueado por las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, Jesús aparece como el centro de la revelación, como el Revelador, con quien conversan las “revelaciones” (la Ley y los Profetas) y los reveladores (Moisés y Elías). Jesús es central, por eso solo a Él hay que escuchar  (Mt 17,5).  Escuchadlo

     Pero es, también, una llamada a la transformación personal, a la transparencia de Cristo en nuestra vida. Y una denuncia de nuestra opacidad, de nuestra dificultad para traslucir al Señor, y de nuestra sordera para escucharlo. Una llamada a ser y a vivir como “hijos  amados y predilectos”, pues “lo somos” (1 Jn 3,1).

     Vosotros sois luz del mundo…; alumbre así vuestra luz ante los hombres para vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14.16). ¿Qué hemos hecho nosotros de esa luz?  Que los hombres solo vean en vosotros servidores de Cristo” (1 Cor 4,1), escribía san Pablo. ¿Y qué ven en nosotros?

     La Transfiguración del Señor no es para hacer tres chozas en el Tabor. Es para dejarnos iluminar y para iluminar, participando “en los duros trabajos del Evangelio” (2ª lectura). Para hacer “gozosamente” el camino cuaresmal, que  tiene como meta la transfiguración en criaturas nuevas según el modelo de Cristo, la santidad (2ª lectura).

    ¡Pero, además, no es ésta la única transfiguración del Señor! Él se transfigura diariamente en el sacramento de la Eucaristía -“Esto es mi cuerpo” (Mc 14,22)-; se transfigura en el necesitado -“Tuve hambre…, lo que hicisteis a uno de éstos lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 35.40)-… Y no son transfiguraciones opuestas; y que no hay que oponerlas, sino acogerlas con la misma fe.

     Los discípulos quedaron deslumbrados por la transfiguración en gloria; nosotros quedamos confundidos, molestos y hasta decepcionados por estas transfiguraciones del Señor en la debilidad. La transfiguración gloriosa tuvo lugar en la cima de un monte; la transfiguración humilde, en un valle, que solemos llamar “de lágrimas”.

      Y a nosotros, como a los discípulos tentados de quedarse en el monte  (Mt 17,4), Jesús nos invita a descender a la vida concreta, porque la experiencia religiosa no puede ser un aparte en la vida, sino un fermento para iluminarla.

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Tengo experiencia de “éxodo” en mi vida?

.- ¿La santidad, como vocación, me motiva o me deja indiferente?

.- ¿Siento en mi vida la fuerza transfiguradora del Evangelio?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.