sábado, 27 de diciembre de 2025

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -A-

1ª Lectura: Eclesiástico 3,2-6. 12-14.

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respete a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor le escucha.

Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones, mientras viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes, mientras seas fuerte. La piedad para con tu padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro se te recordará y se desharán tus pecados como la escarcha bajo el sol.

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El texto de Eclesiástico no solo es normativo sino crítico. Las advertencias que dirige a los hijos supone la existencia de situaciones en las que los padres no disfrutaban del reconocimiento debido por los hijos. El autor subraya la capacidad “redentora” del amor y el respeto a los padres, máxime en su ancianidad y debilidad física y mental. Sin embargo, las “obligaciones” no son solo de los hijos para con los padres. También deben profundizarse las relaciones de los padres para con los hijos, liberándolas de toda tentación paternalista o de inhibición en el ejercicios de sus deberes. Sin olvidar las relaciones de conyugalidad, expuestas a la tentación de una vivencia superficial y tergiversada. 

2ª  Lectura: Colosenses 3,12-21.

Hermanos: Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos  mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos: la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene al Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

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 El texto seleccionado pertenece a la tercera parte de la carta a los Colosenses -las exhortaciones a la comunidad-. Dos niveles se advierten en él: el de  la familia de Dios, la Iglesia (Gál 6,10), y el de  la familia doméstica, la de la carne y la sangre.

Respecto de la primera, destaca diversas actitudes, enfatizando sobre todo el perdón, el amor y la gratitud. Una familia cohesionada en torno a la palabra de Cristo.

Respecto de la segunda, se mueve en los parámetros de una convivencia íntima y cordial. Con un subrayado especial: no exasperar a los hijos. 

Evangelio: Mateo 2,13-15. 19-23.

Cuando se marcharon los Magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. 

José se levantó, cogió al niño y a su madre de noche; se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes; así se cumplió lo que dijo Dios por el Profeta: “Llamé a mi hijo para que saliera de Egipto”.

Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño”.

Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría nazareno.

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Además del hecho de la huida a Egipto de la Sagrada Familia, donde aparece ya la existencia de Jesús marcada por la señal de la cruz, el evangelista quiere ofrecer en este relato otras sugerencias importantes para los primeros cristianos provenientes del judaísmo y para los judíos que no aceptaban a Jesús ni lo reconocían como el enviado de Dios. Algunos detalles recuerdan la vida de Moisés: la matanza de los inocentes (Ex 1,15-16), la huída de Moisés al desierto ante el peligro del faraón (Ex 3,14-15), y su regreso a Egipto, una vez muerto el faraón (Ex 4,19-23). Jesús es el nuevo Moisés.

Pero más importante aún es la relación que establece entre Jesús e Israel. La huída de Jesús y su familia evoca el traslado de Jacob a Egipto (Gen 46,1-7). Desde allí, Jesús, el verdadero Hijo, inicia el nuevo y definitivo éxodo (Os 11,1). Su regreso a la tierra de Israel es el primer paso de un camino semejante al que recorrió Israel en sus orígenes. Jesús es el nuevo Israel y el modelo del nuevo Éxodo. Y todo esto en familia.

REFLEXIÓN PASTORAL

En el marco de la Navidad, la Iglesia quiere ofrecernos una referencia válida -la de la familia de Nazaret- para iluminar y estimular esa realidad tan fundamental de la existencia. ¿Pero, es una propuesta realista la de la familia de Nazaret? ¿No se trata de una referencia inalcanzable, no solo por su lejanía en el tiempo, sino, sobre todo, por la abismal distancia de calidad personal entre ella y nosotros?

A fuer de llamarla Sagrada, olvidamos que fue una familia real. Frente a los evangelios apócrifos, que la consideraban como un espacio idílico y fantástico, nuestros Evangelios, subrayan el riesgo, la tensión y el quehacer humanizador en el que se vio inmersa.

Así, la familia de Nazaret fue una familia en apuros, llegando al riesgo de la ruptura (Mt 1,18-19); situación que se superó por la inspiración del Espíritu Santo a José (Mt 1,20b), pero, también, porque ambos, María y José, supieron quererse y creerse más allá de la evidencias inmediatas.

Fue una familia amenazada. El poder tembló (Mt 2,3) cuando tuvo noticia del nacimiento de quien había venido a servir (Mt 20,28). Y María y José y el niño Jesús conocieron las penurias de la emigración y de la persecución política (Mt 2,19-23).

La Sagrada Familia fue un espacio de crecimiento, de maduración personal integral (“Jesús crecía” Lc 2, 40.52); un lugar donde, desde el respeto a las situaciones personales (José respeta la situación de María (Mt 1,18-25); Jesús hace ver a sus padres cuál es su principal tarea y que es inútil disuadirle (Lc 2,49); María acepta esos planteamientos, meditándolos en su corazón), se vive intensamente un proyecto de vida común (Lc 2,19.51).

Fue una familia temerosa de Dios. Uno de los rasgos que se subrayan en el evangelio es que cumplían todo lo dispuesto en la Ley del Señor.

La familia de Nazaret fue una familia idea por Dios; de ahí que se haya convertido en el ideal de toda familia cristiana y de toda la familia cristiana, que es la Iglesia.

Son muchos los interrogantes, los problemas, las tentaciones que se cierne sobre la familia. Las soluciones no pueden improvisarse. Cada caso requiere su discernimiento. La familia es una obra de arte y requiere artistas que la realicen; es un tejido muy sutil, elaborado con hilos finos y preciosos, y requiere manos expertas e inspiradas.

Que la Sagrada Familia nos inspire para construir cristianamente la familia de la carne y de la sangre, la familia de la fe, que es la Iglesia, y la familia de todos, que es el mundo.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Frecuento la escuela de Nazaret? ¿Aprendo sus lecciones?

.- ¿Siento a la Iglesia como familia?

.- ¿Privilegio la vida de familia?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano Capuchino.

 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

IVº DOMINGO DE ADVIENTO -A-

1ª Lectura: Isaías 7,10-14.

    En aquellos días, dijo el Señor a Acaz: “Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo”. Respondió Acaz: “No la pido, no quiero tentar al Señor”. Entonces dijo Dios: “Escucha casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres sino que cansáis incluso a Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Enmanuel (que significa: ‘Dios-con-nosotros´).

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    Este oráculo de Isaías se sitúa en el momento histórico en que Siria y Efraím (el Israel del norte), tras haber intentado sin éxito una alianza con Judá para atacar a Asiria (2 Re 15-16), se deciden a imponer en Judá, por la fuerza, un rey que favorezca sus planes (Is 7,6). Ante esta decisión “se estremeció el corazón del rey y el de su pueblo” (Is 7,2).

    El profeta intenta aportar serenidad, pero sin éxito (Is 7,4b-9b). Ante este rechazo del rey, Isaías pronuncia el oráculo conocido como “el del Enmanuel”. En él se anuncia la cercanía de Dios y su fidelidad a la dinastía davídica en ese momento difícil, y se asegura la desaparición de ese peligro, pero también se hace una llamada a la fe: “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7,9b).

     El centro del oráculo reside en el “niño”: él es la señal. Respecto de la madre se ha especulado sobre su identidad (¿una de las esposas del rey?, ¿la esposa de Isaías? ¿una alusión a la ciudad de Jerusalén?). La relectura cristiana ha introducido en la lectura de esa figura la perspectiva mariológica.

2ª Lectura: Romanos 1,1-7.

    Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras Santas, se refiere a su Hijo,  nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo, os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

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    A una comunidad a la que no conocía personalmente, Pablo dirige la Carta síntesis de su pensamiento apostólico. Se presenta como elegido de Dios y siervo de Cristo para anunciar el Evangelio. Una reivindicación que él juzga necesaria, frente a los que impugnaban su condición de apóstol (cf. 2 Cor 11-12). Evangelio que hunde sus raíces en las Escrituras Santas, y que halla su plena manifestación en la persona de Jesucristo, -“Evangelio de Dios”-, Hijo de Dios, por el Espíritu, y verdadero hombre, de la estirpe de David. Un Evangelio que no conoce fronteras, y que ha llegado ya hasta la capital  del mundo conocido -Roma-.

Evangelio: Mateo 1,18-24.

    La concepción de Jesucristo fue así: La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo.

    José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”.

     Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel (que significa: Dios-con-nosotros). Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

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         En los evangelios sinópticos hay dos anuncios de la concepción de Jesús: el de san Lucas (Lc 1,26-38) y el de san Mateo. En este IV Domingo del ciclo A la liturgia nos presenta el de san Mateo. Con este relato el evangelista nos “avanza” el misterio de la Navidad, cuyos protagonistas son El Espíritu Santo, María y Jesús. Pero nos presenta también al “servidor” de la Navidad, al encargado de “gestionar” esa realidad y de poner el nombre al Niño que ha de nacer. Y ese gestor es José, que “era bueno”. Un personaje de silencio, de fidelidad, sobrio y sin adornos, lleno de amor a María y a Jesús. Un modelo para acoger y celebrar la Natividad del Señor.

 REFLEXIÓN PASTORAL

    En el umbral de la Navidad, María nos muestra el modo más veraz de celebrar la venida del Señor: acogida gozosa y cordial de la Palabra del Señor; y el estilo: encarnándola y alumbrándola en la propia vida.  María es la primera luz, la señal más cierta de que viene  el Enmanuel, porque lo trae ella.

     En esto consiste la grandeza inigualable de María: en una entrega inigualablemente audaz y confiada en las manos de Dios; en una acogida inigualablemente creadora del Señor.  María es una figura que produce vértigo, por su altura y profundidad. Interiorizada por Dios, que la hizo su madre, e interiorizadora de Dios, a quien hizo su hijo. Dios es el espacio vital de María y, milagrosamente, María se convierte en espacio vital para Dios. Dios es la tierra fecunda donde se enraíza María y, milagrosamente, María es la tierra en la que florece el Hijo de Dios.  Pero esto no le dispensó de la fe más honda y difícil. La encarnación de Dios estuvo desprovista de todo triunfalismo. La Navidad fue para  María, ante todo, una prueba y una profesión de fe. “Dichosa tú, que has creído” (Lc 1,45). Por eso es “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,42).         

    Y junto a María, José, “que era justo” (Mt 1,19).  Y porque era justo: aceptó el misterio que Dios había obrado en María, su esposa (Mt 1,24); se entregó sin fisuras al servicio de Jesús y de María; asumió las penalidades de la huida a Egipto para proteger la vida de Jesús, amenazada por Herodes, (Mt 2,13-15); lo buscó angustiado, con María, cuando, a los doce años, decide quedarse en Jerusalén (Lc 2,41-50); fue el acompañante permanente del crecimiento de Jesús en edad, sabiduría y gracia (Lc 2,52); y aceptó el silencio de una vida entregada al servicio del plan de Dios, renunciando a cualquier tipo de protagonismo… José no es un “adorno”, ni un personaje secundario. Nos enseña a saber estar y a saber servir.

     María y José son los protagonistas de un SÍ a Dios, que hizo posible el gran SÍ de Dios al hombre: Jesucristo, a quien san Pablo presenta (2ª lectura) como el núcleo del Evangelio, destacando su condición humana -“de la estirpe de David”- y su condición divina -“Hijo de Dios, según el Espíritu”-.

     Estos son los mimbres con los que Dios quiso tejer el gran misterio de su nacimiento.  Mimbres humildes, flexibles, pero sólidos. Dios elige “lo que no cuenta…” (1 Cor 1,28).

    No temas quedarte con María” (Mt 1,20). Porque ella hizo florecer la Navidad; porque es maestra del Evangelio; porque con  ella siempre estará su Hijo.  Será la mejor compañera, constructora y maestra de la Navidad.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- En el umbral de la Navidad, ¿con qué actitudes me dispongo a celebrarla?

.- ¿Qué ha supuesto para mí el tiempo de Adviento?

.- ¿En qué modelos me inspiro para celebrar la Navidad?

 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.

 

 

 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

IIIº DOMINGO DE ADVIENTO -A-

1ª Lectura: Isaías 35,1-6a. 10.

    El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor el narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, y la lengua del mudo cantará. Y volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza: alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

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    El capítulo 25 de Isaías es un poema que contempla la vuelta del pueblo del Destierro y, por tanto, habría que relacionarlo con la segunda parte del libro de Isaías (caps. 40-55), conocido como “Deutero Isaías”. El profeta contempla y canta la restauración de Israel. El pueblo contemplará la gloria y la belleza del Señor, reflejada en la transformación del desierto en vergel. Esa noticia debe regenerar a la comunidad que, liberada de sus ataduras y recuperada de  su fragilidad, es invitada a ponerse en camino hacia la patria, la Sión renovada y convertida en morada permanente del Señor. Pero, ¿lo creyó la comunidad?

    Situado en el Adviento cristiano, el texto supone un estímulo para dotar a nuestra vida de esperanza, superando miedos y debilidades, y encantarnos con la contemplación de la belleza y la gloria de nuestro Dios, reflejada en rostro de Cristo (2 Cor 4,6). ¿Lo creemos nosotros?  

2ª Lectura: Santiago 5,7-10.

    Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

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    A los primeros cristianos les inquietaba el retraso de la venida del Señor. Esperaban con ansiedad ese momento. La situación que estaban viviendo era difícil -“rodeados de toda clase de pruebas” (Sant 1,2)-. En la Carta, dirigida a cristianos de origen judío dispersos por el mundo greco-romano, se les anima no sólo a la paciencia sino también a la fortaleza y la perseverancia. Hay que abandonar cálculos de tiempo cronológico,  y “abandonarse” a la promesa del Señor, que no fallará.

Evangelio: Mateo 11,2-11.

    En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de dos de sus discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

    Jesús les respondió: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí!”

    Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un Profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quién está escrito: `Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti´. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”.

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    A la cárcel le llegan a Juan noticias de Jesús, de su estilo y doctrina, que no parecen coincidir con el perfil austero y penitencial diseñado por él (cf. Mt 3,1-12; 11,18). Por eso envía discípulos para conocer la respuesta personal de Jesús. Y ésta es clara: sus obras, contempladas a la luz de los oráculos proféticos (Is 35,5-6; 42,18) no dejan lugar a dudas; y revelan también que su mensaje es la Buena Noticia.  Pero, junto a este autotestimonio, Jesús da testimonio de Juan. Aunque él, Jesús, aporta un plus  -un tono y un rostro nuevo-, no lo descalifica: Juan no es un predicador oportunista ni un halagador de los oídos del poder; es más que profeta: es el Precursor.

REFLEXIÓN PASTORAL

Se alegrarán el páramo y la estepa…” (Is 35,1). Es el mensaje del tercer domingo de Adviento -por eso designado domingo “gaudete”-. Pero, ¿es un mensaje posible? ¿Existe en nuestra sociedad, tan tensionada, un espacio y un motivo para la alegría? ¿Más que alegrarse no está gimiendo la creación por la violencia a la que la tiene sometida el hombre (cf. Rom 8,22)?

    La Palabra de Dios nos invita no sólo a la alegría, sino que ofrece el auténtico motivo para la misma: la venida del Señor.  El profeta Isaías, con una mirada profunda, atisba el rejuvenecimiento de la creación, reflejo de “la belleza de nuestro Dios” (vv.1-2), del rejuvenecimiento hombre, que recuperará el pleno uso de sus sentidos, y del de la misma sociedad (vv. 3-6).

    La alegría y la esperanza descansan, recuerda el salmo responsorial, en la fidelidad y lealtad de Dios (Sal 146,6), que vendrá para salvarnos.

   La esperanza en la venida cierta, pero sorpresiva y sorprendente del Señor, es el motivo de nuestra alegría. Pero esperar no es fácil. Por eso la Carta de Santiago nos advierte: “Tened paciencia, hermanos,…y manteneos firmes” (Sant 5,7.8).

    ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos todavía que esperar a otro?” (Mt 11,3). En esa  pregunta se encuentra condensada la expectación de toda la historia humana. ¿Eres tú… el agua viva (Jn 4,10), el pan de la vida (Jn 6,35), la luz (Jn 8,12), el camino, la verdad, la vida… (Jn 14,6), o tenemos que seguir esperando a otro, apurando fuentes y alimentos que no sacian, internándonos por caminos que no nos conducen a ninguna parte o que, por lo menos, no nos conducen a Dios? ¿Eres tú?

     Dichoso el que no se siente defraudado por mí” (Mt 11,6). En realidad Él, Jesucristo, no defrauda, porque vino a dar testimonio de la Verdad, pero sí que pueden sentirse defraudados, desencantados los que van tras Él buscando otras cosas, y no la Verdad (cf. Jn 6,26).

    Acojamos la pregunta del Bautista y examinemos si es el Señor, quien orienta y colma nuestra esperanza; si es Él el fundamento de nuestra alegría. En todo caso, es importante que nos preguntemos y respondamos con sinceridad a esa cuestión, pues llegará el momento en que el mismo Jesús nos pregunte: “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?” (Mt 16,15).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Quién digo yo que es Jesús? ¿Lo digo de palabras, o lo digo con la vida?

.- ¿Me reconozco en la bienaventuranza de Jesús?

.- ¿Me inunda la alegría del evangelio?

Domingo J. Montero Carrión, franciscano capuchino.

jueves, 4 de diciembre de 2025

IIº DOMINGO DE ADVIENTO -A-

1ª Lectura: Isaías 11,1-10.

En aquel día: Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado, con equidad dará sentencia al pobre. Herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia el ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará con la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No hará daño ni estrago por todo mi Monte Santo: porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

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Nos hallamos ante la formulación más acabada del sueño profético para Israel. Un tiempo presidido por el espíritu del Señor, encarnado en el Ungido de Dios. Un tiempo marcado por la piedad, la paz, la justicia y  la verdad. Toda la creación se verá afectada y renovada por ese Espíritu. Desaparecerán las hostilidades no sólo entre los hombres, sino entre el hombre y la naturaleza, representada en los animales. La hostilidad que arrancó de la desobediencia del Paraíso (Gén 3,14-15), desaparecerá en este nuevo paraíso. Una visión similar de pacto entre Dios y la naturaleza en favor del hombre se encuentra en Os 2,20; Ez 34,25.28; Is 65,25. Jesús aparecerá reivindicando ese Espíritu y esa función (Lc 4, 18-19; Mt 12,18-21).

2ª Lectura: Romanos 15,4-9.

  Hermanos: Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las  Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os ha acogido para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.

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El texto seleccionado pertenece al final de la parte exhortativa de la Carta. San Pablo amonesta a los cristianos, en su mayor parte provenientes del mundo pagano, a considerar las Escrituras como guía espiritual y criterio de vida. A profundizar la comunión, para orar a Dios con un solo corazón. A acoger al otro como cada uno ha sido acogido por Dios en Cristo. Dios no discrimina: la elección, en otro tiempo, del pueblo judío no supuso la exclusión de los gentiles, y la apertura ahora del Evangelio a los gentiles no oscurece esa fidelidad de Dios respecto de Israel. Cristo nos lo revela con claridad: él ha venido a derribar el muro de separación (Ef 2, 14).

 Evangelio: Mateo 3,1-12.

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos”. Este es el que anunció el profeta Isaías   diciendo: “Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: `Abrahán es nuestro padre´, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga”.

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Juan Bautista es una de las figuras típicas del Adviento. Fue un personaje de gran relevancia en su tiempo. Era el guía carismático de un movimiento popular, que convocó al pueblo a la penitencia ante la inminencia del juicio de Dios. Su mensaje estaba centrado en la urgencia de la conversión, ofreciendo como signo de la misma el bautismo en las aguas del Jordán.

 

REFLEXIÓN PASTORAL

Si nos fuera permitido soñar el futuro, no lo imaginaríamos mejor que como nos lo describe el profeta Isaías: un futuro de justicia y de paz, sin sombras ni amenazas, y presidido por alguien sobre “el que se posará el espíritu del Señor” (Is 11,2), y con una especial providencia hacia el pobre, el afligido y el indigente (Sal 71). Y no es un sueño imposible; pero no puede obtenerse sólo soñando. Ese es el futuro que Dios quiere para el hombre, y por el que Cristo trabajó y entregó su vida. Un futuro al que hay que abrir camino.

Preparad el camino” (Mt 3,3), dice el Bautista. Juan denunciaba las falsas seguridades religiosas, la insuficiencia de una práctica religiosa ritual, la falta de frutos. Más tarde, dirá Jesús que al árbol se le conoce por sus frutos (Mt 7,20), de conversión. Y eso exige introducir en nuestras vidas rectificaciones profundas y hasta cambios de dirección, porque “Mis caminos no son vuestros caminos” (Is 55,8). ¿Cómo abrir caminos a ese futuro? ¿Cómo hacer para que el Reino de Dios venga a nosotros? “Convertíos…, rectificad…, dad frutos” (Mt 3,3.8). Es lo de siempre, porque nunca nos decidimos a tomarlo en serio. Por eso nuestros caminos no conducen a ninguna parte y, en todo caso, no conducen a ese futuro añorado y soñado de paz y justicia.

Juan denunciaba las falsas seguridades religiosas, la insuficiencia de una práctica religiosa ritual, la falta de frutos. Más tarde, dirá Jesús que al árbol se le conoce por sus frutos (Mt 7,20), de conversión. Y eso exige introducir en nuestras vidas rectificaciones profundas y hasta cambios de dirección, porque “Mis caminos no son vuestros caminos” (Is 55,8).

La voz de Juan es exigente, y debemos escucharla y acogerla con seriedad y gratitud. La palabra de Dios no es una palabra de adorno, ni demagógica; es útil para enseñar, corregir y salvar (cf. 2 Tim 3,16). Nos lo recuerda hoy la segunda lectura (Rom 15,4).

Hoy se nos invita a soñar el futuro, pero sobre todo a trabajar por él, y a una lectura atenta de las Escrituras; ellas nos ofrecen claves para propiciar la alternativa, “pues se escribieron para enseñanza nuestra…, y con el consuelo que dan mantengamos la esperanza” (Rom 15,4), pues “toda Escritura es útil para educar en la justicia” (2 Tim 3,16).

Cristo asumió este servicio de ser y dar esperanza, pues “Dios, mediante la Resurrección de Jesucristo nos ha reengendrado a una esperanza viva” (1 Pe 1,3), convirtiéndose personalmente en nuestra esperanza (Ef 1,12; Col 1,27; 1 Tim 3,14) y convirtiéndonos en servidores de esperanza (1 Pe 3,15).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué hago para preparar el camino del Señor?

.- ¿Qué rectificaciones debo introducir en la vida?

.- ¿Qué conocimiento y aprecio tengo de la palabra de Dios?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano capuchino.