miércoles, 13 de diciembre de 2017

DOMINGO III DE ADVIENTO -B-


 1ª Lectura: Isaías 61,1-2a. 10-11

    El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vengar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros, la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor…
    Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos.

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    Dos voces resuenan en este texto: La voz del profeta, ungido por el Espíritu para anunciar la buena noticia del año de gracia del Señor a los infortunados. Quién sea este personaje permanece en la incógnita. Su mensaje es afín al de Is 35. Y hallará eco y plenitud en Jesucristo (Lc 4,18-19). Y la voz de la ciudad que, agradecida y gozosa, celebra la obra de Dios en su favor. Esta imagen de la ciudad como “novia” tendrá resonancias eclesiales en el NT, especialmente en el libro del Apocalipsis (Ap 19,7; 21,2.9).
  
2ª Lectura: 1 Tesalonicenses 5,16-24

    Hermanos:
    Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda ocasión tened la Acción de Gracias: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con los bueno. Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

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    Nos hallamos en las exhortaciones finales de la carta. Pablo recuerda y recomienda una serie de elementos que el cristiano ha de tener presente en su vida: alegría, oración perseverante, asiduidad eucarística y discernimiento positivo. Una existencia así no quedará frustrada, porque Dios no falta a su palabra. Así hay que esperar el adviento del Señor.


Evangelio: Juan 1,6-8. 19-28
                                         
                                              

    Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
     Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: ¿Tú quién eres?
     El confesó sin reservas: Yo no soy el Mesías.
     Le preguntaron: Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías?
     El dijo: No lo soy.
     ¿Eres tú el Profeta?
     Respondió: No
     Y le dijeron: ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?
      El contestó: Yo soy “la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor (como dijo el profeta Isaías).
      Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?
     Juan les respondió: Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.
      Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan Bautizando.

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    El texto seleccionado está construido con unos versículos tomados del Prólogo del IV Evangelio (el testimonio sobre Juan Bautista), y con otros tomados de la respuesta a la legación enviada por los judíos de Jerusalén (testimonio de Juan Bautista). Entre ambos hay una convergencia fundamental: Juan es un enviado de Dios, un testigo veraz de la Luz, Jesucristo. Juan desactiva expectativas equivocadas e invita a un discernimiento, pues a quién el anuncia está ya “en medio de vosotros”.

REFLEXIÓN PASTORAL
   
    Dos palabras sintetizan el mensaje de este domingo: discernimiento y reconocimiento. Ambas sugerencias vienen de Juan el Bautista. Había despertado expectativas y admiración por doquier, pero  no se aprovecha de ese estado de opinión. No confunde ni se confunde.  Conocía su misión, y no permitió que la  popularidad le nublara la vista. “Yo no soy”, solo uno es, Dios.
    “Él, como dice san Agustín, era la voz; Cristo era la Palabra”. Por eso, “Él tiene que crecer, y  yo tengo que menguar” (Jn 3,30). Es el primer nivel del discernimiento: el autodiscernimiento. Pero, comenzando por ahí, hay que ir más allá, a examinar nuestro entorno. El cristiano debe ser una persona capaz de realizar ese análisis lúcido de la realidad, hoy particularmente urgente y necesario.
    La segunda  sugerencia del Bautista también merece ser reseñada: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”, dice, refiriéndose a Jesucristo. Una advertencia de actualidad para nosotros. ¿Sabemos reconocer hoy la presencia de Cristo? Porque Él está entre nosotros y con nosotros hasta el fin del mundo. El problema es cómo está entre nosotros y con qué tipo de presencia.
    Su presencia es real, pero sacramental; encarnada en realidades que no son de percepción inmediata, sino que requieren la luz de la fe para descubrirla.
    Cristo está en sus “palabras de vida”; en su “cuerpo y sangre” eucarísticos..., y está en el hombre, particularmente en el necesitado. Aceptamos sin mayor dificultad, o al menos sin tanta dificultad, las presencias “religiosas” del Señor, y las veneramos, pero manifestamos resistencias y falta de sensibilidad para reconocerle en las presencias “conflictivas”.
      La exposición del Santísimo y su adoración no deberíamos reducirla exclusivamente a la Eucaristía, pues el mismo que dijo “Tomad, comed, esto es mi cuerpo... (Mt 26, 26)”, dijo: “Tuve hambre, estuve desnudo... Y cada vez que lo  hicisteis…, o no lo hicisteis con uno de esto, lo hicisteis o no lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 31-45). Jesús también está expuesto, ¡y a cuántos riesgos!, en el hermano, particularmente en el necesitado.
     Próximos ya a la Navidad, intensifiquemos nuestra oración (“Sed constantes en orar” (2ª lectura), para que el Señor nos abra los ojos para  descubrir su presencia entre nosotros; para no confundirle ni confundirnos; para que no se repita entre nosotros el dicho evangélico: “Vino a su casa, y  los suyos no le recibieron” (Jn 1, 11) sino que más bien podamos asumir el mensaje de la primera lectura: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí... Y me ha enviado a  curar los corazones desgarrados”, y  cantar con la alegría de María (salmo responsorial), por sabernos y sentirnos implicados en la obra liberadora del Dios, que enaltece a los humildes y a los hambrientos colma de bienes.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy evangelista, portador de la buena noticia?
.- ¿Sé reconocer la presencia de Jesús en la vida?
.- ¿Mi lectura de la vida está inspirada en la bondad?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.






jueves, 7 de diciembre de 2017

DOMINGO II DE ADVIENTO -B-


1ª Lectura: Isaías 40,1-5. 9-11

    Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.
    Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y las colinas se abajen, que lo torcido se enderece que lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos -ha hablado la boca del Señor-.
    Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión, alza con fuerza la voz, heraldo de Jerusalén, álzala, no temas, dí a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios.
    Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza, su brazo domina. Mirad: le acompaña el salario, la recompensa le precede. Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres.

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     Nos hallamos en el inicio de la segunda parte del libro de Isaías. Con ella se quiere 1) levantar el ánimo de un pueblo traumatizado por la experiencia del destierro y la desaparición de sus instituciones identitarias (templo y rey), 2) garantizar que Dios no se ha olvidado de sus promesas, y 3) estimular al pueblo a involucrarse en un proceso de renovación espiritual. La prueba del exilio debe ayudar a leer la historia desde claves más profundas. Dios sigue al frente de su pueblo: cual nuevo Moisés lo conduce en el retorno a la nueva tierra, a través de un desierto transformado, pero no como líder guerrero, sino como pastor solícito.

2ª Lectura: 2 Pedro 3,8-14

    Queridos hermanos:
    No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos.  Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todo este mundo se va desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida! Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos consumidos por el fuego y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables.

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    A una comunidad inquieta por el tema de la venida gloriosa del Señor se le exhorta a no dejarse confundir. Dios cumplirá su palabra, pero a su tiempo. Y los tiempos de Dios están marcados por su voluntad salvadora. Esa venida será renovadora, transformadora y dará lugar a un mundo nuevo, a cuya aparición el cristiano está invitado a colaborar con una vida santa y piadosa. La esperanza del día del Señor no debe provocar temor ni inhibición en los creyentes, porque en la preparación de esa venida nos ha implicado el mismo Señor. Esa esperanza debe involucrarnos en su realización.

Evangelio: Marcos 1,1-8

    Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el Profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.
    Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
         Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo.


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      La grande, nueva y buena noticia es Jesucristo. Es lo que se propone contar san Marcos. Su Evangelio se abre con una profesión de fe en Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios.
     Y como figura precursora, legitimada desde el AT,  introduce a Juan el Bautista. Un hombre esencial: en sus vestidos y en su mensaje, porque para anunciar al Esencial, a Jesús, sobran los adornos. Un hombre singular, pero distinto de Jesús en su ser y su hacer. Su mensaje es una invitación a la conversión y al reconocimiento del que viene detrás de él, que es más fuerte que él y es quien ofrece el verdadero Bautismo, el del Espíritu Santo.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Continuamos profundizando en la esperanza. Las lecturas bíblicas nos descubren una dimensión particular de la esperanza: esperar es un quehacer.
     El profeta Isaías (1ª lectura), invitaba a los judíos desterrados en Babilonia, y nos invita a nosotros, a dar profundidad a la mirada para descubrir, en medio de los avatares de la historia, la presencia misteriosa pero cierta del Señor; a rastrear sus signos. Y a hacerlo cordialmente. De la esperanza hay que hablar al corazón y con el corazón.
     Renunciar al catastrofismo social y eclesial es una opción positiva y profética. Frente a los que solo perciben la oscuridad que envuelve la luz, hay quienes perciben la luz que brilla en la oscuridad. Esperar, como amar, es llevar cuentas del bien, no del mal (cf. 1 Cor 13,5).
     La segunda lectura contiene dos advertencias luminosas. No caer en la tentación de ponerle fechas a Dios, porque su calendario no tiene los ritmos y plazos de  los nuestros. “La paciencia del hombre tiene un límite”; la de Dios es ilimitada: hasta que nos dejemos perdonar; mientras tanto Él insiste a tiempo y a destiempo.
     Y que, mientras esperamos y apresuramos la llegada de Día del Señor, nos acreditemos con una vida santa. Porque esperar es trabajar por lo que esperamos. ¿Y qué esperamos? “Unos cielos nuevos y una tierra nueva en los  que habite la justicia”. ¿Esperamos eso? ¿Trabajamos por eso? ¿Ese es el reino que pedimos venga a nosotros? ¿Tenemos de verdad hambre y sed de esa justicia?
    “Preparadle el camino al Señor”, exhorta el Bautista. ¿Cómo? Acondicionando primero el propio camino: valles de desesperanza y vacío que hay que rellenar de esperanza y sentido; montes de presunción y autosuficiencia que hay que abajar; terrenos sinuosos, de ambigüedades y contradicciones, que hay que rectificar...
     El camino del alejamiento, de la huida, es siempre fácil y rápido; el del retorno, el de la conversión, exige tiempo, esfuerzo... Y a esto es a lo que nos invita el Bautista, a hacer habitables y transitables los desiertos de nuestra vida personal y comunitaria, abriendo oasis de autenticidad y conversión.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Con qué criterios valoro la realidad?
.- ¿Hasta dónde me implico en la preparación del camino del Señor?
.- ¿Sé entrever y aportar la Luz en los momentos de oscuridad?

 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



viernes, 1 de diciembre de 2017

DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

1ª Lectura: Isaías 63,16b-17.; 64,1.3b-8

    Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es “nuestro redentor”. Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia.  Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas y seremos salvos. Todos éramos impuros; nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, tú eres nuestro padre; nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. No te excedas en la ira, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo.

                   ***             ***             ***             ***

    Nos hallamos en la tercera parte del libro de Isaías (56-66). En la existencia anodina de la comunidad posexílica anida el desaliento. Con el aparente eclipse de Dios se hace incómoda la vida, se acrecienta el sentimiento de la culpa y se experimenta la fragilidad creatural. Desde ahí surge esta oración con sentimientos encontrados: por un lado, la conciencia del propio pecado y, por otro, la confianza en que más allá del pecado está el rostro paternal de Dios, capaz de redimir al pueblo de esa situación. La nostalgia de Dios y la certeza de que no fallará a la cita son el alimento de la esperanza del pueblo.


2ª Lectura: 1 Corintios 1,3-9

    Hermanos:
    La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi Acción de Gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.  Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el tribunal de Jesucristo Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. ¡Y El es fiel!

                   ***             ***             ***             ***

    Pablo quiere estimular a una comunidad con problemas de identidad y de autoestima. Ser cristiano no es una pena, es una gracia, una riqueza. Y esa gracia y esa riqueza es Jesucristo, cuya vida estamos llamados a compartir. Él debe ser el norte de la existencia y el que guíe la esperanza del creyente. Asentados en la fidelidad de Dios, hay que interpretar la vida para que en la evaluación final no tengan de qué acusarnos en el tribunal de Jesucristo Señor nuestro. Pablo subraya la paternidad de Dios, que nos ha sido concedida al participar en la vida de su Hijo, Jesucristo.

Evangelio: Marcos 13,33-37

                                                                

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados una tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!

                   ***             ***           ***       
    De varias formas Jesús insistió a sus discípulos sobre la necesidad de vivir despejados, preparados, en vela. El cristiano no debe vivir adormilado ni sobresaltado. La vigilancia a la que invita Jesús está asentada en la esperanza de que el Señor vendrá, advirtiendo del peligro de entregarse a actitudes irresponsables ante la vida. La vigilancia no es solo estar a la espera, mirando al cielo, sino esperar dinámicamente, mirando a la vida y transformándola con la vitalidad del Evangelio, gestionando los talentos recibidos. 

REFLEXIÓN PASTORAL

A lo largo de las diversas estaciones -tiempos litúrgicos- de Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y Tiempo Ordinario, la Iglesia quiere que los cristianos vivamos e interioricemos el misterio de la salvación, celebrando y meditando sus contenidos y momentos más importantes. No es un volver a empezar, en una especie de “eterno retorno”, sino un continuar hacia adelante en la profundización de la fe y de la vida.
Cada tiempo tiene su “color” y su característica; al  Adviento, le caracteriza el color morado, y la tarea de sensibilizarnos para vivir orientados a Cristo, principio y meta de nuestra esperanza.
Esta es la palabra que recorre y dimensiona las semanas del Adviento: “esperanza”. Es, también, una de las palabras más frecuentes en nuestro lenguaje. La asociamos a la vida; es signo de vida -“Mientras hay vida hay esperanza”-, y causa de vida, porque “mientras hay esperanza hay vida”.
La esperanza es “lo último que se pierde”. Por eso exhortaba el apóstol san Pablo: “No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no  os aflijáis como los que no tienen esperanza” (1 Tes 4,13), y la primera carta de Pedro advertía a estar “dispuestos siempre  para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15).
Se trata de vivir con esperanza y dando esperanza. Pero eso no es fácil. Porque en toda espera se está expuesto a confundir, a tergiversar los datos, bien por la impaciencia de conseguir lo esperado o por la desesperación de no conseguirlo, por eso se requiere la lucidez que Jesús recomienda en el Evangelio.
Aún el creyente sincero, experimenta el silencio de Dios y la sensación de vacío y abandono (1ª lectura). “Despierta tu poder y ven a salvarnos”, rezamos en el salmo responsorial.
La esperanza cristiana no surge de una mera expectativa humana, sino de una promesa. Su fuente original es Dios. Y “fiel es Dios, el cual os llamó  a la comunión con su hijo Jesucristo, nuestro Señor” (2ª lectura).
Desde ahí, esperar es:
·              saber que “Tú, Señor, eres nuestro Padre, tu nombre desde siempre es `nuestro Libertador´” (Is 63,16);
·                          sabernos “nosotros la arcilla  y tú el alfarero…” (Is 64,7);
·                          aceptar que Dios tiene la palabra y reconocérsela;
·                          confiar en Dios y abrirle, de par en par, la puerta de la vida;
·                          dejar que El pilote nuestra existencia, aún cuando caminemos por cañadas oscuras (Sal 23,4), porque El es nuestro pastor (Sal 23,1);
·                          mantener alertas las antenas del espíritu, para percibir la presencia del Señor; para desenmascarar las falsas esperanzas.
Esa es la esperanza que nos hace libres y hasta audaces. Si esperamos así, no absolutizaremos lo transitorio; podremos darnos sin esperar recompensas humanas; asumiremos con paz y serenidad las limitaciones, propias y ajenas, el dolor y la misma muerte; trabajaremos generosamente por un mundo mejor y hasta descubriremos el encanto de la dura realidad.

Adviento es el tiempo del hombre, concebido más como proyecto que como producto; y el tiempo de la Iglesia, que celebra todo, mientras espera “la gloriosa venida” del Señor. Es, pues, nuestro tiempo. ¡Vivámoslo! ¡Que el Señor nos conceda la gracia de saber esperar así, y de sembrar esa esperanza entre los hombres!

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo gestiono la esperanza?
.- ¿Mi vida la anima la nostalgia o la esperanza?
.- ¿Soy consciente y valoro la riqueza de ser cristiano?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXIV -A-: CRISTO REY DEL UNIVERSO

1ª Lectura: Ezequiel 34,11-12.15-17

    Así dice el Señor Dios: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro. Como un pastor sigue el rastro de su rebaño cuando se encuentra las ovejas dispersas, así seguiré yo el rastro de mis ovejas; y las libraré sacándolas de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear -oráculo del Señor Dios-. Buscaré las ovejas perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente. En cuanto a vosotras, ovejas mías, así dice el Señor Dios: He aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.

                                       ***             ***             ***

    La imagen del rey-pastor es muy común en el patrimonio literario de Oriente, en general, y del lenguaje profético en particular, especialmente en Jeremías.  El texto seleccionado forma parte de la profecía de Ezequiel contra los pastores (dirigentes) de Israel. Frente al desastre pastoral reinante, Dios revela su plan y su rostro pastoral: un plan de recuperación, gestionado por él mismo, con solicitud y ternura entrañables. En este texto se encuentran los gérmenes de las imágenes evangélicas del buen pastor (Jn 10,11-18), de la parábola de la oveja perdida (Mt 18,12-14 y par) y del juicio final (Mt 25,32-34).


2ª Lectura: 1 Corintios 15,20-26a.28

    Hermanos:
    Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia; después, cuando él vuelva, todos los cristianos; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar, hasta que Dios “haga de sus enemigos estrado de sus pies”. El último enemigo aniquilado será la muerte. Al final, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.


                                           ***             ***             ***

    El reino de Cristo es un reino de libertad y de vida. Es un reino en proceso de realización. Cristo ya ha hecho el camino y nos ha marcado la ruta. El Reino fue el gran tema de Jesús. Un reino no reductible a una realidad político-social, ni tampoco a un idealismo quimérico; va más allá de la utopía social y de la tentación de identificarlo con una experiencia puramente interior. No tiene fronteras terrenas (Mt 8,11), pero sí ético-religiosas (Mt 7,21; 25,31). Es una realidad espiritual, pero tiene sus signos de credibilidad y comprobación (Lc 4,18). No es extraño a la historia, pero no se identifica, sin más, con ella; no es ajeno a la Iglesia, pero es más que la Iglesia (cf. LG nº 6). Es una realidad profética.  No es un resultante de los esfuerzos humanos  -la semilla crece por sí sola (Mc 4,26ss)-, pero no deja al hombre indiferente ante la urgencia de entrar en él (Mt 7,21) y de difundirlo (Lc 9,1-2). No hace ruido, pero transforma la existencia (Lc 17,20). Es futuro -recapitulación de todas las cosas en Cristo (cf. 1 Cor 15,24-28)-, pero no está desprovisto de un anclaje histórico en cada presente del hombre.  Por una parte designa la gloria y la soberanía de Dios y, por otra, la salvación y la felicidad del hombre. Porque Dios no puede reinar a costa del hombre y de su felicidad, pues “la gloria de Dios es que el hombre viva” (S. Ireneo).


Evangelio: Mateo 25,31-46

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles con él se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. El separará a unos de otros, como un  pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
    Entonces dirá el rey a los de su derecha: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.
    Entonces los justos le contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?
    Y el rey les dirá: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.
    Y entonces dirá a los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no medisteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.
    Entonces también estos contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero, o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos?
    Y él replicará: Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.
    Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.

                   ***             ***             ***             ***

    Jesús revela su nuevo rostro. Hasta ahí ha llegado él y hasta ahí quiere llevarnos a nosotros, sus discípulos. Con estas palabras abre una nueva “vía contemplativa” basada en la mística de la encarnación. El proyecto de Dios -“hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gén 1,26)- se convierte en “examen” final de los hombres. Si originalmente el mensaje va dirigido a los discípulos y parece contemplar la “caridad” para con los menos favorecidos de la comunidad, una lectura ulterior, y profundizando en su espíritu, lo abre a todos los hombres, sin fronteras culturales, sociales o religiosas, porque el Dios de Jesús es el Dios del hombre, de todo hombre.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Dando culmen al año litúrgico, la Iglesia celebra la fiesta de Cristo rey. Instituida en el año 1925 por el Papa Pío XI, en contextos muy distintos a los nuestros, a algunos esto puede sonarles a imperialismo triunfalista o a temporalismo trasnochado. Es el riesgo del lenguaje; por eso hay que ir más allá, superando las resonancias espontáneas e inmediatas de ciertas expresiones, para captar la originalidad de cada caso.
     La afirmación de la realeza de Cristo se encuentra abundantemente testimoniada en el NT.: Él es el rey (Col 1,15; Col 1,16). Pero, junto a estas afirmaciones, existen otras, también de Cristo Rey: “Vosotros me llamáis el Señor, y tenéis razón, porque lo soy; pues yo, el Señor, os he lavado los pies” (Jn 13,13; Mt 20,28). Y, desde entonces, servir es reinar y reinar es servir.
     Los textos litúrgicos ayudan a esclarecer el sentido de la fiesta que celebramos. El profeta Ezequiel presenta la primera peculiaridad del reinado: no se trata de dominar, sino de salvar (Ez 34,12.16). No se trata de vencer, sino de servir; su capacidad persuasiva no reside en las fuerza de las armas, sino en la originalidad de su amor, siempre nuevo, que se hace peregrino y buscador.
     San Pablo presenta otra característica: es un reino de libres y para la libertad. Una libertad que tiene como fundamento la verdad (Jn 8,32). Un reino de vida, de cuyo horizonte han sido borrados el poder de la muerte y el miedo a la misma (1 Cor 15,55; 1 Jn 3,14).
     El Evangelio destaca una tercera característica: un reino solidario. Jesús ha ligado e identificado su suerte con aquellos que parecen más abandonados de ella: los pobres, los presos, los enfermos..., haciendo del hombre, y particularmente del pobre, un sacramento vivo del Dios vivo.
     Estas son las dimensiones del reinado de Cristo, que nosotros hemos de  trabajar por instaurar en nuestro corazón, primero, y luego en la sociedad. Actuando así tendrá sentido y será honesto pedir: “Venga tu reino” (Mt 6,10).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué resonancias provoca en mí la expresión “Reino de Dios”?
.- ¿Me siento ciudadano de ese Reino?
.- ¿Cómo lo acredito en mi vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


jueves, 16 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXIII -A-

1ª Lectura: Proverbios 31,10-13. 19.20.30-31

    Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso, y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.

                                             ***             ***             ***

    El texto seleccionado forma parte del último capítulo del libro de los Proverbios, dedicado a dibujar y exaltar el perfil de la mujer de valía. En realidad se trata de un canto a la mujer “gestora” del ámbito familiar. Trabajadora, organizadora, provisora…y benefactora y socialmente sensible a las necesidades de los pobres. No es este el único perfil femenino en el AT. También la hermosura y el protagonismo político (aquí silenciado) es destacada en otros escritos (Cantar de los cantares) y modelos (Judit, Ester, Susana, Betsabé, Raquel…). De todas formas, se trata de reivindicar el protagonismo social de la mujer, aunque con las limitaciones propias de aquella cultura.

2ª Lectura: 1 Tesalonicenses 5,1-6

    En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: “Paz y seguridad”, entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores del parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.

                                         ***             ***             ***

    Pablo invita a los cristianos de Tesalónica a vivir sensibilizados, pero no obsesionados ni confundidos con el tema del final de la existencia. Esta realidad creada está llamada a ser asumida en la eternidad del amor de Dios, que no será destructivo, sino constructivo. Dios no destruye, recrea. El creyente cristiano ha de vivir con esta fe y esta esperanza, dando sentido a su vida (cf. Ef 1,10; 1 Cor 15,24.28). Ha de vivir despierto.

Evangelio: Mateo 25,14-30
                                                    

     En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. 
     Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido los cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.
    Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.
    Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui  a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siembro donde no siego y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

                                       ***             ***             ***            

   La parábola aparece en la sección escatológica del evangelio de Mateo, formando parte de las cinco parábolas de la “parusía” (el ladrón nocturno: 24,43; el mayordomo: 24,45-51; las diez vírgenes: 25,1-13; los talentos: 25,14-30 y el juicio final: 25, 31-46). ¿Era este su lugar original? El acento recae en el tercer servidor, y con ella se denuncia la actitud irresponsable ante los dones recibidos de Dios. Jesús denuncia el bloqueo salvífico que se estaba produciendo en el judaísmo, y advierte de la necesidad de servir positivamente a la voluntad salvadora de Dios. La institución oficial del judaísmo ha enterrado el don recibido; no lo ha activado. Y esa denuncia/advertencia sigue teniendo validez hoy para la Iglesia y para cada uno de los cristianos. Ser “conservador” no equivale a ser “fiel”, porque la fidelidad es creativa.


REFLEXIÓN PASTORAL

    A medida que nos acercamos al final del año litúrgico, a través de las lecturas y oraciones se nos quiere concienciar sobre la responsabilidad ante los talentos recibidos de Dios, y alertarnos para vivir correctamente una dimensión tan fundamentalmente humana como es el tiempo.
    El pasado domingo se nos invitaba a la vigilancia ante la venida del Señor. Hoy, san Pablo insiste en el mismo tema: hay que sacudirse la somnolencia que parece caracterizar la vida de no pocos cristianos. Hay que estar vigilantes.
     Pero, ¿cómo? ¿Boquiabiertos, mirando al cielo? Esa actitud fue descalificada por los ángeles el día de la ascensión (Hch 1,11). ¿Refugiados en rezos interminables? Esta la descalificó el mismo Jesús (Mt 7,21) ¿Inmersos en el compromiso mundano, hasta el punto de desoír la voz de la trascendencia?  "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo...?" (Mt 16,26; 6,34)…
     ¿Cómo vivir, entonces, nuestra espera del Señor? ¡Creando! La vocación del hombre es enriquecer con su actuación la obra de Dios.
     Dios ha constituido al hombre señor de la creación; un señorío no despótico, sino de promoción. Pero Dios no se ha retirado definitivamente. Respeta la obra del hombre, llegará la hora del balance. Entonces cada uno, tendrá que responder de su gestión. Sin posibilidad de fraudes ni camuflajes. Con claridad y sencillez el evangelio de hoy nos ilustra esta verdad: Toda inhibición es culpable, mucho más para un creyente -"Sabías que cosecho donde no sembré..."(Mt 25,26)-.
     A un nivel más doméstico, de ama de casa, la primera lectura incide sobre lo mismo. Salvadas las distancias culturales (sería ridículo acusar de antifeminista al texto) se pone de relieve que la creatividad, la laboriosidad y la preocupación por los necesitados son los ingredientes fundamentales que, unidos al temor de Dios, dignifican una vida y salvan una familia, y no otros adhesivos postizos -dinero, poder, belleza...- con que se camuflan muchas personas.
         Tu poder multiplica la eficacia del hombre
            y crece cada día, entre sus manos, la obra de tus manos.
         “Nos señalaste un trozo de la viña, y nos dijiste: Venid y trabajad...
         Nos mostraste una mesa vacía, y nos dijiste: Llenadla de pan...
         Nos presentaste un campo de batalla, y nos dijiste: Construid la paz...
         Nos sacaste al desierto con el alba, y nos dijiste: Levantad la ciudad...
         Pusiste una herramienta en nuestras manos, y nos dijiste: es tiempo de crear...”.
    He aquí un programa para vivir nuestra espera, y unas tareas lo suficientemente importantes y urgentes como para dar sentido a nuestro tiempo: Trabajo, pan, paz y convivencia, comenzando por la propia casa, por la propia vida.
    Y una advertencia: Ser “conservador” no equivale a ser fiel; porque la fidelidad es creativa. Conservar la fe, la vocación… no basta; hay que activarlas.

REFLEXIÓN PERSONAL

¿Cómo gestiono los talentos recibidos?
¿Mi esperanza  es  creativa?
¿Dinamiza la fe mi vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Domingo XXXII –A-

1ª Lectura: Sabiduría 6,13-17


    Radiante e inmarcesible es la sabiduría; fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada. Pensar en ella es prudencia consumada, y quien vela por ella, pronto se verá sin afanes. Ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella; en los caminos se les muestra benévola y les sale al encuentro en todos us pensamientos.

                            ***             ***        ***

    El texto seleccionado forma parte de la segunda sección del libro de la Sabiduría, donde se aborda su origen, naturaleza y medios para adquirirla. Su personificación remite a una elevada concepción de la misma: ella misma busca al hombre y se ofrece a él… Estos textos son ya un avance de la verdadera y definitiva Sabiduría de Dios manifestada en Jesucristo (1 Cor 1,24).        

2ª Lectura: 1ª Tesalonicenses 4,12-17

    Hermanos:
    No queremos que ignoréis la suerta de los difuntos, para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pue si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él. Esto es lo que os decimos como Palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para su venida, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues mutuamente con estas palabras.

                            ***             ***             ***

   La comunión con Cristo no termina en esta vida; es una comunión de por vida, para siempre. Es la afirmación fundamental. Pablo, cuando escribe esta carta, consideraba casi inminente la venida del Señor, por eso admite la posibilidad de que le encuentre aún con vida en este mundo. Posteriormente modulará su pensamiento al respecto. En todo caso, queda firme la doctrina: los que hemos creido y seguido con fidelidad a Cristo en esta vida, “estaremos siempre con el Señor”.


Evangelio: Mateo 25,1-13

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
    A media noche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!”     
    Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
    Mientras iban a comprarlo llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco”.
     Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

                            ***             ***             ***

      Esta parábola aparece sólo en san Mateo, pero encuentra paralelos de fondo en Lc 12,35-38 y Mt 24,45-51. Es una parábola del Reino, comparado no con las diez vírgenes sino con una boda. Idea, por otra parte, muy común. San Mateo la interpretó como referida a la parusía (v 13), convirtiéndola en una llamada a la vigilancia, y la alegorizó: el esposo es Cristo; las jóvenes representan a los cristianos; la escena última, el juicio; el retraso del novio, la indeterminación del tiempo final; la exclusión de las necias, el castigo… El sentido original de la parábola sería la afirmación de la llegada inesperada, pero cierta, del novio al banquete de bodas, y no tanto una exhortación a la vigilancia (esto pertenecería a la labor redacional del evangelista, lo que no falsea el sentido, pero conviene advertirlo).

REFLEXIÓN PASTORAL             
      La palabra de Dios nos sitúa hoy ante un gran tema: saber discernir, saber interpretar, saber vivir la vida, en sus dos polos fundamentales: la vida y la muerte.
    De ambas realidades existen lecturas, interpretaciones diferentes y hasta contradictorias, lo que demuestra que son discutibles, aunque inevitables.
         Saber morir.  “El que no sabe morir mientras vive es vano y loco...”, escribió José Mª Pemán en un poema denso de humanidad y fe.  “Loado seas, mi Señor, por la hermana muerte corporal, de la que ningún mortal puede escapar”, cantaba san Francisco de Asís. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”, afirmó Jesús.
         En nuestra sociedad se pretende disimular y hasta deshumanizar la muerte. Es una paradoja que nunca una sociedad produjera tanta muerte y, al mismo tiempo, pretenda ignorarla, camuflarla y hasta narcotizarla. Pero las realidades no desaparecen porque nosotros les demos la espalda. Y no es infrecuente dar la espalda a realidades que tenemos de frente y que, por lo mismo, hay que afrontar. A veces ese intento de evitar el tema no es otra cosa que una huida, un intento acallar y desoír los interrogantes que plantea.
         “No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los hombres que no tienen esperanza”, nos recuerda san Pablo. El creyente debe saber interpretar, desde su fe en el Señor resucitado, esa realidad fundamental de la vida, que es la muerte.
         Y desde su fe debe saber interpretar la vida. La vida es un don de Dios, que debemos acoger con responsabilidad y gratitud. Vivir no es un pasatiempo, no es consumir días rutinariamente. El tiempo de la vida es un tiempo de trabajo, de posibilidades y de responsabilidades. ¡Cuantas veces, urgidos por lo inmediato, inmersos en lo provisorio, tergiversamos la vida! ¡Cuántas veces vivimos como las jóvenes necias de la parábola evangélica, adormilados, sin aceite ni luz en nuestras lámparas! ¡Como los hombres que no tienen esperanza!
         Y cuando se nos recuerda lo equivocado de esa actitud y la necesidad de cambiar, respondemos con un “no me sermonees”, “ya habrá tiempo para eso”, “hay que disfrutar de la vida”... En definitiva, siempre remitimos a un “mañana..., para lo mismo responder mañana”.
         Jesús nos recuerda hoy en el evangelio que hay que vivir en vela, preparados. Puede ocurrir, si no, que cuando nosotros creamos llegado ese mañana, ya sea tarde; que, cuando nosotros creamos que es tiempo de pulsar a la puerta del banquete y aleguemos nuestro derecho a entrar, alguien nos diga. “Nos os conozco”.
     Reunidos en torno al altar, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo, pidámosle a Dios la sabiduría y la clarividencia que viene de Él  (1ª lectura) para interpretar cristianamente la vida y vivir cristianamente la muerte (2ª lectura).
      Hoy celebramos la Jornada de la Iglesia diocesana. Una oportunidad para ahondar en esa experiencia gozosa, pues ser miembros de la Iglesia es uno de los más preciosos dones recibidos del Señor. Y una llamada, también, a descubrir nuestra responsabilidad en la credibilidad de la Iglesia; a servir en ella desde el peculiar estado de vida -todos tenemos misión-, y a embellecer su rostro, “sin mancha ni arruga” (Ef 5,27), al menos eliminando las nuestras.
    El día de la Iglesia diocesana es una oportunidad para avivar nuestro sentido de pertenencia a ella y para conocerla mejor. Tarea con importantes resonancias: espirituales y materiales.
     En una sociedad que camina a la aconfesionalidad oficial, los creyentes católicos hemos de desprendernos de la conciencia de “subvencionados”, y hemos de asumir la honrosa responsabilidad de proveer a las necesidades de la Iglesia, de sus obras y sus proyectos. La colecta que hoy se hace en los templos no es para que la Iglesia sea más rica, ni siquiera menos pobre –no puede dejar de serlo, si quiere ser fiel a Jesucristo-, sino para que pueda servir con dignidad y ayudar a tantas urgencias como golpean a sus puertas.
         Hoy la Iglesia llama, pidiendo, a nuestra puerta, pero a las puertas de la Iglesia todos los días llaman, pidiendo, muchos, y la respuesta de la  Iglesia depende, en buena parte, de la respuesta de cada uno.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo vivo la vida?
.- ¿Cómo siento a la Iglesia y cómo me siento en ella? ¿Me siento extraño y la siento extraña?

.- ¿Participo, dentro de mis posibilidades, en los proyectos eclesiales diocesanos y parroquiales? 

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.