martes, 23 de abril de 2019

DOMINGO II DE PASCUA -C-


1ª Lectura: Hechos de los apóstoles 5,12-16

    Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de  común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.
    La gente sacaba a los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudían a Jerusalén llevando enfermos y poseídos de espíritus inmundos, y todos se curaban.

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     Nos hallamos ante el tercero de los “sumarios” del libro de los Hechos. Se trata de tres pasajes (2,42-47; 4,32-35 y 5,12-16) situados en la primera parte del libro (1,12-5,42). En los dos primeros se subraya la naturaleza y el modo de vida de la comunidad (comunidad de bienes, asistencia a la instrucción y a la oración y solidaridad fraterna); en el tercero se destaca la actividad taumatúrgica, capitaneada por Pedro, pero no limitada a él. La “sombra” de Pedro no era otra cosa que la prolongación de “sombra” de Jesús. En todos ellos se destaca el crecimiento interno (en cohesión) y externo (en número) de la comunidad, no obstante las reticencias de los dirigentes judíos. Aún no ha llegado el momento de la “ruptura” con el Israel oficial, por eso acudían al Templo para las oraciones rituales judías.


2ª Lectura: Apocalipsis 1,9-11a. 12.-13. 17-19

    Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la esperanza en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús.
    Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente, como de trompeta, que decía: Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete iglesias de Asia.
    Me  volví a ver  quién me hablaba y, al volverme, vi siete siete  lámparas de oro, y en medio de ellas una figura humana, vestida de larga túnica con un cinturón de oro a la altura del pecho. Al verla caí a sus pies como muerto. Él puso la mano derecha sobre mí y dijo: No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos.; y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno. Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde.

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    Presentado el libro del Apocalipsis como “profecía” (Ap 1,3), el autor se presenta como “profeta”, con rostro fraterno y solidario, desterrado en Patmos por su testimonio sobre Jesús. La alusión al domingo quizá pueda sugerir que “el éxtasis” pudo haber tenido lugar en el marco de una celebración litúrgica. De hecho el sonido de la trompeta remitía a un instrumento cultual que anunciaba al Señor, que “asciende al son de trompeta” (Sal 47,6).
    El mensaje que se le comunicará tiene como destinataria a la Iglesia, representada en las siete lámparas de oro, en medio de la cual se encuentra Cristo. No hay cristología sin eclesiología, y viceversa: no hay eclesiología sin cristología.
    Cristo es representado con símbolos que apuntan a su condición sacerdotal (larga túnica) y regia (cinturón de oro). Un Cristo glorioso, por su resurrección (no desaparece la historia de Jesús), juez de vivos y muertos, que tiene en sus manos las llaves no solo de la eternidad sino de la historia, de “lo que está sucediendo y lo que va a suceder”-.
    El difícil presente eclesial de aquel entonces necesitaba de una lectura profunda para superar la tentación del desaliento. También hoy la Iglesia está necesitada de una lectura profunda para no sucumbir a los problemas externos y  a los pecados de su propia historia.

Evangelio: Juan 20,19-31

    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz vosotros.
    Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
   Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.      Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
   Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: ¡Hemos visto al Señor!
    Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos; si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en el costado, no lo creo.
    A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
     Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
     Tomás contestó: ¡Señor mío y Dios mío!
     Jesús le dijo: ¿Por qué me has visto has creído? ¡Dichosos los que crean sin haber visto!
      Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.


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    El relato consta de tres partes netamente diferenciadas: a) Una aparición al grupo de los discípulos; b) la escena de Tomás y c) una conclusión final del evangelista.
    La sección a) encuentra similitudes, dentro de las peculiaridades propias del IV Evangelio, con los testimonios de los otros evangelistas que narran encuentros de Jesús resucitado con unos discípulos asustados y recluidos por temor a los judíos. Juan destaca en esta primera escena aspectos importantes: 1) el Resucitado se identifica y se acredita desde la muerte en cruz: el Resucitado es el Crucificado. 2) El resucitado es portador de Paz, de su Paz, que no es como la del mundo, y del Espíritu. 3) La aparición está orientada a la Misión, no solo a confortar a los discípulos. Y esa misión es anunciar  el perdón de Dios. Un signo esencial de la evangelización es, según Juan, anunciar y hacer posible el perdón de Dios.
    La sección b) es propia del IV Evangelio. En ella se dramatiza y personaliza en un discípulo concreto, Tomás, un elemento común a todos los relatos pos pascuales: la duda de los discípulos (cf. Lc 24, 11. 21-27.38; Mc 16,11. 13. 14).
    La sección c), propia también de Juan aunque con afinidades con Lc 1,4, aporta dos datos interesantes: los testimonios sobre Jesús en esta obra no son exhaustivos, y la finalidad de la misma es llevar a la fe en Cristo, y por la fe a la salvación. Este es el objetivo de toda evangelización.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Una cosa bien clara dejan los relatos evangélicos: la resurrección de Jesús no fue una invención de los discípulos; éstos fueron los primeros y los más sorprendidos. Tal vez por eso quiso Cristo dedicar cuarenta días a explicar a los suyos este misterio de luz que tanto les costaba penetrar. ¡Había sido tan real y tan cruel su muerte!
    A los dos días de la crucifixión, los discípulos habían empezado a resignarse ante lo irremediable: dar por perdido a Jesús y a su causa. Pero Jesús no podía resignarse a esa idea y quiere meterles por los ojos y por las manos su resurrección, con la paciencia de un maestro que repite la lección una y otra vez con distintos recursos.
    Las apariciones de Jesús no son un jugar al escondite; son las últimas lecciones del Maestro antes de  que los discípulos se abran al mundo con la insospechada novedad del evangelio. Eso fueron los cuarenta días que siguieron a la resurrección: una pugna de la luz contra el temor que cegaba los ojos de los discípulos. Y éste es el contexto del relato evangélico que acabamos de leer: miedo, retraimiento, desorientación...
    La resurrección del Señor no es, y no fue, una creencia fácil. Y Jesús se hace presente con un saludo -la paz- y una misión -la paz del perdón en el Espíritu Santo-. Su aparición no es solo para consolar sino para consolidar la misión que el Padre le encomendó, y que Él ahora confía a su Iglesia.
    Pero faltaba Tomás. No somos comprensivos con este apóstol. Lo consideramos incrédulo  cuando, en realidad, todos los discípulos habían mostrado el mismo escepticismo. Fue el primero que dijo “vayamos y muramos con él” (Jn 11,16). 
      Tomás es como el hombre moderno que no cree más que lo que toca; un hombre que vive sin ilusiones; un pesimista audaz que quiere enfrentarse con el mal, pero no se atreve a creer en el bien. A Tomás no le bastaban las referencias de terceros, buscaba la experiencia, el encuentro personal con Cristo. Y Xto. accedió.
      Y de aquel pobre Tomás surgió el acto de fe más hermoso que conocemos: “Señor mío y Dios mío”. Y Tomás arrancó de Jesús la última bienaventuranza del evangelio: “Dichosos los que crean sin haber visto”.  Que no quiere decir dichosos los que crean sin conocerme, sino dichosos los que sepan reconocer mi presencia en la Palabra hecha evangelio; hecha alimento y perdón en los sacramentos; hecha comunión fraterna; hecha sufrimiento humano; pues desde la fe y el amor podemos contemplarle en las manos y los pies, la carne y los huesos de aquellos que hoy son la prolongación de su pasión y muerte.
    Y es que el resucitado es el crucificado, y a Xto. resucitado solo se accede por la comprobación de la Cruz. Las llagas de Cristo, contraídas por nuestro amor, nos ayudan a entender quién es Dios y que sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, herido y dolorido Él también, es digno de fe. 
    ¡A Cristo resucitado se le  afirma en tantos momentos  y situaciones del dolor humano…! Tomás nos dice que las “heridas”, las “llagas”, no son un obstáculo para creer en el Resucitado, sino más bien la prueba necesaria para no confundir la resurrección con una idea o una ideología. Tocar las “llagas” con fe y curarlas con misericordia. Como hacía Pedro, prolongando en su "sombra" la "sombra" salvadora de Jesús.
    Habrá quienes digan: “Si no veo...”; “Brille vuestra luz...”. Porque las dudas de muchos hombres surgen de la poca fe/luz de muchos cristianos. ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?  
    Este segundo domingo de Pascua es también conocido como “Domingo de la misericordia”, desde que así lo denominara Juan Pablo II. De la misericordia de Dios con Tomás y con nosotros, pues sus “heridas”, las de Jesús, nos han curado; pero también  de nuestra misericordia con los otros,   porque es una llamada a reconocer  al Señor en las heridas y dolores de la vida. Y es particularmente importante recordarlo en este Año de la Misericordia.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué huellas deja en mi vida la fe en Cristo resucitado?
.- ¿Soy cristianamente luminoso?
.- ¿Me acerco misericordiosamente a los “llagados” de la vida?

DOMINGO J. MONTERO, OFMCap.

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