martes, 15 de agosto de 2023

DOMINGO XX -A-

1ª Lectura: Isaías 65,1.6-7.

     Así dice el Señor: Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alabanza: los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos.

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   Probablemente posterior al regreso del Destierro, este oráculo, fiel a la tradición universalista de los grandes profetas (cf. Is 45,14ss), proclama a un Dios abierto, sin fronteras étnicas ni políticas. Para los prosélitos (extranjeros convertidos al judaísmo) también están abiertas las puertas de la Casa de Dios, una casa que es casa de oración. Para entrar en ella es suficiente amar el nombre del Señor, practicar la justicia y perseverar en su alabanza.   

2ª Lectura: Romanos 11,13-15. 29-32. 

    Hermanos: A vosotros, gentiles, os digo: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios; pero ahora, al desobedecer ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos que ahora no obedecen, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos.

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    Nada ni nadie está definitivamente perdido. Pablo hace una lectura peculiar del alejamiento provisional de Israel. Todo forma parte del designio salvador de Dios. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Dios es fiel, y no se desdice ni se olvida. Esta certeza alimenta la fe del apóstol respecto de sus hermanos judíos. Si el actual “rechazo” ha producido tanto fruto a los paganos, ¿qué ocurrirá el día de su “reincorporación”? Por eso invita a no levantar fronteras ni a atrincherarse tras ellas: nada de anatemas; hay que recuperar el lenguaje del amor y la misericordia comprensiva. 

Evangelio: Mateo 15,21-28.

   En aquel tiempo, salió Jesús y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo. Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se acercaron a decirle: Atiéndela que viene detrás gritando.  Él les contestó: Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

   Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: Señor, socórreme.

   Él le contestó: No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

   Pero ella repuso: Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

   Jesús le respondió: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

   En aquel momento quedó curada su hija.

 

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    Tres momentos pueden detectarse en este relato: narración, instrucción y corrección. Comparado con el paralelo de Mc 7,24-30 se advierten algunos matices peculiares. Jesús, tras la disputa con los fariseos (Mt 15,1-20), sale a tierra extranjera. Y allí tiene lugar la escena, protagonizada por el drama de una madre pagana. Aparentemente Jesús se mueve dentro de los cánones de la ortodoxia judía, pero obrando así pone al descubierto la inhumanidad del sistema. Los mismos discípulos, aunque por otros motivos le piden que atienda a esa mujer. Finalmente, Jesús salta las fronteras y realiza el milagro, porque allí, en aquella mujer, había una grande fe. Es la narración. A partir de ahí el relato se convierte en instrucción a una comunidad de cristianos provenientes de judaísmo que miraban con prejuicios y reticencias la apertura a los paganos, y, finalmente, puede leerse también como una corrección de conductas aislacionistas y sectarias, mostrando cómo Jesús se acercó a todas las personas, superando fronteras geográficas y religiosas.

 

   

REFLEXIÓN PASTORAL

 

    No hay limitaciones geográficas ni étnicas al amor de Dios. Jesús traspasa todas las fronteras (Ef 2.14). Dios no discrimina, y nos urge a no discriminar (1ª lectura). Es, también, el mensaje de la segunda lectura: “… pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Rom 11,32); no hay méritos que justifiquen su amor. Es gratuito.

     La vía de acceso a Dios está abierta a los que guardan el derecho y practican la justicia (Is 56,1; Hch 10,34-35), y a los que creen.

     ¿Y qué es creer? No es solo saber y aceptar intelectual y afectivamente unas verdades; hay que acogerlas efectivamente, o, mejor, hay que acogerse efectivamente a la Verdad, dejarse inundar por ella. Creer es integrar la vida en el designio de Dios -“Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch 22,10)-, e integrar el designio de Dios en la vida -“Hágase en mí, según tu palabra” Lc 1,38)-. La fe es acogida y entrega; recepción y donación.

      Es aceptar sin reticencias el señorío de Dios en la vida. Recrear cada día, en el horizonte concreto del hermano, el amor con que Dios nos ama (1 Jn 4,16). Amor misericordioso, que no espera a que seamos buenos para amarnos, sino que nos hace buenos al amarnos; por eso es creador y redentor.

     Mensaje que adquiere toda su fuerza en esta escena evangélica: Jesús entra en contacto con lo heterodoxo: tierra extranjera y mujer extranjera, que le suplica no con oraciones rituales sino con gritos de dolor. Los discípulos, queriendo deshacerse del problema, le piden que intervenga. Jesús da una respuesta desconcertante: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 15,24). Con ella, más que expresar sus sentimientos personales, Jesús parece subrayar lo ridículo que son los sectarismos y apriorismos del judaísmo.

    Cuando, postrada a sus pies, la mujer le suplica, con el corazón roto, por la salud de su hija, Jesús continúa en el mismo tono de la ortodoxia judía: no hay que desperdiciar el pan de los hijos. Y la mujer, madre sobre todo, asume la aparente matización, porque no está allí para discutir de privilegios, sino para arrancar de Jesús la curación de su hija. Está dispuesta solo a las migajas.

    Y, ante la fe de aquella mujer, Jesús parece desmoronarse. Y  aquí es donde quería llegar Jesús: la fe no tiene fronteras. Y esa fe arranca el milagro, pero sobre todo una gran lección: “Mujer, qué grande es tu fe” (Mt 15,28), porque “todo es posible para el que cree” (Mc 9,23).

     Y ¿qué es la fe? Para hablar de la fe en Dios, primero hay que considerar la fe de Dios, porque Dios es creyente, y modelo de creyentes.    

    Como el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero (1 Jn 4,10), tampoco la fe consiste en que nosotros hayamos creído en Dios, sino en que El ha creído primero en nosotros. Porque Dios es Amor y Fe. Y ese Amor y esa Fe son el amor y la fe que nos salvan, y que nos urgen.

    El creyente no es un conquistador; es solo, y nada menos, un ser descubierto por Dios, y un  descubridor agradecido de las huellas de Dios, que siempre le precede (Sal 139). Antes de ser creyente, el hombre ha sido creído, y fue Dios el primero que creyó en él, hasta crearlo y entregarle su creación (Gen 1,27-29).      

    Y no fue éste su último acto de fe. A pesar del hombre, de su pecado, Dios siguió creyendo en él hasta hacerse hombre. Jesucristo es la profesión más perfecta de la fe de Dios en el hombre, por eso es también la formulación más perfecta de la fe del hombre en Dios. Es a esa fe a la que adhirió la cananea y a la que nos adherimos nosotros.

 

 REFLEXIÓN PERSONAL

 

.- ¿Cómo es mi fe? ¿Teórica, ritual…? O ¿creativa, vivencial e interpelante?

.- ¿Con qué la alimento?

.- ¿En qué la concreto?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

viernes, 11 de agosto de 2023

DOMINGO XIX -A-

1ª Lectura: 1 Reyes 19,9a. 11-13a.

    En aquellos días llegó Elías al monte de Dios, al Horeb, se refugió en una gruta. El Señor le dijo: Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar. Pasó antes del Señor un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos: en el viento no estaba el Señor. Vino después un terremoto, y en el terremoto no estaba el Señor. Después vino un fuego, y en el fuego no estaba el Señor. Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta.

                            ***             ***             ***

     Elías, perseguido, abandona el territorio de Israel y peregrina al Horeb, el lugar donde Dios se reveló a Moisés. Es un gesto de denuncia y de vuelta a lo original. Allí espera al Señor. Pero Dios le sorprende: se hace presente no desde las manifestaciones teofánicas tradicionales; escoge el susurro como signo precursor de su presencia. Dios no está circunscrito a “lo oficial”. Allí al profeta se le encomienda una misión más arriesgada que las que ha tenido que afrontar hasta entonces, pero no estará solo, Dios estará con él.

2ª Lectura: Romanos 9,1-5.

    Hermanos: Como cristiano que soy, voy a ser sincero; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según lo humano, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

                            ***             ***             ***

    Ante los cristianos de Roma Pablo no les oculta lo que es su drama personal. Siente profundamente en su alma el rechazo del pueblo judío a la persona y al mensaje de Jesús. Convirtiéndose a Cristo, él no ha renunciado a sus “hermanos”. Se identifica con su valiosa herencia; solo siente que no se hayan abierto al “alma” de esa herencia, Jesucristo. La fidelidad al Evangelio no le convierte en enemigo de los que lo rechazan o desconocen. Es el reto permanente de su vida: acercarlos al conocimiento de Cristo.  

Evangelio: Mateo 14,22-33.

    Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

    Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por la olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.  Jesús les dijo en seguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

    Pedro le contestó: Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua. Él le dijo: Ven.

    Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame.

    En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

    En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios.

                            ***             ***             ***

     Tras el milagro de los panes, Jesús despide a los discípulos y se despide de las gentes. Ya solo, se retira al monte a orar. La oración es esencial en la vida de Jesús. Desde ese “faro” de la contemplación sigue la travesía de los discípulos. La oración de Jesús no es ausencia ni huida, sino presencia. Es la primera escena.

    La segunda tiene ver con la travesía de los discípulos. Con gran sencillez Jesús aparece cercano a los suyos en los momentos difíciles. El diálogo con Pedro, y sobre todo la pregunta centran el relato. Solo la fe salvará a la barca y mantendrá a flote a los discípulos. Ella es el timón y la brújula que aporta seguridad y orientación a la barca. Se trata de una “parábola” de la travesía de la iglesia en un mar de dudas y de aguas agitadas. Pero el Señor está siempre atento y presente, en medio de las turbulencias.

REFLEXIÓN PASTORAL

    La existencia humana reviste, frecuentemente, las características de una travesía no exenta de riesgos y peligros. Si es cierto que unas veces parece discurrir por parajes encantados y encantadores, no es menos cierto que en otras afronta momentos de incertidumbre y angustia. El fragmento evangélico que se proclama este domingo es una referencia iluminadora. También el texto de la primera lectura está en esa línea.

     Elías, luchador de la fe ante una sociedad desorientada política, social y religiosamente, se siente dominado por el desánimo. Ve el deterioro y el rechazo; considera su vida quemada en una causa justa, pero utópica. Y huye al desierto, refugiándose en una cueva,  pidiendo a Dios que le envíe la muerte (1 Re 19,1-4). Elías pensaba que estaba solo, pero Dios estaba con él para llenar de sentido y de esperanza su vida. ¡Elías creyó!

     San Pablo también, en la 2ª lectura, dice atravesar por una experiencia profunda de dolor por el rechazo que la mayoría de sus “hermanos, los de mi raza y mi sangre” (Rom 9,3) han dado a Jesús y  a su Evangelio. Pero tiene esperanza que esa situación acabará por revertir e Israel reconocerá a Jesús como el Mesías, porque Dios es fiel.

     El relato evangélico nos presenta no ya a un hombre solo, sino a una barca llena de hombres, y llenos de miedo y de dudas. Sabemos que esa barca significa para el evangelista san Mateo la Iglesia.

     En su travesía, la barca de la Iglesia, surcará aguas agitadas -las está surcando-; necesitará manos expertas que la guíen, pero, sobre todo, necesitará confiar en el Señor, pues aunque camine por cañadas oscuras (Sal 23,4) y se agiten los mares con su furia (Sal 93,4), Dios es el Enmanuel (Is 7,14).

      En la vida tranquila, creer en Dios y en Cristo, resulta fácil. Cuando todo sucede a la medida de nuestros deseos, nos sentimos invadidos por la presencia de Dios. Nos sentimos bendecidos. Nadar y navegar a favor de la corriente es cómodo.  Pero llegada la tempestad, el viento contrario, la noche del sufrimiento físico, del fracaso profesional, del problema familiar, de la ancianidad, de la soledad…, sentimos el vacío y hasta el abismo abierto a nuestros pies. Y nos preguntamos ¿dónde está Dios?, ¿podrá sacarnos de estas aguas turbulentas? Y estamos expuestos a caer en la tentación de pensar si nuestra fe no habrá sido solo una fantasía, y Cristo solo un fantasma. ¡Y dudamos! Y dudar no es malo; porque la duda ayuda a purificar certezas irreflexivas e infantiles. Pero hay que salir de dudas. No podemos permanecer indefinidamente en esas aguas. El milagro, también, puede hacerse para nosotros. Basta, y es necesario, que sepamos descubrir la presencia del Señor.

   Todos hacemos nuestra peculiar y personal travesía por ese mar de dudas. Sus aguas no sólo bañan las costas de nuestras vidas, sino que a veces las azotan e inundan, cubriéndolas con su inquietante oleaje de preguntas y temores.

         “¿Por qué has dudado?” (Mt 14,31).  Esta pregunta de Jesús a Pedro no es solo una recriminación a la incredulidad, sino una invitación al análisis.

“¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” (Lc 24,38), preguntó Jesús a sus discípulos, confusos después de su muerte y resurrección.

         ¿Por qué surgen dudas en nuestro interior? Quizá porque no hemos salido de él, encerrados en nuestros egoísmos y temores. Quien toca o  abraza con fe la Cruz de Cristo; quien hace la experiencia de amar como Dios manda, o mejor, como Dios ama, supera todas las dudas, y toma decisiones profundas, como hubo de hacerlo Pablo. Su opción por Cristo configuró su existencia, llevándole a un tránsito existencial: del integrismo judío al seguimiento radical de Jesús.

         Hay que salir de dudas; para eso hay que salir de uno mismo y tomar la mano que Cristo nos tiende, aunque notemos en ella la señal de los clavos. Es la prueba más cierta de que esa mano es la suya.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué espacio tiene la oración en mi vida?

.- ¿Qué tipo de oración?

.- ¿De dónde provienen las dudas de mi interior?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

 

 

martes, 1 de agosto de 2023

DOMINGO XVIII: LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR -A-

 1ª Lectura: Daniel 7,9-10. 13-14.

         Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaba a su órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Yo vi, en una visión nocturna, venir una especie de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano venerable y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará.

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La liturgia de la Iglesia presenta este texto del libro de Daniel identificando a Jesucristo con ese personaje misterioso, al que le ha sido entregado por el Padre el honor y el reino y ante el que postrarán todas la naciones (cf. Col 1,15-20).

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2ª Lectura: 2ª Carta de Pedro 1,16-19.

         Queridos hermanos: Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo no nos fundábamos en invenciones fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublima Gloria le trajo aquella voz: “Este es mi hijo amado, en él yo me complacido”. Esta voz traída del cielo la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones.

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El texto se remonta y rememora el “relato” sinóptico de la transfiguración, reveladora de la identidad más profunda de Jesús. “No fue una invención fantástica”, sino una experiencia vivida por los tres testigos, Pedro, Santiago y Juan.

Evangelio: Mateo 17,1-9.

     En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

     Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

    Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

     Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

     Jesús se acercó y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis.

     Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.        

                                             ***             ***             ***

  Se acercaban a Jerusalén, donde iban a tener lugar los dramáticos acontecimientos de la Pasión, y para que los discípulos no se vieran desbordados por esos sucesos, Jesús escoge a Pedro, Santiago y Juan -los que serán testigos de la agonía en Getsemaní- para manifestarles su auténtica dimensión.

     El que sudará sangre, al que verán como rechazado y maldito, es el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto. A quien el pueblo elegido no sabrá reconocer, es reconocido, sin embargo, por las grandes figuras de ese pueblo: Moisés, autor de la Ley, y Elías, el gran profeta.

   San Mateo reelabora el texto de san Marcos subrayando algunos aspectos que anticipan su manifestación gloriosa en la resurrección. Es la plenitud de la Ley y los Profetas, personificados por Moisés y Elías. Es el Hijo amado de Dios, el profeta definitivo a quién todos deben escuchar (Dt 18,15). Este relato está vinculado con el del Bautismo en el Jordán, y en ambos aparece identificado con siervo sufriente que, a través de la muerte, camina a la resurrección.    

REFLEXIÓN PASTORAL

Según una antiquísima tradición, que se remonta al apócrifo Evangelio de los Hebreos, el monte de la Transfiguración del Señor es identificado con el Tabor, aunque algunos lo identifiquen con el gran Hermón, de nieves perpetuas. Ambos, el Tabor y el Hermón, aparecen hermanados en la Biblia -“el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre” (Sal 89,13)-, y vinculados a múltiples acontecimientos de la historia veterotestamentaria.

         Pero, más allá de estas acotaciones geográfico-históricas, en los evangelios la relevancia de este monte reside en su gran densidad teológica y espiritual. Es un monte “profético”, por sus protagonistas: Moisés, Elías y Jesús. Monte de plenitud, porque en él reciben luz de la Luz indeficiente y definitiva (Jesús), la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías). Monte de transfiguración y, sobre todo, monte de revelación -“Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”-  y de compromiso -“Escuchadle”-.

         Para los que caminamos por este valle de lágrimas, y por “cañadas oscuras” (Sal 23,4), es de gran importancia subir a este monte y plantar allí nuestra tienda, para cargarnos de energía y esperanza, para superar dudas y miedos, iluminar los ojos y llenar el corazón con la verdad de Jesús. Esta “acampada” con él es necesaria.

         Hoy el senderismo, el alpinismo…, está muy de moda. Y los cristianos deberíamos integrar esta sensibilidad en nuestra espiritualidad, que comenzó por llamarse “seguidores del Camino” (Hch 9,2), y que tiene en Jesús, además de el Camino (Jn 14,6), un excelente pionero (Heb 12,2).

         Pero el “monte” no es el final del camino. Hay que volver al “valle”, como Jesús y los discípulos, donde encontraremos la posibilidad de inyectar en la realidad cotidiana “lo que hemos visto y oído” (1 Jn 1,1).

         El monte de la transfiguración es una “altura” desde la que contemplar la vida, una fuente de inspiración para transfigurarla, y una llamada urgente a hacerlo.

         La fiesta de la Transfiguración del Señor nos habla de la realidad más profunda de Jesús, y nos confronta con nuestra realidad más profunda. También nosotros hemos sido transfigurados en “hijos de Dios”: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios ¡pues lo somos!” (1Jn 3,1). Aunque la densidad de esa filiación está aún por ver: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). Vivir esta fiesta con propiedad significa apropiarnos su mensaje.

 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué me dice la fiesta de la Transfiguración?

.- ¿Me reconozco en ese “Hijo amado”?

.- ¿Lo escucho?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, Capuchino.

miércoles, 26 de julio de 2023

DOMINGO XVII -A-

 

 1ª Lectura: 1 Reyes 3,5.7-12.

    En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: Pídeme lo que quieras.

    Respondió Salomón: Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?

    Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello y Dios le dijo: Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riqueza ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrás después de ti.

                            ***             ***             ***

     La oración de Salomón pidiendo al Señor discernimiento para servir, y no poder, es bien vista por Dios. Y marca el sentido por donde debemos caminar en nuestra oración de petición. San Pablo también oraba para que Dios dotara a la comunidad de espíritu de sabiduría y revelación para conocerle, iluminando los ojos del corazón (cf. Ef 1,17.18).

2ª Lectura: Romanos 8,28-30.

    Hermanos:  Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

                            ***             ***             ***

    Dios es un buen referente. El amor y la fe en él salvan la existencia. Él nos ha destinado a ser imagen de su Hijo, a configurarnos con él, integrándonos en su familia, personalmente pero no aisladamente.  Este es el contenido profundo de la dignidad, de la responsabilidad y de la esperanza cristianas.

Evangelio: Mateo  13,44-52.

    En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

    El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

    El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto? Ellos contestaron: Sí. Él les dijo: ya veis, un letrado que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

                            ***             ***             ***

      Estas parábolas son propias del evangelio de Mateo. El Reino de Dios es una realidad preciosa, sorprendente, por la que hay que apostar decididamente y con alegría. La parábola de la red apunta a una ulterior realidad: la postura que se adopte ante el Reino de Dios no será irrelevante, pues habrá un juicio, una evaluación final. Dios no excluye, pero puede haber quienes le excluyan a él y se autoexcluyan. Sin embargo, el juicio, la selección queda en las manos del Dios de la misericordia, capaz de revertir ese juicio en la oferta definitiva de su amor infinito.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Vivir la fe como “un tesoro escondido” (Mt 13,44), como “una perla de gran valor” (Mt 13,46), no parece ser la experiencia de la mayoría de los cristianos o, al menos, no es esa la sensación que transmitimos; más bien sucede lo contrario, la de sentirla como una carga pesada que nos obliga y fatiga o, en todo caso, algo que no nos motiva excesivamente.

    Nos cuesta visibilizar la dimensión gozosa de la fe. Parece que, como diría el profeta, “la alegría ha huido de nuestra tierra” (Is 24,11). Llamamos “celebración” a la eucaristía, aspecto difícilmente reconocible por nadie ajeno que entrase en nuestras iglesias. Hemos formalizado y ritualizado todo tanto, que cuesta fatiga descubrir y vivir esa dimensión gozosa de la fe. Y vivir el seguimiento de Jesús como una gracia y no como una pena es el secreto para vivirlo de verdad.

     San Pablo, en la carta a los Romanos nos habla de la maravilla y de la excelencia de haber sido encontrados, elegidos y amados por Dios. Él lo vivió así, y lo agradeció de todo corazón.

    En el Evangelio, en esas dos miniparábolas, la del tesoro y la de la perla, Jesús nos dice que la opción por él, por el Reino de Dios, es la opción más inteligente y con más futuro, aunque nos cueste. Porque esta es la otra lección: Jesús y el Reino de Dios son un regalo, pero no son una baratija.

     Hay que “venderlo todo”. Jesús no lo ocultó nunca: “Quien quiera seguirme…” (Mc 8,34). Se lo dijo a los discípulos, que lo dejaron todo, y a otros  que se retiraron porque eran muy ricos. “Venderlo todo” no es una invitación a la frustración, sino a la realización; no es una llamada al empobrecimiento sino al enriquecimiento; un enriquecimiento paradójico, porque “el que ama su vida, la perderá…” (Lc 9,24). Invitación a invertir en valores de futuro, perennes, a los que no afecta la devaluación, “ni la polilla los corroe” (Lc 12,33). No se trata tanto de enajenar nuestros “bienes” cuanto de enajenar nuestros “males”, los que obstaculizan el seguimiento de Jesús. Y  hacerlo “con alegría”.

    Para ello necesitaremos como Salomón (1ª lectura) que Dios nos dé el discernimiento para hacer esa lectura correcta de las experiencias de la vida, y que configure nuestro corazón a su imagen y semejanza, para buscar y vivir su voluntad. Porque no es posible intentar “servir a dos señores” (Lc 16,13), viviendo fracturados, con referencias opuestas. Convertir al Señor en nuestra porción (Sal 119,57), en nuestra opción, es la decisión mejor y la más inteligente.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Manifiesto el gozo de haber sido encontrado por Dios?

.- ¿Apuesto con alegría por el Reino de Dios?

.- ¿Cuáles son os contenidos de mi oración?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.

miércoles, 19 de julio de 2023

 

DOMINGO XVI -A-

1ª Lectura: Sabiduría 12,13.16-19

 No hay más Dios que tú, que cuidas de todo, para demostrar que no juzgas injustamente. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.


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    El poder de Dios no es prepotencia o arbitrariedad, es el principio de la justicia y de la misericordia y se convierte en pedagogía para el hombre: el justo debe ser humano. La dureza es, en realidad,  debilidad; el verdadero poder es indulgente. Dios no está al acecho del hombre: en el pecado no precipita el castigo, da lugar al arrepentimiento. No tiene prisa en juzgar, tiene todo el tiempo para ejercer la misericordia.

2ª Lectura: Romanos 8,26-27.

    Hermanos:

    El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. El que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

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    La garantía de la oración del cristiano reside en el Espíritu que ora por nosotros. No es hechura de manos humanas, sino del Espíritu que Dios ha enviado y nos permite decir “Padre”. El mismo que da testimonio de que somos sus hijos (cf. Rom 8,15-16). Esto no supone una alienación personal, porque el Espíritu, por el bautismo, habita en lo más hondo del discípulo de Jesús. Sin ese Espíritu la oración cristiana será imposible y no sabremos lo que pedimos (cf. Mt 20,22).

Evangelio: Mateo 13,24-43.

    En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: No, que podríais arrancar también el trigo.   Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

    Les propuso esta otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeñas de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

    Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a una levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.

    Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: “Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré el secreto desde la fundación del mundo.”

    Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. El les contestó: El que siembra la semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancará de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojará al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

 

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     Con estas tres parábolas Jesús quiere exponer algunas realidades del Reino de Dios. La primera es exclusiva de Mateo; la segunda encuentra paralelos en Mc 4, 30-32 y Lc 13,18.19, y la tercera es compartida solo por Mt y Lc 13,20-21. En la de la cizaña destaca la paciente sabiduría de Dios (cf. 1ª lectura), que sabe dar tiempo a las cosas y enseña a no ser precipitados. El Reino de Dios ha de saber integrar las tensiones inherentes a su devenir histórico. Ha de admitir con esperanza que la obra de Dios alcanzará su fruto, pero para eso el grano ha de ser enterrado (parábola de la mostaza); porque esa humilde semilla participa de la energía de Dios, capaz de transformar y dinamizar la realidad. La explicación pormenorizada de la parábola de la cizaña, como la del sembrador, responde a un momento ulterior de la enseñanza reservada a los discípulos. Como en la del sembrador, se concluye con una llamada al discernimiento personal.

 

REFLEXIÓN PASTORAL

 

   “Dejadlos crecer juntos…”. ¡Una lección de realismo! Aceptar vivir en un mundo en el que hay buenos y malos, trigo y cizaña. Convivencia, a veces tan dura, que aparece la tentación de la impaciencia: ¡arranquemos la cizaña! ¿por qué ha de ocupar espacio en el campo?

Jesús hablaba a personas impacientes, que se preguntaban: ¿por qué tantos malhechores?, ¿a qué espera Dios para liquidarlos a todos? Y tiende a calmar e iluminar esa impaciencia.

     Dios no es el sembrador de la cizaña. Al final habrá un juicio. Y Dios será el único juez, porque los hombres podemos confundirnos, al no ver en el interior del corazón (cf. 1 Sam 16,7).

     La 1ª lectura nos habla del juicio de Dios, un juicio “con moderación”, “con gran indulgencia”, un juicio justo, “que te hace perdonar a todos” y que “en el pecado das lugar al arrepentimiento”. Porque la dureza es, en el fondo, debilidad; el verdadero poder es indulgente. Y procediendo así, “enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano”. La revelación del hombre a ser hombre: humanidad es el indicativo de la verdadera justicia.

     Es una pena que haya tanta cizaña en el mundo. ¡Y tanta cizaña dentro de nosotros! Lo que podemos y debemos hacer para reducirla es comenzar por arrancar la del propio campo. Acondicionar nuestro terreno. Ante la pretensión de entrar a limpiar el campo ajeno, Jesús advierte: “Saca primero la viga de tu ojo y, luego, verás a sacar la mota del ojo de tu hermano” (Mt 7,5). Porque, si no, “podríais arrancar también el trigo”.

     Nadie es enteramente trigo limpio, ni totalmente cizaña. Y todos podemos evolucionar positivamente ¡gracias a Dios! A Él no le apremia el tiempo. Su perspectiva es más amplia y generosa que la nuestra.

     No es infrecuente en algunos sectores de la Iglesia la tentación de recluirse en grupos homogéneos, elitistas, excluyendo a los semiconvencidos, a los no comprometidos… Jesús ve a su iglesia de un modo distinto: un pueblo de amplia acogida y paciencia, de humildad y esperanza. Porque, cizaña era la oveja perdida (Lc 15,1-7), la moneda extraviada (Lc 15,8-9), el hijo pródigo (Lc 15,11-32), el “buen ladrón” (Lc 24,33-43), la mujer adúltera (Jn 8,3-11), Zaqueo (Lc 19,1-10), la pecadora pública (Lc 7,37-49), los publicanos y pecadores (Mc 2,15-17)…

     “Ser humanos” es, entre otras cosas, tener voluntad y compromiso serio por la justicia, pero también comprensión y acogida para acompañar y convivir con las debilidades, propias y ajenas. Rezuman sabiduría evangélica las palabras de Benedicto XVI: “¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente,  que derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías de poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios, Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios que se ha hecho Cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres” (Benedicto XVI en la eucaristía de su entronización el 24-IV-005).

    La paciencia hoy no tiene buena prensa -ni siquiera tiene prensa-; vivimos en el signo contrario, el de la urgencia. Está vinculada a la esperanza –“Tened paciencia, hermanos… Mirad cómo el labrador sabe esperar…” (Sant 5,7-8); con el optimismo en la bondad última de las cosas -“de las piedras puede sacar Dios hijos de Abrahán” (Lc 3,8)-, y con el amor –“el amor es paciente” (1 Cor 13,4). La paciencia no es una “debilidad”, sino una “energía” para afrontar las “provocaciones” de la vida sin ofuscarse, incurriendo en decisiones o juicios precipitados, resultado de una lectura deficiente, poco ponderada o pasional. La paciencia da tiempo al tiempo, porque “todo tiene su tiempo” (Qoh 3,1), y porque es generosa y piensa bien.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué nivel de humanidad se refleja en mis juicios?

.- ¿Cómo es mi oración? ¿Está inspirada por el Espíritu?

.- ¿Qué siembro en la vida: buena semilla o cizaña?

 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 


jueves, 13 de julio de 2023

DOMINGO XV -A-

1ª Lectura: Isaías 55,10-11.

     Esto dice el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

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     Texto profético precioso y preciso sobre la palabra de Dios, “viva y eficaz”, que halló su encarnación en Jesucristo, la Palabra salida del Padre, que vino a la tierra para hacer su voluntad, y que regresó al Padre, después de haber empapado y fecundado a la tierra con su propia sangre derramada para la vida del mundo.

 2ª Lectura: Romanos 8,18-23.

   Hermanos: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería libre de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no solo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

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      El cristiano vive en la esperanza. Eso le permite vivir con lucidez y realismo la situación presente. Las “frustraciones” de la vida no deben nublar su mirada; estamos orientados por Jesucristo y hacia Jesucristo, hacia la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Desde ahí, Pablo exhorta a asumir con entereza los “trabajos” del Evangelio (cf. 2 Tim 4,5) y las “exigencias” de la fe.

 Evangelio: Mateo 13,1-23.

    Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

    Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

    Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les contestó: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.

    Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

    Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

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    El texto consta de dos momentos: la parábola propiamente dicha y la explicación alegorizada de la misma. La parábola podríamos calificarla de “autobiográfica”: Jesús es ese sembrador salido a sembrar; no ha excluido a nadie, a ningún terreno; su palabra, de momento, ha germinado solo en unos pocos, los humildes, que son la tierra de futuro. En ella hay también una denuncia de los que se inmunizan y se cierran a la semilla de Dios. Y concluye con una seria llamada al discernimiento responsable. Puede también leerse como una proclamación de confianza en la vitalidad y fecundidad de la semilla, la palabra de Dios. La ampliación alegórica se centra ya en los diversos terrenos, y es una invitación a auto identificarse y a ver qué tipo de acogida dispensa cada uno a la Palabra de Dio

    REFLEXIÓN PASTORAL

    “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar…” (Is 55, 10-11).  Esto se predica de la palabra de Dios, pero conviene profundizar. Porque Dios no solo pronuncia palabras, es personalmente la Palabra. (Jn 1, 1.14). Y esa Palabra salida de Dios, humanizada, encarnada en Jesús, nos habla. Y hoy nos habla a través de esta parábola.

      Mateo la denomina “parábola del sembrador”, porque el protagonista principal es el Sembrador, que siembra esperanzadamente en el corazón de los hombres la buena nueva de Dios, sin discriminar terrenos. Pero no es él el único protagonista; está “la tierra”, que también tiene sus responsabilidades, y está “la semilla”.

      Para entender la parábola hay que remontarse a la experiencia de Jesús. Llevaba ya un tiempo anunciando el Reino en todos los terrenos, con reacciones muy diversas. Había chocado con la oposición de los escribas y fariseos (Mc 3,22); la incomprensión de los familiares (Mc 3,21); había visto cómo algunos, al principio entusiasmados, lo abandonaron pronto (Jn 6,66); había sentido la indiferencia de ciudades como Corazaín y Betsaida (Mt 11,21); había percibido las reticencias de los discípulos del Bautista y las perplejidades de éste (Mt 11,3)-; también había conocido a limpios de corazón, sencillos y abiertos a su palabra (Mt 11,25)…

     Llegó un momento de cierta crisis en el grupo, al ver el poco eco y la resistencia que encontraba en el público. Y Jesús tuvo que retirarse hacia la región de Cesarea de Filipos, para hacer una profundización con los discípulos (Mt 16,13ss).

     La “buena noticia” salida de Dios suscitó un entusiasmo inicial. Cuando reveló sus exigencias, algunos hundieron en ella sus raíces, pero otros volvieron a la vida superficial o desorientada por los múltiples afanes, llegando incluso a la hostilidad.

     Senderos, piedras, zarzas, tierra buena: ¡qué diferentes son los terrenos! ¡No importa! El sembrador es optimista, porque la semilla es buena, y ve cosechas no uniformes, pero cosechas al fin y al cabo. También el texto de la segunda lectura insiste en el optimismo radicado en la obra creadora de Dios, que, “aunque sometida a la frustración…, expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios (Rom 8, 20.19).

     Aquí está el nudo de la parábola: en el optimismo radical que transmite. ¡Siempre hay cosecha, aunque desgraciadamente no todos los terrenos se dejen fecundar!

    En nuestro presente eclesial se detecta desencanto. Y surgen preguntas como: ¿No se habrá perdido la semilla? ¿No habrá perdido ésta su capacidad fecundadora? ¿Dónde está fructificando hoy tan prodigiosamente? ¿Es solo fecunda en los mundos subdesarrollados? ¿No se habrá engañado y nos habrá engañado Jesús? Cuando arriesgamos tan poco, ¿no será que no nos fiamos de él? ¿Qué acogida encuentra en mí la palabra de Dios? ¿Qué resistencias encuentra?

         La parábola invita a una doble verificación. En primer lugar, la de nuestra actitud de escucha: “Escuchad” (Mc 4,3). “¡Ojalá escuchéis hoy su voz! ¡No endurezcáis el corazón!” (Sal 95,7-8).  La escucha de la palabra de Dios no es solo un ejercicio exterior, de audición externa, verbal, sino que exige una acogida interior. Y, en segundo lugar, la de la identificación de la situación personal ante la palabra de Dios. Verificar qué tipo de tierra somos.

Ya en otros lugares advirtió Jesús de que la escucha es imposible sin una verificación y discernimiento profundos. Sin ellos se confunde y tergiversa al mensaje (Lc 23,5.14); al mensajero (Mt 11,18-19), y se confunden los propios oyentes, que acaban por inmunizarse ante las urgencias renovadoras de la palabra de Dios (Mt 3,9). “¡Quien tenga oídos, que oiga!” (Mc 4,9)

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cuál es mi actitud ante la palabra de Dios?

.- ¿Está mi vida orientada linealmente a Jesucristo?

.- ¿Soy sembrador de la palabra de Dios? 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.