jueves, 4 de febrero de 2016

DOMINGO V -C-


 1ª Lectura: Isaías 6,1-2a. 3-8.

    El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo: ¡Santo, santo, santo el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.
    Yo dije: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos.
     Y voló hacia mí uno de los serafines con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.
     Entonces escuché la voz del Señor, que decía: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: Aquí estoy, mándame.


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   Nos encontramos en el año 740 a.C., en el templo de Jerusalen, donde Isaías, de estirpe sacerdotal, recibe la llamada de Dios a la misión profética. Dios es presentado en el ámbito de la santidad y la transcendencia, una visión que anonada a Isaías. Pero eso no es sinónimo de lejanía. Dios mantiene su interés y compromiso salvífico con su pueblo. Busca un servidor. Isaías, tras la experiencia de la purificación personal, se ofrece para la misión que le confiará el Señor. A diferencia de Moisés (Ex 4,10) o de Jeremías (Jer 1,6)), no pone reservas. Se trata del relato de vocación del profeta, que comporta cuatro momentos: a) teofanía (vv 1-4), b) rito de purificación/capacitación (vv.5-7), c) misión profética (vv 8-10), d) resultado final (vv 11-13).


2ª Lectura: 1 Corintios 15,1-11

    Hermanos:
    Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.


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    Dirigiéndose a los Corintios, que de alguna manera y en algunos sectores comenzaban a cuestionar a Pablo, frente a otros maestros que iban introduciéndose en la comunidad, Pablo reclama su condición de apóstol y de llamado por el Señor. Es una reivindicación de legitimidad vocacional. Pero, sobre todo, de la veracidad de su Evangelio, centrado en el misterio pascual de Cristo. Todo gira en torno a este núcleo. Un anuncio que él ha recibido de la tradición eclesial, pero que él ha vivenciado personalmente. Y también traducido pastoralmente con originalidad. Pablo se interpreta, vocacional y ministerialmente, como una obra de la gracia, a la que él ha procurado responder con fidelidad. No compite con los otros Apóstoles, pero no oculta su conciencia y legitimidad apostólicas.


Evangelio: Lucas 5,1-11

                                       
                                          
     En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.
    Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
    Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
    Simón contestó: Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
     Y, puesto a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
    Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
    Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.
    Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.


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    Nos hallamos ante el relato vocacional de los primeros discípulos. Lucas lo sitúa después de la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret y de algunos de sus primeros signos, a diferencia de Marcos (1,16-20), que lo hace antes de las primeras intervenciones públicas de Jesús. En él se destaca la iniciativa, que es de Jesús, y la respuesta de los llamados. Lucas, a diferencia de Mateo ( 4,20) y Marcos (1,18) subraya la radicalidad -“dejándolo todo”-. Con este subrayado marca el estilo del seguimiento. Una de las características de su evangelio. Por otro lado, la pesca abundante es un presagio de la fecundidad de la misión, siempre que se eche la red al estilo y en el nombre del Señor. A destacar, solo Lucas, entre los sinópticos, singulariza la misión de Pedro. Al tiempo que es el único que recoge su confesión: "soy un pecador".


REFLEXIÓN PASTORAL

  
         Un pequeño lago, una ensenada, un joven predicador, unos cuantos pescadores sin especial cualificación: así comienza la aventura de la Iglesia que S. Lucas va a relatarnos en su obra.
Releyendo esta página evangélica alguno, quizá desalentado, se pregunte: ¿Dónde pescar hoy? y ¿cómo?  Eso es lo que pretende esclarecer S. Lucas, mostrando la confianza en Jesús como el antídoto contra el desánimo o la autosuficiencia, y el estilo de Jesús como la única estrategia con futuro.
            Los resultados no habían correspondido a los esfuerzos. Resignado, Simón atracó la barca, sin percatarse, quizá, de la presencia del Maestro, o al menos sin prestarle mucha atención, ocupado en el lavado de sus redes (¡sus redes le enredaban...!).  Pero Jesús se acercó pidiéndole un favor, la barca, para, desde ella, hablar "a la gente que se agolpaba para oír la Palabra de Dios". Simón se la cedió...Y la barca infecunda de Simón se convirtió en la primera cátedra del Evangelio.
            "Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: rema mar adentro, y echad las redes". Pero Simón, que no había dudado en cederle la barca, no estaba, sin embargo, dispuesto a recibir lecciones de pesca (y menos de un carpintero). ¡Si conocería él los caladeros del lago..., y acababa de recorrerlos en vano! Al final aceptó, declinando toda responsabilidad, consciente de la inutilidad de la faena. "En tu nombre -porque Tú lo dices-...echaré las redes". ¡Y esto fue lo que le salvó! Las redes se llenaron hasta reventar, y él paso a ser pescador de hombres. 
            Sí, hay dos modos de pescar, y de vivir: en nombre propio o en nombre del Señor. Vivir concediendo nuevas posibilidades a la realidad, abriéndose a ella con la  esperanza de descubrir siempre nuevos caladeros, o dándola por sabida, por agotada, por irrecuperable... Los del ¡no hay nada que hacer! son los que no están dispuestos a hacer nada.
Y ambos modos de pescar y de vivir producen resultados diferentes. ¡Cuántos esfuerzos baldíos por falta de estilo, de "modos", de esperanza...!
            Aunque nuestros caladeros parezcan sobradamente recorridos; aunque el resultado no parezca compensar los esfuerzos..."echad las redes", pero en el nombre del Señor y a su estilo.  Obsesionados no por obtener resultados inmediatos, sino ilusionados por situar nuestra vida en una actitud de esperanza, no dando por definitiva ni por perdida ninguna situación.
Rema mar adentro”. Sí, hay que adentrarse en la realidad. Eso fue la encarnación del Hijo de Dios: adentrarse en nuestra realidad, y desde dentro la salvó. Hay excesivos espectadores, quizá también entre nosotros, sentados en la orilla, y pocos “pescadores”. Y pescar, como dice san Pablo, no es engañar con cualquier cebo sino anunciar de palabra y de obra a Jesucristo (2ª).
            Hay dos modos, dos estilos, de vivir: enredados o desenredados, en la orilla o mar adentro, al estilo propio o al estilo de Jesús, pero sólo uno es fructífero: vivir y actuar en el nombre del Señor, a su estilo, creyendo en las posibilidades y bondad de lo creado.  ¡Ojalá que ése sea el nuestro
         Nunca como hoy al hombre puede definírsele como un ser “enredado”. Las redes son múltiples, no solo las redes sociales, de la informática. Están las redes del dinero, del sexo, del poder, del miedo…
Dejaron las redes y lo siguieron”. Así presentan Mt (4,20) y Mc (1,18) el inicio del seguimiento. Lucas lo radicaliza: “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). El seguimiento de Jesús exige desenredarse de las redes que nos enredan.  Exige abandonar esas redes “estériles” con las que hemos pasado la noche bregando sin coger nada. Una decisión dura porque supone la fractura con el pasado. Y esta es una decisión libre, que ha de asumir todo aquel que quiera ser discípulo de Jesús. Es el umbral que hay que traspasar para entrar en el espacio de la libertad evangélica. Para seguir a Jesús hay que desenredarse, hay que estar disponibles.
Hay dos modos, dos estilos, de vivir: en la orilla o mar adentro, enredados o desenredados, al estilo propio o al estilo de Jesús, pero sólo uno es fructífero: vivir y actuar en el nombre del Señor, a su estilo, creyendo en las posibilidades y bondad de lo creado.  ¡Ojalá que ése sea el nuestro!

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué redes son las que me enredan?
.- ¿Vivo al estilo del Señor?
.- ¿Estoy disponible para la misión?
        

 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 28 de enero de 2016

DOMINGO IV -C-


 1ª Lectura: Jeremías 1,4-5. 17-19

    En los días de Josías, recibí esta palabra del Señor: Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré: Te nombré profeta de los gentiles. Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos.
    Mira: yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: Frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y a la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte, -oráculo del Señor-.

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       El texto reseñado forma parte del relato de la vocación del profeta. Una llamada que le transformó. Es un relato retrospectivo, donde Jeremías hace una síntesis y un valance de su vida; una vida tejida de repulsas, soledad y persecuciones, pero también transida por la experiencia fortificante y consoladora de la presencia del Señor. Ser profeta no es un hobby; es un servicio conflictivo. Y el profeta ha de saberlo y ha de asumirlo. También ocurrió así con Jesús.

2ª Lectura: 1 Corintios 12,31-13,13

    Hermanos:
    Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar uno mejor. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de la predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor de nada me sirve.
    El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de predicar?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque inmaduro es nuestro saber e inmaduro nuestro predicar; pero cuando venga la madurez, lo inmaduro se acabará.
    Cuando yo era un niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo de adivinar; entonces veremos cara a cara. Mi conocer por ahora es inmaduro, entonces podré conocer a Dios como me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

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    Tras el enunciado de los carismas con que el Espíritu adorna a la Iglesia, Pablo realiza un discernimiento de los mismos. Y sitúa en la cima de esos dones del Espíritu al amor de Dios “que ha sido derramado en nuestro corazones con el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom 5,5). Porque Pablo no habla de cualquier amor, sino que ofrece sus signos de identidad. Porque el amor no es un “sentimiento” estéril, sino un compromiso vital. En la Iglesia hay muchas cosas importantes, pero si no están permeabilizadas por el amor y no lo hacen visible son realidades vacías, y “se acabarán”. Solo el amor es perdurable, “no pasa nunca”. El amor es el lenguaje del cristiano.


Evangelio: Lucas 4,21-30

    En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: ¿No es este el hijo de José?
    Y Jesús les dijo: Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún. Y añadió: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo el cielo cerrado tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio.
     Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

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    El texto evangélico presentado es la segunda tabla del díptico de la escena de Jesús en la sinagoga de Nazaret. En él se da un tránsito de la sorpresa y la admiración al rechazo y la repulsa. Esperaban un showman y se encuentran con un profeta, que no es más que “el hijo de José”. Y no estaban preparados para eso. Jesús desvela las pretensiones excluyentes del judaísmo, y revela a un Dios sin fronteras, más aún, con inclinación preferencial por “los de fuera”. Un Dios inclusivo.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Una página impresionante. Comienza con una muestra de simpatía -"todos expresaban su aprobación"-, pero acaba con una gran decepción -"se pusieron furiosos..., y Jesús se alejaba"-. ¡Rechazar a Jesús! Rechazar al que era el abrazo de Dios para acoger a todos; rechazar la mano de Dios tendida a todo hombre caído; rechazar la voz de los sin voz…
En la larga historia de los pronunciamientos históricos de Dios, llegó un momento -"la plenitud de los tiempos" (Gál 4,4)- en que Dios dejó de pronunciar palabras para pronunciarse él mismo. En que dejó de enviar profetas para venir Él, en persona. Y Jesús es ese autopronunciamiento de Dios: "Hoy se cumple esta Escritura" (Lc 4,21); "Hoy nos ha hablado en su Hijo"(Heb 1,1).
Jesús es la revelación, la presencia exhaustiva de Dios. Pero eso no es una evidencia que se imponga sin más. Esa revelación, esa presencia, será una bandera discutida "para que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones"(Lc 2,35). Esa revelación será una provocación para no pocos.
            ¿Por qué la gente de Nazaret pasa de la admiración al odio? Porque Jesús no hace concesiones a su visión nacionalista y patrimonialista de la salvación. Dios no es el Dios de un clan, de un pueblo, sino el Dios del hombre, de todo hombre, también del leproso sirio y de la viuda de Sarepta. El Dios que opta por el marginado, por el menor…
Y esa apertura y esa opción les molestaba.  Se consideraban atacados en su privilegio religioso; no pueden creer a ese hombre que anuncia un Dios así. Porque un Dios así: abierto, misericordioso, no excluyente les obligaba a ellos, les urgía a cambiar sus sentimientos, sus actitudes, sus comportamientos, les complicaba la vida. Porque Dios es normativo…
     Y eso les escandalizaba. Si no sonara a irreverencia podría decirse que la persona y la vida de Jesús, desde el nacimiento a la muerte, estuvo envuelta en el “escándalo”. Sus orígenes, su nacimiento, su vida en Nazaret resultan “desconcertantes”. También su vida pública y su final en la cruz. Fue tildado de loco (Mc 3,21), endemoniado (Mc 3,22), blasfemo (Mc 2,6-7)…
     Y Jesús lo previó y lo asumió (Mc 6,4; 14,27). Pablo, más adelante, lo presentará como “escándalo” para los judíos y “necedad” para los gentiles (1 Cor 1,23; cf. 1 Pe 2,7-8).
            Y ¿en qué consistía ese escándalo? En el Dios que encarnaba y anunciaba. ¡Dios no podía ser así!, pensaban y decían sus contemporáneos. Y, sin embargo, Jesús decía: ¡Dios es así!  En realidad el escándalo era Dios. Jesús no se desdijo, solo añadió: “Dichoso el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6).
            A lo largo de los siglos, a Jesús se le rechazará por razones distintas, pero en el fondo estará la misma dificultad -"¿No es este el hijo de José?". ¡No es más que el hijo de José!
            Hemos de estar atentos, porque quizá seamos de los que aceptan de buena gana a Jesús, mientras eso no nos complique la existencia. Pero cuando un acontecimiento nos sitúa ante una exigencia evangélica que nos parece inadmisible, y la del amor es la más radical, -"el amor cree sin límites, perdona sin límites, aguanta sin límites"(2ª lectura)- en seguida aparece un "¡No puede Dios pedirme eso!". Y empujamos a Jesús fuera de nuestra vida.
            Hay que estar muy atentos ante la tentación de escoger en el Evangelio entre lo que nos va y lo que no nos va...; procediendo así corremos el peligro de ir arrinconando a Jesús, hasta acabar por echarle fuera de nuestro espacio personal y vital.
            El final de esta página evangélica es tremendo: "Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba". ¡Es tremendo rechazar a Jesús; pero no es imposible! Hay muchas formas de hacerlo.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo es mi amor?
.- ¿Me “escandaliza” Jesús o me deja indiferente?
.- ¿Siento en mi vida, como Jeremías, la fuerza de Dios?



DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 21 de enero de 2016

DOMINGO III -C-

1ª Lectura: Nehemías  8,2-4a. 5-6. 8-10

    En aquellos días, Esdras, el sacerdote, trajo el libro a la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían comprender. Era el día primero del mes séptimo. Leyó el libro en la plaza que hay ante la puerta del agua, desde el amanecer hasta el mediodía, en presencia de hombres, mujeres y de todos los que podían comprender; y todo el pueblo estaba atento a libro de la ley.
    Esdras, el sacerdote, estaba de pie sobre un estrado de madera, que habían hecho para el caso. Esdras abrió el libro a vista del pueblo, pues los dominaba a todos, y cuando lo abrió, el pueblo entero se puso en pie.
    Esdras pronunció la bendición del señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando la mano, respondió: “Amén”, Amén”; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor.
    Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura.
    Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y letrado, y los levitas que enseñaban al pueblo, decían al pueblo entero: Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis (porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley). Y añadieron: Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quienes no tienen preparado, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    La lectura pública de la ley constituye el último paso del proceso de reconstrucción de la comunidad del retorno del exilio babilónico, tras la restauración del templo, la purificación del pueblo y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén. El pueblo restaurado inagura en una asamblea santa su nueva existencia. Preside el acto la Palabra de Dios proclamada, explicada y aclamada. El texto deja entrever la importancia y el influjo de la Palabra de Dios (la ley mosaica) en la configuración de la comunidad postexílica. El contexto es claramente litúrgico y sigue un orden muy semejante al que solía darse en la lectura sinagogal. Todo termina en una invitación a la fiesta.  


2ª Lectura: 1 Corintios 12,12-30

    Hermanos:
    Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo… Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en primer lugar a los apóstoles, en el segundo a los profetas, en el tercero a los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas. ¿Acaso son todos apóstoles?, ¿o todos profetas’, ¿o todos maestros?, ¿o hacen todos milagros?, ¿tienen todos don para curar?, ¿hablan todos en lenguas o todos las interpretan?

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Esta reflexión de Pablo nace, en principio, para atemperar ciertos excesos carismáticos en la comunidad de Corinto. Los carismas son expresión de la riqueza espiritual de la comunidad visitada por el Espíritu, y no pueden fragmentarla. El Apóstol recuerda que el bien común es la norma suprema. Es significativa y audaz la comparación de la comunidad como Cuerpo de Cristo. Es el mayor nivel de la sacramentalidad de la Iglesia, pero siempre cohesionada entre sí y vinculada a la Cabeza.


Evangelio: Lucas 1,1-4; 4, 12-21
                                                    
    Ilustre Teófilo:
    Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
    En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos le alababan.
    Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desarrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”.
    Y, enrollando el libro, lo devolvió al que lo ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

                        ***                  ***                  ***                  ***


   Dos presentaciones contiene este relato. La primera es la del proyecto literario/teológico del Evangelio. La hace el mismo autor, san Lucas. El evangelista se sitúa dentro de la cadena de los que han intentado componer un relato de los orígenes. Basado en las tradiciones orales de los primeros testigos, investigadas cuidadosamente, ha elaborado su Evangelio con una clara finalidad pastoral: para consolidar la fe de Teófilo (se discute la identidad de este personaje).
     Y, tras la presentación de la obra, la segunda presentación: la del protagonista,  Jesús. Fortalecido con el Espíritu Santo, tras la experiencia del Jordán y del desierto, Jesús regresa a Galilea. La escena reseñada tiene lugar en la sinagoga de Nazaret. De pasada, Lucas deja tres informaciones: Nazaret era el lugar donde se había criado  Jesús; que este era un observante del sábado y que su presencia en la sinagoga no era una presencia pasiva. Pero el acento recae en la misión del Ungido: una misión regeneradora en favor de los más desfavorecidos.  
    

REFLEXIÓN PASTORAL

    Tras el Bautismo y  la experiencia del desierto, Jesús, fortalecido por el Espíritu y entregado a la misión, regresa a Galilea.
    En Nazaret, un sábado entra en la sinagoga, lugar de la Palabra, como era su costumbre.  Y se ofreció a hacer la lectura de la Escritura. Una lectura sorprendente e identificadora.
   El evangelio nos muestra de manera expresiva  cómo Jesús abría la Sagrada Escritura -con dignidad-, cómo se abría a ella -personalmente-, y cómo abría a los demás a esa Palabra -provocando admiración y rechazo-. ¿Qué matices revistió la lectura bíblica realizada por Jesús? Partiendo del testimonio aportado por Lucas, puede subrayarse lo siguiente:
a)      Personalización de la Palabra
Jesús asumió, interiorizó e hizo presente en su persona los contenidos fundamentales de la Palabra de Dios. Él, que personalmente era la Palabra eterna encarnada (Jn 1,14) fue, también, el encarnador de la palabra histórica de Dios (Lc 4,21); cumplimiento que culminó en su muerte (Jn 19,30).  Los contornos de su vida están delimitados por la Palabra de Dios: su vivir fue un vivir por el Padre (Jn 6,57), para el cumplimiento de su voluntad (Jn 4,34), para proclamar su Palabra (Jn 12,49-50).
b)      Radicalización de la Palabra
Jesús libera a la Palabra de Dios de las glosas históricas y escolares (Mt 15,6), descubriendo su auténtica originalidad (Mt 19,1-9) e intencionalidad (Mt 5,21-48), descalificando la autosuficiencia farisaica (Mt 5,20) y generando actitudes de pobreza interior y de apertura a la gracia. Con Jesús, Dios vuelve a ser “salvador” y no sólo “remunerador”, y la salvación es “gracia” y no “mérito” personal.
c)      Recreación de la Palabra
La radicalización de la Palabra dio origen en Jesús a un nuevo lenguaje sobre Dios. Los habitantes de Cafarnaún lo percibieron muy pronto: “una doctrina nueva, expuesta con autoridad” (Mc 1,27), pero también conflictiva (“solivianta al pueblo enseñando…” Lc 23,5). En Jesús la Palabra de Dios vuelve a recuperar la tensión profética, potenciando sus resonancias. Jesús pone en contacto a los marginados con la Palabra, asumiendo su mundo; el lenguaje se vuelve heterodoxo, pero se llena de esperanza y de futuro.
     Desde esta lectura, Jesús se identifica como el Ungido y enviado a evangelizar. E identifica su Evangelio: no es un adoctrinamiento ni una moralización de la vida, sino una regeneración de la vida. 
     Evangelizar es humanizar según el proyecto de Dios (Gen 1,26). Y esa fue la tarea de Jesús, dignificar  la condición humana, dando sentido a los sentidos perdidos del hombre; levantar del suelo, hacer caminar y hasta revivir…
      Jesús no solo marcó objetivos, no solo diseñó caminos: los anduvo, convertido en acompañante paciente del hombre Y esta es la primera acción pastoral y educativa: ayudar al hombre, que parece haber perdido el sentido profundo y vive asentado, y a veces prematuramente aparcado, en la periferia de las cosas y de la vida, a ver, a oír, a caminar por un mundo cada vez más confuso.
      Evangelizar no es solo, ni sobre todo, predicar, sino hacer explícito a Jesús. Y un criterio para evaluar el nivel evangelizador de una praxis pastoral/educativa es evaluar el nivel de humanidad que genera.
      La Palabra de Dios, y singularmente el Evangelio, es un hontanar de humanidad, en el que puede saciarse la sed de ser hombre a poco que se afine la sensibilidad y la capacitación para leer su mensaje humanizador en unos textos que, si bien envueltos, a veces, en un lenguaje mitológico, son un modo de ilustrar dramáticamente el problema existencial del hombre.
    

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿De qué soy yo mensajero?
.- ¿Siento al otro como “miembro” del cuerpo de Cristo?
.-¿Cómo “leo” la palabra de Dios?

DOMINGO J. MONTERO, OFMCap.

viernes, 15 de enero de 2016

DOMINGO II -C-

1ª Lectura: Isaías 62,1-5:

    Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia y su salvación llamée como antorcha. Los pueblos verán tu justicia, y los reyes, tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona fúlgida en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán “abandonada”, ni a tu tierra “devastada”; a ti te llamarán “Mi favorita”, y a tu tierra “Desposada”. Porque el Señor te prefiere a ti y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.

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    El amor matrimonial hizo a Oseas intuir el amor de Dios hacia su pueblo. Un profeta postexílico acude ahora a ese simbolismo para anunciar al pueblo devastado y en la oscuridad del exilio un nuevo amanecer. Dios va recuperar a su esposa y la va a envolver en su amor. Dios va a gozar con ella. Imágenes audaces, cargadas de pasión y esperanza. El Dios marido abandonado (Oseas), no lleva cuentas del mal; es la encarnación personal y permanente del Amor, que “cree sin límites, espera sin límites…, que no pasa nunca” (1Cor 13,7).

2ª Lectura: 1 Corintios 12,4-11

    Hermanos:
    Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro por el mismo Espíritu, don de curar. A este le han concedido hacer milagros; a aquél profetizar. A otro, distinguir los buenos y los malos espíritus. A uno, el lenguaje arcano; a otro, el don de interpretarlo. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como le parece.

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    Pablo advierte a los corintios frente a la tentación de “apropiarse” individualmente los dones del Espíritu, y de utilizar esos “dones” como cuñas para fragmentar la comunidad. La comunidad cristiana es una comunidad “habitada” por el Espíritu, que actúa específicamente en la diversidad de dones y carísmas: todos ordenados al bien común. Donde hay sectarismos no hay Espíritu, aunque se den signos y prodigios. La comunión y comunicación fraternas son las garantías de la presencia del Espíritu de Dios.

Evangelio: Juan 2,1-12
                                       
    En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
    Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo: No les queda vino.
    Jesús le contestó: Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.
    Su madre dijo a los sirvientes: Haced lo que él diga.
    Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
    Jesús les dijo: llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba
    Entonces les mandó: Sacad ahora y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.
    Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

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El relato de Caná no es un hecho aislado en la vida de Jesús. Forma parte de su trilogía epifánica, junto a la revelación a los Magos y al Bautismo en el Jordán. Es un lugar “significativo”. Allí, en Caná, realizó Jesús sus dos primeros signos (Jn 2,1-12 y 4,46-54). Y marca el comienzo de un ciclo. Es un signo, el “primero”, que alerta de un cambio de época. Se ha agotado una “añada”, la de la Ley y los Profetas; florece una nueva, la del Reino de Dios. Hay cambio de cepa. Frente a la cepa Israel, la cepa Jesús. Él no es más vino del mismo vino, es “otro” vino. Su denominación de origen es superior.
Tres elementos a destacar de gran relevancia teológico/simbólica, que apuntan al momento mesiánico que llega con Jesús: el banquete nupcial, el vino y la hora. El primero evoca el festín de las bodas eternas, de las bodas del Cordero (Apo 19,7-9; cf. Is 62,1-5); el segundo, el vino, es el núcleo en torno al cual gira el relato y es la gran aportación de Jesús. Ingrediente fundamental del banquete mesiánico (Is 25,6.8), Jesús supone el vino mejor y el vino último servido por Dios en el banquete de la humanidad, en “la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4). Y, finalmente, la hora, que alude a la consumación existencial de Jesús en la Cruz (Jn 17,1).


REFLEXIÓN PASTORAL

         Caná era una aldea próxima a Nazaret. María y Jesús, posiblemente, pertenecerían al círculo de los allegados al joven matrimonio. La boda prolongaba sus ecos festivos al menos durante una semana. Y el vino no podía faltar. Hasta aquí, todo normal. Pero aquí “empezó Jesús sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”. Y esto singulariza a Caná.
            La agitación por la escasez de vino, el curioso diálogo entre Jesús y María, el milagro, hasta el toque humorístico..., dan vivacidad al relato. ¡Cuántos pintores han plasmado en sus lienzos la boda de Caná! ¡Y qué tentación para nosotros quedarnos en el encanto de la boda! Pero hay que ir más allá para descubrir la verdad que encierra este relato. Estamos en el evangelio de S. Juan -el teólogo por excelencia-. Cada episodio supera el nivel del simple relato para convertirse en símbolo sugeridor de una verdad más profunda. Estamos ante la profecía del banquete mesiánico.
            ¿Qué se quiere decir aquí, precisamente al inicio del evangelio? Que Jesús ha llegado a la vida real, al núcleo de la vida -la familia humana-, y con Él ha llegado el cambio. Lo viejo ha pasado; hay que dejar lo caduco, lo provisorio, lo intranscendente. Ha llegado lo nuevo, lo definitivo, lo que realmente tiene valor. El AT cede su puesto al NT. El agua, al vino. "A vino nuevo, odres nuevos" (Mc 2,22).
            Para S. Juan “la hora” de Jesús tiene su plenitud en la cruz (Jn 13,1ss); en Caná "todavía no ha llegado mi hora". Pertenece al Padre marcarla; pero ya comienzan a moverse las agujas del reloj divino. Y, precisamente, a instancias de su madre. ¡Cuántos dolores de cabeza ha dado a los estudiosos la respuesta de Jesús a María! No es desaire ni despreocupación.
            Solamente en dos ocasiones evoca san Juan en su evangelio la figura de María: en Caná, y junto a la cruz (19,25), y en ambos relatos es presentada como "mujer" y "madre", no por su nombre de María. Y es que cuando se está gestando el nuevo hombre, el hombre redimido, María asume el papel de Nueva Eva -madre de todos: "Ahí tienes a tu hijo..." (Jn 19,26).
Podríamos adentrarnos en este simbolismo grandioso y profundo, pero nos llevaría muy lejos y muy alto. En todo caso, el relato de Caná -el inicio de la Hora- no puede leerse sin hacer referencia a la Cruz -plenitud de la Hora y consumación del banquete mesiánico-. Y en ambos momentos María es co-protagonista. La presencia de María es siempre una presencia atenta, solícita; por ello la Iglesia la proclamado mediadora e intercesora por excelencia ante Cristo.
     Caná es profecía del banquete mesiánico, donde se sirven manjares sustanciosos y vinos de solera (Is 25,6), y del banquete eucarístico, donde esos majares y bebidas son personalizados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Juan no transmite el relato eucarístico del Jueves Santo, pero la eucaristía vertebra su Evangelio: la presenta en Caná, donde Jesús se convierte en sacramento de la fe para sus discípulos, que “creyeron en él”, y la explica en el cap. 6.
      Caná es urgencia a situar la vida en la órbita de Jesús: “Haced lo que él os diga”. Ahí reside el secreto para convertir la realidad, y la propia vida, en el vino que salve la fiesta, amenazada por la escasez de caldos y de su baja calidad. Hay que injertarse existencialmente en él para dar su fruto y ser vino de calidad (Jn 15,6-7), que alegre el corazón del hombre.
            Caná es espacio teofánico / sacramental, donde Jesús manifestó su gloria (Jn 1,11), como en el Bautismo y en la Transfiguración. Y se reveló como el novio (Jn 3,29; Mt 9,15) de las bodas definitivas (Apo 19,7; 21,2).
Concluye el relato anotando “y creció en él la fe de sus discípulos”. No estaría mal que esta fuera la conclusión de nuestro acercamiento hoy a la contemplación de este “signo” de Jesús.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo participo de la Eucaristía?
.- ¿Aporto mis dones a la comunidad?
.- ¿Qué vino sirvo en la vida?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 7 de enero de 2016

BAUTISMO DEL SEÑOR -C-


    1ª Lectura: Isaías 42,1-4. 6-7

    Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

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     El texto seleccionado es el primero de una colección isaiana denominada “Cantos del Siervo”. Se ha debatido mucho sobre la identidad de este personaje -individual o colectiva-, considerado como uno de los exponentes privilegiados de la esperanza de Israel. Se trata de un personaje ligado profundamente a Dios, elegido por él y convertido en alianza y luz de los pueblos. Su misión será regeneradora de la sociedad y de las personas, con un estilo humilde. La liturgia cristiana, siguiendo la huella del NT (Mt 12,18-21), aplica este primer canto a Jesús.

     2ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34-38

    En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.

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    Al entrar en casa del centurión Cornelio, un pagano, Pedro declara la “apertura” de Dios a todo el que le busca con sincero corazón. Una apertura personalizada, encarnada en Jesucristo, el Señor de todos, Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, y cuya historia pública se inició en las aguas del Jordán, río de hondas resonancias en la historia bíblica. Una historia bienhechora y regeneradora.


     Evangelio: Lucas 3,15-16

                                                        
   En aquel tiempo el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Él tomó la palabra y dijo a todos: Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
   En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientra oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi mi Hijo, el amado, el predilecto.

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    El bautismo de Jesús significa en el designio salvador y revelador de Dios el cierre de una época (la de la Ley y los Profetas) y la apertura de otra (la del anuncio y la llegada del Reino de Dios en Jesucristo). Dos son los reveladores de la verdad más profunda de Jesús: el Bautista y, sobre todo, el Padre. Jesús no es solo “puede más que” Juan, sino que “es más que” Juan: es el Hijo de Dios. Es su revelación más exhaustiva. Para Jesús, el bautismo fue un momento crucial en su proyecto de identificación personal.


REFLEXIÓN PASTORAL

         En la Palestina contemporánea a Jesús estaba extendida la costumbre de las purificaciones rituales por medio del agua. En este contexto apareció Juan predicando conversión, y ofreciendo como signo de la misma un bautismo de tono penitencial. "Convertíos..., Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo... Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego".
 En aquella sociedad cansada y rutinaria, el Bautista provocaba nuevas expectativas. Su presencia y su mensaje suponían una corriente de aire fresco en la saturada atmósfera de Judea. Y muchos aceptaban su predicación, se arrepentían y recibían su bautismo.  Hasta aquí todo normal.
            ¿Pero qué hace Jesús en la fila de los hombres pecadores? ¿Por qué realiza Él ese gesto de bautizarse, además diluido en un "bautismo general" (Lc 3,21). Sin duda, fue una decisión muy pensada. El mismo Juan se extraña: "Soy yo quien debe ser bautizado por ti…" (Mt 3,14).
Pero es que Jesús no había venido a hacer ostentación de sus privilegios, sino que por libre decisión, se hizo semejante a nosotros en todo (Flp 2,7), excepto en el pecado (2 Cor 5,21).  Hasta aquí llegó la encarnación. No terminó en el seno de María, sino que recorrió toda la andadura humana hasta pasar por la muerte, Él que era la Vida.
            Por eso Jesús, sin pecado, no duda en mezclarse con los pecadores: porque solo se salva compartiendo, desde dentro y desde abajo, la condición del hombre. Jesús quiso sentir al pueblo y quiso sentirse pueblo, por eso entró en la corriente penitencial de las aguas del Jordán, para, como sal sanadora de las aguas malas (cf. 2 Re 2, 19-22), purificarlas con su presencia. Y así, aunque el pecado no entró en él, él si entró en el pecado, desactivando su poder, convirtiéndose en “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).
Y al confundirse entre los hombres, al hundirse en la debilidad, se abren los cielos para revelar la grandeza y la verdad de Jesús: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto".
            ¡Qué gran lección para nosotros, que preferimos siempre no mezclarnos, distinguirnos de los que consideramos inferiores social, moral, económica, política y hasta religiosamente!
            Pero no terminan aquí las lecciones de este día. La 1ª lectura pone de relieve, proféticamente, el estilo y el contenido del auténtico enviado de Dios: "No gritará, no clamará... La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho..."
            No quebrar ni ahogar esperanzas... Hay que tener la mirada muy limpia y muy profunda para descubrir vida y esperanza donde otros solo perciben desesperación y muerte. No faltan profetas del pesimismo, inclinados a dar por irrecuperables personas,  certificando defunción no sólo sobre los muertos sino sobre los dormidos... Muchos se han hundido en lo que llamamos "mala vida" porque no encontraron a tiempo alguien que les concediera un poco de credibilidad y confianza. En vez de manos tendidas, solo vieron dedos anatematizantes y descalificadores. El paso de Jesús fue muy distinto. "Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos..., porque Dios estaba con Él", nos dice la segunda lectura.
            Para Jesús, el bautismo supuso un momento crucial en su vida: marcó profundamente su identidad en un doble sentido: en el de su filiación divina y en el de su misión humana. “Tú eres mi Hijo…”, revela una voz desde el cielo; “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, proclama Juan a la orilla del río Jordán (Jn 1,28-29). El bautismo fue para Jesús el descubrimiento de su ser y de su quehacer.
            Y, para nosotros, ¿qué significa el bautismo? Las respuestas teológicas están claras: Nos incorpora a la comunidad de los creyentes, siendo el fundamento de la fraternidad; significa el paso de la muerte a la vida, siendo el fundamento de nuestra libertad; supone una vida coherente, siendo el fundamento de nuestra responsabilidad. Y, sobre todo, nos incorpora al mismo Cristo. Pero, ¿ya  advertimos en nosotros esas realidades y damos muestras a los otros de nuestro bautismo? 
El bautismo no se acredita con un documento extendido en la parroquia; se acredita con  una vida inspirada en el seguimiento del Señor. Nuestra vida no puede ser una negación del bautismo. Al bautismo fuimos presentados; ahora hemos de hacer nosotros presentes el bautismo, avalándolo con la vida.

REFLEXIÓN PERSONAL:
.- ¿Qué significado tiene el bautismo en mi vida?
.- ¿Cómo lo acredito?
.- ¿Es mi paso por la vida como el paso "bienhechor" de Jesús?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

lunes, 4 de enero de 2016

EPIFANÍA DEL SEÑOR -C-


1ª Lectura: Isaías 60,1-6

     ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz: la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad de los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora.
     Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces los verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar, y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

                                    ***                  ***                  ***

     El oráculo del profeta contempla la restauración de Jerusalén. Una restauración interior -la gloria del Señor la habitará- y exterior -será luz para las naciones-. A ella peregrinarán no solo sus hijos exiliados, sino todos los pueblos, ofreciéndole dones excelentes. El profeta quiere expresar su esperanza y alentar la esperanza del pueblo. La perspectiva universalista y la alusión a las ofrendas de oro, incienso y mirra han vinculado este esto al motivo de la adoración de los Magos.


2ª Efesios 3,2-3a.5-6

     Hermanos:
     Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el Misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido ahora revelado por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

                                   ***                  ***                  ***

     Escribiendo a cristianos provenientes del paganismo, el apóstol se presenta como revelador del Misterio salvador de Dios, que alcanza a todos los hombres. En Cristo ha sido derrumbado el muro que separaba a los hombres (Ef 2,14),  convirtiendo a todos en miembros de un solo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo. La fiesta de la Epifanía subraya esta vocación universal a la salvación, caminando a la luz del Evangelio.

Evangelio: Mateo 2,1-12

                                                          
    Jesús nació en Belén de Judá en tiempo del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.
   Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
     Ellos le contestaron: En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de la ciudades de Judá; porque de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”.
      Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir  yo también a adorarlo.
     Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y, habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

                                   ***                  ***                  ***

    Quizá sea uno de los episodios sobre los que más se ha fabulado, desplazando el acento hacia zonas cada vez más alejadas de su sentido original, absolutizando lo anecdótico e irrelevante. Convendría atenerse a la sobriedad e intencionalidad del texto.
El centro del relato, y de la fiesta posterior, no son los Magos, sino la afirmación de que con el nacimiento de Cristo, la Luz ha venido al mundo; la proclamación de la voluntad salvadora de Dios para todos los hombres; la epifanía de su amor universal.
     El evangelista teje esta afirmación con hilos tomados del AT. La tradición judía anunciaba al Mesías como la estrella que surge de Jacob (Num 24,17). Y, según las profecías, los pueblos paganos habrían de rendirle homenaje (Is 49,23; 60,6; Sal 72,10-15). Finalmente san Mateo combina dos citas que anunciaban la venida del Mesías (Miq 5,1 y 2 Sam 5,2), para mostrar que Jesús es el Mesías. Ante esta Luz, las actitudes pueden ser divergentes: búsqueda apasionada o indiferencia, hostilidad y temor.


REFLEXIÓN PASTORAL

         La fiesta del 6 de Enero, al menos en nuestros ambientes, está en peligro. Su contenido cristiano original ha ido sufriendo un progresivo desplazamiento hacia zonas cada vez más alejadas de su auténtico sentido, absolutizando lo anecdótico e irrelevante. Ya desde la Edad Media, en que se originó una abundante literatura sobre los Magos, a los que se eleva a la categoría de reyes, se les adscribe a diferentes razas, se les pone un nombre y se les reduce a tres…
            Desplazamiento que en nuestra época, amenaza con borrar de la conciencia de los cristianos el mensaje profundo de esta fiesta, la primera celebración cristiana del misterio de la Navidad, convirtiéndola en pretexto para una agresiva campaña comercial, a costa de explotar la ilusión infantil. Y no se trata de acabar con la ilusión de los niños, que debe seguirse alimentando, pero quizá con productos más humanizadores y solidarios; se trata, más bien, de no contribuir a que el consumismo comercial haga irreconocible el sentido original de esta fiesta.
            Para comprenderla hay que volver a la Palabra de Dios, al Evangelio. La Epifanía es una fiesta de Luz y de Alegría; así la presenta el texto del profeta Isaías. Una llamada a otear horizontes más allá de la propia casa; a convertirnos en buscadores y caminantes de esa nueva ruta que diseña el Señor. 
            La fiesta de la Epifanía celebra el derrumbamiento del muro que separaba a los hombres, haciendo de todos un solo pueblo (Ef 2,14), porque “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,6). Es la fiesta del ecumenismo de la salvación realizada en Jesucristo, en quien “no hay judío ni griego…, porque todos son uno en Cristo” (Col 3,11).
            El Dios que nace en Belén no es el Dios de un pueblo o de una raza, sino el Dios del hombre, de todo hombre que viene a este mundo. La luz que nace en Belén no puede quedar aprisionada bajo los estrechos marcos de una religión nacional, por eso sube, en forma de estrella, al firmamento universal, para encender la esperanza de todas las naciones y alumbrar sus pasos en la búsqueda de la Verdad.
            El relato evangélico aporta lecciones de gran calado. La presentación que hace de los Magos rebasa el interés de lo anecdótico, para presentarlos como figuras teológicamente significativas para la vida cristiana.
            Desde una situación de búsqueda -otean el cielo buscando signos-, abiertos a la Verdad, aún no conocida pero presentida y deseada, al menor indicio abandonan sus seguridades y se ponen en camino. ¿Cuántos no verían la estrella, permaneciendo indiferentes? Y, peregrinos de la verdad y de la fe, preguntan, investigan y, por fin, se postran ante la Verdad, a la que ofrecen sus presentes. Buscadores de la Verdad, que no se sienten defraudados al encontrarla en la pobreza y en un niño.
            Actitudes ejemplares y poco comunes. Porque existe el peligro, y el mismo relato evangélico lo subraya, de adoptar ante la Verdad una actitud hostil (es el caso de Herodes, que se siente amenazado) o indolente (la de los Sumos sacerdotes y letrados de Jerusalén, que, conociendo las profecías de la Escritura, no dieron un paso de acercamiento).
            Desde esta celebración podríamos someter nuestra vida a preguntas como éstas: ¿Hemos visto nosotros su estrella? ¿Nos ponemos en camino o permanecemos indolentes, descansando en nuestras seguridades? ¿Sentimos pasión por alumbrar la ruta de los hombres con la luz del Evangelio? ¿Somos estrellas para el mundo?

REFLEXIÓN PERSONAL
:
.- ¿Ha brillado sobre mí la estrella del Señor?
.- ¿La sigo o permanezco anclado en mis rutinas?
.- ¿Siento la llamada a ser testigo de la Luz?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.