miércoles, 6 de julio de 2022

DOMINGO XV -C-

1ª Lectura: Deuteronomio 30,10-14.

Moisés habló al pueblo, diciendo: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”; ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?”. El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

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Nos hallamos al final del tercer y último discurso de Moisés (Dt 29-30). El mediador de la Alianza del Sinaí, la antigua Alianza, recuerda a Israel que el futuro depende de la fidelidad a la palabra del Señor. Una palabra que no es inaccesible, porque Dios la ha depositado en el corazón del hombre. Mientras algunos textos de la literatura sapiencial subrayaban la inaccesibilidad de la sabiduría, fuente de la felicidad (Jb 28), otros, más recientes, defendían que Dios revela su sabiduría en la Ley (Ecco 24,23-34; Sal 119). En este texto del Deuteronomio  nos hallamos en las fuentes de la teología de la Palabra tal como aparecerá en el prólogo del IV Evangelio, después de haber sido repensada en Prov 8,22-31 y Sab 7,22-8,1. Una relectura de este texto lo encontramos en la carta a los Romanos (10, 5-10).

2ª Lectura: Colosenses 1,15-20.

Cristo es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles; Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

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En contraste con Moisés, revelador y mediador de la antigua Alianza, Cristo es el verdadero revelador y mediador, la plenitud de todo el proyecto salvador de Dios. Él es la Alianza salvadora por la sangre de su cruz. Transparencia de Dios y Cabeza de todo lo creado. Pero no es una figura mítica sino histórica. Su vinculación a la Iglesia y a la historia de los hombres -“primogénito de entre los muertos”- le acerca a nuestra historia.

Evangelio: Lucas 10,25-37.

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él contesto: “Amarás al Señor, tu Dios,  con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”. Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lastima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que portó como prójimo del que cayó en mano de los bandidos? Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Díjole Jesús: “Anda, haz tú lo mismo”.

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Ante la pregunta del maestro de la Ley, Jesús muestra cómo Dios no ha cambiado su plan, y que él no ha venido a anularlo (Mt 5,17). El mandamiento no ha cambiado: Amarás (Dt 6,5; Lev 19,18). Pero clarifica el horizonte. En el judaísmo contemporáneo a Jesús se discutía por la identidad del “prójimo”: no todos eran considerados como prójimos.  Había que saber quien lo era, para poder amarlo o no tener la obligación de hacerlo. Uno de los tipos excluidos era, precisamente, el del samaritano La pregunta del maestro era pertinente; y gracias a ella Jesús nos desveló un criterio nuevo para entender qué es ser prójimo. La “projimidad” no la determinan las leyes, la marca el corazón. Los “oficialmente” llamados a practicar la misericordia, pasan de largo; un “hereje” fue el que se detuvo. Además, con esta parábola Jesús no está enseñando solo qué hombre es  mi prójimo y qué es ser prójimo, sino que Dios es prójimo y que es mi prójimo.

REFLEXIÓN PASTORAL

“¿Quién es mi prójimo?” El escriba, nos dice el evangelio, formuló la pregunta “queriendo justificarse” y, además, con una clara intención de delimitar, precisar  y, por lo tanto, de excluir a alguien del concepto “prójimo”.

Con su respuesta, mediante la parábola del buen samaritano, Jesús introduce un matiz importante. No se trata tanto de saber teóricamente quién es mi prójimo, sino de saberse cada uno, y prácticamente, prójimo -próximo- a los demás.

“¿Quién de los tres -levita, sacerdote o samaritano- te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?... El que tuvo compasión de él. Anda y haz tú lo mismo”.

Frecuentemente al comentar esta parábola nos detenemos y hasta nos ensañamos con el sacerdote y el levita, olvidándonos de verificar si nosotros somos verdaderos y buenos prójimos.

Hoy este tema es de  sangrante actualidad, porque hoy la marginación, la soledad y el abandono inundan nuestras geografías. Y cuando lo más cómodo es ignorar, desentenderse, dar un rodeo en la vida, para no encontrarse con el otro y sus problemas, cuando, quizá, pretendemos ir linealmente, “directamente” a Dios, Dios nos sale al encuentro y nos pregunta: “¿Dónde está tu hermano?”(Gén 4,9). 

Imposible la pretensión de querer o creer vivir de cara a Dios y de espaldas al prójimo. Imposible saber dónde está Dios desconociendo la situación del hermano. Él es la brújula que nos marca la posición de Dios.

En esta sociedad tan crispada y dividida por intereses y miedos, resulta cada vez más difícil acercarse sin prevenciones a los demás. Ya sé que no se puede ser ingenuos, que la vida se ha vuelto muy complicada, que hay timadores e inseguridad...; pero creo que los niveles que están alcanzando la desconfianza y el miedo no son justos. ¡No se puede, por cualquier pretexto, vivir desconfiando, sospechando o desentendiéndose del hermano! ¡Ésa es la mayor inseguridad!

Muchas personas se han hundido en lo que llamamos “mala vida” porque no han encontrado personas que les concedieran un poco de credibilidad y confianza. Y en toda persona hay una “plusvalía”, un coeficiente divino que lo revaloriza: el amor de Dios. No verlo no sólo es ceguera sino injusticia. Hay que ir, pues, más allá de las apariencias para mirar con el corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos. Lo dijo Jesús: “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5,8). “¿Cuándo te vimos hambriento, desnudo, en la cárcel...? Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,37-40). 

Dios lo ha querido así para que no nos autosugestionáramos ni nos confundiéramos: “Si ves a tu hermano pasar necesidad y no le ayudas, ¿cómo puede permanecer en ti el amor de Dios?” (I Jn 3,17). Quizá esto pueda ayudarnos a clarificarnos y a descubrir el sinsentido de creer y orar cada uno a “su” Dios, cuando no hay más que uno. El que nos ha dicho: tuve hambre (y no sólo de pan sino de amor), tuve sed (y no sólo de agua sino de  verdad), estuve desnudo (y no sólo de ropa  sino de esperanza), estuve enfermo (y no sólo corporalmente sino de  espiritualmente), estuve preso (y no sólo en cárceles sino en profunda soledad)... Y tú, ¿qué? Quizá preocupado sólo por ti y tu perfección recorriste el camino, y perdiste la oportunidad de ser amor, verdad, esperanza, alegría, libertad y compañía para tu hermano.

No lo olvidemos. “Maestro, ¿qué debo hacer para guardar la vida eterna? ... Amarás al Señor tu Dios..., y a tu prójimo”. La respuesta es AMAR, y eso implica, entre otras cosas, saber dar razón de nuestro hermano. ¿Dónde está tu hermano? Una buena pregunta para saber dónde está Dios..., y dónde estamos nosotros.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Siento al otro como prójimo, y me siento prójimo?

.- ¿Siento a Dios como prójimo?

.- ¿Sé descubrir la plusvalía divina presente en cada persona?

 Domingo J. Montero Carrión, Franciscano Capuchino.

 

 

 

 

jueves, 16 de junio de 2022

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR -C-

1ª Génesis 14,18-20.

“En aquellos días, Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Era sacerdote del Dios Altísimo. Y bendijo a Abrahán diciendo: Bendito sea Abrahán de parte del Dios Altísimo, que creó el cielo y la tierra. Y bendito sea el Dios Altísimo, que ha entregado tus enemigos a tus manos. Y Abrahán le dio el diezmo de todo”.

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    Melquisedec (rey de justicia)  es un personaje misterioso. Identificado como rey de Salém (Jerusalén), aparece en el Sal 110, como figura del Mesías rey y sacerdote. El silencio sobre sus antepasados -“sin padre, ni madre, ni genealogía- sugiere que su sacerdocio es eterno. Bendice a Abrahán, mostrando que era superior a él -“pues es incuestionable que el inferior recibe la bendición del superior”-, y Abrahán le ofrece el diezmo de todo, reconociendo su condición. La carta a los Hebreos  aplicará esta figura al sacerdocio de Cristo (Heb 7). Un sacerdocio no tribal (de Leví) sino anterior y superior. La ofrenda sacerdotal de Melquisedec, evoca la ofrenda sacerdotal que Cristo consagrará en su cuerpo y en su sangre. 

2ª Lectura: I  Corintios 11,23-26.

“Hermanos: Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he trasmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.

Lo mismo hizo con la copa después de cenar, diciendo: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”.

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    San Pablo destaca la “autenticidad” de la tradición eucarística. Y desvela el sentido de la misma: la comunión es una proclamación y celebración permanente de la pascua del Señor, hasta que vuelva. Es con este espíritu con el que hemos de acercarnos a participar en ella, desde un profundo discernimiento, “pues quien come y bebe indignamente el cuerpo y la sangre del Señor, come y bebe su propia condena” (I Co  11,29).

Evangelio: Lucas 9,11b-17.

“En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado. Él les contestó: Dadle vosotros de comer. Ellos replicaron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres). Jesús dijo a sus discípulos: Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta. Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos”.

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    San Lucas sólo transmite un relato del milagro de la multiplicación de los panes y los peces (a diferencia de Mt y Mc que trasmiten dos). El contexto es significativo: Jesús está a sus cosas: la predicación del Reino y a la actuación de ese Reino. Los Doce están también a lo suyo: a que no surja un problema por falta de alimento para la gente que sigue a Jesús. Las estrategias son distintas: los Doce quieren desentenderse -despide a la gente-; Jesús aborda el problema y lo soluciona. Y así, aquellos hambrientos de oír la palabra de Dios, personificada en Jesús, encuentran en ella y de ella su alimento. Los Doce, con todo, no son desplazados; se convierte en mediadores del milagro. La aplicación catequética es clara: Cristo es el Pan que alimenta el hambre del hombre; los discípulos deben ser quienes hagan llegar ese Pan -Palabra y Eucaristía- a los hombres.

REFLEXIÓN PASTORAL

Celebramos hoy uno de esos días que, en frase popular, resplandecen más que el sol. Una fiesta profundamente enraizada en la tradición de nuestro pueblo.  Una buena ocasión para interiorizar y exteriorizar nuestra  fe  y nuestro amor a la Eucaristía. Y  también, para reflexionar sobre ella. No sea que habituados a casi todo, nos insensibilicemos ante esta maravilla, ante este misterio.

¿Qué es la Eucaristía? Es la mayor audacia de Cristo, de su amor al hombre. El colofón de la gran aventura de la encarnación de Dios. “En la víspera solemne... los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Sí, se trata de un exceso.  La Eucaristía no fue un gesto, ni un hecho aislado ni aislable en la vida de Cristo. No fue una improvisación de última hora. Fue algo muy pensado. Ha de situarse en la lógica de la vida de Jesús: una vida para los demás.  Y de maneras diferentes fue sembrando su vida de alusiones: las parábolas del banquete son un ejemplo...   Y así, “en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan...” (I Co 11, 23).

La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho presencia: Dios está con nosotros; en nuestros pueblos y ciudades siempre hay una casa abierta en la que habita Dios hecho vecino de nuestras penas y alegrías, dispuesto siempre a la confidencia. ¡Cómo cambiarían nuestras vidas si fuésemos conscientes de esa verdad! La calidad de nuestra convivencia subiría muchos enteros  si la contrastáramos con este divino interlocutor.

La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho entrega. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”. Y éste se tomó a sí mismo, se hizo Eucaristía y dijo: “Esto es mi Cuerpo entregado...; esta es mi Sangre derramada; tomad”.

La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho comunión: “Comed, bebed...; el que come mi carne tiene vida eterna”.

Y para eso escogió un elemento sencillo, elemental: el pan y el vino. Realidades que justifican y simbolizan los sudores y afanes del hombre; que unen a las familias para ser compartidos, y que simbolizan el sustento básico...; eso lo escogió para quedarse  con nosotros, indicándonos el sentido de su presencia: alimentar nuestra fe y unirnos como familia de los hijos de Dios.  No es, pues, un lujo para personas piadosas; es el alimento necesario para los que queremos ser discípulos y vacilamos y caemos. Es el verdadero “pan de los pobres”.

Pero ese amor de Dios nos urge. Cristo hecho presencia nos urge a que le hagamos presente en nuestra vida, y nos urge a estar presentes, con presencia cristiana, junto al prójimo. Cristo hecho pan, nos urge a compartir nuestro pan con los que no lo tienen. Cristo solidario, nos urge a la solidaridad fraterna. Cristo, compañero de nuestros caminos, nos urge a no retirar la mano de todo aquél que, incluso desde su doloroso silencio, por amor de Dios nos pide un minuto de nuestro tiempo para llenar el suyo. Cristo, entregado y derramado por nosotros, nos urge a abandonar las posiciones cómodas y tibias para recrear su estilo radical de amar y hacer el bien....   Por eso la Eucaristía es recordatorio y llamada al amor fraterno. “Día de la caridad”.    Ella es la que hace posible, y al mismo tiempo exige la caridad.

“El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan” (I Co 10,16-17).

Esto significa la comunión. Y así entendida es un acto serio y comprometido, pero bello y apasionante. De ahí la recomendación de S. Pablo “Que cada uno se examine, porque quien come y bebe indignamente el cuerpo y la sangre del Señor...” (I Co 11,28-29).  No es  una amenaza para que nos alejemos de la Eucaristía, sino una advertencia para que nos acerquemos a ella con dignidad.

Estas son algunas sugerencias que trae a nuestra vida la celebración del Corpus Christi. Cristo se ha entregado no solo por nosotros, sino a nosotros - se ha puesto en nuestras manos - para hacer de nosotros su propio cuerpo. Agradezcamos, adoremos y acojamos responsablemente su presencia.          

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué resonancias suscita en mí la Eucaristía?

.- ¿Qué “hambres” sacia y qué “hambres” provoca?

.- ¿Qué “entregas” en mi vida provoca la “entrega” de Jesús?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

martes, 7 de junio de 2022

DOMINGO DE LA SMA. TRINIDAD -C-

 

 1ª Lectura: Proverbios 8,22-31.

“Esto dice la Sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del Abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar: y las aguas no traspasaban sus mandatos; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres”.

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Si bien en este texto de Proverbios la personificación de la Sabiduría es puro artificio literario y aparece como un realidad creada, la reflexión fue depurándose hasta llegar a Sabiduría 7,22-8,1 donde es presentada como “emanación pura de la Gloria del Omnipotente”. En todo caso, estas formulaciones del AT, todavía imperfectas, son asumidas por el NT para hablar de Cristo como “Sabiduría de Dios” (Mt 11,19; I Co 1,24.30). Quien, como la Sabiduría, pero con mayor protagonismo y entidad aparece vinculado a la creación. El prólogo del Evangelio de san Juan atribuye a la Palabra rasgos de la sabiduría creadora. Nos hallamos, pues, ante un texto “profético” del Verbo de Dios. Y dos subrayados finales: la familiaridad con Dios -“era su encanto cotidiano”- y con “los hijos de los hombres”.

2ª Lectura: Romanos 5,1-5.

“Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.

 

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San Pablo recuerda que la obra de la regeneración del cristiano, la justificación por la fe, es obra de Dios Padre, por medio de Jesucristo en el amor del Espíritu Santo. El cristiano es una realidad “habitada” por el amor de Dios. Está constituido sobre la roca sólida de la fe, que le permite mantener la esperanza en las tribulaciones de la vida y del seguimiento de Cristo. Sabe que su vida es “proyecto” de Dios, y que está garantizada por él, por su amor, “derramado en nuestros corazones”.

Evangelio: Juan 16,12-15.

    “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará”. 

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    En el momento de la despedida, Jesús promete a sus discípulos, aún inmaduros para comprenderlo todo, la asistencia del Espíritu Santo. Será el Maestro interior, que les llevará al conocimiento de la Verdad plena, es decir, a la plenitud del conocimiento de Jesús. Profundamente vinculado a él, el Espíritu lo glorificará, plenificará su obra. La originalidad del Espíritu no está en la temática, que es la de Jesús, aprendida del Padre, sino en la capacidad para ayudar a profundizarla y a difundirla.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Celebramos la fiesta del Misterio de la Santísima Trinidad: la verdad íntima de Dios, su misterio. Y la verdad fundamental del cristiano.  Para unos resulta prácticamente insignificante; para otros, teóricamente incomprensible...Y así, unos y otros, por una u otra sinrazón, “pasan” de él. ¿Tanto nos habremos insensibilizado y distanciado de nuestros núcleos originales?  En su nombre somos bautizados; en su nombre se nos perdonan los pecados; en su nombre iniciamos la Eucaristía; en su nombre vivimos y morimos: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

    Hoy se constata una tendencia a prescindir de Dios. Insensibles, vamos acostumbrándonos o resignándonos a eso que ha dado en llamarse  “el silencio de Dios”, y que otros, más audaces, denominaron  “la muerte de Dios”; sin percatarse de que, en esa atenuación o desaparición del sentido de Dios, el más perjudicado es el hombre, que pierde así su referencia fundamental (Gén 1, 26-27), hundiéndose en el caos de sus propios enigmas.

    ¿Quién es Dios? Una pregunta desigualmente respondida, pero una pregunta ineludible, inevitable, porque Dios no deja indiferente al hombre; lo lleva muy dentro para desentenderse de Él.

    Para nosotros, ¿quién es Dios?  Dios no puede ser afirmado si, de alguna manera, no es experienciado. ¿Qué experiencia tenemos de Dios? ¿Tenemos alguna? ¿O solo lo conocemos de oídas? Estamos expuestos a un grave riesgo: acostumbrarnos a Dios, un Dios cada vez más deteriorado por nuestras rutinas. Un Dios al que llamamos “nuestro dios”, quizá porque le hemos hecho nosotros, a nuestra medida, y que sirve para justificar nuestras cómodas posturas, sin preguntarnos si ese “dios” es el Dios verdadero.

    A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1 ,18). Jesús es quien esclarece el auténtico rostro de Dios, su auténtico nombre. Y no recurrió a un lenguaje difícil, para técnicos, sino accesible a todos: Dios con nombres familiares: Padre, Hijo y Espíritu de Amor. Dios es familia, diálogo, comunión. Jesús no tuvo interés en hacer una revelación teórica de Dios, esencialista, sino concreta. Por eso Dios para nosotros  más que un misterio, aunque no podemos por menos de reconocer un porcentaje de misterio, es un modelo de vida (Mt 5, 48; Lc 6,36).

    Porque Dios es Familia, quiere que “todos sean uno,  como Tú y Yo somos uno” (Jn 17,21); porque es  Diálogo, quiere veracidad en nuestras relaciones: “Vuestro sí sea sí...” (Mt 5,37); porque es Salvador, quiere que nadie se coloque de espaldas a las urgencias del hermano: “Tuve hambre...” (Mt 25,35); porque “es  Amor” (8I Jn 4,), quiere que nos amemos...

Esto es creer en Dios, vivir a Dios. “Si vivimos, vivimos para Dios” (Rom 14,8)... Ser creyente es una cuestión práctica y de prácticas. Dejar que Dios sea Dios en la vida. Dejar que Dios sea realmente lo Absoluto, el Primero y Principal. Lo Mejor. Solo Dios.  Pero no  solos con Dios, porque Dios no aísla. Quien abre su corazón a Dios de par en par experimenta inmediatamente que ese corazón se convierte en “casa de acogida”.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué experiencia tengo y testimonio de Dios?

.- ¿Es un “por si acaso” en mi vida?

.- ¿Con qué pasión busco su rostro?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino

miércoles, 1 de junio de 2022

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -C-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11.

“Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oís hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asía, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”.

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Antes de entrar en el comentario del texto, será bueno hacer unas aclaraciones sobre algunos términos del mismo.

Pentecostés era la designación tardía (ya aparece en Tob 2,1) de la Fiesta de las Semanas (Lev 23,15-22, que se celebraba 50 días después de la Pascua y cuya duración era de un solo día.  Era una fiesta de acción de gracias que marcaba el fin de la siega. Una de las tres grandes fiestas del calendario judío en las que estaba prescrita la visita al Templo. De ahí la presencia en Jerusalén de judíos de diversas procedencias geográficas y culturales. Este dato nos ofrece un mapa de la diáspora judía.

Con la expresión “prosélitos” se refiere a aquellos que no siendo de origen judío, abrazaron el judaísmo, aceptando la circuncisión. Hubo otros, denominados “temerosos de Dios” (Hch 10,2), que no aceptaban la circuncisión, aunque eran afectos al judaísmo.

El efecto de hablar en lenguas extranjeras es conocido como glosolalia. Con él se significa un lenguaje extático, que brota de un alma poseída por el Espíritu e impresiona por su intensidad y expresividad.

Con la venida del Espíritu se cumple la gran promesa de Jesús (Lc 24,49; Jn 16,5-15)  y queda garantizada su presencia en la comunidad. Respecto del momento del don del Espíritu hay testimonios que lo vinculan a las apariciones de Jesús a sus discípulos (Jn 20, 22). El relato de Hechos “oficializa”, “escenifica” y “solemniza” ese momento, desvelando su significado público.  Merece destacarse la universalidad del lenguaje: la Iglesia debe hablar todas las lenguas, conocer todos los “lenguajes” para anunciar las maravillas de Dios,  el evangelio de Jesús. La Iglesia es la anti-Babel.

2ª Lectura: 1 Corintios 12,3b-7. 12-13.

“Hermanos: Nadie puede decir “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”.

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Evangelio: Juan 20,19-23.

“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.

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Mientras el libro de los Hechos vincula el don del Espíritu  a Pentecostés, el Evangelio de san Juan habla del “anochecer del día primero de la semana”. Jesús confía a los discípulos la misión del perdón vinculada al Espíritu Santo. Descubre así el rostro del Espíritu, como Espíritu del perdón, porque el perdón es de Dios (cfr. Sal 130,4). Y ese perdón es el fundamento de la Paz. Los discípulos son enviados como prolongación de la misión de Jesús: “El Espíritu del Señor sobre mí,  me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la libertad a los cautivos…, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Pentecostés no  marca solo la “hora” de la misión de la Iglesia, sino también lo estilos y los contenidos. La Iglesia tiene como misión primordial actuar la misericordia y el perdón de Dios.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Esta fiesta cierra la gran trilogía pascual. Jesús, que había resucitado al tercer día, como lo había predicho; que había subido al cielo, como lo había anunciado; envía su Espíritu, como lo había prometido: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros  el Consolador; pero si me voy os lo enviaré (Jn 16,7)... Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,12-13)... Y después de la resurrección advirtió a los Apóstoles: “Mirad yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre (Lc 24, 49)…; recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

     Con esta aparición de la fuerza de Dios, que es su Espíritu, se pone en marcha el tiempo de la Iglesia, tiempo fundamentalmente dedicado a la predicación del evangelio de Jesús de Nazaret.

No es fácil hablar del Espíritu Santo. Es un tema fluido que rehúye el encasillamiento en nuestros esquemas mentales ordinarios. Sin embargo, eso mismo es un indicio de que nos acercamos a un tema divino. Hablar de Dios siempre supera nuestra capacidad de comprensión y de expresión. La inexactitud, la imprecisión, resultan inevitables. Es casi un buen síntoma. Si a esto se añade la  falta de práctica, es decir, el relativo silencio creado en torno al Espíritu Santo, la dificultad se acentúa.

“¿Habéis recibido el Espíritu Santo?”, preguntó Pablo a los cristianos de Éfeso.  “No hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo”, respondieron (Hech 19, 1-2). Posiblemente, nosotros habríamos dado alguna respuesta: es Dios, la Tercera persona de la Santísima Trinidad…Y quizá ahí se acabaría nuestra “ciencia del Espíritu”. Y sin embargo es la gran novedad aportada por Cristo; es su don, su herencia, su legado.

Un don necesario  para pertenecer a Cristo (Rom 8,9), para sentirle y tener sus criterios de vida, y acceder a la lectura de los designios de Dios.  Un don para todos (universal) y en favor de todos. De ahí que todo planteamiento “sectario” en nombre del Espíritu sea un pecado contra el mismo. Los monopolizadores del Espíritu no son sino sus manipuladores.

Es el Maestro de la Verdad; es él quien nos introduce en el conocimiento del misterio de Cristo -“Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino por influencia del Espíritu” (I Co 12,3)- , y del misterio de Dios -“Nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios” (I Co 2,11)) -.

Es el  Maestro de la oración. El Espíritu Santo es la posibilidad de nuestra oración -“viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros” (Rom 8,26)-  y el contenido de la oración (Lc 11,8-13).

Es el Maestro de la  comprensión de la Palabra. Inspirador de la Palabra, lo es también de su comprensión, pues “la Escritura se ha de leer con el mismo Espíritu con que fue escrita”. Él da vida a la Palabra; hace que no se quede en letra muerta. Él facilita su encarnación y su alumbramiento. “Él os llevará a la verdad plena” (Jn 16,13)

Es el Maestro del testimonio cristiano. Sin la fuerza del Espíritu, el hombre no solo carece de fuerza para dar testimonio del Señor, sino que su testimonio es carente de fuerza.

Se presenta como una realidad envolvente. Cubrió totalmente la vida de Jesús - “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4,18) -; la vida de María  -“La fuerza del Altísimo descenderá sobre ti” (Lc 1,35)-, y debe cubrir la vida de todo cristiano comunitaria e individualmente. 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué conocimiento y experiencia tengo del Espíritu Santo y de su magisterio?

.-  ¿Fructifican en mí los “frutos del Espíritu (Ga 5,22-23?

.- ¿Cómo concreto mi responsabilidad apostólica? 

DOMINGO J. MONTERO, OFMCap.

 

jueves, 19 de mayo de 2022

DOMINGO VI DE PASCUA -C-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 15,1-2. 22-29.

“En aquellos días, unos que bajaban de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban como manda la ley de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo y Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los Apóstoles y presbíteros sobre la controversia.

Los Apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes de la comunidad y les entregaron esta carta: “Los Apóstoles, los presbíteros y los hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado con sus palabras. Hemos decidido por unanimidad elegir a algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado la vida a la causa de nuestro Señor. En vista de esto mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que no os contaminéis con la idolatría, que no comáis sangre ni animales estrangulados y que os abstengáis de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud”.

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Desde Jerusalén, se intenta “judaizar” a los convertidos del paganismo. La comunidad de Antioquía no acepta esa “colonización”, y envía a Jerusalén  una legación encabezada por Bernabé, Pablo y posiblemente Tito. Expuesta su postura con libertad y claridad, todos llegan a un acuerdo de no imponerles otra cláusula que el recuerdo de los pobres de la comunidad jerosolimitana (cf. Ga 2,1-11). La “carta apostólica” que recoge el libro de los Hechos -y que aparece en este texto- parece que debió producirse en otro momento. Su objetivo era evitar tensiones entre los convertidos del paganismo y los judeocristianos más tradicionales. Unos y otros debían hacer concesiones en lo disciplinar, no en lo doctrinal, sin servilismos ni claudicaciones al núcleo del Evangelio. No se menciona el tema central del debate: la circuncisión, tema definitivamente superado. Lo esencial es el bautismo. San Agustín, en formulación feliz, afirma: “En lo esencial unidad, en lo dudoso libertad, en todo caridad”.

2ª Lectura: Apocalipsis 21,10-14. 22-23.

“El ángel me transportó en espíritu a un monte altísimo y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas. El muro tenía doce cimientos, que llevaban doce nombres: los nombres de los Apóstoles del Cordero. Templo no vi ninguno, porque es su templo el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”.

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Continuamos en la presentación de la Jerusalén celeste, la ciudad santa. El Vidente ante la imposibilidad de describir algo “trascendente” recurre a esquemas e imágenes extraídos de la Sagrada Escritura (Ez 40,2; 48,31-35), que, en el fondo, todas resultan “sugerentes”, aunque “insuficientes”.  Este proyecto de Dios es nuevo y renovador, pero no es ajeno a su plan “histórico”. La alusión a las tribus de Israel lo sugiere; pero, además, ese proyecto se asienta sobre los pilares de los doce Apóstoles del Cordero. Cristo está a la base de esa realidad. Es reseñable una ausencia fundamental: la ausencia del templo, porque el verdadero templo es el Señor Todopoderoso y el Cordero (cf. Jn 19-21). No serán necesarios “espacios” sagrados. Dios será ese “espacio” de santidad, en el que viviremos y existiremos (cf. Hch 17,28). También la ausencia de las luminarias celestes es destacable: porque esa dimensión la personaliza el mismo Dios y el Cordero es su lámpara. La Ciudad Santa será una realidad luminosa, brillante, pero la luz no vendrá de fuera, sino originada desde dentro, desde la presencia de Dios que la ilumina. 

Evangelio: Juan 14,23-29.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais os alegraríais de que vaya al padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo”.

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El texto seleccionado forma parte del discurso de despedida de Jesús. Tres aspectos destacan en él. 1) Jesús ofrece criterios de identidad para reivindicar proximidad con él: guardar su palabra. No solo oírla, sino guardarla en el sentido de convertirla en vida. No es una llamada al intimismo piadoso sino a la verificación existencial. El amor no es un “sentimiento” sino un “consentimiento”. 2) Garantiza a los discípulos la presencia del Espíritu como compañero permanente, intérprete y memoria de sus palabras. 3) Les envuelve en “su” paz, capaz de vencer todos los temores inherentes a su seguimiento.

La “partida” de Jesús no abre un vacío ni supone su ausencia. Es la culminación del proyecto que el Padre le encomendó. Su presencia será real, pero a otro nivel: Ya no estará “con” nosotros, sino “en” nosotros, junto al Padre, en todo aquel que cumpla sus palabras.

 REFLEXION PASTORAL

Próximos ya a la fiesta de la Ascensión del Señor, seguimos comentando las palabras de despedida de Jesús en la tarde del Jueves Santo. Con ellas no sólo quiso abrir confidencialmente su corazón a los discípulos, sino que también quiso abrirles los ojos, clarificándoles algunos criterios para que,  en su ausencia, y “antes de que suceda”, supieran interpretar correctamente las situaciones, sabiendo a qué atenerse. Pues los conflictos y los problemas no tardarían mucho en presentarse (1ª lectura).

Así, el pasado domingo considerábamos la señal del cristiano: el amor al prójimo “como Yo os he amado”, con una advertencia: “permaneced en mi amor”.

Hoy nos dice: “El que me ama, guardará mi palabra”. Y es que amar a Jesús -y al prójimo- es una cuestión práctica. No se trata de manifestaciones rotundas de fidelidad, como S. Pedro; ni de meros sentimientos (“No el que diga: Señor, Señor…” Mt 7,21); ni de escuchas incomprometidas (“Has predicado en nuestras plazas...” Lc 13,26).

“El que me ama, guardará mi palabra; el que no me ama, no guardará mi palabra”. Con ello Jesús nos quiere decir dos cosas: que solo desde el amor es posible guardar su palabra, y que solo el que guarda su palabra “permanece en su amor”, le ama de verdad.

Queda, pues, al descubierto la contradicción del que se confiesa “creyente, pero no practicante”. El que no adopta, el que no asume la praxis de Jesús, su palabra, no cree en Él ni le ama de verdad. El amor, como la fe, sin obras está muerto.

Hay que guardar su palabra. ¿Y eso qué implica? En primer lugar, conocerla -¿y  ya la conocemos?- ; y, además, interiorizarla y vivirla en el día a día, impregnando con su sentido y su luz los comportamientos y actitudes personales  - “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?” (Lc 6, 46) -. En otra ocasión manifestó su desacuerdo con estas palabras “Anuláis la palabra de Dios con vuestras tradiciones” (Mt 15, 6).

Abrir el evangelio en todas las situaciones de la vida, y abrirnos al evangelio. En un mundo saturado de palabras, vacías, artificiales, contradictorias, dichas para no ser guardadas, infectadas por el virus de la caducidad; hay una palabra plena, veraz, fiel, dicha para ser guardada, con una garantía de origen, la de Jesús.

En la carta de Santiago se nos hace una advertencia muy pertinente: “Recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros y que es capaz de salvaros. Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos” (1,21-22).

Pero, hay que reconocerlo, esto no es fácil, ni es obra del sólo esfuerzo humano; se requiere la presencia y la fuerza del Espíritu Santo, como en María. Nadie como ella guardó la Palabra con tanta verdad y profundidad. Aquí reside la inigualable grandeza de María, en su entrega inigualablemente audaz a la Palabra de Dios, haciéndose total disponibilidad: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38. Y actuando así convirtió a la palabra de Dios en su hijo, quedando ella convertida en Madre  de la Palabra y en Morada de Dios. Y en nadie como en María fue tan fuerte y tan íntima la acción del Espíritu Santo.

Abrámonos a las Palabra de Jesús, porque son más que palabras, son “espíritu y vida” (Jn 6,63); son la llave para hacer de nuestra vida una morada de Dios: “pues al que guarda mi palabra mi Padre le amará y vendremos a el y moraremos en él”. ¡Siendo así las cosas, bien vale la pena el empeño!

REFLEXION PERSONAL

.- Ante la realidad eclesial, ¿soy abierto, crítico o indiferente?

.- ¿Con qué responsabilidad asumo la misión de ser luz, en ese proyecto nuevo de Dios?

.- ¿Cuál es mi actitud ante la palabra de Dios?

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.

 

 

 

miércoles, 11 de mayo de 2022

DOMINGO V DE PASCUA -C-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 14,20b-26.

“En aquellos días volvieron Pablo y Bernabé a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios. En cada iglesia designaban presbíteros, oraban, ayudaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge y bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. Al llegar reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe”.

                   ***             ***             ***             ***

Tras la lapidación en Iconio (Hch 14, 19), que casi acaba con su vida, Pablo se recupera y, junto con Bernabé, se dirige a Derbe. Tras un tiempo evangelizando con éxito en esa ciudad, ambos dan por concluida la primera etapa misionera y deciden regresar a Antioquía de Siria. En el viaje de regreso visitan las comunidades fundadas, confirmando la fe de los cristianos, a la vez que las  proveen de las estructuras pastorales necesarias para su funcionamiento autónomo. Llegados a la iglesia madre de Antioquía, informan del resultado de la misión que se les confió: “Dios ha abierto a los gentiles la puerta de la fe”. Un relato en el que se percibe la sensibilidad y responsabilidad misionera desde la comunión eclesial, así como su dinámica interna. Y nos dice que evangelizar no es oficio de francotiradores, sino de comunidades responsabilizadas  con el Evangelio.

2ª Lectura: Apocalipsis 21,1-5a.

“Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos.  Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: “Ahora hago el universo nuevo”.

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En esta séptima visión, Juan contempla la nueva y definitiva realidad pensada y realizada por Dios. El cielo nuevo y la tierra nueva, alude a la nueva creación, ya de alguna manera apuntada por Is 65,17 y 66,22. La ausencia del mar  -realidad oscura y espacio de la bestia (Apo 13,1)- destaca la idea de una realidad ausente de toda sombra de mal. La Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, es una realidad alternativa a todo proyecto intrahistórico. No se identifica sin más con la Iglesia, aunque la Iglesia, por su renovación y santidad, está llamada a entrar en ella. Esta imagen no supone, por tanto, la canonización de ningún proyecto intrahistórico, civil o eclesiástico, es solo obra de Dios y marca el ápice de su proyecto creador. Y no se trata tanto de una realidad cosmológica sino teológica. San Pablo formula esta realidad con otro lenguaje más directo y menos simbólico (Rom 8,19-23; II Co 5,17). La imagen del matrimonio de Dios con su pueblo aludida en el texto también hunde sus raíces literarias en el AT: Is 65,18; 61,10; 62,4-6; Os 2,16…  Esa Ciudad será la sede permanente de Dios, a la que todos estamos llamados como miembros de su pueblo por la obra salvadora de Jesucristo, muerto y resucitado.

Evangelio: Juan 13,31-33a. 34-35. 

“Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús. Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. (Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará). Hijos míos, me queda poco tiempo de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”. 

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La salida de Judas del cenáculo supone un paso adelante en el desarrollo de los acontecimientos. Jesús ya ve próxima su “glorificación” por el Padre y su “glorificación” al Padre. Su muerte es la “hora” del tránsito de este mundo al Padre y el punto de “atracción” de los hombres hacia él (Jn 13,22). A Jesús le queda poco tiempo, y lo aprovecha. A sus discípulos les ofrece, en apretada síntesis, los núcleos de su vida y de su mensaje. El mandamiento nuevo forma parte de uno de esos núcleos. La identidad cristiana no reside en la ideología sino en la praxis. Y la mejor praxis es el amor “como yo os he amado”.  La I Carta de san Juan profundizará en las urgencias de ese amor. Será el criterio para saber si estamos vivos o muertos cristianamente (I Jn 3,14).

REFLEXIÓN PASTORAL

Todos gustamos de identificarnos, y hoy abundan los signos y emblemas identificativos. Como cristianos no deberíamos renunciar a esta voluntad de identificarnos, el problema está en los signos y manifestaciones en que hacemos recaer esa identificación. Algunos son, es cierto, demasiado ambiguos y superficiales. Jesús, sin embargo, nos lo ha dicho claramente: la señal es el amor.

Ése es el mandamiento nuevo. Pero, ¿no se prescribía ya en el AT el mandamiento del amor al prójimo? ¿Por qué entonces se le llama nuevo? ¿En qué consiste esa novedad?   “Amarás al prójimo como a ti mismo” decía el AT; Jesús introduce un cambio: “como yo os he amado” (Jn 13,34), y ahí está la novedad. ¿Y cómo nos ha amado Jesús?   Hasta el fin; no se reservó nada: “se vació” (Flp 2,7). Con un amor radical, porque  “nadie ama más que el que da la vida” (Jn 15,13). Con un amor sin prefijos ni presupuestos: no espera a que seamos buenos para amarnos, nos hará buenos su amor. Con un amor preferencial por lo perdido... Así nos ama Cristo.

Pero este amor gratuito y radical nos urge a permanecer en él. Permanencia que tiene olor, calor y color humanos, de hombres y mujeres con los que tenemos que convivir según el nuevo esquema de Jesús: amándoles y sirviéndoles allí donde están y así como son.

Nuestra inmadurez afectiva nos lleva a ser sectarios frente a los que no son como nosotros; a despreciar a los que tienen puntos de vista distintos a los nuestros; a separar definitivamente o a no querer recibir a alguien por el hecho de tener un planteamiento o un enfoque  social, política o religioso que no compartimos. Actuando así quizá no caemos en la cuenta de que nos estamos oponiendo al designio de Dios respecto de cada hombre, que fue crearlo a su imagen y semejanza - la de Dios -. Nosotros, en cambio, pretenderíamos conformar a todos a nuestra imagen y semejanza, amando en los otros sólo lo que amamos de nosotros en ellos, lo que nos satisface y coincide con nosotros. Pero eso no es amor al prójimo sino “amor propio”, eso no es amor sino egoísmo.

“Permaneced en mi amor” (Jn 15,9), “amad como yo os he amado”; ésta es la novedad. Entendiendo bien que eso no es una invitación sentimental ni al sentimentalismo, sino a recrear los sentimientos de Cristo Jesús. Ni es, tampoco, una propuesta indiscriminada a permanecer en cualquier amor, sino en el que hemos sido amados por Cristo.

Ésta es la señal (cf. Jn 13,35). “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (I Jn 4,16). Y  desde entonces creer no es pensar, sino amar como Cristo nos ama. Y este amor será el principio de esa renovación de que nos habla la segunda lectura. Los cielos nuevos y la tierra nueva comienzan en un corazón nuevo, renovado por el amor. 

REFLEXION PERSONAL

.- ¿Soy consciente de que “hay que pasar mucho para entrar en el Reino”?

.- ¿Con qué energía e ilusión colaboro a ese proyecto de cielo nuevo y tierra nueva?

.- ¿Es el amor de Cristo mi plataforma vital? ¿Siento su urgencia?

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 4 de mayo de 2022

DOMINGO IV DE PASCUA -C-

 1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 13,14. 43-52.

En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles al favor de Dios.

El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a oír la Palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: “Teníamos que anunciaros primero a vosotros la Palabra de Dios, pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te haré luz de los gentiles, para que seas la salvación hasta el extremo de la tierra”. Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la Palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna, creyeron.

La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio.

                   ***                       ***             ***             ***

    En su aparente sencillez el texto escogido nos informa de un momento trascendental en la historia de la comunidad cristiana. Pertenece a lo que se designa como “el primer viaje misionero” (Hch 13-14). La responsabilidad de la fe convierte a la iglesia de Antioquía en misionera. La fe urge la misión, y ésta es una respuesta de la fe. Siguiendo la estrategia misionera, los judíos son los primeros destinatarios del anuncio del Evangelio. Ante la resistencia que ofrecen, Pablo da un paso adelante: “Nos volveremos a los gentiles”. Un salto cualitativo en la estrategia evangelizadora, que el Apóstol legitima y apoya en una cita profética (Is 49,6), atribuida en un principio al Siervo de Yahwéh, pero que él se aplica a sí mismo. Dos actitudes se destacan ante esta decisión: la alegría de los gentiles, al saberse destinatarios de la salvación, y la envidia de los judíos, cegados por visión patrimonialista y excluyente de la salvación. Aprendamos la lección: la misión surge de la fe, y la fe demanda la misión, una misión no excluyente, sino abierta e integradora.

2ª Lectura: Apocalipsis 7,9. 14b-17.

Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.

Y uno de los ancianos me dijo: “Estos son los que vienen de la gran tribulación, han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en el templo. El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia las fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos”.

                     ***                     ***             ***             *** 

    Nos encontramos en la sección de “los sellos” (Apo 6-8,5), concretamente en el impasse entre el sexto y el séptimo sello. El Vidente nos habla de una multitud inmensa y universal (antes ha hablado de los 140. 000 sellados de las tribus de Israel).

¿Quiénes son y de donde han venido? Son los “discípulos” y “testigos” de Jesús que han  perseverado en sus pruebas (cf. Lc 22,28), incluido el martirio (las palmas en las manos aluden probablemente a esa realidad), convertidos ahora en pueblo sacerdotal, “dándole a Dios culto día y noche”. El texto se revela como el cumplimiento definitivo de las palabras de Jesús: “Donde yo esté, estará mi servidor” (Jn 12,26).

El Cordero glorioso es el Pastor humilde del Evangelio (Jn 10,14ss). Allí se cumplirán definitivamente las bienaventuranzas, cuando “Dios enjugará las lágrimas de su ojos…  y no habrá ya muerte ni llanto ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,4).

Con estas palabras el autor no pretende alimentar la imaginación sino la esperanza, pues el más allá es inenarrable, pues “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que le aman” (I Co 2,9).

Evangelio: San Juan 10,27-30.

En aquel tiempo, dijo Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno”.

                   ***                         ***           ***             ***

El domingo IV después de Pascua desarrolla como idea central la imagen de Jesús como el Buen Pastor, subrayando en cada uno de los ciclos litúrgicos aspectos singulares del cap. 10 del Evangelio de S. Juan. Así en este domingo del llamado ciclo C, se destaca la idea de la profunda intercomunión entre Xto. -el Buen Pastor- y los creyentes -las ovejas -. Además se destaca que el Padre es conocedor de ese proyecto “pastoral”. Ser oveja de Jesús no es un hecho gregario: las ovejas toman decisiones personales: escuchan su voz y le siguen. Por otra parte Jesús también es un pastor que “personaliza”: él las conoce, las cuida y las protege. Las ovejas son un “don” del Padre.

 REFLEXIÓN PASTORAL

    La imagen de Dios como pastor se remonta a los profetas (Jer 23,1-2; Ez 34). También los salmos conocen este perfil divino (Sal 23,1; 80,2). Con ella se quería descalificar a los falsos pastores, que no guiaron al pueblo según el designio de Dios, y sobre todo ratificar que Dios en persona asumirá ese quehacer. “Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré...; buscaré a la oveja perdida y traeré a la descarriada...Y suscitaré un pastor que las apaciente” (Ezq 34,11-23). ¿Cómo no ver en la parábola de la oveja perdida (Mt 18,12-14; Lc 15,4-7) y sobre todo en la imagen de Jesús, el Buen Pastor (Jn 10), el cumplimiento de esa profecía? La carta a los Hebreos hablará de Jesús como “el gran Pastor de las ovejas en virtud de la sangre de una Alianza eterna” (13,20)

Es cierto que esta imagen -Pastor y ovejas- hay que despojarla de toda connotación gregaria, pues por ser oveja -discípulo de Jesús- no es un hecho gregario sino personal.

Jesús es el Buen Pastor, que conoce personalmente y da vida personal  -su vida y “en abundancia” (Jn 10,10)- por y a sus ovejas. Ovejas que son un don del Padre -“mi Padre me las ha dado”-; ovejas que son su propiedad -“nadie puede arrebatármelas”- ¡Qué serenidad y confianza para nuestra vida sabernos conocidos y amados así por Cristo!

Pero ese conocimiento del Buen Pastor implica el reconocimiento-seguimiento de las ovejas -“escuchan mi voz y me siguen”-. ¡Qué responsabilidad para nuestra vida! Porque esto tiene consecuencias muy importantes. Ese seguimiento es, en primer lugar, acogida: supone reconocer el paso de Dios por mi vida. “Mira que estoy a la puerta llamando” (Apo 3,20); es conocimiento y personalización de los núcleos fundamentales de la persona de Jesús: sus sentimientos (Flp 2,5ss), su mentalidad (I Cor 2,16), su estilo (I Jn 2,6), hasta convertirle en protagonista de la propia existencia (Gal 2,20); es, finalmente, testimonio  que, como nos recuerda la 2ª lectura, ha de ser veraz, es decir, sincero, profundo y hasta sangrante.

¿Tenemos conciencia, experiencia de esta vida y de esta presencia del Buen Pastor? ¿Sentimos su pertenencia a Él como algo fundamental? ¿Languidecemos por inanición o nos alimentamos con su pasto vivificante?

¿Escuchamos y seguimos la voz del Señor o andamos descarriados y perdidos por caminos sin futuro tras la voz de mercenarios?

Pero, no lo olvidemos, también Jesús, es presentado como el Cordero, degollado.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué resonancias personales evoca en mí la imagen del buen Pastor?

.- ¿Reconozco y escucho su voz?

.- ¿Cómo ejercito yo mi responsabilidad “pastoral” (todos la tenemos)?

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.