lunes, 24 de febrero de 2020

DOMINGO I DE CUARESMA -A-



1ª Lectura: Génesis 2,7-9; 3,1-7.

    El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.
    La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?
    La mujer respondió  a la serpiente: Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte.
    La serpiente replicó a la mujer: No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal.
    La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se le abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

                            ***             ***             ***
    Las sugerencias que se encierran en este relato (el segundo relato de la creación del hombre) son muchas y elocuentes. La bipolaridad del hombre - Dios, su modelador, y la arcilla, su materia prima-. El hombre está emparentado con Dios y con la tierra. Es su luz y su sombra, su grandeza y su pobreza. Tras el hombre, aparece su espacio vital: un huerto frondoso, con dos árboles emblemáticos.
    La aparición de la serpiente introduce un elemento nuevo: el hombre es un ser en riesgo, expuesto a la tentación más radical: no aceptar ser hombre, no aceptar a Dios como su Señor.
    El relato de la tentación también encierra muchos matices: La mujer conoce la orden de Dios y corrige a la serpiente, pero acaba sucumbiendo a su sugerencia. Y convence al hombre. El final es dramático: su vista se ha ampliado, para descubrir su desnudez. Es la radiografía de la tentación: deslumbrar para cegar.

2ª Lectura: Romanos 5,12-19.

Hermanos:
    Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don; si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.
    Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: la sentencia contra uno acabó en condena total; la gracia, ante una multitud de pecados, en indulto.
    Si por la culpa de aquel, que era uno solo, la muerte inaguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo.
    En resumen, una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos. En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.

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     Para san Pablo, Adán y Cristo son los dos polos de la historia. Adán, el polo negativo con su carga de pecado y de muerte; Cristo, el polo positivo, con su carga de gracia y de vida. Para el Apóstol, el pecado es el origen profundo de la distorsión que padece el hombre y el mundo. Y este pecado no es una “fatalidad” sino una “irresponsabilidad”. A través de una exegesis un tanto farragosa (vv. 13-14), la conclusión a la que llega san Pablo es clara: la historia no está perdida ni condenada a la desesperanza: Cristo, su obra, supera la de Adán. Incorporados a él, recuperaremos la “justicia”.

Evangelio: Mateo 4,1-11.

                                                   
    En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó diciendo: Está escrito: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
    Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
    Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: Todo esto te daré si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.
     Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.

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     El relato mateano de las tentaciones está muy elaborado y cargado de intencionalidad teológico-pastoral. Jesús es presentado como una persona guiada por el Espíritu. El “desierto” no es tanto un espacio geográfico sino teológico, es el lugar donde el pueblo de Israel experimentó la prueba y la providencia de Dios. Los cuarenta días y cuarenta noches evocan a Moisés (Ex 34,28) y a Elías (2 Re 19,8), así como los cuarenta años de la travesía de Israel por el desierto (Dt 29,9; Sal 95,10). Las tres tentaciones son en realidad una sola: la pretensión de apartar a Jesús de su vocación de fidelidad al designio del Padre. Venciendo la tentación, Jesús se acredita como el verdadero Israel: venciendo donde sucumbió el antiguo Israel.
     Este relato nos advierte de cómo puede tergiversarse la palabra de Dios, hasta convertirla en arma tentadora -Satanás argumenta desde ella-; muestra cómo Jesús opta por la fidelidad, no por la espectacularidad, que hipoteca la libertad; y marca a los cristianos el camino para no caer en la tentación. 


 REFLEXIÓN PASTORAL

       Inauguramos una nueva estación del Año litúrgico: la Cuaresma. Todos estamos enterados, al menos por el ruido de los carnavales. En todo caso no habrá que ser excesivamente críticos con el carnaval de tres días; más preocupante es el de los restantes días del año. Lo grave no es la máscara y el disfraz de tres días, sino la que oculta el rostro los restantes días del año. Aunque no deberíamos pasar por alto ciertos dispendios oficiales, cuando hay familias sin vivienda…; hombres, mujeres y niños con la cara desfigurada no por máscaras, sino por las huellas del hambre de la angustia y la desesperación. ¡Tan contradictorios somos!
      Los cristianos  iniciamos la Cuaresma con una ceremonia que invita a la reflexión y a la decisión: la imposición de la ceniza, acompañada de unas palabras de  Jesús: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15).
     Conversión, palabra muy usada, casi manoseada, pero una realidad todavía por estrenar. Palabra a la que ya nos hemos acostumbrado, pero que es palabra de Cristo que hay que proclamar “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2), y que, también, hay que rescatar de un uso rutinario y ritualista.
     Las lecturas bíblicas nos hablan de cómo el hombre, desde muy temprano, se empeñó en hacer “su” propio camino…, y se perdió; quiso afirmarse de espaldas o frente a Dios…, y se hundió; quiso revestirse de saber y de poder…, y se descubrió desnudo… (1ª lectura).
      Pero Dios no lo dejó perdido, ni hundido, ni desnudo. Apareció Cristo como Camino y Salvación. Él es el rectificador y el modelo de rectificación para el hombre (2ª lectura).
     A un hombre que desdeñó su condición humana (Adán), le responde el mismo Hijo de Dios, que “siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó…, tomando condición de siervo…, haciéndose semejante  los hombres y apareciendo en su porte como un hombre cualquiera” (Flp 2, 6-7). 
    A un hombre desobediente a Dios, que rechaza ser hombre, le salva un Dios que opta por ser hombre y obediente al hombre, “hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,8): Jesucristo.
      Como el primer hombre, y como todo hombre, Jesús estuvo expuesto a la tentación. Pero Jesús no solo venció la tentación, sino que la iluminó, la desveló. Y así nos enseñó no solo a vencer sino a cómo vencer (Evangelio).
     Vencer la tentación no es solo no consentir, no solo es decir no, sino iluminar esa situación tentadora, desenmascarar su ambigüedad y su mentira -pues toda tentación se presenta como salvadora y portadora de felicidad- desde la palabra de Dios.
     No hay que huir, sino hacer frente; huyendo se rehúye la solución. Jesús nos ha enseñado  a afrontar la tentación desde la oración -“no nos dejes caer en la tentación” (Mt 6,13)- y desde la decisión responsable. A esto nos invita la Cuaresma.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Con qué “ánimos” afronto la Cuaresma?
.- ¿Qué resonancias provoca en mí la “conversión”?
.- ¿Qué abstinencias y que entregas preveo para esta Cuaresma?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.


martes, 18 de febrero de 2020

DOMINGO VII -A-

1ª Lectura: Levítico 19,1-2. 17-18.

    Dijo el Señor a Moisés: Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

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   Ya desde las primeras páginas de la Biblia aparece la santidad como vocación del creyente. Una santidad motivada: “porque yo, vuestro Dios, soy santo”, y una santidad encarnada en actitudes de apertura, acogida, perdón, amor… La santidad no es una evasión sino una inmersión en lo humano, para redimirlo desde el amor con el que hemos sido redimidos, el de Dios.

2ª Lectura: 1 Corintios 3,16-23.

   Hermanos:
   ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habite en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: “Él caza a los sabios en su astucia”. Y también: “El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos”. Así pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

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    San Pablo descubre el estrato más profundo del hombre, y del que se derivarán las exigencias más radicales, es templo de Dios, espacio de Dios y, por lo mismo, radicalmente santo. En ese conocimiento y reconocimiento está la verdadera sabiduría. A los corintios, que se fijaban excesivamente en los nombres, Pablo les advierte de que al hombre hay que mirarle  no desde el exterior -nombres, títulos….-, sino desde su verdad más profunda. Y desde ahí cualquier menosprecio del hombre equivale a una profanación del templo de Dios.


Evangelio: Mateo 5, 38-48.

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
    Sabéis que está mandado: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para andar una milla, acompáñale dos; a quien te pida, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
    Habéis oído que se dijo:
    Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el so sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

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    Continúa el texto de las propuestas alternativas de Jesús, con una invitación a desactivar la dinámica de la violencia con la fortaleza y la ternura del perdón. El discípulo no debe ser como uno más, reproduciendo los esquemas en curso. Ha de ser portador de comportamientos peculiares, los que se derivan de su filiación divina. En eso reside la “perfección” cristiana.


REFLEXIÓN PASTORAL


    Aceptamos frecuentemente la violencia, al menos la represiva, como un dato indiscutible. Parece tan natural responder a la agresión y vengarse de ella, que todo el mundo lo hace, hasta los cristianos.
     Si queremos comprender el giro radical que ha introducido Jesús en este tema, abramos la Biblia por el libro del Génesis (4,24). Y escuchemos luego la respuesta de Jesús a la pregunta de Pedro: “¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Hasta siete veces?”(Mt 18, 21.22).
    “Se dijo: `Ojo por ojo y diente por diente´. Pero yo os digo: `No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra´” (Mt 5,38-39).
     ¡Así no vamos hoy a ninguna parte! pensará más de uno. Y en el fondo tiene razón. Ni el mismo Jesús lo hizo. “Si he faltado en algo, muéstrame en qué, y si no, ¿por qué me pegas?”, replicó ante la agresión de que fue objeto en el proceso ante el Sumo Sacerdote (Jn 18,23). No presentó la otra mejilla, sino que se enfrentó con la brutalidad de aquel acto y lo desarmó con una pregunta, evidenciando su injusticia y sinrazón. Y es que perdonar no es subordinarse al mal, sino hacerlo frente, pero con otras armas, las del amor (Rom 12,21). Se trata de desactivar la violencia; descubriéndola y venciéndola primero en uno mismo.
     En la “propuesta de la mejilla” se halla toda una estrategia contra la violencia y la injusticia: amar al agresor, desvelándole  el sinsentido y la esterilidad de su agresión; desmontar su violencia, enfrentándola con la fuerza de la verdad, y no solo con la verdad de la fuerza. Y esto provocará más paz que otra represión violenta.
    ¿Demasiado utópico? ¿Demasiado teórico? No; ¡demasiado difícil! Porque para responder así uno ha tenido que convertirse en pacífico. La madurez de una sociedad y de una persona no reside en su capacidad de represión, sino en su capacidad de convicción. Y solo el amor y el perdón convencen.
     Importante lección. Como también lo son los apuntes que ofrecen las dos primeras lecturas: 1) Dios es el modelo y la motivación vital del creyente; la santidad es una configuración con el ser de Dios, y pasa por la actitud que se adopte frente al prójimo. La santidad debería ser lo normal no lo excepcional (1ª lectura).
    2) El cristiano debe ser consciente de su dignidad -templo de Dios- y de su pertenencia a Jesucristo (2ª lectura). La reflexión de san Pablo sobre el cuerpo merece ser meditada. Contra lo que pudiera parecer no siempre resulta fácil la comprensión y convivencia con nuestro cuerpo. Dada la visión distorsionada que de esta realidad se tiene y se difunde, va siendo cada vez más difícil conseguir la armonía personal que integre correctamente las dos dimensiones fundamentales del hombre: la corporal y la espiritual. Absolutizaciones en uno y otro sentido han contribuido a esa “ruptura”, y han conducido a una actitud de tabú o de banalización del cuerpo, cuando no ya a una visión extrínseca e instrumental del mismo (“yo hago con mi cuerpo lo que me place”).
         La palabra de Dios – “luz en el sendero de la vida” (Sal 19,105)- nos sugiere perspectivas nuevas para esa “convivencia” entrañable:
·        ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?” (1 Cor 6,15)
·        ¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en vosotros?” (1 Cor 6,19).
·        ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16; cf I Co 6,19 )
·         “Presentad vuestros cuerpos como una ofrenda viva, santa agradable a Dios” (Rom 12,1).
·        Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor 6,20).

     Una profundización en estos interrogantes y exhortaciones, seguramente nos alejaría del tabú o de la banalización, para introducirnos en una visión dignificadora y sagrada de nuestra realidad corporal. Por aquí pasan la verdadera santidad y sabiduría.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo acojo la llamada a la santidad en mi vida?
.- ¿Soy instrumento de paz?
.- ¿Me respeto y respeto a los otros como “templos” de Dios?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

lunes, 10 de febrero de 2020

DOMINGO VI -A-

1ª Lectura: Eclesiástico 15,16-21.

    Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja.
    Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impune a los mentirosos.

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    La obediencia a Dios no es un acto servil; es libre y exige un discernimiento responsable. Dios no impone el camino; nos sitúa ante él. El texto nos recuerda que el hombre vive en la presencia de Dios, una presencia que no es “opresiva” ni coartadora de su libertad, que invita al hombre a vivir en la verdad.

2ª Lectura: 1 Corintios 2,6-10

    Hermanos:
    Hablamos, entre los perfectos una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman”. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu, y el Espíritu todo lo penetra, hasta la profundidad de Dios.

                            ***             ***             ***

    El lenguaje del Evangelio no es el de la sabiduría de este mundo. El Evangelio es una sabiduría alternativa, “divina, predestinada por Dios para nuestra gloria”. Pablo insiste en esta peculiaridad no solo del mensaje sino del lenguaje del Evangelio. Un mensaje y lenguaje personificados en Cristo, que no fue reconocido por “los príncipes de este mundo”, y por eso fue crucificado. Pero es el lenguaje del amor de Dios, revelado a los que lo aman y que deben hablar los que lo aman.


Evangelio: Mateo 5,17-37

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas. No he venido a abolir sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasará el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos. Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los Cielos.
    Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
    Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.
    Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el Abismo.
    Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero en el Abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer -excepto en caso de prostitución- la induce a adulterio, y el que se casa con la divorciada comete adulterio.
    Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.


                                      ***             ***             ***

    Cual nuevo Moisés, con una novedad “cualitativa”, Jesús no anula pero relee desde claves más profundas y humanas algunos preceptos de la ley.  No es un abolicionista, sino un renovador y revelador de los núcleos más íntimos de la voluntad de Dios. Los mandamientos que cita son recordatorio de valores  humanos fundamentales -la vida, la integralidad del amor conyugal y la verdad-, y, además, recuerdos de la liberación de la esclavitud de Egipto y caminos para vivir en libertad y fraternidad. Pero él les descubre y abre a horizontes más profundos.



REFLEXIÓN PASTORAL

    Entre la algarabía de mensajes que dominaban en el mundo religioso judío, Jesús irrumpe poniendo unos “pero…” que están, según sus palabras, en la línea de “la plenitud” que Él ha venido a traer, y que invitan a la rectificación, a la clarificación y a la profundización.
    Mientras nosotros solemos quedarnos en la exterioridad de las cosas, en los cumplimientos rituales y rutinarios, en la apariencia, viviendo bajo mínimos…; Él quiere situarnos en la profundidad y autenticidad de los valores.
    Y los más importante -con serlo y mucho- no son los “pero…” concretos que nos transmite el texto evangélico, sino el talante que revelan. Invitan a contemplar a Jesús como al auténtico Maestro, porque es quien tiene palabras de salvación (cf. Jn 6,68).

         Pero yo os digo…

·        Nos gusta juzgar…: “No juzguéis” (Mt 7,1ss)
·        Nos gusta recibir más que dar…: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).
·        Nos gusta amar a los que nos aman…: “Amad a los que os persiguen” (Mt 5, 44).
·        Nos gusta la ostentación…: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha” (Mt 6,3).
·        Nos gusta desentendernos de los problemas ajenos…: “Cada vez que lo hicisteis a uno de éstos, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,40).
·        Rehuimos la cruz…: “El que quiera venirse conmigo, que tome su cruz cada día” (Lc 9,23).
·        Buscamos la vía ancha…: “Estrecha es la puerta que conduce a la salvación” (Mt 7,14).
·        Nos gusta el posibilismo:…: “No es posible servir a dos señores” (Mt 6,24).
·        Nos gustan las presidencias…: “Cuando seas invitado…, ve a ocupar el último puesto” (Lc 14,8.10).

    ¿Son  sus criterios los nuestros, y nuestros caminos los suyos? ¿Tan distanciados estamos?
     El Evangelio es claro, pero no es cómodo ni simple. Requiere una gran dosis de audacia y creatividad. Jesús advirtió que solo los que se hacen violencia alcanzan el Reino (Mt 11,12).
     Como recuerda la primera lectura, en la vida hay que discernir, hay que optar; y ese discernimiento y esa opción marcarán para siempre nuestra vida, y solo serán posibles desde la sabiduría de la fe.
     Abrámonos a esa sabiduría escondida, misteriosa, predestinada para nuestra gloria, y “que Dios nos ha revelado por el Espíritu” (1 Cor 2,10).  Sabiduría con nombre propio, “Cristo, fuerza y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,24).
     Ante el reto de “la nueva evangelización” convendrá no olvidar que Jesús debe ser el referente y el contenido, si no queremos correr el riesgo de anunciar “otro evangelio” (Gál 1,6).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Acojo esas radicalizaciones que Jesús trae a mi vida?
.- ¿En qué lenguaje “teológico” expreso mi fe?
.- ¿Con qué responsabilidad acojo los “mandatos” del Señor?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano-capuchino.

miércoles, 5 de febrero de 2020

DOMINGO V -A-


1ª Lectura: Isaías 58,7-10.

    Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne.
    Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor.
    Entonces clamarás al Señor y te responderá. Gritarás y te dirá: “Aquí estoy”.
    Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

                                               ***                  ***                  ***

    El texto seleccionado forma parte de un discurso sobre la interiorización de las prácticas religiosas, rescatándolas de la exterioridad ritualista, en la línea de la clásica reivindicación profética. La penitencia que Dios quiere es la que revierte en solidaridad fraterna. Esa solidaridad iluminará la vida y regenerará la sociedad. El rostro del pobre es un rostro teofánico.

2ª Lectura: 1 Corintios 2,1-5.

    Hermanos:
    Cuando vine a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado.
    Me presenté a vosotros débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

                                   ***                  ***                  ***

    Jesucristo, crucificado, es el “testimonio de Dios” y la sabiduría de Pablo. Y esta es la sabiduría y el testimonio que nos salvan. El Apóstol advierte de la insuficiencia de una “sabiduría humana”. Él ha optado por la “locura” del Evangelio, que no se identifica con ninguna filosofía, ni siquiera con ninguna teología, es mucho más: es la Buena Noticia de la opción de Dios en favor del pobre, del humilde (cf. Mt 11,25s; 1 Cor 1,26-31), introduciendo una nueva clave de lectura en los valores de la vida. 


Evangelio: Mateo 5,13-16.


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
    Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
    Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
    Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
           
                                   ***                  ***                  ***

   A continuación de la proclamación de las bienaventuranzas, Jesús descubre a los discípulos su  peculiaridad y su responsabilidad ante el mundo. Las imágenes de la sal y de la luz son elocuentes. La misión del discípulo es “sazonar” e “iluminar”, la vida; no desazonarla ni oscurecerla. Un quehacer que debe verificarse no a través de discursos y proclamas sino a través de “buenas obras”, que den testimonio de Dios. El creyente en Jesús no puede ser un producto insípido, sino sabroso; no puede ser una realidad opaca, sino luminosa. Un sabor y una luz propias de quien ha gustado qué bueno es el Señor (1 Pe 2,3), y quiere hacer partícipe de ese “gusto” a los hombres.

   

REFLEXIÓN PASTORAL

   
    La sal servía para conservar los alimentos y  sazonarlos debidamente.  Era como una fuerza interna y condimento de toda nutrición… Así el discípulo de Jesús: no es un adorno superfluo, sino un condimento necesario para sazonar la vida y la sociedad.  Esta es la grandeza de la vocación y misión cristiana, pero también de su responsabilidad.
    Para sazonar, el cristiano ha de estar previamente “sazonado”. Jesús advierte al discípulo que su vocación puede malograrse y correr la suerte de la sal insípida: ser arrojada fuera por inservible. Pero la sal sazona desapareciendo, disolviéndose en el condimento: ha de morir. El cristiano en su servicio de dar vida, ha de entregar la vida. Así sazonó Jesús la vida, entregando la suya.
    Y la luz. Otra comparación muy expresiva. Conectados a Cristo, luz del mundo (Jn 8,12), el cristiano adquiere la luminosidad necesaria para clarificar los horizontes del mundo y los caminos del hombre.
    La luz del Evangelio es una gracia y una responsabilidad. Responsabilidad para con todos: con los de fuera -los no creyentes- y con los de casa, porque también el cristiano ha de iluminar la realidad de la propia casa, personal, familiar y eclesial, necesitada permanentemente de ese baño de luz.
    Y añade Jesús algo importante: “Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).
    Esa luz no son ideas teóricas y quiméricas. El Evangelio no es una nueva filosofía o una nueva teoría, sino “acción viva”, que pueda y deba ser vista y oída. ¡Buenas obras! Luz infiltrada en la vida; fe vivida; verdad hecha carne; la vida cristiana en acción, como recuerdan la primera lectura y el salmo responsorial.
    Es la luz con la que Pablo anunció el Evangelio a los cristianos de Corinto (2ª lectura), y que brillará “cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente” (1ª lectura).
    Y esa luz no debe resultar en beneficio personal; no debe enfocarnos a nosotros.  El Padre que está en los cielos es quien debe ser reconocido. La luz del discípulo debe remitir, conducir al origen, al “Padre de las luces” (Sant 1,17). Esta es la finalidad última y el motivo más profundo de la vocación del discípulo. Y ahí reside su fuerza, como nos recuerda san Pablo en la primera carta a los Corintios.
     Al cristiano no le está permitido desertar de la vida, aunque haya de transitar por sus desiertos; precisamente ahí debe ser referente y ayuda para hacer la travesía aportando compañía y esperanza. La Jornada de Manos Unidas contra el hambre que hoy se celebra nos lo recuerda.
    Si nuestra sociedad -y nuestra Iglesia- están y andan desazonadas y entenebrecidas, ¿qué hacemos nosotros de la sal y la luz que el Señor ha puesto en nuestras vidas? Sal y luz son elementos bautismales, es decir, originales, que deben configurar nuestra existencia, y que hoy la Palabra de Dios nos invita a recuperar y actualizar.
  
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿En qué baso yo mi testimonio de Jesucristo?
.- ¿Mis prácticas religiosas humanizan la vida?
.- ¿Mi vida es una vida con sabor y brillo de Evangelio?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


lunes, 27 de enero de 2020

DOMINGO IV -A-. LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

1ª. Lectura: Mal 3,1-4.

    Así dice el Señor: Mirad, yo envío mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor  a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistirlo el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará a Dios la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.

                                    ***                  ***                  ***

    El oráculo del profeta contempla la situación deteriorada del pueblo, tras el regreso del exilio. Un deterioro atribuido al abandono del cumplimiento de la ley del Señor. El profeta anuncia la visita del Señor, precedida de un mensajero. Será una visita purificadora; comenzará por el templo y se extenderá a todo el pueblo, borrando sus crímenes (v 5). El NT ha visto en este oráculo un anticipo del Bautista (el mensajero) y del mismo Jesús (el purificador del templo). La liturgia de la fiesta de la Presentación lo trae a esta fiesta, atribuyéndolo a la entrada de Jesús en el templo.

2ª Lectura: Hebreos 2,14-18.

    Hermanos:
    Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que se refiere a Dios, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

                                    ***                  ***                  ***

    Nos hallamos ante uno de los textos más bellos, densos y esperanzadores del NT: es el canto a la fraternidad de Dios con el hombre. En él se hace la presentación de Jesús, entrando en el gran templo de la humanidad. Jesús es de nuestra familia, es uno de los nuestros, forma parte de nuestra historia. No se avergüenza de llamarnos hermanos (Heb 2,11). Nos ha tendido su mano fraterna, sacándonos de nuestros miedos más profundos. Ha hecho nuestro camino, pasando por nuestras pruebas, se ha hecho semejante a nosotros, excepto en el pecado (Heb 4,15).


Evangelio: Lucas 2,22-40.                                              


    Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quién has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este está puesto en Israel para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

                                                ***                  ***                  ***

 Tres cuadros ofrece el relato de san Lucas. En el primero -la presentación- confluyen tres aspectos: la purificación ritual de la madre (Lc 2,22 = Lv 12,2-4), la consagración de primogénito (Lc 2,22b-23 = Ex 13,2) y el rescate (Lc 2,24 = Ex 13,13; 34,20; Lv 5,7; 12,8), que en el caso de Jesús se hace conforme a lo prescrito para las familias económicamente débiles. Un segundo cuadro lo protagonizan Simeón (de quien no se dice que fuera un anciano) y la profetisa Ana. Son los encargados de desvelar el misterio. Como al entrar Jesús en el Jordán, hundido en el anonimato, se abrieron los cielos para descubrir su verdad más profunda (Mc 1,11); al entrar en el templo, también hundido en el anonimato, se abren los labios de Simeón para descubrir el misterio de aquel niño. Ya desde el principio Dios ha revelado “estas cosas a la gente sencilla” (Mt 11,25). El tercer cuadro, en apretada síntesis, muestra el proceso de crecimiento integral de Jesús en la familia de Nazaret.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Este domingo IV del Tiempo Ordinario celebra la Iglesia la fiesta de la Presentación del Señor. Nacida en las iglesias de Oriente, su nombre original era fiesta del “encuentro” y su contenido es esencialmente cristológico. Posteriormente fue revestida de un tono mariológico. A partir del Concilio Vaticano II la fiesta volvió a recuperar en la liturgia la tonalidad cristológica original, sin perder la sensibilidad devocional mariana.
     Se trata de una de las fiestas más antiguas. La peregrina Eteria, en su “Itinerarium” (390), se refiere a ella con el nombre genérico de “Quadragesima de Epiphania” (cuarenta días después de la Epifanía), y su fecha de celebración era el 14 de febrero. Posteriormente pasó a celebrarse el 2 de Febrero, cuarenta días después de la Natividad del Señor.  La denominación de “fiesta de las luces” se remonta a mediados del s. V, y en el VI es introducida en Occidente. Según san Cirilo de Escitópolis (s.VI) fue la matrona romana Ikelia (450-457) la que sugirió celebrarla introduciendo la procesión de luces, de ahí las candelas que tipifican la fiesta.
    La ley judía mandaba que, a los cuarenta días del alumbramiento de un niño (ochenta si se trataba de una niña), las madres hebreas habían de presentarse en el Templo para ser purificadas de la impureza legal que habían contraído con el parto. No se trataba de purificarse de un pecado, ser madre nunca mancha: “la mujer se salvará por su maternidad” (I Tim 2,15). María cumple con este rito, y como una mujer económicamente débil, lo hace ofreciendo un par de tórtolas  o dos pichones.
    El segundo motivo, teológicamente más relevante, es la presentación de Jesús. “Rescatarás a todo primogénito entre tus hijos”, se determinaba en el libro del Éxodo (34,20). Los primogénitos se consideraban como propiedad de Dios, y debían vivir exclusivamente para el servicio del culto divino. Al ser este servicio asignado a la tribu de Leví, los demás miembros del pueblo de Israel debían “rescatar” a sus primogénitos. María y José, como una familia más, cumplieron con esta exigencia legal, según los cánones de la gente pobre. Jesús es el Hijo de Dios, pero también hijo del pueblo de Dios. Es el Rescatador (Tit 2,14), rescatado.
    Y así, Dios entra en el Templo, en brazos de una mujer humilde, despistando a todos los estamentos de la religión judía. María va a ofrecer y a rescatar a su Hijo primogénito que es, a su vez, el Hijo Unigénito de Dios.  Con esta ofrenda, quizá sin darse cuenta aún, María comienza la despedida de su Hijo, que pocos años después, y también en el templo, les dirá: “¿Por qué me buscabais, no sabéis que debo estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49). María lo presiente, y lo acepta. Más que un rescate, aquello es una ofrenda: ofrece a su hijo, y se ofrece con su hijo, al proyecto de Dios en una prolongación de aquel “Hágase en mí, según tu palabra” (Lc 1,38).
    La fiesta de la Presentación del Señor es una revelación del misterio de Cristo: la Carta a los Hebreos (2ª lectura) lo presenta como el sacerdote y hermano misericordioso.
  Hoy celebramos “la presentación del Señor”, pero es también una invitación a renovar nuestra propia presentación al Señor, como “ofrendas vivas” (Rom 12,1), y a presentar al Señor ante los hombres con la clarividencia y la pasión de Simeón y de Ana.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué significa para mí Jesús? ¿Es el Salvador, la Luz…?
.- ¿Se han descubierto ante él los pensamientos de mi corazón?
.- ¿Con qué pasión presento yo a Jesús a los demás?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



martes, 21 de enero de 2020

DOMINGO III -A-


1ª Lectura: Isaías 9,1-4.

    En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.
    El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como se gozan al segar, como se alegran al repartirse un rico botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro los quebrantaste como el día de Madián.

                            ***             ***             ***

    El oráculo de Isaías contempla, probablemente, la situación de humillación que hubieron de soportar los habitantes de Galilea, desterrados por Teglatfalasar III (732), y la situación tan deteriorada en que quedó la región.  A ese pueblo, “que habitaba en tinieblas”, el profeta le anuncia una luz y una gran alegría -el día del Señor-, “porque un niño nos ha nacido…” (Is 9,5). 


2ª Lectura: 1 Corintios 1,10-13.17.

    Hermanos:
    Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos diciendo: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? No me envió Cristo a bautizar sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.


                            ***             ***             ***

    Ante los sectarismos que estaban surgiendo en la comunidad de Corinto, Pablo advierte que en la Iglesia no hay más referente que Jesucristo. Denuncia y condena la fragmentación de la iglesia. Pero también denuncia la pretensión de convertirse en líderes, capitalizando lo que sólo es obra exclusiva de Cristo. Dos advertencias y dos denuncias que alertan sobre dos tentaciones que han acompañado siempre a la Iglesia: el sectarismo y el protagonismo excluyente. 


Evangelio: Mateo 4,12-23.
                

    Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
    “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y en sombras de muerte, una luz les brilló”.
    Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos porque está cerca el reino de los cielos.
    Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
    Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
    Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y las dolencias del pueblo.


                            ***             ***             ***


    Mateo, vincula a Jesús el oráculo esperanzador de Isaías, y ve encarnada en Cristo la “luz grande” que viene a iluminar “a los que habitaban en tierra y en sombras de muerte”. Esa luz comienza a iluminar con un anuncio gozoso: la conversión ante la cercanía del reino de Dios. Y se concreta y manifiesta en una acción regeneradora de la humanidad, curando sus dolencias y enfermedades. El Reino de Dios siempre es en favor del hombre.
    Pero Jesús busca compañeros, que serán seguidores suyos y continuadores de su obra. Y de ahí surge la Iglesia, con la misma vocación y misión sanadora del Señor.  El seguimiento de Jesús no se agota en “seguirlo” (yendo detrás), exige “proseguirlo” (continuando su obra).


REFLEXIÓN PASTORAL

El pasado mes de Septiembre, el papa Francisco emitió un Documento en el que declaraba el III Domingo del TO como “el Día de la Palabra”. Se trata, en definitiva, de hacer presente a la Palabra de Dios no como un elemento ornamental sino fundamental en la vida de la comunidad cristiana. Insistiendo en que “la Biblia no puede ser solo patrimonio de algunos y, menos aún, una colección de libros para unos pocos privilegiados, sino una realidad salvadora”. Estamos, pues, ante una invitación a “abrir” los ojos y los oídos a la Palabra de Dios, abiertos  al Espíritu Santo, auténtico “inspirador” de la misma, pues, como dice la Constitución Dei Verbum, “la Sagrada Escritura se ha de leer con el mismo Espíritu con que fue escrita”. Y hacerlo dentro del la fe de la comunidad eclesial, presidida y guiada por los legítimos pastores.
La Palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,9). Podrán ser apresados y silenciados sus mensajeros, pero ella siempre encuentra caminos y cauces nuevos para hacerse oír. De eso nos habla el relato evangélico: silenciada la voz  profética de Juan, aparece la de Jesús.
         La profecía de Isaías (Is 9,1), san Mateo la ve cumplida en Jesús, él es esa “luz grande, que ha amanecido  al pueblo postrado en tinieblas, a los que habitaban en tierra y sombras de muerte” (Mt 4,16).
         Y esa luz comienza a iluminar los caminos de los hombres, de todo hombre, con la llegada de Jesús y su llamada a la conversión -“¡Convertíos!”- y con una oferta de salvación -“el Evangelio del Reino”, acompañada de credenciales palpables -“curando las enfermedades y dolencias del pueblo”-. Y es que la Palabra de Dios, y Jesús es su encarnación personal, es una realidad “viva y eficaz” (Heb 4,12).
         Y esa luz, esa palabra han de seguir brillando y resonando; para eso necesita continuadores y testigos. Es el segundo aspecto que subraya el Evangelio. Cristo se acerca a unos hombres sencillos, en sus puestos de trabajo, para ofrecerles tarea. ¡Jesús nunca llama al paro!
    Como nos recuerda la parábola de los obreros enviados a la viña (Mt 20,1-16), Dios constantemente está saliendo a buscar trabajadores, porque “la mies es mucha” (Mt 9,37).
         La respuesta, generosa y decidida, de aquellos hermanos se convierte en ejemplo de respuesta.  A Jesús no se le puede seguir con reticencias y ambigüedades. Ellos dejaron “inmediatamente” las redes; y nosotros hemos de “desenredarnos” de todo lo que nos impida ese seguimiento. Y el subrayado “inmediatamente” es intencionado. El seguimiento ha de hacerse sin reticencias (Lc 9,57-62).
    Y será precisamente la experiencia de ese seguimiento, lo aprendido en la compañía de Jesucristo, lo que anunciarán después: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn 1,1-3).
         Aquellos hombres fueron los intermediarios entre Jesús y la Iglesia; y hoy la Iglesia, es decir nosotros, debemos ser los intermediarios entre Dios y el mundo.
¿Estamos en condiciones de asumir esa tarea, de ser ese canal de transmisión, ese punto de conexión, que no necesariamente de coincidencia?
Quizá podríamos conseguirlo si, como nos recuerda s. Pablo en la 2ª lectura, en nosotros brillara de forma inequívoca la unidad de sentimiento y pensamiento –“¿Está Cristo dividido?” (1 Co 1,13); ¿no hay excesivos maestros y sectarismos?-.
         Acabamos de celebrar el Octavario de oración por la unidad de los cristianos. “Que todos sean uno…, para que el mundo crea”, oró Jesús (Jn 17,21). Pero esa unidad no significa la uniformidad empobrecedora y monótona, sino saber vivir en un sano pluralismo, sin descalificaciones partidistas, buscando todos, con la mejor voluntad y rectitud de intención, la verdad en el amor, “creciendo hasta Aquél que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo toma cohesión” (Ef 4,15-16).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Con qué responsabilidad y generosidad asumo mi tarea evangelizadora?
.- ¿Soy constructor de unidad y comunión en la comunidad eclesial y en la vida?
.- ¿Con qué radicalidad sigo al Señor?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.