martes, 30 de abril de 2019

DOMINGO III de PASCUA -C-



1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 5,27b-32. 40b-41

    En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los Apóstoles y les dijo: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.
    Pedro y los Apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quién vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.
    Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Ellos salieron del Consejo contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

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    Liberados milagrosamente de la cárcel, los Apóstoles vuelven al Templo a  dar, con valentía, testimonio de Jesucristo (Hch 5,17-21). Son apresados de nuevo y conducidos ante el Sanedrín. Es el contexto del texto seleccionado para este Domingo III.
    Porque, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” los Apóstoles, con Pedro a la cabeza, no cesan de dar testimonio público, confortados por el Espíritu, de la resurrección del Señor “con mucho valor”, también ante las máximas autoridades religiosas del judaísmo. No les atemorizan las amenazas ni los castigos. Al contrario, el sufrimiento por Jesucristo es motivo de alegría.  Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” no es una excusa para no obedecer a nadie; es el principio radical de la obediencia cristiana. La respuesta de Pedro es, en realidad, una profesión de fe en Cristo resucitado. El resucitado no es distinto de Jesús de Nazaret. Hay una continuidad personal: el crucificado es el resucitado y glorificado.

2ª Lectura: Apocalipsis 5,11-14

    Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”.
    Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos- que decían: “Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Y los cuatro vivientes respondían: “Amén”.
    Y los ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que vive por los siglos de los siglos”.

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    El texto seleccionado pertenece a la  primera parte de “la sección de la visiones” del libro del Apocalipsis (caps. 4-16). En él se muestra la glorificación celestial del Cordero degollado (Cristo crucificado), a la que se unen todas las criaturas del Cielo y de la Tierra. En el marco de una comunidad cristiana perseguida, ya con numerosos mártires en sus filas, el libro del Apocalipsis se presenta como un estímulo a la fidelidad y a la esperanza. El triunfo de Cristo es la garantía. Los que mueran con él y por él, resucitarán con él y como él (Ap 7,14; 12,11; Rom 14,8; 1 Tm 2,11). La Pascua de Cristo, es también la pascua del cristiano: “Donde yo esté estará el que me haya servido” (Jn 12,26), “pues voy a prepararos un lugar” (Jn 14,2). Los que aún caminamos por “cañadas oscuras” (Sal 23,4) necesitamos esta inyección de optimismo para alimentar y testimoniar nuestra esperanza (Rom 12,12; 1 Pe 3,15).

Evangelio: Juan 21,1-19

                                                      

    En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros discípulos suyos. Simón Pedro les dice: Me voy a pescar. Ellos contestaron: Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
   Jesús les dice: Muchachos, ¿tenéis pescado?
   Ellos contestaron: No.
   Él le dice: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
   La echaron y no tenían fuerza para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: Es el Señor.
   Al oír que era el Señor, Simón Pedro que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
    Jesús les dice: Traed de los peces que acabáis de coger.
    Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red.
     Jesús les dice: Vamos, almorzad.
     Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
    (*Después de comer dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
    Él contestó: Sí, Señor, tu sabes que te quiero.
    Jesús le dice: Apacienta mis corderos.
    Por segunda vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
    Él le contesta: Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
    Él le dice: Pastorea mis ovejas
    Por tercera vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
    Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
    Jesús le dice: Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Esto lo dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto añadió: Sígueme*).

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    El capítulo 21 del IV Evangelio plantea problemas respecto de su originalidad y autoría frente al conjunto de la obra (se piensa que es una adición posterior, basta comparar 20, 30-31 y 21,25), pero no respecto de su carácter inspirado y canónico. Consta de varios elementos entrelazados: 1) Una aparición junto al lago, una pesca infructuosa / fecunda, una comida y una conclusión: es la tercera aparición de Jesús. 2) El encargo del pastoreo a Simón Pedro; 3) la suerte del “discípulo amado” y 4) una conclusión. Nos ocupamos en este comentario  del punto 1) la aparición junto al lago.
    De regreso a Galilea, los discípulos siguen unidos. Han vuelto a sus “redes”.  El relato está cargado de sugerencias: pesca infecunda sin Jesús, fecunda al seguir sus sugerencias (cf. Lc 5,4-7); la faena trascurre “de noche”, mientras la presencia de Jesús tiene lugar “al amanecer” (Jesús es asociado a la luz, la ausencia a la oscuridad; la resurrección de Cristo va asociada al alba, a la aurora); banquete preparado y servido por Jesús...
    Jesús no ha abandonado a los suyos: les acompaña… Sigue siendo el mismo, aunque no de la misma manera, por eso no lo reconocen al principio. Pero enseguida el “discípulo amado” (el amor es clarividente) lo intuye: ¡Es el Señor! Y la reacción de Pedro, impetuosa, muestra que él sí es el mismo y lo mismo.
     La calidad de la pesca y la cantidad -150 peces grandes- simboliza la verdad de las palabras de Jesús: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5); la comida es una evocación de las comidas de Jesús con los suyos: él la prepara y la sirve, pero también ellos han de aportar de su pesca.

REFLEXIÓN PASTORAL

         Afirmar que Jesús vive y convive, que está presente en la vida de sus discípulos, es la finalidad de los relatos evangélicos de las apariciones.  Por la resurrección Jesús no ha roto con los suyos. Sigue llamándoles “mis hermanos” (Jn 20,17), acompañándoles (Lc 24,13-35), inspirándoles (Lc  24,36-49) y compartiendo sus tareas. Así, hoy le vemos siguiendo atentamente, desde la orilla, una noche de trabajo de un grupo de discípulos, capitaneado por Pedro, en el lago de Galilea.
         El relato, a primera vista sencillo, está, sin embargo, cargado de simbolismo. Su intención no se reduce a la información sobre un hecho puntual y aislado, el de una pesca milagrosa; eso, con ser importante, no es trascendente. El evangelista quiere manifestarnos algo más profundo.
    Porque ese “ir a pescar” de Pedro y los apóstoles es un ir a la misión  evangelizadora; ese “lago” simboliza el mundo, y la “barca”, la iglesia; esa pesca nocturna simboliza la misión “autónoma” sin la compañía del Señor. Los “ciento cincuenta peces grandes” hablan de la plenitud y fecundidad de la misión; la “red que no se rompe” a pesar de la cantidad y magnitud de la pesca, significa la capacidad de acogida de la Iglesia; la “orilla” desde la que Jesús ordena y espera, es su puesto de vigía como Señor de la Iglesia y de la historia; la comida preparada por Jesús, la eucaristía, alimento y fortaleza de todo evangelizador… Pero, sobre todo, en esa pesca hay un antes y un después, un vacío y una plenitud, un trabajo estéril y un trabajo fecundo: la diferencia la marca la orden de Jesús -“Echad la red”- y su presencia.
     Éste es el núcleo del relato: la Iglesia, en su misión, solo es fecunda en la obediencia y en la comunión con el Señor; no cuando toma iniciativas o adopta estrategias autónomas, por muy programadas y técnicas que parezcan. “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).  Y esta  obediencia al Señor, como nos recuerda la 1ª lectura, exige ciertas “desobediencias”. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. 
    Sin buscar la confrontación, la Iglesia, sin embargo, no debe adoptar posturas tibias ni ambiguas. Ni debe extrañarse de ser criticada y hasta perseguida; a la Iglesia solo debe preocuparle la fidelidad al Señor: ahí está su cruz, pero también su resurrección.   Y esto tiene su aplicación a la vida personal.
    Cada uno hemos  de convencernos de que sin la vinculación personal y entrañable con Xto., nuestra red estará siempre vacía. Y que esta conexión vital con el Señor no es un mero sentimiento, sino que está exigiendo una obediencia fundamental a Dios antes que a los hombres. Lo que no es una excusa o pretexto para no obedecer a nadie, sino un criterio para clarificar y dignificar nuestra obediencia. Hay dos modos de vivir, pero sólo uno es fecundo: vivir en el nombre del Señor, a su estilo. No se nos ha dado otro Nombre. Jesús es el único por el que se puede morir y vivir (2ª lectura).
         El relato evangélico se cierra con un cara a cara entre Jesús y Pedro. Un cara a cara que no culmina en una profesión de fe. Jesús no le pregunta a Pedro: ¿Crees en mí?, sino ¿me amas? Y es que creer es, en definitiva, una cuestión de amor. Pedro recuerda en ese momento sus infidelidades, pero esas infidelidades no le bloquean. Y se confía a la misericordia de Jesús: “Tú lo sabes todo; sabes que te amo”.
         Retengamos estos dos mensajes: vivir en el nombre y al estilo de Jesús y entender la fe como una cuestión de amor. Porque creer no es cuestión de muchas “verdades” sino de una Verdad, la verdad del Amor que se traduce en un amor de verdad.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué implica obedecer a Dios antes que a los hombres?
.-  De los dos modos de vivir, ¿cuál es el mío?
.- ¿Siento como propia la misión evangelizadora de la Iglesia?

Domingo J. Montero Carrión, Ofmcap.






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