jueves, 28 de julio de 2016

DOMINGO XVIII -C-

1ª Lectura: Eclesiastés 1,2; 2,21-23

    Vaciedad sin sentido, dice el Predicador, vaciedad sin sentido; todo es vaciedad. Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, y tiene que legarle su porción al que no la ha trabajado. También esto es vaciedad y gran desgracia. ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol? De día dolores, penas y fatigas; de noche no descansa el corazón. También esto es vaciedad.

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    El Eclesiastés pertenece, junto con el libro de Job, a lo que se conoce como exponentes de “la crisis del pensamiento sapiencial en Israel”. Es una obra crítica y lúcida sobre los avatares del hombre en la tierra sin otro horizonte que la muerte. El autor no niega el sentido de la vida, invita a descubrirlo más allá de la apariencia inmediata. No es un ateo, sino un creyente que muestra, desde la oscuridad de la inmanencia, la necesidad de otra clave para acceder al conocimiento profundo de la existencia. A Dios no hay que acudir apresuradamente: no es una respuesta barata; primero hay que apurar las respuestas de la vida. Eclesiastés invita a “vivir” el tiempo, no a “pasar” el tiempo; a “aprovechar” la vida, no a “perderla”…, consciente de que lo visible no agota lo real.

2ª Lectura: Colosenses 3,1-5. 9-11

     Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.
Dad muerte a todo lo terreno, que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres; porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

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     A los cristianos de Colosas, Pablo les invita a profundizar su vida, radicándola y renovándola en Cristo; a buscar  nuevos horizontes.  El cristiano tiene que desvestirse de “la vieja condición humana” (el pecado y sus obras: el viejo Adán) y revestirse de “la nueva condición” (la imagen de Cristo: el nuevo Adán). En el nuevo orden, alumbrado en Cristo, desaparecen las divisiones discriminatorias y aparece un mundo renovado y unido en una fraternidad consolidada, al que nos incorporamos por el bautismo.
    Las recomendaciones de san Pablo son una llamada a los cristianos de hoy, que quizá aún no hemos realizado ese proceso de radicación y de renovación de la vida, quedándonos en lo ritual y superficial.

Evangelio: Lucas 12,13-21
                                        
     En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”.
    Él le contestó: “Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”.
Y dijo a la gente: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.
   Y les propuso una parábola: “Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: ‘Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida´. Pero Dios le dijo: ‘Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?´”. Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

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    Ante la demanda puntual de uno que quería convertir a Jesús en mediador en asuntos de herencia, él aprovecha para instruir sobre algo que afecta a la “herencia” fundamental: la salvación. El hombre no debe equivocarse (pero puede hacerlo); en él hay dimensiones que no se sacian con productos efímeros.
    El hombre puede ser dueño de muchas cosas, pero no es el dueño de su vida. Jesús vino a salvar la vida, no a devaluarla, rescatándola de afanes “intrascendentes”, abriéndola a horizontes y valores nuevos. “Atesorad tesoros en el cielo…” (Mt 6,19-20). La carta de Santiago (5,1-4) y la primera de Timoteo (6,9-10) pueden servir de  comentario a la parábola de Jesús. San Pablo muestra el sentido de los afanes del cristiano: “Si vivimos, vivimos para el Señor” (Rom 14,8), que es el señor de la vida y “amigo de la vida” (Sab 11,26).  

REFLEXIÓN PASTORAL

       “Por ser criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y renunciar… Por ello siente en sí mismo la división… Son muchos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de tan dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no falta, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo.
     Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean con mayor profundidad las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos, subsiste todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio?  ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?...
     Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo para que pueda responder a su máxima vocación… Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en el Señor. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, que es el mismo hoy, ayer y siempre”. Son todas expresiones del Concilio Vaticano II tomadas de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual  que acogen y responden a la temática sugerida por las lecturas bíblicas de este domingo: El sentido del quehacer humano, cuando se le despoja de su referencia trascendente (primera lectura); la urgencia de interiorizar nuestra vida y nuestra acción hasta cristificarlas (segunda  lectura); la convicción de que la grandeza del hombre no depende de sus bienes (3ª lectura).
     Un mensaje de gran actualidad para una sociedad como la nuestra, distorsionada y confundida, que explica y define al hombre en términos de consumidor y productor, ahogando dimensiones más profundas y humanas. Una sociedad que ha elevado a la categoría de meta el bienestar, sacrificando en ese altar todo tipo de víctimas, incluso humanas.
     No se trata de contraponer, de establecer divisiones irreconciliables, sino de saber reconocer la verdad de las cosas -son criaturas, no ídolos- y la verdad del hombre, que no ha sido hecho para las cosas ni a su medida, sino para Dios y a su imagen. “Nos hiciste, Señor, para ti…”. Ésta es la vocación del hombre, su meta, y cualquier otra cosa es  “vaciedad sin sentido, todo vaciedad”. Pues los espacios que Dios no llena terminan por quedar vacíos. Y de ese vacío puede surgir la desesperación. En cambio, “quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios basta”.
     La invitación a buscar “los bienes de allá arriba” no es una invitación a la huída o a la evasión, sino a inyectar esos “bienes” (la paz, la verdad, la justicia…) en la tierra, para renovar su rostro.
     Con la parábola Jesús invita a la sensatez: llama la atención a la necesidad de saber mantener siempre el control sobre las cosas y de no ser controlados por ellas, porque ahí reside la libertad.
     El hombre rico llegó a la situación dramática de no ser él quien disponía de sus bienes, sino sus bienes los que disponían de él. Los bienes no son ni buenos ni malos, todo depende de quién “lleve” a quién, de quién sea el dueño de quién. En la parábola el dueño eran los bienes. Y a esa falta de discernimiento Jesús la llama necedad: “Necio, esta noche te van exigir la vida”.
    Sí, la palabra de Dios nos invita a la sensatez. Aquel hombre pudo haber tomado otras decisiones, por ejemplo, repartir la producción con los más necesitados, y así haber ganado la vida. Pero la codicia le volvió insensato.
    ¿Y qué pasa entre nosotros? ¿No estamos hundidos en esta crisis, que parece ahogarnos, por nuestra insensatez, por la codicia, por creer que la vida depende del dios dinero, poder y placer?
     La salida a esta situación será, seguramente, difícil, lenta y larga, y solo será posible si todos, a nuestro nivel, adoptamos una gran dosis de sensatez para no distorsionar los valores de la vida.
     “Buscad los bienes de arriba… Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría… Despojaos del hombre viejo y revestíos del hombre nuevo”.
    “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21) dice Jesús. Pero también es verdad que donde está tu corazón, allí está tu tesoro. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Cuál es nuestro tesoro?


REFLEXIÓN PERSONAL
.-  ¿Cuáles son los valores que dan sentido a mi vida?
.-  ¿Es Dios el “ante todo” de mi vida?
.-  ¿Cómo invierto mi vida?, ¿en el interés personal o en la gratuidad?

DOMINGO MONTERO, OFM Cap.













jueves, 21 de julio de 2016

DOMINGO XVII -C-

 1ª Lectura: Génesis 18,20-32

       En aquellos días, el Señor dijo: “La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré”. Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: “¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable, ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?”. El Señor contestó: “Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. Respondió Abrahán: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?”. Respondió el Señor: “No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco”. Abrahán insistió: “Quizá no se encuentren más que cuarenta”. Le respondió: “En atención a los cuarenta, no lo haré”. Abrahán siguió: “Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?”. Él respondió: “No lo haré, si encuentro allí treinta”. Insistió Abrahán: “Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran solo veinte?”. Respondió el Señor: “En atención a los veinte no la destruiré”. Abrahán continuó: “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?”. Contestó el Señor: “En atención a los diez no la destruiré”.

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     El relato es de gran belleza y profundidad. Discurre entre Dios y Abrahán, una vez que los dos acompañantes de Dios marcharon a Sodoma. La acusación contra Sodoma era de inmoralidad (sodomía). Dios quiere verificar la acusación. Abrahán asume el papel de intercesor interesado, pues en Sodoma estaban Lot y su familia, y quiere salvarlos. El diálogo con Dios está construido con sutileza. Abrahán va rebajando el número de justos creyendo poner un tope a Dios, pero Dios accede a cada propuesta de Abrahán. Dios no se cansa de personar, pero Abrahán se cansa de interceder. Se detiene en el número 10, una vez que ha asegurado la salvación de la familia de Lot (Gn 19,15-16). Según Jer 5,1 y Ez 22,30, Dios perdonaría a Jerusalén aun cuando no hallara en ella más que un justo. En Is 53, el sufrimiento del Siervo salvará a todo el pueblo. La misericordia de Dios es infinita y se ha revelado en plenitud en Cristo.

2ª Lectura: Colosenses 2,12-14

     Hermanos:
     Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

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      Cristo ha borrado el protocolo de nuestra condena: la Ley, que nos descubría el pecado, pero no nos daba la fuerza para vencerlo. Esta fuerza nos ha venido de Cristo,  personalización de la misericordia de Dios. El cristiano por la fe en el Señor resucitado se ha incorporado sacramental y realmente a Cristo, pasando de la muerte a la vida, del régimen del pecado al de la gracia. Él es nuestra oración de intercesión ante el Padre.

Evangelio: Lucas 11,1-13

                                                                          
     Una vez que estaba orando Jesús en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”. Y les dijo: “Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la media noche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”.

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      El texto que ofrece la liturgia de hoy consta de tres bloques: 1) la oración del “Padre nuestro”; 2) la parábola del amigo importuno y 3) la eficacia de la oración.
Mientras los puntos 1) y 3) encuentran paralelos en Mt (6,9-13; 7,7-11), el 2) es propio de Lucas. Respecto del “Padre nuestro” las diferencias entre Mt y Lc son notables: el texto lucano es más breve, contiene cinco peticiones frente a las siete del mateano. También es distinto el contexto del mismo: en Mt la iniciativa parte de Jesús en una instrucción sobre la oración (Mt 6,7-8); en Lucas, a petición de los discípulos. Todo ello deja entrever la existencia de dos recensiones de la oración dominical. A pesar de ser la de Lucas la más breve, se reconoce la antigüedad a la de Mateo.
    Con la parábola del amigo importuno Jesús invita a la perseverancia en la oración, y encuentra un duplicado en la parábola de la viuda que demanda justicia (Lc 18,1-8). “Pedid”, “Buscad”, Llamad”… A ello nos invita Jesús.

REFLEXIÓN PASTORAL

      El pasado domingo nos decía Jesús: “María ha escogido la mejor parte”. Hoy escuchamos esta petición de los discípulos: “¡Señor, enséñanos a orar!” 
    ¿Pero es posible orar hoy? ¿Sirve para algo?  Orar no solo es posible, sino urgente. El hombre sufre un acoso implacable a su verdad más profunda; más que nunca está expuesto a la equivocación; se experimenta indigente de sentido; busca un interlocutor  válido de quien fiarse y a quien confiarse sin temor a ser defraudado; vive en una dispersión interior y exterior..., y necesita reencontrase, verificar su posición, hallar ese espacio de confianza, de veracidad y de libertad..., y la  oración es la posibilidad de encontrar orientación a esa situación.
      Pero la necesidad cristiana  de orar no se justifica desde las carencias, desde los riesgos y enigmas del hombre. Es más bien la manifestación de una nostalgia, la de Dios, de cuyas manos salimos y  a las que buscamos retornar para recobrar nuestro ambiente original. Es decir, que no oramos  por ser pobres y necesitados, cuanto por ser hijos. Por eso solo el Hijo puede enseñarnos a orar.
       Porque la oración cristiana tiene sus peculiaridades y hasta sus incompatibilidades. No es un paréntesis que abrimos en la vida para hablar con Dios, ni una mera devoción o un acto más de piedad. Orar es estar abiertos en todas las situaciones de la vida a la búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios...
       No es presentar a Dios nuestros proyectos, perfectamente delimitados, para que Él los rubrique; es presentarnos  para que Dios plasme en nosotros su proyecto.
       No oramos para estar seguros y tranquilos, sino para escuchar cada día la voz del Señor que nos invita a salir de nosotros mismos, para seguir su camino.
       No oramos para inmunizarnos ante las cuestiones más agudas y dolorosas de la existencia, sino para saber asumirlas e interpretarlas...
       Por eso orar es mucho más que rezar, aunque el rezo sea también una forma de oración. La oración pone en movimiento no los labios sino el corazón, por eso “al orar no digáis muchas palabras...” (Mt 6,7.).
        La oración es un acto de fe, por eso, “cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis” (Mc 11, 24).
La oración no es ostentación ni ruido, por eso “cuando ores entra en tu cuarto...”(Mt 6,6)
La oración es comunión, por eso “si al presentar tu ofrenda ante el altar...” (Mt 5,23ss).
La oración debe ser perseverante, “porque quien pide, recibe” (Lc 11,10).
La oración debe ser cristiana, por eso “pedid en mi nombre” (Jn 14,14).
La oración debe ser perseverante, por eso “pedid, buscad, llamad…” (Mt 7,7)
La oración debe ser filial, por eso “cuando oréis decid: Padre” (Lc 11,2).
      A Dios no le molesta nuestra insistencia sino nuestra inconstancia; no son nuestros méritos los que garantizan que nuestra oración sea escuchada, sino el amor de Dios. Y a Dios nos hay que ocultarle ninguna necesidad en nuestra oración, pero hay temas prioritarios  -el Reino y el Espíritu-. 
     Centrado en lo fundamental, la causa de Dios y las necesidades del hombre, el “Padre nuestro” no es un formulario sino el ideario de los que buscan ante todo el Reino de Dios, confiando “lo demás” a la Providencia; es la oración de los hombres libres que perdonan, comparten y luchan; la oración de los hijos de Dios, y todo hombre lo es.   Y desde ahí se nos descubre un horizonte nuevo: el de Dios y el del mundo. La oración es mística y compromiso humanizador.
       Tenían razón los discípulos: “¡Señor, enséñanos a orar!”  Porque orar así no es fácil; pero así es como hemos de orar, si queremos hacerlo como seguidores de Jesús. Y sólo así nuestra oración será escuchada.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy constante en la oración?
.- ¿Es el “Padre nuestro” mi proyecto de vida, o un rezo rutinario?
.- ¿Soy solícito de las demandas de los que llaman a mi puerta?


DOMINGO J. MONTERO, OFM Cap.

miércoles, 13 de julio de 2016

DOMINGO XVI -C-

1ª Lectura Génesis 18,1-10a

En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo: “Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol.  Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerza antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo”.
Contestaron: “Bien, haz lo que dices”. Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: “Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza”. Él corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también cuajada, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron.
Después le dijeron: “¿Dónde está Sara, tu mujer?” Contestó: “Aquí, en la tienda”. Añadió uno: “Cuando vuelva a ti, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”.

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La promesa hecha por Dios a Abrahán (Gn 17,15-22) se retrasa. A pesar del nacimiento de Ismael, Abrahán espera a la puerta de la tienda. Este relato narra una aparición de Dios (vv. 1.3), acompañado de dos hombres, que según Gn 19,1 son dos ángeles. El texto vacila entre el singular y el plural. Muchos Padres han visto en estos tres personajes y en la adoración única de Abrahán un anuncio del misterio de la Trinidad. Dios en esta aparición reitera a Abrahán la promesa de una descendencia vía Sara. Y, además, le marca la fecha de cumplimiento. Esa esperanza de Abrahán, “contra toda esperanza” (Rom 4,18), le convirtió en “padre de los creyentes” (Rom 4,11) y en modelo de creyentes (Hb 11,8). Sin embargo, Isaac no agota la promesa, que hallará su plenitud en Jesucristo

2ª Lectura: Colosenses 1,24-28

Hermanos:
Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el Misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos. A estos ha querido Dios dar a conocer la gloria y riqueza que este Misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida en Cristo.

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Para animar a los Colosenses a participar en los duros trabajos del Evangelio, Pablo muestra su alegría de sufrir por Cristo y por los cristianos. Eso forma parte de su misión y de su condición de identificado con Cristo. Él no completa, porque fuera incompleta en sí, la obra de Cristo, sino porque cumple una de sus demandas: la incorporación personalizada a ella: “El que quiera…, tome la cruz y me siga” (Mc 8,34). Y eso supone asumir los sufrimientos que conlleva la evangelización. Esa misión desvela el gran Misterio de la llamada universal a la salvación, que hace posible Cristo, la verdadera esperanza del mundo.


Evangelio: Lucas 10, 38-42
                                                     
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.

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Las dos hermanas evocan y parecen responder tipológicamente a las que aparecen en el relato de la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-44). Solo Lucas narra esta escena. En su sencillez el relato es elocuente. Nos habla de la “normalidad” de Jesús. La acogida de Marta supone que conocía al Maestro. Su afán en el servicio deja suponer que Jesús no entró solo en casa, sino acompañado de sus discípulos. Por otra parte, las palabras  de Jesús parece que  no se dirigirían solo a María sino a un grupo más amplio de oyentes. De esta escena se han destacado siempre las palabras de Jesús a Marta, que no descalifican su actitud de servicio -Jesús vino a servir-, pero la matiza. Hay que discernir: la escucha de la palabra de Dios es prioritaria, porque ese es el servicio más importante que ha de ejercitar el discípulo. Ambas hermanas encarna dos dimensiones del discipulado: escucha y servicio, pero por orden.

REFLEXIÓN PASTORAL

¿Señor, quien puede hospedarse en tu tienda?” (Sal 15,1) La hospitalidad, la acogida a distintos niveles es el mensaje de los textos bíblicos de este domingo.
El salmo responsorial nos presenta a un Dios acogedor del hombre, al tiempo que nos avanza el requisito para ser su huésped, para entrar y morar en “su tienda”. Y las tres lecturas nos presentan a un Dios que busca ser acogido en la tienda del hombre, en su corazón.
Así la primera lectura, tomada del Génesis, nos muestra a Abrahán acogiendo la presencia misteriosa de Dios, por lo que  fue bendecido con una descendencia que perpetuaría su nombre. E n el evangelio, Jesús es acogido por unos amigos y nos lega un mensaje clarificador; y en la carta a los Colosenses aparece cómo Pablo, ejemplo de todo discípulo y apóstol, acoge a Jesús en su corazón, la auténtica morada que ansía el Señor.
Si no lo hubiera dicho Jesús, nosotros habríamos dado la razón a Marta. Sintonizamos más fácilmente con su activismo, que con la “inactividad” de María. Pero así de sorprendente es el evangelio. “María ha escogido la mejor parte”.  Jesús no descalifica el servicio de Marta (era una forma de expresar su amor al Maestro), lo clarifica advirtiendo sobre la necesidad de discernir  valores y prioridades.
No se trata de introducir divisiones entre oración y acción -una vida cristiana sin  oración, es una vida cristiana profundamente debilitada, imposible, y una vida cristiana sin acción, sin compromiso, es una vida cristiana alienada, también imposible-, sino de clarificar ambas cosas,  de discernir valores y prioridades. Una acción alimentada en la contemplación y una contemplación verificada en la acción.
Marta se afanaba por la alimentación de Jesús, olvidando que “yo tengo otro alimento..., hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,32.34). Se preocupaba  sólo por el pan, olvidando que “el hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).
Ya, en otra ocasión, ante las pretensiones de algunos familiares, Jesús introdujo una aclaración importante: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Y en la misma línea, la alabanza que una mujer hizo de su madre -“Dichoso el seno que te llevó..”.- recibió una matización importante: “Dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios” (Lc 11,27-28).  Y es que necesitamos escuchar la palabra de Dios y meditarla para no olvidarnos de Dios; necesitamos ese momento contemplativo para proveernos de la Verdad – que no se improvisa -; para no andar vacíos de criterios o con criterios vacíos; para que nuestra actividad no nos deshaga, ni nuestro servicio acabe en servilismos...
María escogió la mejor parte, pero no la parte más fácil, pues quien se decide a escuchar a Dios ha de comenzar por aceptar silencios profundos, porque la voz de Dios no es compatible con ciertos “ruidos”...  Y eso nos da miedo. Y, por eso, nos quedamos con palabras vanas, quizá bonitas, halagadoras y hasta piadosas..., pero no salvadoras. Jesús nos dice que es la mejor parte, porque desde ella se clarifica y adquiere calidad nuestro ser y nuestro quehacer, es decir, nuestra vida.
Por eso no hay que olvidar que el personaje central es Jesús, Palabra encarnada de Dios. Un Jesús profundamente humano, que se deja querer, que acepta la invitación de unos amigos, y que  busca ser hospedado, acogido - “mira que estoy a la puerta llamando; si alguno me abre entraré y cenaré con él” (Apo 3,20 -, para seguir con su misión: evangelizar la vida.
En este tiempo de verano, de descanso para muchos, no para todos, acojámonos al Señor –“¿quién puede hospedarse en tu tienda?”- y acojamos al Señor, escuchando su palabra y poniéndola por obra. Porque el tiempo de descanso no puede ser un tiempo muerto ni neutro, un tiempo perdido. El descanso es, más bien, una oportunidad para agradecer a Dios este tiempo, que él inaguró después de la creación, viviéndolo, y no sólo “pasándolo” como un mero tiempo de ocio, sino como un tiempo de gracia. 

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Priorizo en mi vida la escucha de la palabra de Dios?
.- ¿Es la palabra de Dios quien inspira mi servicios?
.- ¿Soy hospitalario para acoger al que lo necesita?



DOMINGO MONTERO, OFM Cap.

jueves, 7 de julio de 2016

DOMINGO XV -C


 1ª Lectura: Deuteronomio 30,10-14

Moisés habló al pueblo, diciendo: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: ¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”; ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?”. El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.


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Nos hallamos al final del tercer y último discurso de Moisés (Dt 29-30). El mediador de la Alianza del Sinaí, la antigua Alianza, recuerda a Israel que el futuro depende de la fidelidad a la palabra del Señor. Una palabra que no es inaccesible, porque Dios la ha depositado en el corazón del hombre. Mientras algunos textos de la literatura sapiencial subrayaban la inaccesibilidad de la sabiduría, fuente de la felicidad (Jb 28), otros, más recientes, defendían que Dios revela su sabiduría en la Ley (Ecco 24,23-34; Sl 119). En este texto del Deuteronomio  nos hallamos en las fuentes de la teología de la Palabra tal como aparecerá en el prólogo del IV Evangelio, después de haber sido repensada en Prv 8,22-31 y Sab 7,22-8,1. Una relectura de este texto lo encontramos en la carta a los Romanos (10, 5-10).

2ª Lectura: Colosenses 1,15-20

Cristo es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles; Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

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En contraste con Moisés, revelador y mediador de la antigua Alianza, Cristo es el verdadero revelador y mediador, la plenitud de todo el proyecto salvador de Dios. Él es la Alianza salvadora por la sangre de su cruz. Transparencia de Dios y Cabeza de todo lo creado. Pero no es una figura mítica sino histórica. Su vinculación a la Iglesia y a la historia de los hombres -“primogénito de entre los muertos”- le acerca a nuestra historia.


Evangelio: Lucas 10,25-37
                                                 
En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él contesto: “Amarás al Señor, tu Dios,  con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”.   
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lastima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en mano de los bandidos? Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Díjole Jesús: “Anda, haz tú lo mismo”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

Ante la pregunta del maestro de la Ley, Jesús muestra cómo Dios no ha cambiado su plan, y que él no ha venido a anularlo (Mt 5,17). El mandamiento no ha cambiado: Amarás (Dt 6,5; Lv 19,18). Pero clarifica el horizonte. En el judaísmo contemporáneo a Jesús se discutía por la identidad del “prójimo”: no todos eran considerados como prójimos.  Había que saber quien lo era, para poder amarlo o no tener la obligación de hacerlo. Uno de los tipos excluidos era, precisamente, el del samaritano. La pregunta del maestro era pertinente; y gracias a ella Jesús nos desveló un criterio nuevo para entender qué es ser prójimo. La “projimidad” no la determinan las leyes, la marca el corazón. Los “oficialmente” llamados a practicar la misericordia, pasan de largo; un “hereje” fue el que se detuvo. Además, con esta parábola Jesús no está enseñando solo qué hombre es  mi prójimo y qué es ser prójimo, sino que Dios es prójimo y que es mi prójimo.


REFLEXIÓN PASTORAL

“¿Quién es mi prójimo?” El escriba, nos dice el evangelio, formuló la pregunta “queriendo justificarse” y, además, con una clara intención de delimitar, precisar  y, por lo tanto, de excluir a alguien del concepto “prójimo”.
Con su respuesta, mediante la parábola del buen samaritano, Jesús introduce un matiz importante. No se trata tanto de saber teóricamente quién es mi prójimo, sino de saberse cada uno, y prácticamente, prójimo –próximo- a los demás.
“¿Quién de los tres –levita, sacerdote o samaritano – te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?... El que tuvo compasión de él. Anda y haz tú lo mismo”.
Frecuentemente al comentar esta parábola nos detenemos y hasta nos ensañamos con el sacerdote y el levita, olvidándonos de verificar si nosotros somos verdaderos y buenos prójimos.
Hoy este tema es de  sangrante actualidad, porque hoy la marginación, la soledad y el abandono inundan nuestras geografías. Y cuando lo más cómodo es ignorar, desentenderse, dar un rodeo en la vida, para no encontrarse con el otro y sus problemas. Cuando, quizá, pretendemos ir linealmente, “directamente “a Dios, Dios nos sale al encuentro y nos pregunta: “¿Dónde está tu hermano?”(Gn 4,9). 
Imposible la pretensión de querer o creer vivir de cara a Dios y de espaldas al prójimo. Imposible saber dónde está Dios desconociendo la situación del hermano. Es la brújula que nos marca la posición de Dios.
En esta sociedad tan crispada y dividida por intereses y miedos, resulta cada vez más difícil acercarse sin prevenciones a los demás. Ya sé que no se puede ser ingenuos, que la vida se ha vuelto muy complicada, que hay timadores e inseguridad...; pero creo que los niveles que están alcanzando la desconfianza y el miedo no son justos. ¡No se puede, por cualquier pretexto, vivir desconfiando, sospechando o desentendiéndose del hermano! ¡Ésa es la mayor inseguridad!
Muchas personas se han hundido en lo que llamamos “mala vida” porque no han encontrado personas que les concedieran un poco de credibilidad y confianza. Y en toda persona hay una “plusvalía”, un coeficiente divino que lo revaloriza: el amor de Dios. No verlo no sólo es ceguera sino injusticia. Hay que ir, pues, más allá de las apariencias para mirar con el corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos. Lo dijo Jesús: “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5,8). “¿Cuándo te vimos hambriento, desnudo, en la cárcel...? Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,37-40). 
Dios lo ha querido así para que no nos autosugestionáramos ni nos confundiéramos: “Si ves a tu hermano pasar necesidad y no le ayudas, ¿cómo puede permanecer en ti el amor de Dios?” (I Jn 3,17). Quizá esto pueda ayudarnos a clarificarnos y a descubrir el sinsentido de creer y orar cada uno a “su” Dios, cuando no hay más que uno. El que nos ha dicho: tuve hambre (y no sólo de pan sino de amor), tuve sed (y no sólo de agua sino de  verdad), estuve desnudo (y no sólo de ropa  sino de esperanza), estuve enfermo (y no sólo corporalmente sino de  espiritualmente), estuve preso (y no sólo en cárceles sino en profunda soledad)... Y tú, ¿qué? Quizá preocupado sólo por ti y tu perfección recorriste el camino, y perdiste la oportunidad de ser amor, verdad, esperanza, alegría, libertad y compañía para tu hermano.
No lo olvidemos. “Maestro, ¿qué debo hacer para guardar la vida eterna? ... Amarás al Señor tu Dios..., y a tu prójimo”. La respuesta es  AMAR, y eso implica, entre otras cosas, saber dar razón de nuestro hermano. ¿Dónde está tu hermano? Una buena pregunta para saber dónde está Dios..., y dónde estamos nosotros.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento al otro como prójimo, y me siento prójimo?
.- ¿Siento a Dios como prójimo?

.- ¿Sé descubrir la plusvalía divina presente en cada persona?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 30 de junio de 2016

DOMINGO XIV -C-

1ª Lectura: Isaías 66, 10-14c

Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto. Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes. Porque así dice el Señor: Yo haré derivar hacia ella como un río la paz, como un torrente en crecida las riquezas de las naciones. Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre sus rodillas las acariciarán; como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados. Al verlo, se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos florecerán como un prado; la mano del Señor se manifestará a sus siervos.

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Nos hallamos en lo que se designa el III Isaías (56-66), al final. El profeta entona un canto de esperanza gozosa por la intervención de Dios en favor de su pueblo. Contempla el retorno de los desterrados y la llegada abundante y definitiva de la paz. Es interesante destacar la ternura maternal del proceder de Dios.


2ª Lectura: Gálatas 6,14-18

Hermanos:
Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es circuncisión o incircuncisión, sino una criatura nueva. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma, también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.

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Frente a los judaizantes, que reivindicaban la circuncisión como signo de gloria, Pablo reivindica la cruz de Cristo. La cruz no como signo externo sino como espacio existencial de fe, en el que se ha manifestado el amor salvador de Dios ¿Quién es el Israel de Dios? Los convertidos del judaísmo. ¿Cuáles son “las marcas de Jesús”? Pablo no está aludiendo a los estigmas físicos -las llagas- sino a los signos profundos: la mentalidad de Cristo (I Co 2,16), los sentimientos de Cristo (Flp 2,5). Pablo se siente “marcado” por Cristo existencialmente, seducido por él.

Evangelio: Lucas 10,1-12. 17-20
                                                                                                                                     
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ella vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed de lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el Reino de Dios”. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo”.
Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” Él les contestó: “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os dará daño alguno. Sin embargo no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombre están inscritos en el cielo”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

La “misión de los setenta y dos” (o setenta), como precursores a los lugares que él había de visitar, es propia de Lucas, y ha sido  construida con elementos de un discurso de Mc 6,8-11, dirigido a los Doce. Algunas de las indicaciones dejan suponer una praxis misionera existente en las comunidades, que ha sido incorporada al discurso (normas sobre el alojamiento). Que Jesús quiso incorporar, ya en vida, a los discípulos a la misión está fuera de duda: fue uno de los motivos de la constitución del grupo de los Doce: para estar con él y para enviarlos a predicar (Mc 3,14-15).
Más allá de esas precisiones, conviene destacar los siguientes aspectos: la misión debe ser orada, rogada a Dios. El misionero es un “don” de Dios. La misión supone un riesgo personal, porque los espacios a los que va son espacios hostiles.  Ha de ser a cuerpo limpio, sin más bagaje que el mensaje: el Reino de Dios está cerca.
Sacudir el polvo del calzado significaba declarar impura la tierra que se ha pisado. La mención de Sodoma evoca el texto de Gn 19.
El reportaje lucano concluye con el retorno de los discípulos, entusiasmados por el éxito de la misión. Pero Jesús les descubre que el verdadero motivo de su entusiasmo no debe estar en ese éxito, sino en que sus nombres, sus vidas, están inscritas en el cielo, están en el corazón de Dios. Sirve para hoy este texto, cuando se habla de la nueva evangelización. Evangelización en pobreza, nítida en su contenido, 

REFLEXIÓN PASTORAL

El relato evangélico de este Domingo nos habla de “una” misión encomendada por Jesús a un grupo de 72 discípulos  -no a los Doce-  para “prepararle el camino”. En ese relato hay una serie de elementos a los que prestar atención, porque a la hora de misionar es importante no olvidar los tonos, contenidos y estilos de la “primera” misión, la que diseñó el Maestro.
Llama la atención la primera constatación de Jesús: “La mies es abundante y los obreros pocos”, junto a la recomendación: “Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”.
Es también sorprendente la descripción que hace del paisaje, del horizonte previsible de la misión: “Os mando como corderos en medio de lobos”.
Y, sobre todo, las consignas: ir desprovistos de todo signo de poder -sin talega…-; con un saludo -la paz-; un mensaje  -el Reino de Dios está cerca- y un quehacer -“curad enfermos”-.
Un mensaje que Francisco de Asís resumió en un saludo: Paz y Bien. Anunciar la Paz  -“Cristo es nuestra Paz”- y hacer el Bien (función sanante y curativa), porque el Bien es el nombre que describe a Dios: su ser y quehacer: “Tú eres el Bien, sumo Bien, solo Bien, único Bien”.
También nuestro momento puede describirse con términos similares, porque también hoy “la mies es mucha y los obreros son pocos”; también hoy se respira y alimenta un cierto clima de hostilidad, acoso e indiferencia ante lo religioso y lo cristiano; también hoy es necesario “orar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”; también hoy es necesario hacer la misión desde la esencialidad evangélica, con un discernimiento profundo respecto de los tonos, medios y contenidos. Pero, por encima de todo, el acento recae, hoy como ayer, en los obreros;  y más en la calidad que en el número.
La segunda lectura, tomada de la carta a los Gálatas, nos ofrece el perfil del obrero cristiano, Pablo de Tarso. Un hombre seducido por Cristo -“para mía la vida es Cristo…; que nadie me moleste, yo llevo en mí las marcas de Jesús”-. Personas seducidas, encandiladas, apasionadas por Jesús y su causa, para quienes “todo es basura  comparado con el conocimiento de Cristo Jesús” (Flp 3,8).
No hay cristiano sin misión. También el cristiano está marcado por Cristo: el bautismo es el “sello” de garantía que configura la vida y que se enriquece con los demás sacramentos, entre ellos, particularmente, la Eucaristía.
Una misión para la que no hay que irse muy lejos, sino quizá entrar dentro de uno mismo, para cristianizar, evangelizar la propia vida, y luego abrirse a los horizontes más inmediatos, la familia, el trabajo, las relaciones…
PAZ Y BIEN, una síntesis densa y fiel del estilo y el contenido de la misión evangelizadora.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento la urgencia y la responsabilidad de la misión?
.- ¿Siento a Cristo como referente primordial en mi vida?

.- ¿Soy mensajero de Paz y Bien?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap

miércoles, 22 de junio de 2016

DOMINGO XIII -C-


 1ª Lectura: I Reyes 19,16b. 19-21

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: Unge como profeta sucesor a Eliseo, hijo de Safat, natural de Abel-Mejolá.
Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando, con doce yuntas en fila y él llevaba la última. Elías pasó a su lado y le echó encima su manto.
Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.
Elías contestó: Ve y vuelve, ¿quién te lo impide?
Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los mató, hizo fuego de los aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente. Luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a sus órdenes.

                        ***                  ***                  ***                  ***
           
Elías, que desmoralizado por las amenazas de Jezabel, había huido al Horeb (I Re 19, 2-8), recibe de Dios la orden de regresar y de elegir a Eliseo como profeta y sucesor (I Re 19,15-16). La obra de Dios debe seguir adelante. Los vv 19-21 pertenecen al denominado ciclo de Eliseo (II Re 2-13). Éste era un agricultor. El paso de Elías junto a él le cambió la vida. El manto no solo era ropa de abrigo, simbolizaba la personalidad y los derechos de su dueño. Además el manto de Elías tenía una eficacia milagrosa (II Re 2,8). Elías adquiere así un derecho sobre Eliseo. Eliseo acepta la invitación y, tras “quemar” los aperos de labranza, se convirtió en discípulo de Elías.

2ª  Lectura: Gálatas 4,31b-5,1. 13-18

Hermanos:
Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: “Amarás al prójimo como a ti mismo”.
Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente. Yo os lo digo: Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal, que no hacéis lo que quisierais. Pero si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley.

                        ***                  ***                  ***                  ***

La libertad es el horizonte del cristiano y la gran conquista de Cristo. Una libertad para ser  asumida y vivida. Pero esa libertad no es un “ídolo”. Pablo no invita a la anarquía ni a la autosuficiencia. La libertad cristiana debe estar normada por el amor. La libertad impide esclavizar a nadie, poniéndolo a nuestros pies, pero nos hace esclavos, poniéndonos a los pies de los demás, asumiendo la actitud de Jesús (Jn 13,4-5), por amor. Pablo no es ingenuo, sabe de las tensiones existentes en las comunidades. Por eso, al tiempo que exhorta, denuncia. El proceder cristiano debe estar inspirado por el Espíritu, no por las tendencias de la carne. El cristiano no solo debe rehuir “el yugo de la esclavitud” (la circuncisión que querían imponer los judaizantes) sino “todo” yugo (“las obras de la carne” cf. Ga 5,19).
La libertad cristiana es libertad “de” todo lo que oprime, y libertad “para” poner todo, la vida, al servicio de las urgencias del amor (II Co 5,14).

Evangelio: Lucas 9,51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos? Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno: Te seguiré a donde vayas.
Jesús le respondió: Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
A otro le dijo: Sígueme.
Él respondió: Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo: Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.

                        ***                  ***                  ***                  ***
     
Jesús decide orientar sus pasos hacia Jerusalén. Ha de atravesar Samaría, y envía a algunos para buscar alojamiento. En una aldea no fue aceptado por su condición de judío (“los judíos no se tratan con los samaritanos” Jn 4,9). El mismo Jesús en un primer momento advertirá a los discípulos de no entrar en los poblados de samaritanos (Mt 10,5). La reacción de Santiago y Juan es desechada por el Maestro. Que no ha venido a abrirse camino a sangre y fuego, sino a abrir camino entregando su propia sangre.
En ese camino aparecen tres personas; la primera pide ser admitida en su compañía. Jesús le responde con realismo, haciéndole ver cómo acababan de negarle un techo para hospedarse. La segunda es invitada por Jesús al seguimiento. Pero ésta pide un tiempo de demora. “Ir a enterrar a mi padre” equivale a: “lo haré cuando haya fallecido mi padre” (no es que su padre ya hubiera muerto y fuera inminente la sepultura). La tercera, se ofrece, pero pone unas condiciones que, en principio, parecen lógicas. Sin embargo Jesús radicaliza el seguimiento. El seguimiento de Jesús supera al de Eliseo respecto de Elías.

REFLEXIÓN PASTORAL

El evangelio de este Domingo nos habla del seguimiento de Cristo. Lo hace con expresiones chocantes a nuestros oídos, demasiado contemporizadores. Jesús no fue un rompefamilias, ni un ser sin entrañas, al contrario. Entonces, ¿qué nos quiere decir con estas expresiones?
Que en la vida, y en la vida de fe también, hay que priorizar. Que nada, ni nadie, debe impedir la respuesta fiel a la llamada del Señor. En eso consiste la libertad cristiana de la que nos habla la segunda lectura: una liberación de todo, hasta de uno mismo -de sus amores y temores- para seguir a Jesús. En eso consiste la verdadera “practica” religiosa; no en un cumplimiento superficial de normas, sino en la introducción de Cristo en el corazón, hasta convertirlo en nuestro criterio y norma de vida.
El conocimiento de Cristo es gracia, decíamos el pasado Domingo, pero, además, implica, su seguimiento; significa no perderle nunca de vista. “Corramos con constancia en la carrera que nos toca, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús” (Heb 12,1-2). ¡Una advertencia muy oportuna! El cristiano nunca debe perder de vista a Jesucristo como referencia primordial de la vida, so pena de despistarse, adentrándose por caminos equivocados y estériles: caminos que no conducen a “ninguna parte”.
Y este seguimiento no es cuestión de intuiciones personales más o menos bienintencionadas, discontinuas e intermitentes.  Se trata de “conocerlo a él” (Flp 3,10), de “ganar a Cristo y ser hallado en él” (Flp 3,8-9), de personalizar “los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,5), de “caminar como él caminó” (I Jn 2,6)... y eso no se improvisa.
Al “seguimiento cristiano” le es imprescindible un talante contemplativo e interiorizador de la persona de Jesús, hasta el punto de experimentar su presencia como una seducción permanente (Flp 3,12) inspiradora de los mayores radicalismos (Flp 8,8). “De oídas” podrá iniciarse el seguimiento, pero no puede mantenerse; tiene que resolverse en el encuentro y conocimiento personales. Cristiano es el hombre que ha descubierto a Cristo como el sentido de su vida; es aquél para quien Cristo es norma y camino, con todo lo que esto tiene de configurante y decisivo.
¡No perderle de vista! Y esto significa descubrirle como inspirador permanente de las opciones de vida concreta.
Quizá lo prosaico de nuestra vida, la carencia de profundidad en nuestros compromisos..., todo eso que en momentos de sinceridad calificamos de inauténtico, se deba, en última instancia, a que no hemos descubierto de verdad a ese Jesús a quien religarnos, y por eso nos cuesta tanto desligarnos de tantas cosas que lastran nuestra vida.
Un seguimiento que implica asumir el “estilo” de Jesús: su radicalidad, generosidad y decisión. Y también el no ser acogidos en ciertos espacios o foros desafectos a su causa, como le ocurrió en esa aldea de Samaría, porque Jesús es alternativo y portador de alternativas. Demasiado, ¿verdad? Sí, para nuestra debilidad congénita; pero posible si nos alimentamos con el pan eucarístico: pan de fortaleza para los débiles, luz para nuestras oscuridades y esperanza para nuestros desalientos.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué priorizo en mi vida?
.- ¿Es Jesús el referente de mi vida?
.- ¿Vivo en la libertad de los hijos de Dios?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 16 de junio de 2016

DOMINGO XII -C-


 1ª Lectura: Zacarías 12,10-11

     “Esto dice el Señor: Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén, como el luto de Haddad-Rimón en el valle de Meguido”.
                        ***                  ***                  ***                  ***

     Nos hallamos en la segunda parte del libro de Zacarías (9-14). No es fácil la interpretación de este texto. La alusión a la efusión de un espíritu de gracia y clemencia sobre la dinastía de David hace que algunos lo sitúen en un contexto mesiánico. La figura del “traspasado” puede referirse a algún mártir anónimo de cuya muerte es responsable el pueblo. Ese mártir glorificado pudiera ser “el siervo paciente”.
     El pueblo de Jerusalén contemplando la víctima de su furia insensata recapacita e inicia un proceso de arrepentimiento y conversión. La alusión al luto de Haddad-Rimón puede entenderse como evocación del rito celebrativo de la muerte de Hadaddad-Rimón (probablemente una divinidad que muere y por la que se eleva un lamento ritual (cfr. Ez 8,14 la alusión al llanto por el dios Tamuz). Aquí el texto es traído como avance profético de la muerte de Jesús (cf. Jn 19,37).

2ª Lectura: Gálatas 3,26-29

   “Hermanos:
   Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán, y herederos de la promesa”.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    La fe en Cristo nos introduce en la familia de Dios, como hijos. El bautismo nos reviste de Cristo, nos hace de él. No es un revestimiento ni una pertenencia superficiales, sino profundos. Nos incorpora al pueblo de la promesa y nos hace miembros de una fraternidad universal, presidida por Cristo, donde ni la etnia, ni la condición social ni sexual tienen poder discriminatorio.  Este era el sueño de Pablo, no la realidad que le tocó vivir. Pero por ello luchó. ¿Ya es esto realidad en la iglesia de hoy? 

Evangelio: Lucas  9,18-24

      “Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?
       Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
      Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
      Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios.
     Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, y añadió: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, y ser ejecutado y resucitar al tercer día.
     Y, dirigiéndose a todos, dijo: El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará”.

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      El texto contiene dos momentos importantes: la profesión de fe de Pedro (vv 18b-21) y el primer anuncio de la Pasión (v 22). Ambos momentos encuentran paralelos en Mt y Mc. Pero el texto lucano aporta matices propios. Mientras Mt y Mc destacan la geografía física de la profesión de fe (Cesarea de Filipo), Lc subraya la geografía espiritual (la oración). Lc (como Mc) no conserva la promesas a Pedro de las llaves del Reino. También en las respuestas de los discípulos hay pequeñas variantes, como en la respuesta de Pedro. Esto nos habla de un “núcleo” histórico, modelado por cada uno de los evangelistas o sus tradiciones. El relato se concluye con la prohibición de Jesús de dar publicidad a esa “profesión”. Llegará el tiempo de hacerla explícita.
     El segundo momento es el anuncio de su pasión. Lucas omite la intervención de Pedro y la reprimenda de Jesús (Mc 8,32s). Ya desde el principio Jesús comenzó a alertar a los discípulos sobre el sentido final de su vida. Si es cierto que estos anuncios se configuraron plenamente después de la Pascua, no cabe duda de que Jesús fue dando pistas  e indicaciones de por donde podrían ir las cosas, por las reacciones que observaba en los dirigentes religiosos y políticos ante su mensaje. Es este aspecto de la vida de Jesús el que pretende evocar proféticamente el texto de Zacarías de la 1ª lectura.

REFLEXIÓN PASTORAL

      Hay preguntas que nunca son respondidas definitivamente, sino que son un estímulo constante de la existencia. Entre esas preguntas se encuentra esta formulada por Jesús: “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?”. Porque lo peculiar del cristiano y del cristianismo no es su ética, su filosofía e, iba a decir, ni siquiera su teología; lo peculiar del cristiano y del cristianismo es su vinculación “a un tal Jesús”,  que  muerto, ha resucitado y vive entre nosotros (cf. Hch 25,19).  Pero tal vinculación sólo podrá ser auténtica cuando hayamos clarificado quien es ese Jesús.
      Cuando proliferan tantos retratos y tan dispares, esta pregunta es de palpitante actualidad. ¿Cuál es el verdadero rostro de Cristo? El nombre de Cristo ha servido a muchos y para muchas cosas... Tan peligroso es el olvido como el ruido; no sólo el polvo, también el oro pueden desfigurar u ocultar un rostro.
     “Jesucristo es el mismo hoy, ayer y siempre” (Hb 13,8). Pero esta afirmación no pone el punto y aparte, y menos aún el punto y final a la pregunta. Cristo está por ver y por decir. Cada época y cada pensamiento se ha visto confrontado con esta “bandera discutida” (Lc 2,35). También la nuestra, en la que recientemente el interés por Jesús cristalizó en dos manifestaciones: la del Cristo Superstar y la del Cristo guerrillero. ¿Dos caricaturas? ¿Dos verdades a medias? En todo caso dos imágenes que hablan de la significatividad de Jesús: el rostro joven, alegre y rejuvenecedor, y el del que encarna la pasión por la justicia y la causa de los oprimidos.
Pero en nuestra época -¿entre nosotros?- hay una tercera caricatura: la del Cristo aburrido de los aburridos; la de aquellos que a fuerza de decir que creen en él, se han habituado a él hasta olvidarlo prácticamente.
     ¿Quién decís que soy? Es una pregunta con doble dirección. ¿Quién decís vosotros que soy yo para vosotros? ¿Qué significo yo en tu vida? Y ¿quién decís que soy yo a los otros?
     La primera nos llevará al campo de la oración (es significativo que Jesús les formula la pregunta mientras ora), porque “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” (Jn 6,44). El auténtico conocimiento de Jesús como Camino, Verdad y Vida no es una conquista humana, sino una gracia del Padre Dios. “Bienaventurado tú, Simón Pedro, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre” (Mt 16,7), contesta Jesús a la profesión de fe de S. Pedro.           
      La segunda nos conducirá al campo del testimonio: porque ese Jesús conocido ha de ser testimoniado. No puede ser guardado como un tesoro oculto, sino mostrado como una luz que brilla para iluminar a todos los de casa.
   “¿Quién decís que soy yo? Es una buena pregunta, que espera respuesta de nuestra parte.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy un testigo creíble de Jesús?
.- ¿Me siento realmente hijo, miembro de la familia de Dios?

.- ¿Discrimino en mi vida por razón de cultura, religión o sexo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.