miércoles, 23 de julio de 2025

DOMINGO XVII -C-

1ª Lectura: Génesis 18,20-32.

    En aquellos días, el Señor dijo: “La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré”. Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: “¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable, ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?”. El Señor contestó: “Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. Respondió Abrahán: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirá, por cinco, toda la ciudad?”. Respondió el Señor: “No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco”. Abrahán insistió: “Quizá no se encuentren más que cuarenta”. Le respondió: “En atención a los cuarenta, no lo haré”. Abrahán siguió: “Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?”. Él respondió: “No lo haré, si encuentro allí treinta”. Insistió Abrahán: “Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran solo veinte?”. Respondió el Señor: “En atención a los veinte no la destruiré”. Abrahán continuó: “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?”. Contestó el Señor: “En atención a los diez no la destruiré”.

                                          ***             ***             ***

     El relato es de gran belleza y profundidad. Discurre entre Dios y Abrahán, una vez que los dos acompañantes de Dios marcharon a Sodoma. La acusación contra Sodoma era de inmoralidad (sodomía). Dios quiere verificar la acusación. Abrahán asume el papel de intercesor interesado, pues en Sodoma estaban Lot y su familia, y quiere salvarlos. El diálogo con Dios está construido con sutileza. Abrahán va rebajando el número de justos creyendo poner un tope a Dios, pero Dios accede a cada propuesta de Abrahán. Dios no se cansa de personar, pero Abrahán se cansa de interceder. Se detiene en el número 10, una vez que ha asegurado la salvación de la familia de Lot (Gén 19,15-16). Según Jer 5,1 y Ez 22,30, Dios perdonaría a Jerusalén aun cuando no hallara en ella más que un justo. En Is 53, el sufrimiento del Siervo salvará a todo el pueblo. La misericordia de Dios es infinita y se ha revelado en plenitud en Cristo.

2ª Lectura: Colosenses 2,12-14.

Hermanos:

    Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

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Cristo ha borrado el protocolo de nuestra condena: la Ley, que nos descubría el pecado, pero no nos daba la fuerza para vencerlo. Esta fuerza nos ha venido de Cristo,  personalización de la misericordia de Dios. El cristiano por la fe en el Señor resucitado se ha incorporado sacramental y realmente a Cristo, pasando de la muerte a la vida, del régimen del pecado al de la gracia. Él es nuestra oración de intercesión ante el Padre.

Evangelio: Lucas 11,1-13.

    Una vez que estaba orando Jesús en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”.

    Y les dijo: “Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la media noche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.

    ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro padre celestial dará el Espíritu santo a los que se lo piden?”.

                                            ***             ***             ***

    El texto que ofrece la liturgia de hoy consta de tres bloques: 1) la oración del “Padre nuestro”; 2) la parábola del amigo importuno y 3) la eficacia de la oración.

    Mientras los puntos 1) y 3) encuentran paralelos en Mt (6,9-13; 7,7-11), el 2) es propio de Lucas. Respecto del “Padre nuestro” las diferencias entre Mt y Lc son notables: el texto lucano es más breve, contiene cinco peticiones frente a las siete del mateano. También es distinto el contexto del mismo: en Mt la iniciativa parte de Jesús en una instrucción sobre la oración (Mt 6,7-8); en Lucas, a petición de los discípulos. Todo ello deja entrever la existencia de dos recensiones de la oración dominical. A pesar de ser la de Lucas la más breve, se reconoce la antigüedad a la de Mateo.

    Con la parábola del amigo importuno Jesús invita a la perseverancia en la oración, y encuentra un duplicado en la parábola de la viuda que demanda justicia (Lc 18,1-8). “Pedid”, “Buscad”, Llamad”… A ello nos invita Jesús.

 REFLEXIÓN PASTORAL

    El pasado domingo nos decía Jesús: “María ha escogido la mejor parte”. Hoy escuchamos esta petición de los discípulos: “¡Señor, enséñanos a orar!” ¿Pero es posible orar hoy? ¿Sirve para algo?  Orar no solo es posible, sino urgente. El hombre sufre un acoso implacable a su verdad más profunda; más que nunca está expuesto a la equivocación; se experimenta indigente de sentido; busca un interlocutor  válido de quien fiarse y a quien confiarse sin temor a ser defraudado; vive en una dispersión interior y exterior..., y necesita reencontrarse, verificar su posición, hallar ese espacio de confianza, de veracidad y de libertad..., y la  oración es la posibilidad de encontrar orientación a esa situación.

    Pero la necesidad cristiana  de orar no se justifica desde las carencias, desde los riesgos y enigmas del hombre. Es más bien la manifestación de una nostalgia, la de Dios, de cuyas manos salimos y  a las que buscamos retornar para recobrar nuestro ambiente original. Es decir, que no oramos tanto por ser pobres y necesitados cuanto por ser hijos. Por eso solo el Hijo puede enseñarnos a orar.

    Porque la oración cristiana tiene sus peculiaridades y hasta sus incompatibilidades. No es un paréntesis que abrimos en la vida para hablar con Dios, ni una mera devoción o un acto más de piedad. Orar es estar abiertos en todas las situaciones de la vida a la búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios...

    No es presentar a Dios nuestros proyectos, perfectamente delimitados, para que Él los rubrique; es presentarnos  para que Dios plasme en nosotros su proyecto.

    No oramos para estar seguros y tranquilos, sino para escuchar cada día la voz del Señor que nos invita a salir de nosotros mismos, para seguir su camino.

  No oramos para inmunizarnos ante las cuestiones más agudas y dolorosas de la existencia, sino para saber asumirlas e interpretarlas...

    Por eso orar es mucho más que rezar, aunque el rezo sea también una forma de oración.

·        La oración pone en movimiento no los labios sino el corazón, por eso “al orar no digáis muchas palabras...” (Mt 6,7.).

·        La oración es un acto de fe, por eso, “cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis” (Mc 11, 24).

·        La oración no es ostentación ni ruido, por eso “cuando ores entra en tu cuarto...”(Mt 6,6)

·        La oración es comunión, por eso “si al presentar tu ofrenda ante el altar...” (Mt 5,23ss).

·        La oración debe ser perseverante, “porque quien pide, recibe” (Lc 11,10).

·        La oración debe ser cristiana, por eso “pedid en mi nombre” (Jn 14,14).

·        La oración debe ser perseverante, por eso “pedid, buscad, llamad…” (Mt 7,7)

·        La oración debe ser filial, por eso “cuando oréis decid: Padre” (Lc 11,2).

 

    A Dios no le molesta nuestra insistencia sino nuestra inconstancia; no son nuestros méritos los que garantizan que nuestra oración sea escuchada, sino el amor de Dios. Y a Dios nos hay que ocultarle ninguna necesidad en nuestra oración, pero hay temas prioritarios  -el Reino y el Espíritu-.      

    Centrado en lo fundamental, la causa de Dios y las necesidades del hombre, el “Padre nuestro” no es un formulario sino el ideario de los que buscan ante todo el reino de Dios, confiando “lo demás” a la Providencia; es la oración de los hombres libres que perdonan, comparten y luchan; la oración de los hijos de Dios, y todo hombre lo es. Y desde ahí se nos descubre un horizonte nuevo: el de Dios y el del mundo. La oración es mística y compromiso humanizador.

    Tenían razón los discípulos: “¡Señor, enséñanos a orar!”  Porque orar así no es fácil; pero así es como hemos de orar, si queremos hacerlo como seguidores de Jesús. Y sólo así nuestra oración será escuchada.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy constante en la oración?

.- ¿Es el “Padre nuestro” mi proyecto de vida, o un rezo rutinario?

.- ¿Soy solícito de las demandas de los que llaman a mi puerta?

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.

martes, 15 de julio de 2025

DOMINGO XVI -C-

1ª Lectura Génesis 18,1-10a.

En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo: “Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Hará que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol.  Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerza antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo”. Contestaron: “Bien, haz lo que dices”. Abrahán entró    corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: “Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza”. Él corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que li guisase en seguida. Tomó también cuajada, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron. Después le dijeron: “¿Dónde está Sara, tu mujer?” Contestó: “Aquí, en la tienda”. Añadió uno: “Cuando vuelva a ti, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”.

                                          ***             ***             ***

La promesa hecha por Dios a Abrahán (Gn 17,15-22) se retrasa. A pesar del nacimiento de Ismael, Abrahán espera a la puerta de la tienda. Este relato narra una aparición de Dios (vv. 1.3), acompañado de dos hombres, que según Gn 19,1 son dos ángeles. El texto vacila entre el singular y el plural. Muchos Padres han visto en estos tres personajes y en la adoración única de Abrahán un anuncio del misterio de la Trinidad. Dios en esta aparición reitera a Abrahán la promesa de una descendencia vía Sara. Y, además, le marca la fecha de cumplimiento. Esa esperanza de Abrahán, “contra toda esperanza” (Rom 4,18), le convirtió en “padre de los creyentes” (Rom 4,11) y en modelo de creyentes (Hb 11,8). Sin embargo, Isaac no agota la promesa, que hallará su plenitud en Jesucristo

2ª Lectura: Colosenses 1,24-28.

Hermanos:

Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el Misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos. A estos ha querido Dios dar a conocer la gloria y riqueza que este Misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida en Cristo.

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Para animar a los Colosenses a participar en los duros trabajos del Evangelio, Pablo muestra su alegría de sufrir por Cristo y por los cristianos. Eso forma parte de su misión y de su condición de identificado con Cristo. Él no completa, porque fuera incompleta en sí, la obra de Cristo, sino porque cumple una de sus demandas: la incorporación personalizada a ella: “El que quiera…, tome la cruz y me siga” (Mc 8,34). Y eso supone asumir los sufrimientos que conlleva la evangelización. Esa misión desvela el gran Misterio de la llamada universal a la salvación, que hace posible Cristo, la verdadera esperanza del mundo.

 Evangelio: Lucas 10, 38-42.

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.

                                                ***             ***             ***

Las dos hermanas evocan y parecen responder tipológicamente a las que aparecen en el relato de la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-44). Solo Lucas narra esta escena. En su sencillez el relato es elocuente. Nos habla de la “normalidad” de Jesús. La acogida de Marta supone que conocía al Maestro. Su afán en el servicio deja suponer que Jesús no entró solo en casa, sino acompañado de sus discípulos. Por otra parte, las palabras  de Jesús parece que  no se dirigirían solo a María sino a un grupo más amplio de oyentes. De esta escena se han destacado siempre las palabras de Jesús a Marta, que no descalifican su actitud de servicio -Jesús vino a servir-, pero la matiza. Hay que discernir: la escucha de la palabra de Dios es prioritaria, porque ese es el servicio más importante que ha de ejercitar el discípulo. Ambas hermanas encarna dos dimensiones del discipulado: escucha y servicio, pero por orden. 

REFLEXIÓN PASTORAL

“¿Señor, quien puede hospedarse en tu tienda?” La hospitalidad, la acogida a distintos niveles es el mensaje de los textos bíblicos de este domingo.

El salmo responsorial nos presenta a un Dios acogedor del hombre, al tiempo que nos avanza el requisito para ser su huésped, para entrar y morar en “su tienda”. Y las tres lecturas nos presentan a un Dios que busca ser acogido en la tienda del hombre, en su corazón.

Así, la primera lectura, tomada del Génesis, nos muestra a Abrahán acogiendo la presencia misteriosa de Dios, por lo que  fue bendecido con una descendencia que perpetuaría su nombre; en el Evangelio, Jesús es acogido por unos amigos y nos lega un mensaje clarificador; y en la carta a los Colosenses aparece cómo Pablo, ejemplo de todo discípulo y apóstol, acoge a Jesús en su corazón, la auténtica morada que ansía el Señor.

Si no lo hubiera dicho Jesús, nosotros habríamos dado la razón a Marta. Sintonizamos más fácilmente con su activismo, que con la “inactividad” de María. Pero así de sorprendente es el evangelio. “María ha escogido la mejor parte”.  Jesús no descalifica el servicio de Marta (era una forma de expresar su amor al Maestro), lo clarifica advirtiendo sobre la necesidad de discernir  valores y prioridades.

No se trata de introducir divisiones entre oración y acción -una vida cristiana sin  oración, es una vida cristiana profundamente debilitada, imposible, y una vida cristiana sin acción, sin compromiso, es una vida cristiana alienada, también imposible-, sino de clarificar ambas cosas,  de discernir valores y prioridades. Una acción alimentada en la contemplación y una contemplación verificada en la acción.

Marta se afanaba por la alimentación de Jesús, olvidando que “yo tengo otro alimento..., hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,32.34). Se preocupaba  sólo por el pan, olvidando que “el hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

Ya, en otra ocasión, ante las pretensiones de algunos familiares, Jesús introdujo una aclaración importante: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Y en la misma línea, la alabanza que una mujer hizo de su madre (“Dichoso el seno que te llevó...”) recibió una matización importante: “Dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios”.  Y es que necesitamos escuchar la palabra de Dios y meditarla para no olvidarnos de Dios; necesitamos ese momento contemplativo para proveernos de la Verdad  -que no se improvisa-; para no andar vacíos de criterios o con criterios vacíos; para que nuestra actividad no nos deshaga, ni nuestro servicio acabe en servilismos...

María escogió la mejor parte, pero no la parte más fácil, pues quien se decide a escuchar a Dios ha de comenzar por aceptar silencios profundos, porque la voz de Dios no es compatible con ciertos “ruidos”...  Y eso nos da miedo; y, por eso, nos quedamos con palabras vanas, quizá bonitas, halagadoras y hasta piadosas..., pero no salvadoras.

Jesús nos dice que es la mejor parte, porque desde ella se clarifica y adquiere calidad nuestro ser y nuestro quehacer, es decir, nuestra vida.

Por eso no hay que olvidar que el personaje central es Jesús, Palabra encarnada de Dios. Un Jesús profundamente humano, que se deja querer, que acepta la invitación de unos amigos, y que  busca ser hospedado, acogido -“mira que estoy a la puerta llamando; si alguno me abre entraré y cenaré con él” (Ap 3,20)-, para seguir con su misión: evangelizar la vida.

En este tiempo de verano, de descanso para muchos, no para todos, acojámonos al Señor -“¿quién puede hospedarse en tu tienda?”- y acojamos al Señor, escuchando su palabra y poniéndola por obra. Porque el tiempo de descanso no puede ser un tiempo muerto ni neutro, un tiempo perdido. El descanso es, más bien, una oportunidad para agradecer a Dios este tiempo, que él inauguró después de la creación, viviéndolo, y no sólo “pasándolo” como un mero tiempo de ocio, sino como un tiempo de gracia.  

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Priorizo en mi vida la escucha de la palabra de Dios?

.- ¿Es la palabra de Dios quien inspira mi servicios?

.- ¿Soy hospitalario para acoger al que lo necesita?

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.

 

 

 

miércoles, 9 de julio de 2025

DOMINGO XV -C-

1ª Lectura: Deuteronomio 30,10-14.

Moisés habló al pueblo, diciendo: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: ¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”; ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?”. El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

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Nos hallamos al final del tercer y último discurso de Moisés (Dt 29-30). El mediador de la Alianza del Sinaí, la antigua Alianza, recuerda a Israel que el futuro depende de la fidelidad a la palabra del Señor. Una palabra que no es inaccesible, porque Dios la ha depositado en el corazón del hombre. Mientras algunos textos de la literatura sapiencial subrayaban la inaccesibilidad de la sabiduría, fuente de la felicidad (Jb 28), otros, más recientes, defendían que Dios revela su sabiduría en la Ley (Ecco 24,23-34; Sl 119). En este texto del Deuteronomio  nos hallamos en las fuentes de la teología de la Palabra tal como aparecerá en el prólogo del IV Evangelio, después de haber sido repensada en Prov 8,22-31 y Sab 7,22-8,1. Una relectura de este texto lo encontramos en la carta a los Romanos (10, 5-10).

2ª Lectura: Colosenses 1,15-20.

Cristo es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles; Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

                                                ***                  ***                  ***

En contraste con Moisés, revelador y mediador de la antigua Alianza, Cristo es el verdadero revelador y mediador, la plenitud de todo el proyecto salvador de Dios. Él es la Alianza salvadora por la sangre de su cruz. Transparencia de Dios y Cabeza de todo lo creado. Pero no es una figura mítica sino histórica. Su vinculación a la Iglesia y a la historia de los hombres -“primogénito de entre los muertos”- le acerca a nuestra historia.

Evangelio: Lucas 10,25-37.

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él contestó: “Amarás al Señor, tu Dios,  con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”.  

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en mano de los bandidos? Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Díjole Jesús: “Anda, haz tú lo mismo”.

 

                                                ***                  ***                  ***

Ante la pregunta del maestro de la Ley, Jesús muestra cómo Dios no ha cambiado su plan, y que él no ha venido a anularlo (Mt 5,17). El mandamiento no ha cambiado: Amarás (Dt 6,5; Lv 19,18). Pero clarifica el horizonte. En el judaísmo contemporáneo a Jesús se discutía por la identidad del “prójimo”: no todos eran considerados como prójimos.  Había que saber quien lo era, para poder amarlo o no tener la obligación de hacerlo. Uno de los tipos excluidos era, precisamente, el del samaritano. La pregunta del maestro era pertinente; y gracias a ella Jesús nos desveló un criterio nuevo para entender qué es ser prójimo. La “projimidad” no la determinan las leyes, la marca el corazón. Los “oficialmente” llamados a practicar la misericordia, pasan de largo; un “hereje” fue el que se detuvo. Además, con esta parábola Jesús no está enseñando solo qué hombre es  mi prójimo y qué es ser prójimo, sino que Dios es prójimo y que es mi prójimo.

REFLEXIÓN PASTORAL

 “¿Quién es mi prójimo?” El escriba, nos dice el evangelio, formuló la pregunta “queriendo justificarse” y, además, con una clara intención de delimitar, precisar  y, por lo tanto, de excluir a alguien del concepto “prójimo”.

Con su respuesta, mediante la parábola del buen samaritano, Jesús introduce un matiz importante. No se trata tanto de saber teóricamente quién es mi prójimo, sino de saberse cada uno, y prácticamente, prójimo -próximo- a los demás.“¿Quién de los tres -levita, sacerdote o samaritano- te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?... El que tuvo compasión de él.  Anda y haz tú lo mismo”.

Frecuentemente al comentar esta parábola nos detenemos y hasta nos ensañamos con el sacerdote y el levita, olvidándonos de verificar si nosotros somos verdaderos y buenos prójimos.  Hoy este tema es de  sangrante actualidad, porque hoy la marginación, la soledad y el abandono inundan nuestras geografías. Y cuando lo más cómodo es ignorar, desentenderse, dar un rodeo en la vida, para no encontrarse con el otro y sus problemas. Cuando, quizá, pretendemos ir linealmente, “directamente “a Dios, Dios nos sale al encuentro y nos pregunta: “¿Dónde está tu hermano?”(Gn 4,9). 

Imposible la pretensión de querer o creer vivir de cara a Dios y de espaldas al prójimo. Imposible saber dónde está Dios desconociendo la situación del hermano. Es la brújula que nos marca la posición de Dios.  En esta sociedad tan crispada y dividida por intereses y miedos, resulta cada vez más difícil acercarse sin prevenciones a los demás. Ya sé que no se puede ser ingenuos, que la vida se ha vuelto muy complicada, que hay timadores e inseguridad...; pero creo que los niveles que están alcanzando la desconfianza y el miedo no son justos. ¡No se puede, por cualquier pretexto, vivir desconfiando, sospechando o desentendiéndose del hermano! ¡Ésa es la mayor inseguridad!

Muchas personas se han hundido en lo que llamamos “mala vida” porque no han encontrado personas que les concedieran un poco de credibilidad y confianza. Y en toda persona hay una “plusvalía”, un coeficiente divino que lo revaloriza: el amor de Dios. No verlo no sólo es ceguera sino injusticia. Hay que ir, pues, más allá de las apariencias para mirar con el corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos. Lo dijo Jesús: “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5,8). “¿Cuándo te vimos hambriento, desnudo, en la cárcel...? Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,37-40). 

Dios lo ha querido así para que no nos autosugestionáramos ni nos confundiéramos: “Si ves a tu hermano pasar necesidad y no le ayudas, ¿cómo puede permanecer en ti el amor de Dios?” (I Jn 3,17). Quizá esto pueda ayudarnos a clarificarnos y a descubrir el sinsentido de creer y orar cada uno a “su” Dios, cuando no hay más que uno. El que nos ha dicho: tuve hambre (y no sólo de pan sino de amor), tuve sed (y no sólo de agua sino de  verdad), estuve desnudo (y no sólo de ropa  sino de esperanza), estuve enfermo (y no sólo corporalmente sino de  espiritualmente), estuve preso (y no sólo en cárceles sino en profunda soledad)... Y tú, ¿qué? Quizá preocupado sólo por ti y tu perfección recorriste el camino, y perdiste la oportunidad de ser amor, verdad, esperanza, alegría, libertad y compañía para tu hermano.

No lo olvidemos. “Maestro, ¿qué debo hacer para guardar la vida eterna? ... Amarás al Señor tu Dios..., y a tu prójimo”. La respuesta es  AMAR, y eso implica, entre otras cosas, saber dar razón de nuestro hermano. ¿Dónde está tu hermano? Una buena pregunta para saber dónde está Dios..., y dónde estamos nosotros.

 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Siento al otro como prójimo, y me siento prójimo?

.- ¿Siento a Dios como prójimo?

.- ¿Sé descubrir la plusvalía divina presente en cada persona?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

 

viernes, 4 de julio de 2025

DOMINGO XIV -C-

1ª Lectura: Isaías 66, 10-14c.

Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto. Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes. Porque así dice el Señor: Yo haré derivar hacia ella como un río la paz, como un torrente en crecida las riquezas de las naciones. Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre sus rodillas las acariciarán; como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados. Al verlo, se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos florecerán como un prado; la mano del Señor se manifestará a sus siervos.

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Nos hallamos en lo que se designa el III Isaías (56-66), al final. El profeta entona un canto de esperanza gozosa por la intervención de Dios en favor de su pueblo. Contempla el retorno de los desterrados y la llegada abundante y definitiva de la paz. Es interesante destacar la ternura maternal del proceder de Dios.

2ª Lectura: Gálatas 6,14-18.

Hermanos: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es circuncisión o incircuncisión, sino una criatura nueva. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma, también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.

                                              ***             ***             ***

Frente a los judaizantes, que reivindicaban la circuncisión como signo de gloria, Pablo reivindica la cruz de Cristo. La cruz no como signo externo sino como espacio existencial de fe, en el que se ha manifestado el amor salvador de Dios ¿Quién es el Israel de Dios? Los convertidos del judaísmo. ¿Cuáles son “las marcas de Jesús”? Pablo no está aludiendo a los estigmas físicos -las llagas- sino a los signos profundos: la mentalidad de Cristo (I Co 2,16), los sentimientos de Cristo (Flp 2,5). Pablo se siente “marcado” por Cristo existencialmente, seducido por él.

Evangelio: Lucas 10,1-12. 17-20.

     En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ella vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed de lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el Reino de Dios”. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo”.

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” Él les contestó: “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os dará daño alguno. Sin embargo no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombre están inscritos en el cielo”.

                                              ***             ***             ***

La “misión de los setenta y dos” (o setenta), como precursores a los lugares que él había de visitar, es propia de Lucas, y ha sido  construida con elementos de un discurso de Mc 6,8-11, dirigido a los Doce. Algunas de las indicaciones dejan suponer una praxis misionera existente en las comunidades, que ha sido incorporada al discurso (normas sobre el alojamiento). Que Jesús quiso incorporar, ya en vida, a los discípulos a la misión está fuera de duda: fue uno de los motivos de la constitución del grupo de los Doce: para estar con él y para enviarlos a predicar (Mc 3,14-15).

Más allá de esas precisiones, conviene destacar los siguientes aspectos: la misión debe ser orada, rogada a Dios. El misionero es un “don” de Dios. La misión supone un riesgo personal, porque los espacios a los que va son espacios hostiles.  Ha de ser a cuerpo limpio, sin más bagaje que el mensaje: el Reino de Dios está cerca.

Sacudir el polvo del calzado significaba declarar impura la tierra que se ha pisado. La mención de Sodoma evoca el texto de Gn 19.

El reportaje lucano concluye con el retorno de los discípulos, entusiasmados por el éxito de la misión. Pero Jesús les descubre que el verdadero motivo de su entusiasmo no debe estar en ese éxito, sino en que sus nombres, sus vidas, están inscritas en el cielo, están en el corazón de Dios. Sirve para hoy este texto, cuando se habla de la nueva evangelización. Evangelización en pobreza, nítida en su contenido, 

 REFLEXIÓN PASTORAL

El relato evangélico de este domingo nos habla de “una” misión encomendada por Jesús a un grupo de 72 discípulos  -no a los Doce-  para “prepararle el camino”. En ese relato hay una serie de elementos a los que prestar atención, porque a la hora de misionar es importante no olvidar los tonos, contenidos y estilos de la “primera” misión, la que diseñó el Maestro.

Llama la atención la primera constatación de Jesús: “La mies es abundante y los obreros pocos”, junto a la recomendación: “Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”.

Es también sorprendente la descripción que hace del paisaje, del horizonte previsible de la misión: “Os mando como corderos en medio de lobos”.

Y, sobre todo, las consignas: ir desprovistos de todo signo de poder -sin talega…-; con un saludo -la paz-; un mensaje  -el Reino de Dios está cerca- y un quehacer -“curad enfermos”-.

Un mensaje que Francisco de Asís resumió en un saludo: Paz y Bien. Anunciar la Paz  -“Cristo es nuestra Paz”- y hacer el Bien (función sanante y curativa), porque el Bien es el nombre que describe a Dios: su ser y quehacer: “Tú eres el Bien, sumo Bien, solo Bien, único Bien”.

También nuestro momento puede describirse con términos similares, porque también hoy “la mies es mucha y los obreros son pocos”; también hoy se respira y alimenta un cierto clima de hostilidad, acoso e indiferencia ante lo religioso y lo cristiano; también hoy es necesario “orar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”; también hoy es necesario hacer la misión desde la esencialidad evangélica, con un discernimiento profundo respecto de los tonos, medios y contenidos. Pero, por encima de todo, el acento recae, hoy como ayer, en los obreros;  y más en la calidad que en el número.

La segunda lectura, tomada de la carta a los Gálatas, nos ofrece el perfil del obrero cristiano, Pablo de Tarso. Un hombre seducido por Cristo -“para mí la vida es Cristo…; que nadie me moleste, yo llevo en mí las marcas de Jesús”-. Personas seducidas, encandiladas, apasionadas por Jesús y su causa, para quienes “todo es basura  comparado con el conocimiento de Cristo Jesús” (Flp 3,8).

No hay cristiano sin misión. También el cristiano está marcado por Cristo: el bautismo es el “sello” de garantía que configura la vida y que se enriquece con los demás sacramentos, entre ellos, particularmente, la Eucaristía.

Una misión para la que no hay que irse muy lejos, sino quizá entrar dentro de uno mismo, para cristianizar, evangelizar la propia vida, y luego abrirse a los horizontes más inmediatos, la familia, el trabajo, las relaciones…

PAZ Y BIEN, una síntesis densa y fiel del estilo y el contenido de la misión evangelizadora.

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Siento la urgencia y la responsabilidad de la misión?

.- ¿Siento a Cristo como referente primordial en mi vida?

.- ¿Soy mensajero de Paz y Bien?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

miércoles, 25 de junio de 2025

DOMINGO XIII: SANTOS PEDRO Y PABLO

 1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 12,1-11.

        En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su costa a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno: tenía intención de ejecutarlo en público, pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.  La noche antes de que lo sacara Herodes estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado a ellos con cadenas. Los centinelas hacían guardia a las puertas de la cárcel. De repente se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: Date prisa, levántate. Las cadenas se le cayeron de las manos y el ángel añadió: Ponte el cinturón y las sandalias. Obedeció, y el ángel le dijo: Échate la capa y sígueme. Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.

                                        ***             ***             ***

    Los primeros pasos de la Iglesia están jalonados de cadenas y de muerte. Herodes  Agripa I, nieto de Herodes el Grande, queriendo congraciarse con la población judía, descontenta con su gestión, ordenó la muerte de Santiago, el primero de los Doce en beber el cáliz del Señor (cf. Mc 10,39), y la prisión de Pedro, con ánimo, también, de ejecutarlo públicamente.  Lo había anunciado Jesús, pero también había prometido su asistencia. Esta escena quiere mostrar esa providencia de Dios sobre Pedro, rompiendo sus cadenas. El camino de la Palabra estará señalado de peligros, pero no podrá ser amordazada ni encadenada (cf. 2 Tim 2,9). 

2ª Lectura: 2ª Timoteo 4,6-8. 17-18.

    Querido hermano:  Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de la partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día; y no solo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!

                                            ***             ***             ***

    Consciente de haber recorrido el camino, de haber combatido bien, Pablo confía su suerte al Señor. Esta es la serenidad y la seguridad del Apóstol, y de todo apóstol. Testigo de experiencias duras, también lo ha sido de la cercanía del Señor. Con estas palabras quiere animar a Timoteo, y en él a todos los pastores, a proclamar la Palabra de Dios “a tiempo y a destiempo” y a soportar los sufrimientos inherentes a la evangelización

 Evangelio: Mateo 16,13-19.

    En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?  Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

    Jesús le respondió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

                                        ***             ***             ***

     En un momento crítico Jesús se retira al norte de Galilea. Allí intenta cohesionar al grupo y clarificarlo ante las impugnaciones que recibe de parte de las fuerzas vivas del pueblo. El texto reviste peculiaridades respecto de los paralelos sinópticos (es más extenso y la figura de Pedro está más destacada). Las palabras de Jesús a Pedro solo las transmite Mateo. La “piedra” sobre la que se edifica la Iglesia es la profesión de fe de Pedro, nombre con el que será designado a partir de este momento en el evangelio. La pregunta de Jesús a los discípulos y la respuesta de Pedro son centrales en el relato. En él pueden distinguirse dos niveles: uno cristológico, y otro eclesial.

REFLEXIÓN PASTORAL

         La Iglesia celebra hoy la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Hermanados en el martirio en Roma, las relaciones de Pedro y Pablo no fueron, sin embargo, tan uniformes como una tradición, iniciada ya por san Lucas, ha querido presentar. Privilegiamos el testimonio personal de Pablo, que habla de tres encuentros con Cefas. Los dos primeros en Jerusalén, y un tercero en Antioquía. Es el tercero el que reviste los tonos más severos. Solo Pablo habla de él (Gál 2,11-15). Tiene lugar en Antioquía y está motivado por la actitud de Pedro, al retirarse de participar en la mesa con los cristianos venidos del paganismo ante la llegada de algunos judeocristianos del grupo de Santiago. Pablo lo afronta, calificando su conducta de “simulación” (Gál 2,13) y de “desviación de la verdad” (Gál 2,14).

No sabemos nada más. Ni a Cefas ni a Santiago se les puede achacar  de pervertir el Evangelio. Pero Pablo vio más hondo y más lejos. El texto no dice cómo terminó el debate, y eso puede ser elocuente. La historia posterior ha querido limar aristas.   

         Con perfiles, procedencias y estrategias pastorales diferenciadas, les unió la pasión por Cristo.

 Pedro, un pescador rudo y temperamental, debía tener sus planes al unirse al Nazareno (Mt 19,27). Dispuesto a dar la vida por Jesús (Mc 14,31), lo siguió a casa de Caifás, para terminar negándolo…, y llorando (Mc 14,66-72). Fue el primero en la fe (Mt 16,16) y en la negación. Y es que todo lo referente a Jesús, Pedro lo vivía a tope. No sabía estar a la altura del Maestro (Mc 8,33), pero no sabía estar sin el Maestro (Jn 6,68-69). Se hundía hasta el cuello en sus temeridades, para gritar después: “¡Sálvame, Señor!” (Mt 14,30).

Si Pedro amaba apasionadamente a Jesús, Jesús amaba profundamente a Pedro. Por eso, su sueño de Getsemaní le afectó particularmente (Mc 14,87). Pero no le retira su confianza, se la reitera.  No le importaban las caídas, sino el amor (Jn 21,15ss). Y le confió las llaves de la Iglesia (Mt 16,19). Pedro tenía lo justo para ser el primer Papa: humanidad, amor a Jesús…, y debilidades. ¡De ahí hace Dios los infalibles!

Pablo, presentaba otro perfil y otros antecedentes. Hebreo de origen (Flp 3,5) y ciudadano romano (Hch 16,37). Fariseo (Flp 3,5; Gal 1,14), fue captado por y para el Evangelio (I Co 9,16; Ef 3,11ss). Fascinado por Cristo (Flp 1,21) y por su Cruz (Gál 6,14). Perseguidor de la Iglesia (Gál 1,13), apasionado por ella (II Co 11,28; Col 1,24) y animador de su fe (Rom 1,11ss). Contemplativo (II Co 12,2ss) y viajero (II Co 11,26); místico (Gál 2,19-20) y teólogo (I Co 12,1ss). Irreductible ante las adversidades (Rom 8,35; II Co 11,24ss) pero vulnerable al desamor (II Co 2,1ss). Enérgico (II Co 10,1-11) y tierno (II Co 6,11-13); humilde (I Co 15,8-10) y “presumido” (II Co 11,16ss); tradicional (I Co 11,23ss; 15,3ss) y creativo (Gál 5,1ss; I Co 7,12.25); celoso de su libertad (Gál 2,4-5) y de la libertad cristiana (Gál 5,1ss)…  Así es Pablo: “un tesoro en vasijas de barro” (II Co 4,7).  

         La Iglesia les ha hermanado, fundiéndolos en un abrazo; un  hermanamiento necesario, pues no puede prescindir de ninguno de los dos. Es más, la Iglesia oscila entre Pedro (y lo que representa) y Pablo (y lo que representa): estilos y estrategias necesarias por su diversidad y complementariedad al servicio del Evangelio.

REFLEXIÓN PERSONAL

 

.- ¿Qué nos dicen estas figuras a los cristianos de hoy?

.- ¿Con cuál de ellas me siento más identificado?

.- ¿Siento su seducción por Cristo?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

        

 

jueves, 19 de junio de 2025

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR -C-

1ª Génesis 14,18-20.

“En aquellos días, Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Era sacerdote del Dios Altísimo. Y bendijo a Abrahán diciendo: Bendito sea Abrahán de parte del Dios Altísimo, que creó el cielo y la tierra. Y bendito sea el Dios Altísimo, que ha entregado tus enemigos a tus manos. Y Abrahán le dio el diezmo de todo”.

                                              ***             ***             ***

Melquisedec (rey de justicia)  es un personaje misterioso. Identificado como rey de Salém (Jerusalén), aparece en el Sl 110, como figura del Mesías rey y sacerdote. El silencio sobre sus antepasados -“sin padre, ni madre, ni genealogía- sugiere que su sacerdocio es eterno. Bendice a Abrahán, mostrando que era superior a él -“pues es incuestionable que el inferior recibe la bendición del superior”-, y Abrahán le ofrece el diezmo de todo, reconociendo su condición. La carta a los Hebreos  aplicará esta figura al sacerdocio de Cristo (Heb 7). Un sacerdocio no tribal (de Leví) sino anterior y superior. La ofrenda sacerdotal de Melquisedec, evoca la ofrenda sacerdotal que Cristo consagrará en su cuerpo y en su sangre.

2ª Lectura: I  Corintios 11,23-26.

“Hermanos: Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he trasmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo hizo con la copa después de cenar, diciendo: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía. Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”.

                                        ***             ***             *** 

San Pablo destaca la “autenticidad” de la tradición eucarística. Y desvela el sentido de la misma: la comunión es una proclamación y celebración permanente de la pascua del Señor, hasta que vuelva. Es con este espíritu con el que hemos de acercarnos a participar en ella, desde un profundo discernimiento, “pues quien come y bebe indignamente el cuerpo y la sangre del Señor, come y bebe su propia condena” (I Co  11,29).

Evangelio: Lucas 9,11b-17.

“En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado. Él les contestó: Dadle vosotros de comer. Ellos replicaron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres). Jesús dijo a sus discípulos: Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta. Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos”.

                                                  ***             ***             ***

San Lucas solo transmite un relato del milagro de la multiplicación de los panes y los peces (a diferencia de Mt y Mc que trasmiten dos). El contexto es significativo: Jesús está a “sus” cosas: la predicación del Reino y a la actuación de ese Reino. Los Doce están también a “lo suyo”: a que no surja un problema por falta de alimento para la gente que sigue a Jesús. Las estrategias son distintas: los Doce quieren desentenderse -despide a la gente-; Jesús aborda el problema y lo soluciona. Y así, aquellos hambrientos de oír la palabra de Dios, personificada en Jesús, encuentran en ella y de ella su alimento. Los Doce, con todo, no son desplazados; se convierte en mediadores del milagro. La aplicación catequética es clara: Cristo es el Pan que alimenta el hambre del hombre; los discípulos deben ser quienes hagan llegar ese Pan -Palabra y Eucaristía- a los hombres.

REFLEXIÓN PASTORAL

Celebramos hoy uno de esos días que, en frase popular, resplandecen más que el Sol. Una fiesta profundamente enraizada en la tradición de nuestro pueblo.  Una buena ocasión para interiorizar y exteriorizar nuestra  fe  y nuestro amor a la Eucaristía. Y  también, para reflexionar sobre ella. No sea que habituados a casi todo, nos insensibilicemos ante esta maravilla, ante este misterio.

¿Qué es la Eucaristía? Es la mayor audacia de Cristo, de su amor al hombre. El colofón de la gran aventura de la encarnación de Dios. “En la víspera solemne... los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Sí, se trata de un exceso.  La Eucaristía no fue un gesto, ni un hecho aislado ni aislable en la vida de Cristo. No fue una improvisación de última hora. Fue algo muy pensado. Ha de situarse en la lógica de la vida de Jesús: una vida para los demás.  Y de maneras diferentes fue sembrando su vida de alusiones: las parábolas del banquete son un ejemplo...   Y así, “en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan...” (I Co 11, 23).

La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho presencia: Dios está con nosotros; en nuestros pueblos y ciudades siempre hay una casa abierta en la que habita Dios hecho vecino de nuestras penas y alegrías, dispuesto siempre a la confidencia. ¡Cómo cambiarían nuestras vidas si fuésemos conscientes de esa verdad! La calidad de nuestra convivencia subiría muchos enteros  si la contrastáramos con este divino interlocutor.

La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho entrega. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”. Y éste se tomó a sí mismo, se hizo Eucaristía y dijo: “Esto es mi Cuerpo entregado...; esta es mi Sangre derramada; tomad”.

La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho comunión: “Comed, bebed...; el que come mi carne tiene vida eterna”.

Y para eso escogió un elemento sencillo, elemental: el pan y el vino. Realidades que justifican y simbolizan los sudores y afanes del hombre; que unen a las familias para ser compartidos, y que simbolizan el sustento básico...; eso lo escogió para quedarse  con nosotros, indicándonos el sentido de su presencia: alimentar nuestra fe y unirnos como familia de los hijos de Dios.  No es, pues, un lujo para personas piadosas; es el alimento necesario para los que queremos ser discípulos y vacilamos y caemos. Es el verdadero “pan de los pobres”.

Pero ese amor de Dios nos urge. Cristo hecho presencia nos urge a que le hagamos presente en nuestra vida, y nos urge a estar presentes, con presencia cristiana, junto al prójimo. Cristo hecho pan, nos urge a compartir nuestro pan con los que no lo tienen. Cristo solidario, nos urge a la solidaridad fraterna. Cristo, compañero de nuestros caminos, nos urge a no retirar la mano de todo aquél que, incluso desde su doloroso silencio, por amor de Dios nos pide un minuto de nuestro tiempo para llenar el suyo. Cristo, entregado y derramado por nosotros, nos urge a abandonar las posiciones cómodas y tibias para recrear su estilo radical de amar y hacer el bien....   Por eso la Eucaristía es recordatorio y llamada al amor fraterno. “Día de la caridad”.    Ella es la que hace posible, y al mismo tiempo exige la caridad.

“El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan” (I Co 10,16-17).

Esto significa la comunión. Y así entendida es un acto serio y comprometido, pero bello y apasionante. De ahí la recomendación de S. Pablo “Que cada uno se examine, porque quien come y bebe indignamente el cuerpo y la sangre del Señor...” (I CO 11,28-29).  No es  una amenaza para que nos alejemos de la Eucaristía, sino una advertencia para que nos acerquemos a ella con dignidad.

Estas son algunas sugerencias que trae a nuestra vida la celebración del Corpus Christi. Cristo se ha entregado no solo por nosotros, sino a nosotros - se ha puesto en nuestras manos - para hacer de nosotros su propio cuerpo. Agradezcamos, adoremos y acojamos responsablemente su presencia.          

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué resonancias suscita en mí la Eucaristía?

.- ¿Qué “hambres” sacia y qué “hambres” provoca?

.- ¿Qué “entregas” en mi vida provoca la “entrega” de Jesús?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 11 de junio de 2025

DOMINGO DE LA SMA. TRINIDAD -C-

1ª Lectura: Proverbios 8,22-31.

    “Esto dice la Sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del Abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar: y las aguas no traspasaban sus mandatos; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres”.

                                              ***             ***             ***

    Si bien en este texto de Proverbios la personificación de la Sabiduría es puro artificio literario y aparece como un realidad creada, la reflexión fue depurándose hasta llegar a Sab 7,22-8,1 donde es presentada como “emanación pura de la Gloria del Omnipotente”. En todo caso, estas formulaciones del AT, todavía imperfectas, son asumidas por el NT para hablar de Cristo como “Sabiduría de Dios” (Mt 11,19; I Co 1,24.30). Quien, como la Sabiduría, pero con mayor protagonismo y entidad aparece vinculado a la creación. El prólogo del Evangelio de san Juan atribuye a la Palabra rasgos de la sabiduría creadora. Nos hallamos, pues, ante un texto “profético” del Verbo de Dios. Y dos subrayados finales: la familiaridad con Dios -“era su encanto cotidiano”- y con “los hijos de los hombres”.

2ª Lectura: Romanos 5,1-5.

    “Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.

                                                     ***             ***             ***

 

    San Pablo recuerda que la obra de la regeneración del cristiano, la justificación por la fe, es obra de Dios Padre, por medio de Jesucristo en el amor del Espíritu Santo. El cristiano es una realidad “habitada” por el amor de Dios. Está constituido sobre la roca sólida de la fe, que le permite mantener la esperanza en las tribulaciones de la vida y del seguimiento de Cristo. Sabe que su vida es “proyecto” de Dios, y que está garantizada por él, por su amor, “derramado en nuestros corazones”.

Evangelio: Juan 16,12-15.

    “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará”.

                                                      ***             ***             *** 

    En el momento de la despedida, Jesús promete a sus discípulos, aún inmaduros para comprenderlo todo, la asistencia del Espíritu Santo. Será el Maestro interior, que les llevará al conocimiento de la Verdad plena, es decir, a la plenitud del conocimiento de Jesús. Profundamente vinculado a él, el Espíritu lo glorificará, plenificará su obra. La originalidad del Espíritu no está en la temática, que es la de Jesús, aprendida del Padre, sino en la capacidad para ayudar a profundizarla y a difundirla.

REFLEXIÓN PASTORAL

Celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad: la verdad íntima de Dios, su misterio. Y la verdad fundamental del cristiano.  Misterio que para unos resulta prácticamente insignificante; para otros, teóricamente incomprensible...Y así, unos y otros, por una u otra sinrazón, “pasan” o “pasamos” de él. ¿Tanto nos habremos insensibilizado y distanciado de nuestros núcleos originales?  En su nombre somos bautizados; en su nombre se nos perdonan los pecados; en su nombre iniciamos la Eucaristía; en su nombre vivimos y morimos: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Hoy se constata una tendencia a prescindir de Dios. Insensibles, vamos acostumbrándonos o resignándonos a eso que ha dado en llamarse  “el silencio de Dios”, y que otros, más audaces, denominaron  “la muerte de Dios”; sin percatarse de que, en esa atenuación o desaparición del sentido de Dios, el más perjudicado es el hombre, que pierde así su referencia fundamental (Gén 1, 26-27), hundiéndose en el caos de sus propios enigmas.

¿Quién es Dios? Una pregunta desigualmente respondida, pero una pregunta ineludible, inevitable, porque Dios no deja indiferente al hombre; lo lleva muy dentro para desentenderse de Él.

    Para nosotros, ¿quién es Dios?  Dios no puede ser afirmado si, de alguna manera, no es experienciado. ¿Qué experiencia tenemos de Dios? ¿Tenemos alguna? ¿O solo lo conocemos de oídas? Estamos expuestos a un grave riesgo: acostumbrarnos a Dios, un Dios cada vez más deteriorado por nuestras rutinas. Un Dios al que llamamos “nuestro dios”, quizá porque le hemos hecho nosotros, a nuestra medida, y que sirve para justificar nuestras cómodas posturas, sin preguntarnos si ese “dios” es el Dios verdadero.

“A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1 ,18). Jesús es quien esclarece el auténtico rostro de Dios, su auténtico nombre. Y no recurrió a un lenguaje difícil, para técnicos, sino accesible a todos: Dios con nombres familiares: Padre, Hijo y Espíritu de Amor. Dios es familia, diálogo, comunión. Jesús no tuvo interés en hacer una revelación teórica de Dios, esencialista, sino concreta. Por eso Dios para nosotros  más que un misterio, aunque no podemos por menos de reconocer un porcentaje de misterio, es un modelo de vida (Mt 5, 48; Lc 6,36).

Porque Dios es Familia, quiere que “todos sean uno,  como Tú y Yo somos uno” (Jn 17,21); porque es  Diálogo, quiere veracidad en nuestras relaciones: “Vuestro sí sea sí...” (Mt 5,37); porque es Salvador, quiere que nadie se coloque de espaldas a las urgencias del hermano: “Tuve hambre...” (Mt 25,35); porque “es  Amor” (8I Jn 4,), quiere que nos amemos...

Esto es creer en Dios, vivir a Dios. “Si vivimos, vivimos para Dios” (Rom 14,8)... Ser creyente es una cuestión práctica y de prácticas. Dejar que Dios sea Dios en la vida. Dejar que Dios sea realmente lo Absoluto, el Primero y Principal. Lo Mejor. Solo Dios.  Pero no  solos con Dios, porque Dios no aísla. Quien abre su corazón a Dios de par en par experimenta inmediatamente que ese corazón se convierte en “casa de acogida”.

No me resisto a reproducir una anécdota que leí  hace ya tiempo. "Un día una profesora preguntó a los niños quien sabía explicar quien era Dios. Uno de los niños levantó la mano y dijo: Dios es nuestro Padre… La profesora, buscando más respuestas, dijo: “¿Cómo sabéis que Dios existe si nunca le habéis visto?”. Todos quedaron en silencio, pero un niño muy tímido levantó su manita y respondió: “Mi madre dice que Dios es como el azúcar en mi leche que me da todas las mañanas; yo no veo el azúcar que está diluida en la taza, mas si no estuviera no tendría sabor".

Sí, Dios existe y es nuestro Padre, y está siempre en medio de nosotros -en nosotros-, sólo que nosotros no le vemos, pero si Él se fuera, nuestra vida quedaría sin sabor -y vacía-. ¡Sí, Dios es nuestra azúcar! Y es de calidad.

No me resisto a contar una historia que leí hace tiempo. Un día una profesora preguntó a los niños quien sabía explicar quién era Dios. Uno de los niños levantó la mano y dijo: Dios es nuestro Padre… La profesora, buscando más respuestas, dijo: “¿Cómo sabéis que Dios existe si nunca le habéis visto?”. Todos quedaron en silencio, pero un niño muy tímido levantó su manita y respondió: “Mi madre dice que Dios es como el azúcar en mi leche que me da todas las mañanas; yo no veo el azúcar que está diluida en la taza, mas si no estuviera no tendría sabor... Sí, Dios existe y  está siempre en medio de nosotros y en nosotros, sólo que no le vemos, pero si Él se ausentara nuestra vida quedaría sin sabor -y vacía-. ¡Sí, Dios es nuestra azúcar! Y es de calidad.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué experiencia tengo y testimonio de Dios?

.- ¿Es un “por si acaso” en mi vida?

.- ¿Con qué pasión busco su rostro?

Domingo J. Montero Carrión, Capuchino.