sábado, 27 de junio de 2026

DOMINGO XIII -A


 1ª Lectura: 2 Reyes 4,8-11. 14-16a

    Un día pasaba Eliseo por Sunem y una mujer rica le invitó con insistencia a comer. Y siempre que pasaba por allí iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: Me consta que ese hombre de Dios es un santo. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil y cuando venga a visitarnos se quedará allí.

    Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guiezi: ¿Qué podemos hacer por ella?   Contestó Guiezi: No tiene hijos y su marido es viejo.  El le dijo: Llama a la Sunamita. La llamó y ella se presentó a él. Eliseo dijo: El año que viene, por estas mismas fechas abrazarás a un hijo.

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    Este breve relato forma parte de las “leyendas” o “milagros” que sobre el profeta Eliseo, con una clara finalidad apologética, transmite el 2 libro de los Reyes (4,1-6,7). El relato es más extenso, y es recomendable leerlo en su integridad para su comprensión (2 Re 4,8-37). Con él se pretende exaltar la figura de Eliseo como un “santo, un hombre de Dios”. Y, al mismo tiempo, mostrar el rostro del Dios al que sirve el profeta: un Dios compasivo, cercano al necesitado (en este caso a un matrimonio estéril). Un Dios que bendice con la vida, porque es dador de vida.

 2ª Lectura: Romanos 6,3-4. 8-11.

   Hermanos:

    Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor Nuestro.

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    La vida del cristiano ha de estar asociada a la de Cristo, a la que se incorpora sacramentalmente por el bautismo, signo de la participación en el misterio de su muerte y resurrección. Desde aquí, se reivindica la necesidad de una clara conciencia del significado de la espiritualidad bautismal. El bautismo no puede banalizarse, y ha de ser recuperado de ciertas “celebraciones” que lo distorsionan, haciéndolo irreconocible como sacramento de la iniciación cristiana.

Evangelio: Mateo 10, 37-42.

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentra su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un baso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, solo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.

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     No deja de ser significativo que los destinatarios de estas advertencias tan radicales sean los doce apóstoles, aquellos que ya han decidido dejarlo todo y seguirle (cf. Mt 19,27). Jesús les recuerda que no es lícito poner la mano al arado y mirar para atrás (cf. Lc 9,62). Él se ha identificado con ellos, por ellos salió del Padre (cf. Jn 16,28), y ahora les pide a ellos que se identifiquen con él, por encima de cualquier otra referencia. Esto no rompe los lazos familiares pero los “resitúa”. Jesús debe ser “priorizado”. Él no es excluyente; la opción por él enriquece la vida. Pero esas palabras no son exclusivas para los doce apóstoles; nos incluyen a todos los que queremos ser sus discípulos.

REFLEXIÓN PERSONAL

     El “Discurso de la misión” continúa inspirando la reflexión de este domingo XIII del Tiempo Ordinario. Son las palabras finales (leerlo).

     Dos ideas  se destacan: la necesidad de priorizar, de privilegiar a Jesucristo como referencia primera y última de la existencia, y la de no idealizar ni ideologizar la fe, sino concretarla en el horizonte de la acogida y asistencia fraternas.

      En primer lugar, Jesús no viene a cuestionar, ni mucho menos a romper el amor en la familia, sino a fundamentarlo en un amor previo y primero, su amor, desde el que se profundiza y purifica el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres, el amor conyugal de los esposos y el amor fraterno de los hermanos. No es, pues, un rompefamilias. Pero advierte de que en ocasiones hasta a ese espacio, la familia, puede llegar la necesidad de “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Se trata de vivir el amor familiar en el amor de Cristo; vivir el amor en su Amor.

     Tampoco la invitación a tomar la cruz lo es al victimismo ni a la resignación, sino al protagonismo responsable, al seguimiento de la ruta marcada por Cristo. La cruz cristiana debe tener los mismos perfiles que la de Cristo. Quien tome en serio el seguimiento del Señor se adentrará por un camino difícil, estrecho, aunque sea el camino que conduce a la Verdad y a la Vida, o quizá precisamente por eso es así, estrecho y difícil.

      La exigencia del seguimiento llega, incluso, hasta la relativización de uno mismo, la relativización de la propia existencia. S. Pablo lo entendió perfectamente: “Todo lo considero basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; para mí, la vida es Cristo y una ganancia el morir” (Flp 3,8). La existencia del cristiano debe estar configurada por la de Cristo, con su muerte y su resurrección (2ª lectura). Eso es lo que realiza y ratifica el bautismo. Un sacramento que no puede banalizarse, y ha de ser recuperado de ciertas “celebraciones” que lo distorsionan, haciéndolo irreconocible como sacramento de la iniciación cristiana.

     Junto a estos subrayados o concreciones de la necesidad de priorizar a Cristo como referencia primera y última de la existencia, las palabras finales del Discurso apuntan a la necesidad de no espiritualizar o idealizar demasiado la fe en Cristo. Él ha querido vincularse y vincularla al hombre: “por eso, quien a vosotros recibe, a mí recibe…, y ni un baso de agua fresca dado en mi nombre quedará sin recompensa”.

     Sí; la acogida de Jesús no puede ser meramente intelectual, teórica. Creer en Cristo significa convertir el corazón en casa de acogida cálida y tierna. “Pues, si alguno dice: amo a Dios (creo en Dios) y no ama a su prójimo, miente; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). “Pues si alguno ve a su hermano pasar necesidad y le cierra el corazón, ¿Cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17). ¡Es imposible vivir de frente a Dios y de espaldas al prójimo! Siempre que pretendamos dirigirnos a Dios, diciendo: “Padre nuestro”, Él nos va a preguntar: “¿Dónde está tu hermano?” (Gén 4,9).  

REFLEXIÓN PASTORAL

.- ¿Priorizo a Cristo en mi vida, o lo compatibilizo y hasta supedito?

.- ¿Qué concreción tiene en mi vida el seguimiento de Jesús?

.- ¿Qué vivencia tengo del bautismo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 19 de junio de 2026

DOMINGO XII -A-

1ª Lectura: Jeremías 20,10-13.

   Dijo Jeremías: Oía el cuchicheo de la gente: “pavor entorno”. Delatadlo, vamos a delatarlo, mis amigos acechaban mi traspiés. A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los Ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo de su corazón, que yo ve la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de la mano de los impíos.

                                            ***                ***              ***

   La “pasión” por Dios le produjo Jeremías una serie de situaciones adversas hasta amenazar su vida. Su fidelidad a Dios era interpretada por los dirigentes como traición a la nación. Pero, con una profunda sensación de dolor, Jeremías nunca tuvo la sensación de fracaso. Su confianza en Dios le prohibía el desaliento. Sabía que “Dios está conmigo… y no podrán conmigo”. 

 2ª Lectura: Romanos 5,12-15.

     Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres porque todos pecaron… Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pero a pesar de eso, la muerte reinó, desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, muchos más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.

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   La historia humana está marcada por el pecado, pero no está condenada al pecado; pues “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20). Cristo ha introducido de nuevo la esperanza. “No hay proporción entre la culpa y el don”.  En Cristo Dios ha optado a nuestro favor.  No hay que tener miedo.    

Evangelio: San Mateo 10,26-33.

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

    Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.

     No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

     Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, to también lo negaré ante mi Padre del cielo.

                                             ***               ***                 ***

 

   En el “Discurso de la misión”, Jesús no oculta a los discípulos las dificultades inherentes a la tarea evangelizadora, pero les garantiza la presencia providente del Padre. No hay que tener miedo. Los “peligros” de la misión están cubiertos por un seguro de calidad: nuestras vidas están en las manos de Dios. Como dirá Pablo: “En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó…; pues nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8,37. 39).

REFLEXIÓN PASTORAL

    No tengáis miedo” (Mt 10,26) es la expresión que más frecuentemente se repite en el Evangelio de este Domingo. Una invitación  no a la temeridad autosuficiente, sino a la audacia asentada en la confianza en la Providencia de Dios, que no crea que nada que no haya amado, y no mantiene en la existencia nada que no ame (cf. Sab 11,24-25).

     El profeta Jeremías (1ª) sintió los miedos del entorno: “Oía el cuchicheo de la gente…” (Jer 20,10), pero sintió también por dentro la fuerza de la presencia del Señor: “El Señor está conmigo” (Jer 20,11).

     Estad prontos a dar razón de vuestra esperanza” nos recuerda la 1ª Carta de san Pedro (3,15). No podemos hurtar a los hombres el testimonio cristiano; aunque, en no pocas ocasiones, revista una modalidad crítica para el que escucha, y autocrítica para los que hemos de dar  ese testimonio.

    El amplio y rápido despliegue de comportamientos y actitudes fundamentalistas e intransigentes en nuestro tiempo es un signo preocupante. Oponer a eso la tolerancia es bueno y necesario. ¿Pero qué tolerancia? 

     No es infrecuente que, ante ese “fundamentalismo” intransigente, se defienda un “neutralismo” que, en el fondo, no es sino “absentismo” y huida del compromiso por buscar y testimoniar la Verdad.

     La tolerancia debe surgir de la convicción de que la verdad es un horizonte y un quehacer, y de que todos somos peregrinos en esa búsqueda. Nadie la “agota” y nadie está totalmente desprovisto de ella. Sin “agotarla” nadie, pero sin “imponerla” nadie ni a nadie, la verdad se expone y propone, pero no se impone.

     El Evangelio, invitando a ser no solo críticos, sino autocríticos; no  llama a la indiferencia, sino al amor. Y el amor nunca es indiferente frente al prójimo y frente a la Verdad. Hoy existe mucha indiferencia camuflada de tolerancia, porque existe poco amor al prójimo y a la Verdad.

     La tolerancia supone un esfuerzo positivo de comprensión, de respeto, de pluralismo, de acogida, aceptando la diferencia no como distancia sino como riqueza. Y, al mismo tiempo, supone un rechazo de cualquier tipo de inhibición, de huida ante las urgencias del prójimo.

         Jesús nos invita a la claridad. Las “oscuridades” de nuestro tiempo, ¿no dependerán, al menos en parte, de la falta de “luminosidad” de muchos cristianos? La falta de Verdad que nos rodea e invade quizá sea una invitación a preguntarnos ¿qué hemos hecho los cristianos de la Verdad?

         El libro de los Hechos nos dice que los discípulos daban testimonio de Jesús públicamente con mucho valor y que la ciudad se “llenó de alegría” (8,8). ¿No seremos responsables, con nuestro silencio sobre Jesús, de la falta de alegría que existe en nuestra ciudad?

   ¡No tengáis miedo!”  ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡No tengáis miedo!” (Juan Pablo II: Homilía en el comienzo de su Pontificado).

    No tengáis miedo”. El Evangelio no puede ser silenciado, aunque no falten los intentos por conseguirlo. Los creyentes no podemos ser cómplices de esa campaña que, so capa de convivencia y de respeto a todas las opciones y opiniones, tiende a devaluar la voz específica del Evangelio. La vista reciente del Papa nos ha dado un ejemplo.

     No tengáis miedo”, porque Cristo no ha dudado en precedernos en esa ruta de un testimonio radical en favor de la verdad, obteniéndonos “la benevolencia y el don de Dios” (Rom 5,15).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cuál es la razón de nuestros miedos?

.- ¿Cuáles son nuestro miedos?

.- ¿Quizá hemos confiado demasiado en nuestros “medios”, y éstos han revelado su inconsistencia y fragilidad?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

viernes, 5 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -A-

 

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -A-

 1ª Lectura: Deuteronomio 8,2-3. 14b-16a.

     Habló Moisés al pueblo y dijo: Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná -que tú no conocías ni conocieron tus padres- para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo de cuanto sale de la boca de Dios. No sea que te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua; que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó con un maná que no conocían tus padres.

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    Antes de entrar en la Tierra prometida, Moisés invita al pueblo a “recordar” el camino liberador que Dios ha hecho con él a lo largo del desierto. Esa “memoria” debe acompañarle siempre. Un camino jalonado de “pruebas”, para conocer sus verdaderas intenciones, pero sobre todo un camino jalonado de providencia amorosa de Dios, manifestada, entre otros signos, en el maná, evocación de otro alimento, el verdadero: el que sale de la boca de Dios, y profecía del pan eucarístico.

 2ª Lectura: 1ª Corintios 10,16-17.

    Hermanos:

    El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

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     Nos encontramos ante el testimonio más antiguo del Nuevo Testamento sobre la Eucaristía. Pero Pablo no solo está dando una información ni haciendo solo una afirmación sobre ella. Está advirtiendo del peligro de distorsionarla. Esta es presencia real/sacramental de Cristo, pero es al mismo tiempo propuesta existencial de Cristo para los cristianos. La Eucaristía es vínculo de unión de los cristianos con Cristo y de los cristianos entre sí.

Evangelio: Juan 6,51-59.

     En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

    Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

    Entonces Jesús les dijo: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

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    Quizá estos versículos encajarían mejor en el contexto de la última cena de Jesús con sus discípulos, tal como la narran los sinópticos. El autor del IV Evangelio los insertó aquí como continuación del discurso sobre el pan de vida (Jn 6,22-71) tras la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15). Como Moisés desveló el sentido del maná (Dt 8,3), Jesús desvela el sentido y la identidad del pan verdadero: el que da la vida eterna que solo el Hijo del Hombre puede dar (Jn 6,27). Él es el verdadero maná (Jn 6,32). Pan de la vida; pan necesario; pan gratuito; pan de comunión. Ese es el pan por el que hemos de esforzarnos (Jn 6,27); porque ese es el pan que sacia de verdad las hambres del hombre.

REFLEXIÓN PASTORAL

La celebración de esta fiesta debe suscitar una pregunta: ¿Qué es la Eucaristía? Una pregunta necesaria en unos contextos como los nuestros, donde todo se rutinariza, se desdibuja y desfigura con presentaciones “a la carta”. Porque no podemos convertir en rutina irrelevante la herencia de Jesús.

La Eucaristía es la mayor audacia de Cristo, de su amor. El colofón de la gran aventura de la encarnación de Dios. No fue una improvisación de última hora. Fue algo muy pensado. Nació de su corazón. El amor tiene necesidad de dar y, si es preciso, de darse. Pero, además, el amor desea quedarse. La ausencia es el gran tormento del amor. En la hora del “adiós” se dejan cosas que suplan o amortigüen la ausencia… No importa lo que sea, pero siempre es algo en el que uno pone lo mejor de sí mismo, “para que te acuerdes de mí”, decimos.

La Eucaristía no fue, pues, un hecho aislado ni aislable en la vida de Cristo: se sitúa en la lógica de su vida, una vida para los demás, una vida entregada.  Y de maneras diferentes fue sembrando su vida de alusiones.

Siendo sapientísimo, no supo inventar cosa mejor; siendo todopoderoso, no pudo hacer nada mejor ni hacerlo mejor; siendo riquísimo, no pudo hacernos mejor don que el de sí mismo. Ahí está el misterio de la eucaristía.       

La Eucaristía es presencia real, no única (no excluye otras presencias de Jesús), pero singular y privilegiada. Presencia para adorar y escuchar en la oración y meditación; presencia a celebrar como sacramento de nuestra fe (Lc 22,19); presencia para actualizar apostólicamente “hasta que vuelva” (I Co 11,26); presencia cohesionadora de la comunidad cristiana (1 Cor 10,16-17); presencia que nos invita a interpretar eucarísticamente la propia vida, en clave de donación y entrega (Lc 22,19-20) y de acción de gracias (Col 3,15).

         De esto nos habla la Eucaristía, pero no solo nos habla, también nos urge. Esa presencia no es solo evocadora sino provocadora. Cristo hecho presencia nos urge a hacerle presente en nuestra vida, y a estar presentes junto al prójimo. Cristo hecho pan, nos urge a compartir nuestro pan. Cristo solidario, nos urge a la solidaridad fraterna. Cristo, entregado y derramado por nosotros, nos urge a abandonar posiciones cómodas para recrear su estilo radical de amar y hacer el bien. Por eso la Eucaristía es recordatorio y llamada al amor fraterno. Es la expresión de la caridad de Dios al hombre y llamada a la caridad del hombre para con el hombre. Comulgar a Jesús supone comulgar con todo lo de Jesús. La comunión eucarística debe ser una “encarnación” de Jesús en nuestra vida y de nuestra vida en Jesús.

Hay otro aspecto, entre muchos y de gran transcendencia, que no conviene olvidar: la Eucaristía es presencia y ausencia de Cristo; certeza y nostalgia. Nos habla de Cristo y nos remite a Cristo. Es memoria de Cristo y  profecía de Cristo. La celebramos mientras esperamos su gloriosa venida (Ap 22,20). Por eso es “el sacramento de nuestra fe”, del amor de Cristo y de la esperanza cristiana.  Solo desde ella estamos capacitados para salir al encuentro de la vida como profetas del Señor (Jn 15,5). La Eucaristía no solo es alimento de vida sino proyecto y modelo de vida.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Alimento mi vida con la fuerza de la Eucaristía?

.- ¿Cómo me acerco a ella?

.- ¿Cómo la traduzco en mi vida

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.