martes, 30 de agosto de 2022

DOMINGO XXIII -C-

1ª Lectura: Sabiduría 9,13-19.

¿Qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere? Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles; porque el cuerpo mortal es lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente que medita. Apenas conocemos las cosas terrenas y con trabajo encontramos lo que está a mano: ¿Pues quién rastreará las cosas del cielo, quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? Solo así serán rectos los caminos de los terrestres, los hombres aprenderán lo que te agrada;  y se salvarán con la sabiduría los que te agradan, Señor, desde el principio.

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 El texto seleccionado forma parte de la oración de Salomón para alcanzar la sabiduría (Sab 9). En él se subraya la debilidad del hombre para conocer por su propio dinamismo, por sus propias fuerzas, el proyecto de Dios. Tal constatación no obedece a un pesimismo antropológico, sino a un realismo experiencial. En la formulación de su pensamiento se detectan elemento del pensamiento platónico combinados con imágenes bíblicas (cuerpo / tienda). Solo con el Espíritu de Dios puede el hombre acercarse a la comprensión de sus designios y orientar hacia él sus pasos

2ª Lectura: Filemón 9b-10. 12-17.

Querido hermano:

Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envío como algo de mis entrañas. Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo: así me harás este favor no a la fuerza, sino con toda libertad. Quizá se apartó de ti para que le recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido. Si yo lo quiero tanto, cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano. Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí mismo.

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Onésimo, servidor de la casa de Filemón, en Colosas, huyó  de su amo -¿motivo?-, y encontró a Pablo en la prisión, probablemente de Éfeso. Allí abrazó la fe. Ahora Pablo se lo devuelve, pero cambiado: “como hermano querido”. La argumentación está teñida de ternura: Onésimo forma parte de su propia vida. La fuerza transformadora del Evangelio propicia una vivencia nueva de las relaciones sociales, rescatándolas de lo servil para convertirlas en fraternas. Destacable es cómo hasta la prisión es un espacio de evangelización cuando el celo del Evangelio anida en el corazón del cristiano. Es una concreción de aquel dicho: Evangelizar “a tiempo y a destiempo… (II Tm 4,2); porque “la palabra de Dios no está encadenada” (II Tm 2,9).

Evangelio: Lucas 14,25-33.

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso así mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no  lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: ‘Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar´. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”.

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A los que le siguen Jesús les formula con claridad hasta dónde debe llegar la opción por él: el listón es alto. Por eso invita a un discernimiento profundo. El seguimiento conlleva implicaciones dolorosas, posponer, renunciar… Pero el seguimiento no se reduce a eso, porque abre a horizontes nuevos: la familia se engrandece (Mc 10,29-30),  y la persona se enriquece con un tesoro escondido (Mt 13,44).

Se trata de poner a Jesús en el centro: de “tomar conciencia de su persona” (Flp 3, 10), de “incorporarse a Él” (Flp 3, 9), de personalizar “su misma actitud” (Flp 2,5), de “vivir como él vivió” (I Jn 2,6)..., y eso no se improvisa.

Al seguimiento cristiano le es imprescindible ese talante contemplativo o interiorizador de la persona de Cristo, hasta el punto de experimentar su presencia como una seducción permanente (Flp 3, 12), inspiradora de los mayores radicalismos (Flp 3,8).

“De oídas” podrá iniciarse el seguimiento, pero no puede mantenerse, tiene que resolverse en el conocimiento personal -“venid y lo veréis” (Jn 1,39), “ven y lo verás” (Jn 1,46)-. Seguimiento que implica esfuerzo (Lc 13, 24), violencia (Mt 11, 12), pero que no es forzoso ni violento, sino propuesto y abrazado desde la libertad: “el que quiera...”  (Mc 8, 34).

El proyecto de “seguir”, de “vivir como” es muy vulnerable: podemos evadirnos de él hacia el mundo ideológico, al sentimentalismo, a un cierto legalismo, a un activismos o a compromisos no contrastados con el querer de Dios. No basta con hablar del “seguimiento”, hay que vivir “en seguimiento”.

REFLEXIÓN PASTORAL

No nos lo pone fácil Jesús. Sus palabras invitan, cuando menos, a la reflexión, porque son muy serias. A Jesús, por lo visto, no debía gustarle mucho eso que hoy llamamos cristianismo sociológico; Él quería un cristianismo personalizado, fruto de una decisión madura y renovada cada día. Tampoco, por lo visto, le gustaban los irreflexivos.

A una multitud que le seguía de una manera bastante folklórica  e incomprometida, atraída por los milagros, Jesús les lanza este mensaje clarificador. Y creo que debió hacerlo con cariño, pues un mensaje así, propuesto de otra manera sería una provocación. ¿O fue eso lo que buscaba Jesús, provocar una fuerte reacción en sus oyentes? Nosotros, a fuerza de repetirlas, nos hemos acostumbrado a ellas y las oímos sin mayores sobresaltos. Sin embargo, estas palabras dan que pensar; son palabras mayores.

Porque Él no vino a anular la revelación de Dios. En la polémica contra los fariseos revalidó el valor del cuarto mandamiento por encima de cualquier otra exigencia (Mt 15,1-9); defendió la perennidad del vínculo matrimonial frente a interpretaciones más relajadas (Mt 19, 1-9); no dudó en afirmar que el amor al prójimo como a uno mismo -lo que supone que el amor a uno mismo no es malo en sí- era el segundo gran mandamiento de la Ley (Mt 22,34-40).

Entonces, ¿qué quiere decir con estas palabras: “El que venga conmigo si no pospone a su padre, a su madre, a su mujer… e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo”?

Jesús no ha venido a destruir los amores fundamentales del hombre, sino a fundamentarlos en un amor previo: el amor a Él. Y desde ese amor, encarnado en cada uno, nos dice “amaos como yo os he amado” (Jn 13,34), hasta dar la vida, “porque nadie ama más que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13). Desde el amor a Cristo, el amor a los padres, el amor conyugal, el amor familiar y a  uno mismo se radicaliza, profundiza y purifica.

Jesús nos dice que hay que amar y amarnos cristianamente. El amor total a Cristo, a Dios, no puede  nunca convertirse  en pretexto o excusa para no amar al prójimo; pero como no hay amor más grande que el de Dios al hombre, tampoco puede haber en el hombre amor más grande que el amor a Dios.

Y lo mismo podemos decir de la renuncia a los bienes: Jesús no nos pide  el abandono de las cosas, sino que nos abandonemos a las cosas, “pues la vida del hombre no depende de sus posesiones” (Lc 12,15). Que no pongamos en ellas una confianza desmesurada que nos haga olvidar la confianza en Dios y las exigencias y necesidades de nuestro prójimo.

Jesús no está invitando tanto a odios y a renuncias cuanto a amores y a entregas, eso sí, perfectamente clarificados y purificados. Nada ni nadie debe interponerse en el seguimiento y amor de Cristo; todos los espacios de la vida, incluso los más íntimos, como son los familiares, deben evidenciar que Cristo es prioritario. Pero eso no merma, sino que posibilita vivir en plenitud todas las formas del amor.

Estas palabras de Jesús deben darnos que pensar y, sobre todo, deben darnos que hacer.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Me defino como “seguidor” de Jesús?

.- ¿Qué implicaciones trae ese seguimiento a mi vida?

.- ¿Siento inquietud por dar a conocer a Jesús?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, Franciscano - Capuchino

 

martes, 23 de agosto de 2022

DOMINGO XXII -C-

1ª Lectura: Eclesiástico 3,19-21. 30-31.

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios; el oído atento a la sabiduría se alegrará.

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En esta instrucción se recomienda la humildad, no la humillación, que permite una vida serena y alcanza el favor de Dios que “enaltece a los humildes” (Lc 1,52). Y advierte de la conveniencia de discernir los comportamientos. La herida del cínico es peligrosa porque procede de una raíz dañada, de un corazón torcido.

2ª  Lectura: Hebreos 12,18-19. 22-24a.

Hermanos:

Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni habéis oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando.

Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a la asamblea de innumerables ángeles, a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

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El texto habla de las dos Alianzas, la protagonizada por Moisés y la protagonizada por Jesús, destacando la superioridad y el carácter definitivo de la segunda, la Nueva en contraposición a la Vieja. La primera tuvo su patria y su promesa en la Tierra, la segunda tiene su patria y su promesa en el Cielo. Caer en la cuenta de ser miembros de esta nueva Alianza exige vivir en permanente gratitud y guardarse de “rechazar al que os habla… y ofrecer a Dios un culto que le sea grato” (Heb 12, 25.28).

Evangelio: Lucas 14,1. 7-14.

Entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: ‘Cédele el puesto a este ´. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba ´. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

Y dijo al que le había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ricos; porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.

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La escena presenta a Jesús como “Maestro” de sabiduría, invitando a rechazar la vanidad y la prepotencia, y a asumir la humildad como estrategia de comportamiento. Pero reducir a esto el mensaje sería muy poco. Jesús no está diseñando solo una táctica para “ascender” a los puestos de honor; está describiendo el comportamiento de Dios, encarnado de manera singular en Él. Él ha venido y se ha puesto el último de la fila (Flp 2,6ss), y ha invitado a su banquete a los “cansados y agobiados…” (Mt 11,28), perdidos “por los caminos” (Mt 22,9). Él se ha hecho “humilde de corazón” (Mt 11,29).

REFLEXIÓN PASTORAL

En una sociedad en que la gente se esfuerza por ascender, por ocupar los primeros puestos, por encabezar todo tipo de listas, aunque para eso tenga que convertir a otros en peldaños en la escalera del propio ascenso…; en una sociedad que ha convertido el interés -el alto interés- en el único criterio de inversión…; en una sociedad en la que antes de prestar se garantiza la solvencia del acreedor… En una sociedad así, y así es la nuestra, la invitación a ocupar el último puesto del banquete provoca, en el mejor de los casos, una sonrisa de compasión condescendiente. Y la urgencia de dar a fondo perdido, sin esperar la devolución, el principio de la ruina…

Al oír estos planteamientos no pocos, quizá, nos preguntemos si el Evangelio sigue teniendo vigencia hoy; si no habrá ya pasado su momento… Si a esto añadimos las advertencias que se nos hacen en la primera lectura -“En tus asuntos procede con humildad…, hazte pequeño”-, la cosa se complica aún más. ¡Así no vamos a ninguna parte!

Jesús no fue ningún ingenuo, ni su mensaje una ingenuidad. Encierra en sí una enorme carga explosiva y transformadora, que le explotó en sus propias manos. Jesús fue eliminado por decir y hacer, entre otras cosas, esto que hoy hemos escuchado y aclamado.

Echemos una mirada al mundo en que vivimos. ¿A dónde está conduciendo el desmesurado interés de las grandes potencias? A dejar insolvente a medio mundo; a hundir en el endeudamiento a países que así ven alejarse de ellos toda posibilidad de progreso, de autonomía y de paz.

Y cosa parecida ocurre con la carrera por ocupar los primeros puestos en los diversos banquetes de la vida. ¡A cuantos hay que descalificar y hasta eliminar para llegar a ser los primeros! ¡Cuántas zancadillas y empujones para encabezar una lista!

¡No! La advertencia de Jesús no es una ingenuidad. Lo que ocurre es que Él tenía la rara virtud de decir sencillamente las cosas más importantes. Nuestra vida sería más relajada y festiva, menos polémica y menos tensa si tuviéramos esto en cuenta. El Evangelio no ha pasado; lo que ocurre es que nosotros aún no hemos llegado a él o, lo que es peor, hemos pasado de él.

Pero hay algo más; con estas palabras Jesús no solo está denunciando unos comportamientos equivocados; nos está enseñando algo más que a ser humildes y desinteresados, nos está diciendo cómo es Dios. Dios hizo una inversión a fondo perdido a favor del hombre, cuando el hombre era totalmente insolvente. “Cuando todavía estábamos sin fuerzas, escribe san Pablo, Cristo murió por los impíos…; por un hombre bueno tal vez alguno se atrevería a morir, pues la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5,6-8).

Al venir a nuestro encuentro, Dios no eligió posiciones de privilegio. “Siendo de condición divina, se despojó…” (Flp 2,7). Pero la cosa no terminó ahí: “Por eso Dios le exaltó, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble…” (Flp 2,9-10). Y también al que, al estilo de Jesús, ocupe el último lugar del banquete, el Padre le dirá: “sube más arriba”…; porque “el que se humilla será ensalzado”.

Jesús tenía autoridad para darnos esta lección; él la había encarnado; hablaba con experiencia y por experiencia, por eso tiene derecho a exigirnos. Si somos cristianos no nos queda sino “apropiarnos su sentimientos” (cf. Flp 2,1).

El Evangelio no ha pasado; lo que ocurre es que, quizá, aún no hemos llegado a él. Y, sin embargo, ese es nuestro punto de encuentro.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿A qué puesto aspiro en la vida?

.- Si humildad es andar en verdad, ¿por dónde ando yo?

.- ¿Me encuentro a gusto entre los humildes?

 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.

 

 

miércoles, 17 de agosto de 2022

DOMINGO XXI -C-

1ª Lectura: Isaías 66,18-21.

    Esto dice el Señor: “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua; vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia; a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria: y anunciarán mi gloria a las naciones. Y de de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballos y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi Monte Santo de Jerusalén -dice el Señor-, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas -dice el Señor-“.

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    El texto se encuentra al final del libro de Isaías, y es una declaración explícita de la misericordia de Dios y de su voluntad salvadora, que implica la reunión de todos los pueblos y naciones en su Monte Santo. Y también de entre esos pueblos escogerá sacerdotes y levitas. Dios manifiesta así su voluntad no excluyente. Ningún pueblo está al margen: “Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (I Tim 2,4).

2ª Lectura: Hebreos 12,5-7. 11-13.

    Hermanos: Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: “Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos”. Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos? Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero después de pasar por él, nos da como fruto una vida honrada y en paz. Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.

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    Esta exhortación, inspirada en Prov 3,11-12, es una invitación a reconocer con gratitud la paternal pedagogía de Dios. Y reaparece en Apocalipsis 3, 19, en la carta al Ángel de la Iglesia de Laodicea. ¿De qué corrección se trata? De la invitación a caminar en la ruta del Evangelio, que en ocasiones desvela nuestros pasos descaminados, invitándonos a entrar por la puerta estrecha y a adentrarnos por el camino angosto propuesto por Jesús, pero, en definitiva, Camino de vida.

Evangelio: Lucas 13,22-30. 

    En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. Jesús les dijo: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entra y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: ‘Señor, ábrenos´  y él os replicará: ‘No sé quiénes sois´. Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas´. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados´. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”. 

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    En tiempo de Jesús, las escuelas rabínicas mantenían opiniones muy diversificadas al respecto. Jesús reorienta la pregunta: no se trata de un conocimiento teórico, curioso, sino de un planteamiento práctico. No hay que preocuparse de saber el número de los que se salvan, sino ser del número de los salvados. Y Jesús responde que del Reino de Dios no hay excluidos, pero puede haber auto-excluidos. 

REFLEXIÓN PASTORAL

    “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. Sin duda, Jesús hubiera preferido que la pregunta le hubiese sido formulada en estos términos: “Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 10,25). Por eso su respuesta no fue de orden matemático (cuántos), sino de orden ético (cómo): “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. En todo caso el tema es importante, porque “al final de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no sabe nada”.

    El hombre siempre ha sentido inquietud y hasta ansiedad por conocer esta cifra misteriosa. En las escuelas rabínicas contemporáneas a Jesús  se dividían las opiniones: para unos eran muchos, para otros eran pocos. También a lo largo de la historia en la Iglesia ha habido voces y opiniones dispares al respecto.  Los Santos Padres opinaban, en general, que eran pocos. Los autores modernos se inclinan por que son muchos, incluso  que todos sin excepción, aduciendo la eficacia de la redención de Cristo. ¡Un buen deseo, sin duda! En todo caso, el proyecto de Dios es claro: “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (I Tm 2,4. De eso nos habla el texto profético de Isaías (1ª) y el evangelio.

    Pero, ¿por qué entregarse a más  especulaciones? El único que pudo decírnoslo, Jesús, no quiso responder. O mejor, sí respondió. “No te preocupe saber el número de los elegidos, procura ser tú del número de los elegidos. Esfuérzate en ello”. Porque la salvación no es una lotería -sería irrespetuoso imaginarse a Dios sacando bolas salvadoras de un bombo-, ni un seguro que nos permita vivir irresponsablemente. Es, ante todo, gracia de Dios -“por gracia habéis sido salvados” (Ef 2,5-, no discriminante y abierta, pero es también llamada, urgencia que exige responsabilidad... Por eso nos dice Jesús: “esforzaos, velad…”.

    No nos refugiemos en un Cristo fácil, porque ese Cristo no existe.  El camino cristiano es arduo, tanto que muchas veces deja de ser camino para convertirse en áspera y vertiginosa senda, abierta paso a paso con el sudor del esfuerzo y hasta con sangre. En este sentido se expresa el texto que hemos leído de la Carta a los hebreos.  Hay, pues, que abordar correctamente el tema.

  Situarnos ante el problema de la  salvación como espectadores curiosos, considerándolo como algo exterior a nosotros, que todavía no nos afecta, es una postura equivocada y, sin embargo, muy frecuente.

    Más que preguntar si serán muchos o pocos, la pregunta justa debe ser: ¿Estoy yo en camino de salvación? ¿Acojo esa llamada en mi vida? ¿Vivo la salvación que Dios ha operado en mí por el bautismo? ¡Nos falta la conciencia de sentirnos ya salvados! Por eso nos falta audacia y coherencia para vivir esa realidad.

    Sabernos ya salvados debería lanzarnos a buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia; a aspirar a las cosas de arriba; a entrar en comunión más auténtica con los otros. Nos salvaremos, si ya ahora nos sentimos salvados y vivimos en consecuencia; no aduciendo falsas credenciales (ni siquiera la de los cumplimientos religiosos). La vida cristiana es mucho más que un rito. Es un reto. “Sabemos que estamos salvados, si amamos a los hermanos” nos dice S. Juan (I Jn 3,14). Cristo abrirá las puertas de Reino a los que respondan positivamente a este test existencial, “Tuve hambre y me disteis de comer…”, porque “lo que hicisteis a uno de éstos…”.   El problema de la salvación, pues, no es del más allá, sino del más acá.

    Y sintiéndonos salvados, debemos ser agentes, instrumentos de salvación. Pero no podemos engañarnos ni engañar. Jesús dijo que su Reino no era de este mundo; que su paz no era como la del mundo; que su salvación no se regía ni se reducía a los esquemas de este mundo..., por eso, precisamente, es necesaria para este mundo. Frente a los que pretenden liberar matando al opositor, Jesús libera muriendo por el opositor... Es el esfuerzo de la puerta estrecha… Hoy falta valor para hacer llamadas al sacrificio, porque en el fondo falta el convencimiento de que valga la pena sacrificarse por algo. La oferta placentera  a corto plazo y a bajo precio es la más abundante.  Pero Jesús no es de los que piensan así. Su oferta vale  pena, no es una ganga. Es un producto de calidad, y exige comportamientos de calidad. Por eso no duda en decir: “Esforzaos...”

    Acojamos esta invitación del Señor, porque lo importante no es saciar la curiosidad de saber si son muchos o pocos los que se salven, sino la conciencia de saber si nosotros estamos o no en vías de  salvación. Veamos si hay que rectificar caminos o si incluso es necesario abandonar caminos. Porque esa es la gran sabiduría de la vida: encontrar el camino de la salvación y recorrerlo con el Señor y los hermanos.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Estoy yo en camino de salvación?

.- ¿Vivo la salvación que Dios ha operado en mí por el bautismo?

.- ¿Acojo con responsabilidad la llamada de Jesús al “esfuerzo”?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, Franciscano Capuchino.

miércoles, 10 de agosto de 2022

DOMINGO XX -C-

1ª Lectura: Jeremías 38,4-6. 8-10.

En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: “Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad, y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia”.

Respondió el rey Sedecías: “Ahí lo tenéis, en vuestro poder: el rey no puede nada contra vosotros”.

Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Melquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo.

Ebedmelek salió del palacio y habló al rey: “Mi rey y señor, esos hombres han tratado inicuamente al profeta Jeremías, arrojándolo al aljibe, donde morirá de hambre (porque no quedaba pan en la ciudad)”.

Entonces el rey ordenó a Ebedmelek: “Toma tres hombres a tu mando, y sacad al profeta Jeremías del aljibe, antes de que muera”.

 

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La intervención de Jeremías, desaconsejando la oposición a los caldeos, le acarreó el calificativo de antipatriota. Eso le condujo a la situación que narra el texto seleccionado. La historia dio la razón a Jeremías (Jer 39). La acusación de que desmoralizaba al pueblo, esgrimida por los príncipes, era interesada: pretendían defender sus posiciones de privilegio. Jeremías veía más allá de la supervivencia de una “clase política”, le preocupaba la situación del pueblo. También a Jesús le acusaron de desestabilizador social (Lc 23,5), simplemente porque distinguía la política del Reino de Dios de las políticas interesadas de supervivencia. No es infrecuente identificar el bien común con los propios intereses, y supeditar aquel a estos.

2ª Lectura: Hebreos 12,1-4.

Hermanos:

Una nube ingente de espectadores nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

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La carta a los Hebreos nos invita a “correr”, fijos los ojos en Jesús. Una imagen deportiva, que indica, además las exigencias para mantener la forma competitiva: liberarnos del impedimento -el pecado- que nos ata y paraliza. Ya san Pablo habla de “espíritu olímpico” (I Cor 9,24-27; Flp 3,12-14): ascético, optimista, generoso, inteligente, competitivo… Vivir olímpicamente la fe puede ser un estilo muy sugestivo y válido. Sin olvidar nunca la meta, sin perder de vista a Jesús, iniciador y meta de nuestra fe.

Evangelio: Lucas 12, 49-53.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz al mundo? No, sino división. En adelante, una familia de cinco está dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

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Sigue Jesús dirigiéndose a los discípulos. ¿De qué fuego habla Jesús? Del que purificará y abrasará los corazones, y que debe encenderse en la cruz, auténtica “pira” del amor purificador de Dios. También ese es el bautismo por el que anhela pasar. Jesús contempla ya un horizonte conflictivo, y eso lejos de arredrarle, le estimula.

Por otra parte, a los discípulos les advierte de la “tensión” que él ha venido a introducir en la vida. No es un rompe familias, pero hasta ahí pueden llegar la consecuencias y exigencias del seguimiento.

REFLEXIÓN PASTORAL

Jesús sigue dirigiéndose a sus discípulos, a nosotros. Y lo hace con palabras y propuestas impresionantes. No son palabras para escuchar “tranquilamente” en los bancos de la iglesia. Nada más lejos de Jesús que la ambigüedad. Desde la infancia fue presentado como bandera discutida ante el que tendrán que descubrirse y decidirse los pensamientos de los hombres, así le presentó el anciano Simeón. Y  desde entonces no dejó de ondearla hasta que fue izada en el mástil de la cruz.

Quiso claridad en todo, en el hablar y en el actuar. Descalificó las pretensiones posibilistas y contemporizadoras de nadar y guardar la ropa -“No podéis servir a dos señores” (Mt 6,24) -. Sin concesiones al sentimentalismo, descubrió los reales vínculos de su parentesco -“Mi madre y mis hermanos son  los que cumplen la voluntad del Padre” (Mt 12,50) -. Rehuyó sistemáticamente el aplauso interesado de los que pedían milagros, instrumentalizándolo  -“Vosotros me buscáis porque habéis comido pan hasta saciaros” (Jn 6,26)-. No dudó en calificar su propuesta de “vía estrecha”, y su Camino, de cruz…

Y lo de hoy ya lo acabamos de escuchar: un pirómano divino, que quiso deshacer con el fuego de su amor todos los hielos del corazón humano; que quiso acabar con tanta maleza como existía en la sociedad de su tiempo. Un intranquilizador, que vino a declarar la guerra a todas las falsas paces religiosas, políticas, sociales y hasta personales y familiares, porque hasta ahí pueden llegar las consecuencias de una verdadera opción por Jesús.

Es cierto que los cristianos, con el paso del tiempo, hemos ido dulcificando, moralizando esa figura tan enérgica. Hemos ido apagando ese fuego purificador para encender otros asoladores. Hemos arriado su bandera discutida, la cruz, cambiándola por otra más razonable y, sobre todo, la hemos izado en otro mástil, convirtiendo la cruz, de signo escandaloso en un adorno piadoso. Hemos declarado compatible, y hasta hemos subordinado, el Evangelio con otros mensajes. Hemos abandonado la “vía estrecha” por otra, en la que se pueda circular en todas las direcciones. Hemos pactado con casi todos y casi todo. Hemos pretendido hacer más asequible su mensaje, más universal, a costa de sacrificar sus exigencias, aguándolo…; pero, gracias a Dios, no lo hemos conseguido, ni lo conseguiremos mientras en nuestros oídos sigan resonando mensajes como los que acabamos de escuchar hoy en la palabra de Dios. Y tenemos que agradecérselo a Dios de verdad, porque nuestra inclinación es hacia un Cristo fácil, cómodo, pero ese Cristo no existe.

Hoy, desde los textos bíblicos, se nos invita a luchar contra el pecado en todas sus manifestaciones, personales y sociales, aún a costa de nuestra integridad física, pues “todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”, sin apartar nunca la vista de Jesucristo (2ª lectura).

El profeta Jeremías, fiel a su vocación y a la revelación de Dios, estuvo a punto de morir en una fosa porque no distorsionó la palabra de Dios, doblegándose y halagando las pretensiones de los cortesanos de  Jerusalén…, pero Dios lo libró.

“Una nube ingente de espectadores nos rodea…, corramos la carrera fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús”. Sí, a Jesús nunca hay que perderle de vista, so pena de  despistarnos, adentrándonos por caminos estériles, y de despistar a los otros.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es Jesucristo el referente de mi vida?

.- ¿A qué estoy dispuesto por su seguimiento?

.- ¿Soy posibilista, intentando servir a dos señores?

DOMINGO J: MNTERO CARRIÓN; Franciscano  Capuchino.

miércoles, 27 de julio de 2022

DOMINGO XVIII -C-

 1ª Lectura: Eclesiastés 1,2; 2,21-23.

Vaciedad sin sentido, dice el Predicador, vaciedad sin sentido; todo es vaciedad. Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, y tiene que legarle su porción al que no la ha trabajado. También esto es vaciedad y gran desgracia. ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol? De día dolores, penas y fatigas; de noche no descansa el corazón. También esto es vaciedad.

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El Eclesiastés pertenece, junto con el libro de Job, a lo que se conoce como exponentes de “la crisis del pensamiento sapiencial en Israel”. Es una obra crítica y lúcida sobre los avatares del hombre en la tierra sin otro horizonte que la muerte. El autor no niega el sentido de la vida, invita a descubrirlo más allá de la apariencia inmediata. No es un ateo, sino un creyente que muestra, desde la oscuridad de la inmanencia, la necesidad de otra clave para acceder a su conocimiento profundo de la existencia. A Dios no hay que acudir apresuradamente: no es una respuesta barata; primero hay que apurar las respuestas de la vida. Eclesiastés invita a “vivir” el tiempo, no a “pasar” el tiempo; a “aprovechar” la vida, no a “perderla”…, consciente de que lo visible no agota lo real.

2ª Lectura: Colosenses 3,1-5. 9-11.

Hermanos:

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

Dad muerte a todo lo terreno, que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres; porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

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A los cristianos de Colosas, Pablo les invita a profundizar su vida, radicándola y renovándola en Cristo; a buscar nuevos horizontes.  El cristiano tiene que desvestirse de “la vieja condición humana” (el pecado y sus obras: el viejo Adán) y revestirse de “la nueva condición” (la imagen de Cristo: el nuevo Adán). En el nuevo orden, alumbrado en Cristo, desaparecen las divisiones discriminatorias y aparece un mundo renovado y unido en una fraternidad consolidada, al que nos incorporamos por el bautismo.

Las recomendaciones de san Pablo son una llamada a los cristianos de hoy, que quizá aún no hemos realizado ese proceso de radicación y de reubicación y renovación de la vida, quedándonos en lo ritual y superficial.

Evangelio: Lucas 12,13-21.

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”.

Él le contestó: “Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”.

Y dijo a la gente: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Y les propuso una parábola:

“Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: ‘Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida´. Pero Dios le dijo: ‘Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?´”. Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios. 

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Ante la demanda puntual de uno que quería convertir a Jesús en mediador en asuntos de herencia, él aprovecha para instruir sobre algo que afecta a la “herencia” fundamental: la salvación. El hombre no debe equivocarse (pero puede hacerlo); en él hay dimensiones que no se sacian con productos efímeros.

El hombre puede ser dueño de muchas cosas, pero no es el dueño de su vida. Jesús vino a salvar la vida, no a devaluarla, rescatándola de afanes “intrascendentes”, abriéndola a horizontes y valores nuevos. “Atesorad tesoros en el cielo…” (Mt 6,19-20). La carta de Santiago (5,1-4) y la primera de Timoteo (6,9-10) pueden servir de  comentario a la parábola de Jesús. San Pablo muestra el sentido de los afanes del cristiano: “Si vivimos, vivimos para el Señor” (Rom 14,8), que es el señor de la vida y “amigo de la vida” (Sab 11,26).        

REFLEXIÓN PASTORAL

“Por ser criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y renunciar… Por ello siente en sí mismo la división… Son muchos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de tan dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no falta, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo.

Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean con mayor profundidad las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos, subsiste todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?...

Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo para que pueda responder a su máxima vocación… Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en el Señor. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, que es el mismo hoy, ayer y siempre”. Son todas expresiones del Concilio Vaticano II tomadas de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual.

Textos que acogen y responden a la temática sugerida por las lecturas bíblicas de este domingo: El sentido del quehacer humano, cuando se le despoja de su referencia trascendente (primera lectura); la urgencia de interiorizar nuestra vida y nuestra acción hasta cristificarlas (segunda  lectura); la convicción de que la grandeza del hombre no depende de sus bienes (3ª lectura). Son los temas y las cuestiones.

Un mensaje de gran actualidad para una sociedad como la nuestra, distorsionada y confundida, que explica y define al hombre en términos de consumidor y productor, ahogando dimensiones más profundas y humanas. Una sociedad que ha elevado a la categoría de meta el bienestar, sacrificando en ese altar todo tipo de víctimas, incluso humanas.

No se trata de contraponer, de establecer divisiones irreconciliables, sino de saber reconocer la verdad de las cosas -son criaturas, no ídolos- y la verdad del hombre, que no ha sido hecho para las cosas ni a su medida, sino para Dios y a su imagen. “Nos hiciste, Señor, para ti…”. Ésta es la vocación del hombre, su meta, y cualquier otra cosa es  “vaciedad sin sentido, todo vaciedad”. Pues los espacios que Dios no llena terminan por quedar vacíos. Y de ese vacío puede surgir la desesperación. En cambio, “quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios basta”.

La invitación a buscar “los bienes de allá arriba” no es una invitación a la huida o a la evasión, sino a inyectar esos “bienes” (la paz, la verdad, la justicia…) en la tierra, para renovar su rostro.

Con la parábola Jesús invita a la sensatez: llama la atención la necesidad de saber mantener siempre el control sobre las cosas y de no ser controlados por ellas, porque ahí está la libertad. El hombre rico llegó a la situación dramática de no ser él quien disponía de sus bienes, sino sus bienes los que disponían de él. Los bienes no son ni buenos ni malos, todo depende de quién “lleve” a quién, de quién sea el dueño de quién. En la parábola el dueño eran los bienes. Y a esa falta de discernimiento Jesús la llama necedad: “Necio esta noche te van exigir la vida”.

Sí, la palabra de Dios nos invita a la sensatez. Aquel hombre pudo haber tomado otras decisiones, por ejemplo, repartir la producción con los más necesitados, y así haber ganado la vida. Pero la codicia le volvió insensato.

¿Y qué pasa entre nosotros? ¿No estamos hundidos en esta crisis, que parece ahogarnos, por nuestra insensatez, por la codicia, por creer que la vida depende del dios dinero, poder y placer? La salida a esta situación será, seguramente, difícil, lenta y larga, y solo será posible si todos, a nuestro nivel, adoptamos una gran dosis de sensatez para no distorsionar los valores de la vida.

“Buscad los bienes de arriba… Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría… Despojaos del hombre viejo y revestíos del hombre nuevo”.

“Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21) dice Jesús. Pero también es verdad que donde está tu corazón, allí está tu tesoro. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Cuál es nuestro tesoro?

REFLEXIÓN PERSONAL

.-  ¿Cuáles son los valores que dan sentido a mi vida?

.-  ¿Es Dios el “ante todo” de mi vida?

.-  ¿Cómo invierto mi vida?, ¿en el interés personal o en la gratuidad?

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.

miércoles, 20 de julio de 2022

DOMINGO XVII -C-

 

1ª Lectura: Génesis 18,20-32.

En aquellos días, el Señor dijo: “La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré”. Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: “¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable, ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?”. El Señor contestó: “Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. Respondió Abrahán: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirá, por cinco, toda la ciudad?”. Respondió el Señor: “No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco”. Abrahán insistió: “Quizá no se encuentren más que cuarenta”. Le respondió: “En atención a los cuarenta, no lo haré”. Abrahán siguió: “Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?”. Él respondió: “No lo haré, si encuentro allí treinta”. Insistió Abrahán: “Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran solo veinte?”. Respondió el Señor: “En atención a los veinte no la destruiré”. Abrahán continuó: “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?”. Contestó el Señor: “En atención a los diez no la destruiré”.

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El relato es de gran belleza y profundidad. Discurre entre Dios y Abrahán, una vez que los dos acompañantes de Dios marcharon a Sodoma. La acusación contra Sodoma era de inmoralidad (sodomía). Dios quiere verificar la acusación. Abrahán asume el papel de intercesor interesado, pues en Sodoma estaban Lot y su familia, y quiere salvarlos. El diálogo con Dios está construido con sutileza. Abrahán va rebajando el número de justos creyendo poner un tope a Dios, pero Dios accede a cada propuesta de Abrahán. Dios no se cansa de perdonar, pero Abrahán se cansa de interceder. Se detiene en el número 10, una vez que ha asegurado la salvación de la familia de Lot (Gn 19,15-16). Según Jer 5,1 y Ez 22,30, Dios perdonaría a Jerusalén aun cuando no hallara en ella más que un justo. En Is 53, el sufrimiento del Siervo salvará a todo el pueblo. La misericordia de Dios es infinita y se ha revelado en plenitud en Cristo. 

2ª Lectura: Colosenses 2,12-14.

Hermanos:

Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

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Cristo ha borrado el protocolo de nuestra condena: la Ley, que nos descubría el pecado, pero no nos daba la fuerza para vencerlo. Esta fuerza nos ha venido de Cristo,  personalización de la misericordia de Dios. El cristiano por la fe en el Señor resucitado se ha incorporado sacramental y realmente a Cristo, pasando de la muerte a la vida, del régimen del pecado al de la gracia. Él es nuestra oración de intercesión ante el Padre.

Evangelio: Lucas 11,1-13.

Una vez que estaba orando Jesús en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”. Y les dijo: “Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la media noche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”.

                   ***             ***             ***             ***

El texto que ofrece la liturgia de hoy consta de tres bloques: 1) la oración del “Padre nuestro”; 2) la parábola del amigo importuno y 3) la eficacia de la oración.

Mientras los puntos 1) y 3) encuentran paralelos en Mt (6,9-13; 7,7-11), el 2) es propio de Lucas. Respecto del “Padre nuestro” las diferencias entre Mt y Lc son notables: el texto lucano es más breve, contiene cinco peticiones frente a las siete del mateano. También es distinto el contexto del mismo: en Mt la iniciativa parte de Jesús en una instrucción sobre la oración (Mt 6,7-8); en Lucas, a petición de los discípulos. Todo ello deja entrever la existencia de dos recensiones de la oración dominical. A pesar de ser la de Lucas la más breve, se reconoce la antigüedad a la de Mateo.

Con la parábola del amigo importuno Jesús invita a la perseverancia en la oración, y encuentra un duplicado en la parábola de la viuda que demanda justicia (Lc 18,1-8). “Pedid”, “Buscad”, Llamad”… A ello nos invita Jesús. 

REFLEXIÓN PASTORAL

El pasado domingo nos decía Jesús: “María ha escogido la mejor parte”. Hoy escuchamos esta petición de los discípulos: “¡Señor, enséñanos a orar!” 

¿Pero es posible orar hoy? ¿Sirve para algo?  Orar no solo es posible, sino urgente. El hombre sufre un acoso implacable a su verdad más profunda; más que nunca está expuesto a la equivocación; se experimenta indigente de sentido; busca un interlocutor  válido de quien fiarse y a quien confiarse sin temor a ser defraudado; vive en una dispersión interior y exterior..., y necesita reencontrase, verificar su posición, hallar ese espacio de confianza, de veracidad y de libertad..., y la  oración es la posibilidad de encontrar orientación a esa situación.

Pero la necesidad cristiana  de orar no se justifica desde las carencias, desde los riesgos y enigmas del hombre. Es más bien la manifestación de una nostalgia, la de Dios, de cuyas manos salimos y  a las que buscamos retornar para recobrar nuestro ambiente original. Es decir, que no oramos tanto por ser pobres y necesitados, cuanto por ser hijos. Por eso solo el Hijo puede enseñarnos a orar.

Porque la oración cristiana tiene sus peculiaridades y hasta sus incompatibilidades. No es un paréntesis que abrimos en la vida para hablar con Dios, ni una mera devoción o un acto más de piedad. Orar es estar abiertos en todas las situaciones de la vida a la búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios...

No es presentar a Dios nuestros proyectos, perfectamente delimitados, para que Él los rubrique; es presentarnos  para que Dios plasme en nosotros su proyecto.

No oramos para estar seguros y tranquilos, sino para escuchar cada día la voz del Señor que nos invita a salir de nosotros mismos, para seguir su camino.

No oramos para inmunizarnos ante las cuestiones más agudas y dolorosas de la existencia, sino para saber asumirlas e interpretarlas...

Por eso orar es mucho más que rezar, aunque el rezo sea también una forma de oración.

·        La oración pone en movimiento no los labios sino el corazón, por eso “al orar no digáis muchas palabras...” (Mt 6,7.).

·        La oración es un acto de fe, por eso, “cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis” (Mc 11, 24).

·        La oración no es ostentación ni ruido, por eso “cuando ores entra en tu cuarto...”(Mt 6,6)

·        La oración es comunión, por eso “si al presentar tu ofrenda ante el altar...” (Mt 5,23ss).

·        La oración debe ser perseverante, “porque quien pide, recibe” (Lc 11,10).

·        La oración debe ser cristiana, por eso “pedid en mi nombre” (Jn 14,14).

·        La oración debe ser perseverante, por eso “pedid, buscad, llamad…” (Mt 7,7)

·        La oración debe ser filial, por eso “cuando oréis decid: Padre” (Lc 11,2).

A Dios no le molesta nuestra insistencia sino nuestra inconstancia; no son nuestros méritos los que garantizan que nuestra oración sea escuchada, sino el amor de Dios. Y a Dios nos hay que ocultarle ninguna necesidad en nuestra oración, pero hay temas prioritarios  -el Reino y el Espíritu-.      

Centrado en lo fundamental, la causa de Dios y las necesidades del hombre, el “Padre nuestro” no es un formulario sino el ideario de los que buscan ante todo el Reino de Dios, confiando “lo demás” a la Providencia; es la oración de los hombres libres que perdonan, comparten y luchan; la oración de los hijos de Dios, y todo hombre lo es. Y desde ahí se nos descubre un horizonte nuevo: el de Dios y el del mundo. La oración es mística y compromiso humanizador.

Tenían razón los discípulos: “¡Señor, enséñanos a orar!”  Porque orar así no es fácil; pero así es como hemos de orar, si queremos hacerlo como seguidores de Jesús. Y sólo así nuestra oración será escuchada.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy constante en la oración?

.- ¿Es el “Padre nuestro” mi proyecto de vida, o un rezo rutinario?

.- ¿Soy solícito de las demandas de los que llaman a mi puerta?

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 11 de julio de 2022

DOMINGO XVI -C-

1ª Lectura Génesis 18,1-10a.

En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo: “Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol.  Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerza antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo”. Contestaron: “Bien, haz lo que dices”. Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: “Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza”. Él corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también cuajada, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron. Después le dijeron: “¿Dónde está Sara, tu mujer?” Contestó: “Aquí, en la tienda”. Añadió uno: “Cuando vuelva a ti, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”.

                                            ***             ***             ***

La promesa hecha por Dios a Abrahán (Gén 17,15-22) se retrasa. A pesar del nacimiento de Ismael, Abrahán espera a la puerta de la tienda. Este relato narra una aparición de Dios (vv. 1.3), acompañado de dos hombres, que según Gén 19,1 son dos ángeles. El texto vacila entre el singular y el plural. Muchos Padres han visto en estos tres personajes y en la adoración única de Abrahán un anuncio del misterio de la Trinidad. Dios en esta aparición reitera a Abrahán la promesa de una descendencia vía Sara. Y, además, le marca la fecha de cumplimiento. Esa esperanza de Abrahán, “contra toda esperanza” (Rom 4,18), le convirtió en “padre de los creyentes” (Rom 4,11) y en modelo de creyentes (Heb 11,8). Sin embargo, Isaac no agota la promesa, que hallará su plenitud en Jesucristo

2ª Lectura: Colosenses 1,24-28.

Hermanos:

Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el Misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos. A estos ha querido Dios dar a conocer la gloria y riqueza que este Misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida en Cristo.

                                       ***             ***             ***

Para animar a los Colosenses a participar en los duros trabajos del Evangelio, Pablo muestra su alegría de sufrir por Cristo y por los cristianos. Eso forma parte de su misión y de su condición de identificado con Cristo. Él no completa, porque fuera incompleta en sí, la obra de Cristo, sino porque cumple una de sus demandas: la incorporación personalizada a ella: “El que quiera…, tome la cruz y me siga” (Mt 16,24). Y eso supone asumir los sufrimientos que conlleva la evangelización.  Esa misión desvela el gran Misterio de la llamada universal a la salvación, que hace posible Cristo, la verdadera esperanza del mundo. 

Evangelio: Lucas 10, 38-42.

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.

                   ***             ***             ***             ***

Las dos hermanas evocan y parecen responder tipológicamente a las que aparecen en el relato de la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-44). Solo Lucas narra esta escena. En su sencillez el relato es elocuente. Nos habla de la “normalidad” de Jesús. La acogida de Marta supone que conocía al Maestro. Su afán en el servicio deja suponer que Jesús no entró solo en casa, sino acompañado de sus discípulos. Por otra parte, las palabras  de Jesús parece que  no se dirigirían solo a María sino a un grupo más amplio de oyentes. De esta escena se han destacado siempre las palabras de Jesús a Marta, que no descalifican su actitud de servicio -Jesús vino a servir-, pero la matiza. Hay que discernir: la escucha de la palabra de Dios es prioritaria, porque ese es el servicio más importante que ha de ejercitar el discípulo. Ambas hermanas encarna dos dimensiones del discipulado: escucha y servicio, pero por orden.

REFLEXIÓN PASTORAL

“¿Señor, quien puede hospedarse en tu tienda?” La hospitalidad, la acogida a distintos niveles es el mensaje de los textos bíblicos de este domingo. El salmo responsorial nos presenta a un Dios acogedor del hombre, al tiempo que nos avanza el requisito para ser su huésped, para entrar y morar en “su tienda”. Y las tres lecturas nos presentan a un Dios que busca ser acogido en la tienda del hombre, en su corazón.

Así la primera lectura, tomada del Génesis, nos muestra a Abrahán acogiendo la presencia misteriosa de Dios, por lo que  fue bendecido con una descendencia que perpetuaría su nombre; en el Evangelio, Jesús es acogido por unos amigos y nos lega un mensaje clarificador; y en la carta a los Colosenses aparece cómo Pablo, ejemplo de todo discípulo y apóstol, acoge a Jesús en su corazón, la auténtica morada que ansía el Señor.

Si no lo hubiera dicho Jesús, nosotros habríamos dado la razón a Marta. Sintonizamos más fácilmente con su activismo, que con la “inactividad” de María. Pero así de sorprendente es el evangelio. “María ha escogido la mejor parte”.  Jesús no descalifica el servicio de Marta (era una forma de expresar su amor al Maestro), lo clarifica advirtiendo sobre la necesidad de discernir  valores y prioridades.

No se trata de introducir divisiones entre oración y acción -una vida cristiana sin  oración, es una vida cristiana profundamente debilitada, imposible, y una vida cristiana sin acción, sin compromiso, es una vida cristiana alienada, también imposible-, sino de clarificar ambas cosas,  de discernir valores y prioridades. Una acción alimentada en la contemplación y una contemplación verificada en la acción.

Marta se afanaba por la alimentación de Jesús, olvidando que “yo tengo otro alimento..., hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,32.34). Se preocupaba  sólo por el pan, olvidando que “el hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

Ya, en otra ocasión, ante las pretensiones de algunos familiares, Jesús introdujo una aclaración importante: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Y en la misma línea, la alabanza que una mujer hizo de su madre (“Dichoso el seno que te llevó...”) recibió una matización importante: “Dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios”.  Y es que necesitamos escuchar la palabra de Dios y meditarla para no olvidarnos de Dios; necesitamos ese momento contemplativo para proveernos de la Verdad -que no se improvisa-; para no andar vacíos de criterios o con criterios vacíos; para que nuestra actividad no nos deshaga, ni nuestro servicio acabe en servilismos...

María escogió la mejor parte, pero no la parte más fácil, pues quien se decide a escuchar a Dios ha de comenzar por aceptar silencios profundos, porque la voz de Dios no es compatible con ciertos “ruidos”...  Y eso nos da miedo; y, por eso, nos quedamos con palabras vanas, quizá bonitas, halagadoras y hasta piadosas..., pero no salvadoras. Jesús nos dice que es la mejor parte, porque desde ella se clarifica y adquiere calidad nuestro ser y nuestro quehacer, es decir, nuestra vida.

Por eso no hay que olvidar que el personaje central es Jesús, Palabra encarnada de Dios. Un Jesús profundamente humano, que se deja querer, que acepta la invitación de unos amigos, y que  busca ser hospedado, acogido - “mira que estoy a la puerta llamando; si alguno me abre entraré y cenaré con él” (Apo 3,20)-, para seguir con su misión: evangelizar la vida.

En este tiempo de verano, de descanso para muchos, no para todos, acojámonos al Señor -“¿quién puede hospedarse en tu tienda?”- y acojamos al Señor, escuchando su palabra y poniéndola por obra. Porque el tiempo de descanso no puede ser un tiempo muerto ni neutro, un tiempo perdido. El descanso es, más bien, una oportunidad para agradecer a Dios este tiempo, que él inauguró después de la creación, viviéndolo, y no sólo “pasándolo” como un mero tiempo de ocio, sino como un tiempo de gracia.  

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Priorizo en mi vida la escucha de la palabra de Dios?

.- ¿Es la palabra de Dios quien inspira mi servicios?

.- ¿Soy hospitalario para acoger al que lo necesita?

 

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.