sábado, 19 de abril de 2014

DOMINGO DE RESURRECCIÓN -A-


1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34a. 37-43

    En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
    Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa comenzó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo sino a los testigos que él había designado: a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben por su nombre, el perdón de los pecados.

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     El texto seleccionado forma parte del discurso de Pedro en casa del centurión Cornelio, y se enmarca en una proclamación de la universalidad de la salvación revelada en Cristo -“Dios no hace acepción de personas” (Hch 10,34b)-, frente a las resistencias del núcleo “duro” de los judeocristianos.
    En él encontramos lo elementos fundamentales de la predicación cristiana: Jesús de Nazaret: su condición y su misión; su muerte y su resurrección. Tanto de la vida y muerte como de su resurrección se destaca, por un lado, la presencia y acción de Dios -Jesús, en todo y en todo momento estuvo dentro del designio de Dios-, y, por otro, la presencia de los discípulos, que les convierte en testigos creíbles y, desde, ahí en misioneros de Jesucristo. El Resucitado es el Crucificado y el que en su vida “pasó haciendo el bien”.

2ª Lectura: Colosenses 3,1-4

    Hermanos:
    Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

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    El cristiano es una “criatura nueva” (2 Cor 5,17), y su vida ha de adecuarse a esa condición. La “búsqueda de los bienes de arriba” no es una invitación a la evasión sino a la liberación.
    El cristiano sabe que no es de este mundo, pero que es para este mundo, en el que ha de inyectar el dinamismo y la sabia de la resurrección, de la vida nueva nacida de la resurrección de Cristo. Cristo no es un “escondite” ni un “refugio”, sino el espacio identificador de la vida y misión del creyente.

Evangelio: Juan 20,1-9
                                                    
    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuándo aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quién quería Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto.
    Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas por el suelo: pero no entró.
    Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

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    La comprensión del relato ha de hacerse desde distintas perspectivas. La resurrección nadie la vio; los discípulos solo ven el sepulcro vacío. Sin embargo, el sepulcro vacío, por sí mismo, no es prueba de la resurrección. Podría haber sido “vaciado”. Es la primera interpretación de María Magdalena -“se han llevado al Señor”-. Pronto circuló esta interpretación entre los judíos (cf. Mt 28,12-15). Pero el “orden” que hay dentro del sepulcro desmiente esa interpretación.
    La progresión en el acceso al misterio también merece notarse: María solo ve “la losa quitada”; el discípulo amado ve más: “asomándose vio las vendas..., pero no entró”; fue Pedro el primero en entrar y constatar el hecho. Sin embargo es el discípulo amado, entrando después, el que “vio y creyó”. Solo la fe  y el amor ayudan a la lectura correcta, solo la fe y el amor aportan la visión completa y profunda del hecho.


REFLEXIÓN PASTORAL

    ¡Cristo ha resucitado! Es el clamor que hoy se alza inundando de fiesta a la comunidad cristiana.  Su palabra, su persona, su ser y quehacer no pudieron ser neutralizados ni silenciados; no podían terminar en un sepulcro.
    Han pasado los días de la pasión de Cristo, que no debemos olvidar, pues la Resurrección no difumina sino que ilumina la Cruz del Señor. Pero lo que nos distingue como creyentes no es afirmar la muerte de Cristo (eso lo afirmaron sus contemporáneos) sino el sentido de su muerte – redentora – y de su resurrección (eso lo creyeron sólo sus discípulos).
    Hoy en la Resurrección celebramos su triunfo sobre la muerte, la mentira, la violencia, el egoísmo. Celebramos el triunfo de la VIDA, la VERDAD, la PAZ, el AMOR, que eso es Cristo.
     La última palabra de Dios sobre Jesús no fue aceptar su muerte. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana. Cristo dejaría de ser el señor de vivos y muertos para pasar a engrosar la lista de los que con generosidad e ilusión quisieron elevar el nivel de la humanidad fracasando en su intento.
     Si Jesús no hubiera resucitado, el Padre no sería el Dios de nuestro credo, “el que le resucitó de los muertos”, y nosotros estaríamos aún en nuestro pecado. Si Cristo no hubiera resucitado, su causa habría sido devaluada y derrotada por la fuerza del egoísmo, de la mentira, de la injusticia...Y Él sería sólo un muerto ilustre.
     Pero no; CRISTO HA RESUCITADO. Y esta resurrección ilumina su muerte. Dios Padre aceptó la  vida y muerte de su Hijo como testimonio de auténtica donación  y, porque eso no podía terminar, no podía quedar sepultado, lo eternizó resucitándole.
     La resurrección de Xto. es el SI del Padre  a la obra del Hijo, y el NO del Padre al egoísmo, a la violencia, al pecado de los hombres. Es al mismo tiempo victoria y derrota, vida y muerte, salvación y condenación... Glorificando a Cristo, el Padre descalifica cualquier otro tipo de existencia... Por eso cuando hablamos de ella y la celebramos, hablamos y celebramos no sólo la reanimación de un cadáver sino  mucho más.
     El modelo de la resurrección de Lázaro no nos sirve para comprender la  de Jesús. Si la  de Lázaro fue un milagro, la de Jesús, además, es un misterio. Al resucitar Jesús no da un paso hacia atrás sino hacia delante; no vuelve a estar vivo sino que se convierte en  “el  viviente”, el que hace vivir -Señor y dador de vida-. Su resurrección no es una mera prolongación de la vida de antes, sino la fundación de una vida nueva..., que ha de ser nuestra vida.
      Esta es la gran apuesta que hacemos los cristianos al proclamar la resurrección de Cristo.  ¿Pues qué puede significar afirmar que Cristo ha resucitado por nosotros, si no ha resucitado en nosotros? 
     La resurrección de Jesús no es un hecho aislado ni aislable. Es un movimiento iniciado en Él, pero que nos afecta y se prolonga en nosotros. ¿Y ya percibimos y testimoniamos en nosotros los gérmenes de esa vida nueva?
     No podemos decir: ¡Cristo ha resucitado! y ¿qué? Sino, ¡Cristo ha resucitado!, ¿qué tenemos que hacer? Lo hemos escuchado: dar una nueva orientación a nuestra mirada: “buscad las cosas de arriba”, que no una invitación a la evasión de esta vida, sino a la interiorización de la misma.
      Por el bautismo nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Experiencia inevitable, ineludible para un cristiano. “Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, también lo estará en una resurrección como la suya”.  Pero, si no lo está..; entonces, ser cristiano será una pretensión imposible. Y, ¿Cómo sabremos que nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. “En esto lo sabemos: si amamos a los hermanos”. Para el cristiano el criterio es el amor, “como yo os he amado”.
    Felicitémonos por la Resurrección de Cristo y, sobre todo, vivámosla dándola cabida en nosotros. ¡Ojalá que también nosotros, como el discípulo amado y Pedro, regresemos a nuestras vidas  dando testimonio de Cristo Resucitado!

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué significa en mi vida la resurrección de Cristo?
.- ¿Es él mi vida?

.- ¿Soy testigo creíble de Cristo resucitado?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

martes, 15 de abril de 2014

JUEVES SANTO


1ª Lectura: Éxodo 12,1-8.11-14.

    En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Dí a toda la asamblea de Israel: el diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y verduras amargas. Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor. Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera al país de Egipto. Este será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre.

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    Tomada originalmente del mundo pastoril, (el cordero, los panes ázimos, las verduras amargas… lo sugieren), esta fiesta fue transformada posteriormente en memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto. En realidad se trata de una sacramentalización  de la historia de esa liberación. La fiesta de la Pascua  está cargada de honda espiritualidad: es una llamada a la unidad y solidaridad por encima de planteamientos egoístas; forma y consolida al grupo. Esta fiesta es un avance profético de la Pascua definitiva, donde la liberación se realizará por un Cordero sin defecto, Cristo, con cuya sangre son marcadas y salvadas nuestras vidas.


2ª Lectura: 1ª Corintios 11,23-26

    Hermanos:
    Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo,: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía”. Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

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    Nos hallamos ante el relato más antiguo de la institución de la Eucaristía en el NT. La aportación de Pablo al tema de la Eucaristía es doble. Una es compartida con otros testimonios del NT: la dimensión cristológica, la dimensión pascual y la dimensión escatológica. La otra es peculiar suya: la dimensión eclesial y ético-moral de la Eucaristía. La Eucaristía no es solo memorial sino proyecto de vida y para la vida.

Evangelio: Juan 13,1-15
                                                 
    Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
    Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza de Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
    Llegó a Simón Pedro y este le dijo: Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?
    Jesús le replico: lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.
    Pedro le dijo. No me lavarás los pies jamás.
    Jesús le contestó: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.
    Simón Pedro le dijo: Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza.
    Jesús le dijo: Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”).
    Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: ¿Comprendéis lo que hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “El Maestro” y “El Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis:

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    En el Evangelio de san Juan el tema eucarístico ha sido tratado en otro momento (cap. 6). En la tarde del Jueves Santo el evangelista, en la Última Cena, enfatiza el gesto del lavado de los pies a sus discípulos; en él se presenta como el Servidor y Salvador a los pies de los discípulos. No ha venido a ser servido sino a servir. Y les marca la senda por la que han de transitar. La Eucaristía es el mayor y mejor servicio que nos ha prestado Jesús.

REFLEXIÓN PASTORAL

    La escena del lavatorio de los pies de los discípulos es uno de los gestos más hondos,  reveladores y significativos de Cristo. Y la pregunta de Jesús, “¿Entendéis lo que he hecho con vosotros?” (Jn 13,12), me parece de gran actualidad. ¿Comprendemos el alcance de ese gesto? Sospecho que no. Solemos considerarlo como un gesto y una lección de humildad. Por supuesto que sí, ¿pero se trata sólo de eso?
    Al venir al mundo, el Verbo toma la condición de siervo. El gesto del lavado de los pies simboliza el programa de la vida de Jesús: rescatar al mundo descaminado mediante la entrega absoluta. Esta acción de unos instantes resume toda su existencia y hace presentir la Eucaristía y el Calvario, donde Jesús se entregará, por todos, para la remisión de los pecados.
    Los discípulos no lo entendieron, pero el gesto debió impresionarles. Conocemos la reacción de Pedro (Jn 13,6)-. ¿Sospechamos la de Judas? Aquellos pies, que ya habían hecho parte del camino de la traición, fueron también lavados, en un último intento de amor y respeto. ¡Realmente este relato produce vértigo! ¡Dios a los pies del hombre!      
    Antes que una lección se tata de una revelación. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Dios no solo se hace hombre, sino que se postra a los pies del hombre. Y ese Dios postrado es Jesucristo. Ésta es la  “caída” más importante de la historia: la de Dios a la tierra, y a los pies del hombre. Y esta es la caída que levanta al hombre de sus caídas, que nos levanta de nuestras caídas.
    ¡Dios a los pies del hombre! ¿Es creíble un Dios así? En todo caso es un Dios en una postura molesta e incómoda. Porque ahí se está produciendo un cambio de valores y de posiciones como nunca antes había ocurrido en la historia. Y un cambio obligatorio, porque quien no entra por ahí, “quien no se deja lavar así, no tendrá parte conmigo”; y quien no lave los pies así, no está adoptando una postura cristiana.
    “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor...” (Jn 13,13) ¿Pero no será pedir demasiado? Quizá. Nosotros reivindicamos derechos, a veces históricos, para, de alguna manera, poner a los demás a nuestros pies. Ahí tenemos a Dios a los pies del hombre, lavando los pies de la historia humana, limpiando el barro de tantos caminos equivocados. Contemplemos la escena y dejémonos redimir y evangelizar por su gesto.
    La tarde del Jueves Santo nos invita a dirigir la mirada al cenáculo, donde Jesús imparte lecciones profundas y decisivas; nos invita a tomar asiento en torno a aquella mesa en la que se originó la primera eucaristía, que nos habla del amor de Dios hecho presencia y entrega, y que nos urge a  recrear en nuestras vidas esas actitudes.
    Porque Cristo pan, nos urge a compartir el pan; Cristo solidario nos urge a la solidaridad fraterna; Cristo compañero de camino nos urge  a no dar rodeos en la vida para evitar el encuentro con el otro y su dolor. Por eso otro tema fundamental del Jueves Santo es el del amor fraterno. La eucaristía sacramento del amor de Dios al hombre y debe celebrarse en esa atmósfera, y un amor encarnado.
     Y hay un tercer elemento a  considerar en esta tarde: Dios ha querido ponerse en manos de los hombres, ha querido encarnar la salvación. Hoy se celebra la institución del ministerio sacerdotal. Una invitación a los sacerdotes a ser, y a todos a ayudarles a serlo, sacerdotes santos, transparencia de Jesucristo, poseídos por el amor de Dios y la vocación del servicio evangélico a los hombres.  Todo esto y mucho más sugiere la tarde del Jueves Santo.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo participo de la Eucaristía?
.- ¿Siento las urgencias del amor de Cristo?
.- ¿Cómo las traduzco en la vida?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap

jueves, 10 de abril de 2014

DOMINGO DE RAMOS -A-


1ª Lectura: Isaías 50,4-7

    Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecía la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

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    El texto seleccionado forma parte una sección importante del libro de Isaías, denominada “Cantos del Siervo”. Estamos en tercer “canto”. Más allá de los problemas exegéticos sobre la identidad del “Siervo”, la figura que aparece en este canto es la de un hombre consciente de una misión encomendada por Dios, que le ha destrozado la vida pero no le ha arrancado la esperanza en el Señor.
    En él se cumplen las palabras del salmo 23,4: “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo tu cayado me consuela”, o aquellas otras de san Pablo “Sé de quien me he fiado” (2 Tim 1,12). Estos cantos han sido releídos y aplicados en parte a la persona de Jesús, en el NT y en la liturgia de Iglesia.

2ª Lectura: Filipenses 2,6-11

    Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame:¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre.

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    Nos hallamos ante un himno prepaulino, que posiblemente se remonte a la catequesis de san Pedro (Hch 2,36; 10,39). San Pablo lo inserta en su carta a los Filipenses y lo enriquece con aportaciones personales, entre las que destaca la mención a la muerte de cruz. Tampoco puede descartarse una alusión a la antítesis Adán-Cristo: mientras uno tiende a “autodivinizarse” (Adán), el otro opta por “rebajarse” (Cristo).
    En el texto paulino se perciben dos momentos: uno kerigmático, centrado en esa opción del Hijo de Dios manifestada en Jesucristo (Dios y Hombre), que es revalidado por el Padre y convertido en Señor del universo, y otro parenético: exhortación a los cristianos a identificarse con esa opción humilde y de entrega del Hijo de Dios: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo” (Flp 2,5).


Evangelio: Mateo 26,14-27,66 (Relato de la Pasión)



                                                                                  
REFLEXIÓN PASTORAL

    El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa. Dos rostros muestra la liturgia de este día: a) la entrada en Jerusalén, y b) la presentación de la Pasión en una triple versión: narrativa (Evangelio de san Mateo), profética (la figura del Siervo de Isaías) y kerigmática (muerte y resurrección de Cristo, en la carta a los Filipenses).
    La entrada en Jerusalén, seguramente no conmocionó la ciudad, pero sí alertó a los dirigentes. Quienes aclamaban a Jesús serían un reducido grupo de discípulos y simpatizantes galileos. Jesús ya había venido en otras ocasiones a Jerusalén -el IV Evangelio habla de tres-; en las dos primeras subió a celebrar la pascua de los judíos; en esta, la última, subía a celebrar “su” pascua. Y cuidó los detalles.
     Los textos evangélicos subrayan el perfil mesiánico de Jesús, pero Jesús no se durmió en los laureles de las aclamaciones. Ese mismo día, según el texto de san Mateo, llevó a cabo un gesto profético y político de gran calado: la expulsión de los vendedores del Templo y el enfrentamiento directo con los sumos sacerdotes. ¡La suerte estaba echada!
      En el Domingo de Ramos no debería olvidarse este gesto de Jesús, reivindicando un Templo limpio, abierto, casa donde Dios sea patente y accesible a todos, sin limitaciones étnicas o económicas. Jesús elimina “la planta comercial” del Templo, y al Templo como “comercio”, para reivindicar su dimensión de casa de oración. No deberíamos quedarnos en un entusiasmado agitar de palmas. Hay que leer los signos escogidos por Jesús y su significación profunda.
     Conocida como “Semana de la Pasión del Señor”, deberíamos vivirla  como “semana para renovar la pasión por el Señor”.
     Lo que celebramos en estos días no fue algo que pasó porque sí, sino  por nuestra salvación. Sentirnos directamente implicados, es el modo más responsable de vivirla.
     Si no nos sentimos afectados, quedaremos suspendidos en un vacío vertiginoso. Si nos reconocemos destinatarios e implicados en esa opción radical de amor divino, hallaremos la serenidad y la audacia suficientes para afrontar las más variadas y arriesgadas alternativas de la vida (Rom 8,35-39; cf. I Co 4,9-13). Y hasta qué punto nos sentimos afectados por ese amor de Dios, lo sabremos en la medida en que seamos capaces de amar  como Dios manda, que es lo mismo que amar como Dios ama (Jn 15,12-13).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿En qué paso, con qué personaje de la Pasión me siento más identificado?

.- ¿Me esfuerzo en sentir y consentir con Cristo?
.- Con qué pasión celebro la Pasión?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 2 de abril de 2014

DOMINGO V -A-



1ª Lectura: Ezequiel 37,12-14

     Esto dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago. Oráculo del Señor.

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     El fragmento escogido forma parte del famoso discurso sobre “los huesos secos” (Ez 37,1-14), que el profeta dirigió a los desterrados en Babilonia, escépticos, cuando no resignados, ante lo que consideraban como una realidad irreversible: el exilio y la pérdida de toda esperanza. Dios se les revela como dador de vida, a través de su espíritu.
    El texto, directamente, está contemplando la restauración mesiánica del pueblo. Pero con los símbolos utilizados, orientaba ya hacia la idea de una resurrección individual, entrevista en Jb 19,25 y explícitamente afirmada en Dn 12,2; 2 Mac 7,9; 12,4. Tema que adquirirá su configuración definitiva en el NT.

2ª Lectura: Romanos 8,8-11

    Hermanos:
    Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

                                   ***                  ***                  ***

     El discurso teológico de san Pablo alcanza su culmen en este capítulo 8 de la carta a los Romanos. En el texto seleccionado se destaca al Espíritu como centro de la vida del cristiano. Lo que en otros lugares san Pablo atribuye al Padre o a Cristo aquí lo atribuye al Espíritu. Por otro lado, el Apóstol destaca los dos modos de existencia humana -la carne y el espíritu-, y su incompatibilidad radical. Ambos conceptos tienen posiblemente resonancias “griegas” y “hebreas”.
     Hablando del hombre, con el concepto “carne” san Pablo alude a lo pecaminoso, a lo desviado del hombre, a su fragilidad creatural; y con el concepto “espíritu” se refiere a la apertura a lo divino, que le posibilita la comunión con Dios. Con todo, la antropología paulina no es dualista, sino profundamente integrada.

Evangelio: Juan 11,1-45             

     En aquel tiempo…., las hermanas (de Lázaro) le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo.
     Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
     Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea…. 
    Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado…. 
    Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
     Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
     Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día.
    Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Cree esto?
    Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo…
    Jesús, muy conmovido preguntó: ¿Dónde le habéis enterrado?
    Le contestaron: Señor, ven a verlo.  Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este?
     Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Jesús dijo: Quitad la losa.
    Marta, la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
    Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
    Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera. 
    El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús le dijo: Desatadlo y dejadlo andar.
     Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

                                   ***                  ***                  ***

     Nos hallamos ante el último y más desarrollado de los “signos” de Jesús narrados en el IV Evangelio (2,1-11; 4,46-54; 5,1ss; 6; 9,1ss; 11,1ss). El centro del mismo reside en la presentación de Jesús como la Vida y Señor y dador de la Vida. Una vida que nace de la fe en él -“¿Crees esto?”-. La resurrección tiene lugar ya en el encuentro con Cristo. No hay que esperar a morir para resucitar; el creyente resucita sacramentalmente en las aguas del bautismo. Los demás aspectos del relato no deben distraer de lo que es el centro del mismo. La profesión de fe de María, la hermana de Lázaro: “Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” es el punto al que quiere conducirnos esta escena evangélica.

  
REFLEXIÓN PASTORAL

      El relato evangélico de este domingo está construido con elementos de gran densidad y significación teológicas. Hay un núcleo hacia el que todo converge y desde el que todo se ilumina: “Yo soy la resurrección y la vida…” (Jn 11,25).
     El protagonista no es Lázaro, sino Jesús; no es la resurrección de Lázaro, sino Jesús como resurrección; no es la muerte de Lázaro, sino la vida que da Jesús lo que se pretende subrayar. Se trata no de la resurrección de “un hombre”, sino de la resurrección “del hombre”; de la vida que, deteriorada y muerta por el pecado, es llamada vigorosamente a resucitar, participando de la vida de Dios ofrecida en y por Jesucristo.
      La Vida habita en Jesús: es el agua viva (Jn 4,10-14), el pan vivo (Jn 6,51), la vida (Jn 14,6)… “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Jesús es Señor y dador de Vida;  no solo para la otra vida; también para ésta, aportándole calidad y sentido.  “Mi vivir es Cristo” (Flp 1,21), dirá Pablo de Tarso, sintetizando los contenidos y motivos de su existir.
      En la segunda lectura se subraya este aspecto: Cristo es el principio vital del hombre: “Si Cristo está en vosotros, el espíritu vive por la justicia” (Rom 8,10). Quien lo incorpora a su vida y se incorpora a su Vida, en él la muerte ya no tiene dominio. La Vida tiene nombre propio: Jesús. La última palabra no la dicta la muerte, sino la Vida. La muerte física es una exigencia del guión, pero no es el final de la película. “¿Dónde está muerte tu victoria?” (1 Cor 15,57).
      Ante la Vida, la muerte es solo un sueño. “Lázaro, nuestro amigo, está dormido” (Jn 11,11)… Y, como a Marta, se nos pregunta: “¿Crees esto?” (Jn 11,26). ¡Convertirse a la Vida (cf. Jn 17,3)! Y quien tiene esta fe, que se verifica en la caridad, ha superado ya la muerte, pues “en esto sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, si amamos…” (1 Jn 3,14).
     “Hay que vivir la vida”, pero lo entendemos en un sentido minúsculo e intranscendente. Convirtámoslo en proyecto mayúsculo. ¡Vivir la Vida! Para eso hay que “beber" la Vida! en su fuente más pura y original, en la Eucaristía y en la Palabra de Dios; en la fuente de Aquel que ha dicho “Yo soy la Resurrección y la Vida…(Jn 11,25); si alguno tiene sed que venga a mí y beba, y de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7,37).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué principios guían mi vida? ¿Los de la carne o los del Espíritu?
.- ¿Cuáles son los signos de un resucitado?
.- ¿Con qué pasión sirvo vida desde la Vida?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 27 de marzo de 2014

DOMINGO IV -A-


1ª Lectura: 1 Samuel 16,1b. 6-7. 10-13a

     En aquellos días, dijo el Señor a Samuel: Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí.
     Cuando se presentó vio a Eliab y se dijo: Sin duda está ante el Señor su ungido. Pero el Señor dijo a Samuel: No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira al corazón.
    Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel le dijo: A ninguno de estos ha elegido el Señor.
    Preguntó, pues, Samuel a Jesé: ¿No quedan ya muchachos? El respondió: Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.
     Dijo entonces Samuel a Jesé: Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido.
    Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia.
    Dijo el Señor: Levántate y úngelo, porque este es.
    Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos.

                                   ***                  ***                  ***

    Respecto del acceso de David al liderazgo de Israel hay tres relatos: (1 Sam 16,1-13; 16,14-23; 17,12-30). De las tres versiones, la primera parece la menos antigua. 2 Sam 2,4; 5,3 no mencionan la unción de 1 Sam 16,1-13).
   En tiempos de Saúl el poder se legitimaba carismáticamente, no existía una legitimación dinástica. Decepcionado por Saúl, Samuel se dirige, por orden de Dios, a  Belén en busca de un nuevo Ungido. Pero los criterios de Samuel no coinciden con los de Dios. La mirada de Dios es distinta: no elige por las “apariencias”. El Ungido de Dios no es resultado de presupuestos humanos. Con este relato se reivindica la teología de la gracia.

2ª Lectura: Efesios 5,8-14

    Hermanos:
   En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz) buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino  más bien poniéndolas en evidencia.  Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

                                   ***                  ***                  ***

    A los cristianos de Éfeso el Apóstol les recuerda algunas de las exigencias de la vida nueva en Cristo a nivel personal, familiar y social (Ef 4,17-6,20). Iluminado por la Luz de Cristo, el cristiano debe iluminar el camino de la vida con sus actitudes y comportamientos. La transformación personal gracias a Cristo, debe traducirse en responsabilidad personal. La denuncia del cristiano se realiza desde la coherencia de una vida conforme a las exigencias del Evangelio.

Evangelio Juan 9,1-41

    En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento…, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
   El fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: ¿No es ese el que se  sentaba a pedir?
   Unos decían: No es él, pero se le parece.
   El respondía: Soy yo…
   Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y se le abrió los ojos) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
    El les contestó: Me puso barro en los ojos, me lavó y veo.
   Algunos de los fariseos comentaban: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
   Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?
   Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
    El contestó: Que es un profeta…
    Le replicaron: Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? El contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
   Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando ése es.
   El le dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él.


                                   ***                  ***                  ***

    Jesús es la Luz que brilla en la oscuridad (cf. Jn 1,5; 8,12). El texto evangélico está construido con elementos múltiples y teológicamente densos. Hay una comprensión nueva de las limitaciones humanas -la ceguera-; aparece el enfrentamiento entre la Luz y las tinieblas, personificadas en Jesús y los dirigentes religiosos; existe una clara simbología bautismal (la piscina de Siloé evoca la fuente bautismal, la pregunta de Jesús –“¿Crees en el Hijo del Hombre?”- y la respuesta del ciego –“Creo, Señor”- evocan las preguntas bautismales…)…
   Jesús produce un doble efecto: es Luz para los que reconocen su oscuridad, la necesidad que tienen de ser iluminados; es oscuridad para los que creen bastarse a sí mismos para aclararlo todo, incluso el misterio de su propia oscuridad. Los ciegos comienzan a ver, los que creen ver se quedan cegados. La luz es la gran oferta de Dios en Jesucristo, pero esa luz se expone, no se impone.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Junto al pozo de Sicar, Jesús se reveló como el agua viva. Hoy se nos presenta bajo otra imagen, también fundamental: la luz (Jn 8,12).
    Nosotros estamos un tanto incapacitados para vibrar ante estas imágenes. Casi desconocemos el hecho de la sed física –saturados de marcas de bebidas-, y respecto de la luz puede ocurrir otro tanto: basta apretar un botón y la luz se hace en torno nuestro… Pero hay ciertos tipos de sed y ciertas oscuridades y penumbras de la vida que no se sacian con cualquier agua ni se disipan con cualquier luz. Solo Jesús es el agua viva y la luz capaz de alcanzar esas zonas de la existencia.
    Y si el agua se hizo sed para provocar la sed de aquella mujer, hoy la luz brilla en un ciego de nacimiento. Agua y sed, luz y tiniebla, esa es la relación de Jesús con nosotros.
   Y comienza el proceso clarificador de Jesús deshaciendo un maleficio que durante mucho tiempo se esgrimió contra los “desgraciados”, la identificación desgracia y pecado. “¿Quién pecó éste o sus padres para que naciera así?” (Jn 9,2).
    El sufrimiento humano no es reprobación ni lejanía de Dios. En la cruz de Cristo, y en toda cruz, Dios se revela particularmente como Enmanuel. “Ni pecó este ni sus padres, sino para que se manifieste en él la obra de Dios” (Jn 9,3). El dolor humano es un misterio con muchos responsables; solo uno no es responsable, aunque no sea ajeno a él, Dios. Jesús vino a abrir los ojos, también sobre esto.
    Pero no fue un quehacer fácil: la curación de estos ciegos y cegados  dejaba en evidencia a sus guías, más interesados en seguir haciendo de guías que en devolverles la vista para que pudieran caminar por sí mismos. También, es verdad, hay quienes prefieren ser guiados – a costa de seguir siendo ciegos – a asumir los riesgos de hacer personalmente la propia andadura. Ambas actitudes las descalifica Jesús.
    Jesús vino a abrir los ojos del hombre para que viera por sus propios ojos, pero vino, además, a dar profundidad y horizonte a su mirada. Vino a que el hombre recuperara el punto de vista de Dios y su mirada, que no es como la del hombre, “pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira al corazón”.
   Nuestra vista frecuentemente está cansada de ver siempre lo mismo. De tanto mirar egoístamente para nosotros, hemos terminado por perder la justa perspectiva de la realidad; hemos terminado por no saber mirar a Dios y a los otros o, lo que es peor aún, los hemos confundido con nosotros mismos. Jesús nos enseña que para ver bien, hay que purificar el corazón -“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8)-. Y él es la Luz que ilumina el corazón. Para ver bien hay que lavarse los ojos, como el ciego, siguiendo la sugerencia de Dios.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Brilla Jesús en mi vida? ¿Con qué intensidad?
.- ¿Cuál es mi punto de mira: La apariencia o el corazón?

.- ¿Aporto luz a la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap

jueves, 20 de marzo de 2014

DOMINGO III DE CUARESMA -A-


1ª Lectura: Éxodo 17,3-7

    En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?
    Clamó Moisés al Señor y dijo: ¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.
    Respondió el Señor a Moisés: Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel.; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb: golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.
     Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

                                   ***                  ***                  ***
    En el éxodo hacia la libertad, el pueblo de Israel sufrió muchos problemas y tentaciones; el relato seleccionado presenta una de las escenas más emblemáticas de ese camino difícil. El pueblo duda de la capacidad de Moisés, y se rebela contra él. En el fondo la protesta es contra Dios, contra su fidelidad y capacidad salvadoras. Esto pone “nervioso” a Moisés. Pero Dios, con paciencia de padre, acepta la prueba y muestra, una vez más, que está en medio de su pueblo.

2ª Lectura: Romanos 5,1-2. 5-8

    Hermanos:
    Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria del Hijo de Dios. La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones  con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

                                   ***                  ***                  ***

     Este pasaje sirve de puente entre los dos grandes conjuntos de Rom 1,18-4,25 y 5,12-8,49. Son versículos de una gran densidad teológica y espiritual. La fe en Cristo nos introduce en la paz con Dios y en la esperanza. Paz y esperanza que no son reductibles a meros sentimientos sino que hallan su fundamento no en nuestros méritos sino la comunión con Dios, don gratuito de su amor en Jesucristo. El es la prueba de que Dios está con nosotros y en favor nuestro.

Evangelio: Juan  4,5-42


     En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo de Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
     Llegó una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida).
     La Samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pide de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
     Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.
     La mujer le dice: Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?
     Jesús le contesta: El que bebe de este agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
      La mujer le dice: Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla… Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.
     Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
     La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo.
     Jesús le dice: Soy yo: el que habla contigo…
     En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él… Y decían a la mujer. Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el salvador del mundo.

                                   ***                  ***                  ***

      La escena es sugerente. Los pintores la han recreado profusa y hermosamente. Nos habla de un Jesús liberado y liberador de prejuicios culturales y religiosos, invitando a superar fronteras personales y nacionales (Jn 4,9; cf. Jn 8,48; Lc 9,52-55), y a convertirse todos “al Padre en espíritu y verdad, porque así quiere Dios que sean los que le adoren” (Jn 4,23).
     Centrados ya en la mujer, puede descubrirse un proceso interesante. La samaritana participa de los tópicos de su tiempo (Jn 4,9); no alcanza a vislumbrar la profundidad de la petición de Jesús (Jn 4,7), por eso su respuesta es superficial (Jn 4, 11-12). Pero no se queda ahí; en ella hay sinceridad y ansia de la verdad. Ante la clarificación de Jesús (Jn 4,13-14), proclama su sed más profunda: “Dame de esa agua” (Jn 4,15). Toda su situación personal entra en proceso de cambio (Jn 4,16-20). Busca dónde adorar a Dios (Jn 4,20) y se deja descubrir por Jesús (Jn 4, 16-18. 29).
     De mujer superficial pasa a mujer sedienta. Y de ahí, a mujer apóstol (Jn 4,28-29. 39). Todo encuentro con Cristo que no termina en testimonio de Cristo es un encuentro fallido.
     El final del relato es grandioso, marca el itinerario del proceso creyente: de la fe en las palabras “sobre” Jesús, pronunciadas por la samaritana, a la fe en la palabra que “es” Jesús (Jn 4,41). Y todo empezó no con una predicación, sino con la petición de un poco de agua junto a un pozo, al mediodía. ¡Vaya estrategia pastoral!

REFLEXIÓN PASTORAL

     Una mujer va a buscar el agua, el agua de siempre, el agua de la sed de cada día..., y se encuentra, no en el fondo del pozo, sino en el brocal, al agua verdadera, la que sacia la sed de los hombres.
     Se inicia un diálogo impresionante. Jesús, para suscitar la sed de aquella mujer, se presenta como sediento; el agua se hace sed: “Mujer, dame de beber” (Jn 4,7). ¡Qué estrategia tan fantástica e insospechada! Acercarse al otro no para imponer, ni siquiera para exponer la Verdad, sino para escuchar y conocer la suya.
     Procediendo así, Cristo nos revela una vía nueva  de acceso a los hombres: porque nadie está totalmente desprovisto de verdad. ¡No suele ser ese nuestro estilo! Frecuentemente nos acercamos a los otros como poseedores de una verdad -la nuestra- que no suscita interés alguno porque desconocemos la que el otro tiene o necesita y, además, porque vamos sin sed de verdad, saturados, engreídos con la propia. Mostrar sed por la verdad del otro, estar dispuesto a beberla de su fuente y en su mano, sin prevenciones ni temores, es un modo cristiano de buscarla y compartirla.
     Y, ante la extrañeza de la mujer, Jesús le revela el misterio: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: “Dame de  beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado el agua viva...” (Jn 4,10). Porque Jesús es un manantial más abundante que el de Jacob, y sus aguas son de una calidad infinitamente superior a las que brotaron de la roca, en el Horeb (Jn 7,38).
     "Si conocieras el don de Dios...", el don que es Dios. Quizá nos falte esta experiencia gozosa, y por eso caminamos en tibieza, con rostros inexpresivos, casi sin saber a donde ir, aparcando junto a cualquier pozo o fuente...
      Hay fuentes que no sacian, y ésas son las que más frecuentamos. Abandonamos la fuente de agua viva, para construirnos aljibes agrietados, que no retienen el agua (cf. Jr 2,13). ¡Hemos secado tantos pozos buscando saciar la sed! ¡Hemos probado tantas marcas de agua...!
     “Como suspira la sierva por las corrientes de agua, así suspira mi alma por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42,2-3). ¿Es esto verdad en nuestro caso? ¡Ojalá que sí! Que desde lo más hondo de nuestro corazón también nosotros, sedientos de Dios, sedientos de la Verdad, digamos con la mujer de Samaría: “Señor, dame de esa agua” (Jn 4,15).
      La sed de Jesús sigue viva; se inició junto al pozo de Jacob; se radicalizó en la cruz: "Tengo sed" (Jn 19,28) y continúa en tantos sedientos de verdad, de justicia: "Tuve sed..." (Mt 25,35).
      La sed de Jesús es provocadora de sed, de sed de Dios; pero es también invitación a convertirnos en el "agua fresca" de la que él habló: "El que dé a beber, aunque no sea más que un baso de agua fresca a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa" (Mt 10,42). ¿Vamos a negarle a él esa agua?
       No lo olvidemos, en el día del juicio, entre otras cosas seremos seremos preguntados por esta: "Tuve sed" y ¿me disteis de beber?

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿De qué tengo sed, y qué pozos y fuentes frecuento?
.- ¿Serena mi vida la fe en Jesucristo?

.- ¿Sacio la sed de Cristo en los sedientos de la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap

jueves, 13 de marzo de 2014

DOMINGO II DE CUARESMA -A-


1ª Lectura: Génesis 12,1-4a

     En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

                                   ***                  ***                  ***

    Toda historia comienza con un “éxodo”. La del hombre (salida del seno materno); la del creyente (Abrahán); la de Israel (de Egipto); la de Jesús (“Salí  del Padre…”). Y toda historia comienza con una bendición: la de la creación (Gn 1,3) y la de la humanidad (en Abrahán). Bendición que se hizo carne en Jesucristo (Ef 1,3).
    San Pablo afirmará que “en Cristo Jesús llegará a los gentiles la bendición de Abrahán…, pues la promesas fueron dirigidas a Abrahán y a su descendencia…, es decir, a Cristo” (Gál 3,14.16). Nuestra historia es la historia de una bendición, la de Dios, a la que muchas veces nos sustraemos por el pecado; pero que Dios mantiene siempre como horizonte de esperanza.

2ª Lectura: 2 Timoteo 1,8b-10

     Querido hermano:
    Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te de. El nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde el tiempo inmemorial, Dios dispuso dar su gracia por medio de Jesucristo; y ahora esa gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

                                   ***                  ***                  ***

    La vocación cristiana es la santidad: ese es el destino del hombre desde “antes de la creación del mundo” (Ef 1,4), “desde tiempo inmemorial” (2 Tim 1,9). El tiempo cuaresmal quiere concienciarnos particularmente de esta vocación. Sin olvidar que la ardua tarea de la evangelización se realiza de manera plena desde la vivencia gozosa del Evangelio.

Evangelio: Mateo 17,1-9

     En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delate de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
     Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
    Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
     Al oírlo, os discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis.
    Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

                       
                                    ***                  ***                  ***
  
     San Mateo reelabora el texto de san Marcos, subrayando algunos aspectos que anticipan su manifestación gloriosa en la resurrección. Jesús es la plenitud de la Ley y los Profetas, personificados por Moisés y Elías. Es el Hijo amado de Dios, el Profeta definitivo a quién todos deben escuchar (Dt 18,15). Este relato está vinculado con el del Bautismo en el Jordán, y en ambos aparece identificado con siervo sufriente que, a través de la muerte, camina a la resurrección.
     Situado el relato después del primer anuncio de la pasión, tiene la función de animar a los discípulos: “Levantaos, no temáis”.


REFLEXIÓN PASTORAL

     En el centro del camino cuaresmal, la liturgia nos presenta el sentido, la meta y al guía del camino: un sentido positivo, una meta transformadora de la existencia, y a un guía, Jesucristo.
     El escenario es radicalmente distinto al del domingo pasado: del desierto inhóspito y  árido, al monte luminoso de la Transfiguración; del Jesús tentado por el diablo, al Jesús glorificado por el Padre; del “si eres hijos de Dios…”, al  “este es mi Hijo”.    
     Se acercaban a Jerusalén, donde iban a tener lugar los dramáticos acontecimientos de la Pasión, y para que los discípulos no se vieran desbordados por esos sucesos, para que pudieran superar el terrible escándalo de la cruz, Jesús escoge a Pedro, Santiago y Juan -los que serán testigos de la agonía en Getsemaní- para manifestarles su auténtica dimensión.
     El que sudará sangre, al que verán como rechazado y maldito, es el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto. A quien el pueblo elegido no sabrá reconocer, es reconocido, sin embargo, por las grandes figuras de ese pueblo: Moisés, autor de la Ley, y Elías, el gran profeta.
     La escena es importante y sugerente. Es, en primer lugar, una revelación de Jesús -“Mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 17,5)-. Flanqueado por las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, Jesús aparece como el centro de la revelación, como el Revelador, con quien conversan las “revelaciones” (la Ley y los Profetas) y los reveladores (Moisés y Elías). Jesús es central, por eso solo a El hay que escuchar  (Mt 17,5). 
     Pero es, también, una llamada a la transformación personal, a la transparencia de Cristo en nuestra vida. Y una denuncia de nuestra opacidad, de nuestra dificultad para traslucir al Señor y de nuestra sordera. Una llamada a ser y a vivir como “hijos  amados y predilectos”, pues "lo somos! (1 Jn 3,1).
     “Vosotros sois luz del mundo…; alumbre así vuestra luz ante los hombres para vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14.16). ¿Qué hemos hecho nosotros de esa luz?  “Que los hombres solo vean en vosotros servidores de Cristo” (1 Cor 4,1), escribía san Pablo. ¿Y qué ven en nosotros?
     La transfiguración del Señor no es para hacer tres chozas en el Tabor. Es para dejarnos iluminar y para iluminar. Para hacer “gozosamente” el camino cuaresmal, que  tiene como meta la transfiguración en criaturas nuevas según el modelo de Cristo.
    ¡Pero, además, no es ésta la única transfiguración del Señor! El se transfigura diariamente en el sacramento de la Eucaristía -“Esto es mi cuerpo” (Mc 14,22)-; se transfigura en el necesitado -“Tuve hambre…, lo que hicisteis a uno de éstos lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 35.40)-… Y no son transfiguraciones opuestas; y que no hay que oponerlas, sino acogerlas con la misma fe.
     Los discípulos quedaron deslumbrados por la transfiguración en gloria; nosotros quedamos confundidos, molestos y hasta decepcionados por estas transfiguraciones del Señor en la debilidad. La transfiguración gloriosa tuvo lugar en la cima de un monte; la transfiguración humilde, en un valle, que solemos llamar “de lágrimas”.
      Y a nosotros, como a los discípulos tentados de quedarse en el monte  (Mt 17,4), Jesús nos invita a descender a la vida concreta, porque la experiencia religiosa no puede ser un aparte, sino un fermento para iluminar la vida.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Tengo experiencia de “éxodo” en mi vida?
.- ¿La santidad, como vocación, me motiva o me deja indiferente?
.- ¿Siento en mi vida la fuerza transfiguradora del Evangelio?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.