jueves, 2 de julio de 2015

DOMINGO XIV -B-


1ª Lectura: Ezequiel 2,2-5

    En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, aun pueblo que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor.” Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde) sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

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    Ezequiel es enviado, como profeta de Dios, al pueblo desterrado en Babilonia: Su misión será anunciar lo que Dios le ordene. El profeta ha de asumir e integrar el rechazo a su mensaje y a su misma persona. Es el sino de los profetas; pero habrá de ejercer su ministerio con fidelidad. Será voz y centinela de Dios, y de Dios recibirá la fortaleza.

2ª Lectura: 2 Corintios 12,7-10

    Hermanos:
    Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, se me ha metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

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    Previamente (12,1-6), Pablo ha aludido a revelaciones y experiencias especiales; pero eso no le nubla la vista. Ahora reconoce que todo eso es compatible con otras experiencias menos “luminosas”. No se acierta con la identificación de cuál fuera “espina en la carne” -¿sufrimiento físico, dificultad moral?-. Una cosa es cierta, el Apóstol asume esa realidad, consciente de que en su debilidad y en las penalidades ocasionadas por las tareas evangelizadoras brillan la fuerza y la gracia de Dios.

Evangelio: Marcos 6,1-6


    En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él.
    Jesús les decía: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
    No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

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    Los paisanos de Jesús creían conocerle, porque conocían a sus parientes; pero la verdadera y más profunda dimensión de Jesús escapaba a su control:¡les faltaba la fe! El relato es valioso por las informaciones que nos filtra sobre los familiares de Jesús, y su propia identificación como “el carpintero”. Probablemente san José ya habría muerto. Jesús, como los profetas de Israel, no fue reconocido como enviado de Dios. Solo la fe descubre a los profetas.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Podríamos titular esta reflexión como “El desprecio de un profeta”. De eso nos hablan la primera lectura -el desprecio del profeta Ezequiel-, y el Evangelio -el desprecio de Jesús-. También san Pablo alude a que, en su condición de apóstol de Cristo, vive “en medio de las debilidades, los insultos, las  privaciones, las persecuciones y las dificultades”. Y es que “un discípulo no es más que su maestro” (Mt 10,24).
     Un rechazo que en el fondo no lo es tanto del personaje en sí, sino, sobre todo, del mensaje que anuncia, porque es considerado molesto, inquietante, “desestabilizador” de sistemas, intereses y posturas personales muy arraigadas. Y es que la Palabra de Dios, Jesús, ya fue presentada como bandera discutida (Lc 2,34), y su evangelio como “espada de doble filo” (Heb 4,12), que por su capacidad y exigencia renovadoras provoca resistencias, sin que falten los intentos de silenciarla, ignorarla o despreciarla, encadenando a sus profetas, pero “la palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,9).
      Es el reto y el riesgo de la palabra de Dios. Con un plus de peligrosidad añadida para nosotros. La proclamamos y aclamamos como palabra de Dios, pero ¿la damos cabida en nuestro corazón y la concretamos en la vida? Porque ya advirtió Jesús de que es posible decir “no”, diciendo “sí”; y de que también es posible lo contrario: decir “sí”, diciendo “no”.
      Es posible decir “sí” y no hacer;  y decir “no” y hacer. Lo ilustró con una parábola: “Un hombre tenía dos hijos. Al primero le dijo: “Hijo, vete a trabajar hoy en la viña”. El contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Y él contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo la voluntad de su padre?” (Mt 21,28-31).
     Y es que no basta con decir “Señor, Señor”, hay que cumplir “la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). De lo contrario podremos escuchar aquella recriminación: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).
      La palabra de Dios nos insta a acogerla cordialmente y a concretarla vitalmente, pero también nos recuerda que esa palabra, su acogida, su vivencia y testimonio no es una decisión cómoda. Esa palabra  implica riesgos y sacrificios, porque esa no es hoy la “palabra oficial”, ni es la palabra “de moda”, sino una palabra crítica, polémica, impugnada y hasta ridiculizada como “locura” (1 Cor 1,18) por lo que san Pablo llamaba la “sabiduría” del mundo (1 Cor 1, 20). Sin embargo es el mismo apóstol quien nos dice que eso no le acobarda, al contrario, en esa situación “vive contento” porque ahí se manifestará la fuerza de Cristo. 

     A nosotros, sin embargo, esta situación de acoso, de ninguneo, nos pone nerviosos, nos asusta, nos cohíbe y paraliza. Y desde esa situación quizá podamos orar con propiedad las palabras del salmo responsorial: “Misericordia, Señor…, que estamos saciados de desprecios, nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos” (Sal 123,3); pero también podremos decir con san Pablo: “Muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo” (2 Cor 12,9). Y “si Dios, en Cristo, está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31).

REFLEXIÓN PERSONAL
    .- ¿Cómo reconocer hoy a los profetas?
    .- Estoy dispuesto a correr riesgos por fidelidad a la palabra de Dios?
    .- ¿Es profética la voz de la Iglesia hoy?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 25 de junio de 2015

DOMINGO XIII -B-


1ª Lectura: Sabiduría 1,13-15; 2,23-25

    Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del Abismo sobre la tierra, porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza. Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen.

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    En los albores del NT y en las postrimerías del AT, este texto presenta una visión optimista de la creación como obra surgida de las manos de Dios. En el origen fue la Vida; no hay dos principios coetáneos: el bien y el mal, la vida y la muerte. El mal y la muerte son “posteriores”, y tienen otro origen, la envidia del diablo. Vida y muerte, más allá de una interpretación “material”, son dos modos de existencia: en uno reina la justicia y en el otro el pecado. La vocación original del hombre es la vida. Y una vida abundante (Jn 10,10).

2ª Lectura: 2 Corintios 8,7-9. 13-15

    Hermanos:
    Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos ahora por vuestra generosidad. Bien sabéis lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros, con su  pobreza, os hagáis ricos. Pues no se trata de aliviar a otros pasando vosotros estrecheces; se trata de nivelar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remedirá vuestra falta; así habrá nivelación. Es lo que dice la Escritura: “Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba.”
                                                                                                                               
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    Estos versículos forman parte, probablemente, de una carta escrita por Pablo a la comunidad de Corinto, una vez restablecidas las buenas relaciones entre él y un sector de la comunidad. El motivo era animarles a la generosidad con ocasión de la colecta en favor de las comunidades cristianas de Judea (Hch 11,29-30; Gál 2,10; Rom 15,25-28). Importante es la motivación: enriquecidos por la pobreza de Cristo, los cristianos deben compartir esa “riqueza” con los demás. La solidaridad eclesial debe ser expresión de la real comunión con Cristo.


Evangelio: Marcos 5,21-43

                                              
    En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
   Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con solo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: ¿Quién me ha tocado?
    Los discípulos le contestaron: Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”
    Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.
    Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?
    Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: No temas; basta que tengas fe.
    No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida.
    Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).
    La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar -tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

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     Dos escenas que muestra la energía vitalizadora de Jesús y cómo el acercamiento salvador a Jesús se realiza desde la fe. No hay situaciones límite -enfermedad o muerte-; basta que el hombre se fíe y se confíe al Señor. Por otra parte, Jesús no rehuye el contacto y, además, percibe los detalles de la fe silenciosa. El relato se concluye con la prohibición de divulgar el hecho, porque la fe en Jesús no debe estar “condicionada” por el prodigio, sino que debe surgir de un espíritu libre.


REFLEXIÓN PASTORAL

    “Dios no hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes… Hizo al hombre de su misma naturaleza”.
     Aquí reside el optimismo creatural y el optimismo antropológico. Esta es su  raíz, la razón más profunda. En otro lugar del mismo libro de la Sabiduría se afirmará que Dios es “amigo de la vida” (11,26).
     Sí, Dios es un Dios vivo, vital, vitalista y vitalizador. Señor y dador de vida. Y hay que buscarle en los horizontes abiertos de la vida. Está en la Cruz, sí, pero en una Cruz convertida en eclosión y manifestación  de su Amor. Lo que nos salva no es el dolor, sino el amor; un amor que asume, redime e ilumina al dolor.
     ¿Por qué muchos cristianos, entonces, damos la impresión de creer en un Dios triste, vestido de negro, a quien solo agrada el sacrificio?
     El texto continúa: “Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. Sin embargo esta envidia,  pecado del hombre, no anuló el proyecto original de Dios, que envió a su Hijo, para tuviéramos vida y “una vida abundante” (Jn 10,10), convertido en “el pan de la vida” (Jn  6,35).
      El evangelio de este domingo nos presenta esa dimensión vitalizadora de Jesús: con una mujer enferma y con una niña ya difunta.
     Jesús es un foco de vida: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos, andan, los muertos resucitan (cf. Mt 11,5)… Pero Jesús no es un curandero. La salud que de Él emana es salvación: por eso, esa salud surge de la fe.
     A Jesús le “apretujaba la gente”, pero esos contactos a Jesús le dejaban indiferente, insensible; entre toda aquella multitud, sin embargo, hubo alguien que “le tocó con fe”. Y este “toque” le afectó, lo percibió. “Tu fe te ha curado”.
     Sí, hay que tocar con fe; orar con fe; pedir con fe… La fe es determinante. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, dirías a este monte…” (Mt 17, 20).
     Algo parecido sucede con Jairo. Se ha acercado a Jesús pidiendo por su niña, muy grave. Jesús se pone en camino con aquel padre angustiado. Pero de casa llega la noticia: la niña ha muerto; ya no vale la pena molestar al Maestro. Seguro que las miradas de Jesús y de Jairo se cruzaron. Y Jesús, percibió la angustia de aquel padre y le dijo: “No temas; basta que tengas fe”. Y siguieron juntos el camino. Y se produjo el milagro.

    “Si tuvierais fe” (Mt 17,20)

  • Buscaríamos ante todo el Reino de Dios; daríamos mayor profundidad a la vida; seríamos capaces de reconocer la presencia de Dios y de rastrear sus huellas en situaciones en las que sentimos la impresión de estar solos.
  • Superaríamos el miedo a “dar la cara por nuestro Señor” (2 Tim 1,8)…, y la tentación del disimulo; nuestra oración sería más abundante y comprometida; dejaríamos de “llevar cuentas del mal (1 Cor 13,5), para entregarnos a hacer el bien.
  • No nos contentaríamos con ocupar un asiento en la iglesia, sino que buscaríamos desempeñar un servicio en ella; no nos limitaríamos a oír el Evangelio, sino que buscaríamos “participar en los duros trabajos del Evangelio” (2 Tim 1,8). 
Si tuvierais fe…” ¿Tan poca fe tenemos? ¿Y qué es tener fe? Por supuesto que no es solo creer que Dios existe  -“También los demonios lo creen y tiemblan” (Sant 2,19)-, sino reconocer las implicaciones de su existencia: “Si llamáis Padre a quien juzga a cada cual, conducíos con responsabilidad, mientras estáis aquí de paso” (1 Pe 1,17).
Creer no es  tanto opinar cuanto vivir. Es situar la vida en otra dimensión; sentirse profundamente captado, “seducido” por Dios (Jer 20,7); dejar que él protagonice la vida. Y, además, hacerlo con alegría y espíritu de gratuidad: “Cuando hayáis hecho lo que os fue mandado, decid: somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17,10). O sea, que por creer, por vivir según la fe, a Dios no hay que pasarle factura; solo hay que darle gracias.

            Reunidos en torno al altar, celebrando el sacramento de nuestra fe, pidamos al Señor: “¡Auméntanos la fe! Esa fe que nos permita testimoniarla y concretarla, como recuerda la segunda lectura, en solidaridad y caridad fraterna.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué rostro de Dios reflejo en mi vida?
.- ¿Sobresalgo en generosidad y solidaridad?
.- ¿Toco la vida con fe?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 18 de junio de 2015

DOMINGO XII -B-


1ª Lectura: Job 38,1.8-11

    El Señor habló a Job desde la tormenta: ¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y niebla por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas?”

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    El texto seleccionado pertenece al inicio de los llamados “Discursos de Dios”. A un Job hundido en sus enigmas y preguntas, que, destrozado por el sufrimiento y el sinsentido, reta a Dios a que salga de su “silencio” (Jb 31,35), Dios le responde. Pero no desde los presupuestos de Job, sino desde los de Dios. Le invita a un “paseo” por la maravillas de la creación, por su misterios, y desde ahí Dios mismo formula a Job preguntas de mayor trascendencia, invitándole a abrirse al misterio de la creación, en el que haya sentido también el misterio del hombre. Al final Job lo reconocerá (Jb 42,2-6).


2ª Lectura: 2 Corintios 5,14-17

    Hermanos:
    Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie por criterios humanos. Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no. El que vive con Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo.

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     Frente a “rivales” procedentes de las comunidades cristianas palestinenses, con planteamientos un tanto distintos de los de Pablo, este reivindica la centralidad de Cristo muerto y resucitado, superando cualquier otro argumento. Cristo no es de un “partido” o de una “facción”. Él lo ha renovado todo, comenzando por la existencia personal. Ha aportado la “novedad” definitiva, y frente a eso lo “viejo” es irrelevante. El cristiano es llamado a vivir en esa “novedad”, alternativa y salvadora.


Evangelio: Marcos 4,35-40

                                                        
    Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: Vamos a la otra orilla.
    Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón.
    Lo despertaron diciéndole: Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
    Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: ¡Silencio, cállate!  Y el viento cesó y vino una gran calma.
    Él les dijo: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?
    Se quedaron espantados y se decían unos a otros: ¿Pero, quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

                        ***                  ***                  ***                  ***

    La revelación de Dios en Jesús se hace  “a través de hechos y palabras  intrínsecamente ligados”. Comienzan ahora en el Evangelio de Marcos (4, 35 - 5, 43) los hechos prodigiosos de Jesús, manifestando su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza (4,35-41), del mal (5, 1-20) y de la misma muerte (5, 21-43), superando toda limitación geográfica (5, 1-20) o ritual (5, 24-34) .
    En la primera salida de Jesús al extranjero, atravesando el lago de Galilea, surge una tempestad que pone en peligro la vida de los navegantes. Él interviene con su autoridad para serenar la situación, provocando el estupor de los discípulos, a quienes recrimina su poca fe. Además del valor histórico del relato, el evangelista pretende subrayar el aspecto cristológico (serenando el mar, Jesús se revela como Dios: Sal 89,10; 65,8; 107,23-30; Jb 38,8-11) y eclesiológico (en toda travesía o salida  la Iglesia deberá afrontar  y asumir riesgos, “tormentas”, con serenidad y fe, consciente de la presencia del Señor).

REFLEXIÓN PASTORAL

    Dios siempre está con nosotros: se llama Enmanuel. Vivir esta verdad es muy importante.  Pero hoy es no solo importante sino urgente caer en la cuenta de ello.
    Cuando el papa Benedicto XVI en su visita a Polonia se acercó al lugar del holocausto nazi, Auswitz, se preguntó “¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué se calló? ¿Cómo pudo tolerar este triunfo del mal?”. Y todos los medios de comunicación se hicieron eco de la pregunta, para después entregarse cada uno a aventurar una respuesta a su medida.
     Preguntas que ya formulaba en apasionada oración el creyente israelita: “¡Despierta, Señor!, ¿por qué duermes? ¿Por qué nos escondes tu rotros, y olvidas nuestra desgracia y opresión?” (Sal 44, 24-25), y que no rehuyó formular el mismo Jesús en la cruz: “¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15,34).
     Las preguntas del Papa  no eran unas preguntas dubitativas, sino sorprendidas. Preguntas surgidas desde la fe en un Dios Bueno. Porque ¡Dios estaba allí!, en el sufrimiento, y estaba sufriéndolo; expulsado del corazón de los verdugos y refugiado en el corazón de las víctimas. Y desde allí gritaba, con “llantos y lágrimas” (Heb 5,7): “lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40)… Otra cosa es que se escuchara su lenguaje. Y eso era lo que precisamente escuchaba allí Benedicto XVI, ese lenguaje de Dios.  Y una solidaridad tan profunda de Dios es, ciertamente, sorprendente.
     Hoy la primera lectura nos presenta la respuesta de Dios a un Job aturdido y desesperado en su tragedia personal, desde la que pretendía impugnar la justicia del plan de Dios e incluso la existencia de que Dios tuviera un plan. Y Dios le abre a un misterio todavía mayor, el de la creación…, pero, sobre todo, Dios le responde… Y Job acabará diciendo: “Te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5).
     Esta es la diferencia: vivir de oídas o desde un conocimiento personal. ¿Dónde estamos nosotros? De oídas se puede iniciar el camino, pero no se puede mantener, porque la meta es el encuentro con Dios.
     El relato evangélico, por su parte, nos habla, también, de una situación difícil unida a la sensación de la soledad. Son muchos los elementos a considerar: la travesía, la tempestad, el miedo de los discípulos, el sueño de Jesús, su autoridad sobre el mar y, sobre todo, la pregunta: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Por la reacción, parece que los discípulos a Jesús, a quien consideraban ausente, “dormido”, todavía solo le conocían de oídas -“¿Pero, quién es este?”-. Porque Él siempre está. Se llama también “Enmanuel” (Mt 1,23).
     Sin caer en acomodaciones apresuradas, no es difícil descubrir que, como entonces, hoy la travesía de la barca de la Iglesia se realiza por aguas difíciles, azotadas por fuertes oleajes. Y muchos se preguntan o nos preguntamos: ¿Dónde está el Señor? ¿Duerme? ¿No le importa que nos hundamos?...
     “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Estas palabras no pretenden restar importancia a la gravedad del momento. Con ellas se invita al creyente, en primer lugar, a caer en la cuenta de que Jesús no prometió cruceros de placer a sus seguidores, sino que les propuso “su cruz”. Y, sobre todo, esas palabras dicen que Jesús ni está ausente ni dormido. Estaba “a popa”, dejando que los discípulos condujesen la nave; pero “estaba”, y cuando fue necesario “acalló” la fuerza del huracán y “encendió” la fe de los discípulos.
     Una lección actual y necesaria para convertirnos en discípulos, como dice san Pablo en la segunda lectura, “apremiados” solo por el amor de Cristo.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Conozco a Dios de oídas o desde una experiencia personal?
.- ¿De dónde surgen mis miedos y mis dudas?
.- ¿Qué me urge en la vida? ¿El amor de Cristo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 11 de junio de 2015

DOMINGO XI -B-


1ª Lectura: Ezequiel 17,22-24

    Esto dice el Señor Dios:
    Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Dios no abandona ni olvida su promesa. En lenguaje poético el profeta Ezequiel denuncia un pecado y anuncia un futuro de salvación para el pueblo. De un cedro, paradigma de árbol noble, Dios tomará una rama pequeña que plantará en “el alto monte de Israel”, dando origen a un reino poderoso y universal. Si en un principio el oráculo alimentó la esperanza de un regreso de los desterrados en Babilonia a la patria con la dinastía legítima renovada, más tarde se leyó como profecía mesiánica. Con esta alegoría quiere el profeta recrear la esperanza en un futuro nuevo, originado en Dios y sustentado en su providencia, que elige “lo débil del mundo” (1 Cor 1,27), que “enaltece a los humildes” (Lc 1,52). Israel tendrá futuro, porque su futuro está en Dios. Jesús será esa rama, origen de un nuevo reino, el reino de Dios, donde vendrán las aves a anidar (Mt 13,32).

2ª Lectura: 2 Corintios 5,6-10

    Hermanos:
    Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que mientras vivimos, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    El cristiano es un ser radicado en la esperanza. Las realidades de este mundo no le obnubilan. Lo único importante es vivir para el Señor; el único que emitirá un juicio sobre la vida. Pablo sitúa estas reflexiones en el marco de las tribulaciones y esperanzas que conlleva el ministerio (2 Cor 4,7-5,10).  La pasión por estar definitivamente con Cristo suscita en él estas expresiones. “Destierro” y “patria” expresan dos situaciones del cristiano: una, la provisionalidad; otra, lo definitivo. Mientras, “caminamos guiados por la fe”, orientados hacia Cristo, ante quien se desvelarán definitivamente nuestras vidas. Los vv. finales no son una amenaza sino una exhortación a la fidelidad al Señor. Puede verse a este respecto Rom 8, 31-39.

Evangelio: Marcos 4,26-34
                                      
    En aquel tiempo decía Jesús a las turbas: El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.
    Dijo también: ¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.
    Con muchas parábolas parecidas les explicaba la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a los discípulos se lo explicaba todo en privado.

                        ***                  ***                  ***                  ***

   El texto tiene un doble perfil: doctrinal (explicación del misterio del Reino de Dios) y biográfico (aporta informaciones sobre la praxis pastoral/catequética de Jesús). Comenzando por este último perfil: Jesús era un maestro popular, acomodándose a las capacidades de comprensión de sus oyentes; es un maestro que visualiza el mensaje a través de ejemplos (parábolas); les habla de su mundo (agrícola, ganadero, doméstico…). Es interesante el matiz de que a sus discípulos les reservaba una ulterior explicación (porque serán ellos los encargados de ultimar y anunciar su mensaje).
   Respecto del perfil doctrinal, Jesús propone con dos imágenes, la de la semilla y la del grano de mostaza, que la iniciativa siempre es de Dios -el Sembrador-, y que su estrategia es deslumbrante por su originalidad: escoge lo menor para instaurar su Reino. Y ese Reino deberá pasar por la crisis del enterramiento germinal, del crecimiento lento en medio de dificultades, pero dará fruto a su tiempo; un tiempo que lo marca el dinamismo de la semilla y la providencia de Dios. Jesús pretende con estas parábolas activar la esperanza verdadera, no favorecer la pereza irresponsable. Con la de la mostaza, además, subraya la universalidad del Reino. La semejanza con la imagen de Ezequiel es patente: Dios es quien dirige la historia, pero no al margen de la historia. Es un agricultor activo y paciente.  


REFLEXIÓN PASTORAL


    Las lecturas bíblicas de este domingo giran todas ellas, aunque con matices peculiares, sobre el tema de la esperanza. Y si de algo  comenzamos a presentar carencias importantes es de esperanza. Hoy esa falta de esperanza ha recibido un nombre: desencanto. Y ese desencanto acampa no solo en la sociedad, sino que también se ha introducido en la misma Iglesia, bajo la forma de cansancio y escepticismo. Muchos cristianos hoy aparecemos cansados y desorientados por las prisas de unos y los retrasos de otros; por los progresismos de unos y los conservadurismos de otros…
     Necesitamos alzar los ojos y clavarlos en la verdadera fuente de esperanza: Cristo. Quizá no somos lo suficientemente claros los cristianos al proclamar los motivos de nuestro esperar, y con ello contribuimos al confusionismo y a la ambigüedad.
     Es Jesucristo, solo Él, el núcleo y el motivo de nuestra esperanza, porque solo Él es nuestra salvación. Y afirmar esto no es devaluar las esperanzas humanas, que en buena parte hemos de compartir, pero sí una crítica profunda de las mismas.
      El motivo de la esperanza cristiana es la fe en Dios y en el hombre. Porque el cristiano no puede hablar de Dios sin hablar del hombre, ni hablar del hombre sin evocar a Dios, que se ha hecho hombre; ni tampoco puede esperar en Dios sin hacerlo, a su vez, en el hombre.
      Si en el mundo hay falta de esperanza es, en parte, imputable a los cristianos, que no sabemos crearla. Porque no se trata solo de que tengamos esperanza, sino de que ofrezcamos esperanza.
     Hoy casi nadie se fía de nadie… La inseguridad se ha convertido en la excusa para desconfiar de todo y de todos. Hemos comenzado a fortificar nuestras casas y a recluirnos en nuestros egoísmos y recelos. ¡No se puede vivir desconfiando! ¡Esa es la mayor inseguridad! Muchos hombres y mujeres se han hundido en lo que llamamos delincuencia o mala vida porque no encontraron personas que les concedieran, en sus primeros momentos de equivocación, un poco de credibilidad y confianza. Porque en toda persona hay una “plusvalía”, un porcentaje divino que la revaloriza. Hay que trascender las apariencias, para mirar con el corazón, porque “lo esencial es invisible a los ojos”. Lo dijo Jesús: “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5,8) en el hombre.
     La esperanza es la posibilidad que el hombre tiene de transcenderse a sí mismo y a las contradicciones de la vida; la posibilidad de no quedar atrapado en los estrechos horizontes del consumismo, del utilitarismo o del hedonismo. Tener esperanza es afirmar, sin ambigüedades, la existencia de otra dimensión, como nos recuerda hoy san Pablo, frente a los que quieren silenciar este aspecto.
     Tener esperanza es aceptar ser semilla que germina a través del silencio y el dolor. La semilla está en la raíz de las cosas: es invisible (encerrada en la tierra), pero deslumbrante en el fruto. Jesús recurrió frecuentemente a la “semilla” como imagen de esperanza, de silencio, de dinamismo interior, de humildad, de providencia de Dios. Ser semilla de evangelio es la vocación del cristiano. Es fácil saber cuantas semillas hay en una manzana, pero solo Dios sabe las manzanas que hay en una semilla. Solo Él sabe las posibilidades de la semilla.
    Aceptar ser semilla es entregar la vida a las manos de Dios, el buen sembrador.  Es aceptar con paz la propia limitación y la limitación del hermano. Es ser optimista, porque Dios actúa en el mundo y en el hombre, y continúa sembrando pequeñísimos granos de mostaza,  que acabarán por ofrecer acogida a los deseos e inquietudes de los hombres.

    Los fuertes, ante las dificultades, esperan; los débiles, se refugian en los sueños. Que el cuerpo y la sangre del Señor alimenten nuestra esperanza nos conviertan en testigos inequívocos de ella ante los hombres.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy semilla de esperanza?
.- ¿Soy sembrador de esperanza?
.- ¿Quién fundamenta mi esperanza?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 4 de junio de 2015

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-


1ª Lectura: Éxodo 24,3-8

    En aquellos días Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: Haremos todo lo que dice el Señor.
     Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió: Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos.
    Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre estos mandatos.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     Nos hallamos ante un texto que podemos designar como “profético”: el banquete/sacrificio por el que Moisés selló la Alianza de Dios con su pueblo. El rito es muy detallado: lectura de la Ley, respuesta del pueblo, el sacrificio con la aspersión de la sangre sobre la comunidad, y las palabras significativas del rito. Esa sangre es signo de  la comunión del pueblo con Dios y de la obediencia a sus mandatos.

2ª Lectura: Hebreos 9,11-15

    Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombres, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviendo la pureza externa; cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por eso él es el medidor de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    La carta a los Hebreos relee el texto de la alianza del Sinaí, mostrando la superación cualitativa de la sellada en la sangre de Cristo, mediador de la Nueva Alianza. Cristo es el Sumo Sacerdote definitivo, el Templo verdadero y la Víctima por excelencia, autor de la liberación eterna mediante su entrega personal en favor del hombre. Y esta realidad se actualiza sacramentalmente en la celebración eucarística.

Evangelio: Marcos 14,12-16. 22-26

     El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
     Él envió a dos discípulos, diciéndoles: Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua: seguidlo, y en la casa en que entre decidle al dueño: El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos? Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.
     Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
    Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo.
    Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vida hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.
    Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.

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     El relato seleccionado comprende dos momentos (deja fuera el anuncio de la traición: vv 17-21): la preparación de la cena y la celebración.
     La estructura y fraseología del relato guarda una semejanza sorprendente con el de la entrada en Jerusalén (Mc 11, 1-6). Jesús conduce, protagoniza su destino, no va a remolque de los acontecimientos: es señor de su historia.  La alusión del v 12 es históricamente incorrecta, ya que el cordero se sacrificaba la víspera por la tarde. En realidad el cómo y el cuándo del hecho es difícil de reconstruirlo. Jesús celebró  su  cena pascual  singular, y ésta es la que quiere presentar el evangelista a la comunidad de discípulos. Los alimentos significativos no son los de la pascua judía - cordero, hierbas amargas... - sino el pan y el vino, signos de la pascua cristiana.  “Cuerpo” y  “sangre” son términos que afirman indistintamente la totalidad de la persona y de su entrega en favor de todos los hombres. La referencia al futuro (v 25) convierte a la Eucaristía en profecía del banquete mesiánico y en sacramento de esperanza. La cena de Jesús no es la evocación del pasado sino la inauguración del futuro.


REFLEXIÓN PASTORAL
                        
     Los textos bíblicos aducidos para la celebración litúrgica de este domingo del Cuerpo y Sangre de Cristo subrayan una peculiar dimensión de la Eucaristía: su dimensión salvadora. La presencia de Cristo en la Eucaristía no es una presencia “estática”, sino “dinámica” y “pro-existencial”.
     La Eucaristía actualiza una de las dimensiones más profundas de Jesús: su entrega a  los demás y por los demás. Y esta realidad debe marcar la espiritualidad, la actitud que los cristianos hemos de adoptar ante ella.
     Con la mejor intención, sin duda, hemos “aislado” un tanto la Eucaristía del resto de la vida, adoptando ante ella actitudes excesivamente devocionales, desatendiendo otras más profundas y comprometidas, expresamente indicadas por Jesús, que no solo convirtió la Eucaristía en sacramento de su presencia, sino que se preocupó de indicar el sentido de esa presencia.
     La Eucaristía es “memorial” permanente de Jesús, llamada a mantener viva su memoria. “Haced esto en memoria mía”. ¿Y qué es “esto”? No se estaba refiriendo Jesús con esa expresión a la actualización o repetición de un rito, sino a mantener viva su actitud pro-existencial, que solo es posible mantener alimentándola con su Cuerpo y su Sangre. ¡Y a veces dedicamos más tiempo y energías al rito de su celebración que al reto que esa celebración entraña!
     La Eucaristía sintetiza el proyecto y la realidad más honda de Cristo: una existencia entregada. Y es el alimento que hace posible la misión cristiana, aportando la energía necesaria para entregar y derramar la propia vida por la causa del Señor, que es la causa del hombre.
     La Eucaristía no puede ser “privatizada”. Jesús le ha dado una dimensión pública - “por vosotros y por todos” -, y no podemos “privatizarla”. La comunión con Cristo Eucaristía debe ser personal pero no individual. No puede ser “secuestrada”, sino que debe animar la vida y la misión de las comunidades cristianas. Al tiempo que debe ser una de las piedras fundamentales para su construcción y sostenimiento. La eclesialidad, pues, es una de las notas distintivas de la fe y el culto eucarístico.
      Y es también el sacramento de nuestra esperanza. En su celebración, la liturgia destaca este aspecto. “Ven, Señor Jesús”; “Anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”; “Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo”; “Mientras esperamos su gloriosa venida”…, son todas expresiones que remiten a esta realidad “escatológica” de la Eucaristía.  Por eso es el sacramento de nuestra fe, de nuestra esperanza y del amor de Cristo.
      La Eucaristía es elocuente, nos habla del amor de Dios  hecho presencia. Dios está con nosotros, hecho vecino de nuestras penas y alegrías, dispuesto siempre a la confidencia. ¡Cómo cambiarían nuestras vidas si fuésemos conscientes de esa verdad!
      La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho entrega. "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito" (Jn 3,16). Y este se tomó a sí mismo, se hizo Eucaristía y dijo: "Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros entregado...; esta es la nueva alianza en mi sangre (1 Cor 11,24-25).
       La Eucaristía nos habla del amor de Dios  hecho comunión: "Comed, bebed... (Mt 26, 26-27); el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Jn 6,54). Y para eso escogió elementos sencillos, elementales: el pan y el vino. Realidades que justifican y simbolizan los sudores y afanes del hombre; que unen a las familias para ser compartidos, y que simbolizan el sustento básico...; indicándonos el sentido de su presencia: alimentar nuestra fe y unirnos como familia de los hijos de Dios.  No es, pues, un lujo para personas piadosas; es el alimento necesario para los que queremos ser discípulos y vacilamos y caemos. Es el verdadero "pan de los pobres".
      Pero ese amor de Dios nos urge. Cristo hecho presencia nos urge a que le hagamos presente en nuestra vida, y nos urge a estar presentes, con presencia cristiana, junto al prójimo. Cristo hecho pan, nos urge a compartir nuestro pan con los que no lo tienen. Cristo solidario, nos urge a la solidaridad fraterna. Cristo, compañero de nuestros caminos, nos urge a no retirar la mano de todo aquél que, incluso desde su doloroso silencio, por amor de Dios nos pide un minuto de nuestro tiempo para llenar el suyo. Cristo, entregado y derramado por nosotros, nos urge a abandonar las posiciones cómodas y tibias para recrear su estilo radical de amar y hacer el bien....   Por eso es recordatorio y llamada al amor fraterno.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo me sitúo ante la Eucaristía?
.- ¿Escucho sus urgencias?
.- ¿Es verdadero pan de vida para mi vida?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 28 de mayo de 2015

SOLEMNIDAD DE LA SMA. TRINIDAD -B-


1ª Lectura: Deuteronomio 4,32-34. 39-40

    Habló Moisés al pueblo y dijo: Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás desde un extremo al otro del cielo palabra tan grande como esta?, ¿se oyó cosa semejante?, ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto?
    Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre.

                        ***                  ***                  ***                  ***

     Dios se re reivindica para Israel como el único Dios, y acude a la memoria histórica del pueblo. Desde ahí, debe ser reconocido como el único: no hay otro. En ese reconocimiento residirá la felicidad del pueblo. El reconocimiento de Dios no merma al hombre, lo plenifica y lo hace feliz.


2ª Lectura: Romanos 8,14-17

    Hermanos:
    Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Llamar y sentir a Dios como Abba es fruto del Espíritu Santo. Nuestra filiación divina, adoptiva pero real, se asienta en el testimonio veraz del Espíritu. El cristiano ha recibido un espíritu de hijo, no de siervo, y debe vivir filialmente no servilmente.


Evangelio: Mateo 28,16-20
                                                             
    En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
    Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

                        ***                  ***                  ***                 

   La misión evangelizadora consiste en introducir al hombre en el misterio de comunión con Dios Trinidad. No se trata de ampliar fronteras exteriores, sino de abrir al hombre a esta realidad del Dios Amor y Comunión. Y solo será posible en la cercanía de Jesús.


REFLEXIÓN PASTORAL

    El hombre de hoy sabe mucho y sobre muchas cosas: su información cada vez es más abundante y mejor documentada. Pero, frecuentemente, se trata de un saber teórico, nocional, periférico; que le ilustra pero no le afecta; que le informa pero no le transforma.
    También el cristiano sabe, o cree, muchas cosas. Sabe, o cree, por ejemplo, que existe Dios; que Jesucristo es el Hijo de Dios; que su muerte y resurrección nos han redimido del pecado; que el Espíritu Santo es Dios…, pero ¿lo saborea? ¿Degusta esa realidad? ¿Vibra con ella? ¿Esa verdad serena, ilumina y motiva su vida? “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 34,9). Esta es la sabiduría cristiana.
     La verdad de Dios, como toda verdad existencial, si no pasa al corazón y lo enciende (“¿No ardía nuestro corazón…? Lc 24,32), queda reducida a una mera información; pero cuando entra en él, se convierte en energía transformadora (Jer 20,9).
     Dios tuvo interés en que ese y así fuera nuestro saber sobre Él; no una mera información sobre su existencia, sino una experiencia filial, traducida en actitud fraternal hacia los otros. Y ese fue también el interés de Jesús: transmitirnos la convicción de que “el Padre mismo os quiere” (Jn 16,27), con amor afectivo y efectivo (Jn 3,16; Mt 6,25-32).
     El AT resaltaba la unidad y unicidad de Dios, su soberanía y poder (Dt 4,39; 6,4). El NT, en la revelación de Cristo, profundiza en el misterio y nos abre a la verdad íntima de Dios: nos dice que Dios es “familia”, y que nos quiere incorporar a esa “familia de Dios” (Ef 2,19).
     Por aquí debería comenzar la reflexión sobre nuestra fe en Dios, y ver si realmente lo sentimos y reconocemos como Padre, es decir, como Amor (“Dios es amor” 1 Jn 4,8) y como urgencia de amar (2 Cor 5,14).
     Porque la fe en el Dios revelado en Cristo es más, mucho más, que una doctrina; es una experiencia, pues “nosotros hemos conocido (saboreado) el amor que Dios nos tiene (Jesucristo) y hemos creído en El” (1 Jn 4,16), hasta el punto de que “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo” (Sal 23,4).
     La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar con los ojos de la fe y del corazón esa realidad en la que “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).
     Nos dice que Dios es comunión de personas, que es relación viva con vocación permanente de habitar en el hombre. Y nos recuerda que somos “templo” de Dios (1 Cor 3,16-19), su “morada” (Jn 14,23). Por eso, también, nos invita a “contemplar” al hombre. No nos abstrae en una nube de misterio, sino que nos invita a entrar en el misterio del hombre, que Dios ha elegido como morada. Y reconocerle y confesarlo allí.
     “Más íntimo a mí mismo, que yo mismo” (san Agustín), Dios no es lejano ni habita en la lejanía. Nos está próximo, a nuestro lado, en nosotros. ¿Experimentamos su presencia, su cercanía?

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué experiencia tengo de Dios?
.- ¿Me siento vitalmente hijo de Dios?
.- ¿Siento la urgencia de anunciar a ese Dios Amor y Comunión?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.