miércoles, 11 de noviembre de 2020

DOMINGO XXXIII -A-

1ª Lectura: Proverbios 31,10-13. 19.20.30-31.

    Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso, y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza. 

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    El texto seleccionado forma parte del último capítulo del libro de los Proverbios, dedicado a dibujar y exaltar el perfil de la mujer de valía. En realidad se trata de un canto a la mujer “gestora” del ámbito familiar. Trabajadora, organizadora, provisora…y benefactora y socialmente sensible a las necesidades de los pobres. No es este el único perfil femenino en el AT. También la hermosura y el protagonismo político (aquí silenciado) es destacada en otros escritos (Cantar de los cantares) y modelos (Judit, Ester, Susana, Betsabé, Raquel…). De todas formas, se trata de reivindicar el protagonismo social de la mujer, aunque con las limitaciones propias de aquella cultura.

2ª Lectura: 1 Tesalonicenses 5,1-6.

    En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: “Paz y seguridad”, entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores del parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.

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    Pablo invita a los cristianos de Tesalónica a vivir sensibilizados, pero no obsesionados ni confundidos con el tema del final de la existencia. Esta realidad creada está llamada a ser asumida en la eternidad del amor de Dios, que no será destructivo, sino constructivo. Dios no destruye, recrea. El creyente cristiano ha de vivir con esta fe y esta esperanza, dando sentido a su vida (cf. Ef 1,10; 1 Cor 15,24.28). Ha de vivir despierto.

Evangelio: Mateo 25,14-30.

   En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido los cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.

Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.

Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui  a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siembro donde no siego y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

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   La parábola aparece en la sección escatológica del evangelio de Mateo, formando parte de las cinco parábolas de la “parusía” (el ladrón nocturno: 24,43; el mayordomo: 24,45-51; las diez vírgenes: 25,1-13; los talentos: 25,14-30 y el juicio final: 25, 31-46). ¿Era este su lugar original? El acento recae en el tercer servidor, y con ella se denuncia la actitud irresponsable ante los dones recibidos de Dios. Jesús denuncia el bloqueo salvífico que se estaba produciendo en el judaísmo, y advierte de la necesidad de servir positivamente a la voluntad salvadora de Dios. La institución oficial del judaísmo ha enterrado el don recibido; no lo ha activado. Y esa denuncia/advertencia sigue teniendo validez hoy para la Iglesia y para cada uno de los cristianos. Ser “conservador” no equivale a ser “fiel”, porque la fidelidad es creativa.

 

 

REFLEXIÓN PASTORAL

 

    A medida que nos acercamos al final del año litúrgico, a través de las lecturas y oraciones se nos quiere concienciar sobre la responsabilidad ante los talentos recibidos de Dios, y alertar para vivir correctamente una dimensión tan fundamentalmente humana como es el tiempo.

    El pasado domingo se nos invitaba a la vigilancia ante la venida del Señor. Hoy, san Pablo insiste en el mismo tema: hay que sacudirse la somnolencia que parece caracterizar la vida de no pocos cristianos. Hay que estar vigilantes.

     Pero, ¿cómo? ¿Boquiabiertos, mirando al cielo? Esa actitud fue descalificada por los ángeles el día de la ascensión (Hch 1,11). ¿Refugiados en rezos interminables? Esta la descalificó el mismo Jesús (Mt 7,21) ¿Inmersos en el compromiso mundano, hasta el punto de desoír la voz de la trascendencia? (Mt 16,26; 6,34)…

     ¿Cómo vivir, entonces, nuestra espera del Señor? ¡Creando! La vocación del hombre es enriquecer con su actuación la obra de Dios.

     Dios ha constituido al hombre señor de la creación; un señorío no despótico, sino de promoción. Pero Dios no se ha retirado definitivamente del mundo. Respeta la obra del hombre, pero llegará la hora del balance. Entonces el hombre, cada uno, tendrá que responder de su gestión. Sin posibilidad de fraudes ni camuflajes. Con claridad y sencillez el evangelio de hoy nos ilustra esta verdad: toda inhibición es culpable, mucho más para un creyente (Mt 25,26).

     A un nivel más doméstico, de ama de casa, la primera lectura incide sobre lo mismo. Salvadas las distancias culturales (sería ridículo de acusar de antifeminista al texto) se pone de relieve que la creatividad y la laboriosidad son los ingredientes fundamentales que, unidos al temor de Dios, dignifican una vida y salvan una familia, y no otros adhesivos postizos -dinero, poder, belleza...- con que se camuflan muchas personas.

         Tu poder multiplica la eficacia del hombre

            y crece cada día, entre sus manos, la obra de tus manos.

         “Nos señalaste un trozo de la viña, y nos dijiste: Venid y trabajad...

         Nos mostraste una mesa vacía, y nos dijiste: Llenadla de pan...

         Nos presentaste un campo de batalla, y nos dijiste: Construid la paz...

         Nos sacaste al desierto con el alba, y nos dijiste: Levantad la ciudad...

         Pusiste una herramienta en nuestras manos, y nos dijiste: es tiempo de crear...”.

    He aquí un programa para vivir nuestra espera, y unas tareas lo suficientemente importantes y urgentes como para dar sentido a nuestro tiempo: Trabajo, pan, paz y convivencia, comenzando por la propia casa, por la propia vida.

    Y una advertencia: Ser “conservador” no equivale a ser fiel; porque la fidelidad es creativa. Conservar la fe, la vocación… no basta; hay que activarlas.

         El Señor ha adornado nuestra vida con tres preciosos “talentos”: el de su amor, y nos dice “Amad como yo os he amado”; el de la luz de la fe, y nos dice: “Brille vuestra luz ante los hombres…”, y el del Evangelio y nos dice: “Creed… y anunciad el Evangelio”.


REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo activo los talentos recibido del Señor?

.- ¿Soy “conservador” o “inversor”?

.- Cómo me sitúo ante el “final”, ¿con ansiedad o con esperanza?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

 

 

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

Domingo XXXII –A-

1ª Lectura: Sabiduría 6,13-17.

    Radiante e inmarcesible es la sabiduría; fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada. Pensar en ella es prudencia consumada, y quien vela por ella, pronto se verá sin afanes. Ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella; en los caminos se les muestra benévola y les sale al encuentro en todos sus pensamientos.

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    El texto seleccionado forma parte de la segunda sección del libro de la Sabiduría, donde se aborda su origen, naturaleza y medios para adquirirla. Su personificación remite a una elevada concepción de la misma: ella misma busca al hombre y se ofrece a él… Estos textos son ya un avance de la verdadera y definitiva Sabiduría de Dios manifestada en Jesucristo (1 Cor 1,24).        

2ª Lectura: 1ª Tesalonicenses 4,12-17. 

    Hermanos:  No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él. Esto es lo que os decimos como Palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para su venida, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues mutuamente con estas palabras.

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   La comunión con Cristo no termina en esta vida; es una comunión de por vida, para siempre. Es la afirmación fundamental. Pablo, cuando escribe esta carta, consideraba casi inminente la venida del Señor, por eso admite la posibilidad de que le encuentre aún con vida en este mundo. Posteriormente modulará su pensamiento al respecto. En todo caso, queda firme la doctrina: los que hemos creído y seguido con fidelidad a Cristo en esta vida, “estaremos siempre con el Señor”. 


Evangelio: Mateo 25,1-13. 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

    A media noche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!”. Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.

    Mientras iban a comprarlo llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco”.

     Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

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      Esta parábola aparece sólo en san Mateo, pero encuentra paralelos de fondo en Lc 12,35-38 y Mt 24,45-51. Es una parábola del Reino, comparado no con las diez vírgenes sino con una boda. Idea, por otra parte, muy común. San Mateo la interpretó como referida a la parusía (v 13), convirtiéndola en una llamada a la vigilancia, y la alegorizó: el esposo es Cristo; las jóvenes representan a los cristianos; la escena última, el juicio; el retraso del novio, la indeterminación del tiempo final; la exclusión de las necias, el castigo… El sentido original de la parábola sería la afirmación de la llegada inesperada, pero cierta, del novio al banquete de bodas, y no tanto una exhortación a la vigilancia (esto pertenecería a la labor redaccional del evangelista, lo que no falsea el sentido, pero conviene advertirlo).

REFLEXIÓN PASTORAL             

            La palabra de Dios nos sitúa hoy ante un gran tema: saber discernir, saber interpretar, saber vivir las dos realidades fundamentales del hombre: la vida y la muerte.

         De ambas existen lecturas, interpretaciones diferentes y hasta contradictorias, lo que demuestra que son discutibles, aunque inevitables.

         Saber morir.  “El que no sabe morir es vano y loco...”, escribió José Mª Pemán en un poema denso de humanidad y fe.  “Loado seas, mi Señor, por la hermana muerte corporal, de la que ningún mortal puede escapar”, cantaba san Francisco de Asís. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”, afirmó Jesús.

         En nuestra sociedad se pretende disimular y hasta deshumanizar la muerte. Es una paradoja que nunca una sociedad produjera tanta muerte y, al mismo tiempo, pretenda ignorarla, camuflarla y hasta narcotizarla. Pero las realidades no desaparecen porque nosotros les demos la espalda. Y no es infrecuente dar la espalda a realidades que tenemos de frente y que, por lo mismo, hay que afrontar. A veces ese intento de evitar el tema no es otra cosa que una huída, un intento acallar y desoír los interrogantes que plantea.

         No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los hombres que no tienen esperanza”, nos recuerda san Pablo. El creyente debe saber interpretar, desde su fe en el Señor resucitado, esa realidad fundamental de la vida, que es la muerte.

         Y desde su fe debe saber interpretar la vida. La vida es un don de Dios, que debemos acoger con responsabilidad y gratitud. Vivir no es un pasatiempo, no es consumir días rutinariamente. El tiempo de la vida es un tiempo de trabajo, de posibilidades y de responsabilidades. ¡Cuántas veces, urgidos por lo inmediato, inmersos en lo provisorio, tergiversamos la vida! ¡Cuántas veces vivimos como las jóvenes necias de la parábola evangélica, adormilados, sin aceite ni luz en nuestras lámparas! ¡Como los hombres que no tienen esperanza!

         Y cuando se nos recuerda lo equivocado de esa actitud y la necesidad de cambiar, respondemos con un “no me sermonees”, “ya habrá tiempo para eso”, “hay que disfrutar de la vida”... En definitiva, siempre remitimos a un “mañana..., para lo mismo responder mañana”.

         Jesús nos recuerda hoy en el evangelio que hay que vivir en vela y a tope. Puede ocurrir, si no, que cuando nosotros creamos llegado ese mañana, ya sea tarde; que, cuando nosotros creamos que es tiempo de pulsar a la puerta del banquete y aleguemos nuestro derecho a entrar, alguien nos diga. “Nos os conozco”. No quiere meternos miedo, solo animarnos a vivir despiertos, disfrutando de la vida iluminada con la lámpara de la fe. 

         Reunidos en torno al altar, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo, pidámosle a Dios la sabiduría y la clarividencia que viene de Él para interpretar cristianamente la vida y vivir cristianamente la muerte.

REFLEXIÓN PERSONAL

¿Vivo la vida en esperanza?

¿Qué aporta mi esperanza a la vida?

¿Con qué criterios discierno la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

 

miércoles, 28 de octubre de 2020

DOMINGO XXXI: FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

1ª Lectura: Apocalipsis 7,2-4. 9-14.

            Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: “No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.” Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después, vi una  muchedumbre inmensa, que nadie podría contar de toda nación, raza, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y palmas en las manos. Y gritaban con voz potente: “¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.      Y uno de los ancianos me dijo: Estos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido? Yo le respondí: Señor mío, tú lo sabrás. Él me respondió: Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero.

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“La salvación es de nuestro Dios y del Cordero”, y esa salvación abarca a todos: a las 144.000 de las tribus de Israel y a una multitud innumerable “de toda raza, lengua, pueblo y nación”. El triunfo de Cristo será, también, el triunfo de los que le han seguido en la gran tribulación, dando testimonio con la entrega de sus vidas.

2ª Lectura: 1ª Juan 3,1-3.

            Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a Él. Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se hace puro como puro es Él.

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            Es la gran suerte: haber sido envueltos y trasformados por el amor de Dios para llamarnos, y ser, sus hijos. Jesús hablaba del Padre mío y Padre vuestro (Jn 20,17) y nos enseñó el nombre de Dios: Abbá (Mt 6,9). La carta a los Efesios profundizará esta idea como el núcleo del proyecto de Dios: “Nos ha elegido de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, porque así lo quiso voluntariamente” (Ef 1,5). Vivir de acuerdo con esa condición de “hijos de Dios” es la santidad.

 

Evangelio: Mateo 5,1-12a.

            En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar enseñándoles:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamará “los Hijos de Dios”.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

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            Si no lo hubiera dicho Jesús nos parecería una tomadura de pelo -¿y aún así, no?-; pero son palabras suyas y, sobre todo, son su vida. Él fue pobre (Mt 8,20), manso y humilde (Mt 11,29), tuvo hambre y sed de pan y agua (Mt 4,2; Jn 4,7; 19,28) y de justicia (Lc 4,18), lloró (Lc 19,41; Jn 11,35), fue misericordioso (Mt 9,13), construyó la paz (Jn 14,27; Ef 2,14), fue perseguido y murió por la causa del Reino de Dios (Lc 23, 44-46 y par). Las bienaventuranzas son como una nítida radiografía de su interior.

            Las “bienaventuranzas” no son un sermón improvisado, de circunstancias; se encuentran al inicio (Lc 4,16ss; Mt 5,2ss), en el centro (Mt 11,2-6) y al final de la vida de Jesús (Mt 25,31ss). Son su filosofía, o mejor, su teología… Porque ellas nos hablan, en primer lugar, de Dios, de sus preferencias y de sus sufrimientos por el deterioro de su imagen más preciada: el hombre. Nos dicen que Dios no es indiferente, sino beligerante, ante el dolor del hombre; por eso ha decidido instaurar el Reino, el Cambio… Y su proclamación puede ser una mofa, una burla cruel, si se desplazan, interesada o inconscientemente, los acentos. No son palabras para hacer demagogia, sino para evangelizar la vida. No pueden ser la canonización de situaciones degradadas, de segunda clase. Son el anuncio y el principio de un cambio: “Se os dijo…, pero yo os digo” (Mt 5,21ss). Son anuncio y denuncia; felicidad y juicio; sabiduría y necedad; teología y antropología; gracia y ética… Son el proyecto de una vida, la de Jesús, y un proyecto de vida, la del cristiano.

REFLEXIÓN PASTORAL

En la Fiesta de Todos los Santos la Iglesia celebra una de sus notas específicas: la santidad.  “Sed santos” (Mt 5,48) nos recomendó Jesús, y en la tarde del Jueves Santo oró: “Padre, santifícalos” (Jn 17,17). Y consciente de esta necesidad S. Pedro exhortaba a sus cristianos: “Como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en vuestra conducta” (1 Pe 1,15). La santidad pertenece a la identidad de Dios y a su proyecto para con nosotros. La llevamos en nuestros genes, pertenece a nuestro código genético como hijos de Dios. Si  los genes de los padres están presentes en sus hijos, ese gen de nuestro padre Dios, la santidad, ¿no va a estar presente en nosotros?

 Sin embargo, la santidad provoca poco entusiasmo, más bien suscita sentimientos de lejanía, de impotencia y, en el mejor de los casos, de admiración... Al oír hablar de los santos dirigimos instintivamente la mirada a los altares, y no al propio hogar; pensamos en las coronas que aureolan sus cabezas, y no en los instrumentos con que construyeron sus vidas;  evocamos y añoramos milagros…. Subrayamos la anécdota, en vez de considerar el núcleo, el secreto de su santidad: la fe hecha vida.

El Concilio Vaticano II nos dice: “La Iglesia creemos que es indefectiblemente santa. Por ello en la Iglesia todos están llamados a la santidad”.

“Hasta que el Señor vuelva revestido de majestad…, de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra (nosotros); otros, ya difuntos, se purifican (las almas del purgatorio); otros, finalmente, gozan de la gloria contemplando claramente a Dios tal cual es (los santos). Pero todos, en forma y en grado diverso, vivimos unidos en una misma caridad”.

La santidad cristiana no queda reducida a la santidad “canónica” -los 144 mil de las tribus de Israel-, a los santos canonizados; se extiende a una muchedumbre inmensa e incontable de toda raza, lengua y nación. El papa Francisco hablaba en la Exhortación Apostólica “Gaudete et Exultate” de los santos de “la puerta de al lado”, “la de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad».

Entonces, ¿por qué provoca tan poco entusiasmo? ¿Qué es la santidad? Quizá sea necesaria una poda de tanta hojarasca y superficialidad, de tanto sobrenaturalismo como hemos arrojado sobre este concepto para justificar un poco nuestra comodidad.

         La santidad no es exterioridad, ni ruido. Las auténticas opciones del cristiano maduran en el silencio... La santidad es la situación del hombre unido a Dios y a los hermanos; situación a la que se llega por una vivencia responsable y coherente de la fe, ayudados por la gracia de Dios. El santo es el hombre / la mujer que viven profundamente la comunión, a imagen de Dios que es comunión de tres Personas.

         La santidad es el ofrecimiento de la propia vida, con sus proyectos, sus éxitos o fracasos, a Dios nuestro Padre, haciendo de ellos una ofrenda agradable a Dios, para que él realice el milagro de transformarnos y transformarlos en Cristo. 

Es, como nos recuerda el evangelio, acoger y entregarse día a día a las bienaventuranzas, único test propuesto por Jesús para valorar la calidad evangélica de la existencia. Los santos lo son por ser “bienaventurados”, por encarnar las bienaventuranzas,  y no hay bienaventurado que no sea santo.

Ninguno de nosotros, seguramente, pasará por un proceso de canonización “oficial”. No hace falta. Pero todos tendremos que confrontarnos con el test de Jesús: las bienaventuranzas.

La fiesta de Todos los Santos nos invita a celebrar la santidad de tantos hermanos ya “logrados”, y  a tomar conciencia de nuestra vocación: contribuir a visibilizar la santidad de la Iglesia.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué eco provoca en mí la palabra “santidad”?

.- ¿La siento como vocación?

.- ¿Qué espacio ocupan en mi vida las “bienaventuranzas” de Jesús?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.

miércoles, 21 de octubre de 2020

DOMINGO XXX -A-

1ª Lectura: Éxodo 22,21-27.

   Esto dice el Señor: No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás ni a viudas ni a huérfanos, porque si los explotas y ellos gritan a mí yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él usurero cargándole de intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a costar? Si grita a mí yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.

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     Nos hallamos en la sección de las leyes sociales y religiosas del Código de la Alianza (Ex 20,22-23,33). El texto contempla ya a una comunidad asentada en la tierra prometida y en convivencia con otros grupos étnicos y sociales. Una sociedad que empieza a tener “poder”.  En él se revela el rostro del Dios compasivo, volcado sobre el débil social -el forastero, el huérfano y la viuda-. Las actitudes que deben guiar la praxis social deben estar inspiradas en la justicia y la misericordia. Dios será garante y reivindicador de la dignidad del hombre.

2ª Lectura: 1 Tesalonicenses 1,5c-10.

    Hermanos: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra comunidad, la palabra de Dios ha resonado no solo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes; vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la visita que os hicimos: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que os libra del castigo futuro.

                            ***             ***             ***

   Pablo, en un diálogo vivo con los cristianos de Tesalónica, les recuerda cómo fueron los orígenes de su fe: una acogida gozosa y esforzada -entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo-, ejemplarizando con su vida la verdad del Evangelio -que eso es evangelizar-. El fragmento se concluye con una apelación a la esperanza en la venida liberadora del Señor. Es la primera referencia a este tema, la venida del Señor, característica importante de esta carta. 

 Evangelio: Mateo 22,34-40.

    En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?  Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas.

                            ***             ***             ***

    Tras la pregunta por la licitud de pagar el tributo al César, sigue otra pregunta fundamental: la del mandamiento principal de la Ley. Y si la respuesta a la primera pregunta fue precisa y clarificadora, no lo es menos a la segunda. La respuesta de Jesús es clara: Amarás.  A Dios sin reticencias -alma, vida y corazón-, y con la misma intensidad al prójimo. El amor al prójimo no es algo distinto del amor a Dios. El amor a Dios no merma el amor al prójimo: lo fundamenta. Si se ama de verdad a Dios, se ama al prójimo y viceversa, aunque a veces no se tenga plena conciencia de ello (cf. Mt 25,31-46). Esta es la revelación y la revolución de Jesús: la del AMOR.

REFLEXIÓN PASTORAL

 

    En tiempos de Jesús, en Palestina había escuelas, corrientes de pensamiento y de   tema religioso y moral. En ese ambiente, los fariseos, se acercan a Jesús, para ponerlo a prueba, preguntándole, para que,  entre la multiplicidad de opiniones existentes, Él diera también la suya. “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” (Mt 22,36). ¡Había 613!

    Salvadas las lógicas distancias, quizá no sea muy diferente de aquella nuestra situación actual. Se han multiplicado las opiniones...; el pluralismo, en sí sano y necesario, no pocas veces crea un cierto confusionismo y hasta indiferencia. Por eso puede venirnos muy bien la pregunta por lo principal. Es un síntoma de madurez personal y social formularse este tipo de preguntas, y no distraerse con preguntas accidentales y anecdóticas. Pues si no nos preguntamos por lo esencial, tampoco encontraremos la respuesta fundamental y esencial. Hay que esencializar la vida y en la vida con preguntas esenciales.

     Pero esencializar no es tender a lo mínimo sino a lo íntimo. Es delimitar, y no solo limitar; es precisar el objetivo y lo objetivo desde las prioridades del Evangelio. Es alcanzar esa zona de silencio que permite escuchar la voz de la verdad sin tergiversaciones. Se trata de una esencialización cualitativa.

     En la vida cristiana lo esencial es Dios, tal como nos lo ha revelado Jesucristo. Y lo esencial de Dios es su Amor. Hay que retornar de esa dispersión, de esa diáspora existencial en que vivimos, interiormente disgregados, para vivir lo esencial y hacerlo visible: el amor de Dios y al Dios Amor.   

    Y ¿cuál es la respuesta de Jesús? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” (Mt 22,37). Es decir con un amor total. ¿Y podemos decir que amamos a Dios así?

     Cuando apenas le dejamos un resquicio en nuestra vida, cuando en nuestro tiempo casi no hay tiempo para Él, cuando nuestro corazón está saturado de tensiones, rencores, frivolidad, ambiciones, cuando solo le dedicamos el tiempo “devocional”..., ¿podemos amar a Dios con todo el corazón?

     Amarás a Dios...”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39). No opone ni contrapone; no separa; no establece ni siquiera un antes a Dios y luego al prójimo. Se trata de un amor contemporáneo: amar a Dios en el prójimo y amar al prójimo en  Dios.

    Y si el amor de Dios no puede ser teórico, tampoco el amor al prójimo. La primera lectura,  pone nombre a las exigencias del amor: la práctica de la justicia y de la misericordia (Ex 22,20.21.24).  Esta es la caridad, o una manifestación seria de la misma.

     El amor al prójimo no puede reducirse a un sentimiento, aunque deba ser sentido. No puede ser solo limosna superflua...; implica solidaridad, fraternidad, perdón... ¡Obras son amores! Por lo menos, ya lo sabemos: la respuesta fundamental es AMARÁS. “En esto conocerán que sois discípulos míos...” (Jn 13,35).

    En la segunda lectura, Pablo da gracias a Dios porque la comunidad cristiana de Tesalónica ha acogido la Palabra con alegría. Aún en medio de “tanta lucha” (1 Tes 1,6) vive y testimonia su fe, y su testimonio se ha extendido por todas partes Ese es el rostro y la voz de la nueva evangelización ¡Ojalá también pudiera decir esto de nosotros!

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Mi vida está volcada hacia esa prioridad, la del amor?

.- ¿Con qué intensidad es cristiana mi vida?

.- ¿Sé esencializar la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

jueves, 15 de octubre de 2020

DOMINGO XXIX -A-

1ª Lectura: Isaías 45,1. 4-6.

    Así dice el Señor a su Ungido, Ciro, a quien lleva de la mano: Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por mi nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro.

                            ***             ***             ***

   El texto presenta la investidura de Ciro como instrumento de la acción de Dios. Denominado como su Ungido, el profeta ve en este personaje el nuevo horizonte que se abre en la historia. Ese Ungido, emperador de los persas, aparece inserto en la lista de Israel, aunque él no lo supiera. Dios no está circunscrito, ni tampoco lo está su plan. Trabaja con “instrumentos” propios.  La “unicidad” de Dios, ya subrayada en los libros del Éxodo (8,6) y Deuteronomio (4,35.39; 32,29), brillará en esta opción sorprendente de Dios. El texto puede entrañar una velada crítica al primer “elegido” -Israel-, incapaz de haber cumplido con la misión que se le confió (Ez 36,20-22; Rom 2,24). El plan de Dios es integrador y no excluyente.

2ª Lectura: 1ª Tesalonicenses 1,1-5b.

   Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros no hubo solo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda, como muy bien sabéis.

                            ***             ***             ***

    Tesalónica fue la primera comunidad cristiana del mundo occidental, fundada por Pablo en su segunda etapa apostólica (Hch 17,1-10). Ya desde el saludo, Pablo no aparece como un evangelizador  solitario, sino solidario. La designación de los destinatarios como “iglesia” merece ser destacada. Pablo no escribe a individuos aislados, sino a una comunidad de hombres y mujeres elegidos por Dios y convocados por el Evangelio. Recuerda los fundamentos del Evangelio -Dios Padre y el Señor Jesucristo-, y los fundamentos de la comunidad: una fe activa, una caridad esforzada y una esperanza probada. Y les anima a permanecer en el espíritu de la primera hora. Por otro lado, la existencia de esta comunidad es ya la concrección de la apertura y consolidación del Evangelio en un nuevo horizonte, en un nuevo mundo, más allá de las fronteras ideológicas y geográficas del judaísmo.

 Evangelio: Mateo 22,15-21.

    En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuestos al César o no?

   Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: ¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.

    Le presentaron un denario. Él les preguntó: ¿De quién son esta cara y esta inscripción?

    Le respondieron: Del César.

    Entonces les replicó: Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

                            ***             ***             ***

    La escena traduce la tensión existente entre Jesús y los grupos “oficiales” de la sociedad judía. Fariseos y herodianos, representantes de dos sensibilidades diferentes y enfrentadas, se unen para formularle la pregunta trampa. Con todo, hay que destacar el “elogio” que hacen de la integridad personal de Jesús. Éste descubre su mala voluntad, pero no elude la respuesta: A Dios no hay utilizarle como “moneda” de nada. Los temas sociales hay que abordarlos dentro de su propia órbita. La licitud o ilicitud del impuesto al César debe ser dirimido en su fuero propio: las responsabilidades sociales y políticas del momento. Y cada uno debe asumirlas.  Y no debe llevarse al campo de la religión. Dios se mueve en otra órbita y, aunque no esté ausente, no interviene en la legítima autonomía de la historia. Dios no es una “excusa” ni un “argumento” para evadir impuestos, aunque, les recuerda Jesús, Dios tiene también sus espacios. La moneda, al César, y el corazón, a Dios.  

REFLEXIÓN PASTORAL

    La cuestión de la licitud del tributo romano era discutida entre los judíos. Significaba el reconocimiento de una sumisión  La aceptaban los herodianos; más resignadamente los saduceos; los fariseos se mostraban reticentes; los zelotes la rechazaban abiertamente. En general, en el pueblo producía indignación ese tributo de vasallaje. La pregunta formulada a Jesús contenía material inflamable: “¿Es lícito pagar el tributo al César  no?” (Mt 22,17).

    Jesús, que probablemente no era partidario de pagarlo, pide la moneda del tributo y pronuncia la frase: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). Pocas frases han hecho correr tanta tinta y han sido citadas con más frecuencia e imprecisión.

     No fue una respuesta evasiva o diplomática. Los oyentes se admiraron, quizá, porque no la entendieron. Porque la respuesta iba contra los judíos, que regulaban la política con la religión, haciendo de Dios un césar, y contra los romanos, que regulaban la religión con la política, haciendo del César un dios. Con su respuesta, Jesús quemaba la tierra bajo las plantas de todos.

     Dad al César…”, denunciaba la pretensión clericalista de convertir y manipular todo desde la religión. Reconocer o no al César, aceptar o no sus leyes fiscales, es un tema político, que no debe trasladarse a la esfera de la religión.

    Y a Dios lo que es de Dios”, con lo que asestaba un golpe de muerte al cesarismo, a la pretensión absolutista del poder político de invadir todos los espacios de la vida, de hacer del hombre un mero súbdito.

      En la respuesta de Jesús hay, pues, mucho más de cuanto entendieron los judíos, y de lo que han entendido a lo largo de los siglos muchos cristianos, en cuya historia Dios y el César se mezclaron tanto y de tal manera, que llegó un momento en que ya no solo no se distinguía qué era de uno y qué era de otro, sino quién era uno y quién era otro.

      Jesús distingue netamente los campos. No establece una división excluyente, pero introduce una clarificación: religión y política son realidades distintas, pero no distantes y no pueden distanciarse, porque ambas afectan al hombre.

    Por otro lado, no conviene olvidar, en el saludo de la carta a los Tesalonicenses, los tres elementos que subraya san Pablo como característicos de la espiritualidad cristiana: fe activa, amor esforzado y esperanza acrisolada en las pruebas. Tres ingredientes necesarios para saber hacer un discernimiento de los distintos debates y cuestiones de la historia y de la vida.

         Hoy, Domingo Mundial de las Misiones, se nos recuerda nuestra responsabilidad misionera. Y que existe una avanzadilla de la Iglesia, donde hermanos y hermanas nuestros están entregando su vida en un servicio generoso, y silencioso, a otros más necesitados. Ellos son la memoria de la Iglesia; los que nos recuerdan que hay que seguir ampliando las fronteras del Reino de Dios; que una comunidad cuando deja de mirar al futuro, lo pierde. Una Jornada para orar por ellos y colaborar con ellos en las arduas tareas de la evangelización (1 Tim 1,8). 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cumplo mis deberes cívicos con honestidad y responsabilidad?

.- ¿Doy a Dios lo que es de Dios?

.- ¿Es mi fe activa, mi caridad esforzada y mi esperanza acrisolada?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

 

 

jueves, 8 de octubre de 2020

DOMINGO XXVIII -A-

1ª Lectura: Isaías 25,6-10a.

    Preparará el Señor de los ejército para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país -lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quién esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.

                                      ***             ***             ***

   El profeta contempla el banquete que Dios ofrecerá sobre el monte de Sión, un banquete abierto a todos los pueblos, el banquete de la salvación. Allí llevará a cabo la regeneración y renovación de Israel y de los demás pueblos, que también serán reconocidos y reconocerán al Señor. La muerte y las lágrimas serán eliminadas. Es una formulación de la visión escatológica del profeta: total y definitiva. Pero a ese banquete, al que todos los pueblos están convocados, hay que incorporarse personal y responsablemente. 

2ª Lectura: Filipenses 4,12-14. 19-20.

    Hermanos:

    Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación. En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

                            ***             ***             ***

    Pablo agradece la ayuda recibida desde la comunidad de Filipos. Sin embargo les hace una precisión importante: todo queda dimensionado por la experiencia de Jesucristo, que es la suficiencia de Pablo. Hay que saber vivir la fidelidad a Cristo en pobreza y abundancia, en salud y enfermedad. Las circunstancias de la vida no pueden cambiar la orientación y la opción fundamental de la vida. 

Evangelio: Mateo 22,1-14.

    En aquel tiempo volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:  El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisara a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendió fuego a la ciudad.  Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.   Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca.  Entonces el rey dijo a los camareros: Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

                            ***             ***             ***

   Parece que Mateo ha fusionado dos parábolas originalmente distintas: la del banquete, análoga a la de Lc 14,16-24, y otra, la de la expulsión del banquete, que contempla la idea del juicio final. En todo caso, Jesús continúa hablando a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo. La parábola, claramente alegorizada, les descubre la voluntad salvadora de Dios. El banquete, evoca el de Is 25,6-10a (1ª lectura); los criados enviados son los profetas y apóstoles; los que rechazan la invitación son los judíos (más directamente sus líderes); los invitados de los caminos: los pecadores y paganos; el incendio de la ciudad, la ruina de Jerusalén… La segunda parte, a partir del v.11, destaca la idea de la responsabilidad en la respuesta: el vestido evoca la necesidad de las obras de la fe.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Dios ama al hombre, le busca y le invita a participar de su misma vida, de su misma mesa, de Él mismo. Pero esta invitación, gratuita, no es irresponsable. En la invitación de Dios no hay excluidos, pero sí auto-excluidos.  En la línea del profeta Isaías (1ª lectura), la parábola propuesta por Jesús ilustra perfectamente la situación. Dios ha soñado lo mejor: un banquete de bodas  - ¿quién no se apunta a un banquete? -, e invita generosamente a él. Pero, sorprendentemente, esa invitación es rechazada de una manera insultante.

    Con este ejemplo Jesús denuncia el comportamiento del judaísmo oficial de su tiempo, que se automargina; y anuncia una nueva edición de la invitación salvadora (Mt 22,9). 

    Pero no termina ahí la parábola. También en la comunidad cristiana puede continuar esa dinámica de rechazo de la oferta.

    Y no basta con “apuntarse”. Es lo que se quiere subrayar con la alusión al hombre que no llevaba vestido de fiesta. El asunto no termina con la invitación. Hay que acogerla. Pertenecer al Reino, sentarse a su mesa,  requiere un estilo, un vestido adecuado. Un vestido que ofrece el mismo Señor, pero que hay que aceptar y adoptar.

    El Señor no pide falsos oropeles, sino un corazón convertido. Porque de quien tenemos que revestirnos es de Cristo (Rom 13,14).  No es, pues, cuestión de telas o de colores, sino de actitudes. Y para ello necesitamos desvestirnos de muchas cosas. De la vieja condición, del hombre viejo... (Col 3,9).

   Es necesario revisar nuestro ropero espiritual -también quizá el material- y ver si nuestra “cobertura” es cristiana; si se aproxima un poco a lo que san Pablo sugería a los cristianos de Éfeso: el cinturón de la verdad, la coraza de la honradez, los zapatos de la paz, el escudo de la fe (cf. Ef 6,10-17).

    La respuesta no es fácil, pero con Cristo es posible: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (2ª lectura).

    Es necesaria la vinculación a Cristo para transformar la vida (Jn 5,5).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es Jesucristo mi punto de apoyo?

.- ¿Cómo acojo la invitación de Dios a participar en su banquete?

.- ¿Qué vestido llevo en la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 3 de octubre de 2020

DOMINGO XXVII -A-

 1ª Lectura: Isaías 5,1-7

    Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña.

     Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones.

    Pues ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones? Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni escardarán, crecerán zarzas y cardos, prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.

   La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.

                                      ***             ***             ***

     Conocido como “canción de la viña” (Is 5,1-7), el texto forma parte de la primera sección del cap. 5 del libro y está articulado en tres momentos: la canción (5,1-7), una serie de maldiciones (5,8-24) y el anuncio de un castigo a cargo de los asirios (5,26-30). Los problemas exegéticos y literarios del texto no son pocos. Se trata de una canción compuesta por el profeta al inicio de su ministerio, probablemente en tiempo de la vendimia. ¿De qué viña se trata? A partir del v 7 se descifra su rostro –la casa de Israel, los hombres de Judá-. Pero eso no soluciona todas las preguntas sobre el origen del texto. En todo caso, antes que el anuncio de un juicio, parece tratarse, en su primer nivel, de la confesión una “desilusión” por el amor rechazado. ¿Cómo ha sido posible? ¿Qué ha hecho mal el “amigo”?  Por otro lado, la imagen de Israel como viña elegida y luego repudiada había sido ya esbozada por Oseas (10,1), y la repetirán Jeremías (2,21; 5,10; 6,9; 12,10) y Ezequiel (15,1-8; 17,3-10; 19,10-14). También el NT se referirá a la “viña” con otras modulaciones (Mt 21,33-44 y paralelos; Jn 15,1-2).

2ª Lectura: Filipenses 4,6-9

    Hermanos:

    Nada os preocupe; sino que en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en  Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.

                                      ***             ***             ***

   Nos hallamos al final de carta, y Pablo exhorta a los filipenses a intensificar la comunión en la oración. Y, además, a discernir y a poner en práctica los auténticos valores humanos. El cristiano no tiene valores morales distintos de los demás; lo que le distingue es el “espíritu” con que los vive. Ha de tener en cuenta todo lo bueno que hay en la vida. Y, finalmente, Pablo se propone a sí mismo como referente.

 

Evangelio: Mateo 21,33-43

    En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

    Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto de mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos ladrones?

    Le contestaron: Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.

    Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?

     Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.

                   ***             ***             ***

   Con esta parábola, dirigida a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo, Jesús quiere denunciar la irracionalidad de su hostilidad antes los enviados de Dios (el Bautista), y ante su propio Hijo (Jesús). Trabajando sobre la imagen veterotestamentaria de la “viña”, Jesús modula el tema, poniendo el acento no en la viña sino en lo viñadores, dejando en evidencia su irresponsabilidad. El final de la parábola justifica el cambio que se producirá: la viña se dará a otros viñadores. Pero ese “riesgo” sigue pendiente sobre todos los que reproduzcan la actitud de los primeros viñadores. Nadie puede apropiarse la “viña”, ni apropiarse sus frutos.

 

REFLEXIÓN PASTORAL

Esperó que diese uvas, pero dio agraces…” (Is 5,2). Es la queja de Dios, y también su esperanza.

Dios no es indiferente ante la reacción del hombre. Porque el amor nunca es indiferente. Eligiendo al pueblo de Israel, obró como el labrador con su viña, con amor, mimo e ilusión. ¿Qué más cabía hacer? (Is 5,4).  Esperó unos frutos. Pero esos frutos no se produjeron. A Dios, su pueblo elegido le hizo experimentar la decepción.

La parábola evangélica, con más propiedad alegoría, conocida como la de “los viñadores homicidas”  contiene acentos distintos de los del texto de Isaías. Mientras el profeta destaca la irresponsabilidad de la viña; Jesús subraya la irresponsabilidad de los viñadores, eliminando todas las mediaciones divinas, hasta la del Hijo.

Por eso, Dios “arrendará la viña a otros labradores que le den los frutos a su tiempo” (Mt 21,41); creará un pueblo nuevo. Y ese pueblo nuevo, asentado en la piedra angular que es Cristo (Ef 2,20), vitalizado por la sabia de la única vid, que es Cristo (Jn 15,1.5), es la Iglesia. Y de ese pueblo, también objeto del mimo, del amor y de la ilusión de Dios, Dios sigue esperando los mismos frutos, es decir, justicia y derecho (Is 5,7). ¿Los damos? Para ello hay que estar vinculados a la vid. “Sin mí no podéis hacer nada…” (Jn 15,4-5). ¿Lo estamos? Lo sabremos, si nuestros frutos son cristianos... Porque “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16.20).

 Haber sido objeto de la elección y el amor de Dios es una gracia; pero, también, una gran responsabilidad. Pues “el amor de Cristo nos urge” (2 Cor 5,14) a concretar, a fructificar. Y porque la Palabra de Dios no es solo palabra de entonces, sino de hoy, nos dirige la misma advertencia: “Se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21,43).

Responsabilidad que, entre otras cosas, significa apertura a los auténticos valores de la vida. “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable...; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Flp 4,8).  Porque esa es la religión auténtica: la que no se construye a costa ni de espaldas a los valores humanos. El cristiano no devalúa, sino que revalúa lo auténticamente humano; lo profundiza, liberándolo del egoísmo, de la superficialidad y lo eleva a la categoría de alabanza a Dios.

Es el mensaje que Dios, por medio de su palabra, nos dirige hoy. Y que debemos acoger con gratitud y responsabilidad, por haber sido elegidos.

 

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Produzco frutos? ¿Qué frutos?

.- ¿Tengo en cuenta todo los que es justo, verdadero…?

.- ¿Soy motivo de decepción o de ilusión

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