jueves, 24 de julio de 2014

DOMINGO XVII -A-


1ª Lectura: 1 Reyes 3,5.7-12

    En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: Pídeme lo que quieras.
    Respondió Salomón: Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?
    Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello y Dios le dijo: Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riqueza ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrás después de ti.

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     La oración de Salomón pidiendo al Señor discernimiento para servir, y no poder, es bien vista por Dios. Y marca el sentido por donde debemos caminar en nuestra oración de petición. San Pablo también oraba para que Dios dotara a la comunidad de espíritu de sabiduría y revelación para conocerle, iluminando los ojos del corazón (cf. Ef 1,17.18).


2ª Lectura: Romanos 8,28-30

    Hermanos:
    Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

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    Dios es un buen referente, el mejor. El amor y la fe en él salvan la existencia. Él nos ha destinado a ser imagen de su Hijo, a configurarnos con él, integrándonos en su familia, personalmente pero no aisladamente.  Este es el contenido profundo de la dignidad, de la responsabilidad y de la esperanza cristianas.


Evangelio: Mateo  13,44-52

     En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
    El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
    El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto? Ellos contestaron: Sí. El les dijo: ya veis, un letrado que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

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      Estas parábolas son propias del evangelio de Mateo. El Reino de Dios es un don  precioso, sorprendente, por el que hay que apostar decididamente y con alegría. La parábola de la red apunta a una realidad ulterior: la postura que se adopte ante el Reino de Dios no será irrelevante, pues habrá un juicio, una evaluación final. Dios no excluye, pero puede haber quienes le excluyan a él y se autoexcluyan. Sin embargo, el juicio, la selección queda en las manos del Dios de la misericordia, capaz de revertir ese juicio en la oferta definitiva de su amor infinito.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Vivir la fe como “un tesoro escondido” (Mt 13,44), como “una perla de gran valor” (Mt 13,46), no parece ser la experiencia de la mayoría de los cristianos o, al menos, no es esa la sensación que transmitimos; más bien sucede lo contrario, la de sentirla como una carga pesada que nos obliga y fatiga o, en todo caso, como algo que no nos motiva excesivamente.
    Nos cuesta visibilizar la dimensión gozosa de la fe. Parece que, como diría el profeta, “la alegría ha huido de nuestra tierra” (Is 24,11). Llamamos “celebración” a la eucaristía, aspecto difícilmente reconocible por alguien no cristiano que entrase en nuestras iglesias. Hemos formalizado y ritualizado todo tanto, que cuesta fatiga descubrir y vivir esa dimensión gozosa de la fe. Y vivir el seguimiento de Jesús como una gracia, no como una pena, es el secreto para vivirlo de verdad.
     San Pablo, en la carta a los Romanos nos habla de la maravilla y de la excelencia de haber sido encontrados, elegidos y amados por Dios. Él lo vivió así, y lo agradeció de todo corazón.
    En el Evangelio, en esas dos miniparábolas, la del tesoro y la de la perla, Jesús nos dice que la opción por él, por el Reino de Dios, es la opción más inteligente y con más futuro, aunque nos cueste. Porque esta es la otra lección: Jesús y el Reino de Dios son un regalo, pero no son una baratija.
     Hay que “venderlo todo”. Jesús no lo ocultó nunca: “Quien quiera seguirme…” (Mc 8,34). Se lo dijo a los discípulos, que lo dejaron todo, y a otros  que se retiraron porque eran muy ricos (Mc 10, 17-22). “Venderlo todo” no es una invitación a la frustración, sino a la realización; no es una llamada al empobrecimiento sino al enriquecimiento; un enriquecimiento paradójico, porque “el que ama su vida, la perderá…” (Lc 9,24). Invitación a invertir en valores de futuro, perennes, a los que no afecta la devaluación, “ni la polilla los corroe” (Lc 12,33).
    No se trata tanto de enajenar nuestros “bienes” cuanto de enajenar nuestros “males”, de liberarnos de lo que obstaculiza el seguimiento de Jesús. Y  hacerlo “con alegría”.
    Para ello necesitaremos, como Salomón (1ª lectura), que Dios nos de el discernimiento lúcido para hacer esa lectura correcta de las experiencias de la vida, y que él configure nuestro corazón a su imagen y semejanza, para buscar y vivir su voluntad. Porque no es posible intentar “servir a dos señores” (Lc 16,13), viviendo fracturados, escindidos, con referencias opuestas.
     Convertir al Señor en nuestra porción (Sal 119,57), en nuestra opción, es la decisión mejor y la más inteligente.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Manifiesto el gozo de haber sido encontrado por Dios?
.- ¿Apuesto con alegría por el Reino de Dios?
.- ¿Cuáles son los contenidos de mi oración?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCAp.

jueves, 17 de julio de 2014

DOMINGO XVI -A-


1ª Lectura: Sabiduría 12,13. 16-19

     No hay más Dios que tú, que cuidas de todo, para demostrar que no juzgas injustamente. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

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    El poder de Dios no es prepotencia o arbitrariedad, es el principio de la justicia y de la misericordia, y se convierte en pedagogía para el hombre: el justo debe ser humano. La dureza es, en realidad,  debilidad; el verdadero poder es indulgente. Dios no está al acecho del hombre: en el pecado no precipita el castigo, da lugar al arrepentimiento. No tiene prisa en juzgar, tiene todo el tiempo para ejercer la misericordia.

2ª Lectura: Romanos 8,26-27

    Hermanos:
    El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. El que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

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    La garantía de la oración del cristiano reside en el Espíritu que ora por nosotros. No es hechura de manos humanas, sino del Espíritu que Dios ha enviado y nos permite decir “Padre”. El mismo que da testimonio de que somos sus hijos (cf. Rom 8,15-16). Esto no supone una alienación personal, porque el Espíritu, por el bautismo, habita en lo más hondo del discípulo de Jesús. Sin ese Espíritu la oración cristiana será imposible y no sabremos lo que pedimos (cf. Mt 20,22).

Evangelio: Mateo 13,24-43
                                                   
    En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: No, que podríais arrancar también el trigo.   Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.
    Les propuso esta otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeñas de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.
    Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a una levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.
    Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: “Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré el secreto desde la fundación del mundo.”
    Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo. El les contestó: El que siembra la semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancará de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojará al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

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     Con estas tres parábolas Jesús quiere exponer algunas realidades del Reino de Dios. La primera es exclusiva de Mateo; la segunda encuentra paralelos en Mc 4, 30-32 y Lc 13,18.19, y la tercera es compartida solo por Mt y Lc 13,20-21. En la de la cizaña destaca la paciente sabiduría de Dios (cf. 1ª lectura), que sabe dar tiempo a las cosas y enseña a no ser precipitados. El Reino de Dios ha de saber integrar las tensiones inherentes a su devenir histórico. Ha de admitir con esperanza que la obra de Dios alcanzará su fruto, pero para eso el grano ha de ser enterrado (parábola de la mostaza); porque esa humilde semilla participa de la energía de Dios, capaz de transformar y dinamizar la realidad (parábola de la levadura). La explicación pormenorizada, alegorizada, de la parábola de la cizaña, como la del sembrador, responde a un momento ulterior de la enseñanza reservada a los discípulos. Como en la del sembrador, se concluye con una llamada al discernimiento personal.

REFLEXIÓN PASTORAL

    “Dejadlos crecer juntos…”. ¡Una lección de realismo! Aceptar vivir en un mundo en el que hay buenos y malos, trigo y cizaña. Convivencia, a veces tan dura, que aparece la tentación de la impaciencia: ¡arranquemos la cizaña! ¿por qué ha de ocupar espacio en el campo?
     Jesús hablaba a personas impacientes, que se preguntaban: ¿por qué tantos malhechores?, ¿a qué espera Dios para liquidarlos a todos? Y tiende a calmar e iluminar esa impaciencia.
     Dios no es el sembrador de la cizaña. Al final habrá un juicio. Y Dios será el único juez, porque los hombres podemos confundirnos, al no ver en el interior del corazón (cf. 1 Sam 16,7).
     La 1ª lectura nos habla del juicio de Dios, un juicio “con moderación”, “con gran indulgencia”, un juicio justo, “que te hace perdonar a todos” y que “en el pecado das lugar al arrepentimiento”. Porque la dureza es, en el fondo, debilidad; el verdadero poder es indulgente. Y procediendo así, “enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano”. La revelación del hombre a ser hombre: humanidad es el indicativo de la verdadera justicia.
     Es una pena que haya tanta cizaña en el mundo. ¡Y tanta cizaña dentro de nosotros! Lo que podemos y debemos hacer para reducirla es comenzar por arrancar la del propio campo. Acondicionar nuestro terreno. Ante la pretensión de entrar a limpiar el campo ajeno, Jesús advierte: “Saca primero la viga de tu ojo y, luego, verás a sacar la mota del ojo de tu hermano” (Mt 7,5). Porque, si no, “podríais arrancar también el trigo”.
     Nadie es enteramente trigo limpio, ni totalmente cizaña. Y todos podemos evolucionar positivamente ¡gracias a Dios! A Él no le apremia el tiempo. Su perspectiva es más amplia y generosa que la nuestra.
     No es infrecuente en algunos sectores de la Iglesia la tentación de recluirse en grupos homogéneos, elitistas, excluyendo a los semiconvencidos, a los no comprometidos… Jesús ve a su iglesia de un modo distinto: un pueblo de amplia acogida y paciencia, de humildad y esperanza. Porque, cizaña era la oveja perdida (Lc 15,1-7), la moneda extraviada (Lc 15,8-9), el hijo pródigo (Lc 15,11-32), el “buen ladrón” (Lc 24,33-43), la mujer adúltera (Jn 8,3-11), Zaqueo (Lc 19,1-10), la pecadora pública (Lc 7,37-49), los publicanos y pecadores (Mc 2,15-17)…
     “Ser humanos” es, entre otras cosas, tener voluntad y compromiso serio por la justicia, pero también comprensión y acogida para acompañar y convivir con las debilidades, propias y ajenas. Rezuman sabiduría evangélica las palabras de Benedicto XVI: “¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente,  que derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías de poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios, Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios que se ha hecho Cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres” (Benedicto XVI en la eucaristía de su entronización el 24-IV-005).
    La paciencia hoy no tiene buena prensa -ni siquiera tiene prensa-; vivimos en el signo contrario, el de la urgencia. La paciencia está vinculada con la esperanza –“Tened paciencia, hermanos… Mirad cómo el labrador sabe esperar…” (Sant 5,7-8); con el optimismo en la bondad última de las cosas -“de las piedras puede sacar Dios hijos de Abrahán” (Lc 3,8)-, y con el amor –“el amor es paciente” (1 Cor 13,4). La paciencia no es una “debilidad”, sino una “energía” para afrontar las “provocaciones” de la vida sin ofuscarse, incurriendo en decisiones o juicios precipitados, resultado de una lectura deficiente, poco ponderada o pasional. La paciencia da tiempo al tiempo, porque “todo tiene su tiempo” (Qoh 3,1), y porque es generosa y piensa bien.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué nivel de humanidad se refleja en mis juicios?
.- ¿Cómo es mi oración? ¿Está inspirada por el Espíritu?
.- ¿Qué siembro en la vida: buena semilla o cizaña?


 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 10 de julio de 2014

DOMINGO XV -A-


1ª Lectura: Isaías 55,10-11

     Esto dice el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

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     Texto profético precioso y preciso sobre la palabra de Dios, “viva y eficaz”, que halló su encarnación en Jesucristo, la Palabra salida del Padre, que vino a la tierra para hacer su voluntad, y que regresó al Padre, después de haber empapado y fecundado a la tierra con su propia sangre derramada para la vida del mundo.


 2ª Lectura: Romanos 8,18-23

    Hermanos:
    Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería libre de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no solo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

                        ***                  ***                  ***                  ***

      El cristiano vive en la esperanza. Eso le permite vivir con lucidez y realismo la situación presente. Las “frustraciones” de la vida no deben nublar su mirada; estamos orientados por Jesucristo y hacia Jesucristo, hacia la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Desde ahí, Pablo exhorta a asumir con entereza los “trabajos” del Evangelio (cf. 2 Tim 4,5) y las “exigencias” de la fe.

Evangelio: Mateo 13,1-23
                                                                                                        
    Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:
    Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.
    Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les contestó: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con os ojos ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.
    Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
    Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

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    El texto consta de dos momentos: la parábola propiamente dicha y la explicación alegorizada de la misma. La parábola podríamos calificarla de “autobiográfica”: Jesús es ese sembrador salido a sembrar; no ha excluido a nadie, a ningún terreno; su palabra, de momento, ha germinado solo en unos pocos, los humildes, que son la tierra de futuro. En ella hay también una denuncia de los que se inmunizan y se cierran a la semilla de Dios. Y concluye con una seria llamada al discernimiento responsable. Puede también leerse como una proclamación de confianza en la vitalidad y fecundidad de la semilla, la palabra de Dios.
   La ampliación alegórica se centra ya en los diversos terrenos, y es una invitación a autoidentificarse y a ver qué tipo de acogida dispensa cada uno a la Palabra de Dios.


    REFLEXIÓN PASTORAL

    Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar…” (Is 55, 10-11).  Esto se predica de la palabra de Dios, pero conviene profundizar. Porque Dios no solo pronuncia palabras, es personalmente la Palabra. (Jn 1, 1.14). Y esa Palabra salida de Dios (1ª lectura), humanizada y encarnada en Jesús, nos habla. Y hoy nos habla a través de esta parábola.
      Mateo la denomina “parábola del sembrador”, porque el protagonista principal es el Sembrador, que siembra esperanzadamente en el corazón de los hombres la buena nueva de Dios, sin discriminar terrenos. Pero no es él el único protagonista; está “la tierra”, que también tiene sus responsabilidades, y está “la semilla”.
      Para entender la parábola hay que remontarse a la experiencia de Jesús. Llevaba ya un tiempo anunciando el Reino en todos los terrenos, con reacciones muy diversas. Había chocado con la oposición de los escribas y fariseos (Mc 3,22); la incomprensión de los familiares (Mc 3,21); había visto cómo algunos, al principio entusiasmados, lo abandonaron pronto (Jn 6,66); había sentido la indiferencia de ciudades como Corazaín y Betsaida (Mt 11,21); había percibido las reticencias de los discípulos del Bautista y las perplejidades de éste (Mt 11,3)-; también había conocido a limpios de corazón, sencillos y abiertos a su palabra (Mt 11,25)…
     Llegó un momento de cierta crisis en el grupo, al ver el poco eco y la resistencia que encontraba en el público. Y Jesús tuvo que retirarse hacia la región de Cesarea de Filipos, para hacer una profundización con los discípulos (Mt 16,13ss).
     La “buena noticia” salida de Dios suscitó un entusiasmo inicial. Cuando reveló sus exigencias, algunos hundieron en ella sus raíces, pero otros volvieron a la vida superficial o desorientada por los múltiples afanes, llegando incluso a la hostilidad.
     Senderos, piedras, zarzas, tierra buena: ¡qué diferentes son los terrenos! ¡No importa! El sembrador es optimista, porque la semilla es buena, y ve cosechas no uniformes, pero cosechas al fin y al cabo. También el texto de la segunda lectura insiste en el optimismo radicado en la obra creadora de Dios, que, “aunque sometida a la frustración…, expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios (Rom 8, 20.19).
     Aquí está el nudo de la parábola: en el optimismo radical que transmite. ¡Siempre hay cosecha, aunque desgraciadamente no todos los terrenos se dejen fecundar.
     En nuestro presente eclesial se detecta desencanto. ¿No se habrá perdido la semilla? ¿No habrá perdido ésta su capacidad fecundadora? ¿Dónde está fructificando hoy tan prodigiosamente? ¿Es solo fecunda en los mundos subdesarrollados? ¿No se habrá engañado y nos habrá engañado Jesús? Cuando arriesgamos tan poco, ¿no será que no nos fiamos de él? ¿Qué acogida encuentra en mí la palabra de Dios? ¿Qué resistencias encuentra?
            La parábola invita a una doble verificación. En primer lugar, la de nuestra actitud de escucha: “Escuchad” (Mc 4,3). “¡Ojalá escuchéis hoy su voz! ¡No endurezcáis el corazón!” (Sal 95,7-8).  La escucha de la palabra de Dios no es solo un ejercicio exterior, de audición externa, verbal, sino que exige una acogida interior. Y, en segundo lugar, la de la identificación de la situación personal ante la palabra de Dios. Verificar qué tipo de tierra somos.
Ya en otros lugares advirtió Jesús de que la escucha es imposible sin una verificación y discernimiento profundos. Sin ellos se confunde y tergiversa al mensaje (Lc 23,5.14); al mensajero (Mt 11,18-19), y se confunden los propios oyentes, que acaban por inmunizarse ante las urgencias renovadoras de la palabra de Dios (Mt 3,9). “¡Quien tenga oídos, que oiga!” (Mc 4,9)

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cuál es mi actitud ante la palabra de Dios?
.- ¿Está mi vida orientada linealmente a Jesucristo?
.- ¿Soy sembrador de la palabra de Dios? 


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap

jueves, 3 de julio de 2014

DOMINGO XIV -A-


1ª Lectura: Zacarías 9,9-10

    Así dice el Señor: Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones. Dominará de mar a mar, desde el Eufrates hasta los confines de la tierra.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     El profeta diseña un perfil nuevo para presentar al rey salvador. Hay un cambio de modelo, pero persiste la esperanza: del rey poderoso y guerrero al rey modesto, justo e instaurador de la paz. Desde ahí alcanzará la victoria y realizará su dominio en favor de todos los pueblos. Será la figura que hallará su cumplimiento en Jesucristo (Mt 21,5).

2ª Lectura: Romanos 8,9. 11-13

    Hermanos:
    Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el espíritu de Cristo, no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Por tanto, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a  la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

                        ***                  ***                  ***                  ***
    Por el bautismo el cristiano ha sido incorporado a Cristo; pero eso no es un hecho ritual ni se acredita ritualmente. Se trata de una incorporación existencial, y se acredita existencialmente. La existencia cristiana es necesariamente “espiritual”, entendida no como abstracta y teórica, sino en cuanto está inspirada y dinamizada por el Espíritu del Señor. Pertenecer o no a Cristo es cuestión de vida o muerte.

Evangelio: Mateo 11,25-30

                                                                         
    En aquel tiempo exclamó Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Tres pasos pueden individuarse en este precioso texto: 1) Una alabanza a Dios Padre por su opción de revelarse a los humildes, y por revelarse humildemente. 2) Una declaración de su misterio y comunión personal con el Padre: Jesús es el Hijo y la revelación exhaustiva del Padre; no hay que buscar otro, porque él conoce el interior del Padre y lo conoce desde el interior. 3) Una invitación a participar de la Buena Noticia  de la que él es portador. Su propuesta de vida, que pasa por la cruz, es posible porque la comparte él, personalmente, con cada uno de nosotros.
   

REFLEXIÓN PASTORAL

     “Aprended de mí” (Mt 11,29). La invitación es clara. Jesús es el Maestro; quien imparte la enseñanza más veraz de Dios, pues conoce al Padre desde dentro -habita en Él (cf. Jn 6,57; 14,10)-; y conoce su interior.
     ¿Y quienes son los destinatarios de esa revelación? Los sencillos. ¿Por méritos propios? No; porque esa ha sido la opción de Dios (Mt 11,26).
     A Dios le gusta trabajar con material frágil (Gn 2,7). La elección de Israel (Dt 7,6) no se debió a su calidad ética o numérica (Dt 9,4.6), sino por puro amor (Dt 7,7-8). Y, “llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo…” (Ga 4,4), quien “se despojó de su rango, tomando condición de siervo” (Flp 2,7) y, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros” (2 Cor 8,9). Sí; “Dios ha escogido lo débil” (1 Cor 1,27; cf. St 2,5). Más aún, se ha hecho débil (cf. Lc 2,7) y ha cargado con nuestra debilidad (Is 53,4). Para interpretarse eligió el tono menor. 
       “Dios ha escogido más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte… Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios” (1 Cor 1,27-29). Pero no hay porqué identificar la sencillez con la ignorancia y, menos aún, con la vulgaridad. Jesús la identifica con la mansedumbre y la humildad. Así es su corazón -el de Jesús -, y así ha de ser el del cristiano: “manso y humilde” (Mt 11,29).
      Y Jesús agradece y celebra esa decisión de Dios, a quién ya el profeta Zacarías presenta en la 1ª lectura inclinado hacia la humildad y sencillez (Zac 9,9).   “¡Qué insondables son sus decisiones!” (Rom 11,33).
     La opción de Dios y su estilo están claros. Opción y estilo, que frecuentemente contrastan con los nuestros: a nivel personal y eclesial.
    La debilidad, la propia y la ajena, nos desestabiliza y angustia. Evaluamos y sobrevaloramos nuestros haberes  y saberes… Pretendemos construir el Reino de Dios con “otros” materiales; seguir a Jesús con “otros” estilos… Hemos de asumir nuestro barro con serenidad y gratitud (Is 64,7); entonces percibiremos que “el espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8,26). Y desde aquí se entienden las bienaventuranzas.
       En una sociedad que no solo exalta el poder sino que lo identifica con la violencia; que equipara al héroe con el vencedor, al valiente con el violento…,¡qué necesario es releer estas palabras!
       Jesús se presenta, además, como el consolador y el reposo de los agobios y cansancios del hombre, pero no oculta sus exigencias: no es un colchón cómodo, ni inspirador de un sentimentalismo barato.
       Jesús se reconoce como el destinatario de la revelación y salvación de Dios en beneficio del hombre. Y se ofrece y la ofrece generosamente, pero también responsablemente. Acercarse a él no es una decisión irrelevante.
       Para ello es necesaria, recuerda la 2ª lectura, la presencia del Espíritu. La existencia cristiana tiene parámetros de referencia propios. Hay dos tipos de existencia, una carnal, con la muerte como horizonte, y otra espiritual, asimilada al Espíritu de Dios que habita en los creyentes; y esta es imprescindible para ser cristiano, pues: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Rom 8,9).
     “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,28).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Sé interpretar la vida en clave menor? 
.- ¿Qué espíritu anima mi vida? ¿El de Cristo?
.- ¿A dónde acudo? ¿A Cristo o a “otros” lugares?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

viernes, 27 de junio de 2014

SANTOS PEDRO Y PABLO


    1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 12,1-11

        En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su costa a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno: tenía intención de ejecutarlo en público, pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.
    La noche antes de que lo sacara Herodes estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado a ellos con cadenas. Los centinelas hacían guardia a las puertas de la cárcel.
    De repente se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: Date prisa, levántate.
    Las cadenas se le cayeron de las manos y el ángel añadió: Ponte el cinturón y las sandalias.
    Obedeció, y el ángel le dijo: Échate la capa y sígueme.
    Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel.
    Pedro recapacitó y dijo: Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Los primeros pasos de la Iglesia están jalonados de cadenas y de muerte. Herodes  Agripa I, nieto de Herodes el Grande, queriendo congraciarse con la población judía, descontenta con su gestión, ordenó la muerte de Santiago, el primero de los Doce en beber el cáliz del Señor (cf. Mc 10,39), y la prisión de Pedro, con ánimo de ejecutarlo públicamente.  Lo había anunciado Jesús, pero también había prometido su asistencia. Esta escena quiere mostrar esa providencia de Dios sobre Pedro, rompiendo sus cadenas. El camino de la Palabra estará señalado de peligros, pero no podrá ser amordazada ni encadenada (cf. 2 Tim 2,9). Y no olvidar el detalle: en una situación tan crítica, la Iglesia oraba insistentemente


2ª Lectura: 2ª Timoteo 4,6-8. 17-18

    Querido hermano:
    Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de la partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día; y no solo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.
    El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Conciente de haber recorrido el camino, de haber combatido bien, Pablo confía su suerte al Señor. Esta es la serenidad y la seguridad del Apóstol y de todo apóstol. Testigo de experiencias duras, también lo ha sido de la cercanía del Señor. Con estas palabras quiere animar a Timoteo, y en él a todos los pastores, a proclamar la Palabra de Dios “a tiempo y a destiempo” y a soportar los sufrimientos inherentes a la evangelización.

 Evangelio: Mateo 16,13-19

    En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?
    Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.
    Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
    Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
    Jesús le respondió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     En un momento crítico de su ministerio, Jesús se retira al norte de Galilea. Allí intenta cohesionar al grupo y clarificarlo ante las impugnaciones que recibe de parte de las fuerzas vivas del pueblo. El texto reviste peculiaridades respecto de los paralelos sinópticos (es más extenso y la figura de Pedro está más destacada). Las palabras de Jesús a Pedro solo las transmite Mateo. La “piedra” sobre la que se edifica la Iglesia es la profesión de fe de Pedro, nombre con el que será designado a partir de este momento en el evangelio. La pregunta de Jesús a los discípulos, la respuesta de Pedro y las promesas de Jesús son centrales en el relato. En él pueden distinguirse dos niveles: uno cristológico, y otro eclesial.

REFLEXIÓN PASTORAL

    La Iglesia celebra hoy la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Hermanados en el martirio en Roma, las relaciones de Pedro y Pablo no fueron, sin embargo, tan uniformes como una tradición, iniciada ya por san Lucas, ha querido presentar. Privilegiamos el testimonio personal de Pablo, que habla de tres encuentros con Cefas. Los dos primeros en Jerusalen, y un tercero en Antioquía. Es el tercero el que reviste los tonos más severos. Solo Pablo habla de él (Ga 2,11-15). Tiene lugar en Antioquía y está motivado por la actitud de Pedro, al retirarse de participar en la mesa con los cristianos venidos del paganismo ante la llegada de algunos judeocristianos del grupo de Santiago. Pablo lo afronta, calificando su conducta de “simulación” (Ga 2,13) y de “desviación de la verdad” (Ga 2,14).
    No sabemos nada más. Ni a Cefas ni a Santiago se les puede achacar  de pervertir el Evangelio. Pero Pablo vio más hondo y más lejos. El texto no dice cómo terminó el debate, y eso puede ser elocuente. La historia posterior ha querido limar arista.
    Con perfiles, procedencias y estrategias pastorales diferenciadas, les unió la pasión por Cristo.
   Pedro, un pescador rudo y temperamental, debía tener sus planes al unirse al Nazareno (Mt 19,27). Dispuesto a dar la vida por Jesús (Mc 14,31), lo siguió a casa de Caifás, para terminar negándolo…, y llorando (Mc 14,66-72). Fue el primero en la fe (Mt 16,16) y en la negación. Y es que todo lo referente a Jesús, Pedro lo vivía a tope. No sabía estar a la altura del Maestro (Mc 8,33), pero no sabía estar sin el Maestro (Jn 6,68-69). Se hundía hasta el cuello en sus temeridades, para gritar después: “¡Sálvame, Señor!” (Mt 14,30).
     Si Pedro amaba apasionadamente a Jesús, Jesús amaba profundamente a Pedro. Por eso, su sueño de Getsemaní le afectó particularmente (Mc 14,87). Pero no le retira su confianza, se la reitera.  No le importaban las caídas, sino el amor (Jn 21,15ss). Y le confió las llaves de la Iglesia (Mt 16,19). Pedro tenía lo justo para ser el primer Papa: humanidad, amor a Jesús…, y debilidades. ¡De ahí hace Dios los infalibles!
Pablo, presentaba otros antecedentes. Hebreo de origen (Flp 3,5) y ciudadano romano (Hch 16,37). Fariseo (Flp 3,5; Gal 1,14), fue captado por y para el Evangelio (I Co 9,16; Ef 3,11ss). Fascinado por Cristo (Flp 1,21) y por su Cruz (Gal 6,14). Perseguidor de la Iglesia (Gal 1,13), apasionado por ella (II Co 11,28; Col 1,24) y animador de su fe (Rom 1,11ss). Contemplativo (II Co 12,2ss) y viajero (II Co 11,26); místico (Gal 2,19-20) y teólogo (I Co 12,1ss). Irreductible ante las adversidades (Rom 8,35; II Co 11,24ss) pero vulnerable al desamor (II Co 2,1ss). Enérgico (II Co 10,1-11) y tierno (II Co 6,11-13); humilde (I Co 15,8-10) y “presumido” (II Co 11,16ss); tradicional (I Co 11,23ss; 15,3ss) y creativo (Gal 5,1ss; I Co 7,12.25); celoso de su libertad (Gal 2,4-5) y de la libertad cristiana (Gal 5,1ss)…  Así es Pablo: “un tesoro en vasijas de barro” (II Co 4,7).           
      La Iglesia les ha hermanado, fundiéndolos en un abrazo; un  hermanamiento necesario, pues no puede prescindir de ninguno de los dos. Es más, la Iglesia oscila entre Pedro (y lo que representa) y Pablo (y lo que representa): estilos y estrategias necesarias por su diversidad y complementariedad al servicio del Evangelio.
           
REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué nos dicen estas figuras a los cristianos de hoy?
.- ¿Con cuál de ellas me siento más identificado?
.- ¿Siento su seducción por Cristo?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 19 de junio de 2014

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -A-


1ª Lectura: Deuteronomio 8,2-3. 14b-16a

     Habló Moisés al pueblo y dijo: Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná -que tú no conocías ni conocieron tus padres- para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo de cuanto sale de la boca de Dios. No sea que te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua; que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó con un maná que no conocián tus padres.

                        ***                  ***                  ***                  ***
    Antes de entrar en la Tierra prometida, Moisés invita al pueblo a “recordar” el camino liberador que Dios ha hecho con él a lo largo del desierto. Esa “memoria” debe acompañarle siempre. Un camino jalonado de “pruebas”, para conocer sus verdaderas intenciones, pero sobre todo un camino jalonado de providencia amorosa de Dios, manifestada, entre otros signos, en el maná, evocación de otro alimento, el verdadero: el que sale de la boca de Dios, y profecía del pan eucarístico.


2ª Lectura: 1ª Corintios 10,16-17

    Hermanos:
    El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     Nos encontramos ante el testimonio más antiguo del Nuevo Testamento sobre la Eucaristía. Pero Pablo no solo está dando una información ni haciendo solo una afirmación sobre la Eucaristía. Está advirtiendo del peligro de distorsionarla, de desnaturalizarla. La Eucaristía es presencia real/sacramental de Cristo, pero es al mismo tiempo propuesta existencial de Cristo para los cristianos. La Eucaristía debe ser vínculo de unión de los cristianos con Cristo y de los cristianos entre sí.

Evangelio: Juan 6,51-59

                                                    
     En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
    Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?
    Entonces Jesús les dijo: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Quizá estos versículos encajarían mejor en el contexto de la última cena de Jesús con sus discípulos, tal como la narran los sinópticos. El autor del IV Evangelio los insertó aquí como continuación del discurso sobre el pan de vida (Jn 6,22-71), tras la multiplicación de los panes (Jn 6,l 1-15). Como Moisés desveló el sentido del maná (Dt 8,3), Jesús desvela el sentido y la identidad del pan verdadero: el de la vida eterna que solo el Hijo del Hombre puede dar (Jn 6,27). Él es el verdadero maná (Jn 6,32). Pan de la vida; pan necesario; pan gratuito; pan de comunión. Ese es el pan por el que hemos de esforzarnos (Jn 6,27); porque ese es el pan que sacia de verdad las hambres más profundas del hombre, y que aporta inspiración y fuerza para aliviar otras hambres.


REFLEXIÓN PASTORAL

La celebración de esta fiesta debe suscitar una pregunta: ¿Qué es la Eucaristía? Una pregunta necesaria en unos contextos como los nuestros, donde todo se desdibuja y desfigura con presentaciones “a la carta”. Porque no podemos convertir en irrelevante la herencia de Jesús.
La Eucaristía es la mayor audacia de Cristo, de su amor. El colofón de la gran aventura de la encarnación de Dios. No fue una improvisación de última hora. Fue algo muy pensado. Nació de su corazón. El amor tiene necesidad de dar y, si es preciso, de darse. Pero, además, el amor desea quedarse. La ausencia es el gran tormento del amor. En la hora del “adiós” se dejan cosas que suplan o amortigüen la ausencia… No importa lo que sea, pero siempre es algo en el que uno pone lo mejor de sí mismo, “para que te acuerdes de mí”, decimos.
La Eucaristía no fue, pues, un hecho aislado ni aislable en la vida de Cristo: se sitúa en la lógica de su vida, una vida para los demás.  Y de maneras diferentes fue sembrando su vida de alusiones. Siendo sapientísimo, no supo inventar cosa mejor; siendo todopoderoso, no pudo hacer nada mejor ni hacerlo mejor; siendo riquísimo, no pudo hacernos mejor don que el de sí mismo. Ahí está el misterio de la Eucaristía.        
La Eucaristía es presencia real, no única (no excluye otras presencias de Jesús), pero singular y privilegiada. Presencia para adorar y escuchar en la oración y meditación; presencia a celebrar como sacramento de nuestra fe (Lc 22,19); presencia para actualizar apostólicamente “hasta que vuelva” (1 Cor 11,26); presencia cohesionadora de la comunidad cristiana (1 Cor 10,16-17); presencia que nos invita a interpretar eucarísticamente la propia vida, en clave de donación y entrega (Lc 22,19-20) y de acción de gracias (Col 3,15).
            De esto nos habla la Eucaristía, pero no solo nos habla, también nos urge. Esa presencia no es solo evocadora sino provocadora. Cristo hecho presencia nos urge a hacerle presente en nuestra vida, y a estar presentes junto al prójimo. Cristo hecho pan, nos urge a compartir nuestro pan. Cristo solidario, nos urge a la solidaridad fraterna. Cristo, entregado y derramado por nosotros, nos urge a abandonar posiciones cómodas para recrear su estilo radical de amar y hacer el bien. Por eso la Eucaristía es recordatorio y llamada al amor fraterno. Es la expresión de la caridad de Dios al hombre y llamada a la caridad del hombre para con el hombre.
Hay, entre otros muchos aspectos y de gran transcendencia, uno que no conviene olvidar: la Eucaristía es presencia y ausencia de Cristo; certeza y nostalgia. Nos habla de Cristo y nos remite a Cristo. Es memoria de Cristo y  profecía de Cristo. La celebramos mientras esperamos su gloriosa venida (Apo 22,20). Por eso es “el sacramento de nuestra fe”, del amor de Cristo y de la esperanza cristiana.  Solo desde ella estamos capacitados para salir al encuentro de la vida como profetas del Señor (Jn 15,5). La Eucaristía no solo es alimento de vida, nos aporta la energía de Jesús, sino proyecto y modelo de vida: no convoca y compromete en su proyecto.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Alimento mi vida con la fuerza de la Eucaristía?
.- ¿Cómo me acerco a ella?
.- ¿Cómo la traduzco en mi vida


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap

viernes, 13 de junio de 2014

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


1ª Lectura: Éxodo 34,4b-6.8-9

    En aquellos días Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en sus manos las dos tablas de piedra.
    El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.
    El Señor pasó ante él proclamando: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.
    Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ese es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.

                                   ***                  ***                  ***

    Tras romper Moisés las tablas de la Alianza, al ver el pecado del pueblo postrado ante el becerro de oro (Ex 32, 15-24), Dios, movido a compasión, le ordena de nuevo labrar dos tablas como las primeras y subir de nuevo al monte. Allí tiene lugar la revelación de Dios por el mismo Dios: “compasivo, misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Esa es su identidad más profunda. Y la historia no será otra cosa que la traducción de esa realidad en la vida. Dios está siempre dispuesto a renovar su Alianza.


2ª Lectura: 2 Corintios 13,11-13

    Hermanos:
    Alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso santo. Os saludan todos los fieles. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros.

                                   ***                  ***                  ***

    Pablo concluye su carta a los Corintios con esta exhortación a una vida de comunión en el amor de Dios. Y se despide con una fórmula trinitaria, probablemente de origen litúrgico. Les desea que en su comunidad acojan y traduzcan el misterio de Dios: su gracia, su amor y su comunión. Dios es familia, y la Iglesia debe vivir, aunque sea a pequeña escala, como la familia de Dios.


Evangelio: Juan 3,16-18

                                                          
    En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
    El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

                                   ***                  ***                  ***

    Jesús desvela el proyecto de Dios que él ha venido a llevar a plenitud: un proyecto de amor. No ha venido a condenar, su pastoral fue siempre de integración, de acogida… Y ese estilo no debe perderse. El Evangelio de Jesús es el del amor de Dios, que solo puede proclamarse con amor. Dios nunca condena, es Salvador. La condenación no la gestiona Dios, sino el propio hombre que se coloca de espaldas a su iniciativa amorosa. Pero Él siempre está dispuesto a escribir de nuevo las tablas de su Alianza.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Celebramos la fiesta del Misterio de la Santísima Trinidad: la verdad íntima de Dios, su misterio. Y la verdad fundamental del cristiano.  Para unos, este Misterio resulta prácticamente insignificante; para otros, teóricamente incomprensible...Y así, unos y otros, por una u otra sinrazón, "pasan" de él. ¿Tanto nos habremos insensibilizado y distanciado de nuestros núcleos originales?  En su nombre somos bautizados; en su nombre se nos perdonan los pecados; en su nombre iniciamos la Eucaristía; en su nombre vivimos y morimos: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
    Hoy se constata una tendencia a prescindir de Dios. Insensibles, vamos acostumbrándonos o resignándonos a eso que ha dado en llamarse  “el silencio de Dios”, y que otros, más audaces, denominaron  “la muerte de Dios”; sin percatarse de que, en esa atenuación o desaparición del sentido de Dios, el más perjudicado es el hombre, que pierde así su referencia fundamental (Gen 1, 26-27), hundiéndose en el caos de sus propios enigmas.
    ¿Quién es Dios? Una pregunta desigualmente respondida, pero una pregunta ineludible, inevitable, porque Dios no deja indiferente al hombre; lo lleva muy dentro para desentenderse de Él.
     Para nosotros, ¿quién es Dios?  Dios no puede ser afirmado si, de alguna manera, no es experienciado. ¿Qué experiencia tenemos de Dios? ¿Tenemos alguna? ¿O solo lo conocemos de oídas (Jb 42,5)? Estamos expuestos a un grave riesgo: acostumbrarnos a Dios, un Dios cada vez más deteriorado por nuestras rutinas. Un Dios al que llamamos "nuestro dios", quizá porque le hemos hecho nosotros, a nuestra medida y que sirve para justificar nuestras cómodas posturas, sin preguntarnos si ese "dios" es el Dios verdadero.
     "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1 ,18). Jesús es quien esclarece el auténtico rostro de Dios, su auténtico nombre. Y no recurrió a un lenguaje difícil, para técnicos, sino accesible a todos: Dios con nombres familiares: Padre, Hijo y Espíritu de Amor. Dios es familia, diálogo, comunión. Jesús no tuvo interés en hacer una revelación teórica de Dios, esencialista, sino concreta. Por eso Dios para nosotros  más que un misterio, aunque no podemos por menos de reconocer un porcentaje de misterio, es un modelo de vida (Mt 5, 48; Lc 6,36).
     Porque Dios es Familia, quiere que "todos sean uno,  como Tú y Yo somos uno" (Jn 17,21); porque es  Diálogo, quiere veracidad en nuestras relaciones: "vuestro sí sea sí..." (Mt 5,37); porque es Salvador, quiere que nadie se coloque de espaldas a las urgencias del hermano: "Tuve hambre..." (Mt 25,35); porque “es  Amor” (8I Jn 4,), quiere que nos amemos...
     Esto es creer en Dios, vivir a Dios. "Si vivimos, vivimos para Dios" (Rom 14,8)... Ser creyente es una cuestión práctica y de prácticas. Dejar que Dios sea Dios en la vida. Dejar que Dios sea realmente lo Absoluto, el Primero y Principal. Lo Mejor. Solo Dios.  Pero no  solos con Dios, por que Dios no aísla. Quien abre su corazón a Dios de par en par experimenta inmediatamente que ese corazón se convierte en "casa de acogida".


REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué experiencia tengo de Dios, y qué experiencia transmito?
.- ¿Contemplo al hombre como “espacio” de Dios?
.- ¿Traduzco la comunión con Dios en comunión fraterna?



DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.