viernes, 7 de agosto de 2026

DOMINGO XIX -A-

1ª Lectura: 1 Reyes 19,9a. 11-13a.

    En aquellos días llegó Elías al monte de Dios, al Horeb, se refugió en una gruta. El Señor le dijo: Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar.

    Pasó antes del Señor un viento huracanado; que agrietaba los montes y rompía los peñascos: en el viento no estaba el Señor. Vino después un terremoto, y en el terremoto no estaba el Señor. Después vino un fuego, y en el fuego no estaba el Señor. Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta.

                                        ***             ***             ***

     Elías, perseguido, abandona el territorio de Israel y peregrina al Horeb, el lugar donde Dios se reveló a Moisés. Es un gesto de denuncia y de vuelta a lo original. Allí espera al Señor. Pero Dios le sorprende: se hace presente no desde las manifestaciones teofánicas tradicionales; escoge el susurro como signo precursor de su presencia. Dios no está circunscrito a “lo oficial”. Allí al profeta se le encomienda una misión más arriesgada que las que ha tenido que afrontar hasta entonces, pero no estará solo, Dios estará con él.

 2ª Lectura: Romanos 9,1-5.

    Hermanos:

    Como cristiano que soy, voy a ser sincero; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según lo humano, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

                                            ***             ***             ***

    Ante los cristianos de Roma Pablo no oculta lo que es su drama personal. Siente profundamente en su alma el rechazo del pueblo judío a la persona y al mensaje de Jesús. Convirtiéndose a Cristo, él no ha renunciado a sus “hermanos”. Se identifica con su valiosa herencia; solo siente que no se hayan abierto al “alma” de esa herencia, Jesucristo. La fidelidad al Evangelio no le convierte en enemigo de los que lo rechazan o desconocen. Es el reto permanente de su vida: acercarlos al conocimiento de Cristo.  

Evangelio: Mateo 14,22-33.

    Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

    Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por la olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.

    Jesús les dijo en seguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

    Pedro le contestó: Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua.

    Él le dijo: Ven.

    Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame.

    En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

    En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios.

    

                                    ***             ***             ***

     Tras el milagro de los panes, Jesús despide a los discípulos y se despide de las gentes. Ya solo, se retira al monte a orar. La oración es esencial en la vida de Jesús. Desde ese “faro” de la contemplación sigue la travesía de los discípulos. La oración de Jesús no es ausencia ni huida, sino presencia. Es la primera escena.

    La segunda tiene ver con la travesía de los discípulos. Con gran sencillez Jesús aparece cercano a los suyos en los momentos difíciles. El diálogo con Pedro, y sobre todo la pregunta centran el relato. Solo la fe salvará a la barca y mantendrá a flote a los discípulos. Ella es el timón y la brújula que aporta seguridad y orientación a la barca. Se trata de una “parábola” de la travesía de la iglesia en un mar de dudas y de aguas agitadas. Pero el Señor está siempre atento y presente, en medio de las turbulencias.

REFLEXIÓN PASTORAL

    La existencia humana reviste, frecuentemente, las características de una travesía no exenta de riesgos y peligros. Si es cierto que, unas veces, parece discurrir por parajes encantados y encantadores, no es menos cierto que, en otras, afronta momentos de incertidumbre y angustia. El fragmento evangélico que se proclama este domingo es una referencia iluminadora. También el texto de la primera lectura está en esa línea.

     Elías, campeón de la fe ante una sociedad desorientada política, social y religiosamente, se siente dominado por el desánimo. Ve el deterioro y el rechazo; considera su vida quemada, gastada en una causa justa, sí, pero utópica. Y huye al desierto, refugiándose en una cueva,  pidiendo a Dios que le envíe la muerte (1 Re 19,1-4).

     Elías pensaba que estaba solo, pero Dios estaba con él para llenar de sentido y de esperanza su vida. ¡Elías creyó!

     San Pablo también, en la segunda lectura, dice atravesar por una experiencia profunda de dolor por el rechazo que la mayoría de sus “hermanos, los de mi raza y mi sangre” (Rom 9,3) han dado a Jesús y  a su Evangelio. Pero tiene esperanza que esa situación acabará por revertir e Israel reconocerá a Jesús como el Mesías, porque Dios es fiel.

     El relato evangélico nos presenta no ya a un hombre solo, sino a una barca llena de hombres, y llenos de miedo y de dudas. Sabemos que esa barca significa para el evangelista san Mateo la Iglesia.

     En su travesía, la barca de la Iglesia, surcará aguas agitadas -las está surcando-; necesitará manos expertas que la guíen, pero, sobre todo, necesitará confiar en el Señor, pues aunque camine por cañadas oscuras (Sal 23,4) y se agiten los mares con su furia (Sal 93,4), Dios es el Enmanuel (Is 7,14).

      En la vida tranquila, creer en Dios y en Cristo, resulta fácil. Cuando todo sucede a la medida de nuestros deseos, nos sentimos invadidos por la presencia de Dios. Nos sentimos bendecidos. Nadar y navegar a favor de la corriente es cómodo.  Pero llegada la tempestad, el viento contrario, la noche del sufrimiento físico, del fracaso profesional, del problema familiar, de la ancianidad, de la soledad…, sentimos el vacío y hasta el abismo abierto a nuestros pies. Y nos preguntamos ¿dónde está Dios?, ¿podrá sacarnos de estas aguas turbulentas? Y estamos expuestos a caer en la tentación de pensar si nuestra fe no habrá sido solo una fantasía, y Cristo solo un fantasma. ¡Y dudamos!

    Y dudar no es malo; porque la duda ayuda a purificar certezas irreflexivas e infantiles. Pero hay que salir de dudas. No podemos permanecer indefinidamente en esas aguas. El milagro, entonces, puede hacerse milagro para nosotros. Basta, y es necesario, que sintamos, que sepamos descubrir la presencia del Señor.

   Todos hacemos nuestra peculiar y personal travesía por ese mar de dudas. Sus aguas no sólo bañan las costas de nuestras vidas, sino que a veces las azotan e inundan, cubriéndolas con su inquietante oleaje de preguntas y temores.

         ¿Por qué has dudado?” (Mt 14,31).  Esta pregunta de Jesús a Pedro no es solo una recriminación a la incredulidad, sino una invitación al análisis.

¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” (Lc 24,38), preguntó Jesús a sus discípulos, confusos después de su muerte y resurrección.

         ¿Por qué surgen dudas en nuestro interior? Quizá porque no hemos salido de él, encerrados en nuestros egoísmos y temores. Quien toca o  abraza con fe la Cruz de Cristo; quien hace la experiencia de amar como Dios manda, o mejor, como Dios ama, supera todas las dudas. Y aborda decisiones profundas, como hubo de hacerlo Pablo. Su opción por Cristo configuró su existencia, llevándole a un tránsito existencial: del integrismo judío al seguimiento radical de Jesús.

         Hay que salir de dudas; para eso hay que salir de uno mismo y tomar la mano que Cristo nos tiende, aunque notemos en ella la señal de los clavos. Es la prueba más cierta de que esa mano es la suya.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué espacio tiene la oración en mi vida?

.- ¿Qué tipo de oración?

.- ¿De dónde provienen las dudas de mi interior?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

viernes, 31 de julio de 2026

DOMINGO XVIII -A-

1ª Lectura: Isaías 55,1-3.

    Esto dice el Señor: Oíd, sedientos todos, acudid por agua también los que no tenéis dinero: Venid, comprad trigo; comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David.

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    Dios no se cansa de invitar a su mesa, a su festín. Su oferta no discrimina, no depende de la capacidad adquisitiva, solo requiere tener hambre y sed. Por eso se dirige a los pobres, porque los demás pueden ya estar “saciados” de productos efímeros. Solo él ofrece productos de calidad: el pan y el vino de la alianza perpetua, reiteradamente prometida, y realizada definitivamente en Cristo. La “inversión”  cristiana es una inversión inteligente. No hemos de invertir en productos sin calidad, efímeros e ineficaces.

2ª Lectura: Romanos 8,35. 37-39.

    Hermanos:

    ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

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    Pablo se siente consolidado en el amor de Cristo y en el amor a Cristo. Las preguntas que formula a los cristianos de entonces tienen validez para los cristianos de hoy. ¿Vivimos en esa “seguridad”? ¿Vivimos radicados en Cristo?

Evangelio: Mateo 14, 13-21.

    En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se comprende comer. Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Les dijo: Traédmelos. Mandó a la gente que se recostaran en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

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   Nos encontramos ante el primer milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús no era insensible: vibraba y se comprometía ante el dolor de los hombres. Por eso le seguía la gente. En ese marco se sitúa el milagro. Jesús no “multiplicó” los panes y los peces, simplemente los “bendijo”. El milagro se produjo al repartirlos.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Tiempo de verano: tiempo de invitaciones… Dios nos hace la suya: “Oíd…, venid…, escuchadme (Is 55,1-3). Se trata de una oferta de calidad: “¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da hartura?”(Is 55,2). Dios no defrauda. Fue la experiencia de Pablo: descubrió el amor de Cristo y a Cristo como a su amor…, y ya nada pudo apartarlo de él (Rom 8,38-39). ¿Qué puede apartarnos a nosotros del amor a Cristo?

     Dios manifiesta su invitación permanentemente en Cristo, quien se revela sensible a los problemas del hombre -“viéndolos, sintió lástima” (Mt 14,14)- y sensibilizador hacia los problemas del hombre -“dadles vosotros de comer” (Mt 14,16).

La escena evangélica contemplada este domingo va de la oración a la compasión. Y de la compasión al compromiso. Tras contemplar el rostro del Padre, Jesús siente compasión por los hombres. Solo Dios despeja la mente y limpia la mirada para contemplar y actuar compasivamente en la vida. Nos falta compasión porque nos falta contemplación.

      Las multitudes siguen a Jesús. En su caminar ilusionado se han alejado de los centros de población. Pasar la noche al raso, es una temeridad. “Despide a la gente…” (Mt 14,15). Pero, mandarles así es una desconsideración. “No tienen que irse, dadles vosotros de comer” (Mt 14,16).

Dos actitudes diametralmente opuestas. Los discípulos intentan evadirse de la responsabilidad y del problema -¡que se vayan!-; Jesús, no en vano es el Maestro, quiere responsabilizarlos, hacerles comprender que los problemas no se solucionan dándoles la espalda.

      Y es entonces cuando aflora en los discípulos la conciencia de su pobreza: “Si no tenemos más que cinco panes y dos peces” (Mt 14, 17). Creían que era poco, y era lo suficiente, porque era todo. El Señor asumió esa profesión de pobreza y multiplicó con su bendición sus reducidas provisiones… “Sobraron doce cestos llenos, habiendo comido cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños” (Mt 14,20-21). La solución no es “comprar” (algunos nunca podrán hacerlo) sino “compartir”; compartirse.

     También nosotros percibimos la problemática de una situación que parece rebasarnos y a la que quisiéramos dar la espalda. Miramos para nosotros y vemos que no disponemos de recursos para responder a tan complicada situación. Y entonces aparece la tentación del abandono, de la inhibición o la de  la evasión espiritualista -rezar-; y no basta con rezar para que se solucionen las cosas. “Dadle vosotros de comer”.

     Dios no va  mandarnos salvadores -¡tenemos a Jesucristo!- ni va a revelarnos soluciones extraordinarias -¡tenemos el Evangelio!-. Él bendecirá lo que somos y tenemos, pero para eso hay que ofrecerlo, hay que ofrecerse. El “hambre” de los demás (ni la propia) puede satisfacerse con excedentes, con el pan ajeno o con el que sobra, sino con el propio y necesario. Hay que hacerse pan, como se hizo él; hay que compartirse.

     Y hay otras hambres, porque el hombre no solo de pan vive el hombre: hay hambre provocadas por la soledad, la incomprensión, la tristeza, la enfermedad, la falta de amor….

       Dadles vosotros de comer” es la invitación de Jesús a tomar en nuestras manos la suerte, o la desgracia, de los otros sin remitirlos a otras puertas; a imaginar soluciones y no solo a lamentar situaciones.  Para eso, como sugiere el profeta Isaías, hay que oír (orar) y saber invertir (obrar).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cuáles son mis afanes?

.- ¿Qué puede apartarme del amor a Cristo?

.- ¿Me hago pan para los otros, o distribuyo excedentes?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

viernes, 24 de julio de 2026

DOMINGO XVII -A-

1ª Lectura: 1 Reyes 3,5.7-12.

    En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: Pídeme lo que quieras.

    Respondió Salomón: Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?

    Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello y Dios le dijo: Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riqueza ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrás después de ti.

                                    ***             ***             ***

     La oración de Salomón pidiendo al Señor discernimiento para servir, y no poder, es bien vista por Dios. Y marca el sentido por donde debemos caminar en nuestra oración de petición. San Pablo también oraba para que Dios dotara a la comunidad de espíritu de sabiduría y revelación para conocerle, iluminando los ojos del corazón (cf. Ef 1,17.18).

2ª Lectura: Romanos 8,28-30.

    Hermanos:

    Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.


                                        ***             ***             ***


    Dios es un buen referente. El amor y la fe en él salvan la existencia. Él nos ha destinado a ser imagen de su Hijo, a configurarnos con él, integrándonos en su familia, personalmente pero no aisladamente.  Este es el contenido profundo de la dignidad, de la responsabilidad y de la esperanza cristianas.

Evangelio: Mateo  13,44-52.

    En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

    El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

    El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto? Ellos contestaron: Sí. Él les dijo: ya veis, un letrado que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

                                              ***             ***             ***

      Estas parábolas son propias del evangelio de Mateo. El Reino de Dios es una realidad preciosa, sorprendente, por la que hay que apostar decididamente y con alegría. La parábola de la red apunta a una ulterior realidad: la postura que se adopte ante el Reino de Dios no será irrelevante, pues habrá un juicio, una evaluación final. Dios no excluye, pero puede haber quienes le excluyan a él y se autoexcluyan. Sin embargo, el juicio, la selección queda en las manos del Dios de la misericordia, capaz de revertir ese juicio en la oferta definitiva de su amor infinito.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Vivir la fe como “un tesoro escondido” (Mt 13,44), como “una perla de gran valor” (Mt 13,46), no parece ser la experiencia de la mayoría de los cristianos o, al menos, no es esa la sensación que transmitimos; más bien sucede lo contrario, la de sentirla como una carga pesada que nos obliga y fatiga o, en todo caso, algo que no nos motiva excesivamente, ni nos alegra la vida..

    Nos cuesta visibilizar la dimensión gozosa de la fe. Parece que, como diría el profeta, “la alegría ha huido de nuestra tierra” (Is 24,11). Llamamos “celebración” a la eucaristía, aspecto difícilmente reconocible por nadie ajeno que entrase en nuestras iglesias. Hemos formalizado y ritualizado todo tanto, que cuesta fatiga descubrir y vivir esa dimensión gozosa de la fe. Y vivir el seguimiento de Jesús como una gracia y no como una pena es el secreto para vivirlo de verdad.

     San Pablo, en la carta a los Romanos nos habla de la maravilla y de la excelencia de haber sido encontrados, elegidos y amados por Dios. Él lo vivió así, y lo agradeció de todo corazón.

    En el Evangelio, en esas dos miniparábolas, la del tesoro y la de la perla, Jesús nos dice que la opción por él, por el Reino de Dios, es la opción más inteligente y con más futuro, aunque nos cueste. Porque esta es la otra lección: Jesús y el Reino de Dios son un regalo, pero no son una baratija.

     Hay que “venderlo todo”. Jesús no lo ocultó nunca: “Quien quiera seguirme…” (Mc 8,34). Se lo dijo a los discípulos, que lo dejaron todo, y a otros  que se retiraron porque eran muy ricos. “Venderlo todo” no es una invitación a la frustración, sino a la realización; no es una llamada al empobrecimiento sino al enriquecimiento; un enriquecimiento paradójico, porque “el que ama su vida, la perderá…” (Lc 9,24). Invitación a invertir en valores de futuro, perennes, a los que no afecta la devaluación, “ni la polilla los corroe” (Lc 12,33).

    No se trata tanto de enajenar nuestros “bienes” cuanto de enajenar nuestros “males”, los que obstaculiza el seguimiento de Jesús. Y  hacerlo “con alegría”.

    Para ello necesitaremos como Salomón (1ª lectura) que Dios nos de el discernimiento para hacer esa lectura correcta de las experiencias de la vida, y que configure nuestro corazón a su imagen y semejanza, para buscar y vivir su voluntad. Porque no es posible intentar “servir a dos señores” (Lc 16,13), viviendo fracturados, divididos, con referencias opuestas. Convertir al Señor en nuestra porción (Sal 119,57), en nuestra opción, es la decisión mejor y la más inteligente.

REFLEXIÓN PERSONAL 

.- ¿Manifiesto el gozo de haber sido encontrado por Dios?

.- ¿Apuesto con alegría por el Reino de Dios?

.- ¿Cuáles son os contenidos de mi oración?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

viernes, 17 de julio de 2026

DOMINGO XVI -A-

 1ª Lectura: Sabiduría 12,13.16-19.

 

     No hay más Dios que tú, que cuidas de todo, para demostrar que no juzgas injustamente. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

 

                                        ***             ***             ***

 

    El poder de Dios no es prepotencia o arbitrariedad, es el principio de la justicia y de la misericordia y se convierte en pedagogía para el hombre: el justo debe ser humano. La dureza es, en realidad,  debilidad; el verdadero poder es indulgente. Dios no está al acecho del hombre: en el pecado no precipita el castigo, da lugar al arrepentimiento. No tiene prisa en juzgar, tiene todo el tiempo para ejercer la misericordia.

 

2ª Lectura: Romanos 8,26-27.

 

    Hermanos:

    El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. El que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

 

                                        ***             ***             ***

 

    La garantía de la oración del cristiano reside en el Espíritu que ora por nosotros. No es fabricación de manos humanas, sino del Espíritu que Dios ha enviado y nos permite decir “Padre”. El mismo que da testimonio de que somos sus hijos (cf. Rom 8,15-16). Esto no supone una alienación personal, porque el Espíritu, por el bautismo, habita en lo más hondo del discípulo de Jesús. Sin ese Espíritu la oración cristiana será imposible y no sabremos lo que pedimos (cf. Mt 20,22).

 

Evangelio: Mateo 13,24-43.

 

    En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: No, que podríais arrancar también el trigo.   Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

    Les propuso esta otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeñas de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

    Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a una levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.

    Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: “Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré el secreto desde la fundación del mundo.”

    Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. El les contestó: El que siembra la semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancará de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojará al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

 

                                         ***             ***             ***

 

     Con estas tres parábolas Jesús quiere exponer algunas realidades del Reino de Dios. La primera es exclusiva de Mateo; la segunda encuentra paralelos en Mc 4, 30-32 y Lc 13,18.19, y la tercera es compartida solo por Mt y Lc 13,20-21. En la de la cizaña destaca la paciente sabiduría de Dios (cf. 1ª lectura), que sabe dar tiempo a las cosas y enseña a no ser precipitados. El Reino de Dios ha de saber integrar las tensiones inherentes a su devenir histórico. Ha de admitir con esperanza que la obra de Dios alcanzará su fruto, pero para eso el grano ha de ser enterrado (parábola de la mostaza); porque esa humilde semilla participa de la energía de Dios, capaz de transformar y dinamizar la realidad (parábola de la levadura). La explicación pormenorizada de la parábola de la cizaña, como la del sembrador, responde a un momento ulterior de la enseñanza reservada a los discípulos. Y, como en la del sembrador, se concluye con una llamada al discernimiento personal. 

REFLEXIÓN PASTORAL

 

   Dejadlos crecer juntos…”. ¡Una lección de realismo! Aceptar vivir en un mundo en el que hay buenos y malos, trigo y cizaña. Convivencia, a veces tan dura, que aparece la tentación de la impaciencia: ¡arranquemos la cizaña!, ¿por qué ha de ocupar espacio en el campo?

Jesús hablaba a personas impacientes, que se preguntaban: ¿por qué tantos malhechores?, ¿a qué espera Dios para liquidarlos a todos? Y tiende a calmar e iluminar esa impaciencia.

     Dios no es el sembrador de la cizaña. Al final habrá un juicio. Y Dios será el único juez, porque los hombres podemos confundirnos, al no ver en el interior del corazón (cf. 1 Sam 16,7).

     La 1ª lectura nos habla del juicio de Dios, un juicio “con moderación”, “con gran indulgencia”, un juicio justo, “que te hace perdonar a todos” y que “en el pecado das lugar al arrepentimiento”. Porque la dureza es, en el fondo, debilidad; el verdadero poder es indulgente. Y procediendo así, “enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano”. La revelación del hombre a ser hombre: humanidad es el indicativo de la verdadera justicia.

     Es una pena que haya tanta cizaña en el mundo. ¡Y tanta cizaña dentro de nosotros! Lo que podemos y debemos hacer para reducirla es comenzar por arrancar la del propio campo. Acondicionar nuestro terreno. Ante la pretensión de entrar a limpiar el campo ajeno, Jesús advierte: “Saca primero la viga de tu ojo y, luego, verás a sacar la mota del ojo de tu hermano” (Mt 7,5). Porque, si no, “podríais arrancar también el trigo”.

     Nadie es enteramente trigo limpio, ni totalmente cizaña. Y todos podemos evolucionar positivamente ¡gracias a Dios! A Él no le apremia el tiempo. Su perspectiva es más amplia y generosa que la nuestra.

     No es infrecuente en algunos sectores de la Iglesia la tentación de recluirse en grupos homogéneos, elitistas, excluyendo a los semiconvencidos, a los no comprometidos… Jesús ve a su iglesia de un modo distinto: un pueblo de amplia acogida y paciencia, de humildad y esperanza. Porque, cizaña era la oveja perdida (Lc 15,1-7), la moneda extraviada (Lc 15,8-9), el hijo pródigo (Lc 15,11-32), el “buen ladrón” (Lc 24,33-43), la mujer adúltera (Jn 8,3-11), Zaqueo (Lc 19,1-10), la pecadora pública (Lc 7,37-49), los publicanos y pecadores (Mc 2,15-17)…

     “Ser humanos” es, entre otras cosas, tener voluntad y compromiso serio por la justicia, pero también comprensión y acogida para acompañar y convivir con las debilidades, propias y ajenas. Rezuman sabiduría evangélica las palabras de Benedicto XVI: “¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente,  que derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías de poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios, Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios que se ha hecho Cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres” (Benedicto XVI en la eucaristía de su entronización el 24-IV-005).

    La paciencia hoy no tiene buena prensa -ni siquiera tiene prensa-; vivimos en el signo contrario, el de la urgencia. Está vinculada a la esperanza –“Tened paciencia, hermanos… Mirad cómo el labrador sabe esperar…” (Sant 5,7-8); con el optimismo en la bondad última de las cosas -“de las piedras puede sacar Dios hijos de Abrahán” (Lc 3,8)-, y con el amor –“el amor es paciente” (1 Cor 13,4). La paciencia no es una “debilidad”, sino una “energía” para afrontar las “provocaciones” de la vida sin ofuscarse, incurriendo en decisiones o juicios precipitados, resultado de una lectura deficiente, poco ponderada o pasional. La paciencia da tiempo al tiempo, porque “todo tiene su tiempo” (Qoh 3,1), y porque es generosa y piensa bien.

 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué nivel de humanidad se refleja en mis juicios?

.- ¿Cómo es mi oración? ¿Está inspirada por el Espíritu?

.- ¿Qué siembro en la vida: buena semilla o cizaña?

 

 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

jueves, 2 de julio de 2026

DOMINGO XIV -A-

1ª Lectura: Zacarías 9,9-10.

    Así dice el Señor: Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones. Dominará de mar a mar, desde el Éufrates hasta los confines de la tierra.

 

                                     ***             ***             ***

 

     El profeta diseña un perfil nuevo para presentar al rey salvador. Hay un cambio de modelo, pero persiste la esperanza: del rey poderoso y guerrero al de rey modesto, justo e instaurador de la paz. Desde ahí alcanzará la victoria y realizará su dominio en favor de todos los pueblos. Será la figura que hallará su cumplimiento en Jesucristo (Mt 21,5).

 

2ª Lectura: Romanos 8,9. 11-13.

 

    Hermanos:

    Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Por tanto, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a  la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

 

                            ***             ***             ***

 

    Por el bautismo el cristiano ha sido incorporado a Cristo; pero eso no es un hecho ritual ni se acredita ritualmente. Se trata de una incorporación existencial, y se acredita existencialmente. La existencia cristiana es necesariamente “espiritual”, entendida no como abstracta y teórica, sino en cuanto está inspirada y dinamizada por el Espíritu del Señor. Pertenecer o no a Cristo es cuestión de vida o muerte.

Evangelio: Mateo 11,25-30.

    En aquel tiempo exclamó Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

 

                                    ***             ***             ***

 

    Tres pasos pueden individuarse en este precioso texto: 1) Una alabanza a Dios Padre por su opción de revelarse a los humildes, y por revelarse humildemente. 2) Una declaración de su misterio y comunión personal con el Padre: Jesús es el Hijo y la revelación exhaustiva del Padre; no hay que buscar otro, porque él conoce el interior del Padre y lo conoce desde el interior. 3) Una invitación a participar de la Buena Noticia  de la que él es portador. Su propuesta de vida, que pasa por la cruz, es posible porque la comparte él, personalmente, con cada uno de nosotros.

REFLEXIÓN PASTORAL

 

     Aprended de mí” (Mt 11,29). La invitación es clara. Jesús es el Maestro; quien imparte la enseñanza más veraz de Dios, pues conoce al Padre desde dentro -habita en Él (cf. Jn 6,57; 14,10)-; y conoce su interior.

     ¿Y quiénes son los destinatarios de esa revelación? Los sencillos. ¿Por méritos propios? No; porque esa ha sido la opción de Dios (Mt 11,26).

     A Dios le gusta trabajar con material frágil (Gn 2,7). La elección de Israel (Dt 7,6) no se debió a su calidad ética o numérica (Dt 9,4.6), sino por puro amor (Dt 7,7-8). Y, “llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo…” (Gál 4,4), quien “se despojó de su rango, tomando condición de siervo” (Flp 2,7) y, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros” (2 Cor 8,9). Sí; “Dios ha escogido lo débil” (1 Cor 1,27; cf. St 2,5). Más aún, se ha hecho débil (cf. Lc 2,7) y ha cargado con nuestra debilidad (Is 53,4). Para interpretarse, eligió el tono menor. 

       Dios ha escogido más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte… Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios” (1 Cor 1,27-29). Pero no hay por qué identificar la sencillez con la ignorancia y, menos aún, con la vulgaridad. Jesús la identifica con la mansedumbre y la humildad. Así es su corazón -el de Jesús -, y así ha de ser el del cristiano: “manso y humilde” (Mt 11,29).

      Y Jesús agradece y celebra esa decisión de Dios, a quién ya el profeta Zacarías presenta en la 1ª lectura inclinado hacia la humildad y sencillez (Zac 9,9).   ¡Qué insondables son sus decisiones!” (Rom 11,33).

     La opción de Dios y su estilo están claros. Opción y estilo, que frecuentemente contrastan con los nuestros: a nivel personal y eclesial.

    La debilidad, la propia y la ajena, nos desestabiliza y angustia. Evaluamos y sobrevaloramos nuestros haberes  y saberes… Pretendemos construir el Reino de Dios con “otros” materiales; seguir a Jesús con “otros” estilos…

     Hemos de asumir nuestro barro con serenidad y gratitud (Is 64,7); entonces percibiremos que “el espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8,26). Y desde aquí se entienden las bienaventuranzas.

       En una sociedad que no solo exalta el poder sino que lo identifica con la violencia; que equipara al héroe con el vencedor, al valiente con el violento…,¡qué necesario es releer estas palabras!

       Jesús se presenta, además, como el consolador y el reposo de los agobios y cansancios del hombre, pero no oculta sus exigencias: no es un colchón cómodo, ni inspirador de un sentimentalismo barato.

       Jesús se reconoce como el destinatario de la revelación y salvación de Dios en beneficio del hombre. Y se ofrece y la ofrece generosamente, pero también responsablemente. Acercarse a él no es una decisión irrelevante.

       Para ello es necesaria, recuerda la 2ª lectura, la presencia del Espíritu. La existencia cristiana tiene parámetros de referencia propios. Hay dos tipos de existencia, una carnal, con la muerte como horizonte, y otra espiritual, asimilada al Espíritu de Dios que habita en los creyentes; y ésta es imprescindible para ser cristiano, pues: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Rom 8,9).

     Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,28).

 

REFLEXIÓN PERSONAL

 

.- ¿Sé interpretar la vida en clave menor? 

.- ¿Qué espíritu anima mi vida? ¿El de Cristo?

.- ¿A dónde acudo? ¿A Cristo o a “otros” lugares?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

 

sábado, 27 de junio de 2026

DOMINGO XIII -A


 1ª Lectura: 2 Reyes 4,8-11. 14-16a

    Un día pasaba Eliseo por Sunem y una mujer rica le invitó con insistencia a comer. Y siempre que pasaba por allí iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: Me consta que ese hombre de Dios es un santo. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil y cuando venga a visitarnos se quedará allí.

    Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guiezi: ¿Qué podemos hacer por ella?   Contestó Guiezi: No tiene hijos y su marido es viejo.  El le dijo: Llama a la Sunamita. La llamó y ella se presentó a él. Eliseo dijo: El año que viene, por estas mismas fechas abrazarás a un hijo.

                                              ***             ***             ***

    Este breve relato forma parte de las “leyendas” o “milagros” que sobre el profeta Eliseo, con una clara finalidad apologética, transmite el 2 libro de los Reyes (4,1-6,7). El relato es más extenso, y es recomendable leerlo en su integridad para su comprensión (2 Re 4,8-37). Con él se pretende exaltar la figura de Eliseo como un “santo, un hombre de Dios”. Y, al mismo tiempo, mostrar el rostro del Dios al que sirve el profeta: un Dios compasivo, cercano al necesitado (en este caso a un matrimonio estéril). Un Dios que bendice con la vida, porque es dador de vida.

 2ª Lectura: Romanos 6,3-4. 8-11.

   Hermanos:

    Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor Nuestro.

                                           ***             ***             ***

    La vida del cristiano ha de estar asociada a la de Cristo, a la que se incorpora sacramentalmente por el bautismo, signo de la participación en el misterio de su muerte y resurrección. Desde aquí, se reivindica la necesidad de una clara conciencia del significado de la espiritualidad bautismal. El bautismo no puede banalizarse, y ha de ser recuperado de ciertas “celebraciones” que lo distorsionan, haciéndolo irreconocible como sacramento de la iniciación cristiana.

Evangelio: Mateo 10, 37-42.

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentra su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un baso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, solo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.

                                         ***             ***             ***

     No deja de ser significativo que los destinatarios de estas advertencias tan radicales sean los doce apóstoles, aquellos que ya han decidido dejarlo todo y seguirle (cf. Mt 19,27). Jesús les recuerda que no es lícito poner la mano al arado y mirar para atrás (cf. Lc 9,62). Él se ha identificado con ellos, por ellos salió del Padre (cf. Jn 16,28), y ahora les pide a ellos que se identifiquen con él, por encima de cualquier otra referencia. Esto no rompe los lazos familiares pero los “resitúa”. Jesús debe ser “priorizado”. Él no es excluyente; la opción por él enriquece la vida. Pero esas palabras no son exclusivas para los doce apóstoles; nos incluyen a todos los que queremos ser sus discípulos.

REFLEXIÓN PERSONAL

     El “Discurso de la misión” continúa inspirando la reflexión de este domingo XIII del Tiempo Ordinario. Son las palabras finales (leerlo).

     Dos ideas  se destacan: la necesidad de priorizar, de privilegiar a Jesucristo como referencia primera y última de la existencia, y la de no idealizar ni ideologizar la fe, sino concretarla en el horizonte de la acogida y asistencia fraternas.

      En primer lugar, Jesús no viene a cuestionar, ni mucho menos a romper el amor en la familia, sino a fundamentarlo en un amor previo y primero, su amor, desde el que se profundiza y purifica el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres, el amor conyugal de los esposos y el amor fraterno de los hermanos. No es, pues, un rompefamilias. Pero advierte de que en ocasiones hasta a ese espacio, la familia, puede llegar la necesidad de “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Se trata de vivir el amor familiar en el amor de Cristo; vivir el amor en su Amor.

     Tampoco la invitación a tomar la cruz lo es al victimismo ni a la resignación, sino al protagonismo responsable, al seguimiento de la ruta marcada por Cristo. La cruz cristiana debe tener los mismos perfiles que la de Cristo. Quien tome en serio el seguimiento del Señor se adentrará por un camino difícil, estrecho, aunque sea el camino que conduce a la Verdad y a la Vida, o quizá precisamente por eso es así, estrecho y difícil.

      La exigencia del seguimiento llega, incluso, hasta la relativización de uno mismo, la relativización de la propia existencia. S. Pablo lo entendió perfectamente: “Todo lo considero basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; para mí, la vida es Cristo y una ganancia el morir” (Flp 3,8). La existencia del cristiano debe estar configurada por la de Cristo, con su muerte y su resurrección (2ª lectura). Eso es lo que realiza y ratifica el bautismo. Un sacramento que no puede banalizarse, y ha de ser recuperado de ciertas “celebraciones” que lo distorsionan, haciéndolo irreconocible como sacramento de la iniciación cristiana.

     Junto a estos subrayados o concreciones de la necesidad de priorizar a Cristo como referencia primera y última de la existencia, las palabras finales del Discurso apuntan a la necesidad de no espiritualizar o idealizar demasiado la fe en Cristo. Él ha querido vincularse y vincularla al hombre: “por eso, quien a vosotros recibe, a mí recibe…, y ni un baso de agua fresca dado en mi nombre quedará sin recompensa”.

     Sí; la acogida de Jesús no puede ser meramente intelectual, teórica. Creer en Cristo significa convertir el corazón en casa de acogida cálida y tierna. “Pues, si alguno dice: amo a Dios (creo en Dios) y no ama a su prójimo, miente; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). “Pues si alguno ve a su hermano pasar necesidad y le cierra el corazón, ¿Cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17). ¡Es imposible vivir de frente a Dios y de espaldas al prójimo! Siempre que pretendamos dirigirnos a Dios, diciendo: “Padre nuestro”, Él nos va a preguntar: “¿Dónde está tu hermano?” (Gén 4,9).  

REFLEXIÓN PASTORAL

.- ¿Priorizo a Cristo en mi vida, o lo compatibilizo y hasta supedito?

.- ¿Qué concreción tiene en mi vida el seguimiento de Jesús?

.- ¿Qué vivencia tengo del bautismo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.