lunes, 31 de agosto de 2020

DOMINGO XXIII -A-

1ª Lectura: Ezequiel 33,7-9.

    Así dice el Señor: “A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les dará la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuentas de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida”.

 

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   La función del profeta es la de anunciar y cuidar pastoralmente de la comunidad. El profeta no es llamado a coartar la libertad, por medio de la presión, sino a iluminarla, por medio de la exhortación. Su servicio a la palabra de Dios, es un servicio al hombre, poniéndole en guardia ante posibles desviaciones. El silencio del profeta es infidelidad a Dios y a la comunidad. 

2ª Lectura: Romanos 13,8-10.

    Hermanos: A nadie debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el “no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás” y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

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   El celo pastoral de Pablo halla una de sus expresiones más logradas en estas líneas de la carta a los Romanos: el cristiano es un deudor permanente de amor. Encontramos aquí un equivalente casi literal del texto evangélico de Mc 12,31. El amor no solo es la síntesis, sino la plenitud de la ley.

Evangelio: Mateo 18,15-20.

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

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   Nos hallamos ante un claro precepto para uso interno de la comunidad eclesial. Está dirigido a los discípulos. Pretende iluminar desde las palabras de Jesús el ejercicio de la responsabilidad fraterna. Jesús la ejerció con sus discípulos, con los más íntimos -Pedro (Mt 16,23), Santiago Juan (Mt 20,22-23)-, y con los demás apóstoles (Mt 20,24-28. Una corrección discreta -no se trata de abochornar-; no humillante. La llamada a la comunidad es la última instancia, no el primer paso. La corrección no es una delación sino una expresión de amor al prójimo y a la verdad. Y solo puede ejercerse con amor.

REFLEXIÓN PASTORAL

    “A nadie debáis nada más que amor” (Rom 13,8). El amor es la gran deuda del cristiano. ¡Hermosa frase! ¿Pero cómo saldarla?

     Cuando la gran tentación es dar un rodeo para no encontrarse con el problema del otro -“allá cada uno con su vida”-, la Palabra de Dios nos recuerda que no se puede vivir de cara a Dios y de espaldas al prójimo, “porque quien no ama al prójimo, a quien ve, ¿cómo amará a Dios, a quien no ve? (1 Jn 4,20). Y esta responsabilidad ha de concretarse en la solidaridad, e incluso en la advertencia y la corrección.

    La imagen del atalaya es muy sugerente (1ª lectura). El pueblo será responsable de su actuación, pero el profeta será responsable de su misión. Y su misión, precisamente, es de atalaya fraterna. La corrección fraterna es un ejercicio responsable de la solicitud por el bien espiritual del hermano.  Es el mensaje del texto evangélico. Un tema que no es fácil ni frecuente. 

    Quizá sea frecuente la corrección, pero Jesús no se queda en urgir la corrección, sino que invita a la corrección fraterna.

    Hemos confundido, frecuentemente y por comodidad, el respeto al otro con la indiferencia. “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gén 4,9). La parábola del samaritano también encuentra aquí su concreción. No pasar de largo, indiferentes, ante los hermanos.

    El papa Benedicto XVI, en su Discurso para la Cuaresma de 2012, advertía: “El «fijarse» en el hermano comprende, además, la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe... Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar.  Lo que anima la corrección fraterna nunca es un espíritu de condena o recriminación -“¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno?” (Rom 14,4)-, ni de autosuficiencia; es siempre expresión del amor, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad”.

     La corrección fraterna es un servicio evangélico, que requiere valentía, libertad interior, y limpieza de corazón para no ver la mota en el ojo ajeno sin descubrir primero la viga que uno lleva en el suyo (Mt 7,1-6). La corrección fraterna supone verdadero amor e interés por el bien del hermano y por la verdad.

    Finalmente, apunta el Evangelio, el amor se traduce no solo en corrección fraterna, sino en oración fraterna, en comunión de corazones (vv 19-20). Por eso nuestra oración, la cristiana y la del cristiano, es el “Padre nuestro”, que no es solo un modo de hablar a Dios, sino un programa de vida, un modo de interrelacionarnos los unos con los otros. De otra manera mereceremos el reproche de Jesús: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).

Uno que ama a su prójimo no le hace daño” nos recuerda el Apóstol en la segunda lectura. En este mundo de la competencia, en el que nos abrimos paso a empujones y zancadillas; en el que no pocos ascensos se hacen pisando peldaños humanos; en el que el interés y el salir adelante es lo que se cotiza, la palabra de Dios nos invita a una reflexión seria, sincera y a una decisión responsable, porque al final de la vida seremos examinados sobre el amor.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy comprensivo o indiferente?

.- ¿Siento la urgencia por el bien del hermano?

.- ¿Tengo libertad interior para hacer y aceptar la corrección fraterna?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

martes, 25 de agosto de 2020

DOMINGO XXII -A-

1ª Lectura: Jeremías 20,7-9.

      Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar “Violencia”, y proclamar “Destrucción”. La palabra de Dios se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: no me acordaré de él, no hablaré más en su nombre; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía.

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    Nos hallamos ante uno de los textos de las “confesiones” de Jeremías. Seducido por el Señor, el profeta se siente el hazmerreír de todos. Sus advertencias son despreciadas. Siente la tentación del abandono y del silencio. Sin embargo el ardor de la palabra de Dios le quemaba por dentro. Ser profeta no es ser portador de “slogans” populistas. Ser profeta es ser servidor de la palabra de Dios. Es dejarse seducir por Dios.

 2ª Lectura: Romanos 12,1-2.

     Hermanos: Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.

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     La existencia cristiana no se reduce a un culto formalista, ritual y extrínseco; implica no solo ofrecer sino ofrecerse, hacerse ofrenda, unida a la ofrenda de Cristo. Exige también una profunda renovación interior para discernir, en medio de la baraúnda de las propuestas mundanas, la voluntad de Dios. Y comporta también asumir un posicionamiento alternativo y conflictivo a los esquemas del mundo.

 Evangelio: Mateo 16, 21-27.

    En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser  ejecutado y resucitar al tercer día.

    Pedro se lo llevó a parte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios! Eso no puede pasarte.

    Jesús se volvió y dijo a Pedro: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

    Entonces dijo a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?  ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

 

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      La escena es dura: quien poco antes ha sido “beatificado” como portavoz del pensamiento del Padre (Mt 16,17) ahora es denunciado por pensar como los hombres no como Dios; quien poco antes ha sido calificado como “dichoso”, ahora es presentado como  Satanás… La comprensión de Jesús por parte de sus discípulos no fue fácil: rebasaba sus expectativas. ¿Y no ocurre algo parecido hoy? Jesús no impone, expone las exigencias del seguimiento, por eso invita a una decisión ponderada. El seguimiento es imposible sin la ayuda de Jesús (Jn 15,5), pero él no es nuestro suplente sino nuestro acompañante y guía. El cristiano ha de planificar, pero según las pautas marcadas por Jesús, no según los criterios del mundo.

 REFLEXIÓN PASTORAL

    Los textos de este domingo nos confrontan con unas preguntas y unos planteamientos nada equívocos: los planteamientos de Dios. Planteamientos que frecuentemente rehuimos, quizá porque otros, más  inmediatos, son los que nos ocupan; o porque, vamos perdiendo la conciencia de la propia identidad, convirtiéndonos en contemporizadores y posibilistas. 

    Contra estas posturas nos alerta hoy el Señor. Su palabra no es fácil -nunca lo fue-. Pedro, al principio, no la entendió, porque pensaba “como los hombres” (Mt 16,23). Sin embargo, quien la acoge como criterio en su vida, experimenta la sensación de Jeremías. Su fidelidad le supuso enormes problemas, pero también encontró en ella la fortaleza  para la lucha, y el consuelo que produce su fidelidad.

     Quien solo aclama la palabra de Dios, no la ha entendido. Porque es espada de doble filo, que penetra hasta el fondo del alma, dejando al descubierto lo más profundo del hombre (cf. Heb 4,12). Y esa Palabra se encarnó en Jesucristo que, ya desde su infancia, fue presentado como una bandera discutida (Lc 2,24). Y en su predicación nos dijo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo…” (Mt 16,24ss).

     No es una llamada no a la resignación. Jesús no murió en la cruz por resignarse, sino por todo lo contrario, por rebelarse y denunciar el pecado de su tiempo. Es una llamada a la madurez de juicio, para discernir, desde la fe personalizada, la voluntad de Dios. Una llamada a vivir la fe, no solo ritual sino realmente, convirtiendo en ofrenda a Dios nuestro ser y quehacer (Rom 12,1).  Una llamada a tomar posturas críticas: “No os ajustéis a este mundo” (Rom 12,2). Como creyentes no podemos perder de vista nuestra referencia principal, Dios. Por todo ello, es necesaria esa renovación interior a la que alude san Pablo: “Transformaos por la renovación de la mente” (Rom 12,2).

      Dios, por medio de su Palabra, nos sitúa en una alternativa de libertad y de responsabilidad (Mt 16,24). Pero desde la decisión de seguirle, no deberían quedar espacios para la duda ni la ambigüedad; pues, por encima de todo, nos guía una certeza, que viene de Dios: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí (es decir, la consume en opciones de entrega y amor) la encontrará” (Mt 16,25). Son los planteamientos de Dios.

    El profeta Jeremías abre una pista, desde la que todo puede ser mejor asumido: la seducción.  Dios, Cristo, la Palabra de Dios ¿nos seducen? ¿Los que entramos en las iglesias para celebrar la eucaristía entramos seducidos y, sobre todo, salimos seducidos? Sin esta experiencia, creer en el Evangelio y la evangelización es imposible.

REFLEXIÓN PERSONAL. 

.- ¿Qué conocimiento y qué vivencia tengo de la palabra de Dios?

.- ¿Desde dónde hago los discernimiento en la vida?

.- ¿Según qué prioridades planifico mi vida?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

martes, 18 de agosto de 2020

DOMINGO XXI -A-

1ª Lectura: Isaías 22,19-23.

    Así dice el Señor a Sobna, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa                         

                                     ***                  ***                  ***

    A la pretensión prepotente de este funcionario responde el profeta con la denuncia y el anuncio de su destitución. A Sobna se le había subido el poder a la cabeza: ha pretendido “construirse” un memorial (una tumba) para inmortalizar su figura (Is 22,15-16) y, además, ha realizado una gestión política equivocada y sorda a las demandas del pueblo. El poder es una llamada al servicio, no a satisfacer proyectos personales egoístas. Dios suscitará un nuevo servidor -Eliacín-, que parece tampoco caminó con fidelidad ante el Señor (Is 22,24-25), favoreciendo descaradamente a sus familiares.

2ª Lectura: Romanos 11,33-36. 

    ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

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     Estos versículos son el final de la reflexión que Pablo hace sobre la actual situación de Israel, de cómo se ha llegado a esta paradójica situación de que el pueblo elegido no hay reconocido a Cristo (Rom 9-11). También para Israel hay espacio. Solo Dios en su sabiduría y providencia conoce y maneja los hilos de la historia. Y Pablo se entrega confiadamente a esa generosidad, sabiduría y conocimiento de Dios. E invita a los cristiano a abrirse a ese plan de Dios, y a no condenar a sus “hermanos” de alianza.

Evangelio: Mateo 16,13-20.

    En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

    Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?  Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.  Jesús le respondió: ¡Dichoso tu Simón, hijo de Jonás! , porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

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El texto tiene como referente a Mc 8,27-30. Pero introduce un elemento original de la tradición mateana: las promesas a Pedro como depositario de las llaves del reino de los cielos y piedra básica de la Iglesia. La prohibición de no decir a nadie que Jesús era el mesías, obedece a la ambigüedad que rodeaba a ese título. Normalmente asociado a una comprensión triunfalista y de poder, Jesús presenta “otra” muy distinta (Mt 16,21), que ni el mismo Pedro comprendía (Mt 16,22), y que provocó una severa reprensión de Jesús, llamándole “Satanás”. Simón Pedro oscila entre ser designado “piedra” sólida y “piedra” de tropiezo.

REFLEXIÓN PASTORAL.

    El entusiasmo inicial en torno a Jesús comienza a decrecer y a despuntar una cierta hostilidad protagonizada por los dirigentes religiosos. ¡Jesús comienza a ser cuestionado! Y esto afecta necesariamente a la confianza del grupo. Para serenar el horizonte, el Maestro decide abrir un breve paréntesis en su actividad, retirándose con los Doce a la región de Cesarea de Filipo. Y lo primero que hace es clarificar la situación: ¿cuál es el estado de la opinión pública? Los discípulos le informan, en realidad solo de la parte favorable, ocultando los movimientos de rechazo generados ya contra él (cf. Mt 9,34; 12,24).  Pero Jesús va más allá. Le interesa la opinión de los suyos: “¿Vosotros, quién decís que soy yo?” (Mt 16,15). Y Pedro se adelanta, proclamando: “El Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

    Inspirado por el Padre, Pedro ha formulado el núcleo de la fe de la Iglesia. Y Jesús convierte esa fe en la piedra angular de la misma. “Sobre esta afirmación que tú has hecho: ´Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo`, edificaré mi Iglesia” (San Agustín: Sermón 295).

     Sí; el fundamento de la Iglesia no es Pedro, sino la fe de Pedro -Jesucristo-; no hay otro fundamento, pues “nadie pude poner otro fundamento que el ya puesto, Jesucristo” (1 Cor 3,11). Ese ha sido el designio, su decisión más sublime (2ª lectura). La fe en Cristo es la roca sobre la que se asienta la Iglesia, por eso hemos de estar muy atentos a no fundamentarla en otras cosas. Una fe que se acoge, se proclama y, sobre todo, que se concreta en la vida. La Iglesia surge de la fe, y solo puede mantenerse en la fe. “Si no creéis no subsistiréis” (Is 7,9).

     La Iglesia no salva -solo Dios es salvador-, sirve al proyecto salvador de Dios. A ella se le han entregado “las llaves del Reino de los cielos” (Mt 16,1), como a Eliacín le fue entregada la llave del palacio de  David (1ª lectura). Y, partir de ahí, su misión es hacer posible y hacer visible la realidad de ese Reino. La fuerza de la Iglesia es la fe.

    Conocemos la respuesta de Pedro (Mt 16,16), pero no basta; en todo caso, esa respuesta no ha cerrado la pregunta, que tiene doble resonancia: personal-contemplativa y testimonial-apostólica. Es llamada a descubrirlo personalmente, y a descubrirnos personalmente ante él.  No es la invitación a crear un Jesús a la medida de nuestros deseos, sino a descubrirlo allí donde él ha querido dejar los signos de su presencia (Mt 25,31ss; 1 Cor 11,23-25...). Y puesto que ese conocimiento y reconocimiento no es conquista humana sino revelación del Padre (Mt 16,17), tal pregunta nos llevará, necesariamente, al mundo de la oración.

     Y hay algo más. No es solo la pregunta por la identidad de Jesús sino por su entidad significativa para la vida. ¿Qué densidad, qué contenido, qué tono aporta ese conocimiento? Pues no basta con saber quién es Jesús, es preciso saber qué significa existencialmente (Lc 6,46; Mt 7,21). Es la primera resonancia la    personal contemplativa.                                                                                                             

    Pero la pregunta contiene una resonancia ulterior: ¿Quién decís que soy yo a los otros? Porque a ese Jesús descubierto personalmente, hay que descubrirlo públicamente. El Cristo conocido debe ser dado a conocer. Y eso llevará, inevitablemente, al centro de la vida, para ser testigos de lo que hemos visto... (I Jn 1,1), pues no se enciende una luz para ponerla bajo de un celemín (Lc 11,33). Es la interpelación testimonial-apostólica.

    Ambas resonancias deben ser escuchadas; pues, por un lado existe la tentación de contentarse con imágenes edulcoradas de Cristo y, por otro, la inclinación a privatizar la fe. La fe que no deja huella en la vida es pura evasión, y que el anuncio de Jesús, sin vivencia personal, no es evangelización, sino mera propaganda.  ¿Quién decís que soy yo? Una pregunta que no solo define a Jesús sino a sus discípulos.

REFLEXIÓN PERSONAL.

.- ¿Cómo es mi testimonio de Cristo? ¿Teórico o vivencial?

.- ¿Quién es Jesucristo para mí?

.- ¿Con qué pasión lo busco?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.

 

martes, 11 de agosto de 2020

DOMINGO XX -A-

1ª Lectura: Isaías 65. 

    Así dice el Señor: Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alabanza: los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos.

                                    ***                  ***                  ***

   Probablemente posterior al regreso del Destierro, este oráculo, fiel a la tradición universalista de los grandes profetas (cf. Is 45,14ss), proclama a un Dios abierto, sin fronteras étnicas ni políticas. Para los prosélitos (extranjeros convertidos al judaísmo) también están abiertas la puestas de la Casa de Dios, una casa que es casa de oración. Para entrar en ella es suficiente amar el nombre del Señor, practicar la justicia y perseverar en su alabanza.   

2ª Lectura: Romanos 11,13-15. 29-32.

    Hermanos: A vosotros, gentiles, os digo: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios; pero ahora, al desobedecer ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos que ahora no obedecen, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos.

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    Nada ni nadie está definitivamente perdido. Pablo hace una lectura peculiar del alejamiento provisional de Israel. Todo forma parte del designio salvador de Dios. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Dios es fiel, y no se desdice ni se olvida. Esta certeza alimenta la fe del apóstol respecto de sus hermanos judíos. Si el actual “rechazo” ha producido tanto fruto a los paganos, ¿qué ocurrirá el día de su “reincorporación”? Por eso invita a no levantar fronteras ni a atrincherarse tras ellas: nada de anatemas; hay que recuperar el lenguaje del amor y la misericordia comprensiva.

Evangelio: Mateo 15,21-28.

   En aquel tiempo, salió Jesús y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

   Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se acercaron a decirle: Atiéndela que viene detrás gritando.

   Él les contestó: Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

   Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: Señor, socórreme.

   Él le contestó: No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

   Pero ella repuso: Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

   Jesús le respondió: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

   En aquel momento quedó curada su hija.

 

                        ***                  ***                  ***                  ***

 

    Tres momentos pueden detectarse en este relato: narración, instrucción y corrección. Comparado con el paralelo de Mc 7,24-30 se advierten algunos matices peculiares. Jesús, tras la disputa con los fariseos (Mt 15,1-20), sale a tierra extranjera. Y allí tiene lugar la escena, protagonizada por el drama de una madre pagana. Aparentemente Jesús se mueve dentro de los cánones de la ortodoxia judía, pero obrando así pone al descubierto la inhumanidad del sistema. Los mismos discípulos, aunque por otros motivos le piden que atienda a esa mujer. Finalmente, Jesús salta las fronteras y realiza el milagro, porque allí, en aquella mujer, había una grande fe. Es la narración. A partir de ahí el relato se convierte en instrucción a una comunidad de cristianos provenientes de judaísmo que miraban con prejuicios y reticencias la apertura a los paganos, y, finalmente, puede leerse también como una corrección de conductas aislacionistas y sectarias, mostrando cómo Jesús se acercó a todas las personas, superando fronteras geográficas y religiosas.   

REFLEXIÓN PASTORAL

    No hay limitaciones geográficas ni étnicas al amor de Dios. Jesús traspasa todas las fronteras (Ef 2.14). Dios no discrimina, y nos urge a no discriminar (1ª lectura). Es, también, el mensaje de la segunda lectura: “… pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Rom 11,32); no hay méritos que justifiquen su amor. Es gratuito.

     La vía de acceso a Dios está abierta a los que guardan el derecho y practican la justicia (Is 56,1; Hch 10,34-35), y a los que creen.

     ¿Y qué es creer? No es solo saber y aceptar intelectual y afectivamente unas verdades; hay que acogerlas efectivamente, o, mejor, hay que acogerse efectivamente a la Verdad, dejarse inundar por ella. Creer es integrar la vida en el designio de Dios -“Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch 22,10)-, e integrar el designio de Dios en la vida -“Hágase en mí, según tu palabra” Lc 1,38)-. La fe es acogida y entrega; recepción y donación.

      Es aceptar sin reticencias el señorío de Dios en la vida. Recrear cada día, en el horizonte concreto del hermano, el amor con que Dios nos ama (1 Jn 4,16). Amor misericordioso, que no espera a que seamos buenos para amarnos, sino que nos hace buenos al amarnos; por eso es creador y redentor.

     Mensaje que adquiere toda su fuerza en esta escena evangélica: Jesús entra en contacto con lo heterodoxo: tierra extranjera y mujer extranjera, que le suplica no con oraciones rituales sino con gritos de dolor. Los discípulos, queriendo deshacerse del problema, le piden que intervenga. Jesús da una respuesta desconcertante: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 15,24). Con ella, más que expresar sus sentimientos personales, Jesús parece subrayar lo ridículo que son los sectarismos y apriorismos del judaísmo.

    Cuando, postrada a sus pies, la mujer le suplica, con el corazón roto, por la salud de su hija, Jesús continúa en el mismo tono de la ortodoxia judía: no hay que desperdiciar el pan de los hijos. Y la mujer, madre sobre todo, asume la aparente matización, porque no está allí para discutir de privilegios, sino para arrancar de Jesús la curación de su hija. Está dispuesta solo a las migajas.

    Y, ante la fe de aquella mujer, Jesús parece desmoronarse. Y  aquí es donde quería llegar Jesús: la fe no tiene fronteras. Y esa fe arranca el milagro, pero sobre todo una gran lección: “Mujer, qué grande es tu fe” (Mt 15,28), porque “todo es posible para el que cree” (Mc 9,23).

     Y ¿qué es la fe? Para hablar de la fe en Dios, primero hay que considerar la fe de Dios, porque Dios es creyente, y modelo de creyentes.  

    Como el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero (1 Jn 4,10), tampoco la fe consiste en que nosotros hayamos creído en Dios, sino en que El ha creído primero en nosotros. Porque Dios es Amor y Fe. Y ese Amor y esa Fe son el amor y la fe que nos salvan, y que nos urgen.

    El creyente no es un conquistador; es solo, y nada menos, un ser descubierto por Dios, y un  descubridor agradecido de las huellas de Dios, que siempre le precede (Sal 139). Antes de ser creyente, el hombre ha sido creído, y fue Dios el primero que creyó en él, hasta crearlo y entregarle su creación (Gen 1,27-29).           

    Y no fue éste su último acto de fe. A pesar del hombre, de su pecado, Dios siguió creyendo en él hasta hacerse hombre. Jesucristo es la profesión más perfecta de la fe de Dios en el hombre, por eso es también la formulación más perfecta de la fe del hombre en Dios. Es a esa fe a la que adhirió la cananea y a la que nos adherimos nosotros.

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo es mi fe? ¿Teórica, ritual…? O ¿creativa, vivencial e interpelante?

.- ¿Con qué la alimento?

.- ¿En qué la concreto?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 5 de agosto de 2020

DOMINGO XIX -A-










1ª Lectura: 1 Reyes 19,9a. 11-13a.

    En aquellos días llegó Elías al monte de Dios, al Horeb, se refugió en una gruta. El Señor le dijo: Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar.
    Pasó antes del Señor un viento huracanado; que agrietaba los montes y rompía los peñascos: en el viento no estaba el Señor. Vino después un terremoto, y en el terremoto no estaba el Señor. Después vino un fuego, y en el fuego no estaba el Señor. Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta.

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     Elías, perseguido, abandona el territorio de Israel y peregrina al Horeb, el lugar donde Dios se reveló a Moisés. Es un gesto de denuncia y de vuelta a lo original. Allí espera al Señor. Pero Dios le sorprende: se hace presente no desde las manifestaciones teofánicas tradicionales; escoge el susurro como signo precursor de su presencia. Dios no está circunscrito a “lo oficial”. Allí al profeta se le encomienda una misión más arriesgada que las que ha tenido que afrontar hasta entonces, pero no estará solo, Dios estará con él.

2ª Lectura: Romanos 9,1-5.

    Hermanos:
    Como cristiano que soy, voy a ser sincero; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según lo humano, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

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    Ante los cristianos de Roma Pablo no oculta lo que es su drama personal. Siente profundamente en su alma el rechazo del pueblo judío a la persona y al mensaje de Jesús. Convirtiéndose a Cristo, él no ha renunciado a sus “hermanos”. Se identifica con su valiosa herencia; solo siente que no se hayan abierto al “alma” de esa herencia, Jesucristo. La fidelidad al Evangelio no le convierte en enemigo de los que lo rechazan o desconocen. Es el reto permanente de su vida: acercarlos al conocimiento de Cristo.  


Evangelio: Mateo 14,22-33.

    Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
    Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por la olas, porque el viento era contrario. De madrugada. se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.
    Jesús les dijo en seguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
    Pedro le contestó: Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua.
    Él le dijo: Ven.
    Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame.
    En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
    En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios.

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     Tras el milagro de los panes, Jesús despide a los discípulos y se despide de las gentes. Ya solo, se retira al monte a orar. La oración es esencial en la vida de Jesús. Desde ese “faro” de la contemplación sigue la travesía de los discípulos. La oración de Jesús no es ausencia ni huida, sino presencia. Es la primera escena.
    La segunda tiene ver con la travesía de los discípulos. Con gran sencillez Jesús aparece cercano a los suyos en los momentos difíciles. El diálogo con Pedro, y sobre todo la pregunta centran el relato. Solo la fe salvará a la barca y mantendrá a flote a los discípulos. Ella es el timón y la brújula que aporta seguridad y orientación a la barca. Se trata de una “parábola” de la travesía de la iglesia en un mar de dudas y de aguas agitadas. Pero el Señor está siempre atento y presente, en medio de las turbulencias.
    

REFLEXIÓN PASTORAL

    La existencia humana reviste, frecuentemente, las características de una travesía no exenta de riesgos y peligros. Si es cierto que, unas veces veces, parece discurrir por parajes encantados y encantadores, no es menos cierto que, en otras, afronta momentos de incertidumbre y angustia. El fragmento evangélico que se proclama este domingo es una referencia iluminadora. También el texto de la primera lectura está en esa línea.
     Elías, campeón de la fe ante una sociedad desorientada política, social y religiosamente, se siente dominado por el desánimo. Ve el deterioro y el rechazo; considera su vida quemada, gastada en una causa justa, sí, pero utópica. Y huye al desierto, refugiándose en una cueva,  pidiendo a Dios que le envíe la muerte (1 Re 19,1-4).
     Elías pensaba que estaba solo, pero Dios estaba con él para llenar de sentido y de esperanza su vida. ¡Elías creyó!
     San Pablo también, en la segunda lectura, dice atravesar por una experiencia profunda de dolor por el rechazo que la mayoría de sus “hermanos, los de mi raza y mi sangre” (Rom 9,3) han dado a Jesús y  a su Evangelio. Pero tiene esperanza que esa situación acabará por revertir e Israel reconocerá a Jesús como el Mesías, porque Dios es fiel.
     El relato evangélico nos presenta no ya a un hombre solo, sino a una barca llena de hombres, y llenos de miedo y de dudas. Sabemos que esa barca significa para el evangelista san Mateo la Iglesia.
     En su travesía, la barca de la Iglesia, surcará aguas agitadas -las está surcando-; necesitará manos expertas que la guíen, pero, sobre todo, necesitará confiar en el Señor, pues aunque camine por cañadas oscuras (Sal 23,4) y se agiten los mares con su furia (Sal 93,4), Dios es el Enmanuel (Is 7,14).
      En la vida tranquila, creer en Dios y en Cristo, resulta fácil. Cuando todo sucede a la medida de nuestros deseos, nos sentimos invadidos por la presencia de Dios. Nos sentimos bendecidos. Nadar y navegar a favor de la corriente es cómodo.  Pero llegada la tempestad, el viento contrario, la noche del sufrimiento físico, del fracaso profesional, del problema familiar, de la ancianidad, de la soledad…, sentimos el vacío y hasta el abismo abierto a nuestros pies. Y nos preguntamos ¿dónde está Dios?, ¿podrá sacarnos de estas aguas turbulentas? Y estamos expuestos a caer en la tentación de pensar si nuestra fe no habrá sido solo una fantasía, y Cristo solo un fantasma. ¡Y dudamos!
    Y dudar no es malo; porque la duda ayuda a purificar certezas irreflexivas e infantiles. Pero hay que salir de dudas. No podemos permanecer indefinidamente en esas aguas. El milagro, entonces, puede hacerse milagro para nosotros. Basta, y es necesario, que sintamos, que sepamos descubrir la presencia del Señor.
   Todos hacemos nuestra peculiar y personal travesía por ese mar de dudas. Sus aguas no sólo bañan las costas de nuestras vidas, sino que a veces las azotan e inundan, cubriéndolas con su inquietante oleaje de preguntas y temores.
         ¿Por qué has dudado?” (Mt 14,31).  Esta pregunta de Jesús a Pedro no es solo una recriminación a la incredulidad, sino una invitación al análisis.
¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” (Lc 24,38), preguntó Jesús a sus discípulos, confusos después de su muerte y resurrección.
         ¿Por qué surgen dudas en nuestro interior? Quizá porque no hemos salido de él, encerrados en nuestros egoísmos y temores. Quien toca o  abraza con fe la Cruz de Cristo; quien hace la experiencia de amar como Dios manda, o mejor, como Dios ama, supera todas las dudas. Y aborda decisiones profundas, como hubo de hacerlo Pablo. Su opción por Cristo configuró su existencia, llevándole a un tránsito existencial: del integrismo judío al seguimiento radical de Jesús.
         Hay que salir de dudas; para eso hay que salir de uno mismo y tomar la mano que Cristo nos tiende, aunque notemos en ella la señal de los clavos. Es la prueba más cierta de que esa mano es la suya.
 
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué espacio tiene la oración en mi vida?
.- ¿Qué tipo de oración?
.- ¿De dónde provienen las dudas de mi interior?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.