miércoles, 29 de julio de 2015

Domingo XVIII -B-


 1ª Lectura: Éxodo 16,2-4. 12-15

    En aquellos días la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad.
    El Señor dijo a Moisés: Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído la murmuración de los israelitas. Diles de mi parte: “Al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor vuetro Dios.
    Por la tarde una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana había una capa de rocío alrededor de él. Cuando se avaporó la capa de rocío apareció en la superficie del desierto un polvo parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: ¿Qué es esto? Pues no sabían lo que era.
    Moisés les dijo: Es el pan que el Señor os da de comer.

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    Ante las dificultades del desierto, el pueblo protesta contra Moisés y Aarón, añorando las “ollas de Egipto”. El desierto es un tránsito necesario hacia la libertad. En ese camino Dios decide intervenir, ofreciendo una señal de su providente compañía: el maná. Ese alimento es un don, pero también es una denuncia de la dureza de corazón del pueblo, que prefería la seguridad de la esclavitud a los riesgos de la libertad.

2ª Lectura: Efesios 4,17. 20-24

    Hermanos:
    Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya, como es el caso de los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús. Cristo os ha enseñado a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos de placer, a renovaros en la mentalidad y en el espíritu. Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

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    La propuesta cristiana es renovadora. El cristiano no debe andar vacío de criterio ni con criterios vacíos. Cristo debe ser el criterio de vida, para ello el creyente necesita ser permeabilizado por el Espíritu. Como criatura nueva ha de despojarse del hombre viejo, viviendo en justicia y santidad.

Evangelio: Juan 6,24-35

    En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: Maestro, ¿cuándo has venido aquí?
    Jesús les contestó: Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando visa eterna, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a este lo ha sellado el Padre Dios.
    Ellos le preguntaron: ¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?
    Respondió Jesús: Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado.
     Ellos le replicaron: ¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.”  Jesús les replicó: Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.
    Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan.
    Jesús les contestó: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.

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     Jesús deshace malentendidos. En la búsqueda el hombre ha de estar bien orientado. La obra de Jesús debe ser comprendida correctamente: comienza dando pan para darse él como el pan verdadero; él es el verdadero maná de Dios. El alimento necesario para hacer la travesía del desierto de la vida.


REFLEXIÓN PASTORAL
    
      "No andéis ya, como es el caso de los gentiles en la vaciedad de sus criterios... Renovaos en la mente y en el espíritu".
     Si en la pasada fiesta de Santiago celebrábamos un aspecto importante de nuestra dimensión religiosa: la fidelidad a la tradición; hoy, la liturgia nos recuerda otro aspecto igualmente importante: la necesidad de la renovación constante de nuestros criterios y actitudes, para lo que, según san Pablo, se requiere un discernimiento profundo del entorno y una entrega total y generosa al proyecto de Dios sobre nosotros: "No andéis ya, como es el caso de los gentiles en la vaciedad de sus criterios".
      El cristiano no solo debe poseer criterios propios y personales, este es un deber y un derecho de toda persona, sino criterios peculiares, en coherencia con su fe. Y aquí es donde puede surgir el conflicto. La peculiaridad cristiana puede chocar, y de hecho choca, con la vaciedad de criterios que configuran nuestro entorno...   Y puede que seamos tachados de intolerantes, inadaptados, insolidarios..., en un intento de reducirnos a comparsa, cuando por vocación estamos llamados a ser luz, sal y fermento (Mt 5,13.14; 13,33).
       "Tened  entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús" (Flp 2,5). Cristianizar nuestra vida, comenzando por cristianizar nuestros criterios de vida, dejando que el Espíritu de Dios renueve nuestra mentalidad.
      El evangelio nos ofrece esa oportunidad de renovación. Después de la multiplicación de los panes una multitud busca a Jesús, pero él deshace el equívoco: "...Me buscáis porque habéis comido pan hasta saciaros".  Creían haber encontrado la solución, la respuesta  a sus inquietudes, a sus necesidades  y problemas..., olvidando que Jesús es, más bien, pregunta, inquietud y proyecto; y que el hombre no solo vive de pan... En realidad no buscaban al Señor, se buscaban a sí mismos.
      No es infrecuente entre nosotros una concepción utilitarista de la fe y de Dios. Buscamos los dones de Dios, más que al Dios de los dones. Y Dios no está junto al hombre solo cuando las piedras se convierten en pan; está también, y sobre todo, cuando las piedras continúan siendo piedras, y el pan hay que sudarlo, sufrirlo y hasta ayunarlo. La fe cristiana no es la religión del éxito humano, sino la de la resurrección a través de una muerte real y dolorosa al "hombre viejo corrompido por sus apetencias seductoras" y por criterios vacíos.
     Hoy se nos invita, más aún, se nos exige una profunda renovación interior, pero esta solo será posible si nutrimos nuestra vida con el alimento que perdura, el Cuerpo y la Sangre del Señor.

            "Trabajad, nos dice Jesús, no por el alimento que perece, sino por el que perdura...; el que os dará el Hijo del hombre".

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Renueva el Espíritu mi mentalidad?
.- ¿Estoy en el trabajo que Dios quiere: la fe?
.- ¿Qué busco en la vida y con qué la alimento?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

viernes, 24 de julio de 2015

DOMINGO XVII -B-


1ª Lectura: 2 Reyes 4,42-44

    En aquellos días vino un hombre de Bal-Salisá trayendo en la alforja el pan de las primicias -veinte panes de cebada- y grano reciente para el siervo del Señor.
     Eliseo dijo a su criado: Dáselo a la gente para que coman.
     El criado le respondió: ¿Qué hago yo con esto para cien personas?
     Eliseo insistió: Dáselo a la gente para que coman. Porque esto dice el Señor: “Comerán y sobrará.”
     El criado se los sirvió a la gente; comieron y sobró, como había dicho el Señor.

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    El relato forma parte de la sección de “los milagros de Eliseo”. Se trata del cuarto de una serie de seis. Con ello se pretende acreditar su singularidad personal y profética. Eliseo no solo sirve al pueblo el pan de la palabra de Dios; también les sirve el pan de cada día. Además, sirve de “profecía” de otra multiplicación de los panes, la que realizará Jesús, el Profeta definitivo.

2ª Lectura: Efesios 4,1-6

    Hermanos:
    Yo, el prisionero por Cristo, os ruego que andéis como pide la vocación a la que hebéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espiritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo transciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Bendito sea por los siglos de los siglos. Amén.

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    La vocación cristiana no es una evasión ni una alienación: configura la existencia. La fe en un solo Dios es el fermento y el alimento de la comunión interhumana y de la humanización de la vida.


Evangelio: Juan 6,1-15

                                              
    En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos.
    Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente dijo a Felipe: ¿Con qué compraremos panes para que coman estos? (lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer).
    Felipe le contestó: Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.
    Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces, pero, ¿qué es eso para tantos?
    Jesús dijo: Decid a la gente que se siente en el suelo.
    Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron: solo los hombres eran unos cinco mil.
    Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
    Cuando se saciaron, dijo a los discípulos: Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.
     Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.
    Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.


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     Cerca de la Pascua judía, este signo de Jesús reviste su sentido más profundo: es un avance de su Pascua, en la que él se entregará como el Pan de la vida. Todo es protagonizado por Jesús: levanta los ojos; pregunta, aunque ya sabe de antemano lo que ha de hacer; ordena que se siente la gente; toma los panes y pronucnia la acción de gracias; los reparte y ordena la recogida. 
     Tratándose del evangelio de san Juan hay que prestar atención al simbolismo. ¿Los cinco panes, simbolizan a la Ley (Pentateuco), y su insuficiencia? ¿Los doce cestos, simbolizan al nuevo pueblo de Dios, asentado ya no sobre las doce tribus sino sobre los doce apóstoles?
     El final del relato muestra a Jesús rehuyendo cualquier mesianismo político, e impidiendo cualquier manipulación e interpretación reductiva de su persona.


REFLEXIÓN PASTORAL

     Es tan fácil quedarse en la superficie de las cosas, en lo anecdótico… Quizá nuestro mayor peligro ante el Evangelio sea, precisamente, que ya “nos suena”, que casi lo conocemos de memoria; y así, ya no nos dejamos sorprender por él.
     Esto puede ocurrir con el relato evangélico de este domingo. Solemos llamarlo “la multiplicación de los panes y los peces”. Y, fijándonos en lo prodigioso y extraordinario, pasamos por alto otros aspectos más humanos, más sencillos, más a nuestro alcance. Porque en este relato hay algo más que un hecho prodigioso de Jesús, hay un mensaje y un reto dirigido a nosotros. Todos los evangelios lo transmiten, con diversos acentos y matices. Hoy la liturgia ha elegido el relato del IV evangelio.
       Las multitudes han seguido a Jesús, alejándose de los centros de población. Y comienzan a ser un problema. Jesús es consciente y, aunque sabe cómo abordarlo, quiere implicar a los discípulos.
      Hacen cálculos y los números no salen. Por eso: “Despide a la gente” (Lc 9,12), es la reacción de los discípulos. “No tienen por qué marcharse, dadles vosotros de comer” (Mt 14,16), es la respuesta del Maestro.
     Una primera lección: invitación a asumir la propia responsabilidad ante los demás, frente a la tentación de rehuir los problemas.
      Entonces, surge la conciencia de la propia limitación: “No tenemos más que cinco panes y dos peces” (Lc 9,13). Creían que era poco, pero Jesús les demuestra que eso era suficiente, porque “era todo” lo que tenían.
      Con un mínimo de sensibilidad, también nosotros percibimos la problemática de situaciones que parecen rebasar nuestras capacidades y posibilidades. Constatamos crisis por todas partes y de todas las clases: morales, socio-económicas, de fe… Y quisiéramos pronunciar  un “¡que se vayan!”.
     Porque como los discípulos de entonces, también los de hoy, nos miramos a nosotros y a nuestras posibilidades y descubrimos, seguramente con verdad, que no disponemos de recursos, de respuestas para tan complejas situaciones -¡de las que en parte somos responsables!-. Y aparece, entonces, la tentación del abandono, del desencanto, de la huida o la inhibición.
      Dios no va a mandarnos salvadores: tenemos a Cristo; ni va a revelarnos soluciones extraordinarias: tenemos su evangelio. Él bendecirá lo que tenemos, lo que somos, pero para eso hay que ofrecerlo, hay que ofrecerse. Él no creó los panes, solo los bendijo.
       “Dadles vosotros de comer” es la invitación que Jesús nos dirige para tomar en nuestras manos la suerte, o la desgracia, de los otros, sin remitirles, sin enviarles a otras puertas. Es la invitación de Jesús a imaginar soluciones, y no solo a lamentar situaciones. Y, además, como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura hay otras hambres de paz, de comprensión…, que hay  también que saciar, porque “el hombre no vive solo de pan” (Mt 4,4).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy sensible o indiferente ante las urgencias de los necesitados?
.- ¿Aporto soluciones o solo constato carencias?
.- ¿Soy parte de la solución o del problema?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 16 de julio de 2015

DOMINGO XVI -B-


1ª Lectura: Jeremías 23,1-6

    ¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño! -oráculo del Señor-.  Por eso así dice el señor, Dios de Israel: A los pastores que pastoreana a mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones -oráculo del Señor-. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países donde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá -oráculo del Señor-. Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: “El-Señor-nuestra-justicia.”


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   Con la designación “pastores” se englobaba a los dirigentes políticos y religiosos del pueblo de Dios. El profeta denuncia su “dejadez” en el ejercicio de su misión, que ha conducido al pueblo a una situación política sin salida y a una progresiva degradación religiosa, y avanza un juicio sobre esa gestión irresponsable, ante la cual Dios tomará la iniciativa de “pastorear” directamente al rebaño, y de confiarlo a otros pastores que cumplan la misión con fidelidad. Jesús será, definitivamente, ese Buen Pastor.

2ª Lectura: Efesios 2,13-18

    Hermanos:
    Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes  estábais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, Judíos y Gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear, en Él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en Él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz; paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

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     Jesucristo es el encargado de realizar el verdadero “encuentro de civilizaciones”, derribando el muro que separaba a los hombres: el odio. Más aún, ha dado origen a un nuevo tipo de hombre, en el que quedan integradas, en una comunión enriquecedora, las diversidades culturales, étnicas y religiosas tradicionales. Él es la Paz en la que pueden convivir los hombres, una Paz sellada en su sangre derramada por todos, los de lejos y los de cerca.

   
Evangelio: Marcos 6,30-34


                                                                 
    En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
    Él les dijo: Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado.
    Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

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     Cumplida la misión, los apóstoles regresan e informan a Jesús del resultado de la misma. Es interesante advertir que durante la ausencia de los Doce, Jesús no ha hecho nada significativo que pudiera ser desconocido por ellos. El v 30 tiene diversas lecturas: "Y ellos le contaron todo (¿la muerte del Bautista, y en tal caso habría que considerar la retirada de Jesús a un lugar solitario como respuesta a la acción de Herodes, cf. Mt 14,13?), lo que habían hecho y enseñado". Según Marcos, sin embargo, la retirada a un lugar deshabitado está motivada por la necesidad de descanso (v 31); que puede traducirse también como necesidad de análisis y reflexión. La acogida de Jesús, en todo caso, deja entrever su delicadeza para con los misioneros. Mientras, las gentes le buscan sin descanso, como ovejas sin pastor. El texto sirve de preludio a la primera multiplicación de los panes, cuya finalidad es presentar a Jesús como el inagurador de los tiempos definitivos: el nuevo Moisés (maná), buen pastor, superior a Eliseo (2 Re 4, 42-44).

REFLEXIÓN PASTORAL

     "Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco... Y se fueron en barca a solas a un lugar desierto". ¿Las vacaciones de Jesús con sus discípulos? No. Este texto, en su intención original, no pretende ser una legitimación bíblica del período de vacaciones, del que muchos - no todos- disfrutan en estos meses; pero sí que puede ayudarnos a vivir esos días con profundidad humana y cristiana.
     Ya nos dice la Biblia que "el séptimo día descansó de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró... (Gén 2,2-3)".
     El descanso -no el paro- es un don de Dios al hombre; una bendición divina; un derecho tan inherente a la dignidad y vocación del hombre como lo es el trabajo. El problema reside en cómo interpretar ese descanso, que no consiste en no hacer nada, ni en una evasión superficial y consumista, sino más bien en cultivar aquellas dimensiones que responden a las exigencias más íntimas de nuestra personalidad sin la presión de un horario laboral rígido.
     En tanto que en el trabajo profesional, especialmente en el mecánico o técnico, el hombre aparece teledirigido desde fuera, en las actividades del tiempo libre es el hombre quien desde sí crea y se recrea, actualizando su libertad y su interioridad.
     En el período de vacaciones el hombre debe reencontrarse consigo mismo; debe también reencontrarse con su entorno: personas y cosas, desde una perspectiva más festiva, cordial y desinteresada. Y, sobre todo, debe reencontrase con Dios. El verano no debe ser "un tiempo de rebajas" en nuestra vivencia religiosa. Dios debe seguir ocupando el centro de nuestro tiempo. Saber vivir el descanso no solo como tiempo de ocio, sino como tiempo de gracia es la ciencia del cristiano. El tiempo de descanso debe ser también un tiempo “consagrado”.
     Atendamos un momento a la segunda lectura. En un verano en que no hay vacaciones para la violencia y la guerra, Jesús “vino a anunciar la paz: a los de lejos y a los de cerca”. En un verano donde, por motivos políticos, económicos y religiosos los pueblos no solo están divididos sino enfrentados, Él, “de los dos pueblo ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad”. En un verano donde es posible  que continúe el proceso de degeneración de los auténticos valores: El ha venido para “crear en sí mismo un único hombre nuevo”.
     Descansar con Jesús no es una huída, sino un encuentro; no es una evasión sino un auténtico “curso de verano”, donde se aprenden lecciones importantes para la vida;  no es solo tiempo de ocio, sino tiempo de gracia.
     El verano ofrece posibilidades inéditas para la acción pastoral y la vivencia de la fe. Favorece la reflexión, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, una oración más pausada, la oportunidad de celebrar el tiempo y la naturaleza con una actitud más festiva y menos precipitada, agradecer la compañía de los amigos y familiares, y disponer de más tiempo para los demás, la acogida de forasteros…
     El verano obliga a redimensionar los servicios pastorales, pero no a reducirlos (menos aún, a suprimirlos); a cuidar una liturgia más dinámica y plural, porque muchos vienen de “fuera” y de “lejos”, y han de ser atendidos y acogidos; a esencializar para no cansar.
       Porque del verano hay que regresar y no solo con la tez morena sino con el espíritu tonificado para afrontar con ilusión y energías los retos del nuevo curso. Del verano no hay que volver cansados, sino enriquecidos.       

     Acojamos con gratitud y responsabilidad el descanso de estos días; no olvidemos a quienes no pueden disfrutar de él por el motivo que sea, y dispongámonos para en todos nuestros encuentros ser portadores de paz y bien. Procediendo así “encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29).

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cómo programo el tiempo de verano?
.- ¿Es un tiempo de rebajas espirituales?
.- ¿Lo vivo solo como tiempo de ocio o también como tiempo de gracia?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

martes, 7 de julio de 2015

DOMINGO XV -B-


1ª Lectura: Amós 7,12-15

    En aquellos días dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós: Vidente, vete y refugiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en “Casa de Dios”, porque es el santuario real, el templo del país.
    Respondió Amós: No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel.

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    Nos hallamos ante el testimonio de un enfrentamiento entre la oficialidad político/religiosa y la libertad impredecible del profeta. Amós es expulsado de los espacios religiosos institucionales, vincualdos al poder -el Templo de Betel-. Pero él se reafirma en su condición de enviado carismático de la palabra de Dios, elegido no de entre las corporaciones proféticas existentes en Israel, sino de la vida “secular”.

2ª Lectura: Efesios 1,3-14

    Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo -antes de crear el mundo- para que fuésemos consagrados e irrprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo -por pura iniciativa suya- a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad. Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.
    Con Cristo hemos heredado también nosotros: A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que esperamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también vosotros -que habéis escuchado la Verdad, la extraordinaria noticia de que habéis sido salvados y habéis creído- habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual -mientras llega la redención completa del pueblo, propiedad de Dios- es prenda de nuestra herencia.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    El hombre forma parte del proyecto original de Dios, hunde en él sus raíces, asociado a la persona de Cristo. En él participamos del “derroche” del amor de Dios, que, en su querido Hijo, nos ha elegido, nos ha consagrado y destinado a ser sus hijos. En Cristo hallará su culmen la creación entera y a ese proyecto somos ya incorporados todos los que ya hemos sido marcados por Cristo. Lo importante ahora es ya llevar y mostrar esa “marca” en la vida.

Evangelio: Marco 6,7-13

                             
   En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.
   Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Los Doce son iniciados en el segundo objetivo de la elección: “ser enviados a predicar con poder de arrojar los demonios” (3, 14-15). Enviados por Jesús, con la misión de Jesús y al estilo de Jesús. Se trata de una avanzadilla circunscrita a Galilea. La misión evangelizadora es una misión liberadora, que exige, en primer lugar, la liberación del evangelizador. El mensaje debe ser el único vagaje del misionero. El envío de dos en dos puede obedecer a la conveniencia de ayuda recíproca y de fortalecimiento del testimonio la palabra. Quizá en estas recomendaciones se recojan ya prácticas de la primera misión pos pascual.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Misionero del Padre, Jesucristo nos ha dado a conocer el Misterio de su voluntad, el plan que había proyectado realizar cuando llegase la plenitud de los tiempos: recapitular todo en Cristo (2ª lectura; cf. Col 1,15-20).
    En Él “hemos sido bendecidos con toda clase de bienes espirituales”, hemos sido elegidos y consagrados; en Él hemos sido destinados a ser hijos de Dios y hemos sido redimidos de nuestros pecados. ¡Somos la obra del amor de Dios revelado en Jesucristo! Este es el plan que el Padre le encomendó. Y del que Él nos ha hecho no solo destinatarios sino mensajeros-misioneros.
     Una misión, un plan que primero hemos de vivenciar personalmente nosotros y después anunciar públicamente a los otros. En eso consiste la misión de la Iglesia y de cada miembro de la Iglesia.
     Una misión que encontrará reticencias y resistencias. Fue lo que ya le ocurrió al profeta Amós (1ª lectura). Las instituciones oficiales, acostumbradas a las rutinas de lo oficial y a los intereses del poder, lo rechazaron. Como le sucedió a Jesús. Su misión liberadora, salvadora fue rechazada por la oficialidad de entonces, porque no encajaba ni servía a sus intereses.
     La misión, el anuncio del Evangelio, lleva en sí este riesgo, porque es una llamada real a la conversión y a la revisión, y eso nos cuesta a todos asumirlo. Pero hay que hacerlo. ¡Misión hay! ¿Hay misioneros?
     El relato evangélico de hoy nos dice que ser cristiano es enrolarse en la misión de Jesús: con su contenido y sus estilos.
     Hubo tiempos en que “misión” sonaba a lejanas tierras, y  que identificaba a “misionero” con hombres y mujeres abnegados, que, dejándolo todo, se embarcaban para esa tarea. Ese rostro de la misión continúa, pero no es ya su único rostro y, si se me permite, no es el más urgente.        
     Se han producido transformaciones importantes en nuestra sociedad y en la misma Iglesia. Ya no hace falta embarcarse hacia tierras lejanas, porque el campo misional se ha extendido e introducido en espacios y ambientes considerados tradicionalmente cristianos. Hoy es campo de misión la familia, la parroquia, la sociedad en que vivimos…; nuestra propia vida necesita ser “misionada”, en cuanto está necesitada de una sincera conversión.
            Es necesario avivar y vivir esta conciencia y esta urgencia misionera, que es tanto como decir que es necesario vivir conscientemente nuestra responsabilidad cristiana. “Vosotros sois la sal de la tierra…Vosotros sois la luz…, brille vuestra luz” (Mt 5,13. 14.16). ¿Qué hemos hecho de esa luz…? ¿Qué hemos hecho de esa capacidad de sazonar la vida? “Si la luz  que hay en ti está oscura… (Mt 6,23); si la sal se vuelve sosa…” (Mt 5,13)”.

            Hoy es un día para dar gracias a Dios por la obra, por la misión realizada en favor nuestro por Jesucristo; pero también es un día para tomar conciencia de la necesidad de entregarnos generosamente a la difusión, al testimonio de esa obra – que es nuestra misión-.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Siento en mí la urgencia de la misión?
.- ¿Vivo encerrado en mis intereses?
.- ¿Experimento la obra de Dios realizada en mí por Jesucristo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 2 de julio de 2015

DOMINGO XIV -B-


1ª Lectura: Ezequiel 2,2-5

    En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, aun pueblo que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor.” Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde) sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

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    Ezequiel es enviado, como profeta de Dios, al pueblo desterrado en Babilonia: Su misión será anunciar lo que Dios le ordene. El profeta ha de asumir e integrar el rechazo a su mensaje y a su misma persona. Es el sino de los profetas; pero habrá de ejercer su ministerio con fidelidad. Será voz y centinela de Dios, y de Dios recibirá la fortaleza.

2ª Lectura: 2 Corintios 12,7-10

    Hermanos:
    Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, se me ha metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

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    Previamente (12,1-6), Pablo ha aludido a revelaciones y experiencias especiales; pero eso no le nubla la vista. Ahora reconoce que todo eso es compatible con otras experiencias menos “luminosas”. No se acierta con la identificación de cuál fuera “espina en la carne” -¿sufrimiento físico, dificultad moral?-. Una cosa es cierta, el Apóstol asume esa realidad, consciente de que en su debilidad y en las penalidades ocasionadas por las tareas evangelizadoras brillan la fuerza y la gracia de Dios.

Evangelio: Marcos 6,1-6


    En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él.
    Jesús les decía: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
    No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

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    Los paisanos de Jesús creían conocerle, porque conocían a sus parientes; pero la verdadera y más profunda dimensión de Jesús escapaba a su control:¡les faltaba la fe! El relato es valioso por las informaciones que nos filtra sobre los familiares de Jesús, y su propia identificación como “el carpintero”. Probablemente san José ya habría muerto. Jesús, como los profetas de Israel, no fue reconocido como enviado de Dios. Solo la fe descubre a los profetas.

REFLEXIÓN PASTORAL

    Podríamos titular esta reflexión como “El desprecio de un profeta”. De eso nos hablan la primera lectura -el desprecio del profeta Ezequiel-, y el Evangelio -el desprecio de Jesús-. También san Pablo alude a que, en su condición de apóstol de Cristo, vive “en medio de las debilidades, los insultos, las  privaciones, las persecuciones y las dificultades”. Y es que “un discípulo no es más que su maestro” (Mt 10,24).
     Un rechazo que en el fondo no lo es tanto del personaje en sí, sino, sobre todo, del mensaje que anuncia, porque es considerado molesto, inquietante, “desestabilizador” de sistemas, intereses y posturas personales muy arraigadas. Y es que la Palabra de Dios, Jesús, ya fue presentada como bandera discutida (Lc 2,34), y su evangelio como “espada de doble filo” (Heb 4,12), que por su capacidad y exigencia renovadoras provoca resistencias, sin que falten los intentos de silenciarla, ignorarla o despreciarla, encadenando a sus profetas, pero “la palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,9).
      Es el reto y el riesgo de la palabra de Dios. Con un plus de peligrosidad añadida para nosotros. La proclamamos y aclamamos como palabra de Dios, pero ¿la damos cabida en nuestro corazón y la concretamos en la vida? Porque ya advirtió Jesús de que es posible decir “no”, diciendo “sí”; y de que también es posible lo contrario: decir “sí”, diciendo “no”.
      Es posible decir “sí” y no hacer;  y decir “no” y hacer. Lo ilustró con una parábola: “Un hombre tenía dos hijos. Al primero le dijo: “Hijo, vete a trabajar hoy en la viña”. El contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Y él contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo la voluntad de su padre?” (Mt 21,28-31).
     Y es que no basta con decir “Señor, Señor”, hay que cumplir “la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). De lo contrario podremos escuchar aquella recriminación: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).
      La palabra de Dios nos insta a acogerla cordialmente y a concretarla vitalmente, pero también nos recuerda que esa palabra, su acogida, su vivencia y testimonio no es una decisión cómoda. Esa palabra  implica riesgos y sacrificios, porque esa no es hoy la “palabra oficial”, ni es la palabra “de moda”, sino una palabra crítica, polémica, impugnada y hasta ridiculizada como “locura” (1 Cor 1,18) por lo que san Pablo llamaba la “sabiduría” del mundo (1 Cor 1, 20). Sin embargo es el mismo apóstol quien nos dice que eso no le acobarda, al contrario, en esa situación “vive contento” porque ahí se manifestará la fuerza de Cristo. 

     A nosotros, sin embargo, esta situación de acoso, de ninguneo, nos pone nerviosos, nos asusta, nos cohíbe y paraliza. Y desde esa situación quizá podamos orar con propiedad las palabras del salmo responsorial: “Misericordia, Señor…, que estamos saciados de desprecios, nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos” (Sal 123,3); pero también podremos decir con san Pablo: “Muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo” (2 Cor 12,9). Y “si Dios, en Cristo, está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31).

REFLEXIÓN PERSONAL
    .- ¿Cómo reconocer hoy a los profetas?
    .- Estoy dispuesto a correr riesgos por fidelidad a la palabra de Dios?
    .- ¿Es profética la voz de la Iglesia hoy?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 25 de junio de 2015

DOMINGO XIII -B-


1ª Lectura: Sabiduría 1,13-15; 2,23-25

    Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del Abismo sobre la tierra, porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza. Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen.

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    En los albores del NT y en las postrimerías del AT, este texto presenta una visión optimista de la creación como obra surgida de las manos de Dios. En el origen fue la Vida; no hay dos principios coetáneos: el bien y el mal, la vida y la muerte. El mal y la muerte son “posteriores”, y tienen otro origen, la envidia del diablo. Vida y muerte, más allá de una interpretación “material”, son dos modos de existencia: en uno reina la justicia y en el otro el pecado. La vocación original del hombre es la vida. Y una vida abundante (Jn 10,10).

2ª Lectura: 2 Corintios 8,7-9. 13-15

    Hermanos:
    Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos ahora por vuestra generosidad. Bien sabéis lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros, con su  pobreza, os hagáis ricos. Pues no se trata de aliviar a otros pasando vosotros estrecheces; se trata de nivelar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remedirá vuestra falta; así habrá nivelación. Es lo que dice la Escritura: “Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba.”
                                                                                                                               
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    Estos versículos forman parte, probablemente, de una carta escrita por Pablo a la comunidad de Corinto, una vez restablecidas las buenas relaciones entre él y un sector de la comunidad. El motivo era animarles a la generosidad con ocasión de la colecta en favor de las comunidades cristianas de Judea (Hch 11,29-30; Gál 2,10; Rom 15,25-28). Importante es la motivación: enriquecidos por la pobreza de Cristo, los cristianos deben compartir esa “riqueza” con los demás. La solidaridad eclesial debe ser expresión de la real comunión con Cristo.


Evangelio: Marcos 5,21-43

                                              
    En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
   Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con solo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: ¿Quién me ha tocado?
    Los discípulos le contestaron: Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”
    Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.
    Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?
    Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: No temas; basta que tengas fe.
    No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida.
    Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).
    La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar -tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

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     Dos escenas que muestra la energía vitalizadora de Jesús y cómo el acercamiento salvador a Jesús se realiza desde la fe. No hay situaciones límite -enfermedad o muerte-; basta que el hombre se fíe y se confíe al Señor. Por otra parte, Jesús no rehuye el contacto y, además, percibe los detalles de la fe silenciosa. El relato se concluye con la prohibición de divulgar el hecho, porque la fe en Jesús no debe estar “condicionada” por el prodigio, sino que debe surgir de un espíritu libre.


REFLEXIÓN PASTORAL

    “Dios no hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes… Hizo al hombre de su misma naturaleza”.
     Aquí reside el optimismo creatural y el optimismo antropológico. Esta es su  raíz, la razón más profunda. En otro lugar del mismo libro de la Sabiduría se afirmará que Dios es “amigo de la vida” (11,26).
     Sí, Dios es un Dios vivo, vital, vitalista y vitalizador. Señor y dador de vida. Y hay que buscarle en los horizontes abiertos de la vida. Está en la Cruz, sí, pero en una Cruz convertida en eclosión y manifestación  de su Amor. Lo que nos salva no es el dolor, sino el amor; un amor que asume, redime e ilumina al dolor.
     ¿Por qué muchos cristianos, entonces, damos la impresión de creer en un Dios triste, vestido de negro, a quien solo agrada el sacrificio?
     El texto continúa: “Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. Sin embargo esta envidia,  pecado del hombre, no anuló el proyecto original de Dios, que envió a su Hijo, para tuviéramos vida y “una vida abundante” (Jn 10,10), convertido en “el pan de la vida” (Jn  6,35).
      El evangelio de este domingo nos presenta esa dimensión vitalizadora de Jesús: con una mujer enferma y con una niña ya difunta.
     Jesús es un foco de vida: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos, andan, los muertos resucitan (cf. Mt 11,5)… Pero Jesús no es un curandero. La salud que de Él emana es salvación: por eso, esa salud surge de la fe.
     A Jesús le “apretujaba la gente”, pero esos contactos a Jesús le dejaban indiferente, insensible; entre toda aquella multitud, sin embargo, hubo alguien que “le tocó con fe”. Y este “toque” le afectó, lo percibió. “Tu fe te ha curado”.
     Sí, hay que tocar con fe; orar con fe; pedir con fe… La fe es determinante. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, dirías a este monte…” (Mt 17, 20).
     Algo parecido sucede con Jairo. Se ha acercado a Jesús pidiendo por su niña, muy grave. Jesús se pone en camino con aquel padre angustiado. Pero de casa llega la noticia: la niña ha muerto; ya no vale la pena molestar al Maestro. Seguro que las miradas de Jesús y de Jairo se cruzaron. Y Jesús, percibió la angustia de aquel padre y le dijo: “No temas; basta que tengas fe”. Y siguieron juntos el camino. Y se produjo el milagro.

    “Si tuvierais fe” (Mt 17,20)

  • Buscaríamos ante todo el Reino de Dios; daríamos mayor profundidad a la vida; seríamos capaces de reconocer la presencia de Dios y de rastrear sus huellas en situaciones en las que sentimos la impresión de estar solos.
  • Superaríamos el miedo a “dar la cara por nuestro Señor” (2 Tim 1,8)…, y la tentación del disimulo; nuestra oración sería más abundante y comprometida; dejaríamos de “llevar cuentas del mal (1 Cor 13,5), para entregarnos a hacer el bien.
  • No nos contentaríamos con ocupar un asiento en la iglesia, sino que buscaríamos desempeñar un servicio en ella; no nos limitaríamos a oír el Evangelio, sino que buscaríamos “participar en los duros trabajos del Evangelio” (2 Tim 1,8). 
Si tuvierais fe…” ¿Tan poca fe tenemos? ¿Y qué es tener fe? Por supuesto que no es solo creer que Dios existe  -“También los demonios lo creen y tiemblan” (Sant 2,19)-, sino reconocer las implicaciones de su existencia: “Si llamáis Padre a quien juzga a cada cual, conducíos con responsabilidad, mientras estáis aquí de paso” (1 Pe 1,17).
Creer no es  tanto opinar cuanto vivir. Es situar la vida en otra dimensión; sentirse profundamente captado, “seducido” por Dios (Jer 20,7); dejar que él protagonice la vida. Y, además, hacerlo con alegría y espíritu de gratuidad: “Cuando hayáis hecho lo que os fue mandado, decid: somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17,10). O sea, que por creer, por vivir según la fe, a Dios no hay que pasarle factura; solo hay que darle gracias.

            Reunidos en torno al altar, celebrando el sacramento de nuestra fe, pidamos al Señor: “¡Auméntanos la fe! Esa fe que nos permita testimoniarla y concretarla, como recuerda la segunda lectura, en solidaridad y caridad fraterna.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué rostro de Dios reflejo en mi vida?
.- ¿Sobresalgo en generosidad y solidaridad?
.- ¿Toco la vida con fe?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 18 de junio de 2015

DOMINGO XII -B-


1ª Lectura: Job 38,1.8-11

    El Señor habló a Job desde la tormenta: ¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y niebla por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas?”

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    El texto seleccionado pertenece al inicio de los llamados “Discursos de Dios”. A un Job hundido en sus enigmas y preguntas, que, destrozado por el sufrimiento y el sinsentido, reta a Dios a que salga de su “silencio” (Jb 31,35), Dios le responde. Pero no desde los presupuestos de Job, sino desde los de Dios. Le invita a un “paseo” por la maravillas de la creación, por su misterios, y desde ahí Dios mismo formula a Job preguntas de mayor trascendencia, invitándole a abrirse al misterio de la creación, en el que haya sentido también el misterio del hombre. Al final Job lo reconocerá (Jb 42,2-6).


2ª Lectura: 2 Corintios 5,14-17

    Hermanos:
    Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie por criterios humanos. Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no. El que vive con Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo.

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     Frente a “rivales” procedentes de las comunidades cristianas palestinenses, con planteamientos un tanto distintos de los de Pablo, este reivindica la centralidad de Cristo muerto y resucitado, superando cualquier otro argumento. Cristo no es de un “partido” o de una “facción”. Él lo ha renovado todo, comenzando por la existencia personal. Ha aportado la “novedad” definitiva, y frente a eso lo “viejo” es irrelevante. El cristiano es llamado a vivir en esa “novedad”, alternativa y salvadora.


Evangelio: Marcos 4,35-40

                                                        
    Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: Vamos a la otra orilla.
    Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón.
    Lo despertaron diciéndole: Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
    Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: ¡Silencio, cállate!  Y el viento cesó y vino una gran calma.
    Él les dijo: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?
    Se quedaron espantados y se decían unos a otros: ¿Pero, quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

                        ***                  ***                  ***                  ***

    La revelación de Dios en Jesús se hace  “a través de hechos y palabras  intrínsecamente ligados”. Comienzan ahora en el Evangelio de Marcos (4, 35 - 5, 43) los hechos prodigiosos de Jesús, manifestando su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza (4,35-41), del mal (5, 1-20) y de la misma muerte (5, 21-43), superando toda limitación geográfica (5, 1-20) o ritual (5, 24-34) .
    En la primera salida de Jesús al extranjero, atravesando el lago de Galilea, surge una tempestad que pone en peligro la vida de los navegantes. Él interviene con su autoridad para serenar la situación, provocando el estupor de los discípulos, a quienes recrimina su poca fe. Además del valor histórico del relato, el evangelista pretende subrayar el aspecto cristológico (serenando el mar, Jesús se revela como Dios: Sal 89,10; 65,8; 107,23-30; Jb 38,8-11) y eclesiológico (en toda travesía o salida  la Iglesia deberá afrontar  y asumir riesgos, “tormentas”, con serenidad y fe, consciente de la presencia del Señor).

REFLEXIÓN PASTORAL

    Dios siempre está con nosotros: se llama Enmanuel. Vivir esta verdad es muy importante.  Pero hoy es no solo importante sino urgente caer en la cuenta de ello.
    Cuando el papa Benedicto XVI en su visita a Polonia se acercó al lugar del holocausto nazi, Auswitz, se preguntó “¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué se calló? ¿Cómo pudo tolerar este triunfo del mal?”. Y todos los medios de comunicación se hicieron eco de la pregunta, para después entregarse cada uno a aventurar una respuesta a su medida.
     Preguntas que ya formulaba en apasionada oración el creyente israelita: “¡Despierta, Señor!, ¿por qué duermes? ¿Por qué nos escondes tu rotros, y olvidas nuestra desgracia y opresión?” (Sal 44, 24-25), y que no rehuyó formular el mismo Jesús en la cruz: “¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15,34).
     Las preguntas del Papa  no eran unas preguntas dubitativas, sino sorprendidas. Preguntas surgidas desde la fe en un Dios Bueno. Porque ¡Dios estaba allí!, en el sufrimiento, y estaba sufriéndolo; expulsado del corazón de los verdugos y refugiado en el corazón de las víctimas. Y desde allí gritaba, con “llantos y lágrimas” (Heb 5,7): “lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40)… Otra cosa es que se escuchara su lenguaje. Y eso era lo que precisamente escuchaba allí Benedicto XVI, ese lenguaje de Dios.  Y una solidaridad tan profunda de Dios es, ciertamente, sorprendente.
     Hoy la primera lectura nos presenta la respuesta de Dios a un Job aturdido y desesperado en su tragedia personal, desde la que pretendía impugnar la justicia del plan de Dios e incluso la existencia de que Dios tuviera un plan. Y Dios le abre a un misterio todavía mayor, el de la creación…, pero, sobre todo, Dios le responde… Y Job acabará diciendo: “Te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5).
     Esta es la diferencia: vivir de oídas o desde un conocimiento personal. ¿Dónde estamos nosotros? De oídas se puede iniciar el camino, pero no se puede mantener, porque la meta es el encuentro con Dios.
     El relato evangélico, por su parte, nos habla, también, de una situación difícil unida a la sensación de la soledad. Son muchos los elementos a considerar: la travesía, la tempestad, el miedo de los discípulos, el sueño de Jesús, su autoridad sobre el mar y, sobre todo, la pregunta: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Por la reacción, parece que los discípulos a Jesús, a quien consideraban ausente, “dormido”, todavía solo le conocían de oídas -“¿Pero, quién es este?”-. Porque Él siempre está. Se llama también “Enmanuel” (Mt 1,23).
     Sin caer en acomodaciones apresuradas, no es difícil descubrir que, como entonces, hoy la travesía de la barca de la Iglesia se realiza por aguas difíciles, azotadas por fuertes oleajes. Y muchos se preguntan o nos preguntamos: ¿Dónde está el Señor? ¿Duerme? ¿No le importa que nos hundamos?...
     “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Estas palabras no pretenden restar importancia a la gravedad del momento. Con ellas se invita al creyente, en primer lugar, a caer en la cuenta de que Jesús no prometió cruceros de placer a sus seguidores, sino que les propuso “su cruz”. Y, sobre todo, esas palabras dicen que Jesús ni está ausente ni dormido. Estaba “a popa”, dejando que los discípulos condujesen la nave; pero “estaba”, y cuando fue necesario “acalló” la fuerza del huracán y “encendió” la fe de los discípulos.
     Una lección actual y necesaria para convertirnos en discípulos, como dice san Pablo en la segunda lectura, “apremiados” solo por el amor de Cristo.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Conozco a Dios de oídas o desde una experiencia personal?
.- ¿De dónde surgen mis miedos y mis dudas?
.- ¿Qué me urge en la vida? ¿El amor de Cristo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.