jueves, 29 de septiembre de 2016

DOMINGO XXVII -C-

1ª Lectura: Habacuc 1,2-3; 2,2-4

    ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré “Violencia” sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?
     El Señor me respondió así: Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.

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      El profeta clama a Dios, porque cree que él tiene la clave de la respuesta para la situación calamitosa que asola a Judá como consecuencia de la opresión caldea. El pueblo elegido es dominado por un pueblo pagano. ¿Por qué Dios lo  permite? El profeta recibe la respuesta: esa situación debe purificar a Judá. Pero Dios no ha abandonado a su pueblo ni ha olvidado sus promesas: sólo el justo, por su fe, superará la prueba. La afirmación “el justo vivirá por su fe” le servirá a san Pablo como piedra angular de su escrito más profundo: la carta a los Romanos (Rom 1,17).

2ª Lectura: II Carta a Timoteo 1,6-8. 13-14

     Querido hermano:
     Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te de. Ten delante la visión que yo te dí con mis palabras sensatas, y vive con fe y amor cristiano. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nosotros.

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     Timoteo es invitado mantenerse en la fidelidad a la misión recibida, con energía y audacia apostólica. En unas comunidades donde comenzaban a aparecer fuerzas disgregadoras, capitaneadas por falsos maestros, que enseñaban que la resurrección ya había sucedido (2 Tim 2,18) (reduciéndola a una experiencia mística bautismal, imbuidos del pensamiento platónico), se recuerda que el pastor debe tomar parte en los duros trabajo de la evangelización, como “fiel distribuidor de la Palabra de la verdad” (2 Tim 2,15). Y que su vida, asentada en la fe y el amor cristianos, debe acreditar su ministerio. Para esa tarea es imprescindible “la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nosotros”.

Evangelio: Lucas 17, 5-10

    En aquel tiempo los Apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe.  El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.
     Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor, cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa?” ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras yo bebo; y después comerás y beberás tú?” ¿Tenéis que estar agradecido al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

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    Dos instrucciones aparecen en estos versículos del texto lucano. Una, centrada en la fuerza de la fe. Otra, exhorta al servicio fiel, sin expectativas compensatorias añadidas.
    La instrucción sobre la fe responde a una petición de los Apóstoles: reconocen que su fe es débil, y sólo Jesús puede acrecentarla y fortalecerla. La respuesta es, a primera vista, sorprendente, porque la fe no está para cambiar la orografía, ni Jesús ha venido para eso. Con ella simplemente quiere indicarles que “todo es posible al que tiene fe” (Mc 9,23).
     Con la segunda instrucción Jesús invita a adoptar en la vida el puesto del servicio, como hizo él, hasta lavar los pies de los discípulos: “Os he dado ejemplo” (Jn 13,15). A Dios no hay que pasarle factura.

REFLEXIÓN PERSONAL

    Actualmente el número de los españoles que se declaran ateos, agnósticos e indiferentes es considerable; además de todos aquellos que se manifiestan como creyentes no practicantes. Pero hay algo más preocupante que la mera  estadística: la mayoría de los que se declaran así fueron un día miembros de la Iglesia; de ella recibieron los sacramentos de la iniciación cristiana y, por rudimentaria que fuera, la catequesis del Evangelio. Y, además, es precisamente este bloque de ciudadanos el que aparece con mayor futuro social y capitaliza el dinamismo de la vida pública de nuestro país.
     ¿Cómo se ha llegado a esta situación? Sin duda que las causas son variadas. ¿Qué se está haciendo para poner freno a esta hemorragia de lo religioso?  Algunos han tomado conciencia del problema, pero a la mayor parte de los católicos esto les deja despreocupados. Es como si hubiéramos decidido responder con la indiferencia al indiferentismo religioso que nos rodea.
     “El justo vivirá por su fe”, afirma el profeta Habacuc;  “Si tuvierais fe como un granito de mostaza diríais a esa morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería”.  Palabras que hemos de entender correctamente. Solemos decir que la fe mueve montañas, pero evidentemente la fe no es una fuerza para trasformar la orografía y el paisaje, sino la propia vida.
    “Si tuvierais fe...”;  si tuviéramos fe...
  • Buscaríamos ante todo el Reino de Dios...
  • Daríamos mayor profundidad a nuestra vida...
  • Seríamos capaces de reconocer la presencia de Dios...
  • Superaríamos el miedo a “dar la cara por nuestro Señor”, y la tentación al disimulo.
  • Nuestra oración sería más abundante y comprometida...
  • Dejaríamos de lamentar el mal, para entregarnos a hacer el bien...
  • No nos limitaríamos a  ocupar un asiento en la iglesia, sino que buscaríamos desempeñar una función en ella.
  • No nos contentaríamos con oír el Evangelio, sino que  participaríamos “en los duros trabajos del evangelio”... 
     Si tuvierais fe... ¿Tan poca fe tenemos? ¿Qué es tener fe? Por supuesto que no es solo creer que Dios existe. “También lo demonios lo creen y tiemblan”, afirma Santiago en su carta (2,19). ¡Y esa fe no les salva! ¡Nuestra fe no puede ser la fe de los demonios!
    Sin duda que una respuesta ajustada a esas preguntas  supone integrar muchos elementos. Propongo un camino sencillo: acercarnos al Evangelio.   Conocemos la narración del centurión (Mt 8,5-13). La actitud de aquel militar pagano admiró a Jesús (“En ningún israelita he encontrado tanta fe”). Y no es este el único botón de muestra. Una mujer pagana, cananea (Mt 15,21-28), se acerca a Jesús con una petición: “Ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo”.  Jesús se hace el huidizo; casi la provoca con un desaire. La mujer, que es madre, no se rinde ni se ofende. Y Jesús se entrega: “¡Qué grande es tu fe, mujer!”.
     A Jesús le impresionó y casi desarmó la “fe” de estos dos “no creyentes” oficiales; al tiempo que le decepcionó profundamente la falta de fe de tantos “creyentes de oficio”. En su propio pueblo “se extrañó de aquella falta de fe” (Mc 6,6).
     ¿En qué consiste, entonces, la verdadera fe? ¿Cuál es? Son cuestiones que rehúyen la simplificación de una respuesta apresurada. Al evocar estos hechos, a primera vista paradójicos, mi propósito es invitar a buscar la respuesta. Pero quiero ofrecer una pista: Dios es más que un dogma, y la fe más que una teoría.
     Creer no es sólo saber y aceptar intelectual y afectivamente unas verdades; hay que acogerlas efectivamente. Creer es integrar la vida en el designio, en la verdad de Dios, e integrar el designio de Dios, su verdad, en la vida. La fe es acogida y entrega; recepción y donación.
      Creer es situar la vida en otra dimensión; sentirse profunda, vitalmente captado por Dios. Dejar que él protagonice mi vida. Creer no es tanto opinar cuanto vivir. Habituados a creer creyendo, nos hemos olvidado de creer creando. El justo vive de la fe. “Tu eres nuestra fe” exclamará Francisco.
      Y una última sugerencia apuntada en el evangelio, “Cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer”. O sea que por creer, por vivir según la fe, a Dios no hay que  pasarle  factura, ni pedirle cuentas; hay que darle gracias.
     Como los apóstoles, pidámosle: “Señor, auméntanos la fe”, o como aquel otro personaje del evangelio digámosle: “Señor, creo, pero ven en ayuda de mi poca fe” (Mc 9,24). Con Francisco de Asís oremos: “Dame fe recta”.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- En este “año de la fe”, ¿cómo me he situado ante esta realidad?
.- Si creer es crear, ¿qué dinamismo aporta la fe a mi vida?
.- ¿Oro sinceramente a Dios pidiéndole cada día el don de la fe?


DOMINGO MONTERO, OFM Cap.

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