miércoles, 22 de junio de 2016

DOMINGO XIII -C-


 1ª Lectura: I Reyes 19,16b. 19-21

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: Unge como profeta sucesor a Eliseo, hijo de Safat, natural de Abel-Mejolá.
Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando, con doce yuntas en fila y él llevaba la última. Elías pasó a su lado y le echó encima su manto.
Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.
Elías contestó: Ve y vuelve, ¿quién te lo impide?
Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los mató, hizo fuego de los aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente. Luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a sus órdenes.

                        ***                  ***                  ***                  ***
           
Elías, que desmoralizado por las amenazas de Jezabel, había huido al Horeb (I Re 19, 2-8), recibe de Dios la orden de regresar y de elegir a Eliseo como profeta y sucesor (I Re 19,15-16). La obra de Dios debe seguir adelante. Los vv 19-21 pertenecen al denominado ciclo de Eliseo (II Re 2-13). Éste era un agricultor. El paso de Elías junto a él le cambió la vida. El manto no solo era ropa de abrigo, simbolizaba la personalidad y los derechos de su dueño. Además el manto de Elías tenía una eficacia milagrosa (II Re 2,8). Elías adquiere así un derecho sobre Eliseo. Eliseo acepta la invitación y, tras “quemar” los aperos de labranza, se convirtió en discípulo de Elías.

2ª  Lectura: Gálatas 4,31b-5,1. 13-18

Hermanos:
Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: “Amarás al prójimo como a ti mismo”.
Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente. Yo os lo digo: Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal, que no hacéis lo que quisierais. Pero si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley.

                        ***                  ***                  ***                  ***

La libertad es el horizonte del cristiano y la gran conquista de Cristo. Una libertad para ser  asumida y vivida. Pero esa libertad no es un “ídolo”. Pablo no invita a la anarquía ni a la autosuficiencia. La libertad cristiana debe estar normada por el amor. La libertad impide esclavizar a nadie, poniéndolo a nuestros pies, pero nos hace esclavos, poniéndonos a los pies de los demás, asumiendo la actitud de Jesús (Jn 13,4-5), por amor. Pablo no es ingenuo, sabe de las tensiones existentes en las comunidades. Por eso, al tiempo que exhorta, denuncia. El proceder cristiano debe estar inspirado por el Espíritu, no por las tendencias de la carne. El cristiano no solo debe rehuir “el yugo de la esclavitud” (la circuncisión que querían imponer los judaizantes) sino “todo” yugo (“las obras de la carne” cf. Ga 5,19).
La libertad cristiana es libertad “de” todo lo que oprime, y libertad “para” poner todo, la vida, al servicio de las urgencias del amor (II Co 5,14).

Evangelio: Lucas 9,51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos? Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno: Te seguiré a donde vayas.
Jesús le respondió: Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
A otro le dijo: Sígueme.
Él respondió: Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo: Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.

                        ***                  ***                  ***                  ***
     
Jesús decide orientar sus pasos hacia Jerusalén. Ha de atravesar Samaría, y envía a algunos para buscar alojamiento. En una aldea no fue aceptado por su condición de judío (“los judíos no se tratan con los samaritanos” Jn 4,9). El mismo Jesús en un primer momento advertirá a los discípulos de no entrar en los poblados de samaritanos (Mt 10,5). La reacción de Santiago y Juan es desechada por el Maestro. Que no ha venido a abrirse camino a sangre y fuego, sino a abrir camino entregando su propia sangre.
En ese camino aparecen tres personas; la primera pide ser admitida en su compañía. Jesús le responde con realismo, haciéndole ver cómo acababan de negarle un techo para hospedarse. La segunda es invitada por Jesús al seguimiento. Pero ésta pide un tiempo de demora. “Ir a enterrar a mi padre” equivale a: “lo haré cuando haya fallecido mi padre” (no es que su padre ya hubiera muerto y fuera inminente la sepultura). La tercera, se ofrece, pero pone unas condiciones que, en principio, parecen lógicas. Sin embargo Jesús radicaliza el seguimiento. El seguimiento de Jesús supera al de Eliseo respecto de Elías.

REFLEXIÓN PASTORAL

El evangelio de este Domingo nos habla del seguimiento de Cristo. Lo hace con expresiones chocantes a nuestros oídos, demasiado contemporizadores. Jesús no fue un rompefamilias, ni un ser sin entrañas, al contrario. Entonces, ¿qué nos quiere decir con estas expresiones?
Que en la vida, y en la vida de fe también, hay que priorizar. Que nada, ni nadie, debe impedir la respuesta fiel a la llamada del Señor. En eso consiste la libertad cristiana de la que nos habla la segunda lectura: una liberación de todo, hasta de uno mismo -de sus amores y temores- para seguir a Jesús. En eso consiste la verdadera “practica” religiosa; no en un cumplimiento superficial de normas, sino en la introducción de Cristo en el corazón, hasta convertirlo en nuestro criterio y norma de vida.
El conocimiento de Cristo es gracia, decíamos el pasado Domingo, pero, además, implica, su seguimiento; significa no perderle nunca de vista. “Corramos con constancia en la carrera que nos toca, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús” (Heb 12,1-2). ¡Una advertencia muy oportuna! El cristiano nunca debe perder de vista a Jesucristo como referencia primordial de la vida, so pena de despistarse, adentrándose por caminos equivocados y estériles: caminos que no conducen a “ninguna parte”.
Y este seguimiento no es cuestión de intuiciones personales más o menos bienintencionadas, discontinuas e intermitentes.  Se trata de “conocerlo a él” (Flp 3,10), de “ganar a Cristo y ser hallado en él” (Flp 3,8-9), de personalizar “los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,5), de “caminar como él caminó” (I Jn 2,6)... y eso no se improvisa.
Al “seguimiento cristiano” le es imprescindible un talante contemplativo e interiorizador de la persona de Jesús, hasta el punto de experimentar su presencia como una seducción permanente (Flp 3,12) inspiradora de los mayores radicalismos (Flp 8,8). “De oídas” podrá iniciarse el seguimiento, pero no puede mantenerse; tiene que resolverse en el encuentro y conocimiento personales. Cristiano es el hombre que ha descubierto a Cristo como el sentido de su vida; es aquél para quien Cristo es norma y camino, con todo lo que esto tiene de configurante y decisivo.
¡No perderle de vista! Y esto significa descubrirle como inspirador permanente de las opciones de vida concreta.
Quizá lo prosaico de nuestra vida, la carencia de profundidad en nuestros compromisos..., todo eso que en momentos de sinceridad calificamos de inauténtico, se deba, en última instancia, a que no hemos descubierto de verdad a ese Jesús a quien religarnos, y por eso nos cuesta tanto desligarnos de tantas cosas que lastran nuestra vida.
Un seguimiento que implica asumir el “estilo” de Jesús: su radicalidad, generosidad y decisión. Y también el no ser acogidos en ciertos espacios o foros desafectos a su causa, como le ocurrió en esa aldea de Samaría, porque Jesús es alternativo y portador de alternativas. Demasiado, ¿verdad? Sí, para nuestra debilidad congénita; pero posible si nos alimentamos con el pan eucarístico: pan de fortaleza para los débiles, luz para nuestras oscuridades y esperanza para nuestros desalientos.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué priorizo en mi vida?
.- ¿Es Jesús el referente de mi vida?
.- ¿Vivo en la libertad de los hijos de Dios?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 16 de junio de 2016

DOMINGO XII -C-


 1ª Lectura: Zacarías 12,10-11

     “Esto dice el Señor: Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén, como el luto de Haddad-Rimón en el valle de Meguido”.
                        ***                  ***                  ***                  ***

     Nos hallamos en la segunda parte del libro de Zacarías (9-14). No es fácil la interpretación de este texto. La alusión a la efusión de un espíritu de gracia y clemencia sobre la dinastía de David hace que algunos lo sitúen en un contexto mesiánico. La figura del “traspasado” puede referirse a algún mártir anónimo de cuya muerte es responsable el pueblo. Ese mártir glorificado pudiera ser “el siervo paciente”.
     El pueblo de Jerusalén contemplando la víctima de su furia insensata recapacita e inicia un proceso de arrepentimiento y conversión. La alusión al luto de Haddad-Rimón puede entenderse como evocación del rito celebrativo de la muerte de Hadaddad-Rimón (probablemente una divinidad que muere y por la que se eleva un lamento ritual (cfr. Ez 8,14 la alusión al llanto por el dios Tamuz). Aquí el texto es traído como avance profético de la muerte de Jesús (cf. Jn 19,37).

2ª Lectura: Gálatas 3,26-29

   “Hermanos:
   Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán, y herederos de la promesa”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    La fe en Cristo nos introduce en la familia de Dios, como hijos. El bautismo nos reviste de Cristo, nos hace de él. No es un revestimiento ni una pertenencia superficiales, sino profundos. Nos incorpora al pueblo de la promesa y nos hace miembros de una fraternidad universal, presidida por Cristo, donde ni la etnia, ni la condición social ni sexual tienen poder discriminatorio.  Este era el sueño de Pablo, no la realidad que le tocó vivir. Pero por ello luchó. ¿Ya es esto realidad en la iglesia de hoy? 

Evangelio: Lucas  9,18-24

      “Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?
       Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
      Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
      Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios.
     Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, y añadió: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, y ser ejecutado y resucitar al tercer día.
     Y, dirigiéndose a todos, dijo: El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará”.

                        ***                             ***                  ***                  ***

      El texto contiene dos momentos importantes: la profesión de fe de Pedro (vv 18b-21) y el primer anuncio de la Pasión (v 22). Ambos momentos encuentran paralelos en Mt y Mc. Pero el texto lucano aporta matices propios. Mientras Mt y Mc destacan la geografía física de la profesión de fe (Cesarea de Filipo), Lc subraya la geografía espiritual (la oración). Lc (como Mc) no conserva la promesas a Pedro de las llaves del Reino. También en las respuestas de los discípulos hay pequeñas variantes, como en la respuesta de Pedro. Esto nos habla de un “núcleo” histórico, modelado por cada uno de los evangelistas o sus tradiciones. El relato se concluye con la prohibición de Jesús de dar publicidad a esa “profesión”. Llegará el tiempo de hacerla explícita.
     El segundo momento es el anuncio de su pasión. Lucas omite la intervención de Pedro y la reprimenda de Jesús (Mc 8,32s). Ya desde el principio Jesús comenzó a alertar a los discípulos sobre el sentido final de su vida. Si es cierto que estos anuncios se configuraron plenamente después de la Pascua, no cabe duda de que Jesús fue dando pistas  e indicaciones de por donde podrían ir las cosas, por las reacciones que observaba en los dirigentes religiosos y políticos ante su mensaje. Es este aspecto de la vida de Jesús el que pretende evocar proféticamente el texto de Zacarías de la 1ª lectura.

REFLEXIÓN PASTORAL

      Hay preguntas que nunca son respondidas definitivamente, sino que son un estímulo constante de la existencia. Entre esas preguntas se encuentra esta formulada por Jesús: “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?”. Porque lo peculiar del cristiano y del cristianismo no es su ética, su filosofía e, iba a decir, ni siquiera su teología; lo peculiar del cristiano y del cristianismo es su vinculación “a un tal Jesús”,  que  muerto, ha resucitado y vive entre nosotros (cf. Hch 25,19).  Pero tal vinculación sólo podrá ser auténtica cuando hayamos clarificado quien es ese Jesús.
      Cuando proliferan tantos retratos y tan dispares, esta pregunta es de palpitante actualidad. ¿Cuál es el verdadero rostro de Cristo? El nombre de Cristo ha servido a muchos y para muchas cosas... Tan peligroso es el olvido como el ruido; no sólo el polvo, también el oro pueden desfigurar u ocultar un rostro.
     “Jesucristo es el mismo hoy, ayer y siempre” (Hb 13,8). Pero esta afirmación no pone el punto y aparte, y menos aún el punto y final a la pregunta. Cristo está por ver y por decir. Cada época y cada pensamiento se ha visto confrontado con esta “bandera discutida” (Lc 2,35). También la nuestra, en la que recientemente el interés por Jesús cristalizó en dos manifestaciones: la del Cristo Superstar y la del Cristo guerrillero. ¿Dos caricaturas? ¿Dos verdades a medias? En todo caso dos imágenes que hablan de la significatividad de Jesús: el rostro joven, alegre y rejuvenecedor, y el del que encarna la pasión por la justicia y la causa de los oprimidos.
Pero en nuestra época -¿entre nosotros?- hay una tercera caricatura: la del Cristo aburrido de los aburridos; la de aquellos que a fuerza de decir que creen en él, se han habituado a él hasta olvidarlo prácticamente.
     ¿Quién decís que soy? Es una pregunta con doble dirección. ¿Quién decís vosotros que soy yo para vosotros? ¿Qué significo yo en tu vida? Y ¿quién decís que soy yo a los otros?
     La primera nos llevará al campo de la oración (es significativo que Jesús les formula la pregunta mientras ora), porque “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” (Jn 6,44). El auténtico conocimiento de Jesús como Camino, Verdad y Vida no es una conquista humana, sino una gracia del Padre Dios. “Bienaventurado tú, Simón Pedro, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre” (Mt 16,7), contesta Jesús a la profesión de fe de S. Pedro.           
      La segunda nos conducirá al campo del testimonio: porque ese Jesús conocido ha de ser testimoniado. No puede ser guardado como un tesoro oculto, sino mostrado como una luz que brilla para iluminar a todos los de casa.
   “¿Quién decís que soy yo? Es una buena pregunta, que espera respuesta de nuestra parte.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy un testigo creíble de Jesús?
.- ¿Me siento realmente hijo, miembro de la familia de Dios?

.- ¿Discrimino en mi vida por razón de cultura, religión o sexo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 9 de junio de 2016

DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO -C


1ª Lectura: II Samuel 12,7-10. 13

En aquellos días dijo Natán a David: “Así dice el Señor Dios de Israel: ‘Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu Señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y por si fuera poco pienso darte otro tanto. ¿Por qué has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías el hititita y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías´”.
David responde a Natán: “He pecado contra el Señor”. Y Natán le dijo: “Pues el Señor perdona tu pecado. No morirás”.

                        ***                  ***                  ***                  ***
   
David ha cometido dos transgresiones graves de la Ley: asesinato y adulterio. Unas líneas antes (vv 1b-6) él mismo se había convertido en juez inmisericorde respecto del que no respetó la oveja del pobre. Un ejemplo de hasta dónde el pecado nos ciega, hasta no ver nuestro pecado. David declara sentencia de muerte contra el trasgresor.
Dios perdona, pero no ignora ni disculpa el pecado. A David le hace  caer en la cuenta de su malvado proceder. Y David lo reconoce. El pecado de David ha llegado hasta Dios, le ha ofendido. Pero Dios perdona a David su pecado. Un perdón que no quita relevancia a los hechos; éstos dejarán una huella dolorosa en su vida, pero David no morirá. El pecador vive cuando, arrepentido sinceramente, se vuelve a Dios.

2ª  Lectura: Gálatas 2,16. 19-21

Hermanos:
Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la ley sino por creer en Cristo Jesús. Por eso hemos creído en Cristo Jesús para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la ley. Por la ley yo estoy muerto, porque la ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero si la justificación fuera por la ley, la muerte de Cristo sería inútil.

                        ***                  ***                  ***                  ***

San Pablo polemiza con judaizantes (cristianos provenientes del judaísmo, que pretendían mantener viva la Ley de Moisés como fuerza salvadora). Su tono es radical. Habla desde su experiencia de converso. Para Pablo no es posible conjugar Ley y Cristo, como fuentes de salvación. Solo Cristo es fuente de salvación, de justificación. No  salva el cumplimiento de la Ley, sino la fe en Cristo que se actualiza en el amor. Pablo se ha desvinculado de la Ley para identificarse, crucificarse, con Cristo. Escribiendo a los Romanos dirá que la Ley no es pecado, pero descubre el pecado, y no aporta la fuerza para eliminarlo (cfr. Rom 7,7-25).
    
Evangelio: Lucas 7,36-8,3

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando y lo que es: una pecadora.
Jesús tomó la palabra y le dijo: Simón, tengo algo que decirte. Él respondió: Dímelo, maestro.
Jesús le dijo. Un prestamista tenía dos deudores: uno  le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: Supongo que aquel al que le perdonó más. Jesús le dijo: Has juzgado rectamente.
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?  Pero Jesús dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz.

                        ***                  ***                  ***                  ***

          Episodio propio de Lucas, distinto de la unción de Betania (Mt 26,6-13 y paralelos). La escena es elaborada con toques muy precisos. Jesús no es excluyente: acepta la invitación de un fariseo. Y acepta el gesto de una mujer pecadora. Los gestos de la mujer podían ser interpretados diversamente. El fariseo opta por la interpretación malévola; Jesús por la benévola. Y, a partir de ahí, descubre al fariseo las “carencias” de su invitación, y destaca las “querencias” que aquella mujer le expresa con sus gestos.
¿El perdón de sus pecados es efecto del amor a Cristo o el amor a Cristo es el efecto del perdón recibido?  ¿La mujer es perdonada porque ama mucho, o ama mucho porque es perdonada? Parece que el sentido correcto es: el perdón es resultado de la fe -“tu fe te ha salvado”-; y el amor es efecto del perdón. En todo caso, no conviene perderse en disquisiciones: el amor y el perdón van indisolublemente unidos.


REFLEXIÓN PASTORAL

La  escena evangélica que acabamos de leer es conmovedora y está cargada de enseñanzas y sugerencias (Lc 7,36-50). La protagonizan tres personajes: Jesús, Simón, un fariseo observante de la ley, y una mujer “marginal” y marginada en aquella sociedad. Una mujer, pecadora pública, a la que, curiosamente, Jesús convierte en “maestra” de lecciones fundamentales precisamente frente a los “maestros” oficiales de Israel.
Pero sus magisterios son distintos. Ella imparte su lección, de humanidad, ternura y arrepentimiento, a los pies de Jesús, ungiendo y besando sus pies; ellos, también imparten la suya, de rigorismo legalista, “sentados en la cátedra de Moisés” (Mt 23,2), atando “cargas pesadas” sobre los hombros (Lc 11,46).
Y Jesús, que no es un ingenuo, sabía quién era aquella mujer, sabía que en su vida había muchos pecados, y no los justifica. Pero también sabía que no todo era pecado en su vida, por eso no los absolutiza. Allí había gérmenes que estaban esperando ser despertados y reconocidos: una gran fe y un gran amor. Y es lo que hace Jesús: mirar la parte buena del corazón. Ni la mortifica con preguntas, ni la “confiesa”. “Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor” y “una gran fe”. ¿Y hace falta algo más?
¡Que necesario es hoy, para todos, recuperar la mirada de Jesús! Cuántas veces creemos conocer al otro, y en realidad no conocemos más que una parte, y no siempre la mejor. Cuántas veces decimos, “¡Ah, si tú supieras quién es…!”. Pero, ¿y tú lo sabes? Solo Dios conoce de verdad. “Dios no mira como los hombres; los hombres miran las apariencias, pero Dios mira al corazón”, corrigió Dios al profeta Samuel (I Sm 16,7).
¡Cuántas personas se han hundido en eso que los “buenos” llaman “mala vida”, porque en un momento difícil en que, desde su postración, buscaron comprensión y acogida, solo encontraron dedos que les señalaban y descalificaban!
Hoy la palabra de Dios nos invita a no convertirnos en censores de los otros, sino a examinarnos a nosotros mismos y, como David, a reconocer que también nosotros “hemos pecado contra el Señor”.
Y a algo más: a asumir progresivamente, como quehacer permanente, nuestra identificación con Cristo. “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí” afirma san Pablo en la segunda lectura; y eso no significa ningún tipo de enajenación personal, sino una personalización de Cristo, admitido conscientemente como referente existencial y primordial. Pablo siente y con-siente con Cristo; vive y con-vive con Cristo; existe y co-existe en Cristo… Se trata de una configuración que redimensiona a la persona entera: sentimientos (Flp 2, 5ss) y mentalidad (I Co 2, 16).
Desde esta configuración personal, la actuación del cristiano reviste la modalidad de una acción de Jesús, porque  “es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Y así podremos apropiarnos su mirada misericordiosa hacia los otros y aceptar su mirada salvadora para nosotros. ¡Ojalá podamos escuchar también las palabras de Jesús: “Sus muchos pecados están perdonados, porque ha amado mucho…Tu fe te ha salvado, vete en paz!”

REFLEXIÓN PERSONAL   
.- ¿Cómo me sitúo ante el pecado del otro? ¿Con misericordia?
.- ¿Puedo decir con san Pablo “es Cristo quien vive en mí”?
.- ¿He experimentado la fuerza transformadora del perdón de Dios?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


jueves, 2 de junio de 2016

DOMINGO X TIEMPO ORDINARIO -C-

 1ª Lectura: I Reyes 17,17-24

En aquellos días, cayó enfermo el hijo de la señora de la casa. La enfermedad era tan grave que se quedó sin respiración.
Entonces la mujer dijo a Elías: ¿Qué tienes tú que ver conmigo?, ¿has venido a mí casa para avivar el recuerdo de mis culpas y hacer morir a mi hijo?
Elías respondió: Dame a tu hijo.
Y, tomándolo en su regazo, lo subió a la habitación donde él dormía y lo acostó en su cama. Luego invocó al Señor: Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda la vas a castigar haciendo morir a su hijo?
Después se echó tres veces sobre el niño, invocando al Señor: Señor, Dios mío, que vuelva al niño la respiración.
El Señor  escuchó la súplica de Elías: al niño le volvió la respiración y revivió. Elías tomó al niño, lo llevó al piso bajo y se lo entregó a su madre: Mira, tu hijo está vivo.
Entonces la mujer dijo a Elías: Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verda.

                        ***                  ***                  ***                  ***

      Nos hallamos en el Libro I de los Reyes, en el denominado ciclo de Elías (I Re 17-II Re 2,13), con ocasión de la gran sequía que asoló a Israel (I Re 17-18). Protagonistas del relato son la viuda de Sarepta, su hijo y el profeta Elías. El milagro realizado por intercesión de Elías (es Dios quien devuelve el aliento al hijo) sirve para reivindicar al profeta como mediador de Dios, un Dios compasivo. La compasión por el dolor humano es un rasgo del verdadero profeta.


2ª Lectura: Gálatas 1,11-19

Hermanos: Os notifico que el evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados.
Pero cuando Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó a su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los Apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco. Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y me quedé quince días con él. Pero no vi a ningún otro Apóstol; vi solamente a Santiago, el pariente del Señor”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

       El tono de este fragmento es claramente apologético: Pablo se defiende de los que, desde dentro de la comunidad judeocristiana, le acusan de anunciar un evangelio espúreo. No oculta sus antecedentes como perseguidor de la Iglesia, no formaba parte del grupo de los Doce… Pero, una vez alcanzado por el Señor, se dedicó con la misma pasión a evangelizar, con un evangelio no inventado por él, sino revelado por Jesucristo.
       No obstante, pasado un tiempo -tres años- subió a Jerusalén para conocer personalmente a Pedro y a algunos miembros destacados de la comunidad. No duda de la autenticidad del evangelio que anuncia, pero sabe que este evangelio se asienta en el testimonio de los que el Señor escogió como sus testigos. En realidad las relaciones de Pablo con la Iglesia madre de Jerusalén no fueron fáciles, sin embargo las mantuvo siempre abiertas, dispuesto al diálogo y hasta a la colaboración económica (Ga 2,1-10).

Evangelio: Lucas 7,11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: No llores.
Se acercó al ataúd (los que lo llevaban se pararon) y dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!
El  muerto se incorporó y empezó a hablar y Jesús se lo entregó a su madre. Todos sobrecogidos daban gloria a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

                        ***                  ***                  ***                  ***


       Este relato de milagro es propio de san Lucas y prepara la respuesta de Jesús a los enviados de Juan Bautista (Lc 7,22). Las semejanzas con el relato del I Libro de los Reyes de la 1ª lectura son palpables. Jesús es presentado como el nuevo Elías. Sin embargo, hay elementos que los diferencian. Jesús no actúa a instancia de parte. Todo es iniciativa suya. No hay intercesión, sino intervención directa.
       La vinculación de Elías con los últimos tiempos estaba extendida en el judaísmo contemporáneo a Jesús; de hecho tanto el Bautista  como Jesús aparecen vinculados a él (Lc 9,8; Jn 1,21). Aunque Juan se desvincula expresamente (Jn 1,21.25); y Jesús parece que también, presentando al Bautista como la representación del profeta (Mt 11,14; 17,12-13). En todo caso, estas identificaciones advierten de la conciencia popular sobre la calidad personal tanto del Bautista como de Jesús, y de hallarse en unos tiempos de gran expectación mesiánica.
  

REFLEXIÓN PASTORAL

    Volvemos, tras las celebraciones litúrgicas de la Cuaresma y la Pascua, al llamado Tiempo Ordinario. La denominación es equívoca y hasta poco feliz. Normalmente identificamos “ordinario” con rutinario o vulgar. Y no debería ser así.
     Tras días densos e intensos, volvemos al día a día, también en el calendario y el termómetro litúrgico, para revalidar y consolidar los grandes misterios que hemos celebrado. Saberlos vivir con profundidad y sentido será la prueba de que los hemos celebrado realmente, y no solo ritualmente.
      La palabra de Dios nos habla en la 1ª y 3ª lectura de Dios y de sus enviados como servidores y promotores de la vida.
    Las figuras de Elías, inflexible y enérgico con los poderosos, y vulnerable ante la súplica desconsolada de la pobre viuda de Sarepta,  y de Jesús, recorriendo los caminos de la vida, que son también los del dolor y de la muerte, son aleccionadoras.
     Es un dato a destacar: el servidor de Dios debe ser siempre, más que un predicador teórico, un promotor de vida a todos los niveles: vida espiritual, aportando esperanza, ternura, compasión y comprensión…, y vida material: ayuda, solidaridad, pan… Jesús decía: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16)
      El servidor de Dios no puede ser un distraído de la vida, ha de estar en sus caminos, aspirando sus olores y degustando sus sabores, pero aportando también  su olor y su sabor  propios. Como Jesús y Elías. Ambos promovieron vida (I Re 17, 17-24; Lc 7,11-17) y pan (I Re 17, 7-16; Lc 9,12-17) y enjugaron lágrimas. Más aún, Jesús se hizo Vida (Jn 14,6) y se hizo Pan (Lc 22,19): “El pan de la vida” (Jn 6,34).
      “Levántate”. Esta palabra debemos oírla y obedecerla todos, porque todos yacemos en situaciones de muerte o de semivida. ¿O no es semivida la rutina, la tibieza, la incoherencia, la falta de alegría y esperanza que aspiramos y respiramos? “Levántate”, nos dice el Señor. Y, levantado, ayuda a levantar a tantos que esperan una mano bienhechora o desesperan ya de encontrarla.
       El don recibido no es para apropiárnoslo sino para compartirlo, para disfrutarlo con los otros. Eso es la evangelización: compartir el gozo del Evangelio. Y fue lo que hizo Pablo (2ª). No se apropió la revelación de Jesucristo, sino que se dedicó, a tumba abierta, a compartirla con los otros, haciéndose todo para todos (cf. I Co 9,22) “para que Dios sea todo en todos” (I Co 1,28).
       El evangelio es un servicio a la vida y un servicio de vida. Donde se anuncia y se acepta, florece la vida, en formas humildes, pero dinámicas. EVANGELIO Y VIDA son realidades inseparables.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo circulo por la vida? ¿Sembrando vida y esperanza?
.- ¿Con qué pan alimento mi vida?
.- ¿Siento la urgencia de evangelizar?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 26 de mayo de 2016

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR -C-

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR -C-

1ª Génesis 14,18-20

     “En aquellos días, Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Era sacerdote del Dios Altísimo. Y bendijo a Abrahán diciendo: Bendito sea Abrahán de parte del Dios Altísimo, que creó el cielo y la tierra. Y bendito sea el Dios Altísimo, que ha entregado tus enemigos a tus manos.
Y Abrahán le dio el diezmo de todo”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Melquisedec (rey de justicia)  es un personaje misterioso. Identificado como rey de Salém (Jerusalén), aparece en el Sl 110, como figura del Mesías rey y sacerdote. El silencio sobre sus antepasados -“sin padre, ni madre, ni genealogía- sugiere que su sacerdocio es eterno. Bendice a Abrahán, mostrando que era superior a él -“pues es incuestionable que el inferior recibe la bendición del superior”-, y Abrahán le ofrece el diezmo de todo, reconociendo su condición. La carta a los Hebreos  aplicará esta figura al sacerdocio de Cristo (Hb 7). Un sacerdocio no tribal (de Leví) sino anterior y superior. La ofrenda sacerdotal de Melquisedec, evoca la ofrenda sacerdotal que Cristo consagrará en su cuerpo y en su sangre.


2ª Lectura: I  Corintios 11,23-26

     “Hermanos: Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he trasmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.
Lo mismo hizo con la copa después de cenar, diciendo: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.
Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     San Pablo destaca la “autenticidad” de la tradición eucarística. Y desvela el sentido de la misma: la comunión es una proclamación y celebración permanente de la pascua del Señor, hasta que vuelva. Es con este espíritu con el que hemos de acercarnos a participar en ella, desde un profundo discernimiento, “pues quien come y bebe indignamente el cuerpo y la sangre del Señor, come y bebe su propia condena” (I Co  11,29).

Evangelio: Lucas 9,11b-17

   “En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado.
     Él les contestó: Dadles vosotros de comer.
     Ellos replicaron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres).
     Jesús dijo a sus discípulos: Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.
      Lo hicieron así, y todos se echaron.
     Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    San Lucas solo transmite un relato del milagro de la multiplicación de los panes y los peces (a diferencia de Mt y Mc que trasmiten dos). El contexto es significativo: Jesús está a sus cosas: la predicación del Reino y a la actuación de ese Reino. Los Doce están también a lo suyo: a que no surja un problema por falta de alimento para la gente que sigue a Jesús.
Las estrategias son distintas: los Doce quieren desentenderse –“despide a la gente”-; Jesús aborda el problema y lo soluciona. Y así, aquellos hambrientos de oír la palabra de Dios, personificada en Jesús, encuentran en ella y de ella su alimento. Los Doce, con todo, no son desplazados; se convierte en mediadores del milagro. La aplicación catequética es clara: Cristo es el Pan que alimenta el hambre del hombre; los discípulos deben ser quienes hagan llegar ese Pan -Palabra y Eucaristía- a los hombres.

REFLEXIÓN PASTORAL

     Celebramos hoy uno de esos días que, en frase popular, resplandecen más que el Sol. Una fiesta profundamente enraizada en la tradición de nuestro pueblo.  Una buena ocasión para interiorizar y exteriorizar nuestra  fe  y nuestro amor a la Eucaristía. Y  también, para reflexionar sobre ella. No sea que habituados a casi todo, nos insensibilicemos ante esta maravilla, ante este misterio.
¿Qué es la Eucaristía? Es la mayor audacia de Cristo, de su amor al hombre. El colofón de la gran aventura de la encarnación de Dios. “En la víspera solemne... los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Sí, se trata de un exceso.  La Eucaristía no fue un gesto, ni un hecho aislado ni aislable en la vida de Cristo. No fue una improvisación de última hora. Fue algo muy pensado. Ha de situarse en la lógica de la vida de Jesús: una vida para los demás.  Y de maneras diferentes fue sembrando su vida de alusiones: las parábolas del banquete son un ejemplo...   Y así, “en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan...” (I Co 11, 23).
    La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho presencia: Dios está con nosotros; en nuestros pueblos y ciudades siempre hay una casa abierta en la que habita Dios hecho vecino de nuestras penas y alegrías, dispuesto siempre a la confidencia. ¡Cómo cambiarían nuestras vidas si fuésemos conscientes de esa verdad! La calidad de nuestra convivencia subiría muchos enteros  si la contrastáramos con este divino interlocutor.
     La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho entrega. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”. Y éste se tomó a sí mismo, se hizo Eucaristía y dijo: “Esto es mi Cuerpo entregado...; esta es mi Sangre derramada; tomad”.
    La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho comunión: “Comed, bebed...; el que come mi carne tiene vida eterna”.
    Y para eso escogió un elemento sencillo, elemental: el pan y el vino. Realidades que justifican y simbolizan los sudores y afanes del hombre; que unen a las familias para ser compartidos, y que simbolizan el sustento básico...; eso lo escogió para quedarse  con nosotros, indicándonos el sentido de su presencia: alimentar nuestra fe y unirnos como familia de los hijos de Dios.  No es, pues, un lujo para personas piadosas; es el alimento necesario para los que queremos ser discípulos y vacilamos y caemos. Es el verdadero “pan de los pobres”.
    Pero ese amor de Dios nos urge. Cristo hecho presencia nos urge a que le hagamos presente en nuestra vida, y nos urge a estar presentes, con presencia cristiana, junto al prójimo. Cristo hecho pan, nos urge a compartir nuestro pan con los que no lo tienen. Cristo solidario, nos urge a la solidaridad fraterna. Cristo, compañero de nuestros caminos, nos urge a no retirar la mano de todo aquél que, incluso desde su doloroso silencio, por amor de Dios nos pide un minuto de nuestro tiempo para llenar el suyo. Cristo, entregado y derramado por nosotros, nos urge a abandonar las posiciones cómodas y tibias para recrear su estilo radical de amar y hacer el bien....   Por eso la Eucaristía es recordatorio y llamada al amor fraterno. “Día de la caridad”.    Ella es la que hace posible, y al mismo tiempo exige la caridad.
    “El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan” (I Co 10,16-17).
Esto significa la comunión. Y así entendida es un acto serio y comprometido, pero bello y apasionante. De ahí la recomendación de S. Pablo “Que cada uno se examine, porque quien come y bebe indignamente el cuerpo y la sangre del Señor...” (I Co 11,28-29).  No es  una amenaza para que nos alejemos de la Eucaristía, sino una advertencia para que nos acerquemos a ella con dignidad.
      Estas son algunas sugerencias que trae a nuestra vida la celebración del Corpus Christi. Cristo se ha entregado no solo por nosotros, sino a nosotros - se ha puesto en nuestras manos - para hacer de nosotros su propio cuerpo. Agradezcamos, adoremos y acojamos responsablemente su presencia.          

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué resonancias suscita en mí la Eucaristía?
.- ¿Qué “hambres” sacia y qué “hambres” provoca?
.- ¿Qué “entregas” en mi vida provoca la “entrega” de Jesús?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN,OFMCap




jueves, 19 de mayo de 2016

DOMINGO DE LA SMA. TRINIDAD -C-


1ª Lectura: Proverbios 8,22-31

“Esto dice la Sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del Abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar: y las aguas no traspasaban sus mandatos; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres”.
                        ***                  ***                  ***                  ***

Si bien en este texto de Proverbios la personificación de la Sabiduría es puro artificio literario y aparece como un realidad creada, la reflexión fue depurándose hasta llegar a Sab 7,22-8,1 donde es presentada como “emanación pura de la Gloria del Omnipotente”. En todo caso, estas formulaciones del AT, todavía imperfectas, son asumidas por el NT para hablar de Cristo como “Sabiduría de Dios” (Mt 11,19; I Co 1,24.30). Quien, como la Sabiduría, pero con mayor protagonismo y entidad aparece vinculado a la creación. El prólogo del Evangelio de san Juan atribuye a la Palabra rasgos de la sabiduría creadora. Nos hallamos, pues, ante un texto “profético” del Verbo de Dios. Y dos subrayados finales: la familiaridad con Dios -“era su encanto cotidiano”- y con “los hijos de los hombres”.

2ª Lectura: Romanos 5,1-5

“Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

San Pablo recuerda que la obra de la regeneración del cristiano, la justificación por la fe, es obra de Dios Padre, por medio de Jesucristo en el amor del Espíritu Santo. El cristiano es una realidad “habitada” por el amor de Dios. Está constituido sobre la roca sólida de la fe, que le permite mantener la esperanza en las tribulaciones de la vida y del seguimiento de Cristo. Sabe que su vida es “proyecto” de Dios, y que está garantizada por él, por su amor, “derramado en nuestros corazones”.

Evangelio: Juan 16,12-15
                                                               
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará”.

          ***           ***            ***             ***
 
En el momento de la despedida, Jesús promete a sus discípulos, aún inmaduros para comprenderlo todo, la asistencia del Espíritu Santo. Será el Maestro interior, que les llevará al conocimiento de la Verdad plena, es decir, a la plenitud del conocimiento de Jesús. Profundamente vinculado a él, el Espíritu lo glorificará y plenificará su obra. La originalidad del Espíritu no está en la temática, que es la de Jesús, aprendida del Padre, sino en la capacidad para ayudar a profundizarla y a difundirla.

REFLEXIÓN PASTORAL

Celebramos la fiesta del Misterio de la Santísima Trinidad: la verdad íntima de Dios, su misterio. Y la verdad fundamental del cristiano.  Para unos resulta prácticamente insignificante; para otros, teóricamente incomprensible...Y así, unos y otros, por una u otra sinrazón, “pasan” de él. ¿Tanto nos habremos insensibilizado y distanciado de nuestros núcleos originales?  En su nombre somos bautizados; en su nombre se nos perdonan los pecados; en su nombre iniciamos la Eucaristía; en su nombre vivimos y morimos: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Hoy se constata una tendencia a prescindir de Dios. Insensibles, vamos acostumbrándonos o resignándonos a eso que ha dado en llamarse  “el silencio de Dios”, y que otros, más audaces, denominaron  “la muerte de Dios”; sin percatarse de que, en esa atenuación o desaparición del sentido de Dios, el más perjudicado es el hombre, que pierde así su referencia fundamental (Gn 1, 26-27), hundiéndose en el caos de sus propios enigmas.
¿Quién es Dios? Una pregunta desigualmente respondida, pero una pregunta ineludible, inevitable, porque Dios no deja indiferente al hombre; lo lleva muy dentro para desentenderse de Él.
Para nosotros, ¿quién es Dios?  Dios no puede ser afirmado si, de alguna manera, no es experienciado. ¿Qué experiencia tenemos de Dios? ¿Tenemos alguna? ¿O solo lo conocemos de oídas?
Estamos expuestos a un grave riesgo: acostumbrarnos a Dios, un Dios cada vez más deteriorado por nuestras rutinas. Un Dios al que llamamos “nuestro dios”, quizá porque le hemos hecho nosotros, a nuestra medida, y que sirve para justificar nuestras cómodas posturas, sin preguntarnos si ese “dios” es el Dios verdadero.
A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1 ,18). Jesús es quien esclarece el auténtico rostro de Dios, su auténtico nombre. Y no recurrió a un lenguaje difícil, para técnicos, sino accesible a todos: Dios con nombres familiares: Padre, Hijo y Espíritu de Amor. Dios es familia, diálogo, comunión. Jesús no tuvo interés en hacer una revelación teórica de Dios, esencialista, sino concreta. Por eso Dios para nosotros  más que un misterio, aunque no podemos por menos de reconocer un porcentaje de misterio, es un modelo de vida (Mt 5, 48; Lc 6,36).
Porque Dios es Familia, quiere que “todos sean uno,  como Tú y Yo somos uno” (Jn 17,21); porque es  Diálogo, quiere veracidad en nuestras relaciones: “vuestro sí sea sí...” (Mt 5,37); porque es Salvador, quiere que nadie se coloque de espaldas a las urgencias del hermano: “Tuve hambre...” (Mt 25,35); porque “es  Amor” (8I Jn 4,), quiere que nos amemos... A Dios hemos de traducirlo en la vida.
Esto es creer en Dios, vivir a Dios. “Si vivimos, vivimos para Dios” (Rom 14,8)... Ser creyente es una cuestión práctica y de prácticas. Dejar que Dios sea Dios en la vida. Dejar que Dios sea realmente lo Absoluto, el Primero y Principal. Lo Mejor. ¡Solo Dios!,  pero no  solos con Dios, por que Dios no aísla. Quien abre su corazón a Dios de par en par, experimenta inmediatamente que ese corazón se convierte en “casa de acogida”.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué experiencia tengo y testimonio de Dios?
.- ¿Es un “por si acaso” en mi vida?
.- ¿Con qué pasión busco su rostro?


DOMINGO J. MONTERO CAORRIÓN, OFMCap.

martes, 10 de mayo de 2016

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -C-


1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11

    “Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
    Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asía, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”.

                        ***                  ***                  ***                  ***
    Antes de entrar en el comentario del texto, será bueno hacer unas aclaraciones sobre algunos términos del mismo.
    Pentecostés era la designación tardía (ya aparece en Tob 2,1) de la Fiesta de las Semanas (Lv 23,15-22), que se celebraba 50 días después de la Pascua y cuya duración era de un solo día.  Era una fiesta de acción de gracias que marcaba el fin de la siega. Una de las tres grandes fiestas del calendario judío en las que estaba prescrita la visita al Templo. De ahí la presencia en Jerusalén de judíos de diversas procedencias geográficas y culturales. Este dato nos ofrece un mapa de la diáspora judía.
    Con la expresión “prosélitos” se refiere a aquellos que no siendo de origen judío, abrazaron el judaísmo, aceptando la circuncisión. Hubo otros, denominados “temerosos de Dios” (Hch 10,2), que no aceptaban la circuncisión, aunque eran afectos al judaísmo.
    El efecto de hablar en lenguas extranjeras es conocido como glosolalia. Con él se significa un lenguaje extático, que brota de un alma poseída por el Espíritu e impresiona por su intensidad y expresividad.
     Con la venida del Espíritu se cumple la gran promesa de Jesús (Lc 24,49; Jn 16,5-15)  y queda garantizada su presencia en la comunidad. Respecto del momento del don del Espíritu hay testimonios que lo vinculan a las apariciones de Jesús a sus discípulos (Jn 20, 22). El relato de Hechos “oficializa”, “escenifica” y “solemniza” ese momento, desvelando su significado público.  Merece destacarse la universalidad del lenguaje: la Iglesia debe hablar todas las lenguas, conocer todos los “lenguajes” para anunciar las maravillas de Dios,  el evangelio de Jesús. La Iglesia es la anti-Babel.

2ª Lectura: 1 Corintios 12,3b-7. 12-13

    “Hermanos: Nadie puede decir “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    El Espíritu es la posibilidad de la fe en Cristo; quien nos permite reconocerlo y confesarlo. Es también la posibilidad de la comunión en la diversidad, el cohesionador de los carismas eclesiales; la fuente en la que el creyente bebe del agua de la vida que es Cristo.

Evangelio: Juan 20,19-23

                                                    
    “Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
    Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
   Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
    Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.

                   ***                  ***                  ***                  

    Mientras el libro de los Hechos vincula el don del Espíritu  a Pentecostés, el Evangelio de san Juan habla del “anochecer del día primero de la semana”. Jesús confía a los discípulos la misión del perdón vinculada al Espíritu Santo. Descubre así el rostro del Espíritu, como Espíritu del perdón, porque el perdón es de Dios (cfr. Sal 130,4). Y ese perdón es el fundamento de la Paz. Los discípulos son enviados como prolongación de la misión de Jesús: “El Espíritu del Señor sobre mí,  me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la libertad a los cautivos…, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Pentecostés no  marca solo la “hora” de la misión de la Iglesia, sino también los estilos y los contenidos. La Iglesia tiene como misión primordial actuar la misericordia y el perdón de Dios.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Esta fiesta cierra la gran trilogía pascual. Jesús, que había resucitado al tercer día, como lo había predicho; que había subido al cielo, como lo había anunciado; envía su Espíritu, como lo había prometido: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros  el Consolador; pero si me voy os lo enviaré (Jn 16,7)... Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,12-13)... Y después de la resurrección advirtió a los Apóstoles: “Mirad yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre (Lc 24, 49)…; recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Con esta aparición de la fuerza de Dios, que es su Espíritu, se pone en marcha el tiempo de la Iglesia, tiempo fundamentalmente dedicado a la predicación del evangelio de Jesús de Nazaret.
    No es fácil hablar del Espíritu Santo. Es un tema fluido que rehúye el encasillamiento en nuestros esquemas mentales ordinarios. Sin embargo, eso mismo es un indicio de que nos acercamos a un tema divino. Hablar de Dios siempre supera nuestra capacidad de comprensión y de expresión. La inexactitud, la imprecisión, resultan inevitables. Es casi un buen síntoma. Si a esto se añade la  falta de práctica, es decir, el relativo silencio creado en torno al Espíritu Santo, la dificultad se acentúa.
    “¿Habéis recibido el Espíritu Santo?”, preguntó Pablo a los cristianos de Éfeso.  “No hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo”, respondieron (Hch 19, 1-2). Posiblemente, nosotros habríamos dado alguna respuesta: es Dios, la Tercera persona de la Santísima Trinidad…Y quizá ahí se acabaría nuestra “ciencia del Espíritu”. Y sin embargo es la gran novedad aportada por Cristo; es su don, su herencia, su legado.
     Un don necesario  para pertenecer a Cristo (Rom 8,9), para sentirle y tener sus criterios de vida, y acceder a la lectura de los designios de Dios.  Un don para todos (universal) y en favor de todos. De ahí que todo planteamiento “sectario” en nombre del Espíritu sea un pecado contra el mismo. Los monopolizadores del Espíritu no son sino sus manipuladores.
     Es el Maestro de la Verdad; es él quien nos introduce en el conocimiento del misterio de Cristo -“Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino por influencia del Espíritu” (1 Cor 12,3)- , y del misterio de Dios -“Nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2,11)) -.
    Es el  Maestro de la oración. El Espíritu Santo es la posibilidad de nuestra oración -“viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros” (Rom 8,26)-  y el contenido de la oración (Lc 11,8-13).
    Es el Maestro de la  comprensión de la Palabra. Inspirador de la Palabra, lo es también de su comprensión, pues “la Escritura se ha de leer con el mismo Espíritu con que fue escrita”. Él da vida a la Palabra; hace que no se quede en letra muerta. Él facilita su encarnación y su alumbramiento. “Él os llevará a la verdad plena” (Jn 16,13)
    Es el Maestro del testimonio cristiano. Sin la fuerza del Espíritu, el hombre no solo carece de fuerza para dar testimonio del Señor, sino que su testimonio es carente de fuerza.
     Es una realidad envolvente. Cubrió totalmente la vida de Jesús - “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4,18) -; la vida de María  -“La fuerza del Altísimo descenderá sobre ti” (Lc 1,35)-, y debe cubrir la vida de todo cristiano comunitaria e individualmente.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué conocimiento y experiencia tengo del Espíritu Santo y de su magisterio?
.-  ¿Fructifican en mí los “frutos del Espíritu (Ga 5,22-23?
.- ¿Cómo concreto mi responsabilidad apostólica?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap