sábado, 27 de enero de 2018

DOMINGO IV -B-

1ª Lectura: Deuteronomio 18,15-20

     Habló Moisés al pueblo diciendo: El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre tus hermanos. A él le escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la Asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, no quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir”.
     El Señor me respondió: “Tienen razón; suscitaré un profeta de entre tus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte”.

                                            ***             ***             ***            

   Moisés anuncia al pueblo que Dios suscitará un profeta después de él, en él pondrá sus palabras y estas serán su guía. También advierte del riesgo que asedia a todo profeta: hablar sin discernimiento, no ser profeta de Dios o hablar solo a título personal. El verdadero profeta no es un poseedor de la palabra, sino un poseído por la palabra a cuyo servicio entrega su vida. Jesús es el paradigma de ese Profeta.

2ª Lectura: 1 Corintios 7,32-35

    Hermanos:
    Quiero que os ahorréis preocupaciones: el célibe se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.
    Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera   se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

                                    ***          ***           ***            

   Hablando del matrimonio y el celibato, Pablo propone a este como vía privilegiada de servicio al Evangelio. No desacredita la opción matrimonial, que tiene otras funciones significativas muy importantes en la Iglesia  -la de ejemplificar el amor de Cristo y la Iglesia (Ef 5,21-23)-. No estamos en el campo de la competitividad sino en el de la significatividad. “Cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra” (1 Cor 7,7). Los que optan por el celibato, gracia del Señor, lo hacen para una dedicación plena a la tarea evangelizadora. Por eso, no se justifica un célibe instalado, enriquecido y no entregado a evangelizar y a ser él palabra evangélica.


Evangelio: Marcos 1,21-28

    Llegó Jesús a Cafarnaún, y cuando al sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad.
    Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.
    Jesús le increpó: Cállate y sal de él.
    El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió.
    Todos se preguntaron estupefactos: ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y lo obedecen.
    Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

                                     ***             ***             ***

    Jesús es ese profeta anunciado por Moisés: solo en él la palabra de Dios suena en toda su potencialidad y verdad. Es el Santo de Dios. Y desde el principio aparece enfrentado al espíritu del mal, que, ante su presencia, se siente amenazado de muerte. La gente lo percibe: la “autoridad” de su palabra no se identifica con el autoritarismo sino con la energía y credibilidad de la misma. El Evangelio no es solo anuncio de salvación, sino realidad salvadora, nueva y renovadora.  “¿Qué es esto?”. Es la pregunta que pretende responder el  evangelista Marcos con su evangelio.


REFLEXIÓN PASTORAL

     En un mundo saturado de palabras, discursos declaraciones contradictorias, surge, o puede surgir, el escepticismo, la sospecha, la duda sobre la veracidad y credibilidad de las mismas.
     Pero entra tantas palabras, hay una Palabra; entre tantas noticias, hay una Noticia; entre tantas promesas, hay una Promesa: la palabra de Dios, el evangelio de Jesucristo… ¿Habrá llegado hasta aquí el escepticismo que envuelve a las palabras humanas? Acostumbrados a casi todo, ¿nos habremos también acostumbrado al Evangelio, insensibilizándonos para captar su mensaje?
     “¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad”. El evangelio de Cristo no fue, y no puede ser, un mensaje ocasional y oportunista. No fue una ideología de acompañamiento, legitimadora de situaciones de hecho, por muy extendidas que estén sociológicamente. No fue pronunciado mirando al tendido, esperando hurras y aplausos… Y no puede serlo.
     “Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie…” (Mt 22,16); esto lo reconocieron sus adversarios. Hasta los “demonios”.
         El relato evangélico nos presenta a dos hombres “poseídos” por el “espíritu”. Jesús, poseído por el Espíritu Santo, y el endemoniado, “poseído” por el espíritu del mal. Y en el combate vence el “Espíritu” de Jesús. Espíritu liberador, porque Jesús vino para eso para liberar al hombre de tosas las “posesiones” que le esclavizan. Vino a descubrir al hombre quién era Dios, cuál era su voluntad, emplazando al hombre a tomar una decisión.
      La palabra de Jesús era una palabra nueva y renovadora; de redención y esperanza; libre y liberadora; bienhechora y compasiva… Una palabra divina, aprendida en Dios: “Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia…” (Jn 14,10). Por eso dijo Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
     ¡Qué contraste con nuestras palabras! ¡Vanas, vacías, incapaces de devolver la auténtica alegría y la verdadera libertad! Palabras teóricas, a las que casi nunca acompañan el amor y el sufrimiento por los otros. Palabras muy retóricas, pero poco prácticas. Aduladoras, pero insinceras…
     La única palabra que salva, digna de ser creída y con autoridad es la que nace de un corazón purificado y madurado por la compasión solidaria; la que nace de la contemplación de Dios…
     ¡Cuántos están esperando de nosotros esa palabra, la de Cristo, para sentir esperanza, amor, ilusión… Y nosotros se la hurtamos, se la negamos, porque hasta la desconocemos! Y, sin embargo, hemos sido sus depositarios y constituidos en sus difusores…, a nivel de magisterio y, sobre todo, de vida.
     Si esa palabra no es creíble quizá se deba, en buena parte, a que no seamos creíbles sus mensajeros, pero también quizá a que, en el fondo, los mensajeros no creemos en ella. Por eso, Pablo justifica el celibato como expresión de radicalidad para servir con credibilidad “los asuntos del Señor”.  
      Su reflexión en la 2ª lectura merece ser destacada. La evangelización debe interpretar la melodía evangélica polifónicamente. Y el celibato forma, como estado de vida, parte de esa polifonía. Él debe visibilizar ejemplarmente el pensamiento paulino: “Si vivimos, vivimos para el Señor… (Rom 14,8), sin división (1 Cor 7,35). Lo que hace creíble al celibato es la pasión evangelizadora del célibe. Este es un “desposado” con el Evangelio, al que debe la misma fidelidad que el marido debe a su esposa, en un matrimonio espiritual, pero no estéril, llamado a servir eficazmente a la vida. Pablo no minusvalora ningún estado de vida cristiana, sino que destaca sus peculiaridades.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es para mí el Evangelio novedad o rutina? ¿Qué espacio le  concedo en mi vida?
.- ¿Hasta que punto me entrego a los asuntos del Señor?
.- ¿Qué "espíritu" es el que "posee" mi vida?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 18 de enero de 2018

DOMINGO III -B-


1ª Lectura: Jonás 3,1-5. 10

    En aquellos días, vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: Levántate y vete a Nínive, la gran capital, y pregona allí el pregón que te diré.
    Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le había mandado el Señor. (Nínive era una ciudad enorme; tres días hacía falta para atravesarla) Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando: Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada.
    Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno, y se vistieron de sayal, grandes y pequeños.
    Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo el Señor, Dios nuestro.

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    Nínive personificaba, para el pueblo judío, el mal. Sin embargo, en el horizonte de Dios, Nínive tiene también “su” espacio. Y allí manda al profeta Jonás con una invitación a la conversión y a la salvación. Y Nínive escucha, contra toda esperanza, la palabra del Señor, se convierte y obtiene la piedad de Dios. Es una sorprendente revelación de la misericordia sin fronteras, y de que el pueblo de Dios se halla germinalmente en el seno de la humanidad “pecadora”.


2ª Lectura: 1 Corintios 7,29-31

    Hermanos:
    Os digo esto: el momento es apremiante. Queda como solución: que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la presentación de este mundo se termina.

                   ***             ***             ***             ***

    No siempre han sido bien comprendidas estas palabras. Pablo no invita a la “evasión” ni a desentenderse de las realidades de la vida, sino a no “absolutizarlas”, a “liberarlas”. Porque “el momento es apremiante”. Estas palabras no son sino la traducción de las palabras de Jesús: “Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). El “como si no” no devalúa la realidad sino que la revalúa frente a parámetros de eternidad.


Evangelio: Marcos 1,14-20
                                                 

  Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed en la Buena Noticia.
    Pasando junto a lago de Galilea, vio a Simon y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
    Jesús les dijo: Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.
    Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él.

                   ***             ***             ***             ***

     También Jesús, enviado por el Padre, recorrió la tierra con una invitación a la conversión y a creer en su propuesta salvadora. Dios siempre llama a la salvación, porque su voluntad es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf. 1 Tim 2,4). Y eligió unos hombres, a los que confió la continuación de ese anuncio. No les cambia de profesión -pescadores-, aunque sí les cambia la misión -pescadores de hombres-. Y ellos lo siguieron, desenredándose de sus redes, para caer en las de Jesús: redes que no enredan sino que liberan. Y no es irrelevante destacar que será Jesús quien los “hará” discípulos y pescadores. Porque solo él es el maestro y el formador.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Desde la palabra de Dios, la Iglesia continúa recordándonos las implicaciones de la vocación cristiana, resumidas en la necesidad de la conversión sincera al Señor y a su Evangelio, únicas alternativas para un mundo y un hombre profundamente deteriorados por el pecado en sus múltiples manifestaciones...
    “Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”, anuncia el profeta Jonás. “El momento es apremiante..., porque la presentación de este mundo se termina”, escribe s. Pablo. “El tiempo se ha cumplido...; convertíos y creed la Buena Noticia”, dice Jesús.
    Los tiempos del hombre se agotaron sin renovar al hombre. Comienza el tiempo de Dios. Un tiempo que inagura Jesús, pero que no se  agota con él.
    A partir de entonces el tiempo se divide en “tiempo de Dios” (tiempo de redención) y “tiempo muerto” (tiempo de no redención) ¿Qué tiempo es el nuestro? ¿En qué tiempo vivimos?
    Jesús vino a  vencer la muerte, y vino, también a anular los tiempos  muertos, estimulando la vida. Y propuso la alternativa: la conversión. Que no consiste en una serie de prácticas superficiales y aisladas, sino en una decisión preferencial y existencial por Cristo.
No se reduce a un blanqueo de fachadas, sino a la reconstrucción de la casa. El hombre no ha corregir solo unos grados su orientación, sino que ha de reorientarse completamente. Su pensamiento no tiene solo que enriquecerse con algunos contenidos nuevos, sino que ha de trascenderse, para conocer “lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que transciende todo conocimiento” (Ef 3,18).
     Y Jesús quiso contar con hombres, compañeros de esa tarea vivificadora. Se acercó personalmente a unos cuantos, les inquietó con su propuesta (Jesús era una persona inquieta e inquietante), y ellos le siguieron. Abandonaron sus barcas, para desembarcar en el proyecto de Jesús; dejaron sus redes (se desenredaron), cayendo en las de Jesús. Antes de ser pescadores, fueron pescados... Y no es irrelevante destacar que será Jesús quien los “hará” discípulos y pescadores. Porque solo él es el maestro y el formador.
     Nos equivocaríamos, y frecuentemente nos equivocamos, al pensar que esto es historia pasada. Los tiempos muertos y los tiempos de muerte continúan, y también continúa la llamada de Jesús. A tu vida y a  mi vida se acerca Cristo para estimularla e inquietarla con un “sígueme” liberador de tantas redes como nos enredan. Invitándonos a situar la vida en ese estilo que nos marca s. Pablo, colocando nuestro presente concreto: familia, trabajo, bienes, alegrías y dolores en un horizonte de trascendencia, resistiendo la tentación de absolutizar lo relativo y relativizar lo absoluto.
     “Venid en pos de mí” (Mt 4,19). Adentrémonos en la compañía de Jesús. Acojamos esta invitación. Nadie está desprovisto de vocación ni de misión. En su llamada, Dios no margina ni excluye. Lo hemos visto en la primera lectura: Nínive, también fue llamada, porque fue amada de Dios. Dios no margina. Solamente hay automarginados, quienes se marginan y excluyen. Quienes prefieren seguir enredados en sus cosas, absortos en su faenas, desoyendo la llamada liberadora del Señor.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy excluyente?
.- ¿Con qué criterios vivo la vida?
.- ¿Vivo enredado  en mis propias redes, o participo de la libertad que trae el Señor?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.      

jueves, 11 de enero de 2018

DOMINGO II -B-

1ª Lectura: 1 Samuel 3,3b-10.19

    En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel y él respondió: Aquí estoy.  Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy; vengo porque me has llamado.
    Respondió Elí: No te he llamado; vuelve a acostarte.
    Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy, vengo porque me has llamado.
    Respondió Elí: No te he llamado, vuelve a acostarte.
    Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy; vengo porque me has llamado.
    Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo te escucha.
     Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: ¡Samuel, Samuel!
     Él respondió: Habla, Señor, que tu siervo te escucha.
     Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

                   ***             ***             ***             ***

     Consagrado por su madre, Ana, como servidor del santuario (1 Sam1, 28) , Samuel es ahora constituido profeta del Señor y por el Señor (1 Sam 3,20). Aunque históricamente no es fácil determinar el momento preciso en que surge el profetismo en Israel, el autor ha querido subrayar la importancia de Samuel para dicho movimiento. Cuando el Cielo permanecía silencioso y escaseaban las visiones, Dios abre con Samuel un diálogo personal y eficaz. Es importante subrayar que es la Palabra la que busca y hace al profeta; éste está llamado a ser solo un servidor fiel de la misma.


2ª Lectura: 1 Corintios 6,13c-15a. 17-20

    Hermanos:
    El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre, queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica, peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

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     El texto escogido se halla en la primera sección de la carta, en la que Pablo denuncia deficiencias importantes en la vida de la comunidad cristiana de Corinto: no se trata de paganos, sino de cristianos. Algunos corintios confundían la libertad cristiana con el libertinaje. Quizá se apoyaban en alguna expresión extrapolada y tergiversada del propio Pablo (1 Cor 6,12). La libertad cristiana tiene un límite (que no es una limitación, sino un horizonte): Cristo. Pablo reivindica la fidelidad y la dignidad del matrimonio cristiano, donde se produce una comunión tan íntima que ya no son dos sino un solo cuerpo (Gén 2,24; Mt 19,6). Y, además, revela la dignidad de la persona como espacio sagrado, habitado por el Espíritu Santo, que no puede ser profanado. El cuerpo, la persona, es una realidad sagrada llamada a dar gloria a Dios.

Evangelio: Juan 1,35-42

    En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: Este es el cordero de Dios.
    Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis?
    Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?
    Él les dijo: Venid y lo veréis.
    Entonces fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
     Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).

                   ***             ***             ***             ***
   
    El IV Evangelio tiene un modo peculiar de presentar la llamada de Jesús a sus primeros discípulos. Más que de “llamada” de Jesús parece tratarse de un “descubrimiento” de los discípulos. Algo que parece inverosímil en este primer momento -no sabían ni donde vivía-. El evangelista, seguramente, traslada a este primer encuentro lo que a la luz de la Pascua y del Espíritu los discípulos fueron descubriendo en Jesús: el Maestro y el Mesías. La pregunta de Jesús sigue abierta -¿Qué buscáis?-, también la pregunta de los discípulos -¿Dónde vives?-, así como la respuesta de Jesús -Venid y lo veréis-. Esta escena muestra el tránsito de Juan a Jesús, de la Voz a la Palabra, de la Ley y los Profetas al Evangelio. El descubrimiento de Jesús se convierte en urgencia de testimonio.


REFLEXIÓN PASTORAL

     A una sociedad y a un mundo como el nuestro, cada vez menos sensibilizados para oír otras voces que no sean las propias; bombardeados por mensajes utilitaristas, hedonistas y hasta belicistas; cada vez menos habituados a oír hablar de Dios y, sobre todo, cada vez menos habituados a oír hablar a Dios y a hablar con Él; a una sociedad y a un mundo así, puede resultarle sorprendente y hasta ingenua la frescura y diafanidad de un relato como el de la primera lectura: ese ir de acá para allá del pequeño Samuel, buscando, sin identificar bien, la voz que le hablaba.
     Como también a una sociedad y a un mundo como el nuestro pueden sorprenderles las reflexiones que san Pablo hace sobre el cuerpo humano y su dignidad (dada la visión distorsionada que hoy se tiene de esa realidad) y sobre la fidelidad matrimonial (dado el transfuguismo existente en esa materia).
     A nosotros creyentes, no deberían sorprendernos. Aunque, a lo peor, también nos sorprenden, porque hemos perdido sensibilidad cristiana para percibir la voz de Dios en la vida y para valorar cristianamente la realidad.
     Es necesario sintonizar con Dios para captar su voz, sin interferencias. Porque hay interferencias. Pero Dios habla; es personalmente la Palabra, hecha lenguaje humano en la Sagrada Escritura, hecha hombre en Jesucristo, hecha vida en los sacramentos, hecha urgencia y clamor en las necesidades humanas... ¡Dios habla desde las diversas situaciones de la vida!
     Dios sigue saliendo en búsqueda del hombre, haciéndose el encontradizo en sus caminos, para preguntar, como Jesús en el evangelio de hoy, “¿Qué buscáis?”. En la vida, en la familia, en el trabajo, en la iglesia... “¿Qué buscáis?”.  ?”.  “¿Dónde vives?”, le respondieron.   Venid y lo veréis”. Fueron, vieron y se quedaron hasta con la hora.
Solo en la ruta y en la compañía de Jesús encontraremos una respuesta salvadora. Él es el Camino, la Verdad, la Vida (Jn 14,6)
     Una pregunta dirigida también a los que nos reunimos para celebrar la eucaristía; una pregunta que puede ayudarnos a examinar los motivos de nuestra vida y de nuestros afanes.
¿Qué buscamos nosotros? ¿Buscamos al Señor? ¿Buscamos su morada? ¿Buscamos el alimento de su palabra y de su cuerpos y sangre? ¿No habremos cambiado la orden de Jesús? ¿En vez de buscar el pan vitalizador, no estaremos hambreando alimentos perecederos?
¿En vez de buscar el bien, no buscaremos sólo el bienestar? ¿En vez de la verdad, no buscaremos sólo la utilidad? ¿No estaremos, en definitiva, dedicándonos afanosamente a “lo demás” olvidando la búsqueda del reino de Dios? ¿Y no será ese olvido o esa tergiversación la causa de la insatisfacción en
nuestra búsqueda y en sus resultados?
¿Qué buscáis? Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Sí, tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro (Sal 27, 8-9). ¡Una buena sugerencia!



REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué busco yo en la vida?
.- ¿Tengo conciencia de ser templo del Espíritu Santo?
.- ¿Sé percibir los mensajes cifrados que Dios me envía?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.








jueves, 4 de enero de 2018

BAUTISMO DE JESÚS -B-

1ª Lectura: Isaías 42,1-4. 6-7

Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

                            ***             ***             ***

El texto seleccionado es el primero de una colección isaiana denominada “Cantos del Siervo”. Se ha debatido mucho sobre la identidad de este personaje -individual o colectiva-, pero en todo caso era uno de los catalizadores de la esperanza de Israel. Se trata de un personaje ligado profundamente a Dios, elegido por él y convertido en alianza y luz de los pueblos. Su misión será regeneradora de la sociedad y de las personas, con un estilo humilde. La liturgia cristiana, siguiendo la huella del NT (Mt 12,18-21), aplica este primer "canto" a Jesús.

2ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34-38

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.

                            ***             ***             ***

Al entrar en casa del centurión Cornelio, un pagano, Pedro declara la “apertura” de Dios a todo el que le busca con sincero corazón. Una apertura personalizada en Jesucristo, el Señor de todos, Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, y cuya historia pública se inició en las aguas del Jordán, río de hondas resonancias en la historia bíblica. 

Evangelio: Marcos 1,6b-11
                                                              

    En aquel tiempo proclamaba Juan: Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
    Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.

     ***          ***           ***            

    Tres momentos en el relato: Juan, Jesús y la revelación del misterio de Jesús por obra de Dios. 
    Juan, el precursor, no solo anuncia a Jesús sino que descubre su novedad cualitativa: el bautismo con Espíritu. 
    Jesús, presentándose en el Jordán, aparece como uno más, mojándose con el agua de los hombres humildes, metiéndose en la corriente de la humanidad que busca el perdón de Dios. Pero en esa opción de Jesús, Dios deshace cualquier ambigüedad: ese hombre, hundido en esas aguas penitenciales, es el Hijo de Dios. Es la segunda epifanía del Hijo de Dios. Nos encontramos con la primera confesión del misterio trinitario en  los evangelios.


REFLEXIÓN PASTORAL

     La fiesta del bautismo de Jesús pone fin al ciclo litúrgico de la Navidad. Con matices redaccionales propios, los cuatro evangelios testimonian este “paso” de la vida de Jesús. Un paso transcendente, porque en este bautismo Jesús no solo se homologa con los hombres pecadores, entrando penitencialmente en las aguas del Jordán, sino que allí es revelado por el Padre como su Hijo amado, su preferido.
      En realidad lo significativo en ese bautismo no es el agua que resbala por su cabeza, sino el Espíritu que lo inunda. Ese bautismo supone el fin de un ciclo - el del bautismo con agua (el de Juan)-, e inagura otro -el del bautismo en el Espíritu-, el de Jesús (Jn 1,33). Y nos enseña algo muy importante: ese espacio donde se evidencia la debilidad humana (el bautismo penitencial de Juan) ha sido el espacio elegido por Dios para revelarse y revelar la verdad de Jesús. San Pablo subrayará en diversos pasajes de sus cartas esta estrategia “misteriosa” de Dios (cf. Flp 2,6 ss; 1 Cor 1,22-2,5)…
     Pero no terminan aquí las lecciones de este día. La 1ª lectura pone de relieve proféticamente, el estilo y el contenido del auténtico enviado de Dios: “No gritará, no clamará... La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará... Promoverá fielmente el derecho...”. Este fue el tono y el estilo del paso de Jesús, como nos recuerda la 2ª lectura: pasar haciendo el bien… Fue la percepción de la gente: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37).
     De todo esto nos habla la fiesta del bautismo de Jesús, y nos plantea una pregunta para el examen personal a todos los bautizados en Cristo: si este es el significado del bautismo para Jesús, ¿qué significa para nosotros nuestro bautismo? Él nos incorpora a la comunidad de los creyentes, siendo el fundamento de la fraternidad cristiana; él significa el paso de la muerte a la vida, siendo el fundamento de nuestra liberación y libertad; él supone una vida coherente, siendo el fundamento de nuestra responsabilidad y, sobre todo, nos incorpora al mismo Cristo.
     ¿Ya advertimos en nosotros y testimoniamos a los otros nuestro bautismo? Porque este no se acredita solo documentalmente, sino vitalmente. No lo garantiza el documento extendido en la parroquia, sino una vida inspirada en el seguimiento del Señor. ¡Nuestra vida no puede ser una negación, sino una acreditación de nuestro bautismo! ¿Ya recordamos cuál fue el día de nuestro bautismo?, ¿o es una fecha desconocida? Sería importante conocerla y no olvidarla, pues como cristianos nacimos de esa fuente.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Con qué signos acredito mi bautismo?
.- ¿Es solo un dato “histórico” o, además, vivencial?
.- ¿Recuerdo y celebro el día de mi bautismo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

SAGRADA FAMILIA -B-


1ª Lectura: Eclesiástico 3,3-7. 14-17a

    Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respete a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor le escucha.
    Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones, mientras viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes, mientras seas fuerte. La piedad para con tu padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro se te recordará y se desharán tus pecados como la escarcha bajo el sol.

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    El texto de Eclesiástico no solo es normativo sino crítico. Las advertencias que dirige a los hijos suponen la existencia de situaciones en que los padres no disfrutaban del reconocimiento debido por los hijos. El autor subraya la capacidad “redentora” del amor y el respeto a los padres, máxime en su ancianidad y debilidad física y mental. Sin embargo, las “obligaciones” no son solo de los hijos para con los padres. También deben profundizarse las relaciones de los padres para con los hijos, liberándolas de toda tentación paternalista o de inhibición en el ejercicios de sus deberes. Sin olvidar, las relaciones de conyugalidad, expuestas a la tentación de una vivencia superficial y tergiversada.

2ª  Lectura: Colosenses 3,12-21

    Hermanos:
    Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos  mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos: la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de él.
   Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene al Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

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El texto seleccionado pertenece a la tercera parte de la carta a los Colosenses -las exhortaciones a la comunidad-. Dos niveles se advierten en él: el de  la familia de Dios, la Iglesia (Gál 6,10), y el de  la familia doméstica, la de la carne y la sangre. Respecto de la primera, destaca diversas actitudes, enfatizando sobre todo el perdón, el amor y la gratitud. Una familia cohesionada en torno a la palabra de Cristo. Respecto de la segunda, se mueve en los parámetros de una convivencia íntima y cordial. Con un subrayado especial: no exasperar a los hijos.


Evangelio: Lucas 2,22-40

   Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”.
    Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quién has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este está puesto en Israel para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma”.
    Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

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  Tres cuadros ofrece el relato de san Lucas. En el primero -la presentación- confluyen tres aspectos: la purificación ritual de la madre (Lc 2,22 = Lv 12,2-4), la consagración de primogénito (Lc 2,22b-23 = Ex 13,2) y el rescate (Lc 2,24 = Ex 13,13; 34,20; Lv 5,7; 12,8), que en el caso de Jesús se hace conforme a lo prescrito para las familias económicamente débiles.
    Un segundo cuadro lo protagonizan Simeón (de quien no se dice que fuera un anciano) y la profetisa Ana (de la que sí se afirma su ancianidad). Son los encargados de desvelar el misterio. Como al entrar Jesús en el Jordán, hundido en el anonimato, se abrieron los cielos para descubrir su verdad más profunda (Mc 1,11); al entrar en el templo, también hundido en el anonimato, se abren los labios de Simeón para descubrir el misterio de aquel niño. Ya desde el principio Dios ha revelado “estas cosas a la gente sencilla” (Mt 11,25). El tercer cuadro, en apretada síntesis, muestra el proceso de crecimiento integral de Jesús en la familia de Nazaret.

REFLEXIÓN PASTORAL
     La celebración de la fiesta de la Sagrada Familia nos brinda la oportunidad no solo de admirar y venerar a la Familia de Nazaret, sino de proyectar la mirada más allá de ese horizonte y contemplar la realidad de la familia como “esquema” existencial de Dios, hacia adentro (su propio Misterio) y hacia afuera. Porque la primera concreción de la familia, donde esta es radicalmente “sagrada”, es el misterio personal de Dios, formulado como: Padre, Hijo y Espíritu de Amor. El evangelio de san Juan lo destaca: la vida de Dios es una vida familiar, y espejo original de los valores familiares fundamentales.
     Porque Dios es familia y Dios es Amor, la familia es amor. Porque Dios es Comunión, la familia es comunión. Porque Dios es Intimidad, la familia es intimidad. Porque Dios es Vida, la familia es vida. Porque Dios es Uno, la familia es una…
    Dios, en su misterio personal de amor, es el referente  primero de la familia humana. San Pablo lo expresa con nitidez: “Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15).
     Y cuando decidió “salir” al mundo, eligió la familia como lugar de acampada (Jn 1,14). La familia de Nazaret fue el espacio de humanización en el que el Hijo de Dios aprendió a ser hijo de hombre (Lc 2,51-52). Una experiencia constructiva.
    La familia, pues, hunde sus raíces en la mente y en el corazón de Dios. En su proyecto creacional Dios pensó al hombre en esquema de familia. “Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos” (GS n 24). La humanidad como familia es el horizonte al que hemos de abrir la vida, superando egoísmos fronterizos que nos enfrentan y destruyen, impidiéndonos gozar de la belleza y la bondad de lo creado. Una dimensión ante la  que Francisco de Asís vibró particularmente en su Canto a las criaturas: desde el hermano sol a la hermana muerte.
    A esto dedicó Jesús su existencia, a descubrir este perfil de la creación como familia. Nos mostró a Dios como Padre (Mt 5,45.48; 6,9.32; Jn 16,26-27…) y  a cada uno como hermano (Mt 23,28). Y pensó su proyecto eclesial en clave de familia (Mt 12,48-49). San Pablo profundizará esta realidad, asumida como primer quehacer en su tarea evangelizadora: construir la Iglesia como “familia de los hijos de Dios” (Ef 2,19), un quehacer gozoso y doloroso (2 Cor 11,28). Llegando, incluso, a la audacia de presentar a Jesús como el esposo de la iglesia (2 Cor 11,2)
         Vale la pena dedicar hoy unos momentos a agradecer, a celebrar y a revisar este don tan delicado y expuesto. Y a orar por la familia en todos sus “sentidos”, humanos, creaturales y eclesiales, pues es un tesoro que llevamos en frágiles envolturas (2 Cor 4,7).

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento así la familia?
.- ¿Me siento familia de los hijos de Dios?
.- ¿Cómo ejerzo mi responsabilidad familiar en la creación?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



miércoles, 20 de diciembre de 2017

DOMINGO IV DE ADVIENTO -B

1ª Lectura: 2 Samuel 7,1-5. 8b-11. 16

    Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras que el arca del Señor vive en una tienda. Natán respondió al rey: Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo. Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: Ve y dile a mi siervo David: “¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que animales lo aflijan como antes, desde el día que nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre”.

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    Toda la historia es gracia, es el mensaje central del texto. No es David el constructor ni el protagonista de la historia; es Dios. No es David quien construye casa a Dios, es Dios quien le construye la saca, pues si el Señor no construye la casa…. (Sal 127,1) Las promesas a David hallaron su cumplimiento en Cristo: Él es la Paz verdadera, la Fuerza, el Rey y el Reino eternos. En el fondo subyacen dos planteamientos teológicos diferentes: la teología de la Tienda (época promonárquica) y la teología del Templo (época monárquica).


2ª Lectura: Romanos 16,25-27

    Hermanos:
    Al que puede fortalecernos según el evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús -revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe-, al Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


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     El texto seleccionado es la doxología final de la carta.  Dirigida a Dios, constructor y destino final de la historia, en ella se presenta a Jesucristo como la plenitud del misterio de Dios, manifestado de manera fragmentaria durante siglos eternos (cf. Heb 1,1-2). Es el núcleo del evangelio predicado por Pablo (cf. Rom 1,2-5).


Evangelio: Lucas 1,26-38
                                                     

    A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
    El ángel, entrando a su presencia, le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.  Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél.
    El ángel le dijo:
    No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
    Y María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón?
     El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
     María contestó: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

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   Mientras Mateo presenta el anuncio a José (Mt 1,18-24), Lucas presenta la anunciación a María. Coinciden ambos en lo central: Jesús es obra del Espíritu. El texto lucano subraya el cumplimiento en Jesús de las promesas davídico-mesiánicas. La gravidez de Isabel no es una garantía de la veracidad del anuncio, sino una manifestación del poder de Dios. Además destaca la figura de María, de apertura y disponibilidad para acoger en ella los designios de Dios. Dios ha elegido a una mujer humilde (Lc 1,48) y una geografía humilde (Nazaret) para anunciar y realizar su gran obra. En ella ha construido “su casa”. Por otro lado, el relato de la anunciación a María ha de compararse con el de la anunciación a Zacarías (Lc 1,5-25) para percibir su singularidad.


REFLEXIÓN PASTORAL

    La figura de Juan el Bautista motivaba el pasado domingo nuestra reflexión cristiana sobre la necesidad de un discernimiento personal y situacional, al tiempo que nos invitaba a vivir atentos para descubrir la siempre nueva y sorprendente presencia del Señor.
     Hoy otra figura, más próxima, no solo cronológica sino vitalmente al misterio de la Navidad, María, la Virgen Madre de Dios, ocupa el espacio central.
      Ella es la primera luz, la señal más cierta de que viene el Enmanuel. Por eso, no es una figura ornamental, sino fundamental de la Navidad. Ella nos introduce y nos revela el modo más veraz de celebrar cristianamente la venida del Señor, mostrándonos la única postura responsable ante la Navidad: acogida gozosa y cordial de la Palabra de Dios, y el estilo: encarnándola y dándola a luz en la propia vida.
       “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Así nos presenta el evangelio de este domingo a María. Apertura radical, sin fronteras. Profesión de fe y ofrecimiento total. Por eso la “felicitarán todas las generaciones” (Lc 1,48). Y en esto consiste su grandeza: en su entrega inigualablemente audaz y confiada a Dios; en su acogida inigualablemente creadora del Señor, hasta el punto de ofrecerle la propia carne para que el Hijo de Dios se encarnara.
     Interiorizada por Dios, que la hizo su madre; e interiorizadora de Dios, convertido en su hijo. Dios es el espacio vital de María y, milagrosamente, María se convierte en espacio vital para Dios. Dios es la tierra fecunda donde se enraíza y germina María y, milagrosamente, María se convierte en espacio vital para Dios...
      Sin María, sin su acogida de la Palabra de Dios, la Navidad no habría sido posible. Para su gran obra Dios pulsó, llamó respetuosamente a las puertas de una joven. Y María dijo: Sí, ¡Adelante! Hágase en mí. Y se convirtió en la “puerta estrecha” (Mt 7,14) y pobre por la que entró el Hijo de Dios en nuestra casa.
       Si nosotros no nos situamos ante el Señor y su palabra con la misma actitud de María, la Navidad será una ocasión perdida y solo un pretexto para la evasión. La Navidad es la fiesta del nacimiento de Dios por y para nosotros. Si Dios no nace en nuestras vidas, no habrá de verdad Navidad. Todo se diluirá en luces que no alumbran, en voces que no dan respuesta, en consumos que nos consumen...
     Sin renunciar a la interpretación festiva de la Navidad, esforcémonos por no colaborar a la difuminación y secuestro del misterio que celebramos, protagonizados por la agresividad de un consumismo y una publicidad superficiales e insolidarios con las necesidades de tantos hombres para quienes, careciendo de lo necesario, todo eso resulta una insultante provocación.
     Ya en el umbral de la Navidad acojamos la recomendación del ángel a san José: “No temas acoger a María” (Mt 1,20) Porque ella hizo florecer la Navidad; porque es la maestra del Evangelio; porque con ella siempre estará su Hijo. Ella es la mejor compañera y maestra de la Navidad. 
        Para todos ¡FELIZ NAVIDAD! Sin ÉL, todo es nada y vacío, también en Navidad.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Acepto al Señor como constructor de mi vida?
.- ¿Cómo me sitúo ante la palabra de Dios? ¿Cómo María?
.- ¿Se valorar los espacios y la realidades humildes?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


miércoles, 13 de diciembre de 2017

DOMINGO III DE ADVIENTO -B-


 1ª Lectura: Isaías 61,1-2a. 10-11

    El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vengar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros, la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor…
    Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos.

                                       ***             ***             ***

    Dos voces resuenan en este texto: La voz del profeta, ungido por el Espíritu para anunciar la buena noticia del año de gracia del Señor a los infortunados. Quién sea este personaje permanece en la incógnita. Su mensaje es afín al de Is 35. Y hallará eco y plenitud en Jesucristo (Lc 4,18-19). Y la voz de la ciudad que, agradecida y gozosa, celebra la obra de Dios en su favor. Esta imagen de la ciudad como “novia” tendrá resonancias eclesiales en el NT, especialmente en el libro del Apocalipsis (Ap 19,7; 21,2.9).
  
2ª Lectura: 1 Tesalonicenses 5,16-24

    Hermanos:
    Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda ocasión tened la Acción de Gracias: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con los bueno. Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

                                     ***             ***             ***

    Nos hallamos en las exhortaciones finales de la carta. Pablo recuerda y recomienda una serie de elementos que el cristiano ha de tener presente en su vida: alegría, oración perseverante, asiduidad eucarística y discernimiento positivo. Una existencia así no quedará frustrada, porque Dios no falta a su palabra. Así hay que esperar el adviento del Señor.


Evangelio: Juan 1,6-8. 19-28
                                         
                                              

    Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
     Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: ¿Tú quién eres?
     El confesó sin reservas: Yo no soy el Mesías.
     Le preguntaron: Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías?
     El dijo: No lo soy.
     ¿Eres tú el Profeta?
     Respondió: No
     Y le dijeron: ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?
      El contestó: Yo soy “la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor (como dijo el profeta Isaías).
      Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?
     Juan les respondió: Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.
      Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan Bautizando.

                                   ***             ***             ***            

    El texto seleccionado está construido con unos versículos tomados del Prólogo del IV Evangelio (el testimonio sobre Juan Bautista), y con otros tomados de la respuesta a la legación enviada por los judíos de Jerusalén (testimonio de Juan Bautista). Entre ambos hay una convergencia fundamental: Juan es un enviado de Dios, un testigo veraz de la Luz, Jesucristo. Juan desactiva expectativas equivocadas e invita a un discernimiento, pues a quién el anuncia está ya “en medio de vosotros”.

REFLEXIÓN PASTORAL
   
    Dos palabras sintetizan el mensaje de este domingo: discernimiento y reconocimiento. Ambas sugerencias vienen de Juan el Bautista. Había despertado expectativas y admiración por doquier, pero  no se aprovecha de ese estado de opinión. No confunde ni se confunde.  Conocía su misión, y no permitió que la  popularidad le nublara la vista. “Yo no soy”, solo uno es, Dios.
    “Él, como dice san Agustín, era la voz; Cristo era la Palabra”. Por eso, “Él tiene que crecer, y  yo tengo que menguar” (Jn 3,30). Es el primer nivel del discernimiento: el autodiscernimiento. Pero, comenzando por ahí, hay que ir más allá, a examinar nuestro entorno. El cristiano debe ser una persona capaz de realizar ese análisis lúcido de la realidad, hoy particularmente urgente y necesario.
    La segunda  sugerencia del Bautista también merece ser reseñada: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”, dice, refiriéndose a Jesucristo. Una advertencia de actualidad para nosotros. ¿Sabemos reconocer hoy la presencia de Cristo? Porque Él está entre nosotros y con nosotros hasta el fin del mundo. El problema es cómo está entre nosotros y con qué tipo de presencia.
    Su presencia es real, pero sacramental; encarnada en realidades que no son de percepción inmediata, sino que requieren la luz de la fe para descubrirla.
    Cristo está en sus “palabras de vida”; en su “cuerpo y sangre” eucarísticos..., y está en el hombre, particularmente en el necesitado. Aceptamos sin mayor dificultad, o al menos sin tanta dificultad, las presencias “religiosas” del Señor, y las veneramos, pero manifestamos resistencias y falta de sensibilidad para reconocerle en las presencias “conflictivas”.
      La exposición del Santísimo y su adoración no deberíamos reducirla exclusivamente a la Eucaristía, pues el mismo que dijo “Tomad, comed, esto es mi cuerpo... (Mt 26, 26)”, dijo: “Tuve hambre, estuve desnudo... Y cada vez que lo  hicisteis…, o no lo hicisteis con uno de esto, lo hicisteis o no lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 31-45). Jesús también está expuesto, ¡y a cuántos riesgos!, en el hermano, particularmente en el necesitado.
     Próximos ya a la Navidad, intensifiquemos nuestra oración (“Sed constantes en orar” (2ª lectura), para que el Señor nos abra los ojos para  descubrir su presencia entre nosotros; para no confundirle ni confundirnos; para que no se repita entre nosotros el dicho evangélico: “Vino a su casa, y  los suyos no le recibieron” (Jn 1, 11) sino que más bien podamos asumir el mensaje de la primera lectura: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí... Y me ha enviado a  curar los corazones desgarrados”, y  cantar con la alegría de María (salmo responsorial), por sabernos y sentirnos implicados en la obra liberadora del Dios, que enaltece a los humildes y a los hambrientos colma de bienes.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy evangelista, portador de la buena noticia?
.- ¿Sé reconocer la presencia de Jesús en la vida?
.- ¿Mi lectura de la vida está inspirada en la bondad?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.