miércoles, 11 de enero de 2017

DOMINGO IIº TIEMPO ORDINARIO -A-

1ª Lectura: Isaías 49,3.5-6

    “Tú eres mi siervo (Israel) de quién estoy orgulloso”. Y ahora habla el Señor que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza-: Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

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    No es fácil acertar con la identidad de este “siervo” del libro de Isaías. La cuestión ya aparece planteada en Hch 8,34. En el judaísmo precristiano y contemporáneo a Cristo se pensaba sobre todo en Israel (glosa hebrea en Is 49,3 y de los LXX en Is 42,1) o en un personaje del AT (Sab 2,12-20; 5,1-7; Hch 8,32). Algunos niegan la interpretación mesiánica; otros la afirman, y explican que la supresión fue debida al uso que de ella hacían los cristianos.
    El NT ha señalado los contactos entre el “siervo” y Jesús. De ahí que la tradición cristiana haya seguido en esa línea. Pero hay que notar,  por lo que se refiere a Jesús: Parece que él no vio especialmente reflejada su conducta y misión en los tres primeros cantos. Los textos más importantes serían los del cuarto canto y otros fragmentos isaianos como 43,4; 44,26; 50,10; 59,21; él mismo aplicó a sus discípulos ideas del segundo y tercer canto (cf. Mt 5,14.16 con Is 49,3.6; 50,6). Aunque la iglesia primitiva consideró a Jesús como el Siervo de Dios, esto no eliminó la interpretación colectiva (Lc 1,54) ni impidió que se aplicasen a los discípulos algunos rasgos del Siervo (cf Hch 8,34s=Jesús; 14,37; 26,17s=Pablo).  
     La interpretación mesiánica, pues, debe ir acompañada de la interpretación eclesial. Y no hay que exagerar su importancia a la hora de explicar la vida de Jesús. Hay otros textos de más relieve: Is 61,1-3= Lc 4,18-19.


2ª Lectura: 1 Corintios 1,1-3

    Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo, por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro y de ellos. La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sea con vosotros.

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    Esta introducción / saludo de la primera carta a los Corintios no es un mero trámite o protocolo literario. En ella Pablo destaca ideas fundamentales: su identidad de apóstol de Jesucristo y su legitimidad -llamado…,  por voluntad de Dios-, y la identidad de la comunidad de Corinto: pueblo santo, Iglesia de Dios, consagrados por Jesucristo. Destaca un detalle significativo: no sólo los cristianos de Corinto son los destinatarios de la carta sino todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo; esta extensión, pues, nos incluye a nosotros. Y sería importante no olvidar este aspecto a la hora de leerla o de escucharla.

Evangelio: Juan 1,29-34
                                              
    En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quién yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.
    Y Juan dio testimonio diciendo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

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    El ciclo de los testimonios -en la 1ª lectura sobre el “siervo”; en la 2ª lectura sobre Pablo y la comunidad cristiana-, se cierra con el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús: es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
    El Cordero es uno de los símbolos de la cristología joánica (cf. Apo 5,6.12…), y funde en él la imagen del “siervo” de Is 53, que carga con los pecados de los hombres y se ofrece como cordero expiatorio (Lv 14), y el rito del Cordero pascual (Ex 12,1), símbolo de la liberación de Israel.
    Jesús, signado por el Espíritu Santo, es el hombre estructuralmente “espiritual”. “Obra” del Espíritu, el Espíritu lo dimensiona. Concebido por obra del Espíritu (Lc 1,35), toda su existencia se explica desde él. Y es el Hijo de Dios y el verdadero Cordero de la liberación y la redención. Consciente de la prioridad y superioridad de Jesús, Juan contrapone su bautismo con agua -de preparación-  al  bautismo de Jesús, con Espíritu Santo -de plenitud-.



REFLEXIÓN PASTORAL

      El Evangelio que se proclama este domingo nos ofrece el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesucristo: es el Cordero de Dios (cf. Ex 12,1ss; Is 53,7.12). Garantizado por el Espíritu (cf. Is 11,2) y plenificado por él, Jesús es el hombre del Espíritu. Y ese testimonio nos permite o más bien nos obliga a una reflexión sobre nuestro testimonio cristiano.
    “¿Quién decís que soy yo?” (Mt 16, l5). Formulada por Jesús a los Doce, en un momento de desconcierto, la pregunta implica dos niveles en la respuesta.
      ¿Quién soy para vosotros? - nivel personal -. No es una invitación a inventar a Jesús, sino a descubrirle, a reconocerle cómo y dónde Él ha querido manifestarse. Y puesto que ese conocimiento no es “hechura de manos humanas” (Sal 115,4), nos conducirá al mundo de la oración y de la escucha de la Palabra, porque “nadie conoce al Hijo sino el Padre” (Mt 11,27, y “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” (Jn 6,44).
    Pero a ese Cristo descubierto personalmente hay que descubrirlo públicamente. ¿Quién decís a los otros que soy yo? - nivel testimonial - . Y esto nos conducirá al encuentro con la vida de cada día.
    Los dos aspectos de la pregunta son importantes; porque somos propensos, por una parte a contentarnos con imágenes de Cristo más devocionales que reales, y, por otra, cedemos fácilmente a la tentación de privatizar demasiado esa fe, olvidando que la fe que no deja huella pública en la vida es irrelevante.
    Hoy el Evangelio nos habla de la necesidad de un testimonio de Cristo claro y coherente, sabiendo que, por eso mismo, ha de ser conflictivo -“porque no sois del mundo” (Jn 15,19)-, preferencial -“obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29)- e integral -“hacedlo todo en el nombre del Señor” (1 Cor 10,31).
    El nombre de cristiano no debe ser la envoltura de “nada”, y, menos aún, de una mercancía soporífera, sino la consecuencia de un descubrimiento, el de Cristo, que termina en un compromiso real con la vida.
    La tarea de cada momento de la Iglesia y de cada miembro de la Iglesia es dar testimonio de Jesucristo; en esa línea se situaron Pablo y Sóstenes (2ª lectura).
    Pero sobre la Iglesia en general, y sobre cada cristiano en particular, se alza, también en este tema, el mandamiento del Señor: “No darás falso testimonio” (Ex 20,16). Y a eso pueden equivaler ciertos silencios y ambiguedades.
    Ante el Octavario de Oración por la Unión de todos los Cristianos, que se inicia el día 18, hemos de considerar esta unidad y conversión al proyecto de Jesús como uno de los retos  y de los rostros específicos del testimonio cristiano.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo es mi testimonio de Cristo?
.- ¿Hablo solo de oídas?
.- ¿Es un testimonio vivencial y creíble?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap. 














viernes, 6 de enero de 2017

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

1ª Lectura: Isaías 42,1-4. 6-7

    Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

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     El texto seleccionado es el primero de una colección isaiana denominada “Cantos del Siervo”. Se ha debatido mucho sobre la identidad de este personaje -individual o colectiva-, pero en todo caso era uno de los catalizadores de la esperanza de Israel. Se trata de un personaje ligado profundamente a Dios, elegido por él y convertido en alianza y luz de los pueblos. Su misión será regeneradora de la sociedad y de las personas, con un estilo humilde. La liturgia cristiana, siguiendo la huella del NT (Mt 12,18-21), aplica este primer canto a Jesús.

2ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34-38

     En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.

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     Al entrar en casa del centurión Cornelio, un pagano, Pedro declara la “apertura” de Dios a todo el que le busca con sincero corazón. Una apertura personalizada en Jesucristo, el Señor de todos, Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, y cuya historia pública se inició en las aguas del Jordán, río de hondas resonancias en la historia bíblica. 


Evangelio: Mateo 3,13-17

     En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?
     Jesús le contestó: Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.
     Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

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     El bautismo de Jesús en el Jordán fue un hecho incuestionable, pero difícil de asumir por la primitiva comunidad cristiana en sus relaciones con los seguidores del Bautista. San Mateo quiere dejar clara la prioridad de Jesús sobre Juan, cuya misión es la de precursor. Su persona y su bautismo son preparación de la persona y de la misión de Jesús, que queda desvelada con la presencia del Espíritu de Dios y la voz del cielo. El texto está cargado de intencionalidad teológica. La alusión al Jordán evoca la entrada definitiva del pueblo en la Tierra prometida y supone el fin del éxodo. Entrando en sus aguas, Jesús anuncia la verdadera libertad. Juan le reconoce como el Mesías de Dios, y la voz del cielo le identifica como su Hijo. Jesús es el Libertador, el Mesías, el Hijo de Dios.

REFLEXIÓN PASTORAL

     La fiesta del bautismo de Jesús pone fin al ciclo litúrgico de la Navidad. Es una fiesta chocante. Sin embargo, el hecho de que Jesús acudiera al río Jordán, para ser bautizado por Juan es un hecho históricamente cierto. Coinciden en el dato los cuatro Evangelios.
     En la Palestina contemporánea a Jesús estaba extendida la costumbre de purificarse ritualmente por medio del agua. En este contexto apareció Juan, predicando conversión y ofreciendo, como signo de la misma, una purificación a través de un bautismo. Para ello eligió las aguas del río Jordan, un río que evocaba el paso definitivo a la tierra prometida.  Y muchos aceptaban su predicación, se arrepentían y recibían su bautismo. Hasta aquí todo normal.
     ¿Pero, qué hace Jesús en la fila de los hombres pecadores? ¿Por qué realiza él ese gesto de bautizarse, además diluido en “un bautismo general” (Lc 3,21). El mismo Juan se extraña: “Soy yo quien debe ser bautizado por ti...” (Mt 3, 14). Pero es que Jesús no había venido a hacer ostentación de sus privilegios, sino que, por libre decisión, se hizo semejante a nosotros en todo (Flp 2,7), excepto en el pecado (2 Cor 5,21; I Jn 3,5; 1 Pe 2,22).  Hasta aquí llegó la encarnación del Hijo de Dios. No terminó en el seno de María, sino que recorrió toda la andadura humana, hasta pasar por la muerte, él que era la Vida.
    Por eso Jesús, sin pecado, no duda en mezclarse con los pecadores: porque sólo se salva compartiendo, desde dentro y desde abajo, la condición del hombre... Jesús entra en nuestra “corriente de agua”, para sanarla, cual nuevo Elías (2 Re 2,19-22). El pecado no entró en él; es él quien entró en el pecado, para redimirlo y desactivar su poder destructor (2 Cor 5,21; Rom 8,33; Gal 3,13).
      Y, al confundirse entre los hombres, al hundirse en nuestras aguas, se abren los cielos de par en par para revelar su grandeza y su verdad y se “oye la voz del Señor sobre las aguas” (Sal 29,3): “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto” (Mt 3,17). Ya no son ángeles, pastores ni estrellas quienes nos descubren su verdad, es el Padre Dios.
      Pero no terminan aquí las lecciones de este día. La 1ª lectura pone de relieve proféticamente, el estilo y el contenido del auténtico enviado de Dios: no quebrar ni ahogar esperanzas... (Is 42,2-3). Y hay que tener la mirada muy limpia y muy profunda para descubrir vida y esperanzas donde otros sólo constatan desesperación y muerte. Muchos se han hundido en lo que llamamos “mala vida”, porque no encontraron a tiempo alguien que les concediera un poco de credibilidad y confianza. En vez de manos tendidas y acogedoras, sólo encontraron dedos anatematizadores y descalificadores.
       El paso de Jesús, como nos recuerda la 2ª lectura, fue muy distinto. “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos..., porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38).
     De todo esto nos habla la fiesta del bautismo de Jesús, y nos invita a verificar nuestra vivencia bautismal, porque el bautismo no se acredita con un documento sino con una vida, y  nuestra vida no puede ser la negación, sino la acreditación de nuestro bautismo.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué significa para mí el bautismo?
.- ¿Qué huella dejo en la vida?
.- ¿La de Jesús, que pasó haciendo el bien?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

lunes, 2 de enero de 2017

EPIFANÍA DEL SEÑOR -A-


1ª Isaías 60,1-6

    ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz: la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad de los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora.
     Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces los verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar, y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

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     El oráculo del profeta contempla la restauración de Jerusalén. Una restauración interior -la gloria del Señor la habitará- y exterior  -será luz para las naciones-. A ella peregrinarán no sólo sus hijos exiliados, sino todos los pueblos, ofreciéndole dones excelentes. El profeta quiere expresar su esperanza y alentar la esperanza del pueblo. La perspectiva universalista y la alusión a las ofrendas de oro, incienso y mirra han vinculado este esto al motivo de la adoración de los Magos.

2ª Efesios 3,2-3a.5-6

    Hermanos:
    Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el Misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido ahora revelado por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

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    Escribiendo a cristianos provenientes del paganismo, el apóstol se presenta como revelador del Misterio salvador de Dios, que alcanza a todos los hombres. En Cristo ha sido derrumbado el muro que separaba a los hombres (Ef 2,14),  convirtiendo a todos en miembros de un solo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo. La fiesta de la Epifanía subraya esta vocación universal a la salvación, caminando a la luz del Evangelio.

Evangelio: Mateo 2,1-12

    Jesús nació en Belén de Judá en tiempo del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.
    Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
     Ellos le contestaron: En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de la ciudades de Judá;
porque de ti saldrá un jefe
que será el pastor de mi pueblo Israel”.
    Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir  yo también a adorarlo.
     Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y, habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

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    Quizá sea este uno de los episodios sobre los que más se ha fabulado, desplazando el acento hacia zonas cada vez más alejadas de su sentido original, absolutizando lo anecdótico e irrelevante. Convendría  atenerse a la sobriedad e intencionalidad del texto.
    El centro del relato, y de la fiesta posterior, no son los Magos, sino la afirmación de que con el nacimiento de Cristo, la Luz ha venido al mundo; la proclamación de la voluntad salvadora de Dios para todos los hombres; la epifanía de su amor universal.
    El evangelista teje esta afirmación con hilos tomados del AT. La tradición judía anunciaba al Mesías como la estrella que surge de Jacob (Núm 24,17). Y, según las profecías, los pueblos paganos habrían de rendirle homenaje (Is 49,23; 60,6; Sal 72,10-15). Finalmente san Mateo combina dos citas que anunciaban la venida del Mesías (Miq 5,1 y 2 Sam 5,2), para mostrar que Jesús es el Mesías.
    Ante esta Luz, las actitudes pueden ser divergentes: búsqueda apasionada, o indiferencia, hostilidad y temor.

REFLEXIÓN PASTORAL

    La fiesta del 6 de Enero, al menos en nuestros ambientes, está en peligro. Su contenido original ha ido sufriendo un progresivo desplazamiento hacia zonas cada vez más alejadas de su auténtico sentido, absolutizando lo anecdótico e irrelevante.
     Para comprenderla hay que volver a la palabra de Dios. La Epifanía es una fiesta de Luz y de Alegría; así la presenta el texto de Isaías. Una llamada a otear horizontes más allá de la propia casa; a convertirnos en buscadores y caminantes de esa nueva ruta que diseña el Señor. 
     La fiesta de la Epifanía celebra el derrumbamiento del muro que separaba a los hombres, haciendo de todos un solo pueblo (Ef 2,14; 3,6). Es la fiesta del ecumenismo de la salvación realizada en Jesucristo, en quien “no hay judío ni griego…, porque todos son uno en Cristo” (Col 3,11).
El Dios que nace en Belén no es el Dios de un pueblo o de una raza, sino el Dios de todo hombre. La luz que nace en Belén no puede quedar aprisionada bajo los estrechos marcos de una religión nacional, por eso sube, en forma de estrella, al firmamento, para encender la esperanza de todas las naciones y alumbrar sus pasos en la búsqueda de la Verdad.
    El relato evangélico aporta, por su parte, lecciones de gran calado. La presentación que hace de los Magos rebasa el interés de lo anecdótico, para presentarlos como figuras significativas para la vida cristiana.
     Desde una situación de búsqueda, abiertos a la Verdad, aún no conocida pero presentida y deseada, al menor indicio abandonan sus seguridades y se ponen en camino. Y, peregrinos de la verdad y de la fe, preguntan, investigan y, por fin, se postran ante la Verdad, a la que ofrecen sus presentes. Buscadores de la Verdad, que no se sienten defraudados al encontrarla en la pobreza.
     Actitudes ejemplares y poco comunes. Porque existe el peligro, y el mismo relato evangélico lo subraya, de adoptar ante la Verdad una actitud hostil (la de Herodes) o indolente (la de los Sumos sacerdotes y letrados de Jerusalén).
    Desde esta celebración podríamos someter nuestra vida a preguntas como éstas: ¿Hemos visto nosotros su estrella? ¿Nos ponemos en camino o permanecemos indolentes, descansando en nuestras seguridades? ¿Sentimos pasión por alumbrar la ruta de los hombres con la luz del Evangelio? ¿Somos estrellas para el mundo?

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Ha brillado en mi vida la “estrella” del Señor?
.- ¿Qué ilusión alimento en la Epifanía de Jesús?
.- ¿Es mi espiritualidad la del “buscador” de la Luz?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.





miércoles, 28 de diciembre de 2016

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS


1ª Lectura: Números 6,22-27

    El Señor habló a Moisés: Di a Aarón y a sus hijos: Esta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas:
        El Señor te bendiga y te proteja,
        ilumine su rostro sobre ti
        y te conceda su valor;
       el Señor se fije en ti
        y te conceda la paz.
   Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré.

                        ***                  ***                  ***                  ***
    Dios es la fuente de todo bien, luz, fortaleza y paz. Su mirada bienhechora y misericordiosa sobre el hombre es la garantía de la existencia. Esta bendición, pronunciada por el sacerdote sobre el pueblo, halló su plenitud en Cristo, en quien hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones en el cielo (Ef 1,3; Gál 3,14).


2ª Lectura: Gálatas 4,4-7

    Hermanos:
    Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijo por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre).  Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    La gran bendición de Dios, Jesucristo, nos introduce, por la filiación adoptiva, en el contenido más profundo de la bendición de Dios, que nos capacita para poder decir con legitimidad ¡Abbá!, convirtiéndonos, además, en herederos de Dios.


Evangelio: Lucas 2,16-21
                                                       


   En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.


                        ***                  ***                  ***                  ***

    Advertidos por los ángeles, los pastores se dirigen a Belén. Llegados al lugar se convierten en desveladores del misterio del Niño. Y todos se admiraban al oírlos. Y entre los oyentes la más “activa” era María, meditando todo en su corazón. La imposición del nombre de Jesús (Salvador/Liberador) cumple y cierra el relato de la Anunciación (Lc 1,31). Como los pastores, celebrando la Navidad, hemos de regresar a casa, convertidos en anunciadores  creíbles de la misma.

REFLEXIÓN PASTORAL

     El evangelio de este Domingo, presenta dos cuadros: el de los pastores y el de la Virgen María.
    No deja de ser sorprendente que el anuncio del nacimiento del Hijo de Dios se dirigiera a unos pobres pastores, en vez de dirigirse a las autoridades políticas y religiosas de Judea; que se dirigiera a gente ignorante y de poca buena fama, en vez de hacerlo a los teólogos y maestros de la Ley; que lo hiciera en medio de la noche, en el campo, y no en la capital de Jerusalén ni en el templo… Así de sorprendente es Dios.
       Aquellos hombres, con toda seguridad, nunca habían pisado el templo de Jerusalén (quizá les hubiera gustado, pero no podían), y, con toda probabilidad, tampoco la sinagoga, porque no tenían tiempo. Eran “creyentes” (porque creyeron al ángel), pero no eran religiosamente “practicantes”  (porque la vida no se lo permitía). Para ellos no había “sábados”. Eran solo pastores asalariados, miembros de un grupo que no contaba con buena fama ni credibilidad social.
       ¡A estos eligió Dios para comunicar la trascendental Noticia y desvelarles la identidad mesiánica del Niño. Ellos, los desclasados pastores, fueron los primeros testigos…, y los primeros misioneros del Evangelio de la alegría y de la alegría del Evangelio.
       Y la figura de la Virgen María. El paso de María por la vida fue el de una mujer interiorizadora, con una presencia discreta y concreta. No buscó protagonismos. No eclipsó a Jesús: dejó que fuera él, pero ella no dejó de ser su madre. Vivió en la normalidad de la fe, y vivió la fe con normalidad.
     Sorprendida por la obra de Dios en ella, “guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). No sólo en Belén, también en la pérdida en el Templo (Lc 2,41-50).
        En la vida pública de su hijo (Mc 3,31-35), en Caná, donde aparece como causa motivadora de la tercera epifanía de Jesús (Jn 2,1-12), junto a la cruz (Jn 19,25-27) y en la asamblea de la comunidad pospascual (Hch 1,14) María “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.
       María es el prototipo de un tipo de memoria: la memoria del corazón. Porque existe una memoria “cerebral”, acumulativa, de archivo de datos: una memoria fría. Y existe una memoria “cordial”, selectiva, de vivencias: cálida.
     Mientras que la primera está expuesta a la erosión del olvido, la segunda es firme y duradera, porque todo lo que no pasa por el corazón, acaba olvidándose y diluyéndose. Y la vida no debe diluirse.
         María enseña a interiorizar la vida, a depositarla en ese espacio seguro, a prueba de amnesias, que es el corazón.
         A esa memoria le cuadran muy bien las palabras con que san Pablo describe al amor: “no es envidioso ni jactancioso; no toma en cuentas el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1 Cor 13,4-7).
         María participaba de la memoria de Dios, una memoria que sólo se activa por el amor y para el amor. Un Dios no de mucha memoria -“Si llevas cuenta de los delitos…” (Sal 130,3)-, sino de buena memoria, la que “no lleva cuentas del mal” (1 Cor 13,5).
Una memoria redentora, en la que entran el dolor, la agresión…, pero en la que no quedan archivados: ahí son liberados y redimidos por el amor y el perdón, pasando a formar parte de la historia de una vida que no queda bloqueada por el pasado, sino abierta al futuro.
Una memoria sapiencial, que desde una lectura interior, sin precipitaciones ni prejuicios, sabe aguardar los tiempos de la verdad, que suelen ser más pausados, pero también más seguros.  Una memoria así, es una memoria pacificada y sembradora de paz. Llamada de atención pertinente al día en que se celebra la Jornada de la Paz.
         Mientras la memoria cerebral se alimenta solo de experiencias, la memoria cordial alimenta la esperanza. Y cultivar esa memoria, la del corazón, no es una ingenuidad, es la mayor de las audacias. Solo los fuertes son capaces.
         La memoria del corazón sabe hacer de la vida, con sus luces y sus sombras, gozos y sufrimientos, un “magnificat” de gratitud, alabanza y alegría, como 

   
REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Como los pastores, soy testigo gozoso de la Navidad?
.-  ¿Cómo María, guardo en el corazón todas estas cosas?
.- ¿Me siento un instrumento de paz?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.











miércoles, 21 de diciembre de 2016

NATIVIDAD DEL SEÑOR -A-

NATIVIDAD DEL SEÑOR -A-

1ª Lectura: Isaías 52,7-10
 
    ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: “Tu Dios es Rey”!
    Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra y la victoria de nuestro Dios.

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    Este poema, que evoca a Is 40,9-10, cierra una sección importante del libro y prepara a Is 62,6-7. Más allá de los problemas textuales, en el marco de la Navidad este texto halla su plenitud en el gran Mensajero de la Paz y constructor del Reino de Dios, Jesús. El nacimiento del Señor marca el punto de inflexión, a partir del cual renace la esperanza y la alegría.

2ª Lectura: Hebreos 1,1-6

    En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es el reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”? O ¿”Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo”? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: “Adórenlo todos los ángeles de Dios”.

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    Nos hallamos ante uno de los textos más densos del NT. En Jesús, Dios deja de pronunciar palabras para pronunciarse él. Jesucristo es el autopronunciamiento personal de Dios. En él desaparece toda fragmentariedad y provisionalidad. Él ha realizado el designio original de Dios. La Navidad no debe diluirse en un sentimentalismo fácil, sino abrirnos a una contemplación y escucha profundas del Niño que nace en Belén La Navidad inagura los tiempos definitivos.    

Evangelio: Juan 1,1-18
                                        

    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad….

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    En los evangelios hay dos presentaciones del misterio navideño: uno “narrativo”:  el de los sinópticos (Mt y Lc), y otro “kerigmático”: el de Juan. El prólogo del IV evangelio, texto elegido para la liturgia de esta solemnidad, rebosa densidad teológica. Presenta la identidad y misión profundas de Jesús -la Palabra personal de Dios, llena de luz y de vida…-; denuncia el peligro de no reconocer su venida en la debilidad de la carne, y anuncia la enorme suerte de los que reconocen y acogen esa “navidad” de Dios. Porque la “navidad” de Dios no será completa hasta que cada uno no nos incorporemos a ella o la incorporemos a nosotros.  


REFLEXIÓN PASTORAL

    La Navidad se ha convertido en una de las fechas mágicas y tópicas por excelencia. Son muchos los elementos que se funden en ella -y que la confunden-. No se trata de polemizar contra esos aspectos periféricos y distorsionadores, sino de reivindicar su “corazón” y su “razón” originales. 
    La Navidad nos habla, en primer lugar, de Dios; todo es iniciativa suya. Un Dios que decide encarnarse -humanizarse-, convivir, dialogar, servir y salvar al hombre. Un Dios que quiere hacernos familia suya -hijos- (1 Jn 3,1), y hacerse familia nuestra –hermano- (Heb 2,11) ¡Este es el “corazón” de la Navidad y su “razón” original!            
     La Navidad es una llamada a la interioridad, y hay que entrar en ella, y por su puerta. No puede ser algo que “se viene y se va” en una alegría intrascendente e inmotivada.
     La Navidad ha de dejar una huella permanente, indeleble e inolvidable, como la dejó en Dios, a quien  marcó profundamente y para siempre. La Navidad “humanizó” a Dios; dotándole de un corazón humano; de una mirada humana; le permitió no solo amar y ver divinamente, sino amar y ver humanamente. En la Navidad Dios estrenó corazón y mirada. Pero, al mismo tiempo la Navidad nos ha dotado a nosotros de un corazón nuevo y de una mirada nueva. En ese niño que nace en Belén, en Jesús, nuestra mirada se enriquece: ya no vemos a Dios desde fuera, sino desde dentro; ya no le vemos solo con nuestros ojos sino con sus propios ojos. En Jesús se nos ha renovado el corazón y se nos ha devuelto la vista. Es la gran aportación de la Navidad.
    La Navidad nos ofrece la oportunidad de restregarnos los ojos para descubrir al Jesús de verdad; y la verdad de Jesús. La fiesta del nacimiento del  Hijo de Dios debe ser también la de su descubrimiento. De lo contrario será una ocasión perdida. Todo se diluirá en luces que no alumbran, en voces que no dan respuestas; en consumos que nos consumen.
     La Navidad es una posibilidad y una responsabilidad. La posibilidad de compartir con Dios su “cena” de Navidad. Y la responsabilidad, o irresponsabilidad, de no oír su llamada y “cenar” sin él, una cena más y sin más, porque “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11; Apo 3,20).
     Sin renunciar a la interpretación festiva, hay que oponerse al secuestro y tergiversación de estos misterios, protagonizados por un consumismo y una publicidad insolidarios con las necesidades de tantos hombres -hermanos-, para quienes careciendo en esos días de lo necesario, tales mensajes resultan una provocación.
     Afinemos la sensibilidad, porque sería un despiste enorme celebrar la Navidad sin conocer de verdad al Señor. ¡FELIZ NAVIDAD!

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo celebro la Navidad?
.- ¿Qué gusto deja en mi vida?
.- ¿Celebro en ella mi filiación divina y fraternidad interhumana?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap



miércoles, 14 de diciembre de 2016

IVº DOMINGO DE ADVIENTO -A-


1ª Lectura: Isaías 7,10-14

    En aquellos días, dijo el Señor a Acaz: “Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo”.
    Respondió Acaz: “No la pido, no quiero tentar al Señor”.
     Entonces dijo Dios: “Escucha casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres sino que cansáis incluso a Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Enmanuel (que significa: ‘Dios-con-nosotros´).

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    Este oráculo de Isaías se sitúa en el momento histórico en que Siria y Efraím (el Israel del norte), tras haber intentado sin éxito una alianza con Judá para atacar a Asiria (2 Re 15-16), se deciden a imponer en Judá, por la fuerza, un rey que favorezca sus planes (Is 7,6). Ante esta decisión “se estremeció el corazón del rey y el de su pueblo” (Is 7,2).
    El profeta intenta aportar serenidad, pero sin éxito (Is 7,4b-9b). Ante este rechazo del rey, Isaías pronuncia el oráculo conocido como “el del Enmanuel”. En él se anuncia la cercanía de Dios y su fidelidad a la dinastía davídica en ese momento difícil, y se asegura la desaparición de ese peligro, pero también se hace una llamada a la fe: “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7,9b).
     El centro del oráculo reside en el “niño”: él es la señal. Respecto de la madre se ha especulado sobre su identidad (¿una de las esposas del rey?, ¿la esposa de Isaías? ¿una alusión a la ciudad de Jerusalén?). La relectura cristiana ha introducido en la lectura de esa figura la perspectiva mariológica.

2ª Lectura: Romanos 1,1-7

    Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras Santas, se refiere a su Hijo,  nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo nuestro Señor.
    Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús.
    A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo, os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

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    A una comunidad a la que no conocía personalmente, Pablo dirige la Carta síntesis de su pensamiento apostólico. Se presenta como elegido de Dios y siervo de Cristo para anunciar el Evangelio. Una reivindicación que él juzga necesaria, frente a los que impugnaban su condición de apóstol (cf. 2 Cor 11-12). Evangelio que hunde sus raíces en las Escrituras Santas, y que halla su plena manifestación en la persona de Jesucristo, -“Evangelio de Dios”-, Hijo de Dios, por el Espíritu, y verdadero hombre, de la estirpe de David. Un Evangelio que no conoce fronteras, y que ha llegado ya hasta la capital  del mundo conocido -Roma-.

Evangelio: Mateo 1,18-24


                                             La concepción de Jesucristo fue así: La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo.
   José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”.
     Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel (que significa: Dios-con-nosotros).
    Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

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REFLEXIÓN PASTORAL

    En el umbral de la Navidad, aparecen los personajes más cercanos al misterio:María y José. 
    María nos muestra el modo más veraz de celebrar la venida del Señor: acogida gozosa y cordial de la Palabra del Señor; y el estilo: encarnándola y alumbrándola en la propia vida.  María es la primera luz, la señal más cierta de que viene  el Enmanuel, porque lo trae ella.
     En esto consiste su inigualable grandeza: en una entrega inigualablemente audaz y confiada en las manos de Dios; en una acogida inigualablemente creadora del Señor.
    María es una figura que produce vértigo, por su altura y profundidad. Interiorizada por Dios, que la hizo su madre, e interiorizadora de Dios, a quien hizo su hijo. Dios es el espacio vital de María y, milagrosamente, María se convierte en espacio vital para Dios. Dios es la tierra fecunda donde se enraíza María y, milagrosamente, María es la tierra en la que florece el Hijo de Dios.
    Pero esto no le dispensó de la fe más honda y difícil. La encarnación de Dios estuvo desprovista de todo triunfalismo. La Navidad fue para  María, ante todo, una prueba y una profesión de fe. “Dichosa tú, que has creído” (Lc 1,45). Por eso es “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,42).         
    Y junto a María, José, “que era justo” (Mt 1,19).  Y porque era justo: aceptó el misterio que Dios había obrado en María, su esposa (Mt 1,24); se entregó sin fisuras al servicio de Jesús y de María; asumió las penalidades de la huida a Egipto para proteger la vida de Jesús, amenazada por Herodes, (Mt 2,13-15); lo buscó angustiado, con María, cuando, a los doce años, decide quedarse en Jerusalén (Lc 2,41-50); fue el acompañante permanente del crecimiento de Jesús en edad, sabiduría y gracia (Lc 2,52); y aceptó el silencio de una vida entregada al servicio del plan de Dios, renunciando a cualquier tipo de protagonismo… José no es un “adorno”, ni un personaje secundario. Nos enseña a saber estar y a saber servir.
     María y José son los protagonistas de un SÍ a Dios, que hizo posible el gran SÍ de Dios al hombre: Jesucristo, a quien san Pablo presenta (2ª lectura) como el núcleo del Evangelio, destacando su condición humana -“de la estirpe de David”- y su condición divina -“Hijo de Dios, según el Espíritu”-.
     Estos son los mimbres con los que Dios quiso tejer el gran misterio de su nacimiento.  Mimbres humildes, flexibles, pero sólidos. Dios elige “lo que no cuenta…” (1 Cor 1,28).
    “No temas quedarte con María” (Mt 1,20). Porque ella hizo florecer la Navidad; porque es maestra del Evangelio; porque con  ella siempre estará su Hijo.  Será la mejor compañera, constructora y maestra de la Navidad. Y tampoco olvidemos a José, porque de él Jesús aprendió a ser hombre.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- En el umbral de la Navidad, ¿con qué actitudes me dispongo a celebrarla?
.- ¿Qué ha supuesto para mí el tiempo de Adviento?
.- ¿En qué modelos me inspiro para celebrar la Navidad?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.