martes, 10 de septiembre de 2019

DOMINGO XXIV -C-



1ª Lectura: Éxodo 32,7-11. 13-14

En aquellos días el Señor dijo a Moisés: “Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: ‘Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto´. Y el Señor añadió a Moisés: ‘Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso,  déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo”.
Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios: “¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: ‘Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre´”.
Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había prometido contra su pueblo.

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Asistimos a la primera crisis religiosa de Israel: ante la infidelidad del pueblo, Dios se “desentiende” del pueblo, endosándoselo a Moisés: “tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto”. Sin embargo, Moisés recuerda que no es él el señor del pueblo, sino Dios: Él es quien sacó a Israel de Egipto, y el pueblo es suyo. Y la mediación de Moisés, precursor de la gran intercesión mediadora de Jesucristo, aplacó la “ira” de Dios.

2ª Lectura: I Timoteo 1,12-17

Querido hermano: Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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Pablo se entiende a sí mismo como “gracia” del Señor. Sus antecedentes no presagiaban lo que luego aconteció. Esa situación “anti-Cristo” le avala en su actual situación “pro-Cristo”. Y su testimonio es claro: Cristo ha venido no para condenar sino para salvar. Él es testigo de eso: Cristo ha sido su protagonista. Con estas palabras estimula a Timoteo a anunciar ese Evangelio de la salvación frente a las resistencias que pueda encontrar en algunos miembros de  la comunidad, entre los que se encontraban Himeneo y Alejandro (1 Tim 1,20).

Evangelio: Lucas 15,1-32

                                                             
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los escribas y los fariseos murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ello”.
Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa reúne a los amigos y a los vecinos pare decirles: ‘¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido´. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra. Y cuando la encuentra, reúne  a las amigas y a las vecinas para decirles: ‘¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido´. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.

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Dos aspectos destacan en este fragmento: 1º) Las amistades de Jesús eran amistades “peligrosas” -pecadores- y “escandalosas” -“los fariseos murmuraban”-.
2º) Jesús da razón de su comportamiento: está traduciendo a Dios y su opción por lo perdido. A un padre no le interesan “muchos” hijos, le interesan “todos” los hijos, por eso mientras falte uno hay que inventar estrategias de salvación. Él ha venido para que no se pierda ninguno, para recuperar a todos, también a los que murmuraban y se escandalizaban de su comportamiento.

REFLEXIÓN PASTORAL

Si el Evangelio es siempre buena noticia, hoy podemos decir que, escuchando y meditando estas lecturas, recibimos una inyección de optimismo. Dios no está siempre enojado: “es lento a la cólera y rico en piedad” (Sal 86,15). “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta…? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is 49,15). ¿Acaso quiero yo en la muerte del malvado, y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18,23).  “Venid… Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve…” (Is 1,18). Pues, “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Y para eso envió a su Hijo, “nacido de una mujer” (Gál 4,4), “para tener misericordia de todos” (Rom 11,32) y redimirnos del pecado.
Y se presentó como médico en busca de enfermos -“no son los sanos sino los enfermos…” (Mt 9,12)-, como buen pastor que busca la oveja perdida y que, una vez recobrada, no la castiga sino que la carga sobre los hombros, reintegrándola gozoso al redil. Vino a destruir el muro que separaba a los hombres (Ef 2,14) y a descubrirnos el gozo del arrepentimiento y el perdón.
No vino a repartir reprobaciones, sino a salvar y hacer posibles las condiciones de salvación. Por eso, afirma san Pablo: “Podéis fiaros y aceptar sin reservas lo que os digo: que Cristo ha venido al mundo para salvar a los pecadores” (2ª lectura).
El enfrentamiento de Jesús con los fariseos obedeció a un solo factor: obstaculizaban la conversión; no eran capaces de comprender que Dios está abierto a todo el que le busca con sinceridad, aunque la historia pasada haya estado llena de equivocaciones.
Conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida, es decir que en nosotros está gestándose una criatura nueva de convertidos a Dios, si experimentamos el gozo de perdonar y de hacer posible el encuentro de los hombres con Dios (cf. 1 Jn 3,14).
Encuentro que puede realizarse a distintos niveles y de diversas maneras. Pero existe una expresamente querida por Jesús: el sacramento de la reconciliación. Sí; hoy no tiene muy buena prensa -ni siquiera tiene prensa-,  ni es muy estimado ni celebrado, porque es una celebración, la del perdón de Dios, sin embargo, viene de Él.
Algunos dicen: ¿por qué he de confesarme? Yo me confieso con Dios directamente. Él conoce la verdad. Y es verdad, pero soy yo quien debo reconocerla. Se olvida que la salvación se ha realizado vía encarnación; y que Dios ha querido encarnar su perdón, para evitar fáciles fugas sentimentalistas, en un sacramento en el que por medio de hombres los hombres volvemos a Dios y Dios viene a nosotros.
Deberíamos reflexionar sobre esta dimensión del amor redentor de Dios que nos invita y urge a la conversión; alegrarnos de que Dios mantenga su llamada sobre nosotros y de que, con la llamada, nos haya dado la capacidad de responder; y pedirle que nunca, con nuestra rigidez y dureza, seamos obstáculos que impidan a los hombres el encuentro con Dios.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento que Cristo protagoniza mi vida?
.- ¿Me alegra la “recuperación” espiritual de un hermano?
.- ¿Qué experiencia tengo del sacramento de la reconciliación?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, franciscano-capuchino.


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