miércoles, 15 de julio de 2020

DOMINGO XVI -A-



 1ª Lectura: Sabiduría 12,13.16-19.

     No hay más Dios que tú, que cuidas de todo, para demostrar que no juzgas injustamente. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

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    El poder de Dios no es prepotencia o arbitrariedad, es el principio de la justicia y de la misericordia y se convierte en pedagogía para el hombre: el justo debe ser humano. La dureza es, en realidad,  debilidad; el verdadero poder es indulgente. Dios no está al acecho del hombre: en el pecado no precipita el castigo, da lugar al arrepentimiento. No tiene prisa en juzgar, tiene todo el tiempo para ejercer la misericordia.

2ª Lectura: Romanos 8,26-27.

    Hermanos:
    El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. El que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

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    La garantía de la oración del cristiano reside en el Espíritu que ora por nosotros. No es fabricación de manos humanas, sino del Espíritu que Dios ha enviado y nos permite decir “Padre”. El mismo que da testimonio de que somos sus hijos (cf. Rom 8,15-16). Esto no supone una alienación personal, porque el Espíritu, por el bautismo, habita en lo más hondo del discípulo de Jesús. Sin ese Espíritu la oración cristiana será imposible y no sabremos lo que pedimos (cf. Mt 20,22).


Evangelio: Mateo 13,24-43.

    En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: No, que podríais arrancar también el trigo.   Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.
    Les propuso esta otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeñas de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.
    Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a una levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.
    Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: “Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré el secreto desde la fundación del mundo.”
    Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. El les contestó: El que siembra la semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancará de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojará al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

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     Con estas tres parábolas Jesús quiere exponer algunas realidades del Reino de Dios. La primera es exclusiva de Mateo; la segunda encuentra paralelos en Mc 4, 30-32 y Lc 13,18.19, y la tercera es compartida solo por Mt y Lc 13,20-21. En la de la cizaña destaca la paciente sabiduría de Dios (cf. 1ª lectura), que sabe dar tiempo a las cosas y enseña a no ser precipitados. El Reino de Dios ha de saber integrar las tensiones inherentes a su devenir histórico. Ha de admitir con esperanza que la obra de Dios alcanzará su fruto, pero para eso el grano ha de ser enterrado (parábola de la mostaza); porque esa humilde semilla participa de la energía de Dios, capaz de transformar y dinamizar la realidad. La explicación pormenorizada de la parábola de la cizaña, como la del sembrador, responde a un momento ulterior de la enseñanza reservada a los discípulos. Como en la del sembrador, se concluye con una llamada al discernimiento personal.

REFLEXIÓN PASTORAL

   Dejadlos crecer juntos…”. ¡Una lección de realismo! Aceptar vivir en un mundo en el que hay buenos y malos, trigo y cizaña. Convivencia, a veces tan dura, que aparece la tentación de la impaciencia: ¡arranquemos la cizaña! ¿por qué ha de ocupar espacio en el campo?
Jesús hablaba a personas impacientes, que se preguntaban: ¿por qué tantos malhechores?, ¿a qué espera Dios para liquidarlos a todos? Y tiende a calmar e iluminar esa impaciencia.
     Dios no es el sembrador de la cizaña. Al final habrá un juicio. Y Dios será el único juez, porque los hombres podemos confundirnos, al no ver en el interior del corazón (cf. 1 Sam 16,7).
     La 1ª lectura nos habla del juicio de Dios, un juicio “con moderación”, “con gran indulgencia”, un juicio justo, “que te hace perdonar a todos” y que “en el pecado das lugar al arrepentimiento”. Porque la dureza es, en el fondo, debilidad; el verdadero poder es indulgente. Y procediendo así, “enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano”. La revelación del hombre a ser hombre: humanidad es el indicativo de la verdadera justicia.
     Es una pena que haya tanta cizaña en el mundo. ¡Y tanta cizaña dentro de nosotros! Lo que podemos y debemos hacer para reducirla es comenzar por arrancar la del propio campo. Acondicionar nuestro terreno. Ante la pretensión de entrar a limpiar el campo ajeno, Jesús advierte: “Saca primero la viga de tu ojo y, luego, verás a sacar la mota del ojo de tu hermano” (Mt 7,5). Porque, si no, “podríais arrancar también el trigo”.
     Nadie es enteramente trigo limpio, ni totalmente cizaña. Y todos podemos evolucionar positivamente ¡gracias a Dios! A Él no le apremia el tiempo. Su perspectiva es más amplia y generosa que la nuestra.
     No es infrecuente en algunos sectores de la Iglesia la tentación de recluirse en grupos homogéneos, elitistas, excluyendo a los semiconvencidos, a los no comprometidos… Jesús ve a su iglesia de un modo distinto: un pueblo de amplia acogida y paciencia, de humildad y esperanza. Porque, cizaña era la oveja perdida (Lc 15,1-7), la moneda extraviada (Lc 15,8-9), el hijo pródigo (Lc 15,11-32), el “buen ladrón” (Lc 24,33-43), la mujer adúltera (Jn 8,3-11), Zaqueo (Lc 19,1-10), la pecadora pública (Lc 7,37-49), los publicanos y pecadores (Mc 2,15-17)…
     “Ser humanos” es, entre otras cosas, tener voluntad y compromiso serio por la justicia, pero también comprensión y acogida para acompañar y convivir con las debilidades, propias y ajenas. Rezuman sabiduría evangélica las palabras de Benedicto XVI: “¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente,  que derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías de poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios, Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios que se ha hecho Cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres” (Benedicto XVI en la eucaristía de su entronización el 24-IV-005).
    La paciencia hoy no tiene buena prensa -ni siquiera tiene prensa-; vivimos en el signo contrario, el de la urgencia. Está vinculada a la esperanza –“Tened paciencia, hermanos… Mirad cómo el labrador sabe esperar…” (Sant 5,7-8); con el optimismo en la bondad última de las cosas -“de las piedras puede sacar Dios hijos de Abrahán” (Lc 3,8)-, y con el amor –“el amor es paciente” (1 Cor 13,4). La paciencia no es una “debilidad”, sino una “energía” para afrontar las “provocaciones” de la vida sin ofuscarse, incurriendo en decisiones o juicios precipitados, resultado de una lectura deficiente, poco ponderada o pasional. La paciencia da tiempo al tiempo, porque “todo tiene su tiempo” (Qoh 3,1), y porque es generosa y piensa bien.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué nivel de humanidad se refleja en mis juicios?
.- ¿Cómo es mi oración? ¿Está inspirada por el Espíritu?
.- ¿Qué siembro en la vida: buena semilla o cizaña?

 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


miércoles, 8 de julio de 2020

DOMINGO XV -A-


 1ª Lectura: Isaías 55,10-11.

     Esto dice el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

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     Texto profético precioso y preciso sobre la palabra de Dios, “viva y eficaz”, que halló su encarnación en Jesucristo, la Palabra salida del Padre, que vino a la tierra para hacer su voluntad, y que regresó al Padre, después de haber empapado y fecundado a la tierra con su propia sangre derramada para la vida del mundo.


 2ª Lectura: Romanos 8,18-23.

    Hermanos:
    Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería libre de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no solo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

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      El cristiano vive en la esperanza. Eso le permite vivir con lucidez y realismo la situación presente. Las “frustraciones” de la vida no deben nublar su mirada; estamos orientados por Jesucristo y hacia Jesucristo, hacia la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Desde ahí, Pablo exhorta a asumir con entereza los “trabajos” del Evangelio (cf. 2 Tim 4,5) y las “exigencias” de la fe.

Evangelio: Mateo 13,1-23.

    Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:
    Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.
    Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les contestó: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.
    Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
    Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

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    El texto consta de dos momentos: la parábola propiamente dicha y la explicación alegorizada de la misma. La parábola podríamos calificarla de “autobiográfica”: Jesús es ese sembrador salido a sembrar; no ha excluido a nadie, a ningún terreno; su palabra, de momento, ha germinado solo en unos pocos, los humildes, que son la tierra de futuro. En ella hay también una denuncia de los que se inmunizan y se cierran a la semilla de Dios. Y concluye con una seria llamada al discernimiento responsable. Puede también leerse como una proclamación de confianza en la vitalidad y fecundidad de la semilla, la palabra de Dios.
   La ampliación alegórica se centra ya en los diversos terrenos, y es una invitación a identificarse y a ver qué tipo de acogida dispensa cada uno a la Palabra de Dios.

    REFLEXIÓN PASTORAL

    “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar…” (Is 55, 10-11).  Esto se predica de la palabra de Dios, pero conviene profundizar. Porque Dios no solo pronuncia palabras, es personalmente la Palabra. (Jn 1, 1.14). Y esa Palabra salida de Dios, humanizada, encarnada en Jesús, nos habla. Y hoy nos habla a través de esta parábola.
      Mateo la denomina “parábola del sembrador”, porque el protagonista principal es el Sembrador, que siembra esperanzadamente en el corazón de los hombres la buena nueva de Dios, sin discriminar terrenos. Pero no es él el único protagonista; está “la tierra”, que también tiene sus responsabilidades, y está “la semilla”.
      Para entender la parábola hay que remontarse a la experiencia de Jesús. Llevaba ya un tiempo anunciando el Reino en todos los terrenos, con reacciones muy diversas. Había chocado con la oposición de los escribas y fariseos (Mc 3,22); la incomprensión de los familiares (Mc 3,21); había visto cómo algunos, al principio entusiasmados, lo abandonaron pronto (Jn 6,66); había sentido la indiferencia de ciudades como Corazaín y Betsaida (Mt 11,21); había percibido las reticencias de los discípulos del Bautista y las perplejidades de éste (Mt 11,3)-; también había conocido a limpios de corazón, sencillos y abiertos a su palabra (Mt 11,25)…
     Llegó un momento de cierta crisis en el grupo, al ver el poco eco y la resistencia que encontraba en el público. Y Jesús tuvo que retirarse hacia la región de Cesarea de Filipos, para hacer una profundización con los discípulos (Mt 16,13ss).
     La “buena noticia” salida de Dios suscitó un entusiasmo inicial. Cuando reveló sus exigencias, algunos hundieron en ella sus raíces, pero otros volvieron a la vida superficial o desorientada por los múltiples afanes, llegando incluso a la hostilidad.
     Senderos, piedras, zarzas, tierra buena: ¡qué diferentes son los terrenos! ¡No importa! El sembrador es optimista, porque la semilla es buena, y ve cosechas no uniformes, pero cosechas al fin y al cabo. También el texto de la segunda lectura insiste en el optimismo radicado en la obra creadora de Dios, que, “aunque sometida a la frustración…, expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios (Rom 8, 20.19).
     Aquí está el nudo de la parábola: en el optimismo radical que transmite. ¡Siempre hay cosecha, aunque desgraciadamente no todos los terrenos se dejen fecundar!
    En nuestro presente eclesial se detecta desencanto. Y surgen preguntas como: ¿No se habrá perdido la semilla? ¿No habrá perdido ésta su capacidad fecundadora? ¿Dónde está fructificando hoy tan prodigiosamente? ¿Es solo fecunda en los mundos subdesarrollados? ¿No se habrá engañado y nos habrá engañado Jesús? Cuando arriesgamos tan poco, ¿no será que no nos fiamos de él? ¿Qué acogida encuentra en mí la palabra de Dios? ¿Qué resistencias encuentra?
         La parábola invita a una doble verificación. En primer lugar, la de nuestra actitud de escucha: “Escuchad” (Mc 4,3). “¡Ojalá escuchéis hoy su voz! ¡No endurezcáis el corazón!” (Sal 95,7-8).  La escucha de la palabra de Dios no es solo un ejercicio exterior, de audición externa, verbal, sino que exige una acogida interior. Y, en segundo lugar, la de la identificación de la situación personal ante la palabra de Dios. Verificar qué tipo de tierra somos.
Ya en otros lugares advirtió Jesús de que la escucha es imposible sin una verificación y discernimiento profundos. Sin ellos se confunde y tergiversa al mensaje (Lc 23,5.14); al mensajero (Mt 11,18-19), y se confunden los propios oyentes, que acaban por inmunizarse ante las urgencias renovadoras de la palabra de Dios (Mt 3,9). “¡Quien tenga oídos, que oiga!” (Mc 4,9).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cuál es mi actitud ante la palabra de Dios?
.- ¿Está mi vida orientada linealmente a Jesucristo?
.- ¿Soy sembrador de la palabra de Dios? 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.





DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

martes, 30 de junio de 2020

DOMINGO XIV -A-.


DOMINGO XIV -A-.

1ª Lectura: Zacarías 9,9-10.

    Así dice el Señor: Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones. Dominará de mar a mar, desde el Éufrates hasta los confines de la tierra.

                            ***             ***             ***

     El profeta diseña un perfil nuevo para presentar al rey salvador. Hay un cambio de modelo, pero persiste la esperanza: del rey poderoso y guerrero al de rey modesto, justo e instaurador de la paz. Desde ahí alcanzará la victoria y realizará su dominio en favor de todos los pueblos. Será la figura que hallará su cumplimiento en Jesucristo (Mt 21,5).

2ª Lectura: Romanos 8,9. 11-13.

    Hermanos:
    Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Por tanto, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a  la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

                            ***             ***             ***

    Por el bautismo el cristiano ha sido incorporado a Cristo; pero eso no es un hecho ritual ni se acredita ritualmente. Se trata de una incorporación existencial, y se acredita existencialmente. La existencia cristiana es necesariamente “espiritual”, entendida no como abstracta y teórica, sino en cuanto está inspirada y dinamizada por el Espíritu del Señor. Pertenecer o no a Cristo es cuestión de vida o muerte.

Evangelio: Mateo 11,25-30.

    En aquel tiempo exclamó Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

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    Tres pasos pueden individuarse en este precioso texto: 1) Una alabanza a Dios Padre por su opción de revelarse a los humildes, y por revelarse humildemente. 2) Una declaración de su misterio y comunión personal con el Padre: Jesús es el Hijo y la revelación exhaustiva del Padre; no hay que buscar otro, porque él conoce el interior del Padre y lo conoce desde el interior. 3) Una invitación a participar de la Buena Noticia  de la que él es portador. Su propuesta de vida, que pasa por la cruz, es posible porque la comparte él, personalmente, con cada uno de nosotros.
   

REFLEXIÓN PASTORAL

     Aprended de mí” (Mt 11,29). La invitación es clara. Jesús es el Maestro; quien imparte la enseñanza más veraz de Dios, pues conoce al Padre desde dentro -habita en Él (cf. Jn 6,57; 14,10)-; y conoce su interior.
     ¿Y quiénes son los destinatarios de esa revelación? Los sencillos. ¿Por méritos propios? No; porque esa ha sido la opción de Dios (Mt 11,26).
     A Dios le gusta trabajar con material frágil (Gn 2,7). La elección de Israel (Dt 7,6) no se debió a su calidad ética o numérica (Dt 9,4.6), sino por puro amor (Dt 7,7-8). Y, “llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo…” (Gál 4,4), quien “se despojó de su rango, tomando condición de siervo” (Flp 2,7) y, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros” (2 Cor 8,9). Sí; “Dios ha escogido lo débil” (1 Cor 1,27; cf. St 2,5). Más aún, se ha hecho débil (cf. Lc 2,7) y ha cargado con nuestra debilidad (Is 53,4). Para interpretarse, eligió el tono menor. 
       Dios ha escogido más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte… Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios” (1 Cor 1,27-29). Pero no hay por qué identificar la sencillez con la ignorancia y, menos aún, con la vulgaridad. Jesús la identifica con la mansedumbre y la humildad. Así es su corazón -el de Jesús -, y así ha de ser el del cristiano: “manso y humilde” (Mt 11,29).
      Y Jesús agradece y celebra esa decisión de Dios, a quién ya el profeta Zacarías presenta en la 1ª lectura inclinado hacia la humildad y sencillez (Zac 9,9).   ¡Qué insondables son sus decisiones!” (Rom 11,33).
     La opción de Dios y su estilo están claros. Opción y estilo, que frecuentemente contrastan con los nuestros: a nivel personal y eclesial.
    La debilidad, la propia y la ajena, nos desestabiliza y angustia. Evaluamos y sobrevaloramos nuestros haberes  y saberes… Pretendemos construir el Reino de Dios con “otros” materiales; seguir a Jesús con “otros” estilos…
     Hemos de asumir nuestro barro con serenidad y gratitud (Is 64,7); entonces percibiremos que “el espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8,26). Y desde aquí se entienden las bienaventuranzas.
       En una sociedad que no solo exalta el poder sino que lo identifica con la violencia; que equipara al héroe con el vencedor, al valiente con el violento…,¡qué necesario es releer estas palabras!
       Jesús se presenta, además, como el consolador y el reposo de los agobios y cansancios del hombre, pero no oculta sus exigencias: no es un colchón cómodo, ni inspirador de un sentimentalismo barato.
       Jesús se reconoce como el destinatario de la revelación y salvación de Dios en beneficio del hombre. Y se ofrece y la ofrece generosamente, pero también responsablemente. Acercarse a él no es una decisión irrelevante.
       Para ello es necesaria, recuerda la 2ª lectura, la presencia del Espíritu. La existencia cristiana tiene parámetros de referencia propios. Hay dos tipos de existencia, una carnal, con la muerte como horizonte, y otra espiritual, asimilada al Espíritu de Dios que habita en los creyentes; y ésta es imprescindible para ser cristiano, pues: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Rom 8,9).
     Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,28).

REFLEXIÓN PERSONAL.

.- ¿Sé interpretar la vida en clave menor? 
.- ¿Qué espíritu anima mi vida? ¿El de Cristo?
.- ¿A dónde acudo? ¿A Cristo o a “otros” lugares?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


martes, 23 de junio de 2020

DOMINGO XIII -A-



 1ª Lectura: 2 Reyes 4,8-11. 14-16a.

    Un día pasaba Eliseo por Sunem y una mujer rica le invitó con insistencia a comer. Y siempre que pasaba por allí iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: Me consta que ese hombre de Dios es un santo. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil y cuando venga a visitarnos se quedará allí.
    Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guiezi: ¿Qué podemos hacer por ella?   Contestó Guiezi: No tiene hijos y su marido es viejo.  Él le dijo: Llama a la Sunamita. La llamó y ella se presentó a él. Eliseo dijo: El año que viene, por estas mismas fechas abrazarás a un hijo.

                                    ***                  ***                  ***

    Este breve relato forma parte de las “leyendas” o “milagros” que sobre el profeta Eliseo, con una clara finalidad apologética, transmite el 2 libro de los Reyes (4,1-6,7). El relato es más extenso, y es recomendable leerlo en su integridad para su comprensión (2 Re 4,8-37). Con él se pretende exaltar la figura de Eliseo como un “santo, un hombre de Dios”. Y, al mismo tiempo, mostrar el rostro del Dios al que sirve el profeta: un Dios compasivo, cercano al necesitado (en este caso a un matrimonio estéril). Un Dios que bendice con la vida, porque es dador de vida.

2ª Lectura: Romanos 6,3-4. 8-11.

    Hermanos:
    Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor Nuestro.


                        ***                  ***                  ***

    La vida del cristiano ha de estar asociada a la de Cristo, a la que se incorpora sacramentalmente por el bautismo, signo de la participación en el misterio de su muerte y resurrección. Desde aquí, se reivindica la necesidad de una clara conciencia del significado de la espiritualidad bautismal. El bautismo no puede banalizarse, y ha de ser recuperado de ciertas “celebraciones” que lo distorsionan, haciéndolo irreconocible como sacramento de la iniciación cristiana.

Evangelio: Mateo 10, 37-42.


    En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentra su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un baso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, solo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.

                                    ***                  ***                  ***

     No deja de ser significativo que los destinatarios de estas advertencias tan radicales sean los doce apóstoles, aquellos que ya han decidido dejarlo todo y seguirlo (cf. Mt 19,27). Jesús les recuerda que no es lícito poner la mano al arado y mirar para atrás (cf. Lc 9,62). Él se ha identificado con ellos, por ellos salió del Padre (cf. Jn 16,28), y les pide a ellos que se identifiquen con él, por encima de cualquier otra referencia. Esto no rompe los lazos familiares pero los “resitúa”. Jesús debe ser “priorizado”. Él no es excluyente; la opción por él enriquece la vida. Pero esas palabras no son exclusivas para los doce apóstoles; nos incluyen a todos los que queremos ser sus discípulos.

REFLEXIÓN PERSONAL

     El “Discurso de la misión” continúa inspirando la reflexión de este domingo XIII del Tiempo Ordinario. Son las palabras finales (leerlo).
     Dos ideas  se destacan: la necesidad de priorizar, de privilegiar a Jesucristo como referencia primera y última de la existencia, y la de no idealizar / ideologizar la fe, sino concretarla en el horizonte de la acogida y asistencia fraternas.
      En primer lugar, Jesús no viene a cuestionar, ni mucho menos a romper el amor familiar, sino a fundamentarlo en un amor previo y primero, su amor, desde el que se profundiza y purifica el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres, el amor conyugal de los esposos y el amor fraterno de los hermanos. No es, pues, un rompefamilias. Pero advierte de que en ocasiones hasta a ese espacio, el de la familia, puede llegar la necesidad de “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Se trata de vivir el amor familiar en el amor de Cristo; vivir el amor en su Amor.
     Tampoco la invitación a tomar la cruz lo es al victimismo ni a la resignación, sino al protagonismo responsable, al seguimiento de la ruta marcada por Cristo. La cruz cristiana debe tener los mismos perfiles que la de Cristo. Quien tome en serio el seguimiento del Señor se adentrará por un camino difícil, estrecho, aunque sea el camino que conduce a la Verdad y a la Vida, o quizá precisamente por eso es así, estrecho y difícil.
      La exigencia del seguimiento llega, incluso, hasta la relativización de uno mismo, la relativización de la propia existencia. S. Pablo lo entendió perfectamente: “Todo lo considero basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; para mí, la vida es Cristo y una ganancia el morir” (Flp 3,8). La existencia del cristiano debe estar configurada por la de Cristo, con su muerte y su resurrección (2ª lectura). Eso es lo que realiza y ratifica el bautismo. Un sacramento que no puede banalizarse, y ha de ser recuperado de ciertas “celebraciones” que lo distorsionan, haciéndolo irreconocible como sacramento de la iniciación cristiana.
     Junto a estos subrayados o concreciones de la necesidad de priorizar a Cristo como referencia primera y última de la existencia, las palabras finales del Discurso apuntan a la necesidad de no espiritualizar o idealizar demasiado la fe en Cristo. Él ha querido vincularse y vincularla al hombre: “por eso, quien a vosotros recibe, a mí recibe…, y ni un baso de agua fresca dado en mi nombre quedará sin recompensa”.
     Sí; la acogida de Jesús no puede ser meramente intelectual, teórica. Creer en Cristo significa convertir el corazón en casa de acogida cálida y tierna. “Pues, si alguno dice: amo a Dios (creo en Dios) y no ama a su prójimo, miente; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). “Pues si alguno ve a su hermano pasar necesidad y le cierra el corazón, ¿Cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17). ¡Es imposible vivir de frente a Dios y de espaldas al prójimo! Siempre que pretendamos dirigirnos a Dios, diciendo: “Padre nuestro”, Él nos va a preguntar: “¿Dónde está tu hermano?” (Gen 4,9). 

REFLEXIÓN PASTORAL

.- ¿Priorizo a Cristo en mi vida, o lo compatibilizo y hasta supedito?
.- ¿Qué concreción tiene en mi vida el seguimiento de Jesús?
.- ¿Qué vivencia tengo del bautismo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.



miércoles, 17 de junio de 2020

DOMINGO XII -A-



1ª Lectura: Jeremías 20,10-13.

   Dijo Jeremías: Oía el cuchicheo de la gente: “pavor entorno”. Delatadlo, vamos a delatarlo, mis amigos acechaban mi traspiés. A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los Ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo de su corazón, que yo ve la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de la mano de los impíos.

                                   ***                ***              ***

   La pasión por Dios le produjo Jeremías una serie de situaciones adversas hasta amenazar su vida. Su fidelidad a Dios era interpretada como traición a la nación. Con una profunda sensación de dolor, Jeremías nunca tuvo la sensación de fracaso. Su confianza en Dios le prohibía el desaliento. Sabía que “Dios está conmigo… y no podrán conmigo”.

2ª Lectura: Romanos 5,12-15.

     Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres porque todos pecaron… Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pero a pesar de eso, la muerte reinó, desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, muchos más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.

                                   ***                  ***                  ***

   La historia humana está marcada por el pecado, pero no está condenada al pecado; pues “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20). Cristo ha introducido de nuevo la esperanza. “No hay proporción entre la culpa y el don”.  En Cristo Dios ha optado a nuestro favor.  No hay que tener miedo.   

  
Evangelio: San Mateo 10,26-33.

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.
    Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.
     No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.
     Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.

                                    ***                    ***                 ***

   En el “Discurso de la misión”, Jesús no oculta las dificultades inherentes a la tarea evangelizadora, pero les garantiza la presencia providente del Padre. No hay que tener miedo. Los “peligros” de la misión están cubiertos por un seguro de calidad: nuestras vidas están en las manos de Dios. Como dirá Pablo: “En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó…; pues nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8,37. 39).
 

REFLEXIÓN PASTORAL.

    No tengáis miedo” (Mt 10,26) es la expresión que más frecuentemente se repite en el Evangelio de este Domingo. Una invitación  no a la temeridad autosuficiente, sino a la audacia asentada en la confianza en la Providencia de Dios, que no crea que nada que no haya amado, y no mantiene en la existencia nada que no ame (cf. Sab 11,24-25).
     El profeta Jeremías (1ª) sintió los miedos del entorno: “Oía el cuchicheo de la gente…” (Jr 20,10), pero sintió también por dentro la fuerza de la presencia del Señor: “El Señor está conmigo” (Jer 20,11).
     Estad prontos a dar razón de vuestra esperanza” nos recuerda la 1ª Carta de san Pedro (3,15). No podemos hurtar a los hombres el testimonio cristiano; aunque, en no pocas ocasiones, revista una modalidad crítica para el que escucha, y autocrítica para los que hemos de dar  ese testimonio.
      El amplio y rápido despliegue de comportamientos y actitudes fundamentalistas e intransigentes en nuestro tiempo es un signo preocupante. Oponer a eso la tolerancia es bueno y necesario. Pero, ¿qué tolerancia? 
     No es infrecuente que, ante ese “fundamentalismo” intransigente, se defienda un “neutralismo” que, en el fondo, no es sino “absentismo” y huída del compromiso por buscar y testimoniar la Verdad.
     La tolerancia debe surgir de la convicción de que la verdad es un horizonte y un quehacer, y de que todos somos peregrinos en esa búsqueda. Nadie la “agota” y nadie está totalmente desprovisto de ella. Sin “agotarla” nadie, pero sin “imponerla” nadie ni a nadie, la verdad se expone y propone, pero no se impone.
     El Evangelio, invitando a ser no solo críticos, sino autocríticos; no  llama a la indiferencia, sino al amor. Y el amor nunca es indiferente frente al prójimo y frente a la Verdad.
      Hoy existe mucha indiferencia camuflada de tolerancia, porque existe poco amor al prójimo y a la Verdad.
     La tolerancia supone un esfuerzo positivo de comprensión, de respeto, de pluralismo, de acogida, aceptando la diferencia no como distancia sino como riqueza. Y, al mismo tiempo, supone un rechazo de cualquier tipo de inhibición, de huída ante las urgencias del prójimo.
            Jesús nos invita a la claridad. Las “oscuridades” de nuestro tiempo, ¿no dependerán, al menos en parte, de la falta de “luminosidad” de muchos cristianos? La falta de Verdad que nos rodea e invade quizá sea una invitación a preguntarnos ¿qué hemos hecho los cristianos de la Verdad?
            El libro de los Hechos nos dice que los discípulos daban testimonio de Jesús públicamente con mucho valor y que la ciudad se “llenó de alegría” (8,8). ¿No seremos responsables, con nuestro silencio sobre Jesús, de la falta de alegría que existe en nuestra ciudad?
   ¡No tengáis miedo!” “¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡No tengáis miedo!” (Juan Pablo II: Homilía en el comienzo de su Pontificado).
    No tengáis miedo”. El Evangelio no puede ser silenciado, aunque no falten los intentos por conseguirlo. Los creyentes no podemos ser cómplices de esa campaña que, so capa de convivencia y de respeto a todas las opciones y opiniones, tiende a devaluar la voz específica del Evangelio.
     No tengáis miedo”, porque Cristo no ha dudado en precedernos en esa ruta de un testimonio radical en favor de la verdad, obteniéndonos “la benevolencia y el don de Dios” (Rom 5,15).

REFLEXIÓN PERSONAL.
.- ¿Cuál es la razón de nuestros miedos?
.- ¿Cuáles son nuestro miedos?
.- ¿Quizá hemos confiado demasiado en nuestros “medios”, y éstos han revelado su inconsistencia y fragilidad?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano – capuchino..

miércoles, 10 de junio de 2020

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -A-


1ª Lectura: Deuteronomio 8,2-3. 14b-16a.

     Habló Moisés al pueblo y dijo: Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná -que tú no conocías ni conocieron tus padres- para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo de cuanto sale de la boca de Dios. No sea que te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua; que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó con un maná que no conocían tus padres.

                               ***             ***             ***
    Antes de entrar en la Tierra prometida, Moisés invita al pueblo a “recordar” el camino liberador que Dios ha hecho con él a lo largo del desierto. Esa “memoria” debe acompañarle siempre. Un camino jalonado de “pruebas”, para conocer sus verdaderas intenciones, pero sobre todo un camino jalonado de providencia amorosa de Dios, manifestada, entre otros signos, en el maná, evocación de otro alimento, el verdadero: el que sale de la boca de Dios, y profecía del pan eucarístico.

2ª Lectura: 1ª Corintios 10,16-17.

    Hermanos:
    El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

                                ***             ***             ***

     Nos encontramos ante el testimonio más antiguo del Nuevo Testamento sobre la Eucaristía. Pero Pablo no solo está dando una información ni haciendo solo una afirmación sobre ella. Está advirtiendo del peligro de distorsionarla. Esta es presencia real/sacramental de Cristo, pero es al mismo tiempo propuesta existencial de Cristo para los cristianos. La Eucaristía es vínculo de unión de los cristianos con Cristo y de los cristianos entre sí.

Evangelio: Juan 6,51-59.

     En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
    Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
    Entonces Jesús les dijo: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

                                ***             ***             ***
    Quizá estos versículos encajarían mejor en el contexto de la última cena de Jesús con sus discípulos, tal como la narran los sinópticos. El autor del IV Evangelio los insertó aquí como continuación del discurso sobre el pan de vida (Jn 6,22-71) tras la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15). Como Moisés desveló el sentido del maná (Dt 8,3), Jesús desvela el sentido y la identidad del pan verdadero: el que da la vida eterna que solo el Hijo del Hombre puede dar (Jn 6,27). Él es el verdadero maná (Jn 6,32). Pan de la vida; pan necesario; pan gratuito; pan de comunión. Ese es el pan por el que hemos de esforzarnos (Jn 6,27); porque ese es el pan que sacia de verdad las hambres del hombre.

REFLEXIÓN PASTORAL.

La celebración de esta fiesta debe suscitar una pregunta: ¿Qué es la Eucaristía? Una pregunta necesaria en unos contextos como los nuestros, donde todo se rutinariza, se desdibuja y desfigura con presentaciones “a la carta”. Porque no podemos convertir en rutina irrelevante la herencia más valiosa de Jesús.
La Eucaristía es la mayor audacia de Cristo, de su amor. El colofón de la gran aventura de la encarnación de Dios. No fue una improvisación de última hora. Fue algo muy pensado. Nació de su corazón. El amor tiene necesidad de dar y, si es preciso, de darse. Pero, además, el amor desea quedarse. La ausencia es el gran tormento del amor. En la hora del “adiós” se dejan cosas que suplan o amortigüen la ausencia… No importa lo que sea, pero siempre es algo en el que uno pone lo mejor de sí mismo, “para que te acuerdes de mí”, decimos.
La Eucaristía no fue, pues, un hecho aislado ni aislable en la vida de Cristo: se sitúa en la lógica de su vida, una vida para los demás, una vida entregada.  Y de maneras diferentes fue sembrando su vida de alusiones.
Siendo sapientísimo, no supo inventar cosa mejor; siendo todopoderoso, no pudo hacer nada mejor ni hacerlo mejor; siendo riquísimo, no pudo hacernos mejor don que el de sí mismo. Ahí está el misterio de la eucaristía.       
La Eucaristía es presencia real, no única (no excluye otras presencias de Jesús), pero singular y privilegiada. Presencia para adorar y escuchar en la oración y meditación; presencia a celebrar como sacramento de nuestra fe (Lc 22,19); presencia para actualizar apostólicamente “hasta que vuelva” (1 Cor 11,26); presencia cohesionadora de la comunidad cristiana (1 Cor 10,16-17); presencia que nos invita a interpretar eucarísticamente la propia vida, en clave de donación y entrega (Lc 22,19-20) y de acción de gracias (Col 3,15).
         De esto nos habla la Eucaristía, pero no solo nos habla, también nos urge. Esa presencia no es solo evocadora sino provocadora. Cristo hecho presencia nos urge a hacerle presente en nuestra vida, y a estar presentes junto al prójimo. Cristo hecho pan, nos urge a compartir nuestro pan. Cristo solidario, nos urge a la solidaridad fraterna. Cristo, entregado y derramado por nosotros, nos urge a abandonar posiciones cómodas para recrear su estilo radical de amar y hacer el bien. Por eso la Eucaristía es recordatorio y llamada al amor fraterno. Es la expresión de la caridad de Dios al hombre y llamada a la caridad del hombre para con el hombre. Comulgar a Jesús supone comulgar con todo lo de Jesús. La comunión eucarística debe ser una “encarnación” de Jesús en nuestra vida y de nuestra vida en Jesús.
Hay otro aspecto, entre muchos y de gran transcendencia, que no conviene olvidar: la Eucaristía es presencia y ausencia de Cristo; certeza y nostalgia. Nos habla de Cristo y nos remite a Cristo. Es memoria de Cristo y  profecía de Cristo. La celebramos mientras esperamos su gloriosa venida (Apo 22,20). Por eso es “el sacramento de nuestra fe”, del amor de Cristo y de la esperanza cristiana.  Solo desde ella estamos capacitados para salir al encuentro de la vida como profetas del Señor (Jn 15,5). La Eucaristía no solo es alimento de vida sino proyecto y modelo de vida.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Alimento mi vida con la fuerza de la Eucaristía?
.- ¿Cómo me acerco a ella?
.- ¿Cómo la traduzco en mi vida.

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.