miércoles, 10 de octubre de 2018

DOMINGO XXVIII -B-


1ª Lectura: Sabiduría 7,7-11

    Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí un espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No la equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro. La preferí a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Todos los bienes juntos me vinieron con ella, había en sus manos riquezas incontables.

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    El sabio opta por la sabiduría, que es la revelación de Dios.


2ª Lectura: Hebreos 4,12-13

    La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubiero a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuentas.

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    En pocas palabras el autor de la Carta a los Hebreos hace una presentación de los rasgos más profundos de la Palabra de Dios. Y esa Palabra se hizo carne e historia en Jesucristo.


Evangelio: Marcos 10,17-30

    En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
    Jesús le contestó: ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.
    Él replicó: Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.
    Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme.
    A estas palabras, frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
    Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!
     Los discípulos se extrañaron de sus palabras. Jesús añadió: Hijos, ¡qué difícil les es entrar en Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.
    Ellos se espantaron y comentaban: Entonces, ¿quién puede salvarse?
    Jesús se les quedó mirando y les dijo: Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.
     Pedro se puso a decirle: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
    Jesús dijo: Os aseguro que quien deja casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casa y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras con persecuciones-, y en la edad futura vida eterna.


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     A un hombre con una pregunta existencial por lo fundamental, Jesús, mirándole con cariño, le invita a “ir más allá” del cumplimiento: le invita a su seguimiento, un seguimiento enriquecedor, pero también retador. La propuesta  alternativa  de Jesús implica tres momentos: desprendimiento, caridad y seguimiento. La “retirada” de aquel hombre es elocuente. Jesús advierte del peligro de los que confían en las riquezas, pero tampoco lo absolutiza: Dios lo puede todo (cf. Lc 19, 1-10). En la respuesta a Pedro, Jesús asegura que el seguimiento exige el desprendimiento y que  el desprendimiento y seguimiento cristiano es enriquecedor: abre al hombre a una familia más amplia: la iglesia, y  le incorpora en esperanza a la vida eterna. El inciso “junto con persecuciones” matiza la interpretación materialista o ingenua de la promesa.


REFLEXIÓN PASTORAL


    La Palabra de Dios no es un adorno ni un entretenimiento. Es la única posibilidad de caminar por el mundo, identificados con estilo y contenidos propios. Esta Palabra nos comunica verdades (es reveladora) e interpela nuestra existencia (es responsabilizadora).
    La rutina y la artificialidad con que la proclamamos y escuchamos han acabado por restarle capacidad de impacto en nuestra existencia. ¡Ya nos sabemos el Evangelio - y no nos sorprende-! ¡Ya no es una buena noticia, ni siquiera noticia, sino historia repetida! Acojamos con responsabilidad las afirmaciones de la Carta a los Hebreos: "La Palabra de Dios es viva y eficaz... Juzga los deseos e intenciones del  corazón" (2ª lectura).
    ¿Y cuáles son los contenidos y exigencias que esa palabra nos anuncia este domingo?
    Que es necesario dotar a nuestra vida de contenidos sólidos, si queremos que esta no se diluya. Que es preciso establecer una valoración jerarquizada de los motivos del vivir, si no queremos una existencia tergiversada, desorientada. Que al hombre no le queda otra alternativa de salvación si no es la progresiva liberación de la confianza ciega  en el poder salvador del dinero. Que es necesaria la Sabiduría de Dios - esa de la que nos habla la primera lectura - para distinguir, entre tanta bisutería,  el auténtico tesoro.
     El afán de tener más, para ser más y consumir más ha exigido -y exige- un alto precio en moneda humana. Muchos ascensos se consiguen con desplazamientos injustos e, incluso, pisando peldaños humanos. Muchas ganancias están amasadas con derechos hipotecados.
     Jesús hoy irrumpe en nuestras vidas para decirnos que el camino de la salvación va en otra dirección; que los planteamientos a que tenemos sometida la existencia son planteamientos de muerte, sin salida, sin futuro...Y no podemos acallar ni atenuar la radicalidad de sus palabras: "¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!"  
    Pero tampoco las utilicemos como argumento de condenación: son palabras orientadas a crear esperanza, aunque no falsas ni cómodas esperanzas; son palabra de salvación, porque "Dios lo puede todo". Hasta cambiar el corazón de los ricos...
    Es fácil contemplar la mota en el ojo del otro; considerarse, por esta vez, libre de pecado. ¿Quien se considera hoy rico? Muy pocos. Pero ser rico no es solo poseer cosas sino poseerse, o ser poseído por las cosas; y la salvación la encontramos en la medida en que compartimos no solo lo que tenemos sino lo que somos; en la medida en que el dar nos proporcione más alegría que el recibir; en la medida en que nos situemos ante el Señor con la pregunta del personaje del evangelio: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
    "Una cosa te falta..." respondió Jesús. Invitándole a ir más allá de la observancia de los mandamientos, le invita, le urge, a adentrarse en el ámbito de la comunión interhumana, a liberarse de las redes que paralizaban sus movimientos..., para seguirle.
    Esa advertencia advertencia de Jesús -“Una cosa te falta”- debería conducirnos a la pregunta por el  ¿qué nos sobra?; porque muchas veces es la saturación la que nos impide percibir las carencias más importantes de la vida.
    ¿Qué nos sobra? ¿Miedo? ¿Insensibilidad? ¿Superficialidad? ¿Egoísmo? ¿Soberbia? ¿Rutina?... Es necesario revisar el ropero vital y ver qué cuelga de nuestras perchas. Ya san Pablo invitaba a los Colosenses y a los Efesios a hacer esa revisión, para deshacerse de lo que sobra y quedarse con o esencial con “lo bueno” (1 Tes 5,1). Caminamos saturados de cosas accesorias, olvidando la “carga ligera” (Mt 11,30) de Jesús.
     Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura” (Mt 6, 33); “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo, si se pierde o se arruina a sí mismo?” (Lc 9,25); “No estéis agobiados…” (Mt 6,25). “Solo una  cosa es necesaria” (Lc 10,42). “Quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta” (Sta. Teresa).
     También nosotros podemos, quizá, reconocernos en ese personaje, con una vida honesta, pero no radical. Como a él, puede que solo nos falte,  o nos sobre, una cosa para amar a Dios sobre todas las cosas; pero es esa precisamente, la que nos distancia y entristece.
     Ante la radicalidad de las exigencias de Jesús, los discípulos, nos dice el evangelio, se  extrañaron mucho. Nosotros seguimos tan tranquilos, quizá porque no las tomamos en serio. Pero Dios habla siempre en serio. No podemos banalizar su palabra.  Jesús es portador de preguntas y propuestas esenciales y liberadoras.

REFLEXIÓN PERSONAL
 .- ¿Qué me falta? ¿Qué me sobra?
.- ¿Cuáles son mis preguntas en la vida?
.- ¿Discierno desde la palabra de Dios, o prevalecen otros criterios?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 3 de octubre de 2018

DOMINGO XXVII -B-


1ª Lectura: Génesis 2,18-24

    El Señor se dijo: No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y las bestias del campo; pero no se encontraba ninguno como él, que le ayudase.
    Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!
     Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

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    El texto forma parte del llamado relato “yahvista” de la creación, concentrado en el hombre y su destino.  Con un lenguaje poético (no es un relato historicista ni científico) el autor presenta la realidad humana como una realidad dual, llamada al encuentro y la comunión; sin discriminaciones ni supeditaciones. El hombre solo halla realización en el diálogo interpersonal. La “ayuda” de la mujer al varón no es una ayuda suplementaria sino complementaria; le ayuda a ser: sin ella el varón no es. Desde el principio el proyecto de Dios respecto del hombre es un proyecto de intercomunión y fidelidad mutua entre varón y mujer.

2ª Lectura: Hebreos 2,9-11

    Hermanos:
    Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con el sufrimiento al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

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     La muerte de Cristo, inscrita en el misterio de los designios de Dios, ha sido una muerte salvadora. No solamente ha “realizado” a Cristo, sino que nos ha “realizado” a nosotros. En él, nuestro hermano, hemos sido integrados en la gran familia de Dios. El cristiano no ha de perder la esperanza al constatar su pequeñez y pobreza, porque el Hijo de Dios nos ha elevado a la categoría de hermanos suyos, y no se averguenza de nosotros.


Evangelio: Marcos 10,2-16

    En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?
    Él les replicó: ¿Qué os ha mandado Moisés?
    Contestaron: Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.
    Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación los creó hombre y mujer: por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.
    En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.
    Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se li impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

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      Dos escenas: una sobre el matrimonio/divorcio, otra sobre las actitudes ante el Evangelio. Jesús no se deja atrapar por el casuísmo. En un tema fundamental y debatido  remite al proyecto original de Dios. Desde ahí ha de contemplarse el problema. El v. 12 supone el derecho romano, que reconocía a la mujer la posibilidad de repudiar al marido. El interés del evangelista no es reproducir materialmente las palabras de Jesús, sino transmitir fielmente su mensaje.
     Frente al acercamiento tentador de los fariseos, el acercamiento abierto e inocente de los niños. Los discípulos consideran impropio de un Maestro entretenerse con esas “pequeñeces”. Jesús se enfada, y advierte: sólo quien se abre al mensaje del Reino con la sencillez de un niño podrá recibirlo. Solo desde esa “apertura y limpieza” pueden leerse y vivirse los mandamientos de Dios. No se trata de canonizar el infantilismo sino de descalificar el fariseismo.

REFLEXIÓN PASTORAL

    No deberíamos olvidar los creyentes nuestras responsabilidades específicas, entre las que destaca la obligación de dotar a nuestra conciencia de contenidos sólidamente asentados en la palabra de Dios. Obligación que se hace más urgente en nuestros días, caracterizados por una  preocupante fluctuación y ambigüedad de los valores, donde aumentan las hipótesis y las sospechas, y disminuyen las convicciones en los planteamientos más fundamentales de la existencia. Tampoco deberíamos olvidar el hecho de vivir en una sociedad plural; no para silenciar nuestras convicciones sino para entrar en un diálogo respetuoso y profundo con las de los demás.
    Las lecturas de este domingo inciden sobre un punto candente de nuestro presente social: la estabilidad del matrimonio.
     La palabra crisis domina el horizonte. Pero crisis no es sinónimo de catástrofe, sino ocasión para clarificar criterios y definir posturas.
     Quisiera limitarme a una proclamación de los contenidos fundamentales del mensaje bíblico, una proclamación esperanzada, pues del matrimonio no se puede hablar -en cuanto realidad de amor -si no es desde la esperanza.
     La primera lectura nos habla del proyecto humano de Dios. Concibió y creó al hombre como un ser para la comunión -"no es bueno que el hombre esté solo"-, y ésta solo es posible en la interrelación y donación. Gráficamente se nos dice cómo el paraíso no fue tal hasta que no apareció en el él la mujer. Las cosas no podían colmar las más profundas dimensiones del hombre, las que no se sacian con la posesión de cosas sino solo en la intercomunión personal.
     ¡Cómo necesitamos  recuperar hoy esa perspectiva para evitar la progresiva deshumanización introducida por un consumismo irracional y pasional que acaba por consumirnos a nosotros mismos, aumentando  el sentimiento del vacío y la soledad!
     Intercomunión que en el matrimonio cristiano alcanza cotas de significación no solo humana sino sacramental religiosa. No se unen dos personas; sino que Dios une a dos personas. ¡Y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre! Ante la casuística farisea, Jesús remite al proyecto original de Dios, porque "al principio no era así". Jesús devuelve las cosas a su origen. En el proyecto de Dios los hombres hemos introducido glosas que lo desfiguran-“Invalidáis el mandato de Dios en nombre de vuestras tradiciones” (Mt 15,6)-; lo hemos “acomodado” y hasta tergiversado. Jesús devuelve las cosas, y nos devuelve, al HOY original de Dios, que es él (cf. Heb 1,2) y nos invita a vivirlo hoy.
      Es verdad que este plan de Dios se asienta en la debilidad humana, que debemos comprender, pero no podemos teorizarla.
       El pensamiento de Jesús aparece claro: el matrimonio es indisoluble por su propia naturaleza y por el simbolismo sacramental que expresa: el amor entre Cristo y la Iglesia. Hacer que lo sea es tarea, quehacer de los esposos, pero no solo de ellos.  Todo el secreto reside en saber permanecer en esa plataforma difícil pero infalible que es el amor.
      Demos gracias a Dios por todos los matrimonios que viven ilusionadamente su vocación; oremos por los que sufren tensiones y dudas, como también por lo que no han podido o sabido, por las causas que sean, mantener su unión. Oremos también por los que se preparan para el matrimonio.
      Proclamar con nitidez la doctrina de Jesús no debe hacernos olvidar que Él vino a buscar, a sanar, a alentar y no a condenar.
       Que el Señor no enseñe a todos a vivir en comunión y a no quebrar ninguna esperanza, pero también a no esconder y silenciar la nuestra.

REFLEXIÓN PERSONAL:
 .- ¿Soy persona de soledad o de comunión?
 .- ¿Sé reconocer en el otro una parte de mí mismo?
 .- En mis relaciones, ¿me doy o solo me busco?

 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

DOMINGO XXVI -B-


1ª Lectura: Números 11,25-29

    En aquellos días el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos; al posarse sobre ellos el espíritu se pusieron enseguida a profetizar. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad; aunque estaban en la lista no habían acudido a la tienda, pero el espíritu se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: Eldad y Medad están profetizando en el campamento. Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: Moisés, señor mío, prohíbeselo. Moisés le respondió: ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!

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    Un verdadero profeta nunca es un acaparador del espíritu, sino su servidor. Ante la sugerencia de Josué, Moisés descubre su gran deseo: ¡que todo el pueblo participara del espítu del Señor!

2ª Lectura: Santiago 5,1-6

    Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio  contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riquezas, precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado en vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza.

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     Estas palabras no están dirigidas contra los ricos en general, sino contra cristianos ricos, que han amasado su riqueza con la extorsión del obrero y con la insensibilidad ante los necesitados, hermanos en la fe. En estas palabras reaparece el tono de los antiguos profetas y el del mismo Jesús (cf. Lc 6,24-26).


Evangelio: Marcos 9,38-42. 44. 46-47


     En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.
     Jesús le respondió: No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro. El que os dé a beber un baso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies al abismo. Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser echado al abismo con los dos ojos, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

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    Como Josué (Núm 11,28), los discípulos sienten celos de un bien  no  protagonizado por ellos; Jesús, como Moisés (Núm 11, 29) invita a la apertura de espíritu para reconocerlo y acogerlo sin actitudes   sectarias. El bien  sólo tiene un origen: el Sumo bien. No hay que temer al bien hecho en nombre de Jesús; sí, a usar en vano su nombre Y si no ha de obstaculizarse el camino a “los que no son de los nuestros”, cuanto menos a los que lo son (“los pequeños que creen en mí”). Pablo reiterará este criterio (Rom 14; 15, 1-2; 1 Cor 8, 7-13). El rigor ha reservarse para uno mismo. Con expresiones tan radicales no se está haciendo una llamada a la mutilación física, sino a jerarquizar la vida según las prioridades de la fe, que no es compatible con cualquier actitud. Los mejores manuscritos suprimen los vv 44 y 46 (Vulg.), simples repeticiones del v. 48.


REFLEXIÓN PASTORAL

     Impresionantes las palabras de Jesús del texto de san Marcos, que hay que comprender correctamente, porque no son una invitación al suicidio ni a la amputación de órganos. Palabras que no hay que tomar al pie de la letra, pero que hay que tomar en serio. Porque son iluminadoras.
     A nosotros, que nos gusta tender la mano a todos los frutos, recorrer todos los caminos, contemplarlo todo…, Jesús nos dice que hay frutos prohibidos, porque no son buenos y no sacian el hambre del hombre; que hay caminos que no conducen a ninguna parte, porque no conducen a Dios; que hay ojos y miradas pecadores, porque ensucian lo que contemplan o se ensucian con lo que ven… Que hay actitudes y comportamientos incompatibles con el Evangelio, con la voluntad de Dios… Que no se puede servir a dos señores a un tiempo, vivir con una vela encendida a Dios y otra al diablo…, y que si surge el conflicto, y tiene que surgir, hay que optar por Dios, aunque esta opción llegue a ser sangrante.
     Es curioso y triste que a medida que vamos rechazando ser mártires de la fe, nos desangramos por lo caduco;  nos esforzamos en vivir para la muerte, como dice Santiago en su carta, mientras que rehuimos cualquier renuncia en aras de la fidelidad al Evangelio.
      El camino cristiano es arduo, tanto que en ocasiones deja de ser camino para convertirse en áspera y vertiginosa senda. Las cimas a las que llama Jesús no son las domesticadas y colonizadas para un turismo fácil y cómodo, sino aquellas que, vírgenes aún, estimulan el alpinismo más puro y arriesgado.
      Jesús no vino a reseñalizar caminos ya existentes, sino a perfilar un camino nuevo, que no dudó en calificar de “angosto” (Mt 7,14) y que, para ser transitado exige grandes dosis de sensatez (Lc 14,28-29) y audacia (Lc 14,25-27). Es la primera lección del evangelio de hoy: ¡Fuera ambigüedades y vaguedades! ¡Hay que sincronizar, armonizar, la fe y la vida!
      Pero hay otros mensajes, también importantes en este evangelio: la apertura de espíritu para saber reconocer y acoger, sin sectarismos, el bien, venga de donde viniera, aunque no venga de nosotros. ¡Pues las fronteras del bien son más amplias que las nuestras!  Moisés y Jesús nos dan hoy un ejemplo.  Sigue siendo válida para nuestro momento la advertencia de san Pablo: “Todo lo que es  verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Flp 4,8), venga de donde viniere. Y el dicho de san Francisco: “Dichoso quien no se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por su medio, que por el que dice y obra por medio de otro”. Estamos llamados a promover y reconocer el bien y a no obstaculizar, a no escandalizar con actitudes egoístas, el camino de los que buscan a Dios.

REFLEXIÓN PASTORAL

 .- ¿Soy tolerante o indiferente?
 .- ¿Qué riesgos estoy dispuesto a asumir por el Evangelio?
 .- ¿Sé reconocer el bien, venga de donde viniere?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap. 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

DOMINGO XXV -B-


1ª Lectura: Sabiduría 2,17-20

    (Dijeron los malos):
    Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor; es un reproche para nuestras ideas y solo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener de parte a Dios. Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.

                                        ***             ***             ***
   El hombre justo cuestiona con su vida, no forma parte del paisaje común de vulgaridad, “es diferente”: denuncia con sus ser y con su estar.  Por eso no halla espacio en el sistema y debe ser eliminado. Pero el hombre justo es necesario; sin él la vida se deforma. El autor de estos versículos se inspira en la figura del “Siervo” de los poemas de Isaías, mostrando que la fuerza del hombre justo reside en la fuerza del Señor.

2ª Lectura: Santiago 3,16-4,3

    Hermanos:
    Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz estan sembrando la paz; y su fruto es la justicia. ¿De dónde salen las luchas y los conflictos entre vosotros? ¿No es acaso de los deseos de placer, que combaten en vuestro cuerpo? Codiciáis lo que no podéis tener; y acabáis asesinando. Ambicionáis algo y no podéis alcanzarlo; así que lucháis y peléais. No lo alcanzáis, porque no lo pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para derrocharlo en placeres.

                                      ***             ***             ***

    La Carta diseña el perfil de la verdadera sabiduría, la sabiduría cristiana, en contraposición con la sabiduría terrena. Las comunidades cristianas, ya desde el principio, se vieron inmersas en “tentaciones” muy concretas. Aquí se apuntan algunas causas de los conflictos: la ambición, el deseo de placer… Paz fraterna y justicia son frutos de la sabiduría cristiana.


Evangelio: Marcos 9,29-36

    En aquel tiempo, instruía Jesús a sus discípulos. Les decía: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
    Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quien era el más importante.
    Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y acercando un niño, lo puso en medio de ellos, los abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

                                      ***             ***             ***

    El relato contempla dos momentos: uno de camino, y otro ya en casa, en Cafarnaún. Una prioridad de Jesús no fue solo instruir a los discípulos sobre su camino, sino introducirlos en él. Formulado de manera más condensada y genérica que el primero (Mc 8,31-33), este segundo anuncio de la pasión, supone una nueva llamada a los discípulos, quienes no sólo no entienden sino que tienen miedo de entender. El relato nos dice que hay dos modos diferentes de caminar: el de Jesús, en clave de servicio, y el de los discípulos, en clave de autoservicio. Ya en casa, Jesús, una vez más corrige esa perspectiva, descubriéndoles el “puesto” del discípulo en la vida, vinculándose y vinculando a Dios con el servicio y acogida de los menores de este mundo.


REFLEXIÓN PASTORAL

    ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante”.
     Un tema de conversación precristiano, si no ya anticristiano. Mientras Jesús se hace Camino para servir, ellos los discípulos, querían utilizar ese camino para servirse. Un dato aleccionador, que demuestra cómo nadie está libre de la ambición, ni siquiera los que andaban en las proximidades de Jesús. 
     Hoy asistimos a una lucha, no solo dialéctica, sino  física, por ocupar los primeros puestos; el protocolo es muy exigente. Cada grupo, y casi cada hombre, reclama ser protagonista del destino de los otros.
     Los políticos, surgidos en las urnas, reclaman la legitimidad de presidir y configurar la cosa pública; los dirigentes religiosos, argumentando que en el hombre hay dimensiones transcendentes, exigen un amplio espacio de protagonismo y de presencia; el mundo sindical, apoyado en que es el trabajo de sus afiliados quien hace posible la productividad, exigen presidencias cada vez más importantes no solo en la empresa sino en la sociedad; el capital, aduciendo que su dinero y dinamismo organizativo es quien hace posible el crecimiento industrial, pide mayor capacidad de decisión en la configuración del modelo social… Todos  discuten y compiten por la presidencia. Todos quieren -o queremos- servir, pero desde arriba, desde la presidencia.
     Llega Jesús y nos dice: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. No desautoriza ni descalifica el querer ser los primeros -los dirigentes y líderes son necesarios-, pero marca el estilo: servir de verdad, porque detrás de muchas declaraciones de servicio se esconden muchas vocaciones de autoservicio. Basta ver lo mal que sienta cuando uno es relevado de ese “servicio” de presidencia.
      ¿De qué discutíais por el camino?” Una pregunta que puede llevarnos a comprobar y examinar los auténticos valores, los afanes, las inquietudes y los proyectos de nuestro caminar diario. Una pregunta que puede llevarnos a examinar nuestro hablar y nuestro vivir.
     ¿Caminamos por la vida marcando rutas de comprensión’? O, por el contrario, ¿lo hacemos acechando al justo, fomentado envidias, enfrentamientos, tensiones…? “El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz”, nos dice hoy el apóstol Santiago”.
     ¿Qué sembramos en nuestra convivencia diaria, simientes de justicia -que es el fruto de la paz- o la cizaña destructora? ¿No somos también de los que pensamos que ser buenos no es rentable? ¿Que la vida es lucha, y que gana el que hace la guerra más útil, aunque sea la más sucia?
     ¿De qué discutíais por el camino?” Quizá también nosotros, ante esta pregunta de Jesús, tendríamos que guardar silencio, porque los temas y contenidos de nuestra vida real no estén muy conformes con lo que teóricamente creemos. Pero, en todo caso, es una buena pregunta, que haríamos muy mal en desoír o en archivar, para seguir caminando como si el Señor no se hubiera hoy acercado a nuestra vida y no nos la hubiera formulado.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿De qué hablamos por el camino?
.- ¿De dónde salen las luchas y conflictos entre nosotros?
.- ¿Cuál es mi plataforma de servicio?

   DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

DOMINGO XXIV -B-


1ª Lectura: Isaías 50,5-10

    En aquellos días dijo Isaías: El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás.Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado. Tengo cerca a mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque. Mirad mi Señor me ayuda; ¿quién probará que soy culpable?

                                     ***             ***             ***
    Nos hallamos ante el “tercer canto del Siervo”. El Señor le ha abierto el oído para escuchar su palabra, y él ha aceptado la misión. Desde la convicción de tener a Dios de su parte, el “siervo” no se echa atrás ante las presiones y persecuciones.  Dispuesto a afrontar el reto, confía su vida al Señor: es el destino de todo profeta.

2ª Lectura: Santiago 2,14-18

     Hermanos míos: ¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare: abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dáis lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.

                                      ***             ***             ***

    Ni fe sin obras, ni obras sin fe. La carta de Santiago es un reclamo realista a la verificación de la fe. Creer no es solo pensar; creer es crear. Cuando hay crisis de amor es que hay crisis de fe, y cuando hay crisis de fe es que hay crisis de amor.


Evangelio: Marcos 8,27-35

    En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo?
    Ellos le contestaron: Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas.
    Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
    Pedro le contestó: Tú eres el Mesías.
    Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutados y resucitar a los tres días.
    Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó a parte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro: ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!
    Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

                                      ***             ***             ***
   
     Nos encontramos ante una de las preguntas fundamentales de Jesús -“¿Quién decís que soy yo?”- y ante una de las respuestas fundamentales del evangelio -“Tú eres el Mesías”-. Sin embargo esa respuesta debe ser purificada de toda connotación triunfalista. El mesianismo de Jesús es de otro orden. Y Jesús comienza a desvelarselo “con claridad” a los discípulos.  La reacción de Pedro demuestra su limitada visión mesiánica. ¡Pensaban a lo humano! La fe en Jesús requiere adquirir otro punto de mira: el de Dios. Y solo asumiendo ese punto de mira es posible el seguimiento; y con ese punto de mira el seguimiento es ineludible.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”. Palabras fuertes y poco comunes para captar adeptos. Pero es que Jesús no vino para eso, sino para dar testimonio de la verdad. No vino a ser servido, sino a servir; no vino a halagar sino a salvar; no vino a dar palmaditas en el hombre, sino a cargar la cruz y a proponerla…
     Palabras que escandalizan a no pocos, que consideran esta invitación como una aceptación anticipada de la más radical frustración personal. Pero no es así.
     En realidad, las palabras de Jesús no invitan tanto a la renuncia, cuanto al seguimiento. Seguir a Jesús, esta es la cuestión.
     Seguimiento que supone una apropiación e interiorización de sus sentimientos y actitudes. Seguimiento que implica renuncias serias y dolorosas. Ocultarlas o silenciarlas sería un fraude al mismo Jesús, que no las ocultó, porque ser cristiano no es compatible con cualquier actitud teórica o práctica. Nada más contrario a Jesús que la ambigüedad referencial, que el posibilismo de servir a dos señores, de nadar y guardar la ropa.
     Pero tampoco podemos absolutizarlas, porque la meta del seguimiento cristiano no es la renuncia, sino el descubrimiento y el seguimiento de Jesús; no es la cruz, sino el Crucificado.
     Cristiano es aquel que ha descubierto a Cristo como el sentido de su vida, descubrimiento que se concreta en entrega personal. Es aquel para quien Cristo es norma y camino, con todo lo que esto tiene de configurante. Así se  entendió desde los orígenes, cuando el calificativo cristiano era injurioso y subversivo, y no una etiqueta aséptica, válida para encubrir un producto soporífero.
     Ser cristiano no es tanto un fenómeno cultural cuanto personal. Lo peculiar del cristianismo no es su ética, ni su filosofía, ni siquiera su teología, sino su vinculación a un tal Jesús, llamado Cristo, que, muerto, ha resucitado y vive (cf. Hch 25,19). Y si el cristianismo quiere ser significativo hoy…, nada logrará repitiendo simplemente lo que otros dicen, o remedando lo que otros hacen. Tal cristianismo, de papagayo, es irrelevante.
     Pero el seguimiento solo será auténtico cuando hayamos clarificado quién es ese Jesús, que exige una entrega tan  absorvente y radical.
         En este punto, quizá, nos encontramos al nivel de “lo que dice la gente”, y Él quiere arrancarnos una respuesta personal. A Jesús no se le puede conocer -ni seguir- solo por referencias de terceros, ni se le puede seguir de lejos. 
        Quizá lo prosaico de nuestra vida cristiana, la carencia de profundidad de nuestros compromisos…, todo eso que, en momentos de sinceridad, calificamos de inauténtico, se deba, en última instancia a que no hemos descubierto de verdad a ese Jesús al que religarnos, y por eso encontramos tanta dificultad en desligarnos de tantas cosas que nos asfixian.
     ¿Quién decís que soy yo?” Planteada por Jesús en un momento crítico de su vida, esta pregunta continúa como cuestión permanente e identificadora. Conocemos la primera respuesta, la de Pedro, pero no basta; en todo caso esa respuesta no ha cerrado la pregunta, aunque suponga una aportación fundamental.
    ¿Quién decís que soy yo? es, en primer lugar, la llamada a descubrir personalmente a Jesús y a descubrirnos personalmente ante él. Y puesto que el conocimiento y reconocimiento de Cristo no es conquista humana sino revelación del Padre (Mt 16,17), tal pregunta nos llevará, necesariamente, al mundo de la oración. Y no es solo pregunta por la identidad de Jesús sino por su significatividad para la vida. ¿Qué densidad, qué contenido, qué tono aporta ese conocimiento? Pues no basta con saber quién es Jesús, es preciso saber qué significa existencialmente (Lc 6,46; Mt 7,21). Es la resonancia personal-contemplativa.
     Pero la pregunta contiene una resonancia ulterior: ¿Quién decís que soy yo a los otros? Es la interpelación testimonial-apostólica. A ese Jesús descubierto personalmente, hay que descubrirlo públicamente. El Cristo conocido debe ser dado a conocer. Y eso llevará, inevitablemente, al centro de la vida, para ser testigos de lo que hemos visto... (1 Jn 1,1), pues nadie enciende una lámpara y la pone en un lugar oculto o debajo del celemín (Lc 11,33).
     Ambas resonancias deben ser escuchadas; pues, por un lado existe la tentación de contentarse con imágenes edulcoradas de Cristo y, por otro, la inclinación a privatizar la fe. Olvidando que la fe que no deja huella en la vida es pura evasión, y que el anuncio de Jesús, sin vivencia y experiencia personal, no es evangelización, sino mera propaganda.
¿Quién decís que soy yo? Una pregunta que no sólo define a Jesús sino a sus discípulos. Y ¿cómo lo decimos?

REFLEXIÓN PERSONAL
  .- ¿Cuál es mi conocimiento de Jesús?
 .- ¿Cuál es mi testimonio de Jesús?
 .- ¿Cuáles son las obras de mi fe?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.