jueves, 23 de octubre de 2014

DOMINGO XXX -A-


1ª Lectura: Éxodo 22,21-27

   Esto dice el Señor: No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás ni a viudas ni a huérfanos, porque si los explotas y ellos gritan a mí yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos.
    Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él usurero cargándole de intereses.
    Si tomas en prenda el manto de tu prójimo se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a costar?
    Si grita a mí yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.

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     Nos hallamos en la sección de las leyes sociales y religiosas del Código de la Alianza (Ex 20,22-23,33). El texto contempla ya a una comunidad asentada en la tierra prometida y en convivencia con otros grupos étnicos y sociales. Una sociedad que empieza a tener “poder”.
    En el se revela el rostro del Dios compasivo, volcado sobre el débil social -el forastero, el huérfano y la viuda-. Las actitudes que deben guiar la praxis social deben estar inspiradas en la justicia y la misericordia. Dios será garante y reivindicador de la dignidad del hombre.


2ª Lectura: 1 Tesalonicenses 1,5c-10

    Hermanos:
    Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra comunidad, la palabra de Dios ha resonado no solo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes; vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la visita que os hicimos: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que os libra del castigo futuro.

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   Pablo, en un diálogo vivo con los cristianos de Tesalónica, le recuerda cómo fueron los orígenes de su fe: una acogida gozosa y esforzada -entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo-, ejemplarizando con su vida la verdad del Evangelio -que eso es evangelizar-. El fragmento se concluye con una apelación a la esperanza en la venida liberadora del Señor. Es la primera referencia a este tema, la venida del Señor, característica importante de esta carta. 

Evangelio: Mateo 22,34-40

    En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
   El le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas.

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    Tras la pregunta por la licitud de pagar el tributo al César, sigue otra pregunta fundamental: la del mandamiento principal de la Ley. Y si la respuesta a la primera pregunta fue precisa y clarificadora, no lo es menos la respuesta a la segunda. La respuesta es: Amarás.  A Dios sin reticencias -alma, vida y corazón-, y con la misma intensidad al prójimo. El amor al prójimo no es algo distinto del amor a Dios. El amor a Dios no merma el amor al prójimo: lo fundamenta. Si se ama de verdad a Dios, se ama al prójimo y viceversa, aunque a veces no se tenga plena conciencia de ello (cf. Mt 25,31-46). Esta es la revelación y la revolución de Jesús: la del AMOR. Con ella, Jesús no solo esencializó la Ley, esencializó la vida.


REFLEXIÓN PASTORAL

    En tiempos de Jesús, en Palestina había diversas escuelas, corrientes de pensamiento y de   tema religioso y moral. En ese ambiente, los fariseos, se acercan a Jesús, para ponerlo a prueba, preguntándole, para que,  entre la multiplicidad de opiniones existentes, Él diera también la suya. “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” (Mt 22,36).
    Salvadas las lógicas distancias, quizá no sea muy diferente de aquella nuestra situación actual. Se han multiplicado las opiniones...; el pluralismo, en sí sano y necesario, no pocas veces crea un cierto confusionismo y hasta indiferencia. Por eso puede venirnos muy bien la pregunta por lo principal. Es un síntoma de madurez personal y social saber  formularse este tipo de preguntas, y no distraerse con preguntas accidentales y anecdóticas. Pues si no nos preguntamos por lo esencial, tampoco encontraremos la respuesta fundamental y esencial. Hay que esencializar la vida y en la vida.
     Pero esencializar no es tender a lo mínimo sino a lo íntimo. Es delimitar, y no solo limitar; es precisar el objetivo y lo objetivo desde las prioridades del Evangelio. Es alcanzar esa zona de silencio que permite escuchar la voz de la verdad sin tergiversaciones. Una esencialización cualitativa.
     En la vida cristiana lo esencial es Dios, tal como nos lo ha revelado Jesucristo. Y lo esencial de Dios es su Amor. Hay que retornar de esa diáspora en que vivimos, interiormente disgregados, para vivir lo esencial y hacerlo visible: el amor de Dios y al Dios Amor.   
    Y ¿cuál es la respuesta de Jesús? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” (Mt 22,37). Es decir con un amor total. ¿Y podemos decir que amamos a Dios así?
     Cuando apenas le dejamos un resquicio en nuestra vida, cuando en nuestro tiempo casi no hay tiempo para Él, cuando nuestro corazón está saturado de tensiones, rencores, frivolidad, ambiciones..., ¿podemos amar a Dios con todo el corazón?
     “Amarás a Dios...”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39). No opone ni contrapone; no separa; no establece ni siquiera un antes a Dios y luego al prójimo. Se trata de un amor contemporáneo: amar a Dios en el prójimo y amar al prójimo en  Dios.
    Y si el amor de Dios no puede ser teórico, tampoco el amor al prójimo. La primera lectura,  pone nombre a las exigencias del amor: la práctica de la justicia y de la misericordia (Ex 22,20.21.24).  Esta es la caridad, o una manifestación seria de la misma.
     El amor al prójimo no puede reducirse a un sentimiento, aunque deba ser sentido. El amor al prójimo no puede ser solo limosna superflua...; implica solidaridad, fraternidad, perdón... ¡Obras son amores! Por lo menos, ya lo sabemos: la respuesta fundamental es AMARÁS. “En esto conocerán que sois discípulos míos...” (Jn 13,35).
    En la segunda lectura, Pablo da gracias a Dios porque la comunidad cristiana de Tesalónica ha acogido la Palabra con alegría. Aún en medio de “tanta lucha” (1 Tes 1,6) vive y testimonia su fe, y su testimonio se ha extendido por todas partes Ese es el rostro y la voz de la nueva evangelización ¡Ojalá también pudiera decir esto de nosotros!

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Mi vida está volcada hacia esa prioridad, la del amor?
.- ¿Con qué intensidad es cristiana mi vida?
.- ¿Sé esencializar la vida?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

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