jueves, 22 de septiembre de 2016

DOMINGO XXVI -C-

 1ª Lectura: Amós 6,1a. 4-7

    Esto dice el Señor todopoderoso: Ay de los que se fían de Sión, confían en el monte de Samaría. Os acostáis en lechos de marfil, tumbados sobre las camas, coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales, bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes, y no os doléis de los desastres de José. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos.

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    La voz del profeta Amós se alzó poderosa, en el s. VIII aC., como un rugido de león (Am 3,8), denunciando la “orgía de los disolutos”, de la clase alta y acaudalada del reino de Israel, que oprimía a los débiles y aplastaba a los pobres (Am 4, 1), viviendo de manera insolidaria e injusta. El profeta denuncia la ceguera y la sordera de aquella clase político/religiosa incapaz de ver y oír “los desastres de José”, es decir, del reino del Norte, y que pretendía compatibilizar el culto oficial suntuoso con la injusticia social. El culto a Dios no es compatible con la injusticia.

2ª Lectura: I Timoteo 6,11-16

    Hermano, siervo de Dios:
    Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos. Y ahora, en presencia de Dios que da la vida al universo y de Cristo Jesús que dio testimonio ante Poncio Pilato: te insisto en que guardes el Mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.

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    A Timoteo se le encomienda combatir “el buen combate de la fe” y la práctica de “la justicia, la fe, el amor…”, porque no se trata de proclamaciones solemnes y teóricas sino de prácticas. La fe debe ser “aguerrida”, en el sentido apuntado en la Carta a los Efesios 6,14-18. La ética cristiana, inspirada en “el Mandamiento”, debe ser la rúbrica que acredite su veracidad y capacidad renovadora y de alternativa social. El hombre renovado, debe renovar la vida. Los cristianos no pueden sustraerse del deber de sazonar  e iluminar la vida.

Evangelio: Lucas 16,19-31                                          


     En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.
    Sucedió que se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico y lo enterraron.  Y estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno y gritó: Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.
    Pero Abrahán le contestó: Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida y Lázaro a su vez males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.
     El rico insistió: Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.
    Abrahán le dice: Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.
    El rico contestó: No, padre Abrahán. Pero, si un muerto va a verlos, se arrepentirán.
    Abrahán le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

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    Jesús era un maestro que visualizaba sus mensajes. Esta parábola es una muestra. La enseñanza se percibe inmediatamente. Las riquezas ciegan (impiden ver) y aíslan (impiden oír). El rico vivía aislado en sí mismo y en sus cosas. Cuando se le abrieron los ojos, ya era tarde. El rico de la parábola no tiene nombre propio, porque no representa a un individuo sino a una tipología. El pobre tiene nombre propio -Lázaro, “el ayudado de Dios”-, porque ningún pobre es anónimo ante Dios, y siempre tiene a Dios de su parte: por eso es “bienaventurado”.
    Jesús invita a hacer una lectura correcta de la vida desde una escucha atenta de la Palabra de Dios -Moisés y los profetas-. La parábola no pretende ilustrar sobre el más allá -descrito desde un escenografía propia de aquel tiempo-, sino iluminar el más acá para salvar la propia vida y ayudar a salvar vidas.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Podríamos pensar en un drama en dos actos. Acto primero: un rico malvado en medio de su prosperidad y un pobre hundido en  su desgracia… Acto segundo: el rico ha caído en desgracia -muere y va al infierno-  y el pobre muere y es recogido por los ángeles. A san Lucas le gustan estos contrates y, como se muestra muy crítico con las riquezas por los peligros que encierran, ha afilado su pluma y llevado su estilo hasta una concisión sublime.
     Pero no es sólo eso. Jesús con esta parábola quiere advertirnos. Él no habla de rico “malvado”, sino simplemente de “un hombre rico que se vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día”, y hasta de seis hombres ricos -él, el que murió, y sus cinco hermanos-. Y mostrándonos hasta qué punto vivían cegados y sordos antes las carencias humanas, Jesús nos advierte: “No aguardéis a la muerte para abrir un poco los ojos a la vida”.
      El rico no “veía” a Lázaro, “echado en su puerta, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico”. No le echó de su puerta porque no le molestaba, ni siquiera lo “veía”. ¡Terrible ceguera! Hoy muere una anciana abandonada y los vecinos dicen: “No sabíamos nada”. La ignorancia genera indiferencia, y la indiferencia, ignorancia.
     La gente bien acomodada, los ricos, no son necesariamente de corazón duro ni despiadados, pero no “ven”: viven encerrados en su mundo, en sus intereses. Si viesen de cerca el sufrimiento ajeno que existe a su alrededor, muchos se mostrarían fraternales; les entrarían ganas de compartir y compadecer y se salvarían. ¡Porque al final todos veremos!
     Aquel rico también vio, pero ya fue tarde. Vio, finalmente, a Lázaro y lo que le costó haber sido rico en dinero y pobre en amor; pero esa ciencia, ese conocimiento ya no le sirvió. Y como no era tan malo y seguía queriendo a su familia quiere advertir a sus hermanos para que no continúen en su equivocado proceder. “Padre, le dice a Abrahán, te ruego que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que con su testimonio, evites que vengan ellos también a este lugar de tormento”.
    Ya tienen la palabra de Dios –Moisés y los profetas- le responde Abrahán, que la escuchen. Pero el rico se muestra escéptico. También él la tuvo, pero, por experiencia sabe que hay que golpear más fuerte para convertir a los hombres.
    Abrahán replica: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Y es que nada hay tan fuerte para convertirnos a Dios como la escucha de su palabra. Y esta es la lección que quiere darnos Jesús: el testimonio de la Palabra de Dios es más fuerte y digno de crédito que el testimonio de un muerto resucitado. ¿Por qué? Porque Dios merece más crédito que un difunto.
     Aunque nosotros podamos distanciarnos del rico de la parábola, nos damos cuenta de que también nosotros somos un tanto ciegos respecto de los hermanos necesitados, y sordos respecto de la palabra de Dios. No estamos plenamente decididos a seguir a Jesús con todas sus implicaciones. ¡Si nos ocurriera algo extraordinario, una revelación, una aparició, ¡ah, entonces sí!
     Nada hay tan extraordinario, nos dice Jesús como la palabra de Dios. Esa que en la segunda lectura nos recuerda que la fe no es solo una aceptación pasiva y teórica de un credo, sino la llamada a la práctica de “la justicia, de la religión, del amor, la paciencia y la delicadeza”; es decir, un compromiso por humanizar la vida desde la coherencia de la fe. A eso lo llama san Pablo combatir “el buen combate de la fe”, que lleva a la “vida eterna”.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Tengo activados mis sentidos, y sobre todo el corazón, para percibir al necesitado?
.- ¿Revalido con la vida mi profesión de fe?

.-  ¿Es la palabra de Dios revulsivo y criterio de vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap

miércoles, 14 de septiembre de 2016

DOMINGO XXV -C-

1ª Lectura: Amós 8,4-7

     Escuchad esto los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: “¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?”.  Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones.

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     La palabra profética de Amos denuncia, sin paliativos, el progreso económico del reino del Norte, amasado con la ambición de los ricos y la hipoteca de los derechos de los pobres. Profeta de la justicia, Amós encarna la voz de Dios que escucha el clamor del oprimido y denuncia las perversiones del poder.

2ª Lectura. I Timoteo 2,1-8

    Querido hermano:
   Te ruego, lo primero de todo, que hagáis oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que ocupan cargos, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro. Eso es bueno y grato a los ojos de nuestro Salvador, Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos: este es el testimonio en el tiempo apropiado: para él estoy puesto como anunciador y apóstol -digo la verdad, no miento-, maestro de los gentiles en fe y verdad. Quiero que sean los hombres los que recen en cualquier lugar, alzando las manos limpias de ira y divisiones.

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    El autor de la Carta exhorta a desactivar cualquier argumento que puede identificar a los cristianos como anti-sistema y que, en consecuencia, les convierta en objetos de persecución. La oración por los gobernantes, con todo, no es solo una estrategia sino una buena obra, para que éstos gestionen desde el respeto la cosa pública. El acento del texto recae en la afirmación de la voluntad salvadora de Dios, y en la presentación de Cristo como el único mediador de la salvación. El título de “maestro de los gentiles” aplicado a Pablo arranca de este texto.

Evangelio: Lucas 16, 1-13

                                                       
    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la noticia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ‘¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido´. El administrador se puso a echar sus cálculos: ‘¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya se lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa´. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: ‘¿Cuánto debe a mi amo?´. Éste respondió: ‘Cien barriles de aceite´. Él le dijo: ‘Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta´. Luego dijo a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?´. Él contestó: ‘Cien fanegas de trigo´. Le dijo: ‘Aquí esta tu recibo, escribe ochenta´. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había actuado, porque los hijos de este mundo son más sagaces que los  hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quien os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos; porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”.

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     El fragmento seleccionado consta de dos partes: 1) la parábola sobre el administrador astuto y 2)  una serie de advertencias sobre la confianza, la fidelidad y el dinero.
1)  La parábola es exclusiva del evangelio de san Lucas y, con ella, Jesús invita a los discípulos a saber gestionar con habilidad las situaciones complicadas. No alaba las malas artes del administrador sino su capacidad para sobreponerse a la situación adversa que tiene enfrente. La conclusión del v 8 ofrece la clave interpretativa; pero desde ahí denuncia el “pasivismo”  frente a los retos que hay que asumir por el Reino de Dios.
2)  En las “advertencias” se subrayan varios temas: a) la importancia de convertir en “instrumentos” de salvación incluso las realidades aparentemente más adversas (v 9). El calificativo de “injustas” dado a las riquezas puede obedecer no solo a que puedan ser adquiridas injustamente, sino a que toda propiedad “discriminante” en los derechos es una injusticia.  b) La fidelidad se manifiesta en el cuidado de los detalles (vv 10-12) y c) la incompatibilidad entre Dios y el Dinero. Temas muy queridos en la enseñanza de Jesús.


REFLEXIÓN PASTORAL

     El Evangelio es palabra de esperanza y salvación. Pero es también luz a la que no debemos sustraer nuestras vidas.  Todos nosotros nos confesamos cristianos, pero no podemos contentarnos con la exterioridad de esa denominación. Hemos de ir al fondo y examinar qué acogida damos en nosotros al mensaje de salvación; qué espacio real damos a la fe en nuestra vida; hasta qué punto esa fe que profesamos es capaz de transformar nuestra persona.
    Jesús nos quiso responsables y profundos, por eso no dudó en ser claro y exigente. No vivió preocupado porque le siguieran muchos, sino porque el seguimiento fuera auténtico. Y es que existen dos modos fundamentales de interpretar la vida: siguiendo a Cristo, o de espaldas a Él. “Quien no está conmigo, está contra mí” (Lc 11,23); y clarifica aún más el sentido de ese “estar con” - “estar contra”: “No podéis servir a Dios y al dinero”. No podéis convertir a Dios en dinero y al dinero en dios; no podéis convertir los medios en fines...
     Sí; el ídolo, el falso dios más peligroso es el dinero, no por sí mismo sino por todo lo que significa de autosuficiencia (al tenerlo), injusticia (por obtenerlo) y desesperación (por no tenerlo).  Por eso S. Pablo afirmaba que la avaricia es una forma de idolatría (Col 3,5). ¡Qué difícil resulta a un rico salvarse! (Lc 18,24)  ¡A los que depositan su confianza en las riquezas!   “¡Bienaventurados los pobres!” (Lc 6,20).
    Escuchar estas palabras de Jesús en unos tiempos como los nuestros, en una sociedad montada y organizada sobre el poder del dinero, resulta chocante. ¿Por qué  esta actitud tan tajante de Jesús?
Porque la riqueza engendra autosuficiencia; es el terreno lleno de maleza en el que la semilla de la Palabra de Dios no puede crecer, asfixiada por las preocupaciones y las ambiciones... Porque  cree que el Reino de los cielos es una mercancía más a su alcance... Porque coloca al hombre en una situación peligrosa: la de instrumentalizar a los más débiles, convirtiéndolos  en peldaños de su escalada... Porque produce la desesperación en el necesitado... Porque rompe la comunicación necesaria que debe existir entre los que llaman a Dios Padre. Como decía el Papa Francisco: “El dinero enferma el pensamiento (y el corazón).
    Por supuesto que nosotros creemos en el Dios con mayúscula, teóricamente. Pero, seamos sinceros: ¿cuántos sacrificios nos imponemos para elevar nuestro nivel económico? y ¿cuántos nos imponemos para vivir coherentemente nuestra fe? ¿Qué supeditamos a qué? ¿Somos tan creativos y sagaces para conseguir los bienes imperecederos como para los perecederos y caducos?
Constantemente somos llamados a la conversión; todos: “El que se cree seguro que mire, no caiga” (1 Cor 12,10). Si escuchamos hoy la llamada de Dios no nos hagamos sordos; y pidámosle la fuerza para no dividir nuestro corazón, sino que siempre sirvamos y amemos al único Señor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la vida, porque así nos ha servido y amado él en Jesucristo. “Corazones partidos yo no los quiero, que cuando doy el mío lo doy entero”.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Por qué apuesto en la vida, por “tener” o por “ser”?
.- ¿Sé reconocer el brillo de lo pequeño?
.- ¿Acojo con solidaridad el clamor del pobre?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



viernes, 9 de septiembre de 2016

DOMINGO XXIV -C-


1ª Lectura: Éxodo 32,7-11. 13-14

     En aquellos días el Señor dijo a Moisés: “Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: ‘Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto´. Y el Señor añadió a Moisés: ‘Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo”.
     Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios: “¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: ‘Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre´”.
     Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había prometido contra su pueblo.

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    Asistimos a la primera crisis religiosa de Israel: ante la infidelidad del pueblo, Dios se “desentiende” del pueblo, endosándoselo a Moisés: “tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto”. Sin embargo, Moisés recuerda que no es él el señor del pueblo, sino Dios: Él es quien sacó a Israel de Egipto, y el pueblo es suyo. Y la mediación de Moisés, precursor de la gran intercesión mediadora de Jesucristo, aplacó la “ira” de Dios.

2ª Lectura: I Timoteo 1,12-17

    Querido hermano:
    Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     Pablo se entiende a sí mismo como “gracia” del Señor. Sus antecedentes no presagiaban lo que luego aconteció. Esa situación “anti-Cristo” le avala en su actual situación “pro-Cristo”. Y su testimonio es claro: Cristo ha venido no para condenar sino para salvar. Él es testigo de eso: Cristo ha sido su protagonista. Con estas palabras estimula a Timoteo a anunciar ese Evangelio de la salvación frente a las resistencias que pueda encontrar en algunos miembros de  la comunidad, entre los que se encontraban Himeneo y Alejandro (1 Tim 1,20).

Evangelio: Lucas 15,1-32
                                       
    En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los escribas y los fariseos murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ello”.
    Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa reúne a los amigos y a los vecinos pare decirles: ‘¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido´. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra. Y cuando la encuentra, reúne  a las amigas y a las vecinas para decirles: ‘¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido´. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. Y les contó también...( parábola "del hijo pródigo)”.

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     Dos aspectos destacan en este fragmento: 1º) Las amistades de Jesús eran amistades “peligrosas” -pecadores- y “escandalosas” -“los fariseos murmuraban”-. Y 2º) Jesús da razón de su comportamiento: está traduciendo a Dios y su opción por lo perdido. A un padre no le interesan “muchos” hijos, le interesan “todos” los hijos, por eso mientras falte uno hay que inventar estrategias de salvación. Él ha venido para que no se pierda ninguno, para recuperar a todos, también a los que murmuraban y se escandalizaban de su comportamiento.

REFLEXIÓN PASTORAL

     Si el Evangelio es siempre buena noticia, hoy podemos decir que, escuchando y meditando estas lecturas, recibimos una inyección de optimismo. Dios no está siempre enojado; “es lento a la cólera y rico en piedad” (Sal 86,15). “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta…? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is 49,15). “¿Acaso quiero yo en la muerte del malvado, y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18,23).  “Venid… Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve…” (Is 1,18). Pues, “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Y para eso envió a su Hijo, “nacido de una mujer” (Gál 4,4), “para tener misericordia de todos” (Rom 11,32) y redimirnos del pecado.
     Y se presentó como médico en busca de enfermos –“no son los sanos sino los enfermos…” (Mt 9,12)-, como buen pastor que busca la oveja perdida y que, una vez recobrada, no la castiga sino que la carga sobre los hombros, reintegrándola gozoso al redil. Vino a destruir el muro que separaba a los hombres (Ef 2,14) y a descubrirnos el gozo del arrepentimiento y el perdón.
     No vino a repartir reprobaciones, sino a salvar y hacer posibles las condiciones de salvación. Por eso, afirma s. Pablo: “Podéis fiaros y aceptar sin reservas lo que os digo: que Cristo ha venido al mundo para salvar a los pecadores” (2ª lectura).
     El enfrentamiento de Jesús con los fariseos obedeció a un solo motivo: obstaculizaban la conversión; no eran capaces de comprender que Dios está abierto a todo el que le busca con sinceridad, aunque la historia pasada haya estado llena de equivocaciones.
     Conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida, es decir que en nosotros está gestándose una criatura nueva de convertidos a Dios, si experimentamos el gozo de perdonar y de hacer posible el encuentro de los hombres con Dios (cf. 1 Jn 3,14). Encuentro que puede realizarse a distintos niveles y de diversas maneras. Pero existe una expresamente querida por Jesús: el sacramento de la reconciliación. Sí; hoy no tiene muy buena prensa – ni siquiera tiene prensa-,  ni es muy estimado ni celebrado, porque es una celebración, la del perdón de Dios, sin embargo, viene de Él.
      Algunos dicen: ¿por qué he de confesarme? Yo me confieso con Dios directamente. Se olvida que la salvación se ha realizado vía encarnación; y que Dios ha querido encarnar su perdón, para evitar fáciles fugas sentimentalistas, en un sacramento en el que por medio de hombres los hombres volvemos a Dios y Dios viene a nosotros.
      Deberíamos reflexionar sobre esta dimensión del amor redentor de Dios que nos invita y urge a la conversión; alegrarnos de que Dios mantenga su llamada sobre nosotros y de que, con la llamada, nos haya dado la capacidad de responder; y pedirle que nunca, con nuestra rigidez y dureza, seamos obstáculos que impidan a los hombres el encuentro con Dios.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento que Cristo protagoniza mi vida?
.- ¿Me alegra la “recuperación” espiritual de un hermano?
.- ¿Qué experiencia tengo del sacramento de la reconciliación?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 1 de septiembre de 2016

DOMINGO XXIII -C-


 1ª Lectura: Sabiduría 9,13-19

    ¿Qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere? Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles; porque el cuerpo mortal es lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente que medita. Apenas conocemos las cosas terrenas y con trabajo encontramos lo que está a mano: ¿Pues quién rastreará las cosas del cielo, quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? Solo así serán rectos los caminos de los terrestres, los hombres aprenderán lo que te agrada;  y se salvarán con la sabiduría los que te agradan, Señor, desde el principio.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    El texto seleccionado forma parte de la oración de Salomón para alcanzar la Sabiduría (Sab 9). En él se subraya la debilidad del hombre para conocer por su propio dinamismo el proyecto de Dios. Tal constatación no obedece a un pesimismo antropológico, sino a un realismo experiencial. En la formulación de su pensamiento se detectan elemento del pensamiento platónico combinados con imágenes bíblicas (cuerpo / tienda). Solo con el Espíritu de Dios puede el hombre acercarse a la comprensión de sus designios y orientar hacia él sus pasos

2ª Lectura: Filemón 9b-10. 12-17

     Querido hermano:
    Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envío como algo de mis entrañas. Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo: así me harás este favor no a la fuerza, sino con toda libertad. Quizá se apartó de ti para que le recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido. Si yo lo quiero tanto, cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano. Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí mismo.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     Onésimo, servidor de la casa de Filemón, en Colosas, huyó  de su amo -¿motivo?-, y encontró a Pablo en la prisión, probablemente de Éfeso. Allí abrazó la fe. Ahora Pablo se lo devuelve, pero cambiado: “como hermano querido”. La argumentación está teñida de ternura: Onésimo forma parte de su propia vida. La fuerza transformadora del Evangelio propicia una vivencia nueva de las relaciones sociales, rescatándolas de lo servil para convertirlas en fraternas. Destacable es cómo hasta la prisión es un espacio de evangelización cuando el celo del Evangelio anida en el corazón del cristiano. Es una concreción de aquel dicho: Evangelizar “a tiempo y a destiempo… (II Tm 4,2); porque “la palabra de Dios no está encadenada” (II Tm 2,9).




Evangelio: Lucas 14,25-33
                                                                      
      En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso así mismo, no puede ser discípulo mío.
     Quien no  lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: ‘Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar´. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.      Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”.

         ***           ***            ***            ***

     A los que le siguen Jesús les formula con claridad hasta dónde debe llegar la opción por él: el listón es alto. Por eso invita a un discernimiento profundo. El seguimiento conlleva implicaciones dolorosas, posponer, renunciar… Pero el seguimiento no se reduce a eso, porque abre a horizontes nuevos: la familia se engrandece (Mc 10,29-30),  y la persona se enriquece con un tesoro escondido (Mt 13,44).
    Se trata de poner a Jesús en el centro: de “tomar conciencia de su persona” (Flp 3, 10), de “incorporarse a Él” (Flp 3, 9), de personalizar “su misma actitud” (Flp 2,5), de “vivir como él vivió” (I Jn 2,6)..., y eso no se improvisa.
    Al seguimiento cristiano le es imprescindible ese talante contemplativo o interiorizador de la persona de Cristo, hasta el punto de experimentar su presencia como una seducción permanente (Flp 3, 12), inspiradora de los mayores radicalismos (Flp 3,8).
    “De oídas” podrá iniciarse el seguimiento, pero no puede mantenerse, tiene que resolverse en el conocimiento personal -“venid y lo veréis” (Jn 1,39), “ven y lo verás” (Jn 1,46)-. Seguimiento que implica esfuerzo (Lc 13, 24), violencia (Mt 11, 12), pero que no es forzoso ni violento, sino propuesto y abrazado desde la libertad: “el que quiera...”  (Mc 8, 34).
     El proyecto de “seguir”, de “vivir como” es muy vulnerable: podemos evadirnos de él hacia el mundo ideológico, al sentimentalismo, a un cierto legalismo, a un activismos o a compromisos no contrastados con el querer de Dios. No basta con hablar del “seguimiento”, hay que vivir “en seguimiento”.

REFLEXIÓN PASTORAL

      No nos lo pone fácil Jesús. Sus palabras invitan, cuando menos, a la reflexión, porque son muy serias. A Jesús, por lo visto, no debía gustarle mucho eso que hoy llamamos cristianismo sociológico; Él quería un cristianismo personalizado, fruto de una decisión madura y renovada cada día. Tampoco, por lo visto, le gustaban los irreflexivos.
     A una multitud que le seguía de una manera bastante folklórica  e incomprometida, atraída por los milagros, Jesús les lanza este mensaje clarificador. Y debió hacerlo con cariño, pues un mensaje así, propuesto de otra manera sería una provocación. ¿O fue eso lo que buscaba Jesús, provocar una fuerte reacción en sus oyentes? Nosotros, a fuerza de repetirlas, nos hemos acostumbrado a ellas y las oímos sin mayores sobresaltos. Sin embargo, estas palabras dan que pensar; son palabras mayores.
    Porque Él no vino a anular la revelación de Dios. En la polémica contra los fariseos revalidó el valor del cuarto mandamiento por encima de cualquier otra exigencia (Mt 15,1-9); defendió la perennidad del vínculo matrimonial frente a interpretaciones más relajadas (Mt 19, 1-9); no dudó en afirmar que el amor al prójimo como a uno mismo -lo que supone que el amor a uno mismo no es malo en sí- era el segundo gran mandamiento de la Ley (Mt 22,34-40).
    Entonces, ¿qué quiere decir con estas palabras: “El que venga conmigo si no pospone a su padre, a su madre, a su mujer… e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo”?
   Jesús no ha venido a destruir los amores fundamentales del hombre, sino a fundamentarlos en un amor previo: el amor a Él. Y desde ese amor, encarnado en cada uno, nos dice "amaos como yo os he amado” (Jn 13,34), hasta dar la vida, “porque nadie ama más que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13).
     Desde el amor a Cristo, el amor a los padres, el amor conyugal, el amor familiar y a  uno mismo se radicaliza, profundiza y purifica.
   Jesús nos dice que hay que amar cristianamente. El amor total a Cristo, a Dios, no puede  nunca convertirse  en pretexto o excusa para no amar al prójimo; pero como no hay amor más grande que el de Dios al hombre, tampoco puede haber en el hombre amor más grande que el amor a Dios.
    Y lo mismo podemos decir de la renuncia a los bienes: Jesús no nos pide tanto el abandono de las cosas, sino que no nos abandonemos a las cosas, “pues la vida del hombre no depende de sus posesiones” (Lc 12,15). Que no pongamos en ellas una confianza desmesurada que nos haga olvidar la confianza en Dios y las exigencias y necesidades de nuestro prójimo.
     Jesús no está invitando tanto a odios y renuncias cuanto a amores y entregas, eso sí, perfectamente clarificados y purificados. Nada ni nadie debe interponerse en el seguimiento y amor de Cristo; todos los espacios de la vida, incluso los más íntimos, como son los familiares, deben evidenciar que Cristo es prioritario. Pero eso no merma, sino que posibilita vivir en plenitud todas las formas del amor.
     Estas palabras de Jesús deben darnos que pensar y, sobre todo, deben darnos que hacer. Por eso hay que reflexionar sobre ellas.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Me defino como “seguidor” de Jesús?
.- ¿Qué implicaciones trae ese seguimiento a mi vida?
.- ¿Siento inquietud por dar a conocer a Jesús?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

viernes, 26 de agosto de 2016

DOMINGO XXII -C-

1ª Lectura: Eclesiástico 3,19-21. 30-31

    Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios; el oído atento a la sabiduría se alegrará.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    En esta instrucción se recomienda la humildad, no la humillación, que permite una vida serena y alcanza el favor de Dios que “enaltece a los humildes” (Lc 1,52). Y advierte de la conveniencia de discernir los comportamientos. La herida del cínico es peligrosa porque procede de una raíz dañada, de un corazón torcido.

2ª  Lectura: Hebreos 12,18-19. 22-24a

     Hermanos:
     Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni habéis oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando.
     Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a la asamblea de innumerables ángeles, a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     El texto habla de las dos Alianzas, la protagonizada por Moisés y la protagonizada por Jesús, destacando la superioridad y el carácter definitivo de la segunda, la Nueva, en contraposición a la Vieja. La primera tuvo su patria y su promesa en la Tierra, la segunda tiene su patria y su promesa en el Cielo. Caer en la cuenta de ser miembros de esta nueva Alianza exige vivir en permanente gratitud y guardarse de “rechazar al que os habla…, y ofrecer a Dios un culto que le sea grato” (Heb 12, 25.28).

Evangelio: Lucas 14,1. 7-14

    Entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.  Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: ´Cédele el puesto a este ´.  Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.  Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que te convidó, te diga: ´Amigo, sube más arriba ´. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.
    Y dijo al que le había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ricos; porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     La escena presenta a Jesús como “Maestro” de sabiduría, invitando a rechazar la vanidad y la prepotencia, y a asumir la humildad como estrategia de comportamiento. Pero reducir a esto el mensaje sería muy poco. Jesús no está diseñando sólo una táctica para “ascender” a los puestos de honor; está describiendo el comportamiento de Dios, encarnado de manera singular en Él. Él ha venido y se ha puesto el último de la fila (Flp 2,6ss), y ha invitado a su banquete a los “cansados y agobiados…” (Mt 11,28), perdidos “por los caminos” (Mt 22,9). Él se ha hecho “humilde de corazón” (Mt 11,29).


REFLEXIÓN PASTORAL

    En una sociedad en que la gente se esfuerza por ascender, por ocupar los primeros puestos, por encabezar todo tipo de listas, aunque para eso tenga que convertir a otros en peldaños en la escalera del propio ascenso…; en una sociedad que ha convertido el interés -el alto interés- en el único criterio de inversión…; en una sociedad en la que antes de prestar se garantiza la solvencia del acreedor… En una sociedad así, y así es la nuestra, la invitación a ocupar el último puesto del banquete provoca, en el mejor de los casos, una sonrisa de compasión condescendiente. Y  la urgencia de dar a fondo perdido, sin esperar la devolución, el principio de la ruina…
    Al oír estos planteamientos no pocos, quizá, nos preguntemos si el Evangelio sigue teniendo vigencia hoy; si no habrá pasado ya su momento… Si a esto añadimos las advertencias que se nos hacen en la primera lectura -“En tus asuntos procede con humildad…, hazte pequeño”-, la cosa se complica aún más. ¡Así no vamos a ninguna parte!
      Jesús no fue ningún ingenuo, ni su mensaje una ingenuidad. Encierra en sí una enorme carga explosiva y transformadora, que le explotó en sus propias manos. Jesús fue eliminado por decir, entre otras cosas, esto que hoy hemos escuchado y aclamado.
      Echemos una mirada al mundo en que vivimos. ¿A dónde está conduciendo el desmesurado interés de las grandes potencias? A dejar insolvente a medio mundo; a hundir en el endeudamiento a países que así ven alejarse de ellos toda posibilidad de progreso, de autonomía y de paz.
      Y cosa parecida ocurre con la carrera por ocupar los primeros puestos en los diversos banquetes de la vida. ¡A cuántos hay que descalificar y hasta eliminar para llegar a ser los primeros! ¡Cuántas zancadillas y empujones para encabezar una lista!
¡No! La advertencia de Jesús no es una ingenuidad. Lo que ocurre es que Él tenía la rara virtud de decir sencillamente las cosas más importantes. Nuestra vida sería más relajada y festiva, menos polémica y menos tensa si tuviéramos esto en cuenta. El Evangelio no ha pasado; lo que ocurre es que nosotros aún no hemos llegado a él o, lo que es peor, hemos pasado de él.
      Pero hay algo más; con estas palabras Jesús no solo está denunciando unos comportamientos equivocados; nos está enseñando algo más que a ser humildes y desinteresados, nos está diciendo cómo es Dios. Dios hizo una inversión a fondo perdido a favor del hombre, cuando el hombre era totalmente insolvente. “Cuando todavía estábamos sin fuerzas, escribe san Pablo, Cristo murió por los impíos…; por un hombre bueno tal vez alguno se atrevería a morir, pues la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5,6-8).
    Al venir a nuestro encuentro, Dios no ocupó posiciones de privilegio. “Siendo de condición divina, se despojó…” (Flp 2,7). Pero la cosa no terminó ahí: “Por eso Dios le exaltó, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble…” (Flp 2,9-10). Y también al que, al estilo de Jesús, ocupe el último lugar del banquete, el Padre le dirá: “sube más arriba”…; porque “el que se humilla será ensalzado”.
     Jesús tenía autoridad para darnos esta lección; él la había encarnado; hablaba con experiencia y por experiencia, por eso tiene derecho a exigirnos. Si somos cristianos no nos queda sino “apropiarnos su sentimientos” (cf. Flp 2,1).
    El Evangelio no ha pasado; lo que ocurre es que, quizá, aún no hemos llegado a él. Y, sin embargo, ese es nuestro punto de encuentro.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿A qué puesto aspiro en la vida?
.- Si humildad es andar en verdad, ¿por donde ando yo?
.- ¿Me encuentro a gusto entre los humildes?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 18 de agosto de 2016

DOMINGO XXI -C-



1ª Lectura: Isaías 66,18-21

  Esto dice el Señor:
“Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua; vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia; a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria: y anunciarán mi gloria a las naciones. Y de de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballos y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi Monte Santo de Jerusalén -dice el Señor-, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas -dice el Señor-“.

                        ***                  ***                  ***                  ***

El texto se encuentra al final del libro de Isaías, y es una declaración explícita de la misericordia de Dios y de su voluntad salvadora, que implica la reunión de todos los pueblos y naciones en su Monte Santo. Y también de entre esos pueblos escogerá sacerdotes y levitas. Dios manifiesta así su voluntad no excluyente. Ningún pueblo está al margen: “Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).

2ª Lectura: Hebreos 12,5-7. 11-13

       Hermanos:
     Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: “Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos”. Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?   Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero después de pasar por él, nos da como fruto una vida honrada y en paz. Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.

                        ***                  ***                  ***                  ***

      Esta exhortación, inspirada en Prov 3,11-12, es una invitación a reconocer con gratitud la paternal pedagogía de Dios. Y reaparece en Apocalipsis 3, 19, en la carta al Ángel de la Iglesia de Laodicea. ¿De qué corrección se trata? De la invitación a caminar en la ruta del Evangelio, que en ocasiones desvela nuestros pasos descaminados, invitándonos a entrar por la puerta estrecha (Mt 7,13) y a adentrarnos por el camino angosto (Mt 7,14) propuesto por Jesús, pero, en definitiva, Camino de vida.

Evangelio: Lucas 13,22-30
                                                                      
     En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
     Uno le preguntó: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. Jesús les dijo: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entra y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: ‘Señor, abrénos´  y él os replicará: ‘No sé quiénes sois´. Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas´. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados´. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     En tiempo de Jesús, las escuelas rabínicas mantenían opiniones muy diversificadas al respecto. Jesús reorienta la pregunta: no se trata de un conocimiento teórico, curioso, sino de un planteamiento práctico. No hay que preocuparse de saber el número de los que se salvan, sino ser del número de los salvados. Y Jesús responde que del Reino de Dios no hay excluidos, pero puede haber auto-excluídos.

REFLEXIÓN PASTORAL

    “Señor, ¿serán pocos los que se salven?. Sin duda, Jesús hubiera preferido que la pregunta le hubiese sido formulada en estos términos: “Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 10,25). Por eso su respuesta no fue de orden matemático (cuántos), sino de orden ético (cómo): “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. En todo caso el tema es importante, porque “al final de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no sabe nada”.
    El hombre siempre ha sentido inquietud y hasta ansiedad por conocer esta cifra misteriosa. En las escuelas rabínicas contemporáneas a Jesús  se dividían las opiniones: para unos eran muchos, para otros eran pocos. También a lo largo de la historia en la Iglesia ha habido voces y opiniones dispares al respecto.  Los Santos Padres opinaban, en general, que eran pocos. Los autores modernos se inclinan por que son muchos, incluso  que todos sin excepción, aduciendo la eficacia de la redención de Cristo.  En todo caso, el proyecto de Dios es claro: “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1Tim 2,4). De eso nos habla el texto profético de Iaías (1ª) y el evangelio.
     Pero, ¿por qué entregarse a más  especulaciones? El único que pudo decírnoslo, Jesús, no quiso responder. O mejor, sí respondió. “No te preocupe saber el número de los elegidos, procura ser tú del número de los elegidos. Esfuérzate en ello”. Porque la salvación no es una lotería -sería irrespetuoso imaginarse a Dios sacando bolas salvadoras de un bombo-, ni un seguro que nos permita vivir irresponsablemente. Es, ante todo, gracia de Dios -“por gracia habéis sido salvados” (Ef 2,5-, no discriminante y abierta, pero es también llamada, urgencia que exige responsabilidad... Por eso nos dice Jesús: “esforzaos, velad…”. No nos refugiemos en un Cristo fácil, porque ese Cristo no existe. 
      El camino cristiano es arduo, tanto que muchas veces deja de ser camino para convertirse en áspera y vertiginosa senda, abierta paso a paso con el sudor del esfuerzo y hasta con sangre. En este sentido se expresa el texto que hemos leído de la Carta a los hebreos.  Hay, pues, que abordar correctamente el tema.
      Más que preguntar si serán muchos o pocos, la pregunta justa debe ser: ¿Estoy yo en camino de salvación? ¿Acojo esa llamada en mi vida? ¿Vivo la salvación que Dios ha operado en mí por el bautismo? ¡Nos falta la conciencia de sentirnos ya salvados! Por eso nos falta audacia y coherencia para vivir esa realidad.
    Sabernos ya salvados debería lanzarnos a buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia; a aspirar a las cosas de arriba; a entrar en comunión más auténtica con los otros. Nos salvaremos, si ya ahora nos sentimos salvados y vivimos en consecuencia; no aduciendo falsas credenciales (ni siquiera la de los cumplimientos religiosos). La vida cristiana es mucho más que un rito. “Sabemos que estamos salvados, si amamos a los hermanos” nos dice S. Juan (1 Jn 3,14). Cristo abrirá las puertas de Reino a los que respondan positivamente a este test existencial, “Tuve hambre y me disteis de comer…”, porque “lo que hicisteis a uno de éstos…”.   El problema de la salvación, pues, no es del más allá, sino del más acá.
     Y sintiéndonos salvados, debemos ser agentes, instrumentos de salvación. Pero no podemos engañarnos ni engañar. Jesús dijo que su Reino no era de este mundo; que su paz no era como la del mundo; que su salvación no se regía ni se reducía a los esquemas de este mundo..., por eso, precisamente, es necesaria para este mundo. Frente a los que pretenden liberar matando al opositor, Jesús libera muriendo por el opositor... Es el esfuerzo de la puerta estrecha…
      Hoy falta valor para hacer llamadas al sacrificio, porque en el fondo falta el convencimiento de que valga la pena sacrificarse por algo. La oferta placentera  a corto plazo y a bajo precio es la más abundante.  Pero Jesús no es de los que piensan así. Su oferta vale  pena, no es una ganga. Es un producto de calidad, y exige comportamientos de calidad. Por eso no duda en decir: “Esforzaos...”
      Acojamos esta invitación del Señor. Veamos si hay que rectificar caminos o si incluso es necesario abandonar caminos. Porque esa es la gran sabiduría de la vida: encontrar el camino de la salvación y recorrerlo con el Señor y los hermanos.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Estoy yo en camino de salvación?
.- ¿Vivo la salvación que Dios ha operado en mí por el bautismo?
.- ¿Acojo con responsabilidad la llamada de Jesús al “esfuerzo”?



DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

martes, 9 de agosto de 2016

DOMINGO XX -C-

1ª Lectura: Jeremías 38,4-6. 8-10
    En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: “Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad, y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia”.
    Respondió el rey Sedecías: “Ahí lo tenéis, en vuestro poder: el rey no puede nada contra vosotros”.
    Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Melquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo.
     Ebdelmelek salió del palacio y habló al rey: “Mi rey y señor, esos hombres han tratado inicuamente al profeta Jeremías, arrojándolo al aljibe, donde morirá de hambre (porque no quedaba pan en la ciudad)”.
     Entonces el rey ordenó a Ebedmelek: “Toma tres hombres a tu mando, y sacad al profeta Jeremías del aljibe, antes de que muera”.

                   ***             ***             ***             ***

     La intervención de Jeremías, desaconsejando la oposición a los caldeos, le acarreó el calificativo de antipatriota. Eso le condujo a la situación que narra el texto seleccionado. La historia dio la razón a Jeremías (Jer 39). La acusación de que desmoralizaba al pueblo, esgrimida por los príncipes, era interesada: pretendían defender sus posiciones de privilegio. Jeremías veía más allá de la supervivencia de una “clase política”, le preocupaba la situación del pueblo. También a Jesús le acusaron de desestabilizador social (Lc 23,5), simplemente porque distinguía la política del Reino de Dios de las políticas interesadas de supervivencia. No es infrecuente identificar el bien común con los propios intereses, y supeditar aquel a estos.

2ª Lectura: Hebreos 12,1-4

    Hermanos:
    Una nube ingente de espectadores nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     La carta a los Hebreos nos invita a “correr”, fijos los ojos en Jesús. Una imagen deportiva, que indica, además las exigencias para mantener la forma competitiva: liberarnos del impedimento -el pecado- que nos ata y paraliza. Ya san Pablo habla de “espíritu olímpico” (I Co 9,24-27; Flp 3,12-14): ascético, optimista, generoso, inteligente, competitivo… Vivir “olímpicamente” la fe puede ser un estilo muy sugestivo y válido. Sin olvidar nunca la meta, sin perder de vista a Jesús, iniciador y meta de nuestra fe.

Evangelio: Lucas 12, 49-53    
                             
     En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz al mundo? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     Sigue Jesús dirigiéndose a los discípulos. ¿De qué fuego habla Jesús? Del que purificará y abrasará los corazones, y que debe encenderse en la cruz, auténtica “pira” del amor purificador de Dios. También ese es el bautismo por el que anhela pasar. Jesús contempla ya un horizonte conflictivo, y eso, lejos de arredrarle, le estimula.
    Por otra parte, a los discípulos les advierte de la “tensión” que él ha venido a introducir en la vida. No es un rompefamilias, pero hasta ahí pueden llegar la consecuencias y exigencias del seguimiento.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Nada más lejos de Jesús que la ambigüedad. Desde la infancia fue presentado como bandera discutida, y desde entonces no dejó de ondearla hasta que fue izada en el mástil de la cruz.
    Quiso claridad en todo, en el hablar y en el actuar. Descalificó las pretensiones posibilistas y contemporizadoras  -“No podéis servir a dos señores” (Mt 6,24) -. Sin concesiones al sentimentalismo, descubrió los reales vínculos de su parentesco –“Mi madre y mis hermanos son  los que cumplen la voluntad del Padre” (Mt 12,50) -. Rehuyó sistemáticamente el aplauso interesado de los que pedían milagros  -“Vosotros me buscáis porque habéis comido pan hasta saciaros” (Jn 6,26) -. No dudó en calificar su propuesta de “vía estrecha”, y su Camino, de cruz…
    Y lo de hoy ya lo acabamos de escuchar: un pirómano divino, que quiso deshacer con el fuego de su amor todos los hielos del corazón humano; que quiso acabar con tanta maleza como existía en la sociedad de su tiempo. Un intranquilizador, que vino a declarar la guerra a todas las falsas paces religiosas, políticas, sociales y hasta personales y familiares, porque hasta ahí pueden llegar las consecuencias de una verdadera opción por Jesús.
     Es cierto que los cristianos, con el paso del tiempo, hemos ido dulcificando y moralizando esa figura tan enérgica. Hemos arriado su bandera discutida, cambiándola por otra más razonable y, sobre todo, la hemos izado en otro mástil, convirtiendo la cruz, de signo escandaloso en un adorno piadoso. Hemos declarado compatible, y hasta subordinado, el Evangelio con otros mensajes. Hemos abandonado la “vía estrecha” por otra, en la que se pueda circular en todas las direcciones. Nos hemos convertido en bomberos del fuego con el  que Él vino a encender el mundo. Hemos pactado con casi todos y casi todo. Hemos pretendido hacer más asequible su mensaje, más universal, a costa de sacrificar sus exigencias…; pero, gracias a Dios, no lo hemos conseguido, ni lo conseguiremos mientras en nuestros oídos sigan resonando mensajes como los que acabamos de escuchar hoy en la palabra de Dios. Y tenemos que agradecérselo a Dios de verdad, porque nuestra inclinación es hacia un Cristo fácil, cómodo, pero ese Cristo no existe.
    Hoy, desde los textos bíblicos, se nos invita a luchar contra el pecado en todas sus manifestaciones, personales y sociales, aún a costa de nuestra integridad física, sin apartar nunca la vista de Jesucristo (2ª lectura).
     El profeta Jeremías, fiel a su vocación y a la revelación de Dios, estuvo a punto de morir en una fosa porque no distorsionó la palabra de Dios, doblegándose y halagando las pretensiones de los cortesanos de  Jerusalén…, pero Dios lo libró.
    “Una nube ingente de espectadores nos rodea…, corramos la carrera fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús”. Sí, a Jesús nunca hay que perderle de vista, so pena de  despistarnos, adentrándonos por caminos estériles, y de despistar a los otros.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es Jesucristo el referente de mi vida?
.- ¿A qué estoy dispuesto por su seguimiento?
.- ¿Soy posibilista, intentando servir a dos señores?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN