miércoles, 7 de diciembre de 2016

IIIº DOMINGO DE ADVIENTO -A-


1ª Lectura: Isaías 35,1-6a. 10

    El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor el narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, y la lengua del mudo cantará. Y volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza: alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

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    El capítulo 25 de Isaías es un poema que contempla la vuelta del Destierro y, por tanto, habría que relacionarlo con la segunda parte del libro de Isaías (caps. 40-55), conocido como “Deutero Isaías”. El profeta contempla y canta la restauración de Israel. El pueblo contemplará la gloria y la belleza del Señor, reflejada en la transformación del desierto en vergel. Esa noticia debe regenerar a la comunidad que, liberada de sus ataduras, recuperada de  su fragilidad, es invitada a ponerse en camino hacia la patria, la Sión renovada y convertida en morada permanente del Señor.
    Situado en el Adviento cristiano, el texto supone un estímulo para dotar a nuestra vida de esperanza, superando miedos y debilidades, y encantarnos con la contemplación de la belleza y la gloria de nuestro Dios, reflejada en rostro de Cristo (2 Cor 4,6).   

2ª Lectura: Santiago 5,7-10

    Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

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    A los primeros cristianos les inquietaba el retraso de la venida del Señor. Esperaban con ansiedad ese momento. La situación que estaban viviendo era difícil -“rodeados de toda clase de pruebas” (Sant 1,2)-. En la Carta, dirigida a cristianos de origen judío dispersos por el mundo greco-romano, se les anima no sólo a la paciencia sino también a la fortaleza y la perseverancia. Hay que abandonar cálculos de tiempo cronológico,  y “abandonarse” a la promesa del Señor, que no fallará.

Evangelio: Mateo 11,2-11

    En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de dos de sus discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”
    Jesús les respondió: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí!”
    Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un Profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quién está escrito: ‘Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti´. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”.

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    A la cárcel le llegan a Juan noticias de Jesús, de sus obras, que no parecen coincidir con el perfil austero y penitencial diseñado por él (cf. Mt 3,1-12; 11,18). Por eso envía discípulos para conocer la respuesta personal de Jesús. Y ésta es clara: sus obras, contempladas a la luz de los oráculos proféticos (Is 35,5-6; 42,18) no dejan lugar a dudas; y revelan también que su mensaje es la Buena Noticia.
     Junto a este autotestimonio, Jesús da testimonio de Juan. Aunque él, Jesús, aporta un plus  -un tono y un rostro nuevo-, no lo descalifica: Juan no es un predicador oportunista ni un halagador de los oídos del poder; es más que profeta: es el Precursor.

REFLEXIÓN PASTORAL

    “Se alegrarán el páramo y la estepa…” (Is 35,1). Es el mensaje del tercer domingo de Adviento -por eso designado domingo “gaudete”-. Pero, ¿es un mensaje posible? ¿Existe en nuestra sociedad, tan tensionada, un espacio y un motivo para la alegría? ¿Más que alegrarse no está gimiendo la creación por la violencia a la que la tiene sometida el hombre (cf. Rom 8,22)?
    La Palabra de Dios nos invita no sólo a la alegría, sino que ofrece el auténtico motivo para la misma: la venida del Señor.  El profeta Isaías, con una mirada profunda, atisba el rejuvenecimiento de la creación, reflejo de “la belleza de nuestro Dios” (vv.1-2), del rejuvenecimiento hombre, que recuperará el pleno uso de sus sentidos, y del de la misma sociedad (vv. 3-6).
    La alegría y la esperanza descansan, recuerda el salmo responsorial, en la fidelidad y lealtad de Dios (Sal 146,6), que vendrá para salvarnos.
   La venida cierta pero sorpresiva del Señor es el motivo de nuestra alegría. Pero esperar no es fácil. Por eso la Carta de Santiago nos advierte: “Tened paciencia, hermanos,…y manteneos firmes” (Sant 5,7.8).
    “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos todavía que esperar a otro?” (Mt 11,3). En esa  pregunta se encuentra condensada la expectación de toda la historia humana. ¿Eres tú… el agua viva (Jn 4,10), el pan de la vida (Jn 6,35), la luz (Jn 8,12), el camino, la verdad, la vida… (Jn 14,6), o tenemos que seguir esperando a otro, apurando fuentes y alimentos que no sacian, internándonos por caminos que no nos conducen a ninguna parte o que, por lo menos, no nos conducen a Dios? ¿Eres tú?
     “Dichoso el que no se siente defraudado por mí” (Mt 11,6). En realidad Él, Jesucristo, no defrauda, porque vino a dar testimonio de la Verdad, pero sí que pueden sentirse defraudados, desencantados los que van tras Él buscando otras cosas, y no la Verdad (cf. Jn 6,26).
    Acojamos la pregunta del Bautista y examinemos si es el Señor, quien orienta y colma nuestra esperanza; si es Él el fundamento de nuestra alegría. En todo caso, es importante que nos preguntemos y respondamos con sinceridad a esa cuestión, pues llegará el momento en que el mismo Jesús nos pregunte: “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?” (Mt 16,15).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Quién digo yo que es Jesús? ¿Lo digo de palabras, o lo digo con la vida?
.- ¿Me reconozco en la bienaventuranza de Jesús?

.- ¿Me inunda la alegría del evangelio?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCAp.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

IIº DOMINGO DE ADVIENTO -A-

1ª Lectura: Isaías 11,1-10

    En aquel día: Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado, con equidad dará sentencia al pobre. Herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia el ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura.
    Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey.
    El niño jugará con la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No hará daño ni estrago por todo mi Monte Santo: porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

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    Nos hallamos ante la formulación más acabada del sueño profético para Israel. Un tiempo presidido por el espíritu del Señor, encarnado en el Ungido de Dios. Un tiempo marcado por la piedad, la paz, la justicia y  la verdad. Toda la creación se verá afectada y renovada por ese Espíritu. Desaparecerán las hostilidades no sólo entre los hombres, sino entre el hombre y la naturaleza, representada en los animales. La hostilidad que arrancó de la desobediencia del Paraíso (Gén 3,14-15), desaparecerá en este nuevo paraíso. Una visión similar de pacto entre Dios y la naturaleza en favor del hombre se encuentra en Os 2,20; Ez 34,25.28; Is 65,25. Jesús aparecerá reivindicando ese Espíritu y esa función (Lc 4, 18-19; Mt 12,18-21).
   
2ª Lectura: Romanos 15,4-9

    Hermanos:
   Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
    En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os ha acogido para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.

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    El texto seleccionado pertenece al final de la parte exhortativa de la Carta. San Pablo amonesta a los cristianos, en su mayor parte provenientes del mundo pagano, a considerar las Escrituras como guía espiritual y criterio de vida. A profundizar la comunión, para orar a Dios con un solo corazón. A acoger al otro como cada uno ha sido acogido por Dios en Cristo. Dios no discrimina: la elección, en otro tiempo, del pueblo judío no supuso la exclusión de los gentiles, y la apertura ahora del Evangelio a los gentiles no oscurece esa fidelidad de Dios respecto de Israel. Cristo nos lo revela con claridad: él ha venido a derribar el muro de separación (Ef 2, 14).

Evangelio: Mateo 3,1-12
                                            
    Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos”. Este es el que anunció el profeta Isaías   diciendo: “Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.
    Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
    Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: `Abrahán es nuestro padre´, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga”.

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    Juan Bautista es una de las figuras típicas del Adviento. Fue un personaje de gran relevancia en su tiempo. Era el guía carismático de un movimiento popular, que convocó al pueblo a la penitencia ante la inminencia del juicio de Dios. Su mensaje estaba centrado en la urgencia de la conversión, ofreciendo como signo de la misma el bautismo en las aguas del Jordán. Según la tradición cristiana (Hch 10,37ss) el comienzo de la vida pública de Jesús estuvo vinculado al movimiento del Bautista. Los primeros cristianos lo identificaron con “la voz que grita en el desierto” (Is 40,3) y con Elías (2 Re 1,8), que según la tradición cristiana sería el precursor del Mesías (Mt 11,14; 17,11). Según esta interpretación, Jesús aparece como el Mesías, y Juan como el Precursor. Mateo es el evangelista que presenta a Juan con rasgos más “cristianos”. Su predicación y la de Jesús coinciden (Mt 3,2; 4,17). Pone en boca de Juan lo que era una convicción cristiana, que el bautismo de Juan era sombra del de Jesús (Mt 3,11-12); que la pertenencia al pueblo de Dios no era algo exclusivo del pueblo judío (Mt 3,9), y que con Jesús se hace presente el reinado de Dios.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Si nos fuera permitido soñar el futuro, no lo imaginaríamos mejor que como nos lo describe el profeta Isaías: un futuro de justicia y de paz, sin sombras ni amenazas, y presidido por alguien sobre “el que se posará el espíritu del Señor” (Is 11,2), y dotado con una especial providencia hacia el pobre, el afligido y el indigente (Sal 72). Y no es un sueño imposible; pero no puede obtenerse sólo soñando. Ese es el futuro que Dios quiere para el hombre, y por el que Cristo trabajó y entregó su vida. Un futuro al que hay que abrir camino.
    “Preparad el camino” (Mt 3,3), dice el Bautista. Jesús lo indicó también, al animarnos a orar: “Venga tu Reino” (Mt 6,10), sabiendo que a Dios no se le puede invocar en vano; que orar sin comprometer la vida en lo que pedimos puede ser una provocación a Dios.
    ¿Cómo abrir caminos a ese futuro? ¿Cómo hacer para que el Reino de Dios venga a nosotros? “Convertíos…, rectificad…, dad frutos” (Mt 3,3.8). Es lo de siempre, porque nunca nos decidimos a tomarlo en serio. Por eso nuestros caminos no conducen a ninguna parte y, en todo caso, no conducen a ese futuro añorado y soñado de paz y justicia.
    Juan denunciaba las falsas seguridades religiosas, la insuficiencia de una práctica religiosa ritual, la falta de frutos. Más tarde, dirá Jesús que al árbol se le conoce por sus frutos (Mt 7,20), de conversión. Y eso exige introducir en nuestras vidas rectificaciones profundas y hasta cambios de dirección, porque “Mis caminos no son vuestros caminos” (Is 55,8).
    La voz de Juan es exigente, y debemos escucharla y acogerla con seriedad y gratitud. Nos lo recuerda hoy la segunda lectura (Rom 15,4).
    Hoy se nos invita a soñar el futuro, pero sobre todo a trabajar por él, y a hacer una lectura atenta de las Escrituras, ellas nos ofrecen claves para propiciar la alternativa, “pues se escribieron para enseñanza nuestra…, y con el consuelo que dan mantengamos la esperanza” (Rom 15,4), pues toda Escritura "es útil para educar en la justicia” (2 Tim 3,16).
    Cristo asumió este servicio de ser y dar esperanza, pues “Dios, mediante la Resurrección de Jesucristo nos ha reengendrado a una esperanza viva” (1 Pe 1,3), convirtiéndose personalmente en nuestra esperanza (Ef 1,12; Col 1,27; 1 Tim 3,14) y convirtiéndonos en servidores de esperanza (1 Pe 3,15).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué hago para preparar el camino del Señor?
.- ¿Qué rectificaciones debo introducir en la vida?
.- ¿Qué conocimiento y aprecio tengo de la palabra de Dios?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



miércoles, 23 de noviembre de 2016

Iº DOMINGO DE ADVIENTO -A-

1ª Lectura: Isaías  2,1-5

    Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven; caminemos a la luz del Señor.

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    Conocido como “el profeta del Adviento”, será Isaías quien aporte el apoyo veterotestamentario a las lecturas de los domingos de este tiempo litúrgico. El texto seleccionado tiene afinidades con Miq 4,1-3. En ambos se contempla la restauración de Sión, convertida en centro de peregrinación de las naciones, la restauración de la paz y un mundo y una sociedad regida por la palabra del Señor.
    Se trata de un oráculo de restauración escatológica, orientado a alimentar la esperanza, a depositar la confianza en la fidelidad de Dios. Él será el protagonista de una salvación universal, el árbitro de las naciones y el artífice de la verdadera paz. Él será la luz bajo la que caminarán pueblos numerosos. Esta era la esperanza del profeta, que halló su cumplimiento en Cristo: el juez definitivo (Jn 5,22), el constructor de la paz (Ef 2,14) y la luz que alumbre los caminos de los hombres (Jn 1,9).

2ª Lectura: Romanos 13,11-14

    Hermanos: Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos.

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    San Pablo exhorta a vivir con lucidez el presente. Con la redención de Cristo ha llegado la “Hora” de Dios. El cristiano, “hijo del día” (1 Tes 5,5), ya desde ahora liberado del mundo perverso (Gál 1,4) y  del imperio de las tinieblas, tiene parte en el reino de Dios y de su Hijo (Col 1,13); es ya ciudadano de los cielos (Flp 3,20). Consciente de vivir en ese HOY (Heb 1,2), el cristiano, vestido de Jesucristo, ha de conformar su vida con esa “hora” de la historia. Esta consideración es uno de los fundamentos de la moral paulina.

Evangelio: Mateo 24,37-44

     En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre. Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Estad en vela, porque no sabéis a qué hora vendrá vuestro señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre.

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    El texto evangélico es una llamada a la vigilancia. Forma parte del llamado “Discurso escatológico” del evangelio de san Mateo. Ante la pregunta de los discípulos por el “cuándo ocurrirá esto” (Mt 24,3), la respuesta de Jesús es terminante: “Cuidad que nadie os engañe” (Mt 24,4). El día del Señor, llegará, “mas de aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre” (Mt 24, 36).
     Jesús no ha venido a satisfacer curiosidades, sino a situar la vida en una actitud de esperanza y responsabilidad permanentes. No son palabras para asustar, para esconder el tesoro en la tierra (Mt 25,25), sino para activarlo con una inversión inteligente (Mt 25, 20.22).

REFLEXIÓN PASTORAL

Iniciamos el año litúrgico con el tiempo de Adviento.  Un tiempo espiritualmente muy rico, del que hacemos una lectura muy pobre. Es un tiempo crístico, orientado a Cristo, y por Cristo, meta y pedagogo de nuestra esperanza. Un tiempo crítico, que ayuda a desenmascarar impaciencias y utopías, ya que en toda espera el hombre está expuesto al espejismo o a la desesperación, a confundir lo último con lo penúltimo, lo accidental con lo fundamental, lo urgente con lo importante, el progreso material con la salvación... Y un tiempo eclesial: el tiempo de la Iglesia que avanza y celebra su fe “mientras esperamos la gloriosa venida del Señor Jesucristo”.
 El Adviento es tiempo para recrear la esperanza cristiana, y para  recrearnos en ella. Necesitamos un baño de esperanza que, entre otras cosas, es:
·        Saber que Dios tiene la última palabra, y concedérsela.
·         Sentirse arcilla en sus manos, alfareras del hombre y del mundo (Is 64,7).
·        Desenmascarar falsas esperanzas.
·        Asumir con serenidad y paz las limitaciones, el dolor y la misma muerte.
·        Trabajar por un mundo mejor, rebelándose a considerar lo que hay como  irremediable.
·        Descubrir el encanto de la dura realidad.

   En nuestros días, caracterizados por una especie de desencanto, somnolencia y marchitamiento de ideales y valores, necesitamos vibrar ante proyectos como los presentados el profeta Isaías, cuando “de las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas” y  “no  alzará la espada pueblo contra pueblo, ni se adiestrarán para la guerra” (Is 2,4). El profeta invita a dar trascendencia a la mirada, a no sucumbir ante la realidad inmediata, a apostar por un mundo alternativo. Para ello son necesarios ojos proféticos y caminar a la luz del Señor.
  Esperar, nos dice el Evangelio, es vigilar, dando calidad humana y cristiana a la existencia. Denunciando el comportamiento irresponsable de los tiempos de Noé, Jesús advierte de la necesidad de estar en vela, porque no se trata de “pasar” la vida, sino de “vivir” la vida. ¡Cuidado con el “sueño” religioso!
   En la misma línea está la recomendación de san Pablo en la segunda lectura: “Daos cuenta del momento en que vivís; es hora de despabilarse… Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad” (Rom 13,11.13). Y se atreve a diseñar el vestido del Adviento: “Revestíos del Señor Jesucristo” (Rom 13,14).           
    Todo esto lo sugiere el tiempo de Adviento. No vivamos distraídos como en tiempos de Noé. Y hay muchas formas de vivir distraídos; una de ellas es abstraerse, desentenderse del momento que vivimos y privarle de una clarificación desde la luz de nuestra fe. ¡Caminemos a la luz del Señor!

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Con qué actitud abordo el Adviento?
.- ¿Qué espero y a quién espero?
.- ¿Soy consciente del momento salvador en que vivo?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

DOMINGO XXXIV -C-


1ª Lectura: II Samuel 5,1-3

    En aquellos días, todas la tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: “Hueso tuyo somos y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quién dirigías las entradas y salidas de Israel. Además, el Señor te ha prometido: Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”.
    Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

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    El texto es de gran importancia histórica. Los dos grande grupos tribales –Judá (Sur) e Israel (Norte) deciden converger en un gran pacto que coloca a David como rey, que pasa a ser considerado como el gran Ungido de Dios para guiar a su pueblo, tras el fracaso de Saúl. Con él la historia adquiere un nuevo perfil. Es la primera “profecía” del reino de Dios. En los evangelios Jesús será reconocido (Lc 18,38) y aclamado (Mt 21,9) como “Hijo de David”. En él hallará cumplimiento esa profecía.

2ª Lectura: Colosenses  1,12-20

    Hermanos:
     Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

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    El himno de la Carta a los Colosenses subraya algunas de las dimensiones del “Reino de su Hijo querido” y de Cristo Rey: un rey y un reinado de reconciliación y de paz. Un reino que hunde sus raíces en el designio salvador de Dios, abierto a toda la creación y del que nada ni nadie queda excluido. Un reino que se instaura y consolida no con el poder sino con la entrega de Cristo en la cruz.

Evangelio: Lucas 23, 35-43

                                                 
    En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: “A otros se ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”.
    Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.
    Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Éste es el rey de los judíos”.
    Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.
    Pero el otro lo increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha faltado en nada”.
   Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.
Jesús le respondió: “Te lo aseguró: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Los líderes religiosos no reconocieron en Jesús al “Ungido”. El Reino que Jesús anunciaba y encarnaba les resultaba increíble. Y, burlándose de su pretensión, lo condenaron a muerte de cruz. Y, precisamente, en ese trono paradójico es reconocido como “Mesías” por un malhechor. (Mc 15,32 y Mt 27,44, sin embargo, indicarán que "le injuriaban los que con él estaban crucificados"). Jesús no se salva de la cruz; nos salva con su cruz, que es el “lugar” desde donde ejerce su reinado. San Juan en su evangelio presentará la cruz como el lugar de la exaltación  de Jesús y de la instauración de su señoría (Jn 12,32-33). 

REFLEXIÓN PASTORAL

    Dando culmen al año litúrgico, la Iglesia celebra la fiesta de Cristo rey. Es verdad que a algunos esto puede sonarles a imperialismo triunfalista o a temporalismo trasnochado. Es el riesgo del lenguaje, por eso hay que ir más allá, superando las resonancias espontáneas e inmediatas de ciertas expresiones para captar la originalidad de cada caso; de esta fiesta y de este título en concreto.
    La afirmación del señorío de Cristo se encuentra abundantemente testimoniada en el NT.: Él es Rey (Jn 18,37); es el primogénito de la creación y todo fue creado por él y para él (Col 1,15-16); es digno de recibir el honor, el poder y la gloria (Ap 5,12)... La segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, que acabamos de proclamar es un exponente cualificado de esta realeza de Cristo.
     Pero no es éste el único tipo de afirmaciones; existen otras, también de Cristo Rey: “Vosotros me llamáis el Señor, y tenéis razón, porque lo soy; pues yo os he lavado los pies” (Jn 13,13-14), porque “no ha venido a ser servido sino a servir” (Mc 10,45),  y su servicio más cualificado fue dar la vida en rescate por muchos, reconciliando consigo todos los seres, haciendo la paz por la sangre de su cruz (Col 1,20).
    Hablar de Cristo Rey exige ahondar en el designio salvador de Dios, abandonando esquemas que no sirven. El que nace en un pesebre, al margen de la oficialidad política, social y religiosa, el que trabaja con sus manos, el que recorre a pie los caminos infectados por la miseria y el dolor, el que no tiene dónde reclinar la cabeza, el que no sabe si va a comer mañana, el que acaba proscrito en una cruz…, ése tiene poco que ver con los reyes al uso, los de ayer y los de hoy.
    Precisamente, el evangelio de este domingo nos le presenta reinando desde un trono escandaloso, la cruz, en una postura incómoda, y ejerciendo hasta el final lo que fue su forma peculiar de gobierno, el perdón y la misericordia.
    Sí, Cristo es rey. Él habló ciertamente de un reino; más aún éste fue el tema central de su vida, y vivió consagrado a la instauración de ese reino; pero nunca aceptó que le nombraran rey. En una ocasión la gente lo intentó, y él, nos dice el evangelista S. Juan: “Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarlo por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte solo” (6,15). “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36), dijo Jesús ante Pilato.
    E inmediatamente se puede caer en la equivocación de pensar que no es para este mundo. El reino de Cristo, y Cristo rey, no se identifica con los esquemas de los reinos o poderes de este mundo, pero sí que reivindica su protagonismo como fuerza transformadora de este mundo.
    Como se  dice en el prefacio de la misa, el reino de Cristo es el reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, del amor y la paz. O sea, la lucha contra todo tipo de mentira (personal o institucional), contra todo atentado a la vida (antes y después del nacimiento), contra todo tipo de pecado (individual o estructural), contra cualquier injusticia, contra la manipulación de la paz y contra la locura suicida y fratricida del odio. ¡No es de este mundo…, pero es para este mundo!
    Celebrar la fiesta de Cristo Rey supone para nosotros una llamada a enrolarnos como militantes de su “reinado”; a situar a Cristo en el vértice y en la base de nuestra existencia; a abrirle de par en par las puertas de nuestra vida, porque él no viene a hipotecar sino a posibilitar la vida. “Abrid las puertas a Cristo. Abridle todos los espacios de la vida. No tengáis miedo. Él no viene a incautarse de nada, sino a dar posibilidades a la existencia. A llenar del sentido de Dios, de la esperanza que no defrauda, del amor que vivifica” (Juan Pablo II).
    La fiesta de Cristo rey nos invita, también a elevar a él los ojos y el corazón, para pedirle con humildad y esperanza: “Señor acuérdate de mi cuando estés en tu reino” (Lc 23,43). ¡Hermosa confesión general!
     Quizá añoramos o evocamos tiempos de consagraciones multitudinarias a Cristo rey, a las que asistíamos o de las que regresábamos convencidos y contentos de su éxito. No importaba que después de tal consagración todo funcionara como antes o peor. No importaba que los negocios fueran sucios, que las autoridades abusasen del poder, que los poderosos ignorasen a los pobres y éstos odiasen  a los poderosos, que se funcionara en muchos aspectos no sólo al margen sino en contra de Cristo, que en muchas casa no entrase Cristo aunque sí estuviese a la puerta… No importaba todo eso, porque en algún lugar, con gran solemnidad, unos cuantos, o muchos, habían decido ponerlo todo oficialmente a los pies de Cristo rey. 
    No podemos ser injustos ni ironizar sobre el pasado. Sin duda que aquello era un gesto bien intencionado y noble…, pero insuficiente.
    ¡A Cristo no hay ponerle muy alto sino muy dentro! El reino de Dios empieza en la intimidad del hombre, donde brotan los deseos, las inquietudes y los proyectos; donde se alimentan los afectos y los odios, la generosidad y la cobardía…
    A Cristo rey, en definitiva, se le conoce, como nos recuerda el evangelio, profundizando en el misterio de la cruz. Acampemos cerca de él, para escuchar como el buen ladrón la palabra salvadora: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento pasión por el reino de Dios?
.- ¿Con qué actos y actitudes colaboro a que venga a nosotros su Reino?

.- ¿Adopto la actitud “regia” de Jesús?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



jueves, 10 de noviembre de 2016

DOMINGO XXXIII -C-

1ª Lectura: Malaquías 4,1-2a

    Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos- y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud en las alas.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    El profeta contempla un juicio histórico en el que los malvados, como paja, arderán, mientras a los justos los iluminará un sol de justicia. Así se formulaba la esperanza en que Dios restauraría la justicia. Pero es importante notar que estas palabras están dirigidas a la comunidad de Israel, insensible a las continuas invitaciones del Señor a rectificar sus caminos y volver a Él.

2ª Lectura: II Tesalonicenses 3,7-12

    Hermanos:
   Ya sabéis cómo tenéis que imitar mi ejemplo: No viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie.
No es que no tuviera derecho para hacerlo, pero quise daros un ejemplo que imitar. Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no trabaja que no coma. Porque me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a esos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    A los que en Tesalónica, por una equivocada interpretación de la venida del Señor, se habían entregado al “ocio”, el Apóstol les exhorta a trabajar para ganarse el pan. La espera del Señor debe propiciar la responsabilidad en la vida, pues “lo que uno siembre, eso cosechará… No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos… Mientras tenemos ocasión, hagamos el bien a todos, especialmente a la familia de la fe” (Gál 6,7.9.10). La fe y la esperanza cristianas son principios activos para renovar la vida, no coartadas para huir de ella.


Evangelio: Lucas 21,5-19

                                                              
 En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: Esto que contempláis, llegará un día que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
    Ellos le preguntaron: Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo esto está para suceder?
   Él contestó: Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: ‘Yo soy´ o bien ‘el momento está cerca´; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y revoluciones no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.
    Luego les dijo: Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a la que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

                        ***                  ***                  ***                  ***

   
    Nos encontramos en el inicio de la sección del evangelio de san Lucas denominada “discurso escatológico”. Ante la grandiosidad del Templo, Jesús invita a una lectura más profunda, a no quedarse en la exterioridad. Ese Templo desaparecerá. Y desactiva la curiosidad de sus contemporáneos, que mostraban más interés por saber el cuándo de los acontecimientos que anunciaba que en entrar en las urgencias que planteaba Jesús a sus vidas para la conversión.
    Jesús advierte de la necesidad de un discernimiento personal e histórico, para no confundirlo con falsas propuestas que aparecerán bajo la etiqueta de su nombre. Y es que con su nombre puede circular otro “producto” o, como dirá Pablo, “otro evangelio” (Gál 1,6). Y anima a la fidelidad para tiempos difíciles, que sin duda llegarán a sus discípulos. En realidad algunos de los elementos apuntados en el texto reflejan ya situaciones vividas por la primitiva comunidad, posterior a Jesús.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Los textos bíblicos que acabamos de leer nos sitúan ante la problemática del fin del mundo. Para muchos la perspectiva del fin de la propia existencia, del mundo en que se mueven y en cuya construcción quizá han gastado lo mejor de sus vidas, suscita una resignada amargura, cuando no una desesperada protesta ante lo inevitable. Por otra parte, nos movemos en un ambiente de presagios funestos y fatalistas, donde abundan signos que incitan a pensar que nos encontramos en el umbral de grandes catástrofes. Es, pues, un tema que apasiona a muchos y que, en no pocas ocasiones, altera el equilibrio de la persona, atemorizada por el cómo y el cuándo de tales acontecimientos.
    Como creyentes, ¿qué responder? Para el discípulo de Cristo no hay cabida más que para una actitud: la esperanza y la serenidad. A los cristianos de Tesalónica, preocupados por la suerte de los difuntos y de los últimos días, san Pablo les escribe: “Por lo que a esto se refiere no quiero que viváis como los que no tienen esperanza”. Además, “el día y la hora nadie lo conoce” (Mt 24,36), por tanto, “en lo que se refiere al tiempo y al momento, hermanos, no tenéis necesidad de que os escriba (1 Tes 5,1ss)…, y no os dejéis alterar fácilmente, ni os alarméis por alguna manifestación profética… Que nadie os engañe” (2 Tes 2,1ss).
     Pero es que, además, ese fin no será el final, ni una catástrofe sino la victoria definitiva de Cristo. Entonces tendrá lugar la nueva creación de unos cielos nuevos y una tierra nueva. Será una transformación de la existencia, por la que, en frase de san Pablo, “la creación entera gime y sufre dolores de parto…, porque la salvación es objeto de esperanza” (Rm 8,22). Entonces recibirán el premio los que vienen de la gran tribulación (cf. Ap 7,14). Entonces desaparecerán “las apariencias” por muy deslumbrantes que sean.
    No se trata de destrucción, sino de renovación; no de muerte, sino de esperanza; no de fin, sino de comienzo, si bien, para ello, es necesario que el grano de trigo sea enterrado, que Cristo sea crucificado y que el cristiano tome cada día su cruz…; pero no lo olvidemos, el hecho básico de la vida de Jesús fue la resurrección, y de la vida del cristiano ha de ser la esperanza de que, si Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos.
    Nada de actitudes negativas ni tremendistas. Creemos en Cristo, vivamos consecuentemente, empeñados diariamente porque esta nueva creación -para los pesimistas el fin- se realice con nuestra aportación, ya que el reino de Dios, cuya implantación pedimos en el padrenuestro, no puede sernos ajena.
     El mensaje de Jesús es una llamada a la responsabilidad. Él vino a situar al hombre en la esperanza, desinstalándole de las falsas esperas. No vino a ilustrar nuestra curiosidad, prediciendo el futuro a modo de parte meteorológico, sino a fundamentar nuestra fe en algo y en alguien. Nos colocó ante el fin, y se marchó sin indicarnos la fecha, pero con una tarea que cumplir:
·        nos señaló un trozo de la viña, y nos dijo: venid y trabajad;
·        nos mostró una mesa vacía, y nos dijo: llenadla de pan;
·        nos presentó un campo de batalla, y nos dijo: construid la paz;
·        nos sacó al desierto con el alba, y nos dijo: levantad la ciudad;
·        puso una herramienta en nuestras manos, y nos dijo: es tiempo de crear.
    Nos hizo una llamada a dar intensidad a nuestra vida desde el ángulo de la fe, a “finalizar” la vida. De ahí que hayamos de rechazar las actitudes superficiales, centradas en lo anecdótico.
Pero en el mensaje de Jesús hay una clarificación muy importante. Ante la fascinación por la grandiosidad del Templo de Jerusalén precisó: “De esto no quedará piedra sobre piedra”. Las estructuras, aún las más fascinantes, sucumben. Resiste mejor la embestida del huracán un junco que un  muro. Y con esos mimbres, nos dice Jesús, Dios hace sus proyectos.
    En espera de que nuestra existencia alcance esa dimensión definitiva sigamos el consejo de san Pablo: “Hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de amable, de puro…, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp 4,8), y “cuanto hacéis, de palabra y de obra, realizadlo todo en el nombre del Señor” (Col 3,17).
    Sólo con una vida así interpretada podremos acceder a celebrar coherentemente la Eucaristía, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo me sitúo ante el tema del fin del mundo?
.- ¿Hasta qué punto asumo mi responsabilidad por construir la “tierra nueva”?

.- ¿Anima la esperanza mi vida  y anima mi vida la esperanza?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 3 de noviembre de 2016

DOMINGO XXXII -C-


1ª Lectura: II Macabeos 7,1-2. 9-14

    En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.
    El mayor de ellos habló en nombre de los demás: ¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.
    El segundo, estando a punto de morir, dijo: Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
    Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: De Dios la recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.
    El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba a la muerte, dijo: Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Junto con Dn 12, 2, éste es el testimonio más explícito  de la fe en la resurrección de los muertos en todo el AT. El pueblo de Israel, si siempre confío su existencia a Dios -“pues los que esperan en ti no quedan defraudados” (Sal 25,3)-, fue madurando progresivamente en la formulación de esa fe. Ya en el libro de la Sabiduría se afirma que Dios creó al hombre para la inmortalidad (2,23; cf. 3,1-7). El texto de 2 Macabeos da un paso adelante: no sólo afirma la inmortalidad sino la resurrección. Es esa fe en la resurrección la que hace audaces a los jóvenes mártires. No se trata de actitudes fundamentalistas -la observancia de unas normas legales-, sino de la convicción hecha vida de la prioridad de Dios.

2ª Lectura: II Tesalonicenses 2,15-3,5

     Hermanos:
 Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado con un consuelo permanente y una gran esperanza- os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados; porque la fe no es de todos.
    El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del malo. Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado. Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y esperéis en Cristo.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     Nos encontramos al final de la carta, y el Apóstol, como de pasada, deja unas cuantas indicaciones de gran calado: pide la consolación y la fortaleza de Dios para la comunidad, porque solo de él pueden venir -“es Dios quien activa el querer y el obrar” (Flp 2,13)-,  al tiempo que recuerda el gran regalo que Dios nos ha hecho, el de su amor. Y, consciente de los peligros que acechan al proceso evangelizador y a él, personalmente, solicita la oración de la comunidad. Afirmando que “la fe no es de todos” advierte que la fe no es propiedad de nadie, es un don de Dios, y que sólo desde la fe se entiende el proyecto de Jesús. El creyente ha de ser consciente de su “especificidad”.

Evangelio: Lucas 20,27-38

     En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos que niegan la resurrección y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito: ‘Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia s su hermano´. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó: En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: ‘Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob´. No es Dios de muertos sino de vivos: porque para Dios todos están vivos.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     La escena presenta un debate doctrinal dentro del judaísmo respecto del  tema de la suerte de los difuntos. Las dos posturas dominantes -sólo inmortalidad (saduceos)-, inmortalidad y resurrección (fariseos)- aparecen enfrentadas. Jesús comparte la creencia farisea. Frente al planteamiento “espiritualista” (sólo el alma) de los saduceos, Jesús defiende un planteamiento más “integrador”: toda la realidad personal (alma y cuerpo) quedará asumida. Y lo argumenta desde la fe de Israel profesada por Moisés. Todo el proyecto humano creado por Dios es el llamado a la resurrección. Que es más que la reanimación de un cadáver: es la incorporación definitiva al gran resucitado Jesucristo, “primogénito de  los muertos” (Col 1,18; cf 1 Co 15,20-23)

REFLEXIÓN PASTORAL

    En el marco del mes de Noviembre, en que todos, seguramente, hemos orientado nuestros pasos y sobre todo nuestro corazón al recuerdo de nuestros difuntos, para depositar unas flores en sus tumbas y elevar una oración por ellos, puede encajar muy bien este fragmento del evangelio de san Lucas. El día 2 de Noviembre para muchos absolutiza demasiado el tema de la tierra, de la tumba…, y difumina lo que debe ser fundamental: la vida, el cielo…
   Con la historia de la mujer que había ido enviudando sucesivamente en siete ocasiones, los saduceos, que no creían en la resurrección, quieren poner en aprietos a Jesús. Su argumentación no logra, sin embargo, enredarle. Y de una pregunta curiosa, formulada desde el escepticismo, Jesús aprovecha para dar una respuesta sobria y esclarecedora. “No os imaginéis la vida del mundo futuro -que existe- según el modelo de la vida actual, donde los hombres se casan y mueren; en la otra vida nadie puede morir, ni casarse”. Es decir, esta vida nos sirve para conseguir la otra, pero no para imaginárnosla. Palabras que corren el riesgo de resbalar por la piel del hombre de hoy. ¿La vida eterna? ¡Bueno, ya lo veremos cuando estemos allí, si es que hay algo! ¡No!, nos avisa Jesús. Desde este mundo hay que preocuparse por ser un buen ciudadano del otro mundo.
    No es que tengamos que ponernos a fabular sobre el otro mundo. Quizá en esto se ha exagerado. Jesús rompe con las imaginaciones inútiles y hasta delirantes. Serán “como ángeles”, es decir, “estarán con Dios”. Dios será su única referencia. No se está devaluando la realidad positiva del matrimonio, ni se nos prohíbe soñar cómo viviremos allí nuestros amores de aquí, con tal de no olvidar que se trata de algo inimaginable.
    ¿Será esto, como a  veces insinúan algunos, la necesidad de tranquilizarnos contra el miedo a morir? Hay anhelos de tranquilidad a toda costa que no son sanos ni verdaderos; pero creer en Jesús, que es la Verdad, forma parte de una buena salud humana y cristiana.
     Frente a sus oyentes judíos, saduceos, Jesús recurre a lo que más podía impresionarles, la autoridad de Moisés. Esto también puede decirnos algo a nosotros: “Buscad la respuesta al tema del más allá no en los filósofos o imaginativos, sino en la revelación, en la Palabra de Dios”. Nuestra fe en la resurrección y en la otra vida no es fruto del mero deseo, de una nostalgia o de un razonamiento: es sólo fruto de la adhesión a Cristo, que dice: “Yo soy la resurrección y la vida…, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá (Jn 11,25)… Porque Dios no es Dios de muertos sino de vivos, porque para él todos están vivos”.
    Dios no nos ha creado para hacer de nosotros meros candidatos a la muerte, unos difuntos en potencia. El, “amigo de la vida” (Sab 11,26), no puede permitir que su grandioso proyecto, el hombre, -“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,126)- acabe sepultado para siempre en un cementerio.
    El evangelio nos impulsa y estimula a vivir la fe en el Dios vivo, con realismo, pues la fe es también compromiso humano, pero sobre todo, con optimismo, pues sabemos que nuestros mejores sueños y deseos serán superados por los planes y deseos que nuestro Padre Dios ha concebido para nosotros.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Tiene algún eco la resurrección en mi vida de cada día?
.- ¿Siento a Dios como el amigo de la vida?

.- ¿Vivo con gratitud el don de la fe?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 26 de octubre de 2016

DOMINGO XXXI -C-


1ª Lectura: Sabiduría 11,22-12,2

    Señor, el mundo entero es ante ti como un grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.
Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no las hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. En todas las cosas está tu soplo incorruptible. Por eso corriges poco a poco a los que caen; a los que pecan les recuerdas su pecado, para que se conviertan y crean en ti.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    El texto pertenece a la segunda sección del libro de la Sabiduría que evoca la Sabiduría de Dios en la historia de Israel (cap. 10-19). En él se enaltece la amorosa misericordia de Dios con todas sus criaturas. Dios tiene providencia universal de todos.  Incluso respecto del pecador, la corrección es pedagógica, para propiciar la conversión. Nada existe ni subsiste si no es por su amor. Dios es “amigo de la vida”. El origen de todo lo que existe es bueno: el amor de Dios. Aquí reside el fundamento del optimismo verdadero.

2ª Lectura: 2ª Tesalonicenses 1,11-2,2

    Hermanos:
   Siempre rezamos por vosotros, para que nuestro Dios os considere dignos de vuestra vocación; para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; y para que Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de él, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo. Os rogamos a propósito de la última venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras: como si afirmásemos que el día del Señor está encima.

                        ***                  ***                  ***                  ***

Dos aspectos se destacan en este breve fragmento de la 2ª Tesalonicenses: 1) la oración del Apóstol para que la comunidad cumpla la tarea de la fe, y así sea digna de la vocación de Dios, y 2) la exhortación a vivir sin angustia la espera del día del Señor, respecto de la cual se habían extendido alarmas injustificadas, por “supuestas revelaciones, dichos o cartas”. Interesante es el subrayado de la tarea de la fe: la identificación con Cristo.

Evangelio: Lucas 19,1-10

   
  En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
    Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
    Él bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
    Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré dos veces más.
    Jesús le contestó: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar  lo que estaba perdido.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    “El buscador buscado”, podría ser el título de esta escena. A una mirada inicialmente curiosa, la de Zaqueo, le sigue una mirada profunda, la de Jesús. Zaqueo la aceptó, y aquella mirada le transformó. Otros contemplaron la escena con ojos diferentes, los que, al verlo, murmuraban. Jesús siempre mira así, su mirada es una oferta permanente de renovación, pero, como Zaqueo, hay que aceptar  su mirada.

REFLEXIÓN PASTORAL

     “Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria… Nunca ha tenido el hombre un sentido tan grande de la libertad, y, entre tanto, surgen nuevas formas de esclavitud social y sicológica. Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad y su mutua interdependencia…, se ve, sin embargo, dividido gravísimamente por  la presencia de fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza con destruirlo todo… Afectados por tan compleja situación a muchos de nuestros contemporáneos les atormenta la inquietud, y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolución del mundo” (GS. 4).
     En este contexto, que amenaza con neurotizarnos, es posible que algunos, como nos recuerda hoy san Pablo pierdan la cabeza y se alarmen con supuestas revelaciones de un inminente final, y que otros se hundan en el escepticismo o el derrotismo.
     La palabra de Dios hoy es como un balón de oxígeno, como una inyección de optimismo para tiempos de contradicción y desconcierto. ¡Nada hay irremisiblemente perdido, porque todo tiene una raíz buena y sana: el amor de Dios!
    “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho. Si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. ¿Y cómo subsistirían si tú no las hubieses querido? Perdonas a todos porque son tuyos, Señor, amigo de la vida” (1ª lectura). ¡No somos fruto del acaso, sino del Amor”.
    Dios es el gran “amigo de la vida”, es la vida; un Dios que no se complace en la muerte del pecador…, cuya misericordia se extiende de generación en generación…, que espera y busca el retorno de los extraviados… Hay que esperar, incluso y sobre todo, de aquellos que nos parecen malos -“¿quién eres tú para juzgar al prójimo?”(St 4,12); hay que esperarlos y no exasperarlos. Como hizo Jesús, que no vino a condenar sino a salvar, precisamente a los que estaban perdidos.
     Zaqueo pertenecía oficialmente a la mala gente de entonces. “Baja, porque hoy quiero hospedarme en tu casa”, así se adelantó Jesús a Zaqueo. Éste nunca hubiera pensado llegar a tanto, se contentaba con verle, sin ser visto, ni por Jesús ni por la gente. Pero Jesús no se contentaba con eso; no había venido a servir de espectáculo; buscaba la persona de aquel hombre y no sólo satisfacer su curiosidad. Y al contacto con el amor de Jesús, Zaqueo se redescubre a sí mismo y se convierte. Porque sólo el amor redime. La denuncia del mal, si no está encarnada en una voz que ama, puede no ser más que nuevo combustible para la gran pira de la violencia.
    Tender la mano en un gesto amistoso, fraterno y salvador; purificar la mirada para contemplar el mundo con esperanza y amor; trabajar en la medida de nuestras posibilidades para que el mundo se reencuentre en su proyecto original de amor…, pueden ser llamadas de atención que el Señor nos dirige en este momento a través de su palabra.
    Dios nunca pasa de largo; pulsa respetuosamente a la puerta, y “si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apo 3,20). ¡Abrámosles, acojámosle y, seguramente, que su presencia provocará en nosotros una transformación como la de Zaqueo.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- Mi lectura de la vida, ¿es una lectura esperanzada?
.- ¿Con qué pasión me entrego a “la tarea de la fe?
.- ¿Acepto en mi vida la mirada de Jesús?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.