miércoles, 21 de junio de 2017

DOMINGO XII -A-


1ª Lectura: Jeremías 20,10-13

   Dijo Jeremías: Oía el cuchicheo de la gente: “pavor entorno”. Delatadlo, vamos a delatarlo, mis amigos acechaban mi traspiés. A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los Ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo de su corazón, que yo ve la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, a lavad al Señor, que libró la vida del pobre de la mano de los impíos.

                                   ***                ***              ***

   La pasión por Dios le produjo Jeremías una serie de situaciones adversas hasta amenazar su vida. Su fidelidad a Dios era interpretada como traición a la nación. Con una profunda sensación de dolor, Jeremías nunca tuvo la sensación de fracaso. Su confianza en Dios le prohibía el desaliento. Sabía que “Dios está conmigo… y no podrán conmigo”.

2ª Lectura: Romanos 5,12-15

     Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres porque todos pecaron… Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pero a pesar de eso, la muerte reinó, desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, muchos más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.

                                   ***                  ***                  ***

   La historia humana está marcada por el pecado, pero no está condenada al pecado; pues “donde abundo el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20). Cristo ha introducido de nuevo la esperanza. “No hay proporción entre la culpa y el don”.  En Cristo Dios ha optado a nuestro favor.  No hay que tener miedo.   

  
Evangelio: San Mateo 10,26-33

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus Apóstoles: No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.
    Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.
     No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.
     Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, to también lo negaré ante mi Padre del cielo.

                                    ***                    ***                 ***

   En el “Discurso de la misión”, Jesús no oculta las dificultades inherentes a la tarea evangelizadora, pero les garantiza la presencia providente del Padre. No hay que tener miedo. Los “peligros” de la misión están cubiertos por un seguro de calidad: nuestras vidas están en las manos de Dios. Como dirá Pablo: “En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó…; pues nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8,37. 39).
 

REFLEXIÓN PASTORAL

    “No tengáis miedo” (Mt 10,26) es la expresión que más frecuentemente se repite en el Evangelio de este Domingo. Una invitación  no a la temeridad autosuficiente, sino a la audacia asentada en la confianza en la Providencia de Dios, que no crea que nada que no haya amado, y no mantiene en la existencia nada que no ame (cf. Sab 11,24-25).
     El profeta Jeremías (1ª) sintió los miedos del entorno: “Oía el cuchicheo de la gente…” (Jr 20,10), pero sintió también por dentro la fuerza de la presencia del Señor: “El Señor está conmigo” (Jr 20,11).
     “Estad prontos a dar razón de vuestra esperanza” nos recuerda la 1ª Carta de san Pedro (3,15). No podemos hurtar a los hombres el testimonio cristiano; aunque, en no pocas ocasiones, revista una modalidad crítica para el que escucha, y autocrítica para los que hemos de dar  ese testimonio.
    El amplio y rápido despliegue de comportamientos y actitudes fundamentalistas e intransigentes en nuestro tiempo es un signo preocupante. Oponer a eso la tolerancia es bueno y necesario. Pero, ¿qué tolerancia? 
     No es infrecuente que, ante ese “fundamentalismo” intransigente, se defienda un “neutralismo” que, en el fondo, no es sino “absentismo” y huída del compromiso por buscar y testimoniar la Verdad.
     La tolerancia debe surgir de la convicción de que la verdad es un horizonte y un quehacer, y de que todos somos peregrinos en esa búsqueda. Nadie la “agota” y nadie está totalmente desprovisto de ella. Sin “agotarla” nadie, pero sin “imponerla” nadie ni a nadie, la verdad se expone y propone, pero no se impone.
     El Evangelio, invitando a ser no solo críticos, sino autocríticos; no  llama a la indiferencia, sino al amor. Y el amor nunca es indiferente frente al prójimo y frente a la Verdad.
      Hoy existe mucha indiferencia camuflada de tolerancia, porque existe poco amor al prójimo y a la Verdad.
     La tolerancia supone un esfuerzo positivo de comprensión, de respeto, de pluralismo, de acogida, aceptando la diferencia no como distancia sino como riqueza. Y, al mismo tiempo, supone un rechazo de cualquier tipo de inhibición, de huida ante las urgencias del prójimo.
            Jesús nos invita a la claridad. Las “oscuridades” de nuestro tiempo, ¿no dependerán, al menos en parte, de la falta de “luminosidad” de muchos cristianos? La falta de Verdad que nos rodea e invade quizá sea una invitación a preguntarnos ¿qué hemos hecho los cristianos de la Verdad?
            El libro de los Hechos nos dice que los discípulos daban testimonio de Jesús públicamente con mucho valor y que la ciudad se “llenó de alegría” (8,8). ¿No seremos responsables, con nuestro silencio sobre Jesús, de la falta de alegría que existe en nuestra ciudad?
   “¡No tengáis miedo!” “¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡No tengáis miedo!” (Juan Pablo II: Homilía en el comienzo de su Pontificado).
    “No tengáis miedo”. El Evangelio no puede ser silenciado, aunque no falten los intentos por conseguirlo. Los creyentes no podemos ser cómplices de esa campaña que, so capa de convivencia y de respeto a todas las opciones y opiniones, tiende a devaluar la voz específica del Evangelio.
     “No tengáis miedo”, porque Cristo no ha dudado en precedernos en esa ruta de un testimonio radical en favor de la verdad, obteniéndonos “la benevolencia y el don de Dios” (Rom 5,15).

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cuál es la razón de nuestros miedos?
.- ¿Cuáles son nuestro miedos?
.- ¿Quizá hemos confiado demasiado en nuestros “medios”, y éstos han revelado su inconsistencia y fragilidad?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



martes, 6 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

1ª Lectura: Éxodo 34,4b-6.8-9

    En aquellos días Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en sus manos las dos tablas de piedra.
    El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.
    El Señor pasó ante él proclamando: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.
    Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ese es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.

                                   ***                  ***                  ***

    Tras romper Moisés las tablas de la Alianza, al ver el pecado del pueblo postrado ante el becerro de oro (Ex 32, 15-24), Dios, movido a compasión, le ordena de nuevo labrar dos tablas como las primeras y subir de nuevo al monte. Allí tiene lugar la revelación de Dios por el mismo Dios: “compasivo, misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Esa es su identidad más profunda. Y la historia no será otra cosa que la traducción de esa realidad en la vida. Dios está siempre dispuesto a renovar misericordiosamente su Alianza.


2ª Lectura: 2 Corintios 13,11-13

    Hermanos:
    Alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso santo. Os saludan todos los fieles. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros.

                                   ***                  ***                  ***

    Pablo concluye su carta a los Corintios con esta exhortación a una vida de comunión en el amor de Dios. Y se despide con una fórmula trinitaria, probablemente de origen litúrgico. Les desea que en su comunidad acojan y traduzcan el misterio de Dios: su gracia, su amor y su comunión. Dios es familia, y la Iglesia debe vivir, aunque sea a pequeña escala, como la familia de Dios.


Evangelio: Juan 3,16-18

                                             
    En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
    El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

                 ***       ***      ***

    Jesús desvela el proyecto de Dios que él ha venido a llevar a plenitud: un proyecto de amor. No ha venido a condenar, su pastoral fue siempre de integración, de acogida… Y ese estilo no debe perderse. El Evangelio de Jesús es el del amor de Dios, que solo puede proclamarse con amor. Dios nunca condena, es Salvador. La condenación no la gestiona Dios sino el propio hombre, que se coloca de espaldas a su iniciativa amorosa. Pero Él siempre está dispuesto a escribir de nuevo las tablas de su Alianza.


REFLEXIÓN PASTORAL

            Celebramos la fiesta del Misterio de la Santísima Trinidad: la verdad íntima de Dios, su misterio. Y la verdad fundamental del cristiano.  Para unos, este Misterio resulta prácticamente insignificante; para otros, teóricamente incomprensible...Y así, unos y otros, por una u otra sinrazón, "pasan" de él. ¿Tanto nos habremos insensibilizado y distanciado de nuestros núcleos originales? 
En su nombre somos bautizados; en su nombre se nos perdonan los pecados; en su nombre iniciamos la Eucaristía; en su nombre vivimos y morimos: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
            Hoy se constata una tendencia a prescindir de Dios. Insensibles, vamos acostumbrándonos o resignándonos a eso que ha dado en llamarse  “el silencio de Dios”, y que otros, más audaces, denominaron  “la muerte de Dios”; sin percatarse de que, en esa atenuación o desaparición del sentido de Dios, el más perjudicado es el hombre, que pierde así su referencia fundamental (Gén 1, 26-27), hundiéndose en el caos de sus propios enigmas.
            ¿Quién es Dios? Una pregunta desigualmente respondida, pero una pregunta ineludible, inevitable, porque Dios no deja indiferente al hombre; lo lleva muy dentro para desentenderse de Él.
             Para nosotros, ¿quién es Dios?  Dios no puede ser afirmado si, de alguna manera, no es experienciado. ¿Qué experiencia tenemos de Dios? ¿Tenemos alguna? ¿O solo lo conocemos de oídas (Job 42,5)? Estamos expuestos a un grave riesgo: acostumbrarnos a Dios, un Dios cada vez más deteriorado por nuestras rutinas. Un Dios al que llamamos "nuestro dios", quizá porque le hemos hecho nosotros, a nuestra medida y que sirve para justificar nuestras cómodas posturas, sin preguntarnos si ese "dios" es el Dios verdadero.
            "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1 ,18). Jesús es quien esclarece el auténtico rostro de Dios, su auténtico nombre. Y no recurrió a un lenguaje difícil, para técnicos, sino accesible a todos: Dios con nombres familiares: Padre, Hijo y Espíritu de Amor. Dios es familia, diálogo, comunión. Jesús no tuvo interés en hacer una revelación teórica de Dios, esencialista, sino concreta. Por eso Dios para nosotros  más que un misterio, aunque no podemos por menos de reconocer un porcentaje de misterio, es un modelo de vida (Mt 5, 48; Lc 6,36).
            Porque Dios es Familia, quiere que "todos sean uno,  como Tú y Yo somos uno" (Jn 17,21); porque es  Diálogo, quiere veracidad en nuestras relaciones: "vuestro sí sea sí..." (Mt 5,37); porque es Salvador, quiere que nadie se coloque de espaldas a las urgencias del hermano: "Tuve hambre..." (Mt 25,35); porque “es  Amor” (8I Jn 4,), quiere que nos amemos...
            Esto es creer en Dios, vivir a Dios. "Si vivimos, vivimos para Dios" (Rom 14,8)... Ser creyente es una cuestión práctica y de prácticas. Dejar que Dios sea Dios en la vida. Dejar que Dios sea realmente lo Absoluto, el Primero y Principal. Lo Mejor. Solo Dios.  Pero no  solos con Dios, por que Dios no aísla. Quien abre su corazón a Dios de par en par experimenta inmediatamente que ese corazón se convierte en "casa de acogida".


REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué experiencia tengo de Dios, y qué experiencia transmito?
.- ¿Contemplo al hombre como “espacio” de Dios?
.- ¿Traduzco la comunión con Dios en comunión fraterna?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


miércoles, 31 de mayo de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS


1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11

    Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
    Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.
     Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos estos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

                                                ***                 ***                  ***

        El libro de los Hechos ha sido calificado como “el Evangelio del Espíritu”, pues él es el protagonista principal. Y en este capítulo se evidencia. El texto está cargado de sugerencias y construido con elementos significativos del AT., con una clara intencionalidad teológica. No se trata de un “reportaje” gráfico de la venida del Espíritu, sino de la proclamación de un “mensaje” teológico: el inicio de la nueva y definitiva etapa de la historia de la salvación. La escenografía (viento, lenguas de fuego, ruido…) evoca “el día del Señor” anunciado ya por los profetas (cf. Jl 3,1-5). Como la historia de Jesús comenzó con el descenso del Espíritu (Mc 1,10), también la de la Iglesia comienza con el descenso del Espíritu. Se han roto las fronteras, la unidad perdida en Babel (Gén 11,1-9) se recupera en Pentecostés. La lengua del Evangelio es universal, porque es la lengua del amor de Dios manifestado en Cristo. La “glosolalia”, frecuente en los comienzos de  la Iglesia (Hch 10,46; 11,15; 16,9; 1 Cor 12-10; Mc 16.17), así lo manifiesta. Desde los inicios los horizontes del Evangelio son universales. No hay excluidos, todos son convocados. Es la misión confiada a la Iglesia, que realizará guiada y fortalecida por el Espíritu.
     

 2ª Lectura: 1 Corintios 12,3b-7. 12-13

    Hermanos:
    Nadie puede decir “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común… Porque lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

                                                ***                 ***                  ***

    Dos ideas a destacar en este fragmento: 1ª) Sin el Espíritu es imposible la vida cristiana. Todo está “gobernado” por el Espíritu Santo, que se manifiesta en cada uno para el bien común. Los dones personales tienen vocación eclesial. Presentación trinitaria: San Pablo nos ofrece una breve formulación trinitaria: un Espíritu, un Señor (Cristo) y un Dios (Padre) (cf. 2 Cor 13,13).
    2ª) Con el símil del cuerpo se subraya la unidad existente de todos los creyentes en Cristo por el bautismo y la comunión en un mismo Espíritu. El es el cohesionador de la Iglesia.


Evangelio: Juan 20,19-23

    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
     Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
     Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
     Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

                                                ***                 ***                  ***

     La muerte de Jesús había desconcertado a los discípulos; el miedo les atenazaba. Jesús se les presenta, como dador de la Paz y acreditado por las señales de su pasión y muerte: el Resucitado es el Crucificado; la resurrección no elimina la cruz sino que la ilumina. Al verlo, los discípulos recuperan no solo la Paz sino la alegría (sin él no hay alegría ni paz verdaderas). Y Jesús, antes de marchar, les confía la tarea de proseguir la obra que le encomendó el Padre. Como él, la realizarán, con la ayuda del Espíritu, su don definitivo; y como él esa misión tendrá como contenido principal anunciar y realizar la oferta misericordiosa de Dios: el perdón.

REFLEXIÓN PASTORAL

     Con esta fiesta se cierra la gran trilogía pascual. Con la aparición de la fuerza de Dios, que es su Espíritu, se pone en marcha el tiempo de la Iglesia, fundamentalmente dedicado a la predicación del Evangelio.
     "¿Habéis recibido el Espíritu Santo?”, preguntó S. Pablo a los cristianos de Éfeso.  "No hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo", respondieron (Hech 19, 1-2). Posiblemente, nosotros habríamos dado alguna respuesta: es Dios, la Tercera persona de la Santísima Trinidad...Y quizá ahí se acabaría nuestra "ciencia del Espíritu". Y sin embargo es la gran novedad aportada por Cristo; es su don, su herencia, su legado.
      Un don necesario  para pertenecer a Cristo (Rom 8,9), para sentirle y tener sus criterios de vida, y acceder a la lectura de los designios de Dios.  Un don para todos (universal) y en favor de todos. De ahí que todo planteamiento "sectario" en nombre del Espíritu sea un pecado contra el mismo. Los monopolizadores del Espíritu no son sino sus manipuladores.
       Es el Maestro de la Verdad; es él quien nos introduce en el conocimiento del misterio de Cristo -"Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influencia del Espíritu" (1 Cor 12,3)- , y del misterio de Dios -"Nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios" (1 Cor 2,11)) -.
       Es el  Maestro de la oración. El Espíritu Santo es la posibilidad de nuestra oración -"viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros" (Rom 8,26)-  y el contenido de la oración (Lc 11,8-13).
       Es el Maestro de la  comprensión de la Palabra. Inspirador de la Palabra, lo es también de su comprensión, pues "la Escritura se ha de leer con el mismo Espíritu con que fue escrita". El da vida a la Palabra; hace que no se quede en letra muerta. El facilita su encarnación y su alumbramiento. “El os llevará a la verdad plena” (Jn 16,13)
      Es el Maestro del testimonio cristiano. Sin la fuerza del Espíritu, el hombre no solo carece de fuerza para dar testimonio del Señor, sino que su testimonio es carente de fuerza.
      Es una realidad envolvente. Cubrió totalmente la vida de Jesús - "El Espíritu del Señor está sobre mí" (Lc 4,18) - ; la vida de María  -"La fuerza del Altísimo descenderá sobre tí" (Lc 1,35)-, y debe cubrir la vida de todo cristiano comunitaria e individualmente.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué experiencia tengo del Espíritu Santo?
.- ¿Sigo su magisterio?
.- ¿Sé escuchar el lenguaje del Espíritu?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.




jueves, 25 de mayo de 2017

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 1ª Lectura: Hechos 1,1-11

    En mi primer libro querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días les habló del reino de Dios.
    Una vez que comían juntos les recomendó: No os alejéis de Jerusalén; aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.
    Ellos lo rodearon preguntándole: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?
    Jesús contestó: No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.
     Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se le presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.

                                      ***             ***             ***

    El libro de los Hechos forma la segunda parte del proyecto teológico-literario de san Lucas dirigido a Teófilo (el amigo de Dios). En la primera, el Evangelio, narró lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta que ascendió al cielo. Ahora se dispone a narrar la andadura de la Iglesia, guiada por el Espíritu de Jesús.
    Tres bloques pueden señalarse en el texto escogido: un prólogo (vv 1-2), un relato de despedida de Jesús (vv 3-8) y la ascensión propiamente dicha (vv 9-11).
    En el prologo resume la vida terrena de Jesús hasta la resurrección, mostrando la continuidad personal y temática del Jesús prepascual y pospascual.
    En el relato de despedida aparecen elementos típicos del período que sigue a la resurrección: comida con los discípulos, promesas de Jesús, incomprensiones, y misión.
     Finalmente, la Ascensión con explicación: No se trata de una ausencia para siempre; Jesús volverá, y nos deja su Espíritu.
     Los textos no han de leerse literalísticamente, sino enmarcados en la simbología del lenguaje y pensamiento bíblicos. La Ascensión significa la exaltación total y definitiva de Jesús al Cielo, que es la casa del Padre, y que Jesús ha convertido en nuestra casa. La Ascensión no debe dar origen a especulaciones y actitudes pasivas, sino que debe marcar el inicio de la misión de la Iglesia.


2ª  Lectura: Efesios 1,17-23

    Hermanos:
    Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

                                      ***             ***             ***
  
    San Pablo pide espíritu de sabiduría para acceder al conocimiento del plan de Dios, que ha hallado su plasmación y culmen en Jesucristo. Un plan en el que hemos sido incluidos por Dios y que debemos incluir en nuestra vida. De una manera especial en la carta se afirma también el triunfo de Cristo y su exaltación junto al Padre, al tiempo que se afirma  la conexión de Cristo con la Iglesia. La Ascensión no convierte a Jesús en ausente, sino que inagura una nueva presencia.


Evangelio: Mateo 28, 16-20

    En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
    Acercándose a ellos les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

                                      ***             ***             ***

    Nos hallamos ante el final del Evangelio de san Mateo. Jesús reúne a los Once en Galilea (lugar del inicio de su misión) y en un monte (lugar preferido por Jesús para dictar sus enseñanzas más importantes). Todavía es vacilante la fe de los discípulos. Jesús les descubre su “entidad e identidad” (depositario universal del poder del Padre), y los envía definitivamente a la misión. No estarán solos, Él les acompañará siempre. La misión de la Iglesia es hacer discípulos de Jesús, siguiendo sus enseñanzas, e introduciéndolos por el bautismo en el misterio de la familia de Dios.


REFLEXIÓN PASTORAL

    El triunfo de Cristo gira en torno a tres celebraciones: la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés.  Hoy celebramos la Ascensión.
     La 1ª lectura  narra la Ascensión de una manera plástica y visual; la 2ª lectura y el Evangelio nos hablan de sus implicaciones: lo que supuso para Jesús, y lo que supone para nosotros.
     La Ascensión de Jesús es el primer paso de nuestra ascensión, y un paso seguro, porque lo ha dado El. Ya tenemos un pie en el cielo (Ef 2,6).  Pero  ese primer paso de Jesús hay que seguirlo con nuestros propios pasos, porque se trata de seguirle en esa ascensión personal.
     La obra de Jesús: su vida para los demás, su amor preferencial por los menos favorecidos, su vocación por la verdad..., su ser y su hacer, han sido rubricados por el Padre. Y, cumplida su misión, retorna al Padre, su punto de partida (Jn 16,28). Per no es un adiós definitivo, sino un hasta luego, porque “voy a prepararos un lugar, para que donde esté Yo estéis también vosotros” (Jn 14,2.3).
     La Ascensión no significa la ausencia de Jesús (Mt 28,20), sino un nuevo modo de presencia entre nosotros. Él continúa presente donde dos o más estén reunidos en su nombre (cf. Mt 18,20), en la fracción del pan eucarístico (cf. Lc 22,19 y par), en el detalle del  vaso de agua fresca dado en su nombre (cf. Mt 10,42), en la urgencia de cada hombre  (Mt 25,31-46).
      Pero ya no será Él quien multiplique los panes, sino nuestra solidaridad fundamentada en Él. Ya no recorrerá los caminos del mundo para anunciar la buena noticia, sino que hemos de ser nosotros, sus discípulos, los que hemos de ir por el mundo anunciando y, sobre todo, viviendo su Evangelio...
      Desde la Ascensión del Señor, sobre la Iglesia ha caído la responsabilidad de encarnar la presencia y el mensaje de Cristo. Se le ha asignado una tarea inmensa: ¡que no se note la ausencia del Señor! Jesús nos ha encargado ser su rostro: que cuantos  nos vean, le vean. ¿Tenemos esta transparencia? ¡La fe nos hace creyentes; el amor, la vida nos hacen creíbles!
       La fiesta de hoy nos invita a levantar nuestros ojos, a mirar al cielo para recuperar para nuestra vida la dosis de trascendencia y esperanza necesaria para no sucumbir a la tentación de un horizontalismo materialista; para dotar a la existencia de motivos válidos y permanentes más allá de la provisoriedad y el oportunismo utilitarista. 
      Vivir mirando al cielo es no perder nunca de vista la huella del Señor; no es una evasión sino una toma de conciencia crítica. Elevar nuestros ojos a lo alto es reivindicar altura y profundidad para nuestra mirada, para inyectar en la vida la luz y la esperanza que nos vienen de Dios; para “comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en heredad a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros” (Ef 1,18-19).


REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo asumo la tarea de hacer presente al Señor?
.- ¿Soy conciente de la herencia y la riqueza recibida por la fe en Cristo?
.- ¿Vivo en ascensión o en depresión?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO VI DE PASCUA

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 8,5-8. 14-17

    En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.
    Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

                            ***             ***             ***

    La geografía del Evangelio se abre a zonas en principio excluidas (entre judíos y samaritanos había una fuerte hostilidad religiosa). Los samaritanos -ya en los evangelios hay samaritanos ejemplares: la samaritana (Jn 4), el buen samaritano (Lc 10,29ss) y el leproso agradecido (Lc 17,11ss)- acogen porque no solo oyen sino porque ven realizado el mensaje. Y el Evangelio alegra a la ciudad. Tras esa avanzadilla misionera, llegan los apóstoles a legitimar, mediante la acción del Espíritu, verdadero protagonista de la misión, los frutos de la misión, integrando en la comunidad eclesial esa nueva área evangelizada.


2ª Lectura: 1ª Pedro 3,15-18

   Hermanos:
   Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os lo pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo; que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal. Porque también Cristo murió una vez por los pecadores, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu.

                            ***             ***             ***

     Evangelizar es “dar razón de vuestra esperanza”; y esto ha de hacerse con “mansedumbre, respeto y en buena conciencia”. Evangelizar no es avasallar ni ridiculizar a otros ni a otros planteamientos. Habrá que soportar las adversidades que conlleva la misión, sin desmayo, a ejemplo del gran Evangelizador, Cristo.


Evangelio: Juan 14,15-21

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os de otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni le conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

                            ***             ***             ***

    Continúa “el discurso de despedida” de Jesús, desgranando elementos fundamentales para fortalecer la fe y la esperanza de los discípulos. El gran legado, promotor de todo su dinamismo será el Espíritu, aquí denominado como el Defensor y el Espíritu de la verdad. Un Espíritu desconocido por  “el mundo”. Declara que el verdadero amor se manifiesta en la guarda de sus “mandamientos”, y que la identificación con Jesús supone el acceso al corazón del Padre.


REFLEXIÓN PASTORAL

    “Estad dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os lo pida, Pero con mansedumbre, respeto y buena conciencia” (1 Pe 3,15-16).
     Esta invitación, esta urgencia, no ha desaparecido, y es particularmente necesaria en estos momentos de crisis y tergiversación de valores.
     No a la confrontación, pero, también, no a la inhibición. Así surgió la Iglesia, del testimonio de la esperanza de los discípulos. Un testimonio que “llenó de alegría a la ciudad” (Hch 8,8). La tristeza existencial que nos atenaza, a pesar del barullo reinante, ¿no obedecerá a que hemos silenciado esa esperanza? ¿Tenemos algo que decir? ¿Decimos algo? ¿Cómo lo decimos?
    Primero, hemos de decir una palabra humana y humanizadora. Los cristianos debemos estar presente -no solo no ausentes- con presencia peculiar y propia, en la configuración del proyecto humano. Hay que humanizar, impidiendo que el rostro del hombre se vaya desfigurando con rasgos inhumanos e infrahumanos. No debemos extrañarnos sino entrañarnos en el compromiso humano. Nuestra profesión de fe debe ser humanizadora; debe ayudar a que nazca ese hombre nuevo apuntado en la resurrección de Cristo, habitante de unos cielos nuevos y una tierra nueva, donde habite la justicia (2 Pe 3,13). Pero antes, y para eso, nuestra vida personal debe humanizarse, y nuestra fe debe humanizarnos. Es la primera palabra: una palabra humana, desde el modelo de hombre que Dios nos reveló en Cristo.
      Y una palabra religiosa. No podemos sustraer, silenciar o camuflar esta palabra (Mt 5,16). Palabra necesaria e inequívoca, creída y creíble. Pues no se trata de “terrenizar” el Evangelio, sino de “evangelizar” la tierra. No se trata tanto de “humanizar” el Evangelio, cuanto de “evangelizar” al hombre. 
   ¿Somos religiosamente inexpresivos? ¿Los que se encuentran con nosotros, con quién se encuentran? ¿Con Dios? ¿A dónde y a quién remitimos con nuestro ser y nuestro obrar? 
    Y esa palabra, humana y religiosa, no es más que una: JESUCRISTO. Y para pronunciarla con verdad y credibilidad necesitamos la asistencia del Espíritu de la verdad.
    El evangelio de hoy nos insta a una adhesión personal, íntima y consecuente a él, a Cristo, a sus “mandamientos”, que se reducen a un mandamiento: “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9). En esa adhesión hallaremos la experiencia de la filiación divina y de la presencia fortificante del Espíritu de Dios. Desde esa adhesión entraremos a formar parte de la “familia de Dios”, y superaremos la sensación de orfandad y desamparo.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Anuncio y vivo el Evangelio de la alegría y con alegría?
.- ¿Con qué actitudes doy razón de mi esperanza en Cristo?

.- ¿Guardo (viviendo) o guardo (ocultando) el mandamiento del Señor?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 10 de mayo de 2017

DOMINGO V DE PASCUA

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 6,1-7

    En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas.
     Los apóstoles convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra.
    La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Simón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.
     La Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

                            ***             ***             ***

     El realismo eclesial aparece ya desde el principio: en la comunidad de los creyentes surgen problemas prácticos. La solución no es ignorarlos, sino abordarlos dentro de la comunidad. Los apóstoles acogen la denuncia e invitan a una solución amistosa y fraterna. Reconociendo cuál es su prioridad -el servicio de la Palabra-, delegan la gestión de la administración  en otros hermanos, llenos de fe y de Espíritu Santo, presentados por la comunidad. No acaparan a la comunidad. Surgen así los “diáconos”. En realidad esta decisión supone el reconocimiento de la diversidad en la unidad, y la instauración del discernimiento fraterno y creyente para crecer en la comunidad. El servicio de estos siete diáconos no será solo “administrativo” sino apostólico, así aparece en los casos de Esteban (6,8-8,1a) y de Felipe (8,4-8. 26-40).

2ª Lectura: 1 Pedro 2,4-9

    Queridos hermanos:
     Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.
    Dice la Escritura: Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado”.
    Para vosotros los creyentes es de gran precio, pero para los incrédulos es la piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular, en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros, en cambio, sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

                            ***             ***             ***

    Cristo es “la piedra angular” (Ef 2,20) del nuevo edificio de Dios. Un edificio en cuya construcción entran como “piedras vivas” los cristianos, con capacidad sacerdotal “para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo”.
     La idea de la responsabilidad eclesial y la capacidad sacerdotal del pueblo de Dios se halla reseñada en los escritos neotestamentarios (Ef 2,20-22; Rom 12,1-2; Ap 1,6). Una capacidad y responsabilidad que ha de ejercerse desde una profunda vinculación a Cristo, sumo sacerdote de nuestra fe.

Evangelio: Juan 14,1-12

                                                            
    En aquel tiempo dijo a Jesús a sus discípulos: No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no os lo había dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
    Tomás le dice: Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?
    Jesús le responde: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
     Felipe le dice: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
     Jesús le replica: hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dice tú: Muéstranos  al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo digo por mi cuenta propia. El Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también el hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.

                            ***             ***             ***

    En “el discurso de despedida” Jesús intenta serenar el espíritu de los discípulos ante su inminente y dramático final. Su ausencia no será definitiva. La vocación de Jesús es vivir con los suyos para siempre.
    Va al Padre, que es su hogar original y el de los que le sigan. Jesús descubre a los suyos su secreto: el Padre. Y nos descubre que “su” Padre es “nuestro” Padre. El es el Camino para ir al Padre y el Camino por el que el Padre viene a nosotros; es la Verdad  y la Vida del Padre; una Verdad y una Vida que se nos entrega abundantemente (Jn 10,10) a través de su persona. Jesús no va por libre, sigue y sirve el diseño amoroso del Padre. Su ser y su proyecto se generan en el seno del Padre y conducen al Padre.
    La pregunta de Jesús a Felipe sigue teniendo vigencia: Tanto tiempo y ¿aún lo conocemos de verdad?  

REFLEXIÓN PASTORAL

    La tarde del Jueves Santo, a la pregunta de Tomás, Jesús responde con una afirmación sin precedentes ni analogías: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).
    En un mundo sumido en el escepticismo, acostumbrado o resignado a tonos mediocres; donde parece no haber verdades programáticas sólidas, sino solo verdades estadísticas; donde se nos ha acostumbrado a lo de “caminante, no hay camino…”; donde de la vida se tiene una visión epidérmica y materialista, aparece Jesús, reclamando y encarnando esa función fundamental para la existencia del hombre.
     Jesús es el Camino. Para quien no tiene destino, ni interés por llegar a parte alguna, cualquier camino sirve; pero a quien busca la Verdad y la Vida no le sirve cualquier camino.  En la peregrinación del hombre hacia Dios, y en el acercamiento de Dios hacia el hombre, Cristo es el Camino. Porque no solo vamos a Dios por Él, sino que por Él viene Dios a nosotros.  
      Jesús es la Verdad. La Verdad no es algo (Jn 18, 38); la Verdad es Alguien…, lleno de verdad, que ha venido a dar testimonio de la verdad, y que ora al Padre para que nos santifique, nos consagre en la verdad, porque solo la verdad hace libres (Gál 5,1).
      Jesús es la Vida (Jn 10,10). No solo para la otra vida; también para esta vida. Por eso es agua viva, pan de vida, palabra de vida… Una vida que se ofrece y que cada uno ha de personalizar, al estilo de Pablo, para quien: “Mi vivir es Cristo; para mí la vida es Cristo” (Ga 5,6).
       En esas palabras de Jesús se fundamenta la vida de la Iglesia. Una Iglesia que, como sugiere la primera lectura, ha de priorizar sin renunciar. Ha de saber delegar funciones para no ralentizar la misión, para “no descuidar la Palabra de Dios” (Hch 6,2).
       Una Iglesia consciente de su condición: raza elegida (pero no racista), sacerdocio real (pero no clericalista), nación consagrada (pero no elitista), y de su misión: “proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa” (1 Pe 2,9).
       Una Iglesia, construcción viva, asentada sobre Cristo (1 Cor 10,4),  “piedra angular” (1 Pe 2,6) y “roca espiritual” de la que brota el agua que nos permite saciar la sed en el largo camino del éxodo de la vida (cf. Ex 17,5-6; Jn 7,37-38).
        Jesús es el Camino para ser andado; la Verdad para ser creída, la Vida para ser vivida, y la Piedra fundamental que sustenta, como apoyo y fuerza vital, la vida de la Iglesia.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es el discernimiento fraterno la metodología en el “debate” eclesial?
.- ¿Cómo siento y actúo mi responsabilidad eclesial?
.- ¿Es Cristo el Camino, la Verdad y la Vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMcap.