miércoles, 20 de abril de 2022

Domingo II de Pascua -C-

1ª Lectura: Hechos de los apóstoles 5,12-16.

“Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de  común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba a los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudían a Jerusalén llevando enfermos y poseídos de espíritus inmundos, y todos se curaban”.

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Nos hallamos ante el tercero de los “sumarios” del libro de los Hechos. Se trata de tres pasajes (2,42-47; 4,32-35 y 5,12-16) situados en la primera parte del libro (1,12-5,42). En los dos primeros se subraya la naturaleza y el modo de vida de la comunidad (comunidad de bienes, asistencia a la instrucción y a la oración y solidaridad fraterna); en el tercero se destaca la actividad taumatúrgica, capitaneada por Pedro, pero no limitada a él. En todos ellos se destaca el crecimiento interno (en cohesión) y externo (en número) de la comunidad no obstante las reticencias de los dirigentes judíos. Aún no ha llegado el momento de la “ruptura” con el Israel oficial, por eso acudían al Templo para las oraciones rituales judías.

2ª Lectura: Apocalipsis 1,9-11a. 12.-13.17-19.

“Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la esperanza en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús. Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente, como de trompeta, que decía: Lo que veas escríbela en un libro, y envíaselo a las siete iglesias de Asía. Me  volví a ver  quién me hablaba y, al volverme, vi siete siete  lámparas de oro, y en medio de ellas una figura humana, vestida de larga túnica con un cinturón de oro a la altura del pecho. Al verla caí a sus pies como muerto. Él puso la mano derecha sobre mí y dijo: No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos.; y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno. Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde”.

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Presentado como “profecía” (Apo 1,3), el autor se presenta como “profeta”, con rostro fraterno y solidario, desterrado en Patmos por su testimonio sobre Jesús. La alusión al domingo quizá pueda sugerir que “el éxtasis” pudo haber tenido lugar en el marco de una celebración litúrgica. De hecho el sonido de la trompeta remitía a un instrumento cultual que anunciaba al Señor, que “asciende al son de trompeta” (Sal 47,6). El mensaje que se le comunicará tiene como destinataria a la Iglesia, representada en las siete lámparas de oro, en medio de la cual se encuentra Cristo. No hay cristología sin eclesiología, y viceversa: no hay eclesiología sin cristología.

Cristo es representado con símbolos que apuntan a su condición sacerdotal (larga túnica) y regia (cinturón de oro). Un Cristo glorioso, por su resurrección (no desaparece la historia de Jesús), juez de vivos y muertos, que tiene en sus manos las llaves no solo de la eternidad sino de la historia -“lo que está sucediendo y lo que va a suceder”-.

El difícil presente eclesial de aquel entonces necesitaba de una lectura profunda para superar la tentación del desaliento. También hoy la Iglesia está necesitada de una lectura profunda para no sucumbir a los problemas externos y  a los pecados de su propia historia.

Evangelio: Juan 20,19-31.

“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.      Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

   Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos; si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en el costado, no lo creo.

  A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Tomás contestó: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: ¿Por qué me has visto has creído? ¡Dichosos los que crean sin haber visto!

   Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.

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El relato consta de tres partes netamente diferenciadas: a) Una aparición al grupo de los discípulos; b) la escena de Tomás y c) una conclusión final del evangelista.

La sección a) encuentra similitudes, dentro de las peculiaridades propias del IV Evangelio, con los testimonios de los otros evangelistas que narran encuentros de Jesús resucitado con unos discípulos asustados y recluidos por temor a los judíos. Juan destaca en esta primera escena aspectos importantes: 1) el Resucitado se identifica y acredita desde la muerte en cruz: el Resucitado es el Crucificado. 2) El resucitado es portador de Paz, de su Paz, que no es como la del mundo, y del Espíritu. 3) La aparición está orientada a la Misión, no solo a confortar a los discípulos. Y esa misión es anunciar  el perdón de Dios. Un signo esencial de la evangelización es, según Juan, anunciar y hacer posible el perdón de Dios.

La sección b) es propia del IV Evangelio. En ella se dramatiza y personaliza en un discípulo concreto, Tomás, un elemento común a todos los relatos pos pascuales: la duda de los discípulos (cf. Lc 24, 11. 21-27.38; Mc 16,11. 13. 14). Ver REFLEXIÓN PASTORAL.

La sección c), propia también de Juan, aunque con afinidades con Lc 1,4, aporta dos datos interesantes: los testimonios aportados sobre Jesús en esta obra no son exhaustivos, y la finalidad de la misma es llevar a la fe en Cristo, y por la fe a la salvación. Este es el objetivo de toda evangelización. 

REFLEXIÓN PASTORAL

Una cosa bien clara dejan los relatos evangélicos: la resurrección de Jesús no fue una invención de los discípulos; éstos fueron los primeros y los más sorprendidos. Tal vez por eso quiso Cristo dedicar cuarenta días a explicar a los suyos este misterio de luz que tanto les costaba penetrar. ¡Había sido tan real y tan cruel su muerte!

A los dos días de la crucifixión, los discípulos habían empezado a resignarse ante lo irremediable: dar por perdido a Jesús y a su causa. Pero Jesús no podía resignarse a esa idea y quiere meterles por los ojos y por las manos su resurrección, con la paciencia de un maestro que repite la lección una y otra vez con distintos recursos.

Las apariciones de Jesús no son un jugar al escondite; son las últimas lecciones del Maestro antes de  que los discípulos se abran al mundo con la insospechada novedad del evangelio. Eso fueron los cuarenta días que siguieron a la resurrección: una pugna de la luz contra el temor que cegaba los ojos de los discípulos. Y éste es el contexto del relato evangélico que acabamos de leer: miedo, retraimiento, desorientación...

La resurrección del Señor no es, y no fue, una creencia fácil. Y Jesús se hace presente con un saludo -la paz- y una misión -la paz del perdón en el Espíritu Santo-. Su aparición no es sólo para consolar sino para consolidar la misión que el Padre le encomendó, y que Él ahora confía a su Iglesia.

Pero faltaba Tomás. No somos comprensivos con este apóstol. Lo consideramos incrédulo  cuando, en realidad, todos los discípulos habían mostrado el mismo escepticismo. Fue el primero que dijo “vayamos y muramos con él” (Jn 11,16).  Tomás es como el hombre moderno que no cree más que lo que toca; un hombre que vive sin ilusiones; un pesimista audaz que quiere enfrentarse con el mal, pero no se atreve a creer en el bien. A Tomás no le bastaban las referencias de terceros, buscaba la experiencia, el encuentro personal con Cristo. Y Xto. accedió.

Y de aquel pobre Tomás surgió el acto de fe más hermoso que conocemos: “Señor mío y Dios mío”. Y Tomás arrancó de Jesús la última bienaventuranza del evangelio: “Dichosos los que crean sin haber visto”.  Que no quiere decir dichosos los que crean sin conocerme, sino dichosos los que sepan reconocer mi presencia en la Palabra hecha evangelio; hecha alimento y perdón en los sacramentos; hecha comunión fraterna; hecha sufrimiento humano; pues desde la fe y el amor podemos contemplarle en las manos y los pies, la carne y los huesos de aquellos que hoy son la prolongación de su pasión y muerte.

Y es que el resucitado es el crucificado, y a Xto. resucitado sólo se accede por la comprobación de la Cruz. Necesitamos la Resurrección para creer en el valor salvador de la Cruz, y necesitamos la Cruz para reconocer quién es el Resucitado. Las llagas de Cristo, contraídas por nuestro amor, nos ayudan a entender quién es Dios y que sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, herido y dolorido Él también, es digno de fe. 

Este segundo domingo de Pascua es también conocido como “Domingo de la misericordia”, desde que así lo denominara Juan Pablo II. De la misericordia de Dios con Tomás y con nosotros, pues sus “heridas”, las de Jesús, nos han curado; pero también  de nuestra misericordia con los otros,   porque es una llamada a reconocer  al Señor en las heridas y dolores de la vida.

A Cristo resucitado se le  afirma en tantos momentos  y situaciones del dolor humano… Tomás nos dice que las “heridas”, las “llagas”, no son un obstáculo para creer en el resucitado, sino más bien la prueba necesaria para no confundir la resurrección con una idea o una ideología. Tocar las “llagas” con fe y curarlas con misericordia.

Habrá quienes digan: “Si no veo...”; “Brille vuestra luz...”    Porque las dudas de muchos hombres surgen de la poca fe – luz de muchos cristianos. ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Vibro ante la resurrección de Cristo?

.- ¿Es mi espiritualidad resurreccionista o rutinaria?

.- ¿Surgen dudas en mi interior? ¿Por qué?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.

miércoles, 13 de abril de 2022

DOMINGO DE RESURRECCIÓN -C-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34a. 37-43.

    En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Hermanos, vosotros conocéis lo que pasó en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa comenzó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

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    El texto seleccionado forma parte del discurso de Pedro en casa del centurión Cornelio. En él hace una apretada síntesis de la historia de Jesús, desde el bautismo hasta su muerte y resurrección. Subraya su “paso” bienhechor por el mundo, “porque Dios estaba con él”. Destaca su glorificación/resurrección por Dios, y la aparición a los discípulos, convertidos en anunciadores de que Jesús, por su resurrección, es el Señor de vivos y muertos, fuente de perdón para los que creen en él, más allá de connotaciones étnicas o culturales (Hch 10,34-35).

2ª Lectura: Colosenses 3,1-4.

    Hermanos:

    Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

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    La fe en la resurrección es urgencia de vida. En Cristo resucitado el creyente tiene ya un espacio reservado. Vive sacramentalmente unido a El; esa comunión de existencias se manifestará plenamente cuando “aparezca Cristo” como Señor de la historia. Mientras, el cristiano no debe desorientar su vida ni desorientar con su vida: ha de remitir linealmente a Cristo. 

Evangelio: Juan 20,1-9.

    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue a donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo: pero no entró. Llegó también Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

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    La fe en Cristo resucitado no se apoya en un sepulcro vacío. El sepulcro vacío es un testimonio, una “prueba” secundaria. No es la tumba vacía la que explica la resurrección de Jesús, sino viceversa: la resurrección clarifica a la tumba vacía. Solo el encuentro con el Señor aclarará la vida de los discípulos. Es el IV Evangelio el que ofrece el relato más detallado. Presenta a Pedro y al discípulo amado como testigos privilegiados y destaca el “orden” existente dentro del sepulcro. Allí se ha producido “algo” extraordinario y de momento inexplicable; solo la comprensión de la Escritura lo aclarará.

REFLEXIÓN PASTORAL 

    La resurrección de Cristo es el hecho central de nuestra fe: “Si Cristo no ha resucitado vana es vuestra fe” (1 Cor 15,17), pero, frecuentemente, es considerada como un dato lejano en el tiempo. Los cristianos nos hemos habituado a creer y celebrar la resurrección de Cristo sin preguntarnos por su significado existencial. ¿Pero eso es creer?

  Certificamos su resurrección como certificamos su muerte, y no es lo mismo, pues “su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; más su vida es un vivir para Dios… Pues Cristo, una vez resucitado de entre los muertos ya no muere más” (Rom 6,10.9).

    La muerte de Cristo fue un hecho histórico (dentro de los marcos de la historia); su resurrección, trans-histórico (supera esos marcos). La muerte  de Jesús pudieron verificarla los habitantes de Jerusalén; la resurrección sólo la creyeron los discípulos. Y esta fe les cambió y complicó radicalmente la vida. Y no sólo a ellos.

     “¿Qué hemos de hacer?” (Hch 2,37). Fue la reacción de los oyentes al primer discurso de Pedro sobre la resurrección (Hch 2,14-36).

     Atendiendo al testimonio del libro de los Hechos de los Apóstoles, uno de los efectos de la resurrección de Cristo fue la insurrección de los discípulos. “Les llamaron (los jefes del pueblo) y les mandaron que de ninguna manera hablasen o enseñasen en el nombre de Jesús. Pedro y Juan respondieron: `Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,18-20), pues “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

      La resurrección de  Jesús hizo saltar los cerrojos de las puertas del cenáculo (Jn 20,19) y lanzó a la calle a un grupo de hombres socialmente irrelevantes (Hch 4,13; cf. 1 Cor 1,27-29), para transformar el mundo con su anuncio.

      La resurrección de Jesús inició una insurrección existencial y social contra lo viejo (2 Cor 5,17; 1 Cor 5,7), contra las obras de las tinieblas (Rom 13,2), contra las obras de la carne (Gal 5,18-21), contra los esquemas mundanos (Rom 12,1-2), contra la mentira (Ef 4,25), contra todo lo que deteriora la convivencia (Col 3,5-9). Insurrección que  culmina en una resurrección a la vida y de la vida (Col 3,9b-16).

     Celebrar la resurrección de Jesús sin experimentar, de alguna manera, la insurrección que implica, es no haber entrado en su dinamismo profundo y liberador.

     Y, junto a esto, la alegría. La resurrección de Cristo, alegría del mundo,  resucitó la alegría. Con su resurrección no solo abrió y vació “su” sepulcro, sino que abrió y vació “los” sepulcros (Mt 27, 51-53) y llenó la ciudad de alegría (Hch 8,8).

         En la resurrección de Cristo, volvió a la vida aquella alegría original y primera del Dios creador -“Vio que todo era muy bueno” (Gen 1,31)-, y que pronto se había visto empañada por el pecado del hombre (Gen 6,5). La resurrección de Jesús devolvió la alegría a Dios y al mundo: Dios volvió a sonreír y el mundo comenzó a vivir.

         “Estad siempre alegres…” (1 Tes 5,16). Pero es posible y realista esta invitación a la alegría en nuestro mundo embadurnado de soledad, hambre, guerra….? Sí, porque Cristo con su resurrección nos ha devuelto la alegría.

         La alegría de la Resurrección es una alegría “motivada”, con raíces e implicaciones muy profundas: es la plenitud del Evangelio, y, además, no es solo la alegría por “su” resurrección, sino por “nuestra” resurrección (Col 3,1, 1 Cor 15), pues en su resurrección hemos resucitado todos.  Y una alegría “motivadora”, portadora de esperanza.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué procesos de renovación personal genera en mi vida la fe en Cristo resucitado?

.- ¿Alegra mi vida la resurrección de Cristo?

.- ¿Soy testigo de esa alegría?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

martes, 5 de abril de 2022

DOMINGO DE RAMOS -B-

1ª Lectura: Isaías 50,4-7.

    Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecía la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

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    El texto seleccionado forma parte una sección importante del libro de Isaías, denominada “Cantos del Siervo”. Estamos en el tercer “canto”. Más allá de los problemas exegéticos sobre la identidad del “Siervo”, la figura que aparece en este canto es la de un hombre consciente de una misión encomendada por Dios, misión que le ha destrozado la vida pero no le ha arrancado la esperanza en el Señor.  En él se cumplen las palabras del salmo 23,4: “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo, tu cayado me consuela”, o aquellas otras de san Pablo “Sé de quien me he fiado” (2 Tim 1,12). Estos cantos han sido releídos y aplicados en parte a la persona de Jesús, en el NT y en la liturgia de Iglesia.

2ª Lectura: Filipenses 2,6-11. 

    Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame:¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre.

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    Nos hallamos ante un himno prepaulino, posiblemente se remonte a la catequesis de san Pedro (Hch 2,36; 10,39). San Pablo lo inserta en su carta a los Filipenses y lo enriquece con aportaciones personales, entre las que destaca la mención a la muerte de cruz. Tampoco puede descartarse una alusión a la antítesis Adán-Cristo: mientras uno tiende a “autodivinizarse” (Adán), el otro opta por “rebajarse” (Cristo).  En el texto paulino se perciben dos momentos: uno kerigmático, centrado en esa opción del Hijo de Dios manifestada en Jesucristo (Dios y Hombre), que es revalidado por el Padre y convertido en Señor del universo, y otro parenético: exhortación a los cristianos a identificarse con esa opción humilde y de entrega del Hijo de Dios: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo” (Flp 2,5).

 Evangelio: Lucas 22,14 – 23,56  (Relato de la Pasión).

REFXIÓN PASTORAL

     En el umbral de la Semana Santa nada parece más adecuado que aclarar el por qué y para qué de todo lo que celebramos en estos días.

     Envueltos en la “cultura” del espectáculo -que hace del hombre más espectador que protagonista- nos vemos expuestos al peligro de considerar desde esta perspectiva la realidad de la obra de Dios en Cristo, que, ciertamente, fue espectacular por su hondura y verdad, pero no fue un espectáculo.

      En unos días en que los templos abren sus puertas, y las calles, mitad museos y mitad iglesias, se convierten en un espacio y exposición singular de arte y religiosidad, ¿cuántos nos detenemos a pensar que “todo eso” fue por nosotros, y no porque sí?

    Es verdad que no faltan quienes interpretan reductivamente la vida y muerte de Jesús, prescindiendo de esta referencia -por nosotros-. Puede que esa sea una lectura “neutral”, pero, ciertamente, no es una lectura “inspirada”. Porque, si es cierto que la muerte de Jesús tuvo unas motivaciones lógicas (su oposición a ciertos estamentos y planteamientos de la sociedad de su tiempo que se vieron amenazados por su predicación y su comportamiento), también lo es, sobre todo, que no estuvo desprovista de motivaciones teológicas. El mismo Jesús temió esta tergiversación o reducción y avanzó unas claves obligadas de lectura.

     Jesús previó su muerte, la asumió, la protagonizó y la interpretó para que no le arrancaran su sentido, para que no la instrumentalizaran ni la tergiversaran.

      La Semana Santa, a través de su liturgia y de las manifestaciones de la religiosidad popular, debe contribuir a reconocer e interiorizar con gratitud el amor de Dios en nuestro favor manifestado en Cristo, y a anunciarlo con responsabilidad, concretándolo en el amor fraterno.

     Si nos desconectamos, o no nos sentimos afectados por su muerte y resurrección quedaremos suspendidos en un vertiginoso vacío. Si no vivimos y no vibramos con la verdad más honda de la Semana Santa, las celebraciones de estos días podrán no superar la condición de un “pasacalles” piadoso.

     Si, por el contrario, nos reconocemos destinatarios preferenciales de esa opción radical de amor, directamente afectados e implicados en ella, hallaremos la serenidad y la audacia suficientes para afrontar las alternativas de la vida con entidad e identidad cristianas.

    La Semana Santa no puede ser solo la evocación de la Pasión de Cristo; esto es importante, pero no es suficiente. La Semana Santa debe ser una provocación a renovar la pasión por Cristo.

    Celebrar la Pasión de Cristo no debe llevarnos solo a considerar hasta dónde nos amó Jesús, sino a preguntarnos hasta dónde le amamos nosotros.

    ¡Todo transcurre en tan breve espacio de tiempo! De las palmas, a la cruz; del “Hosanna”, al  “Crucifícalo”… A veces uno tiene la impresión de que no disponemos de tiempo -o no dedicamos tiempo- para asimilar las cosas. Deglutimos pero no degustamos, consumimos pero no asimilamos la riqueza litúrgica de estos días y la profundidad de sus símbolos, muchas veces banalizados y comercializados.

     Convertida en Semana de “interés turístico”, “artístico” o “gastronómico”, ¿quién la reivindica como de “interés religioso”? Y, sin embargo, este su auténtico interés.

    La Semana Santa es una semana para hacerse preguntas y para buscar respuestas. Para abrir el Evangelio y abrirse a él. Para releer el relato de la Pasión y ver en qué escena, en qué momento, en qué personaje me reconozco…

     La Semana Santa debe llevarnos a descubrir los espacios donde hoy Jesús sigue siendo condenado, violentado y crucificado, y donde son necesarios “cirineos” y “verónicas” que den un paso adelante para enjugar y aliviar su sufrimiento y soledad.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Desde dónde vivo la Semana Santa?

.- ¿Qué preguntas suscita en mi vida?

.- ¿La Semana Santa es solo evocadora o también provocadora?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

 

viernes, 1 de abril de 2022

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

1ª Lectura: Isaías 43,16-21.

    Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, ríos en el yermo; me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.

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    La memoria regresiva, nostálgica puede impedir la contemplación del futuro que se está generando en el presente, a veces, es cierto, con ambigüedades. El profeta quiere romper con las nostalgias históricas -“Ya está brotando algo nuevo, ¿no lo notáis?”-, e invita al pueblo a desplazarse del pasado al futuro. Un desplazamiento nada fácil, pero necesario. Dios no queda hipotecado por la historia, es el Señor de la historia. Y sus acciones son siempre nuevas y renovadoras.

2ª Lectura: Filipenses 3,8-14.

    Hermanos:

    Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la Ley-, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo. Y aunque poseo el premio, porque Cristo Jesús me lo ha entregado, hermanos, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome a lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

                            ***             ***             ***

     Cristo es el referente existencial para Pablo. Lo demás, comparado con su conocimiento, es irrelevante. Él ya ha tomado una decisión por Cristo, pero sabe que aún le queda camino por recorrer. No ignora la obra de Dios en él, pero cree que es aún mayor la obra de Dios que le espera. No queda atrapado en el pasado, sino que, lanzado, corre a culminar la carrera. Pablo sigue corriendo.

 Evangelio: Juan 8,1-11.

    En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

    Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: ¿tú qué dices?

    Le preguntaban esto para ponerlo a prueba. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último.

    Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie. Jesús se incorporó y le preguntó: Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

    Ella contestó: Ninguno, Señor.

    Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

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     La escena parece encajar mejor en el tono del evangelio de Lucas. Algunos cuestionan la autenticidad joánica del relato. El enfrentamiento de Jesús con los letrados y fariseos se evidenció de diversas formas. Llamándole “Maestro” quieren contraponer su magisterio con el de Moisés. Pero Jesús no entra a discutir sobre un precepto de la ley. Se remite al argumento personal: les confronta con sus propias vidas, para que actúen no desde la ley sino desde sus vidas. ¿Qué escribía Jesús? Algunos pretenden iluminar el gesto desde un texto de Jeremías (Jer 17,13). El núcleo del relato está en la respuesta de Jesús. Con ella abre a la mujer a un futuro de esperanza, pues “si llevas cuanta de los delitos, Señor, ¿quién podrá subsistir?” (Sal 130,3).

 REFLEXIÓN PASTORAL

       Ahora no se trata de una parábola sino de un hecho. Jesús es puesto en la disyuntiva: o condena (y  su enseñanza sobre la misericordia queda en entredicho) o absuelve (y se coloca en contra de la legislación vigente). No era aquella una situación cómoda. Pero lo más incómodo y enrarecido era el ambiente. Jesús percibe que allí faltaba sinceridad y, sobre todo, no había compasión. Aquella mujer ya había sido juzgada y condenada de antemano.

         Por eso se hizo el desentendido; no quería entrar en aquel juego sucio. Y se puso a escribir en el suelo. ¿Qué escribiría Jesús?  Muchos se lo han preguntado; pero me parece que esa es una pregunta casi frívola y superficial. Una vez  más la curiosidad puede apartarnos de lo esencial.

         Y ante la impaciencia de los acusadores, se limita a decir: El que esté sin pecado... Y en el fondo aquellos hombres fueron sinceros; entendieron la indirecta; quizá recordaban lo que ya había dicho Jesús en otra ocasión sobre el adulterio del corazón (Mt 5,28)... Y se retiraron sin lanzar una sola piedra.

         Jesús no es un ingenuo: sabe quién es aquella mujer, que en su vida había pecado; que aquella mujer fue durante un tiempo -¿mucho?- moneda de uso y de cambio para satisfacer infidelidades y pasiones… Pero sabe también que aquella mujer no era solo una prostituta sino una mujer prostituida por otros; sabe que no todo es pecado en su vida ni que todo el pecado era suyo. Allí había gérmenes buenos en espera de ser despertados y reconocidos. Lo que hace Jesús es mirar a la parte buena de aquel corazón y mirarlo con un corazón limpio.

         Ya solos, dialoga con la mujer. No la recrimina, no la ruboriza con preguntas. No silencia su pecado pero tampoco lo absolutiza. Prefiere alentar a regañar. Y aquella mujer se sintió acogida. No fue juzgada ni prejuzgada. Era consciente de su pecado: eso bastaba. No había que abrumarla con preguntas mortificantes. Necesitaba más comprensión que reprensión... No vuelvas a pecar. Jesús lanza la vida hacia delante, al camino nuevo. No te condeno porque Dios la ama en su debilidad y por su debilidad. Porque en la medida en que está arrepentida ya fue condenado lo que debía ser condenado: el pecado. Ahora mira adelante... Así es Dios; éste es su estilo. Es  el primer mensaje de este evangelio.

     Pero el comportamiento de Jesús es también un ejemplo de actuación. ¡Somos tan inclinados a sorprender, a denunciar! ¡Cuántas personas se han hundido...! El que esté sin pecado... es una invitación a purificar la mirada, pues para los limpios todo es limpio; para los contaminados nada es limpio, pues su mente y su conciencia están contaminados (Tit 1,15); una invitación  a ser no sólo críticos sino autocríticos. Pero no es una invitación a desentenderse, a pasar por alto o a justificar lo que no está bien. ¡No!    Hoy hay mucha indiferencia disfrazada de tolerancia porque falta mucho amor  al prójimo y a la verdad. El amor nunca es indiferente. Por eso no lo fue Jesús ante el pecado, porque amaba profundamente al pecador. Por eso no condena a la mujer adúltera, pero tampoco legitima su adulterio.

         Desde el ejemplo que Jesús nos ofrece en el evangelio de hoy aprendamos a apropiarnos sus actitudes ante la vida; con la pasión de Pablo para quien todo era nada con tal de ganar a Cristo y existir en él. Esto no es fácil ni cómodo, pero sólo así se es cristiano de verdad.

         El mensaje de este domingo V de Cuaresma, en el umbral de la Semana Santa nos dice que un futuro mejor es posible, y que ese futuro nos lo trae Jesús con su muerte y resurrección. “Algo está brotando...”, “yo corro hacia la meta”, “no vuelvas pecar”. Hay que abrirse al futuro.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Con qué espíritu abordo la competición de la fe?

.- ¿Advierto la primavera de Dios en la vida?

.- ¿Doy oportunidades o solo exijo responsabilidades?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

miércoles, 23 de marzo de 2022

DOMINGO IV -C-

1ª Lectura: Josué 5,9a. 10-12.

    En aquellos días, el Señor dijo a Josué: Hoy os he despojado del oprobio de Egipto Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas. Cuando empezaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

                   ***             ***             ***             ***

    La entrada en la Tierra prometida supuso un cambio de situación y de alimentación. Dios continúa guiando la historia del pueblo, abierta ahora a una nueva etapa. La entrada en la tierra de la libertad abre un nuevo capítulo, con nuevos retos. Comienza la conquista de la tierra, que se verificará sobre todo en la conquista de la libertad, la verdadera tierra, desde la fidelidad a Dios y a su palabra.

2ª Lectura: 2ª Corintios 5,17-21.

    Hermanos: El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado, Dios le hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios.

                   ***             ***             ***             ***

     En Cristo tiene lugar el cambio definitivo, el paso de lo viejo a lo nuevo, de la tierra de la esclavitud a la de la libertad. Y eso se traduce en una nueva situación -la conversión- y una nueva alimentación -Cristo como alimento definitivo-. Él es la epifanía más plena de la misericordia de Dios: Dios no lleva cuentas de los pecados (Sal 130,3), sólo ofrece misericordia. Todo el pecado del hombre lo descargó en la vida de su Hijo, para ofrecernos la salvación. Cristo es el punto de encuentro de Dios con los hombres, el agente de la reconciliación.

Evangelio: Lucas 15,1-3. 11-32.

    En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los escribas y los fariseos murmuraban entre ellos: Ese acoge a los pecadores y come con ellos.  Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de lo que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.  Recapacitando entonces se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el Padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies, traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mí estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete.

    Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

    El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado”.

                   ***             ***             ***             ***

     Esta parábola forma parte de la trilogía conocida como “parábolas de la misericordia” que configuran el cap. 15 del evangelio de Lucas. Y son respuesta a la crítica de escribas y fariseos sobre la praxis abierta y misericordiosa de Jesús. Amenazada por una escucha rutinaria, la parábola exige una relectura desde claves profundas. En ella Jesús advierte de la equivocación de confundir a Dios Padre con un dios patrón, de buscar la realización personal lejos de la casa del Padre. También alerta de presencias que, en realidad, son ausencias (es el caso del hermano mayor).

     Desde ella somos invitados a identificar al Dios en quien creemos (¿es un Dios meramente remunerador, o es un Dios salvador?), y a identificarnos ante él. ¿Qué experiencia tenemos de Dios y qué experiencia tenemos del hermano? Los paradigmas filiales de la parábola no son, en manera alguna, ejemplares. Pero hay otro Hijo, el parabolista, que es con quien hemos de procurar identificarnos, apropiándonos sus sentimientos (Flp 2,5), aprendiendo de él (Mt 11,29). Es el hermano que no “se entristece”, sino que se goza con el regreso del hermano perdido. Es el verdadero narrador del Padre, a quien conoce por dentro.

REFLEXIÓN PASTORAL

     Escribía Charles Peguy: “Todas las parábolas son hermosas, todas las parábolas son grandes. Pero con esta, millares y millares de hombres han llorado”.

      Muchas veces comentada, esta parábola resulta, sin embargo, inagotable en su capacidad de sugerencias. No basta la explicación exegética. Solo se comprende desde la oración. Es una parábola para ser “orada”. Nos revela el núcleo de Dios, que no está pidiendo cuentas de los pecados (2 Cor 5,17-21); no es un Dios al acecho. Es Padre misericordioso. Esta parábola es, además, una invitación a examinar nuestra experiencia de filiación y de fraternidad.   

     Un hombre tenía dos hijos. Un día el más pequeño, en el estallido de su juventud, prefirió la aventura de sus sueños a la aparente monotonía del hogar y del amor paterno; quería experiencias nuevas... y pidió la parte de su herencia. No sin dolor el padre  accedió. Y es que el respeto de Dios por la libertad del hombre es casi escandaloso.

      Abandonó la casa, se entregó a la evasión..., y se arruinó. Abandonado de todos, no le abandonó un recuerdo, el de la casa de su padre. Curiosamente no su padre; y es que en el fondo le movía el hambre no el amor. Pero lo importante es que la luz entró en su alma aunque fuera por aquella  ventana. Decide volver, con un discurso preparado: “Padre, he pecado, no merezco llamarme hijo tuyo...” ¡No conocía a su padre! Quien desde que marchó no hizo otra cosa que esperarle, saliendo todos los días al camino. Y, a pesar de la edad, quizá con la vista cansada, le reconoció de lejos, porque se ve de verdad cuando se mira con el corazón. Nadie que no hubiera sido su padre le habría reconocido.

      Se había marchado bien vestido, y volvía envuelto en harapos. Pero su padre le conoció, le presintió de lejos. Y corrió a él; no supo esperar. Y es que mientras el arrepentimiento anda a paso lento, la misericordia de Dios corre veloz. Manifiesta más necesidad el padre de perdonar que el hijo de ser perdonado. Con el perdón el hijo recupera la comodidad, el padre el corazón; el muchacho volverá a poder comer, el padre volverá a poder dormir. El padre no pregunta los porqués de la marcha y del regreso. Eso se sabrá luego, o nunca. Lo que importa es que ha vuelto. Y comienza la fiesta.

      Pero había otro hermano, el que se había quedado en casa. Al regresar del campo le sorprende la fiesta. No adivina que tal alegría solo puede tener un motivo: el regreso de su hermano. ¡No lo echaba en falta! Tuvo que preguntar, y al enterarse, se indignó. ¡No podía ser! ¡Aquello no era justo! Si llega a saber esto, también él hubiera hecho lo mismo...Y no quería entrar. Por lo que también a este hijo tiene el padre que salir a buscarlo.  Amargado pasa factura a su padre: “Tanto tiempo que te sirvo…”; y lo que es peor, se desmarca de su hermano: “Cuando ha venido ese hijo tuyo...”. Fue lo que más debió doler al Padre, que no supiera o no pudiera llamar hermano a su hermano. Pero no se desalentó; también para este hijo mayor era la fiesta.  “Hijo, deberías alegrarte”. Porque haber estado siempre en casa del padre no es para lamentarlo.

       No deja de ser triste la situación de este padre. Es el único que ama en la parábola. El hijo menor regresa más por hambre que por amor; el mayor es incapaz de comprender. ¿Es que es imposible amar desinteresadamente, sin prefijos?  DIOS AMA ASÍ, y ASÍ HEMOS DE AMAR. El Dios que nos revela Jesús y que se revela en él es un Dios de puertas abiertas y de corazón abierto. Un Dios Padre que no discrimina, siempre disponible a la acogida gozosa de los hijos. Un Dios que solo sabe ser y ejercer de Padre misericordioso. Es su estilo, que debe ser el nuestro. Ahí está la novedad cristiana.

     Una historia de amor bella y dramática. Una historia que todos hemos de leer, contemplar y guardar esta foto del Padre en la cartera, cerca del corazón, para ver si al contacto con ella nuestro corazón comienza a latir al compás del suyo. Una lección importante para este cuarto domingo de Cuaresma.

 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿De qué modelo de hijo estoy más cerca?

.- ¿Siento a Dios como “Padre” o como “patrón”?

.- ¿Me alegra el bien del otro?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

miércoles, 16 de marzo de 2022

DOMINGO III DE CUARESMA-C-

1ª Lectura: Éxodo 3,1-8a. 13-15.                   

    En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.

    Moisés se dijo: Voy a acercarme a mirar ese espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.

    Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: Moisés, Moisés.

     Respondió él: Aquí estoy.

     Dijo Dios: No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado. Y añadió: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

    El Señor le dijo: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.

    Moisés replicó a Dios: Mira yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?

    Dios dijo a Moisés: “Soy el que soy”. Esto dirás a los israelitas: “Yo soy”, me envía a vosotros.

    Dios añadió: Esto dirás a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.

                   ***             ***             ***             ***

   Nos hallamos ante una de las grandes teofanías del AT. Dios se revela en la zarza ardiendo, y se revela como el Dios de la historia de la salvación iniciada en los patriarcas. Un Dios con los ojos y los oídos abiertos a los avatares del pueblo de la promesa. Un Dios cuyo nombre no es una forma nominal, estática, sino verbal, dinámica -“Yo soy”-, y en cuya traducción oscilan los exegetas. Mientras para unos significa la perfección y la auto subsistencia de Dios, otros ven en esa definición una clara polémica contra los ídolos, que “no son”. Otros creen descubrir en ella la alusión a la eternidad o a la fidelidad de Dios a sí mismo. No faltan quienes ven en esa respuesta a Moisés la misteriosidad de Dios, su inaferrabilidad conceptual o su apertura a un futuro, a un Dios que está siempre por ver. Un Dios cuyo nombre es inagotable en sus resonancias y a quien se le reconocerá por “su” historia.

2ª  Lectura: 1ª Corintios 10,1-6. 10-12.

    Hermanos:

    No quiero que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron la mayoría de nuestros padres. No protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto le sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.

                   ***             ***             ***             ***

    Escribiendo a los corintios, Pablo les invita a considerar como propia la historia de la salvación y a evitar los “errores” de los primeros “destinatarios”. Una historia que a través de las diversas “figuras” siempre estuvo presidida por Cristo. No ha habido ni hay historia de salvación al margen de Cristo. El cristiano participa “sacramentalmente” de aquella historia por el Bautismo y la Eucaristía. Y no está exento del peligro de hacerlo solo ritualmente. Hay que aprender a leer la historia.

Evangelio: Lucas 13,1-9.

    En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

    Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, al año que viene la cortarás.

                   ***             ***             ***             ***

    El tema central del fragmento evangélico es la llamada a la conversión. En dos momentos, la lectura de dos acontecimientos luctuosos y la propuesta de la parábola de la higuera infecunda, Jesús destaca la urgencia de la conversión. Dios no estaba detrás de la mano homicida de Pilato ni removiendo las bases de la torre de Siloé. Está en ese viñador que, inaccesible al desaliento, se esfuerza por dar oportunidades a la higuera, cavando alrededor y estercolándola, esperando que dé fruto. Y ese viñador es Jesucristo.


REFLEXIÓN PASTORAL

     Entre los judíos estaba muy extendida la creencia de que las desgracias personales, las catástrofes o las enfermedades eran castigos de Dios por pecados cometidos. Jesús aprovecha la noticia de dos desgraciados acontecimientos recientes para hacer ver a sus contemporáneos que tales desgracias son totalmente ajenas a la voluntad de Dios, y explicables por otras razones: la intolerancia política de Pilato o el derrumbamiento casual de la torre de Siloé.

         Empequeñecemos a Dios proyectando sobre él nuestros limitados modos de pensar y existir. Arrojamos balones fuera, cuando responsabilizamos o atribuimos a Dios lo que deberíamos asumir e interpretar desde nuestras responsabilidades o limitaciones. Y, además, actuamos injustamente, al convertirnos en jueces inmisericordes del dolor ajeno, interpretando las desgracias como castigos divinos.

         Dios no hace sufrir, aunque esté presente en el sufrimiento y lo permita. Él no es causante del sufrimiento, sino confidente del que sufre. Más bien Él es vulnerable, sensible al dolor del hombre. “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos” (1ª lectura). Así se presenta Dios; que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (cf. Ezq 18, 23). Eso es lo que quiere Dios: que el hombre viva.

Jesús vino para eso: para que tuviéramos vida “y una vida abundante” (Jn 10,10), de calidad.  Y para eso es necesaria la conversión.

         El tiempo litúrgico de la Cuaresma quiere ser una memoria viva y permanente de esa necesidad. Que no es reductible a una serie de prácticas superficiales y aisladas, sino a una decisión fundamental y preferencial por Él. Y todos necesitamos encontrar y entrar en ese camino, en esa dinámica, pues “si no os convertís, todos igualmente pereceréis” (Evangelio). Por tanto, concluye S. Pablo: “el que se cree seguro, ¡cuidado! No caiga” (2ª lectura).

         Y no se trata de atemorizar, sino de una llamada para que despertemos a este maravilloso tiempo de gracia, de amor, de perdón y reconciliación que Dios nos otorga. Esto es lo que quiere decirnos la parábola de la higuera infecunda: Dios es inaccesible al desaliento, siempre mantiene una expectativa; es un pertinaz creyente en el hombre, al que ama apasionadamente.

         Frente a nuestras impaciencias -nos gustaría arrancar, cortar …, en el fondo desesperando de la regeneración propia y ajena-, la estrategia de Dios, el viñador, es abonar, cuidar y esperar un año más, no para crear falsas esperanzas sino para que de una vez nos decidamos a dar fruto. “No es que el Señor se retrase, como algunos creen, en cumplir su promesa; lo que ocurre es que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que se pierda alguno, sino que todos se conviertan. Pero el día del Señor llegará” (2 Pe 3,9-10).

     Dios es un Dios dador de oportunidades. La historia humana, nos dice la Biblia, se abrió con una gran oportunidad de Dios al hombre para que se realizara en plenitud: el paraíso. Y el hombre la perdió (Gen 2,4b-3,24). Pero no fue esa la única ni la última. Dios siguió empeñado en dar nuevas oportunidades. El arca de Noé, la alianza mosaica, la tierra prometida, la palabra profética…, fueron otras tantas oportunidades. “¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?” (Is 5,4). Pero el rechazo contumaz del hombre no bloqueó la iniciativa divina

Llegada la plenitud de los tiempos llegó la oportunidad definitiva: Jesucristo; él es la gran oportunidad en la que regenerarnos y regenerar nuestra vida. Con sus actitudes y parábolas intentó abrirnos los ojos (Mc 4,26-29; Mt 13,24-30.36-43; Lc 15,11-32). Pero tampoco fue escuchado en su momento: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como una gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no habéis querido!” (Mt 27,37).

         Y cuando parecía que todas las puertas se cerraban, la resurrección de Cristo las abrió definitivamente. El hombre tiene abierta la posibilidad de vivir en la órbita de Dios. La oportunidad sigue abierta: la conversión al Evangelio. Un año más Dios ha venido a buscar fruto…; no le decepcionemos.

 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué lectura hago de la vida?

.- ¿Doy oportunidades para la recuperación de situaciones aparentemente perdidas?

.- ¿Exijo ser lo que yo no soy?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.