jueves, 25 de febrero de 2016

DOMINGO III DE CUARESMA -C-

1ª Lectura: Éxodo 3,1-8a. 13-15

    En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño transhumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.
    Moisés se dijo: Voy a acercarme a mirar ese espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.
    Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: Moisés, Moisés.
     Respondió él: Aquí estoy.
     Dijo Dios: No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado. Y añadió: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.
    El Señor le dijo: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.
    Moisés replicó a Dios: Mira yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?
    Dios dijo a Moisés: “Soy el que soy”. Esto dirás a los israelitas: “Yo soy”, me envía a vosotros.
    Dios añadió: Esto dirás a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.

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   Nos hallamos ante una de las grandes teofanías del AT. Dios se revela en la zarza ardiendo, y se revela como el Dios de la historia de la salvación iniciada en los patriarcas. Un Dios con los ojos y los oídos abiertos a los avatares del pueblo de la promesa. Un Dios cuyo nombre no es una forma sustantiva, estática, sino verbal, dinámica -“Yo soy”-, en cuya traducción oscilan los exegetas. Mientra para unos significa la perfección y la autosusistencia de Dios, otros ven en esa definición una clara polémica contra los ídolos, que “no son”. Otros creen descubrir en ella la alusión a la eternidad o a la fidelidad de Dios a sí mismo. No faltan quienes ven en esa respuesta a Moisés la misteriosidad de Dios, su inaferrabilidad conceptual o su apertura a un futuro, a un Dios que está siempre por ver. Un Dios cuyo nombre es inagotable en sus resonancias y a quien se le reconocerá por “su” historia.

2ª  Lectura: 1ª Corintios 10,1-6. 10-12

    Hermanos:
    No quiero que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hiceron la mayoría de nuestros padres. No protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto le sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.

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    Escribiendo a los corintios, Pablo les invita a considerar como propia la historia de la salvación y a evitar los “errores” de los primeros “destinatarios”. Una historia que a través de las diversas “figuras” siempre estuvo presidida por Cristo. No ha habido ni hay historia de salvación al margen de Cristo. El cristiano participa “sacramentalmente” de aquella historia por el Bautismo y la Eucaristía. Y no está exento del peligro de hacerlo solo ritualmente. Hay que aprender a leer la historia.

Evangelio: Lucas 13,1-9
                                     
    En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
    Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar frutos en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, al año que viene la cortarás.

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    El tema central del fragmento evangélico es la llamada a la conversión. En dos momentos, la lectura de dos acontecimientos luctuosos y la propuesta de la parábola de la higuera infecunda, Jesús destaca la urgencia de la conversión. Dios no estaba detrás de la mano homicida de Pilato ni removiendo las bases de la torre de Siloé. Está en ese viñador que, inaccesible al desaliento, se esfuerza por dar oportunidades a la higuera, cavando alrededor y estercolándola, esperando que de fruto. Y ese viñador es Jesucristo.

REFLEXIÓN PASTORAL

        Entre los judíos estaba muy extendida la creencia de que las desgracias personales, las catástrofes o las enfermedades eran castigos de Dios por pecados cometidos. Jesús aprovecha la noticia de dos desgraciados acontecimientos recientes para hacer ver a sus contemporáneos que tales desgracias son totalmente ajenas a la voluntad de Dios, y explicables por otras razones: la intolerancia política de Pilato o el derrumbamiento casual de la torre de Siloé.
            Empequeñecemos a Dios proyectando sobre Él nuestros limitados modos de pensar y existir. Arrojamos balones fuera, cuando responsabilizamos o atribuimos a Dios lo que deberíamos asumir e interpretar desde nuestras responsabilidades o limitaciones. Y, además, actuamos injustamente, al convertirnos en jueces inmisericordes del dolor ajeno, interpretando las desgracias como castigos divinos.
            Dios no hace sufrir, aunque esté presente en el sufrimiento. Él no es causante del sufrimiento, sino confidente del que sufre. Más bien Él es vulnerable, sensible al dolor del hombre. “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos” (1ª lectura). Así se presenta Dios; que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (cf. Ezq 18, 23). Eso es lo que quiere Dios: que el hombre viva.
Jesús vino para eso: para que tuviéramos vida “y una vida abundante” (Jn 10,10), de calidad.  Y para eso es necesaria la conversión.
            El tiempo litúrgico de la Cuaresma quiere ser una memoria viva y permanente de esa necesidad. Que no es reductible a una serie de prácticas superficiales y aisladas, sino a una decisión fundamental y preferencial por Él. Y todos necesitamos encontrar y entrar en ese camino, en esa dinámica, pues “si no os convertís, todos igualmente pereceréis” (Evangelio). Por tanto, concluye S. Pablo: “el que se cree seguro, ¡cuidado! No caiga” (2ª lectura).
            Y no se trata de atemorizar, sino de una llamada para que despertemos a este maravilloso tiempo de gracia, de amor, de perdón y reconciliación que Dios nos otorga. Esto es lo que quiere decirnos la parábola de la higuera infecunda: Dios es inaccesible al desaliento, siempre mantiene una expectativa; es un pertinaz creyente en el hombre, al que ama apasionadamente.
            Frente a nuestra impaciencias -nos gustaría arrancar, cortar …, en el fondo desesperando de la regeneración propia y ajena-, la estrategia de Dios, el viñador, es abonar, cuidar y esperar un año más, no para crear falsas esperanzas sino para que de una vez nos decidamos a dar fruto. “No es que el Señor se retrase, como algunos creen, en cumplir su promesa; lo que ocurre es que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que se pierda alguno, sino que todos se conviertan. Pero el día del Señor llegará” (2 Pe 3,9-10).
     Dios es un Dios dador de oportunidades. La historia humana, nos dice la Biblia, se abrió con una gran oportunidad de Dios al hombre para que se realizara en plenitud: el paraíso. Y el hombre la perdió (Gen 2,4b-3,24). Pero no fue esa la única ni la última. Dios siguió empeñado en dar nuevas oportunidades. El arca de Noé, la alianza mosaica, la tierra prometida, la palabra profética…, fueron otras tantas oportunidades. “¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?” (Is 5,4). Pero el rechazo contumaz del hombre no bloqueó la iniciativa divina
Llegada la plenitud de los tiempos llegó la oportunidad definitiva: Jesucristo; él es la gran oportunidad en la que regenerarnos y regenerar nuestra vida. Con sus actitudes y parábolas intentó abrirnos los ojos (Mc 4,26-29; Mt 13,24-30.36-43; Lc 15,11-32). Pero tampoco fue escuchado en su momento: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como una gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no habéis querido!” (Mt 27,37).
            Y cuando parecía que todas las puertas se cerraban, la resurrección de Cristo las abrió definitivamente. El hombre tiene abierta la posibilidad de vivir en la órbita de Dios. La oportunidad sigue abierta: la conversión al Evangelio. Un año más Dios ha venido a buscar fruto…; no le decepcionemos.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué lectura hago de la vida?
.- ¿Doy oportunidades para la recuperación de situaciones aparentemente perdidas?
.- ¿Exijo ser lo que yo no soy?



DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 18 de febrero de 2016

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

1ª lectura: Génesis 15,5-12. 17-18

    En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y añadió: Así será tu descendencia. Abrán creyó y se le contó en su haber.
    El Señor le dijo: Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra.
    Él replicó: Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?
    Respondió el Señor: Traéme una ternera de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.
    Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos: A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río.

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    El capítulo 15 del Génesis se articula en dos momentos: en el primero (vv 1-6) Dios promete a Abrán, contra toda esperanza, una abundante descendencia. Y Abrán, contra toda evidencia, “creyó al Señor”. El segundo momento (vv. 7-19) lo constituye la promesa de la tierra y el pacto de alianza establecido entre Dios y Abrán. El Dios de Abrán es el Dios de la gratuidad, de las promesas gratuitas e impesadas, y Abrán es el hombre de fe que se adhiere al Señor. Y todo esto “se le contó en su haber”.


2ª Lectura: Filipenses 3,17-4,1

    Hermanos:
    Seguid mi ejemplo y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en mí. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Solo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

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    Pablo estimula a los filipenses a mirase en él, en cuanto seguidor de Jesús y servidor del Evangelio. Denuncia la posibilidad de vivir, dentro de la comunidad, como “enemigos de la cruz de Cristo”, arraigados a ritos y prácticas del judaismo. El texto se sitúa en la fuerte polémica que Pablo mantuvo con los judaizantes (cristianos que no solo compatibilizaban  las prácticas judías con la “novedad” del Evangelio de Cristo, sino que querían imponerlas a los cristianos provenientes del paganismo).

Evangelio: Lucas 9,28b-36

                                                          

    En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
    Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientros estos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando llegó un anube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo.
    Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


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     Transmitido por los tres evangelios sinópticos, sin embargo cada uno destaca aspectos propios en el llamado relato de la Transfiguración. Lucas subraya la finalidad de la subida al monte y el contexto en que ocurre la revelación: la oración; el tema de la conversación entre Jesús, Moisés y Elías: su pascua; falta la alusión al sueño de los discípulos y la orden de silencio impuesta por Jesús al final de la escena. Todo el relato gira en torno a la revelación de Cristo como el Hijo de Dios, y la invitación a escucharlo. En el camino cuaresmal es necesario este alto en el monte de la luz para subir con esperanza al monte de la cruz.

REFLEXIÓN PASTORAL

         Se acerca a Jerusalén, donde van a tener lugar los dramáticos acontecimientos que le conducirán a la muerte y, para que los discípulos no se vean desbordados por esos sucesos, para que puedan superar el terrible escándalo de la Cruz, Jesús escoge a Pedro, a Santiago y a Juan -los mismos que más tarde serán testigos de su agonía en el huerto de Getesemaní- para revelarles su auténtica dimensión: el hombre que sudará sangre por la tensión de lo que se avecina; el hombre que verán como rechazado y maldito, es el Hijo de Dios, el amado, el predilecto. El hombre a quien el pueblo elegido no sabrá reconocer, es reconocido, sin embargo, por las grandes figuras históricas de ese pueblo: Moisés, autor de la Ley, y Elías, el gran profeta.
¿Por qué este evangelio de la transfiguración en este domingo de Cuaresma? ¿No contrastan el blanco deslumbrador del Señor transfigurado con el morado del tiempo litúrgico? ¿Por qué este evangelio aquí? Porque la Cuaresma nos sitúa ante la apremiante necesidad de colocarnos en la ruta de Jesús, de reorientar nuestros pasos por su camino, ya que “mis caminos no son vuestros caminos” (Is 55,8), de abrir nuestro corazón a su evangelio (“Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15), y esto exige someter nuestra vida a un fuerte ritmo.
Un camino que sólo podremos recorrer, y un ritmo que sólo podremos mantener, iluminados por la convicción y la experiencia de la cercanía y de la presencia del Señor. Por esto nos pone la Iglesia este relato evangélico, luminoso y esperanzador, en el tiempo de Cuaresma.
Pero hay algo más. El evangelio nos recuerda que Jesús no solo se transfigura en gloria, en luz; hay otra transfiguración más dura y difícil: “Tuve hambre, estuve desnudo, estuve enfermo y en la cárcel... ¿Cuándo te vimos…?” (Mt 25,31-45).
  La transfiguración gloriosa tuvo lugar en un monte...; la transfiguración humilde, en un valle, que solemos llamar de lágrimas. Ambas transfiguraciones no son opuestas, y no podemos oponerlas. Los discípulos quedaron deslumbrados, nosotros quedamos confundidos y hasta molestos por esta segunda transfiguración del Señor en la debilidad...
            La Transfiguración es, pues, reveladora de la verdad más íntima de Cristo; pero además es una llamada a la transformación personal, a que Cristo brille en nuestras vidas, y una denuncia de nuestra opacidad, de nuestra dificultad para traslucir al Señor.
            El evangelio de hoy nos invita a situarnos en la ruta de Jesús, a caminar a su ritmo, a escucharlo. El evangelio de hoy ilumina la Cuaresma, descubriendo su auténtico sentido: la meta de la conversión cristiana no es la mortificación, sino la transformación, pero esta pasa necesariamente por la etapa de la Cruz  -¿o también somos nosotros de los que vivimos como enemigos de la Cruz de Cristo? (Flp 3,18)- .
            Como a Abrán, también a nosotros el Señor nos invita a salir de nuestras reducidas “casillas”, de nuestras “tiendas” y a mirar al cielo  con la esperanza formulada por san Pablo en la segunda lectura: “Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa”...

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Experimento en mí la energía transformadora del Evangelio?
.- ¿Qué transfiguraciones del Señor me interpelan?
.- ¿Vivo como seguidor o como enemigo de la cruz de Cristo?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 11 de febrero de 2016

DOMINGO I DE CUARESMA -C-


1ª Lectura: 1ª Lectura: Dt 26,4-10

       "Dijo Moisés al pueblo: El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y las pondrá ante el altar del Señor tu Dios. Entonces tú dirás al Señor tu Dios: “Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor,  me has dado”. Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor tu Dios”.

                                                   ***     ***    ***    ***

    El texto del Deuteronomio recoge una fórmula de profesión de fe de Israel que perpetúa el recuerdo de su elección por Dios, de la liberación de la esclavitud de Egipto y del don de la Tierra Prometida. Una fe en clave de memoria histórica y agradecida. Y es que estos son dos componentes fundamentales de la fe: la experiencia de Dios y la gratitud por su amor. El credo no puede reducirse a un enunciado de verdades teóricas, sino que debe ser la expresión de la adhesión a un Dios experimentado en la vida como Padre y Salvador.

2ª Lectura: Rom 10,8-13

     “Hermanos: La Escritura dice: La palabra de Dios está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón. Se refiere al mensaje de la fe que os anunciamos. Porque si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios a la salvación. Dice la Escritura: Nadie que cree en él quedará defraudado. Porque no hay distinción entre Judío y Griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

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     San Pablo subraya la importancia de la coherencia en la vida del cristiano. Hay que sincronizar la fe del corazón con la fe de los labios. La fe profesada ha de encarnarse y testimoniarse en la vida. De lo contrario podría darse la peligrosa disociación que ya recriminó Jesús: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8). Pues la fe sin obras, es una fe muerta (Sant 2,17). Un fe centrada en Jesucristo es una fe que no defrauda. Por otra parte, el Apóstol remarca que la palabra de Dios es una palabra íntima y de intimidad; su espacio original es el corazón, sede de la verdad del hombre y donde se acogen los designios de Dios (Lc 2,19).

Evangelio: Lc 4,1-13                                                      

“En aquel tiempo, Jesús lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces, el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le contestó: Está escrito: No solo de pan vive el hombre.
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: Te daré el poder y la gloria de todo esto, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si te arrodillas delante de mí, todo será tuyo. Jesús le contestó: Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto.
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios tírate de aquí abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y también: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le contestó: Está mandado: No tentarás al Señor tu Dios. Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

                                             ***      ***     ***      ***

     Coinciden los Evangelios sinópticos en subrayar el hecho de las “tentaciones” de Jesús al inicio de su actividad evangelizadora, tras el bautismo en el Jordán, en que tuvieron lugar en el desierto y en que allí fue conducido por  el Espíritu de Dios. Mateo y Lucas coinciden, además, en el número y calidad de las tentaciones (aunque varían su orden) y en presentar a Jesús como el modelo del nuevo Israel, superando las tentaciones a las que sucumbió el pueblo elegido. Y establecen algunos paralelismos significativos: 40 días peregrina Jesús en el desierto (40 años lo hace Israel); Jesús es guiado por el Espíritu (Israel, guiado por Dios); Jesús va al desierto tras salir de las aguas del Jordán (Israel tras atravesar las aguas del mar Rojo). Y ambos destacan un dato importante: Jesús vence la tentación desde la palabra de Dios. Pero advierten de que esa palabra puede ser tergiversada, convirtiéndola en argumento de la tentación; es lo que hace el diablo. Por otro lado, conviene notar que la tentación no fue un hecho aislado en la vida de Jesús; su existencia fue una existencia permanentemente tentada, hasta la cruz (Mc 15,30). Y el rostro del tentador fue muy variado: sus familiares, instándole a una publicidad interesada (Jn 7,3-4), los fariseos (Mc 8,11), y hasta Pedro hizo de Satanás (Mt 16,23). Las “tentaciones” son la expresión de que Jesús no vino “programado”, sino que, como todo hombre verdadero, necesitó hacer  discernimientos en su vida y de su vida y misión. Ser tentado no es pecado, pecado es caer en la tentación. La tentación no empequeñece al hombre, una vez superada lo fortalece. Por eso nos enseñó a pedir al Padre: “No nos dejes caer en tentación” (Lc 11,4; M 6,13).

REFLEXIÓN PASTORAL
El pasado miércoles iniciábamos un nuevo tiempo litúrgico: la Cuaresma. ¡Todos estamos enterados! Unos, por haber participado ese día en la ceremonia de la imposición de la ceniza; otros, por el ruido de los carnavales. En todo caso no hay que ser excesivamente críticos con este carnaval de tres días; más preocupante es el de los restantes días del año.
            Iniciamos la Cuaresma; y lo hemos hecho con una ceremonia que invitaba a la reflexión y a la decisión: la imposición de la ceniza, acompañada de unas palabras de  Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio”.
            Conversión, una palabra muy usada, pero una realidad todavía por estrenar. Una palabra a la que ya nos hemos acostumbrado, pero que, sin embargo, es palabra de Cristo que hay que proclamar “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2), y que, también, hay que rescatar de un uso rutinario y ritualista.
            Las lecturas bíblicas de este domingo nos hablan de la fe en un Dios cercano al hombre, un Dios “convertido” en acompañante permanente de su historia, presente en todos sus avatares. Una fe que es confesión agradecida de la experiencia de Dios en la propia historia (1ª lectura), porque el Credo no puede reducirse a un enunciado teórico. En toda profesión de fe hemos de reconocernos personalmente implicados. Todo “credo” debe tener su “historia”.
La verdadera fe, además, debe llevarnos, como nos recuerda san Pablo (2ª lectura), a la coherencia, a sintonizar los labios y el corazón (“Este pueblo me honra solo con los labios…” Is 29,13; cf. Mc 7,6).
Y, finalmente, toda fe verdadera necesita pasar por la prueba, verdadero control de calidad. También la fe de Jesús fue probada (Evangelio). 
            Como el primer hombre, y como todo hombre, Jesús estuvo expuesto a la tentación. ¡Y a qué tentaciones! La del materialismo (1ª), la del poder (2ª) y la de la religión (3ª), que pretende convertir a Dios en paracaídas al servicio de la propia vanidad. Y no fueron estas las únicas: “El demonio se marchó hasta otra ocasión”.  Jesús fue tentado hasta el final de su vida, hasta la cruz (Lc 23, 37). Pero Jesús no solo venció la tentación sino que la iluminó, la desveló. Y así nos enseñó no sólo a vencer sino a cómo vencer.
 Vencer la tentación no es solo no consentir, decir no, sino iluminar esa situación tentadora, desenmascarar su ambigüedad y su mentira -pues toda tentación se presenta como salvadora y portadora de felicidad- desde la palabra de Dios. No hay que huir, sino hacer frente; huyendo se rehúye la solución. Jesús nos ha enseñado  a afrontar la tentación desde la oración -“No nos dejes caer en tentación” (Mt 6,13)- y desde la decisión responsable. A esto nos invita la Cuaresma.
           
REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo afronto la Cuaresma?
.- ¿De qué tengo hambre?
.- ¿Cuáles son mis tentaciones radicales?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



jueves, 4 de febrero de 2016

DOMINGO V -C-


 1ª Lectura: Isaías 6,1-2a. 3-8.

    El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo: ¡Santo, santo, santo el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.
    Yo dije: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos.
     Y voló hacia mí uno de los serafines con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.
     Entonces escuché la voz del Señor, que decía: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: Aquí estoy, mándame.


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   Nos encontramos en el año 740 a.C., en el templo de Jerusalen, donde Isaías, de estirpe sacerdotal, recibe la llamada de Dios a la misión profética. Dios es presentado en el ámbito de la santidad y la transcendencia, una visión que anonada a Isaías. Pero eso no es sinónimo de lejanía. Dios mantiene su interés y compromiso salvífico con su pueblo. Busca un servidor. Isaías, tras la experiencia de la purificación personal, se ofrece para la misión que le confiará el Señor. A diferencia de Moisés (Ex 4,10) o de Jeremías (Jer 1,6)), no pone reservas. Se trata del relato de vocación del profeta, que comporta cuatro momentos: a) teofanía (vv 1-4), b) rito de purificación/capacitación (vv.5-7), c) misión profética (vv 8-10), d) resultado final (vv 11-13).


2ª Lectura: 1 Corintios 15,1-11

    Hermanos:
    Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.


                        ***                  ***                  ***                  ***

    Dirigiéndose a los Corintios, que de alguna manera y en algunos sectores comenzaban a cuestionar a Pablo, frente a otros maestros que iban introduciéndose en la comunidad, Pablo reclama su condición de apóstol y de llamado por el Señor. Es una reivindicación de legitimidad vocacional. Pero, sobre todo, de la veracidad de su Evangelio, centrado en el misterio pascual de Cristo. Todo gira en torno a este núcleo. Un anuncio que él ha recibido de la tradición eclesial, pero que él ha vivenciado personalmente. Y también traducido pastoralmente con originalidad. Pablo se interpreta, vocacional y ministerialmente, como una obra de la gracia, a la que él ha procurado responder con fidelidad. No compite con los otros Apóstoles, pero no oculta su conciencia y legitimidad apostólicas.


Evangelio: Lucas 5,1-11

                                       
                                          
     En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.
    Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
    Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
    Simón contestó: Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
     Y, puesto a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
    Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
    Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.
    Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.


                        ***                  ***                  ***                  ***

    Nos hallamos ante el relato vocacional de los primeros discípulos. Lucas lo sitúa después de la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret y de algunos de sus primeros signos, a diferencia de Marcos (1,16-20), que lo hace antes de las primeras intervenciones públicas de Jesús. En él se destaca la iniciativa, que es de Jesús, y la respuesta de los llamados. Lucas, a diferencia de Mateo ( 4,20) y Marcos (1,18) subraya la radicalidad -“dejándolo todo”-. Con este subrayado marca el estilo del seguimiento. Una de las características de su evangelio. Por otro lado, la pesca abundante es un presagio de la fecundidad de la misión, siempre que se eche la red al estilo y en el nombre del Señor. A destacar, solo Lucas, entre los sinópticos, singulariza la misión de Pedro. Al tiempo que es el único que recoge su confesión: "soy un pecador".


REFLEXIÓN PASTORAL

  
         Un pequeño lago, una ensenada, un joven predicador, unos cuantos pescadores sin especial cualificación: así comienza la aventura de la Iglesia que S. Lucas va a relatarnos en su obra.
Releyendo esta página evangélica alguno, quizá desalentado, se pregunte: ¿Dónde pescar hoy? y ¿cómo?  Eso es lo que pretende esclarecer S. Lucas, mostrando la confianza en Jesús como el antídoto contra el desánimo o la autosuficiencia, y el estilo de Jesús como la única estrategia con futuro.
            Los resultados no habían correspondido a los esfuerzos. Resignado, Simón atracó la barca, sin percatarse, quizá, de la presencia del Maestro, o al menos sin prestarle mucha atención, ocupado en el lavado de sus redes (¡sus redes le enredaban...!).  Pero Jesús se acercó pidiéndole un favor, la barca, para, desde ella, hablar "a la gente que se agolpaba para oír la Palabra de Dios". Simón se la cedió...Y la barca infecunda de Simón se convirtió en la primera cátedra del Evangelio.
            "Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: rema mar adentro, y echad las redes". Pero Simón, que no había dudado en cederle la barca, no estaba, sin embargo, dispuesto a recibir lecciones de pesca (y menos de un carpintero). ¡Si conocería él los caladeros del lago..., y acababa de recorrerlos en vano! Al final aceptó, declinando toda responsabilidad, consciente de la inutilidad de la faena. "En tu nombre -porque Tú lo dices-...echaré las redes". ¡Y esto fue lo que le salvó! Las redes se llenaron hasta reventar, y él paso a ser pescador de hombres. 
            Sí, hay dos modos de pescar, y de vivir: en nombre propio o en nombre del Señor. Vivir concediendo nuevas posibilidades a la realidad, abriéndose a ella con la  esperanza de descubrir siempre nuevos caladeros, o dándola por sabida, por agotada, por irrecuperable... Los del ¡no hay nada que hacer! son los que no están dispuestos a hacer nada.
Y ambos modos de pescar y de vivir producen resultados diferentes. ¡Cuántos esfuerzos baldíos por falta de estilo, de "modos", de esperanza...!
            Aunque nuestros caladeros parezcan sobradamente recorridos; aunque el resultado no parezca compensar los esfuerzos..."echad las redes", pero en el nombre del Señor y a su estilo.  Obsesionados no por obtener resultados inmediatos, sino ilusionados por situar nuestra vida en una actitud de esperanza, no dando por definitiva ni por perdida ninguna situación.
“Rema mar adentro”. Sí, hay que adentrarse en la realidad. Eso fue la encarnación del Hijo de Dios: adentrarse en nuestra realidad, y desde dentro la salvó. Hay excesivos espectadores, quizá también entre nosotros, sentados en la orilla, y pocos “pescadores”. Y pescar, como dice san Pablo, no es engañar con cualquier cebo sino anunciar de palabra y de obra a Jesucristo (2ª).
            Hay dos modos, dos estilos, de vivir: enredados o desenredados, en la orilla o mar adentro, al estilo propio o al estilo de Jesús, pero sólo uno es fructífero: vivir y actuar en el nombre del Señor, a su estilo, creyendo en las posibilidades y bondad de lo creado.  ¡Ojalá que ése sea el nuestro
         Nunca como hoy al hombre puede definírsele como un ser “enredado”. Las redes son múltiples, no solo las redes sociales, de la informática. Están las redes del dinero, del sexo, del poder, del miedo…
“Dejaron las redes y lo siguieron”. Así presentan Mt (4,20) y Mc (1,18) el inicio del seguimiento. Lucas lo radicaliza: “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). El seguimiento de Jesús exige desenredarse de las redes que nos enredan.  Exige abandonar esas redes “estériles” con las que hemos pasado la noche bregando sin coger nada. Una decisión dura porque supone la fractura con el pasado. Y esta es una decisión libre, que ha de asumir todo aquel que quiera ser discípulo de Jesús. Es el umbral que hay que traspasar para entrar en el espacio de la libertad evangélica. Para seguir a Jesús hay que desenredarse, hay que estar disponibles.
Hay dos modos, dos estilos, de vivir: en la orilla o mar adentro, enredados o desenredados, al estilo propio o al estilo de Jesús, pero sólo uno es fructífero: vivir y actuar en el nombre del Señor, a su estilo, creyendo en las posibilidades y bondad de lo creado.  ¡Ojalá que ése sea el nuestro!

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué redes son las que me enredan?
.- ¿Vivo al estilo del Señor?
.- ¿Estoy disponible para la misión?
        

 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 28 de enero de 2016

DOMINGO IV -C-


 1ª Lectura: Jeremías 1,4-5. 17-19

    En los días de Josías, recibí esta palabra del Señor: Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré: Te nombré profeta de los gentiles. Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos.
    Mira: yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: Frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y a la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte, -oráculo del Señor-.

                                   ***                  ***                  ***                  ***

       El texto reseñado forma parte del relato de la vocación del profeta. Una llamada que le transformó. Es un relato retrospectivo, donde Jeremías hace una síntesis y un valance de su vida; una vida tejida de repulsas, soledad y persecuciones, pero también transida por la experiencia fortificante y consoladora de la presencia del Señor. Ser profeta no es un hobby; es un servicio conflictivo. Y el profeta ha de saberlo y ha de asumirlo. También ocurrió así con Jesús.

2ª Lectura: 1 Corintios 12,31-13,13

    Hermanos:
    Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar uno mejor. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de la predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor de nada me sirve.
    El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de predicar?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque inmaduro es nuestro saber e inmaduro nuestro predicar; pero cuando venga la madurez, lo inmaduro se acabará.
    Cuando yo era un niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo de adivinar; entonces veremos cara a cara. Mi conocer por ahora es inmaduro, entonces podré conocer a Dios como me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Tras el enunciado de los carismas con que el Espíritu adorna a la Iglesia, Pablo realiza un discernimiento de los mismos. Y sitúa en la cima de esos dones del Espíritu al amor de Dios “que ha sido derramado en nuestro corazones con el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom 5,5). Porque Pablo no habla de cualquier amor, sino que ofrece sus signos de identidad. Porque el amor no es un “sentimiento” estéril, sino un compromiso vital. En la Iglesia hay muchas cosas importantes, pero si no están permeabilizadas por el amor y no lo hacen visible son realidades vacías, y “se acabarán”. Solo el amor es perdurable, “no pasa nunca”. El amor es el lenguaje del cristiano.


Evangelio: Lucas 4,21-30

    En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: ¿No es este el hijo de José?
    Y Jesús les dijo: Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún. Y añadió: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo el cielo cerrado tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio.
     Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    El texto evangélico presentado es la segunda tabla del díptico de la escena de Jesús en la sinagoga de Nazaret. En él se da un tránsito de la sorpresa y la admiración al rechazo y la repulsa. Esperaban un showman y se encuentran con un profeta, que no es más que “el hijo de José”. Y no estaban preparados para eso. Jesús desvela las pretensiones excluyentes del judaísmo, y revela a un Dios sin fronteras, más aún, con inclinación preferencial por “los de fuera”. Un Dios inclusivo.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Una página impresionante. Comienza con una muestra de simpatía -"todos expresaban su aprobación"-, pero acaba con una gran decepción -"se pusieron furiosos..., y Jesús se alejaba"-. ¡Rechazar a Jesús! Rechazar al que era el abrazo de Dios para acoger a todos; rechazar la mano de Dios tendida a todo hombre caído; rechazar la voz de los sin voz…
En la larga historia de los pronunciamientos históricos de Dios, llegó un momento -"la plenitud de los tiempos" (Gál 4,4)- en que Dios dejó de pronunciar palabras para pronunciarse él mismo. En que dejó de enviar profetas para venir Él, en persona. Y Jesús es ese autopronunciamiento de Dios: "Hoy se cumple esta Escritura" (Lc 4,21); "Hoy nos ha hablado en su Hijo"(Heb 1,1).
Jesús es la revelación, la presencia exhaustiva de Dios. Pero eso no es una evidencia que se imponga sin más. Esa revelación, esa presencia, será una bandera discutida "para que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones"(Lc 2,35). Esa revelación será una provocación para no pocos.
            ¿Por qué la gente de Nazaret pasa de la admiración al odio? Porque Jesús no hace concesiones a su visión nacionalista y patrimonialista de la salvación. Dios no es el Dios de un clan, de un pueblo, sino el Dios del hombre, de todo hombre, también del leproso sirio y de la viuda de Sarepta. El Dios que opta por el marginado, por el menor…
Y esa apertura y esa opción les molestaba.  Se consideraban atacados en su privilegio religioso; no pueden creer a ese hombre que anuncia un Dios así. Porque un Dios así: abierto, misericordioso, no excluyente les obligaba a ellos, les urgía a cambiar sus sentimientos, sus actitudes, sus comportamientos, les complicaba la vida. Porque Dios es normativo…
     Y eso les escandalizaba. Si no sonara a irreverencia podría decirse que la persona y la vida de Jesús, desde el nacimiento a la muerte, estuvo envuelta en el “escándalo”. Sus orígenes, su nacimiento, su vida en Nazaret resultan “desconcertantes”. También su vida pública y su final en la cruz. Fue tildado de loco (Mc 3,21), endemoniado (Mc 3,22), blasfemo (Mc 2,6-7)…
     Y Jesús lo previó y lo asumió (Mc 6,4; 14,27). Pablo, más adelante, lo presentará como “escándalo” para los judíos y “necedad” para los gentiles (1 Cor 1,23; cf. 1 Pe 2,7-8).
            Y ¿en qué consistía ese escándalo? En el Dios que encarnaba y anunciaba. ¡Dios no podía ser así!, pensaban y decían sus contemporáneos. Y, sin embargo, Jesús decía: ¡Dios es así!  En realidad el escándalo era Dios. Jesús no se desdijo, solo añadió: “Dichoso el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6).
            A lo largo de los siglos, a Jesús se le rechazará por razones distintas, pero en el fondo estará la misma dificultad -"¿No es este el hijo de José?". ¡No es más que el hijo de José!
            Hemos de estar atentos, porque quizá seamos de los que aceptan de buena gana a Jesús, mientras eso no nos complique la existencia. Pero cuando un acontecimiento nos sitúa ante una exigencia evangélica que nos parece inadmisible, y la del amor es la más radical, -"el amor cree sin límites, perdona sin límites, aguanta sin límites"(2ª lectura)- en seguida aparece un "¡No puede Dios pedirme eso!". Y empujamos a Jesús fuera de nuestra vida.
            Hay que estar muy atentos ante la tentación de escoger en el Evangelio entre lo que nos va y lo que no nos va...; procediendo así corremos el peligro de ir arrinconando a Jesús, hasta acabar por echarle fuera de nuestro espacio personal y vital.
            El final de esta página evangélica es tremendo: "Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba". ¡Es tremendo rechazar a Jesús; pero no es imposible! Hay muchas formas de hacerlo.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo es mi amor?
.- ¿Me “escandaliza” Jesús o me deja indiferente?
.- ¿Siento en mi vida, como Jeremías, la fuerza de Dios?



DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 21 de enero de 2016

DOMINGO III -C-

1ª Lectura: Nehemías  8,2-4a. 5-6. 8-10

    En aquellos días, Esdras, el sacerdote, trajo el libro a la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían comprender. Era el día primero del mes séptimo. Leyó el libro en la plaza que hay ante la puerta del agua, desde el amanecer hasta el mediodía, en presencia de hombres, mujeres y de todos los que podían comprender; y todo el pueblo estaba atento a libro de la ley.
    Esdras, el sacerdote, estaba de pie sobre un estrado de madera, que habían hecho para el caso. Esdras abrió el libro a vista del pueblo, pues los dominaba a todos, y cuando lo abrió, el pueblo entero se puso en pie.
    Esdras pronunció la bendición del señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando la mano, respondió: “Amén”, Amén”; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor.
    Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura.
    Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y letrado, y los levitas que enseñaban al pueblo, decían al pueblo entero: Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis (porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley). Y añadieron: Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quienes no tienen preparado, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    La lectura pública de la ley constituye el último paso del proceso de reconstrucción de la comunidad del retorno del exilio babilónico, tras la restauración del templo, la purificación del pueblo y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén. El pueblo restaurado inagura en una asamblea santa su nueva existencia. Preside el acto la Palabra de Dios proclamada, explicada y aclamada. El texto deja entrever la importancia y el influjo de la Palabra de Dios (la ley mosaica) en la configuración de la comunidad postexílica. El contexto es claramente litúrgico y sigue un orden muy semejante al que solía darse en la lectura sinagogal. Todo termina en una invitación a la fiesta.  


2ª Lectura: 1 Corintios 12,12-30

    Hermanos:
    Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo… Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en primer lugar a los apóstoles, en el segundo a los profetas, en el tercero a los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas. ¿Acaso son todos apóstoles?, ¿o todos profetas’, ¿o todos maestros?, ¿o hacen todos milagros?, ¿tienen todos don para curar?, ¿hablan todos en lenguas o todos las interpretan?

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Esta reflexión de Pablo nace, en principio, para atemperar ciertos excesos carismáticos en la comunidad de Corinto. Los carismas son expresión de la riqueza espiritual de la comunidad visitada por el Espíritu, y no pueden fragmentarla. El Apóstol recuerda que el bien común es la norma suprema. Es significativa y audaz la comparación de la comunidad como Cuerpo de Cristo. Es el mayor nivel de la sacramentalidad de la Iglesia, pero siempre cohesionada entre sí y vinculada a la Cabeza.


Evangelio: Lucas 1,1-4; 4, 12-21
                                                    
    Ilustre Teófilo:
    Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
    En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos le alababan.
    Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desarrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”.
    Y, enrollando el libro, lo devolvió al que lo ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

                        ***                  ***                  ***                  ***


   Dos presentaciones contiene este relato. La primera es la del proyecto literario/teológico del Evangelio. La hace el mismo autor, san Lucas. El evangelista se sitúa dentro de la cadena de los que han intentado componer un relato de los orígenes. Basado en las tradiciones orales de los primeros testigos, investigadas cuidadosamente, ha elaborado su Evangelio con una clara finalidad pastoral: para consolidar la fe de Teófilo (se discute la identidad de este personaje).
     Y, tras la presentación de la obra, la segunda presentación: la del protagonista,  Jesús. Fortalecido con el Espíritu Santo, tras la experiencia del Jordán y del desierto, Jesús regresa a Galilea. La escena reseñada tiene lugar en la sinagoga de Nazaret. De pasada, Lucas deja tres informaciones: Nazaret era el lugar donde se había criado  Jesús; que este era un observante del sábado y que su presencia en la sinagoga no era una presencia pasiva. Pero el acento recae en la misión del Ungido: una misión regeneradora en favor de los más desfavorecidos.  
    

REFLEXIÓN PASTORAL

    Tras el Bautismo y  la experiencia del desierto, Jesús, fortalecido por el Espíritu y entregado a la misión, regresa a Galilea.
    En Nazaret, un sábado entra en la sinagoga, lugar de la Palabra, como era su costumbre.  Y se ofreció a hacer la lectura de la Escritura. Una lectura sorprendente e identificadora.
   El evangelio nos muestra de manera expresiva  cómo Jesús abría la Sagrada Escritura -con dignidad-, cómo se abría a ella -personalmente-, y cómo abría a los demás a esa Palabra -provocando admiración y rechazo-. ¿Qué matices revistió la lectura bíblica realizada por Jesús? Partiendo del testimonio aportado por Lucas, puede subrayarse lo siguiente:
a)      Personalización de la Palabra
Jesús asumió, interiorizó e hizo presente en su persona los contenidos fundamentales de la Palabra de Dios. Él, que personalmente era la Palabra eterna encarnada (Jn 1,14) fue, también, el encarnador de la palabra histórica de Dios (Lc 4,21); cumplimiento que culminó en su muerte (Jn 19,30).  Los contornos de su vida están delimitados por la Palabra de Dios: su vivir fue un vivir por el Padre (Jn 6,57), para el cumplimiento de su voluntad (Jn 4,34), para proclamar su Palabra (Jn 12,49-50).
b)      Radicalización de la Palabra
Jesús libera a la Palabra de Dios de las glosas históricas y escolares (Mt 15,6), descubriendo su auténtica originalidad (Mt 19,1-9) e intencionalidad (Mt 5,21-48), descalificando la autosuficiencia farisaica (Mt 5,20) y generando actitudes de pobreza interior y de apertura a la gracia. Con Jesús, Dios vuelve a ser “salvador” y no sólo “remunerador”, y la salvación es “gracia” y no “mérito” personal.
c)      Recreación de la Palabra
La radicalización de la Palabra dio origen en Jesús a un nuevo lenguaje sobre Dios. Los habitantes de Cafarnaún lo percibieron muy pronto: “una doctrina nueva, expuesta con autoridad” (Mc 1,27), pero también conflictiva (“solivianta al pueblo enseñando…” Lc 23,5). En Jesús la Palabra de Dios vuelve a recuperar la tensión profética, potenciando sus resonancias. Jesús pone en contacto a los marginados con la Palabra, asumiendo su mundo; el lenguaje se vuelve heterodoxo, pero se llena de esperanza y de futuro.
     Desde esta lectura, Jesús se identifica como el Ungido y enviado a evangelizar. E identifica su Evangelio: no es un adoctrinamiento ni una moralización de la vida, sino una regeneración de la vida. 
     Evangelizar es humanizar según el proyecto de Dios (Gen 1,26). Y esa fue la tarea de Jesús, dignificar  la condición humana, dando sentido a los sentidos perdidos del hombre; levantar del suelo, hacer caminar y hasta revivir…
      Jesús no solo marcó objetivos, no solo diseñó caminos: los anduvo, convertido en acompañante paciente del hombre Y esta es la primera acción pastoral y educativa: ayudar al hombre, que parece haber perdido el sentido profundo y vive asentado, y a veces prematuramente aparcado, en la periferia de las cosas y de la vida, a ver, a oír, a caminar por un mundo cada vez más confuso.
      Evangelizar no es solo, ni sobre todo, predicar, sino hacer explícito a Jesús. Y un criterio para evaluar el nivel evangelizador de una praxis pastoral/educativa es evaluar el nivel de humanidad que genera.
      La Palabra de Dios, y singularmente el Evangelio, es un hontanar de humanidad, en el que puede saciarse la sed de ser hombre a poco que se afine la sensibilidad y la capacitación para leer su mensaje humanizador en unos textos que, si bien envueltos, a veces, en un lenguaje mitológico, son un modo de ilustrar dramáticamente el problema existencial del hombre.
    

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿De qué soy yo mensajero?
.- ¿Siento al otro como “miembro” del cuerpo de Cristo?
.-¿Cómo “leo” la palabra de Dios?

DOMINGO J. MONTERO, OFMCap.