miércoles, 26 de abril de 2017

DOMINGO III DE PASCUA -A-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,14.22-28

    El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los Once, levantó la voz y dirigió la palabra: Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice: Tengo siempre presente al Señor,
        con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua
                    y mi carne descansa   esperanzada.
Porque no me entregarás a la muerte
                    ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
                    Me has enseñado el sendero de la vida,
                    me saciarás de gozo en tu presencia.

                            ***             ***             ***

    El discurso que Lucas pone en boca de Pedro es el primero de una serie de seis discursos (Hch 2; 3; 4; 5; 10 y 13) que siguen fundamentalmente un esquema idéntico, y que resumen la predicación cristiana primitiva: Ha llegado el tiempo de la plenitud y el cumplimiento de las promesas a través de Jesús -su ministerio, muerte y resurrección-. Los primeros destinatarios del anuncio son los miembros del pueblo de Israel, pero no los únicos.


2ª Lectura: 1 Pedro 1,17-21

    Queridos hermanos:
    Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos para nuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

                            ***             ***             ***

   La Carta de Pedro invita a los cristianos a ser concientes y a  no dilapidar la obra realizada por Dios en su favor mediante la entrega salvadora de Cristo. Hay que tomarla en serio y traducirla en la vida. La fe y la esperanza cristianas se acreditan desde la praxis, y deben ser el servicio que el creyente ofrezca al mundo.



Evangelio: Lucas 24,13-35

                                    
    Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
    Él les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
    Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado allí estos días?
    Él les preguntó: ¿Qué?
    Ellos le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.
    Entonces Jesús les dijo: ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?
     Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
    Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día va de caída.
     Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
    Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
    Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
     Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

                            ***             ***             ***

     El relato es exclusivo del evangelio de san Lucas. Dos discípulos, tras la crucifixión, han perdido la esperanza -“esperábamos”- y deciden abandonar el proyecto de Jesús. No daban crédito ni a las mujeres ni a los testigos del sepulcro vacío.    
     Jesús se les acerca para enseñarles a “leer” la historia y las Escrituras, porque buena parte de aquella decepción partía de una lectura equivocada, de una concepción mesiánica tergiversada, triunfalista y nacionalista.
    Esclarecido el sentido mesiánico de la vida de Jesús, que les había caldeado el corazón, la fracción del pan les abre los ojos, y acaban reconociéndole. Y, desandando el camino del abandono, regresan con su testimonio a la comunidad de los discípulos.
    La escena podemos considerarla una parábola del encuentro personal con Jesús, un encuentro necesario, al tiempo que desvela a la Eucaristía como la plataforma para reconocer hoy al Señor.
    

REFLEXIÓN PASTORAL

      Unos discípulos, desencantados deciden abandonar, olvidar  “la causa de Jesús”. Estaban de vuelta, resignados a volver a lo de siempre. ¡Todo había sido una ilusión!
      Lo de “al tercer día resucitará” (Mt 20,19), una quimera, “de eso ya han pasado tres días” (Lc 24,21); lo de “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), se acabó en el monte Calvario; lo de “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)… De eso, nada de nada. Lo de amar hasta entregar la vida (cf. Jn 15,13), tiene necesariamente un final: acaba con la vida de quien se entrega a ese ideal… “Esperábamos que fuera el libertador de Israel…, pero ya ves” (Lc 24,21). La realidad se ha impuesto, frente al sueño que encarnaba Jesús.
     Así pensaban ellos, pero la realidad no era así. Y Jesús se acercó al desencanto de aquellos hombres. Les escuchó, y les hizo caer en la cuenta de que su lectura era equivocada (Lc 24,25). Necesitaban “otra” lectura, más cálida y profunda. 
    Y al querer seguir adelante, confortados por la presencia y las palabras del desconocido, le formularon un deseo eterno: “Quédate con nosotros, porque se hace tarde” (Lc 24,29). Y, al partir el pan, reconocieron al Señor. Y es que para el discípulo de Cristo, los auténticos espacios para reconocer al Señor son la escucha creyente de la Palabra de Dios y la Eucaristía. Es ahí donde se le encuentra y donde él nos encuentra.
       El camino del desencanto está hoy bastante transitado; sobre todo cuando empieza a hacerse la tarde en la vida; aunque tampoco faltan los desencantados prematuros.            Con demasiada frecuencia también nosotros, desencantados y escépticos, a duras penas acallamos la pregunta de si esto tendrá sentido y de si habrá alguien que pueda dárselo; de si valdrá la pena creer… Y nuestra fe en Dios vacila, y nuestra confianza en los hombres va desapareciendo, colocándonos al borde del “¡sálvese quien pueda!”.
     El camino de Emaús tuvo un final paradójico: el desencanto inicial acabó en encantamiento y gozo  -“¿no nos ardía el corazón?” (Lc 24,32)-. También nosotros podemos salir encantados de nuestros desencantos, si aceptamos al Señor como compañero y maestro de lectura de nuestra historia.
      Quien se propuso a sí mismo como “el Camino” (Jn 14,6), convirtió los caminos en cátedra: “Recorría las aldeas predicando…” (Mc 9,35).  Jesús no fue un evangelizador con sede fija. La sinagoga (Mt 4,23), la barca (Mt 13,2), la casa (Mt 9,10), el lago (Mc 4,1), el monte (Mt 5,1), el templo (Mc 12,35), los caminos (Lc 8,1)…, eran espacios abiertos y aptos para realizar su misión. Más aún, Jesús parece “privilegiar” los espacios “naturales” frente a los “sagrados” en su acción evangelizadora. La “buena noticia” de Jesús requería espacios nuevos, donde poder encontrar la realidad de la vida.
         Hoy la evangelización ha de abrirse a esos “nuevos areópagos”; salir al encuentro del hombre; buscarle en los espacios por donde transita -muchas veces rutas alejadas de lo “religioso”-; sentarse junto a su pozo (cf. Jn 4,6); acercarse a su carro (cf. Hch 8,28-29) y preguntarle, sin pretensiones moralizantes, con amor y respeto: “¿Entiendes lo que vas leyendo?” (Hch 8,30). ¿Es correcta tu lectura de la vida? Y presentarle, con humildad y claridad,  la “lectura alternativa de Jesús”.
El “camino” es un espacio bíblico de revelación y de encuentro. Impide el aburguesamiento, el dogmatismo y la teorización fría y distante. El camino favorece el encuentro, es creativo y propicia el diálogo.  En él se perciben libremente los olores, los colores, los cantos y los dolores de la vida. En el camino todos somos “buscadores”, ligeros de equipaje (Lc 9,3), hacia una verdad presentida pero no “controlada”.
La nueva evangelización debe sondear nuevas rutas, adentrarse en ellas, con la certeza de que pueden resultar difíciles y arriesgadas. Pero también con la seguridad de que “aunque camine por cañadas oscuras, Tú vas conmigo…” (Sal 23,4).


  REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Tomo en serio mi proceder cristiano en la vida?
.- ¿Caldea mi vida la Palabra de Dios?
.- ¿Es para mí la Eucaristía un espacio de revelación?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.







jueves, 20 de abril de 2017

DOMINGO II DE PASCUA -A-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,42-47

    Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casa y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

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    No encontramos con el primero de los “sumarios” del libro de los Hechos que transmite el “tono” de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén (otros se encuentran en 4,32-35 y 5,12-16). En él se destaca como elemento central la “comunión” (koinonía) de vida. San Lucas, con estos “sumarios”, no solo quiere “evocar” el pasado, quiere sobre todo iluminar y estimular el presente de su comunidad, proponiendo este “estilo” de vida como el modelo de vida cristiana: formación, comunión espiritual (eucaristía) y material (de bienes). La resurrección de Jesús es el principio de esta nueva vida, nacida del Bautismo y del Espíritu. Una vida que “impresionaba” a los de fuera.

2ª Lectura: 1 Pedro 1,3-9

    Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro que, aunque perecedero, lo aquilatan al fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo nuestro Señor. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

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    La 1ª carta de Pedro está dirigida a los cristianos que vivían el la Diáspora (1,1). Y quiere transmitirles un mensaje de aliento, invitándoles a vivir vigilantes en la esperanza de la venida del Señor.
    El texto señalado (1,3-9) es un canto de gratitud a la misericordia de Dios por la obra realizada en favor nuestro en la resurrección de Cristo: en ella hemos renacido a la esperanza. Aún, es verdad, caminamos en el exilio del mundo, en medio de pruebas, pero con la certeza de la fidelidad de Dios. Las pruebas son el control de calidad de la verdad de nuestra fe.

Evangelio: Juan 20,19-31

                                                         
    Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
    Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
    Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
    Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
     Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor.
     Pero él contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
    A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros.
    Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
    Contestó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!
    Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
    Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su Nombre.

                            ***             ***             ***

    El relato contempla dos escenas: la primera (ausente Tomás) que, con modulaciones, encuentra equivalente en los sinópticos; y la segunda (presente Tomás), que es exclusiva del IV Evangelio.
     La primera parte presenta el cumplimiento de las promesas de Jesús a sus discípulos antes de su muerte en el discurso de despedida: “Volveré a vosotros” (Jn 14,18) = “Se presentó en medio de ellos” (Jn 20,19); “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón” (Jn 16,22) = “Se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20; “Os enviaré el Espíritu y tendréis paz” (Jn 14,26; 15,26; 16,7.8.33) = “Paz a vosotros…; recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 21.22); “Voy al Padre” (Jn 14,12) = “Subo a mi Padre y a vuestro Padre” (Jn 20,17). La resurrección es el cumplimiento de la vida y de la palabra de Jesús. Jesús es el Veraz y la Verdad.
    La escena de Tomás introduce nuevos elementos. Tomás personaliza no solo a un individuo concreto, sino a una tipología. Tomás necesita “ver” y “tocar” para creer. Jesús accede a esa “verificación”, pero advierte que la fe que hace bienaventurados es la de los que creen sin ver, fiados de la palabra de Dios. Con todo, de esa poca fe de Tomás, surge una gran profesión de fe. Del modo que sea, sin conocimiento y reconociendo de Jesucristo no hay fe cristiana.


REFLEXIÓN PASTORAL

     Los textos bíblicos pascuales  nunca describen la resurrección -el cómo-, sino sus efectos. Su interés no reside en narrar anécdotas, orientadas a satisfacer la curiosidad del lector, sino que aparecen preocupados por testimoniar la presencia de Jesús entre los suyos y mostrar sus consecuencias. Una de ellas la recuerda la segunda lectura: “Dios, Padre de N.S. Jesucristo, rico en misericordia, por su resurrección de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera que os está reservada en el cielo”. Esperanza viva que sitúa al creyente en una relación nueva con Dios y con los hombres. Nos lo recuerda la primera lectura (Hch 2,42.46) ¿Qué queda de esto entre nosotros?
     Pero el mensaje de la resurrección no termina ahí; el Evangelio nos manifiesta otros aspectos importantes. Cristo resucitado nos da su paz,  su Espíritu y constituye a los discípulos en apóstoles del perdón, prolongando  existencialmente el poder salvador de su muerte y de su resurrección…
     ¡Pero faltaba Tomás! No somos comprensivos ni justos con este apóstol. Deberíamos estarle agradecidos. En realidad, todos los discípulos habían mostrado el mismo escepticismo ante el anuncio de la resurrección (cf. Lc 24,22-24).
      A Tomás no le bastaban las referencias de terceros; buscaba la experiencia y el encuentro personal con Cristo. ¡Había sido tan verdadera su muerte! Lo experimentó y creyó – “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28)-,  y arrancó de Jesús una bienaventuranza para nosotros: “¡Dichosos los que crean sin haber visto!” (Jn 20,29). Que no quiere decir: dichosos los que crean sin conocerme, sin experimentarme, sino dichosos los que sepan reconocer mis nuevas presencias sacramentales.
     Es la última “bienaventuranza” de los evangelios. Dirigida a Tomas, la intención de estas palabras de Jesús sobrepasa ese horizonte individual, convirtiéndose en advertencia para todos los que ya no tendrán acceso “sensorial” sino “sacramental” a él, a través de la fe y del testimonio apostólico (cf. 1 Jn 1,1-3).
      Jesús no está invitando ni, menos aún, imponiendo una fe ciega: vino, precisamente, a curar cegueras (Mt 11,5). Está, más bien, exigiendo una fe lúcida, asentada en datos no procedentes de “la carne ni la sangre” (Mt 16,17), pues “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” (Jn 6,44).
      En este sentido ha de entenderse otra “bienaventuranza” de Jesús, aparentemente contraria a esta, pero que, en realidad, no la contradice sino que la corrobora: “Dichosos vuestros ojos porque ven…” (Mt 13,16-17), pues se trata de los ojos de los sencillos, iluminados no por la luz “natural”, de aquí abajo, sino por la luz del Padre (Mt 11,25-27), “que viene de lo alto, para iluminar y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79).
      “Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,29), es una llamada a descubrir al Señor, que está con nosotros “todos los días” (Mt 28,20) en los “sacramentos de la Iglesia”, particularmente en la Eucaristía; en “el sacramento del hombre”, especialmente en el desvalido (Mt 25,31-45) y en  “el sacramento de su Palabra” (Jn 8,31). Para ello, sin duda, necesitaremos el “colirio” de la fe (Ap 3,18), que dé luminosidad, perspectiva y profundidad a la mirada.
     Habrá quienes, a pesar de todo, digan: si no veo no creo. “Brille vuestra luz…” (Mt 5,16). Porque las dudas de muchos hombres nacen de la poca fe, de la poca luminosidad, de muchos cristianos.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Se traduce mi fe en comunión?
.- ¿Acojo con gratitud le resurrección de Jesucristo en mi vida?
.-  ¿Qué necesito ver y tocar para creer?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



viernes, 14 de abril de 2017

DOMINGO DE RESURRECCIÓN -A-

 1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34a. 37-43

    En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
    Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa comenzó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo sino a los testigos que él había designado: a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben por su nombre, el perdón de los pecados.

                            ***             ***             ***

     El texto seleccionado forma parte del discurso de Pedro en casa del centurión Cornelio, y se enmarca en una proclamación de la universalidad de la salvación revelada en Cristo -“Dios no hace acepción de personas” (Hch 10,34b)-, frente a las resistencias del núcleo “duro” de los judeocristianos.
    En él encontramos lo elementos fundamentales de la predicación cristiana: Jesús de Nazaret: su condición y su misión; su muerte y su resurrección. Tanto de la vida y muerte como de su resurrección se destaca, por un lado, la presencia y acción de Dios -Jesús, en todo y en todo momento estuvo dentro del designio de Dios-, y, por otro, la presencia de los discípulos, que les convierte en testigos creíbles y, desde, ahí en misioneros de Jesucristo. El Resucitado es el Crucificado y el que en su vida “pasó haciendo el bien”.

2ª Lectura: Colosenses 3,1-4

    Hermanos:
    Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

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    El cristiano de verdad es una “criatura nueva” (2 Cor 5,17), y su vida ha de adecuarse a esa condición. La “búsqueda de los bienes de arriba” no es una invitación a la evasión sino a la liberación.
    El cristiano sabe que no es de este mundo, pero que es para este mundo, en el que ha de inyectar el dinamismo y la sabia de la resurrección, de la vida nueva nacida de la resurrección de Cristo. Cristo no es un “escondite” ni un “refugio”, sino el espacio identificador de la vida y misión del creyente.

Evangelio: Juan 20,1-9

                                                            

    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuándo aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quién quería Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto.
    Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas por el suelo: pero no entró.
    Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

                            ***             ***             ***

    La comprensión del relato ha de hacerse desde distintas perspectivas. La resurrección nadie la vio; los discípulos solo ven el sepulcro vacío. Sin embargo, el sepulcro vacío, por sí mismo, no es prueba de la resurrección. Podría haber sido “vaciado”. Es la primera constatación de María Magdalena -“se han llevado al Señor”-. Pronto circuló esta interpretación entre los judíos (cf. Mt 28,12-15). Pero el “orden” que hay dentro del sepulcro desmiente esa interpretación.
    La progresión en el acceso al misterio también merece notarse: María solo ve “la losa quitada”; el discípulo amado ve más: “asomándose vio las vendas..., pero no entró”; fue Pedro el primero en entrar y constatar el hecho. Sin embargo es el discípulo amado, entrando después, el que “vio y creyó”. Solo la fe ayuda a la lectura correcta, solo la fe aporta la visión completa y profunda del hecho.


REFLEXIÓN PASTORAL

    ¡Cristo ha resucitado! Es el clamor que hoy se alza inundando de fiesta a la comunidad cristiana.  Su palabra, su persona, su ser y quehacer no pudieron ser neutralizados ni silenciados; no podían terminar en un sepulcro.
    Han pasado los días de la pasión de Cristo, que no debemos olvidar, pues la Resurrección no difumina sino que ilumina la Cruz del Señor. Pero lo que nos distingue como creyentes no es afirmar la muerte de Cristo (eso lo afirmaron sus contemporáneos) sino el sentido de su muerte – redentora – y de su resurrección (eso lo creyeron sólo sus discípulos).
    Hoy en la Resurrección celebramos su triunfo sobre la muerte, la mentira, la violencia, el egoísmo. Celebramos el triunfo de la VIDA, la VERDAD, la PAZ, el AMOR, que eso es Cristo.
     La última palabra de Dios sobre Jesús no fue aceptar su muerte. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana. Cristo dejaría de ser el señor de vivos y muertos para pasar a engrosar la lista de los que con generosidad e ilusión quisieron elevar el nivel de la humanidad fracasando en su intento.
     Si Jesús no hubiera resucitado, el Padre no sería el Dios de nuestro credo, “el que le resucitó de los muertos”, y nosotros estaríamos aún en nuestro pecado. Si Cristo no hubiera resucitado, su causa habría sido devaluada y derrotada por la fuerza del egoísmo, de la mentira, de la injusticia...Y Él sería sólo un muerto ilustre.
     Pero no; CRISTO HA RESUCITADO. Y esta resurrección ilumina su muerte. Dios Padre aceptó la  vida y muerte de su Hijo como testimonio de auténtica donación  y, porque eso no podía terminar, no podía quedar sepultado, lo eternizó resucitándole.
     La resurrección de Xto. es el SÍ del Padre  a la obra del Hijo, y el NO del Padre al egoísmo, a la violencia, al pecado de los hombres. Es al mismo tiempo victoria y derrota, vida y muerte, salvación y condenación... Glorificando a Cristo, el Padre descalifica cualquier otro tipo de existencia... Por eso cuando hablamos de ella y la celebramos, hablamos y celebramos no sólo la reanimación de un cadáver sino  mucho más.
     El modelo de la resurrección de Lázaro no nos sirve para comprender la  de Jesús. Si la  de Lázaro fue un milagro, la de Jesús, además, es un misterio. Al resucitar Jesús no da un paso hacia atrás sino hacia delante; no vuelve a estar vivo sino que se convierte en  “el  viviente”, el que hace vivir -Señor y dador de vida-. Su resurrección no es una mera prolongación de la vida de antes, sino la fundación de una vida nueva..., que ha de ser nuestra vida.
      Esta es la gran apuesta que hacemos los cristianos al proclamar la resurrección de Cristo.  ¿Pues qué puede significar afirmar que Cristo ha resucitado por nosotros, si no ha resucitado en nosotros? 
     La resurrección de Jesús no es un hecho aislado ni aislable. Es un movimiento iniciado en Él, pero que nos afecta y se prolonga en nosotros. ¿Y ya percibimos y testimoniamos en nosotros los gérmenes de esa vida nueva?
     No podemos decir: ¡Cristo ha resucitado! y ¿qué? Sino, ¡Cristo ha resucitado!, ¿qué tenemos que hacer? Lo hemos escuchado: dar una nueva orientación a nuestra mirada: “buscad las cosas de arriba”, que no una invitación a la evasión de esta vida, sino a la interiorización de la misma.
      Por el bautismo nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Experiencia inevitable, ineludible para un cristiano. “Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, también lo estará en una resurrección como la suya”.  Pero, si no lo está..; entonces, ser cristiano será una pretensión imposible. Y, ¿Cómo sabremos que nos hemos incorporado al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. “En esto lo sabemos: si amamos a los hermanos”. Para el cristiano el criterio es el amor, “como yo os he amado”.
    Felicitémonos por la Resurrección de Cristo y, sobre todo, vivámosla dándola cabida en nosotros. ¡Ojalá que también nosotros, como el discípulo amado y Pedro, regresemos a nuestras vidas  dando testimonio de Cristo Resucitado!

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué significa en mi vida la resurrección de Cristo?
.- ¿Es él mi vida?

.- ¿Soy testigo creíble de Cristo resucitado?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 5 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS -A-

 1ª Lectura: Isaías 50,4-7

    Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

                            ***             ***             ***

    El texto seleccionado forma parte una sección importante del libro de Isaías, denominada “Cantos del Siervo”. Estamos en tercer “canto”. Más allá de los problemas exegéticos sobre la identidad del “Siervo”, la figura que aparece en este canto es la de un hombre consciente de una misión encomendada por Dios, que le ha destrozado la vida pero no le ha arrancado la esperanza en el Señor.
    En él se cumplen las palabras del salmo 23,4: “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo tu cayado me consuela”, y las del salmo 21 (salmo responsorial) o aquellas otras de san Pablo “Sé de quien me he fiado” (2 Tim 1,12). Estos cantos han sido releídos y aplicados en parte a la persona de Jesús, en el NT y en la liturgia de Iglesia.

2ª Lectura: Filipenses 2,6-11

    Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame:¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre.

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    Nos hallamos ante un himno prepaulino, que posiblemente se remonte a la catequesis de san Pedro (Hch 2,36; 10,39). San Pablo lo inserta en su carta a los Filipenses y lo enriquece con aportaciones personales, entre las que destaca la mención a la muerte de cruz. Tampoco puede descartarse una alusión a la antítesis Adán-Cristo: mientras uno tiende a “autodivinizarse” (Adán), el otro opta por “rebajarse” (Cristo).
    En el texto paulino se perciben dos momentos: uno kerigmático, centrado en esa opción del Hijo de Dios manifestada en Jesucristo (Dios y Hombre), que es revalidado por el Padre y convertido en Señor del universo, y otro parenético: exhortación a los cristianos a identificarse con esa opción humilde y de entrega del Hijo de Dios: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo” (Flp 2,5).


Evangelio: Mateo 26,14-27,66 (Relato de la Pasión)


                                          

                                          

REFLEXIÓN PASTORAL

    El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa. Dos rostros muestra la liturgia de este día: a) la entrada en Jerusalén, y b) la presentación de la Pasión en una triple versión: narrativa (Evangelio de san Mateo), profética (la figura del Siervo de Isaías) y kerigmática (muerte y resurrección de Cristo, en la carta a los Filipenses).
    No es uniforme el testimonio de los evangelistas a la hora de certificar el número de las subidas de Jesús a Jerusalén en su ministerio público. Mientras el IV Evangelio señala cuatro (Jn 2,13;  5,1; 7,2; 12,1), los Sinópticos solo recogen una: la de la Pascua antes de su muerte. Y de ésta cuidó personalmente los detalles. 
   Sube desde Jericó, donde había curado a Bar Timeo (Mc 10,46-52), pasando por Betania, donde había resucitado a Lázaro (Jn 11,1-44), y donde es invitado a cenar por Lázaro, Marta y María (Jn 12,2). Y desde allí ordenó la logística del acto (Mc 11,1-3).

   La entrada de Jesús en Jerusalén no es una anécdota sin más, sino un gesto profético/mesiánico de gran calado con el que quiso dar un impulso, quizá definitivo, a su proyecto de instaurar el Reino. Quiere que su entrada sea pública y “significativa”. Todo tiene su sentido. 
   El pollino sobre el que nadie había montado antes es más que la bucólica “borriquilla” de nuestras procesiones. Es la cabalgadura mesiánica a que alude el profeta Zacarías (Zac 9,9). Así lo interpreta el Evangelio de Mateo: “Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y sentado en un pollino” (Mt 21,5). Aunque puntualiza el IV Evangelio “esto no lo comprendieron de momento sus discípulos; pero cuando Jesús fue glorificado cayeron en la cuenta de que esto estaba escrito sobre él” (Jn 12,16).
         Quizá los evangelistas magnifican esa entrada, hablando de que “al entrar él  en Jerusalén toda la ciudad se conmovió” (Mt 21,10), pero no cabe duda que inquietó a los líderes religiosos, muy sensibles ante cualquier movimiento popular que pudiera despertar inquietud o sospecha en el poder romano. Posiblemente Jesús no fuera muy conocido por la población de Jerusalén, y los que le aclamaron formarían parte del grupo de discípulos y seguidores que le habían acompañado desde Galilea, para quienes Jesús no era un desconocido. En todo caso, las aclamaciones entusiasmadas de los seguidores (Lc 19,37-38) y de unos niños (Mt,  21,15-16) provocaron la indignación de las fuerza religiosas (Lc 19,39; Mt 21,16).
   El revestimiento mesiánico que presentan los relatos evangélicos es una profundización pascual de la escena que, curiosamente, no la desfigura sino que la descubre en su más hondo significado.  
     Los textos evangélicos subrayan el perfil mesiánico de Jesús, pero Jesús no se durmió en los laureles de las aclamaciones. Ese mismo día, según el texto de san Mateo, llevó a cabo un gesto profético y político de gran calado: la expulsión de los vendedores del Templo y el enfrentamiento directo con los sumos sacerdotes. ¡La suerte estaba echada!
      En el Domingo de Ramos no debería olvidarse este gesto de Jesús, reivindicando un Templo limpio, abierto, casa donde Dios sea patente y accesible a todos, sin limitaciones étnicas o económicas. Jesús elimina “la planta comercial” del Templo, y al Templo como “comercio”, para reivindicar su dimensión de casa de oración. No deberíamos quedarnos en un entusiasmado agitar de palmas. Hay que leer los signos escogidos por Jesús y su significación profunda. Y desde ahí entrar en esta Semana que conocida como “Semana de la Pasión del Señor”, deberíamos vivirla  como “semana para renovar la pasión por el Señor”.
     Lo que celebramos en estos días no fue algo que pasó porque sí, sino  por nuestra salvación. Sentirnos directamente implicados, es el modo más responsable de vivirla.
     Si no nos sentimos afectados, quedaremos suspendidos en un vacío vertiginoso. Si nos reconocemos destinatarios e implicados en esa opción radical de amor divino, hallaremos la serenidad y la audacia suficientes para afrontar las más variadas y arriesgadas alternativas de la vida (Rom 8,35-39; cf. I Co 4,9-13). Y hasta qué punto nos sentimos afectados por ese amor de Dios, lo sabremos en la medida en que seamos capaces de amar  como Dios manda, que es lo mismo que amar como Dios ama (Jn 15,12-13). No reduzcamos la Semana Santa a un “pasacalle” piadoso. Abandonemos la acera o el balcón e introduzcámonos en ella.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿En qué paso, en qué personaje de la Pasión me siento más identificado?
.- ¿Me esfuerzo en sentir y consentir con Cristo?
.- ¿Cómo vivo la pasión de Cristo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


miércoles, 29 de marzo de 2017

DOMINGO V -A-


 1ª Lectura: Ezequiel 37,12-14

     Esto dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago. Oráculo del Señor.

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     El fragmento escogido forma parte del famoso discurso sobre “los huesos secos” (Ez 37,1-14), que el profeta dirigió a los desterrados en Babilonia, escépticos, cuando no resignados, ante lo que consideraban irreversible: el exilio como la tumba del pueblo. Dios se les revela como dador de vida, a través de su espíritu.
    El texto, directamente, está contemplando la restauración mesiánica del pueblo. Pero con los símbolos utilizados, orientaba ya hacia la idea de una resurrección individual, entrevista en Job 19,25 y explícitamente afirmada en Dan 12,2; 2 Mac 7,9; 12,4. Tema que adquirirá su configuración definitiva en el NT.

2ª Lectura: Romanos 8,8-11

    Hermanos:
    Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

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     El discurso teológico de san Pablo alcanza su culmen en este capítulo 8 de la carta a los Romanos. En el texto seleccionado se destaca al Espíritu como centro de la vida del cristiano. Lo que en otros lugares san Pablo atribuye al Padre o a Cristo aquí lo atribuye al Espíritu. Por otro lado, el Apóstol destaca los dos modos de existencia humana -la carne y el espíritu- y su incompatibilidad radical. Ambos conceptos tienen posiblemente resonancias “griegas” y “hebreas”.
     Hablando del hombre, con el concepto “carne” san Pablo alude a lo pecaminoso, a lo desviado del hombre, a su fragilidad creatural; y con el concepto “espíritu” se refiere a la apertura a lo divino, que le posibilita la comunión con Dios. Con todo, la antropología paulina no es dualista, sino profundamente integrada.


Evangelio: Juan 11,1-45

                                              
     En aquel tiempo…., las hermanas (de Lázaro) le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo.
     Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
     Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea…. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado…. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
    Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
     Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
     Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día.
    Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Cree esto?
    Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo…
    Jesús, muy conmovido preguntó: ¿Dónde le habéis enterrado?
    Le contestaron: Señor, ven a verlo.
    Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este?
     Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Jesús dijo: Quitad la losa.
    Marta, la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
    Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
    Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera.
      El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús le dijo: Desatadlo y dejadlo andar.
     Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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     Nos hallamos ante el último y más desarrollado de los “signos” de Jesús narrados en el IV Evangelio (2,1-11; 4,46-54; 5,1ss; 6; 9,1ss; 11,1ss). El centro del mismo reside en la presentación de Jesús como la Vida y Señor y dador de la Vida. Una vida que nace de la fe en él -“¿Crees esto?”-. La resurrección tiene lugar en el encuentro con Cristo. No hay que esperar a morir para resucitar; el creyente resucita sacramentalmente en las aguas del bautismo. Los demás aspectos del relato no deben distraer de lo que es el centro del mismo. La profesión de fe de María, la hermana de Lázaro: “Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” es el punto al que quiere conducirnos esta escena evangélica.

  
REFLEXIÓN PASTORAL

      El relato evangélico de este domingo está construido con elementos de gran densidad y significación teológicas. Hay un núcleo hacia el que todo converge y desde el que todo se ilumina: “Yo soy la resurrección y la vida…” (Jn 11,25).
     El protagonista no es Lázaro, sino Jesús; no es la resurrección de Lázaro, sino Jesús como resurrección; no es la muerte de Lázaro, sino la vida que da Jesús, lo que se pretende subrayar. Se trata no de la resurrección de “un hombre”, sino de la resurrección “del hombre”; de la vida que, deteriorada y muerta por el pecado, es llamada vigorosamente a resucitar, participando de la vida de Dios ofrecida en y por Jesucristo.
      La Vida habita en Jesús: es el agua viva, el pan vivo, la vida… “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (10,10). Jesús es Señor y dador de Vida;  no solo para la otra vida; también para esta, aportándole calidad y sentido.  “Mi vivir es Cristo” (Flp 1,21), dirá Pablo de Tarso, sintetizando los contenidos y motivos de su existir.
      En la segunda lectura se subraya este aspecto: Cristo es el principio vital del hombre: “Si Cristo está en vosotros, el espíritu vive por la justicia” (Rom 8,10). Quien lo incorpora a su vida y se incorpora a su Vida, en él la muerte ya no tiene dominio. La Vida tiene nombre propio: Jesús. La última palabra no la dicta la muerte, sino la Vida. La muerte física es una exigencia del guión, pero no es el final de la película. “¿Dónde está muerte tu victoria?” (1 Cor 15,57).
      Ante la Vida, la muerte es solo un sueño. “Lázaro, nuestro amigo, está dormido” (Jn 11,11)… Y, como a Marta, se nos pregunta: “¿Crees esto?” (Jn 11,26). ¡Convertirse a la Vida (cf. Jn 17,3)! Y quien tiene esta fe, que se verifica en la caridad, ha superado ya la muerte, pues “en esto sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, si amamos…” (1 Jn 3,14).
     “Hay que vivir la vida”, pero lo entendemos en un sentido minúsculo e intranscendente. Convirtámoslo en proyecto mayúsculo. ¡Vivir la Vida! Para eso hay que “beber la Vida" y "comer la Vida" en su fuente más pura y original, en la Eucaristía y en la Palabra de Dios; en la fuente de Aquel que ha dicho “Yo soy la Resurrección y la Vida…(Jn 11,25); si alguno tiene sed que venga a mí y beba, y de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7,37).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué principios guían mi vida? ¿Los de la carne o los del Espíritu?
.- ¿Cuáles son los signos de un resucitado?
.- ¿Con qué pasión sirvo vida desde la Vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.



jueves, 23 de marzo de 2017

DOMINGO IV -A-


 1ª Lectura: 1 Samuel 16,1b. 6-7. 10-13a

En aquellos días, dijo el Señor a Samuel: Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí.
Cuando se presentó vio a Eliab y se dijo: Sin duda está ante el Señor su ungido. Pero el Señor dijo a Samuel: No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira al corazón.
Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel le dijo: A ninguno de estos ha elegido el Señor.
Preguntó, pues, Samuel a Jesé: ¿No quedan ya muchachos?
El respondió: Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.
Dijo entonces Samuel a Jesé: Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido. Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia.
Dijo el Señor: Levántate y úngelo, porque éste es. Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos.

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Respecto del acceso de David al liderazgo de Israel hay tres relatos: (1 Sam 16,1-13; 16,14-23; 17,12-30). De las tres versiones, la primera parece la menos antigua. 2 Sam 2,4; 5,3 no mencionan la unción de 1 Sam 16,1-13).
En tiempos de Saúl el poder se legitimaba carismáticamente, no existía una legitimación dinástica. Decepcionado por Saúl, Samuel se dirige, por orden de Dios, a  Belén en busca de un nuevo Ungido. Pero los criterios de Samuel no coinciden con los de Dios. La mirada de Dios es distinta: no elige por las “apariencias”. El Ungido de Dios no es resultado de presupuestos humanos. Con este relato se reivindica la teología de la gracia.

2ª Lectura: Efesios 5,8-14

Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz) buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino  más bien poniéndolas en evidencia.  Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

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A los cristianos de Éfeso el apóstol les recuerda algunas de las exigencias de la vida nueva en Cristo a nivel personal, familiar y social (Ef 4,17-6,20). Iluminado por la luz de Cristo, el cristiano debe iluminar el camino de la vida con sus actitudes y comportamientos. La transformación personal gracias a Cristo, debe traducirse en responsabilidad personal. La denuncia del cristiano se realiza desde la coherencia de una vida conforme a las exigencias del Evangelio.

Evangelio Juan 9,1-41
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento…, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
Él fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: ¿No es ése el que se  sentaba a pedir? Unos decían: No es él, pero se le parece. El respondía: Soy yo…
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y se le abrió los ojos) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: Me puso barro en los ojos, me lavó y veo.
Algunos de los fariseos comentaban: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?  Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: Que es un profeta…
Le replicaron: Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?  Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? El contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando ése es.
Él le dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él.


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Jesús es la Luz que brilla en la oscuridad (cf. Jn 1,5; 8,12). El texto evangélico está construido con elementos múltiples y teológicamente densos. Hay una comprensión nueva de las limitaciones humanas -la ceguera-; aparece el enfrentamiento entre la Luz y las tinieblas, personificadas en Jesús y los dirigentes religiosos; existe una clara simbología bautismal (la piscina de Siloé evoca la fuente bautismal, la pregunta de Jesús –“¿Crees en el Hijo del Hombre?”- y la respuesta del ciego –“Creo, Señor”- recuerdan las preguntas bautismales…)…
Jesús produce un doble efecto: es Luz para los que reconocen su oscuridad, la necesidad que tienen de ser iluminados; es oscuridad para los que creen bastarse a sí mismos para aclararlo todo, incluso el misterio de su propia oscuridad. Los ciegos comienzan a ver, los que creen ver se quedan cegados. La luz es la gran oferta de Dios en Jesucristo, pero esa luz se expone, no se impone.


REFLEXIÓN PASTORAL

Junto al pozo de Sicar, Jesús se reveló como el agua viva. Hoy se nos presenta bajo otra imagen, también fundamental: la luz (Jn 8,12).
Nosotros estamos un tanto incapacitados para vibrar ante estas imágenes. Casi desconocemos el hecho de la sed física -saturados de marcas de bebidas-, y respecto de la luz puede que ocurra lo mismo: basta apretar un botón y la luz se hace en torno nuestro… Pero hay ciertos tipos de sed y ciertas oscuridades y penumbras de la vida que no se sacian con cualquier agua ni se disipan con cualquier luz. Solo Jesús es el agua viva y la luz capaz de alcanzar esas zonas de la existencia. Y si el agua se hizo sed para provocar la sed de aquella mujer, hoy la luz brilla en un ciego de nacimiento. Agua y sed, luz y tiniebla, esa es la relación de Jesús con nosotros.
Y comienza el proceso clarificador de Jesús deshaciendo un maleficio que durante mucho tiempo se esgrimió contra los “desgraciados”, la identificación desgracia y pecado. “¿Quién pecó éste o sus padres para que naciera así?” (Jn 9,2).
El sufrimiento humano no es reprobación ni lejanía de Dios. En la cruz de Cristo, y en toda cruz, Dios se revela particularmente como Enmanuel. “Ni pecó este ni sus padres, sino para que se manifieste en él la obra de Dios” (Jn 9,3). El dolor humano es un misterio con muchos responsables; solo uno no es responsable, aunque no sea ajeno a él, Dios. Jesús vino a abrir los ojos, también sobre esto.
Pero no fue un quehacer fácil: la curación de estos ciegos y cegados  dejaba en evidencia a sus guías, más interesados en seguir haciendo de guías que en devolverles la vista para que pudieran caminar por sí mismos. También, es verdad, hay quienes prefieren ser guiados -a costa de seguir siendo ciegos- a asumir los riesgos de hacer personalmente la propia andadura. Ambas actitudes las descalifica Jesús.
Jesús vino a abrir los ojos del hombre para que viera por sus propios ojos, pero vino, además, a dar profundidad y horizonte a su mirada. Vino a que el hombre recuperara el punto de vista de Dios y su mirada, que no es como la del hombre, “pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira al corazón” (1ª lectura). Y a que caminara por la vida luminosamente, como hijo de la Luz (2ª lectura).
Nuestra vista frecuentemente está cansada de ver siempre lo mismo. De tanto mirar egoístamente para nosotros, hemos terminado por perder la justa perspectiva de la realidad; hemos terminado por no saber mirar a Dios y a los otros o, lo que es peor aún, los hemos confundido con nosotros mismos. Jesús nos enseña que para ver bien, hay que purificar el corazón -“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8)-. Y él es la Luz que ilumina el corazón y la vida.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Brilla Jesús en mi vida? ¿Con qué intensidad?
.- ¿Cuál es mi punto de mira: La apariencia o el corazón?
.- ¿Aporto luz a la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.