jueves, 14 de junio de 2018

DOMINGO XI -B-


1ª Lectura: Ezequiel 17,22-24

    Esto dice el Señor Dios:
    Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

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    Dios no abandona ni olvida su promesa. En lenguaje poético el profeta Ezequiel denuncia un pecado y anuncia un futuro de salvación para el pueblo. De un cedro, paradigma de árbol noble, Dios tomará una rama pequeña que plantará en “el alto monte de Israel”, dando origen a un reino poderoso y universal. Si en un principio el oráculo alimentó la esperanza de un regreso de los desterrados en Babilonia a la patria con la dinastía legítima renovada, más tarde se leyó como profecía mesiánica. Con esta alegoría quiere el profeta recrear la esperanza en un futuro nuevo, originado en Dios y sustentado en su providencia, que elige “lo debil del mundo” (1 Cor 1,27) y “enaltece a los humildes” (Lc 1,52). Israel tendrá futuro, porque su futuro está en Dios. Jesús será esa rama, origen de un nuevo reino, el reino de Dios, donde vendrán las aves a anidar (Mt 13,32).

2ª Lectura: 2 Corintios 5,6-10

    Hermanos:
    Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que mientras vivimos, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

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    El cristiano es un ser radicado en la esperanza. Las realidades de este mundo no le obnubilan. Lo único importante es vivir para el Señor; el único que emitirá un juicio sobre la vida. Pablo sitúa estas reflexiones en el marco de las tribulaciones y esperanzas que conlleva el ministerio (2 Cor 4,7-5,10).  La pasión por estar definitivamente con Cristo suscita en él estas expresiones. “Destierro” y “patria” expresan dos situaciones del cristiano: una, la provisionalidad; otra, lo definitivo. Mientras, “caminamos guiados por la fe”, orientados hacia Cristo, ante quien se desvelarán definitivamente nuestras vidas. Los vv. finales no son una amenaza sino una exhortación a la fidelidad al Señor. Puede verse a este respecto Rom 8, 31-39.

Evangelio: Marcos 4,26-34

    En aquel tiempo decía Jesús a las turbas: El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.
    Dijo también: ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pajaros pueden cobijarse y anidar en ellas.
    Con muchas parábolas parecidas les explicaba la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a los discípulos se lo explicaba todo en privado.

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   El texto tiene un doble perfíl: doctrinal (explicación del misterio del Reino de Dios) y biográfico (aporta informaciones sobre la praxis pastoral/catequética de Jesús). Comenzando por este último perfil: Jesús era un maestro popular, acomodándose a las capacidades de comprensión de sus oyentes; es un maestro que visualiza el mensaje a través de ejemplos (parábolas); les habla de su mundo (agrícola, ganadero, doméstico…). Es interesante el matíz de que a sus discípulos les reservaba una ulterior explicación (porque serán ellos los encargados de ultimar y anunciar su mensaje).
   Respecto del perfil doctrinal, Jesús propone con dos imágenes, la de la semilla y la del grano de mostaza, que la iniciativa siempre es de Dios -el Sembrador-, y que su estrategia es deslumbrante por su originalidad: escoge lo menor para instaurar su Reino. Y ese Reino deberá pasar por la crisis del enterramiento germinal, del crecimiento lento en medio de dificultades, pero dará fruto a su tiempo; un tiempo que lo marca el dinamismo de la semilla y la providencia de Dios. Jesús pretende con estas parábolas activar la esperanza verdadera, no favorecer la pereza irresponsable. Con la de la mostaza, además, subraya la universalidad del Reino. La semejanza con la imagen de Ezequiel es patente: Dios es quien dirige la historia, pero no al margen de la historia. Es un agricultor activo y paciente.  

REFLEXIÓN PASTORAL

    Las lecturas bíblicas de este domingo giran todas ellas, aunque con matices peculiares, sobre el tema de la esperanza. Y  si de algo  comenzamos a presentar carencias importantes es de esperanza. Hoy esa falta de esperanza ha recibido un nombre: desencanto. Y ese desencanto acampa no solo en la sociedad, sino que también se ha introducido en la misma Iglesia, bajo la forma de cansancio y escepticismo. Muchos cristianos hoy aparecemos cansados y desorientados por las prisas de unos y los retrasos de otros; por los progresismos de unos y los conservadurismos de otros…
     Necesitamos alzar los ojos y clavarlos en la verdadera fuente de esperanza: Cristo. Quizá no somos lo suficientemente claros los cristianos al proclamar los motivos de nuestro esperar, y con ello contribuimos al confusionismo y a la ambigüedad.
     Es Jesucristo, solo Él, el núcleo y el motivo de nuestra esperanza, porque solo Él es nuestra salvación. Es el ancla de nuestra esperanza (Heb 6,19).Y afirmar esto no es devaluar las esperanzas humanas, que en buena parte hemos de compartir, pero sí una crítica profunda de las mismas.
      El motivo de la esperanza cristiana es la fe en Dios y en el hombre. Porque el cristiano no puede hablar de Dios sin hablar del hombre, ni hablar del hombre sin evocar a Dios, que se ha hecho hombre; ni tampoco puede esperar en Dios sin hacerlo, a su vez, en el hombre.
      Si en el mundo hay falta de esperanza es, en parte, imputable a los cristianos, que no sabemos crearla. Porque no se trata solo de que tengamos esperanza, sino de que ofrezcamos esperanza.
     Hoy casi nadie se fía de nadie… La inseguridad se ha convertido en la excusa para desconfiar de todo y de todos. Hemos comenzado a fortificar nuestras casas y a recluirnos en nuestros egoísmos y recelos. ¡No se puede vivir desconfiando! ¡Esa es la mayor inseguridad! Muchos hombres y mujeres se han hundido en lo que llamamos delincuencia o mala vida porque no encontraron personas que les concedieran, en sus primeros momentos de equivocación, un poco de credibilidad y confianza. Porque en toda persona hay una “plusvalía”, un porcentaje divino que la revaloriza. Hay que trascender las apariencias, para mirar con el corazón, porque “lo esencial es invisible a los ojos”. Lo dijo Jesús: “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5,8) en el hombre.
     La esperanza es la posibilidad que el hombre tiene de transcenderse a sí mismo y a las contradicciones de la vida; la posibilidad de no quedar atrapado en los estrechos horizontes del consumismo, del utilitarismo o del hedonismo. Tener esperanza es afirmar, sin ambigüedades, la existencia de otra dimensión, como nos recuerda hoy san Pablo, frente a los que quieren silenciar este aspecto.
     Tener esperanza es aceptar ser semilla que germina a través del silencio y el dolor. La semilla está en la raíz de las cosas: es invisible (encerrada en la tierra), pero deslumbrante en el fruto. Jesús recurrió frecuentemente a la “semilla” como imagen de esperanza, de silencio, de dinamismo interior, de humildad, de providencia de Dios. Ser semilla de evangelio es la vocación del cristiano. Es fácil saber cuántas semillas hay en una manzana, pero solo Dios sabe las manzanas que hay en una semilla. Solo Él sabe las posibilidades de la semilla.
    Aceptar ser semilla es entregar la vida a las manos de Dios, el buen sembrador.  Es aceptar con paz la propia limitación y la limitación del hermano. Es ser optimista, porque Dios actúa en el mundo y en el hombre, y continúa sembrando pequeñísimos granos de mostaza,  que acabarán por ofrecer acogida a los deseos e inquietudes de los hombres.
    Los fuertes, ante las dificultades, esperan; los débiles, se refugian en los sueños. Que el Cuerpo y la Sangre del Señor alimenten nuestra esperanza y nos conviertan en testigos inequívocos de ella ante los hombres.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy semilla de esperanza?
.- ¿Soy sembrador de esperanza?
.- ¿Quién fundamenta mi esperanza?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


miércoles, 6 de junio de 2018

DOMINGO X -B-


1ª Lectura: Génesis 3,9-15

    Después que Adán comió del árbol, el Señor Dios lo llamó: ¿Dónde estás?
    Él contestó: Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.
    El Señor le replicó: ¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?
    Adán respondió: la mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí.
    El Señor dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho?
    Ella respondió: la serpiente me engañó y comí.
    El Señor dijo a la serpiente: por haber hecho esto, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el talón.

                                                ***                  ***                  ***

        Pretendiendo ser como Dios, se descubrió desnudo; y temeroso rehuye afrontar a Dios, que le busca. Adán encarna la tipología humana. Pero Dios no lo abandona, no lo deja desnudo; desde ese primer momento suscita una esperanza. De la estirpe de la mujer surgirá un descendiente que devolverá la esperanza y la salvación; y ese descendiente será Jesús, “nacido de una mujer…” (Gal 4,4). Como dirá Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20). Desde el principio Dios estuvo con el hombre y por el hombre.

2ª Lectura: 2 Corintios 4,13-5,1

    Hermanos:
    Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: “creí, por eso hablé”, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios. Por eso no nos desanimamos. Aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve, es transitorio; lo que no se ve, es eterno. Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterna en el cielo, no construida por hombres.

                                                ***                  ***                  ***

    La confianza y la audacia apostólica de Pablo residen en la fuerza de Dios que se ha hecho presente en la resurrección de Cristo. La dificultad, inherente al anuncio del Evangelio, no merma su ministerio.  El desmoronamiento físico va acompañado de una renovación interior. El apóstol trabaja con una perspectiva amplia y profunda: lo visible no agota lo real. El cristiano sueña con una morada  eterna en el cielo.  

Evangelio: Marcos 3,20-35

    En aquel tiempo volvió Jesús a casa y se juntó tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales.
    Unos letrados de Jerusalén decían: Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.
    Él los invitó a acercarse y les puso estas comparaciones: ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil, no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
    Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.
    Les contestó: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
    Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.

                                          ***                  ***                  ***

    El relato presenta dos escenas: una, protagonizada por los familiares de Jesús, y otra, protagonizada por unos letrados venidos de Jerusalén. Pero en realidad, el verdadero protagonista es Jesús. Respecto de los primeros, Jesús clarifica los horizontes de su verdadera familia -el cumplimiento de la voluntad de Dios-; no se deja apresar por los vínculos de la carne y de la sangre. Respecto de los segundos, denuncia su cerrazón espiritual y su falta de discernimiento, al no saber reconocer al enviado de Dios, confundiendo el Espíritu Santo con el espíritu del príncipe de los demonios. Ese es el pecado “imperdonable”, no porque no tenga perdón sino porque, al no reconocerlo como pecado, impide su arrepentimiento (cf. Jn 8,21). Es el pecado contra la Verdad.

REFLEXIÓN PASTORAL

    El relato evangélico de este domingo, a primera vista, chocante y hasta difícil de comprender, nos habla, en primer lugar de la posibilidad, que fue realidad, de una comprensión equivocada, malvada, de la persona y de la obra de Jesús, de un pecado misterioso y particularmente grave, el pecado contra el Espíritu Santo, el pecado contra la Verdad y contra la Luz.
    La actitud sus familiares, “que decían que no estaba en sus cabales”, y la actitud de los letrados, que decían “tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”, son  expresión de ese pecado, imperdonable según Jesús.
    ¿Por qué, si cualquier pecado puede ser perdonado, éste no? Porque esta actitud no deja espacio a Dios en la vida; supone inmunizarse ante Él; cerrarse ante el Dios que humildemente, “despojado de su rango” (Flp 2,7), llama a nuestra puerta esperando ser abierto (cf. Ap 3,20), rechazando la mano tendida por Dios en Jesucristo.
    Jesús apareció rompiendo los cánones de la ortodoxia judía más estricta, cuestionando certezas inveteradas, relativizando normativas hasta entonces intocables, moviéndose libremente por espacios y con estilos que los oficiales de la religión judía consideraban escandalosos, redimensionando valores…; y, sobre todo, predicando un Dios y un proyecto de Dios que consideraron imposible e inaceptable para sus esquemas tradicionales. Y eso, para ellos era signo, por decirlo suavemente, de que no estaba en sus cabales, además de suponer un peligro para la familia y para el Estado (cf. Jn 11,48).
     Quizá, en el fondo, no andaban tan equivocados en su diagnóstico. Jesús no era “normal”, no encajaba en aquella “oficialidad” socio-religiosa, no formaba parte del paisaje “tradicional” y, además, es que no lo pretendía.
      Frente a la “cordura”, compatible con tibiezas y rutinas, Jesús era un ser “alternativo”; encarnaba la “locura” del amor y de la libertad. No encajaba en las estrechas casillas de los intereses familiares y de los esquemas religiosos en curso, rutinarios y oficialistas; los desbordaba y, por eso, “está loco”. ¡Dichosa locura! San Pablo la reivindicará para sí (1 Cor 4,10) como signo de identidad apostólica. Y es que hay “corduras”, también en la Iglesia, que no son sino expresión de la opción por la mediocridad, la oficialidad, la rutina, el moralismo, la tibieza, el desamor…
     Aceptar a Cristo significa participar de su “locura”, que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios, pues “lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Cor 1,25); una “locura” que debería ser un carisma esencial en una Iglesia que pretenda más ser fiel a la paradoja evangélica que a encajar en ciertas “lógicas” humanas, muchas veces inspiradas en miedos, prudencias, hipocresías, en  ansias, en definitiva, de mera supervivencia.
      Pero en el relato evangélico hay otro hecho chocante: su posicionamiento ante sus familiares. Jesús da una muestra más de su libertad interior; no se deja hipotecar. No se distancia de su familia, solo marca los horizontes de la nueva familia: el cumplimiento de la voluntad de Dios. Y ahí destacó con fidelidad particular su madre, la que cumplió con fidelidad la voluntad del Padre (Lc 1,38). Y de esa familia formamos parte nosotros, si asumimos los criterios de Jesús como criterios de vida, sin desanimarnos en las dificultades (segunda lectura) ni escondiéndonos en nuestro pecado (primera lectura).


REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Articulo mi fe en un lenguaje existencial cristiano?
.- ¿Participo de la “locura” de Cristo o de la “cordura” mundana?
 .- ¿Espero en el Señor, en su palabra?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 30 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-


 1ª Lectura: Éxodo 24,3-8

    En aquellos días Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: Haremos todo lo que dice el Señor.
     Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió: Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos.
    Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre estos mandatos.

                                      ***             ***             ***

     Nos hallamos ante un texto que podemos designar como “profético”: el banquete/sacrificio por el que Moisés selló la Alianza de Dios con su pueblo. El rito es muy detallado: lectura de la Ley, respuesta del pueblo, el sacrificio con la aspersión de la sangre sobre la comunidad, y las palabras significativas del rito. Esa sangre es signo de  la comunión del pueblo con Dios y de la obediencia a sus mandatos.

2ª Lectura: Hebreos 9,11-15

    Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombres, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviendo la pureza externa; cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por eso él es el medidor de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

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    La carta a los Hebreos relee el texto de la alianza del Sinaí, mostrando la superación cualitativa de la sellada en la sangre de Cristo, mediador de la Nueva Alianza. Cristo es el Sumo Sacerdote definitivo, el Templo verdadero y la Víctima por excelencia, autor de la liberación eterna mediante su entrega personal en favor del hombre. Y esta realidad se actualiza sacramentalmente en la celebración eucarística.

Evangelio: Marcos 14,12-16. 22-26

     El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
     Él envió a dos discípulos, diciéndoles: Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua: seguidlo, y en la casa en que entre decidle al dueño: El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos? Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.
     Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
    Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo.
    Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vida hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.
    Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.

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     El relato seleccionado comprende dos momentos (deja fuera el anuncio de la traición: vv 17-21): la preparación de la cena y la celebración.
     La estructura y fraseología del relato guarda una semejanza sorprendente con el de la entrada en Jerusalén (Mc 11, 1-6). Jesús conduce, protagoniza su destino, no va a remolque de los acontecimientos: es señor de su historia.  La alusión del v 12 es históricamente incorrecta, ya que el cordero se sacrificaba la víspera por la tarde. En realidad el cómo y el cuándo del hecho es difícil de reconstruirlo. Jesús celebró  su  cena pascual  singular, y ésta es la que quiere presentar el evangelista a la comunidad de discípulos. Los alimentos significativos no son los de la pascua judía - cordero, hierbas amargas... - sino el pan y el vino, signos de la pascua cristiana.  “Cuerpo” y  “sangre” son términos que afirman indistintamente la totalidad de la persona y de su entrega en favor de todos los hombres. La referencia al futuro (v 25) convierte a la Eucaristía en profecía del banquete mesiánico y en sacramento de esperanza. La cena de Jesús no es la evocación del pasado sino la inauguración del futuro.


REFLEXIÓN PASTORAL

     Los textos bíblicos aducidos para la celebración litúrgica de este domingo del Cuerpo y Sangre de Cristo subrayan una peculiar dimensión de la Eucaristía: su realidad salvadora. La presencia de Cristo en la Eucaristía no es una presencia “estática”, sino “dinámica” y “pro-existencial”.
     La Eucaristía actualiza una de las dimensiones más profundas de Jesús: su entrega a  los demás y por los demás. Y esta realidad debe marcar la espiritualidad, la actitud que los cristianos hemos de adoptar ante ella.
     Con la mejor intención, sin duda, hemos “aislado” un tanto la Eucaristía del resto de la vida, adoptando ante ella actitudes excesivamente devocionales, desatendiendo otras más profundas y comprometidas, expresamente indicadas por Jesús, que no solo convirtió la Eucaristía en sacramento de su presencia, sino que se preocupó de indicar el sentido de esa presencia.
     La Eucaristía es “memorial” permanente de Jesús, llamada a mantener viva su memoria. “Haced esto en memoria mía”. ¿Y qué es “esto”? No se estaba refiriendo Jesús con esa expresión a la actualización o repetición de un rito, sino a mantener viva su actitud pro-existencial, que solo es posible mantener alimentándola con su Cuerpo y su Sangre. ¡Y a veces dedicamos más tiempo y energías al rito de su celebración que al reto que esa celebración entraña!
     La Eucaristía sintetiza el proyecto y la realidad más honda de Cristo: una existencia entregada. Y es el alimento que hace posible la misión cristiana, aportando la energía necesaria para entregar y derramar la propia vida por la causa del Señor, que es la causa del hombre.
     La Eucaristía no puede ser “privatizada”. Jesús le ha dado una dimensión pública - “por vosotros y por todos” -, y no podemos “privatizarla”. La comunión con Cristo Eucaristía debe ser personal pero no individual. No puede ser “secuestrada”, sino que debe animar la vida y la misión de las comunidades cristianas. Al tiempo que debe ser una de las piedras fundamentales para su construcción y sostenimiento. La eclesialidad, pues, es una de las notas distintivas de la fe y el culto eucarístico.
      Y es también el sacramento de nuestra esperanza. En su celebración, la liturgia destaca este aspecto. “Ven, Señor Jesús”; “Anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”; “Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo”; “Mientras esperamos su gloriosa venida”…, son todas expresiones que remiten a esta realidad “escatológica” de la Eucaristía.  Por eso es el sacramento de nuestra fe, de nuestra esperanza y del amor de Cristo.
      La Eucaristía es elocuente, nos habla del amor de Dios  hecho presencia. Dios está con nosotros, hecho vecino de nuestras penas y alegrías, dispuesto siempre a la confidencia. ¡Cómo cambiarían nuestras vidas si fuésemos conscientes de esa verdad!
      La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho entrega. "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito" (Jn 3,16). Y este se tomó a sí mismo, se hizo Eucaristía y dijo: "Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros entregado...; esta es la nueva alianza en mi sangre (1 Cor 11,24-25).
       La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho comunión: "Comed, bebed... (Mt 26, 26-27); el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Jn 6,54). Y para eso escogió elementos sencillos, elementales: el pan y el vino. Realidades que justifican y simbolizan los sudores y afanes del hombre; que unen a las familias para ser compartidos, y que simbolizan el sustento básico...; indicándonos el sentido de su presencia: alimentar nuestra fe y unirnos como familia de los hijos de Dios.  No es, pues, un lujo para personas piadosas; es el alimento necesario para los que queremos ser discípulos y vacilamos y caemos. Es el verdadero "pan de los pobres".
      Pero ese amor de Dios nos urge. Cristo hecho presencia nos urge a que le hagamos presente en nuestra vida, y nos urge a estar presentes, con presencia cristiana, junto al prójimo. Cristo hecho pan, nos urge a compartir nuestro pan con los que no lo tienen. Cristo solidario, nos urge a la solidaridad fraterna. Cristo, compañero de nuestros caminos, nos urge a no retirar la mano de todo aquél que, incluso desde su doloroso silencio, por amor de Dios nos pide un minuto de nuestro tiempo para llenar el suyo. Cristo, entregado y derramado por nosotros, nos urge a abandonar las posiciones cómodas y tibias para recrear su estilo radical de amar y hacer el bien....   Por eso es recordatorio y llamada al amor fraterno.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo me sitúo ante la Eucaristía?
.- ¿Escucho sus urgencias?
.- ¿Es verdadero pan de vida para mi vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.
  

miércoles, 23 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE LA SMA. TRINIDAD -B-


1ª Lectura: Deuteronomio 4,32-34. 39-40

    Habló Moisés al pueblo y dijo: Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás desde un extremo al otro del cielo palabra tan grande como ésta?, ¿se oyó cosa semejante?, ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto?
    Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre.

                                      ***             ***             ***

     Dios se reivindica para Israel como el único Dios, y acude a la memoria histórica del pueblo. Desde ahí, debe ser reconocido como el único: no hay otro. En ese reconocimiento residirá la felicidad del pueblo. El reconocimiento de Dios no merma al hombre, lo plenifica y lo hace feliz.


2ª Lectura: Romanos 8,14-17

    Hermanos:
    Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

                                      ***             ***             ***

    Llamar y sentir a Dios como Abba es fruto del Espíritu Santo. Nuestra filiación divina, adoptiva pero real, se asienta en el testimonio veraz del Espíritu. El cristiano ha recibido un espíritu de hijo, no de siervo, y debe vivir filialmente no servilmente.


Evangelio: Mateo 28,16-20

    En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
    Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

                                      ***             ***             ***

   La misión evangelizadora consiste en introducir al hombre en el misterio de comunión con Dios Trinidad. No se trata de ampliar fronteras exteriores, sino de abrir al hombre a esta realidad del Dios Amor y Comunión. Y solo será posible en la cercanía de Jesús.


REFLEXIÓN PASTORAL

    El hombre de hoy sabe mucho y sobre muchas cosas: su información cada vez es más abundante y mejor documentada. Pero, frecuentemente, se trata de un saber teórico, nocional, periférico; que le ilustra pero no le afecta; que le informa pero no le transforma.
    También el cristiano sabe, o cree, muchas cosas. Sabe, o cree, por ejemplo, que existe Dios; que Jesucristo es el Hijo de Dios; que su muerte y resurrección nos han redimido del pecado; que el Espíritu Santo es Dios…, pero ¿lo saborea? ¿Degusta esa realidad? ¿Vibra con ella? ¿Esa verdad serena, ilumina y motiva su vida? “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 34,9). Ésta es la sabiduría cristiana.
     La verdad de Dios, como toda verdad existencial, si no pasa al corazón y lo enciende (“¿No ardía nuestro corazón…? Lc 24,32), queda reducida a una mera información; pero cuando entra en él, se convierte en energía transformadora (Jer 20,9).
     Dios tuvo interés en que ése y así fuera nuestro saber sobre Él; no una mera información sobre su existencia, sino una experiencia filial, traducida en actitud fraternal hacia los otros. Y ése fue también el interés de Jesús: transmitirnos la convicción de que “el Padre mismo os quiere” (Jn 16,27), con amor afectivo y efectivo (Jn 3,16; Mt 6,25-32).
     El AT resaltaba la unidad y unicidad de Dios, su soberanía y poder (Dt 4,39; 6,4). El NT, en la revelación de Cristo, profundiza en el misterio y nos abre a la verdad íntima de Dios: nos dice que Dios es “familia”, y que nos quiere incorporar a esa “familia de Dios” (Ef 2,19).
     Por aquí debería comenzar la reflexión sobre nuestra fe en Dios, y ver si realmente lo sentimos y reconocemos como Padre, es decir, como Amor (“Dios es amor” 1 Jn 4,8) y como urgencia de amar (2 Cor 5,14).
     Porque la fe en el Dios revelado en Cristo es más, mucho más, que una doctrina; es una experiencia, pues “nosotros hemos conocido (saboreado) el amor que Dios nos tiene (Jesucristo) y hemos creído en El” (1 Jn 4,16), hasta el punto de que “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo” (Sal 23,4).
     La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar con los ojos de la fe y del corazón esa realidad en la que “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).
     Nos dice que Dios es comunión de personas, que es relación viva con vocación permanente de habitar en el hombre. Y nos recuerda que somos “templo” de Dios (1 Cor 3,16-19), su “morada” (Jn 14,23). Por eso, también, nos invita a “contemplar” al hombre. No nos abstrae en una nube de misterio, sino que nos invita a entrar en el misterio del hombre, que Dios ha elegido como morada. Y reconocerle y confesarle allí.
     “Más íntimo a mí mismo, que yo mismo” (san Agustín), Dios no es lejano ni habita en la lejanía. Nos está próximo, a nuestro lado, en nosotros. ¿Experimentamos su presencia, su cercanía?

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué experiencia tengo de Dios?
.- ¿Me siento vitalmente hijo de Dios?
.- ¿Siento la urgencia de anunciar a ese Dios Amor y Comunión?

Domingo J. Montero Carrión, OFMCap.


miércoles, 16 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS -B-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11

    Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
    Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.
     Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos estos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

                                      ***             ***             ***

        El libro de los Hechos ha sido calificado como “el Evangelio del Espíritu”, pues Él es el protagonista principal. Y en este capítulo se evidencia. El texto está cargado de sugerencias y construido con elementos significativos del AT., con una clara intencionalidad teológica. No se trata de un “reportaje” grafico de la venida del Espíritu, sino de la proclamación de un “mensaje”: el inicio de la nueva y definitiva etapa de la historia de la salvación. La escenografía (viento, lenguas de fuego, ruido…) evoca “el día del Señor” anunciado ya por los profetas (cf. Jl 3,1-5). Como la historia de Jesús comenzó con el descenso del Espíritu (Mc 1,10), también la de la Iglesia comienza con el descenso del Espíritu. Se han roto las fronteras, la unidad perdida en Babel (Gn 11,1-9) se recupera en Pentecostés. La lengua del Evangelio es universal, porque es la lengua del amor de Dios manifestado en Cristo. La “glosolalia”, frecuente en los comienzos de  la Iglesia (Hch 10,46; 11,15; 16,9; 1 Cor 12-10; Mc 16.17), así lo manifiesta. Desde los inicios los horizontes del Evangelio son universales. No hay excluidos, todos son convocados. Es la misión confiada a la Iglesia, que realizará guiada y fortalecida por el Espíritu.
     

 2ª Lectura: 1 Corintios 12,3b-7. 12-13

    Hermanos:
    Nadie puede decir “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común… Porque lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

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    Dos ideas a destacar en este fragmento: 1ª) Sin el Espíritu es imposible la vida cristiana. Todo está “gobernado” por el Espíritu Santo, que se manifiesta en cada uno para el bien común. Los dones personales tienen vocación eclesial. San Pablo nos ofrece una breve formulación trinitaria: un Espíritu, un Señor (Cristo) y un Dios (Padre) (cf. 2 Cor 13,13).
    2ª) Con el símil del cuerpo se subraya la unidad existente de todos los creyentes en Cristo por el bautismo y la comunión en un mismo Espíritu. Él es el cohesionador de la Iglesia.


Evangelio: Juan 20,19-23


    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
     Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
     Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
     Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

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     La muerte de Jesús había desconcertado a los discípulos; el miedo les atenazaba. Jesús se les presenta, como dador de la Paz y acreditado por las señales de su pasión y muerte: el Resucitado es el Crucificado; la resurrección no elimina la cruz sino que la ilumina. Al verlo, los discípulos recuperan no solo la Paz sino la alegría (sin Él no hay alegría ni paz verdaderas). Y Jesús, antes de marchar, les confía la tarea de proseguir la obra que le encomendó el Padre. Como Él, la realizarán, con la ayuda del Espíritu, su don definitivo; y, como Él, esa misión tendrá como contenido principal anunciar y realizar la oferta misericordiosa de Dios: el perdón.


REFLEXIÓN PASTORAL

         Los cristianos necesitamos dirigir la mirada a los puntos orientadores de la existencia, para recorrer los senderos oscuros de la vida (Sal 23,4). Y uno de esos puntos luminosos y orientadores es el Espíritu Santo. Es el guía por excelencia en esa ruta inevitable, pero arriesgada, hacia la Verdad (Jn 16,13). Perfilar el Espíritu sería una contradicción y, sin embargo, se trata de un Espíritu con “rostro”, con entidad e identidad.
         No es fácil hablar del Espíritu Santo. La fiesta de Pentecostés nos ofrece la posibilidad de hacerlo. Es un tema fluido que rehúye el encasillamiento en nuestros estrechos esquemas mentales. Hablar de Dios siempre supera las capacidades expresivas de nuestro lenguaje. La inexactitud, la imprecisión resultan inevitables. ¡Casi es un buen síntoma! (cf. 1 Cor 13,9). Exige un descalzamiento de los estereotipos ordinarios, es una “tierra sagrada” (Éx 3,5).
          Si a esto se añade la falta de práctica, es decir el relativo silencio creado en torno al Espíritu Santo, la dificultad se acentúa. Sí, nuestra “ciencia” del Espíritu es bastante limitada y elemental (y quizá también nuestra conciencia), y esto ya parece venir de atrás (Hch 19,2). Y, sin embargo es la gran novedad aportada por Jesús, su promesa (Jn 14, 15-17. 25-26), su don más específico (Gál 4,6; Jn 16,5-15).
          Un don para todos y a favor de todos (Hch 11,17; 15,8-9; 1 Cor 12,3); necesario para pertenecer a Cristo, porque “si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo” (Rom 8,9), ni “puede  decir Jesús es “Señor” (2ª), y para acceder a la comprensión de los designios de Dios, pues “lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios… El hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios…, pero nosotros tenemos la mente  de Cristo” (1 Cor 2, 12-16), por el Espíritu, “que nos ha sido dado” (Rom 5,5).
         Un Espíritu de perdón (Jn 20,22); integrador y promotor de las peculiaridades carismáticas (1 Cor 12); pluralista y no discriminador (Hch 11,17); inspirador del testimonio y de la audacia cristiana (Hch 5,17-22) frente a miedos congénitos o repliegues sistemáticos (Jn 20,19); que supera las barreras confesionales para acoger “al que practica la justicia” (Hch 10,34-35); que prioriza la obediencia a Dios (Hch 5,29); que no impone cargas más allá de lo esencial (Hch 15,28s).
         Un Espíritu de libertad interior (Gál 5,18; Rom 8,5-11) y de amor sin límites (1 Cor 12,31-13,13), verdaderos e inequívocos signos de su presencia, pues “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5), y “donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor 3,17), pues no hemos recibido un espíritu de esclavos, sino el de hijos, que es el del Hijo (cf. Rom 8,14-16).
Un Espíritu de quien depende la alegría de creer y la fuerza para ser testigos; la paz para trabajar unidos; la generosidad para socorrer al necesitado; la capacidad para perdonar; la esperanza para superar los momentos oscuros y la luz para reconocernos y reconocer a los otros como templo e imagen de Dios…
          Un Espíritu que hemos de recuperar. Y eso exige “volver a Pentecostés”, mejor, revivirlo, ya que Pentecostés no puede reducirse a un “instante” de la Iglesia, sino que ha de ser su “situación” permanente.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué vivencia tengo del Espíritu Santo?
.- ¿Qué espíritu anima mi espíritu?
.-  ¿Hablo el amor que es el lenguaje del Espíritu?

Domingo J. Montero Carrión, OFMCap.