jueves, 22 de enero de 2015

DOMINGO III. TIEMPO ORDINARIO -B-


1ª Lectura: Jonás 3,1-5. 10

    En aquellos días, vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: Levántate y vete a Nínive, la gran capital, y pregona allí el pregón que te diré.
    Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le había mandado el Señor. (Nínive era una ciudad enorme; tres días hacían falta para recorrerla). Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando: ¡Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada!
    Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno, y se vistieron de sayal, grandes y pequeños.
    Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo el Señor, Dios nuestro.

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    Nínive personificaba, para el pueblo judío, el mal. Sin embargo, en el horizonte salvador de Dios, Nínive tiene también “su” espacio. Y allí manda al profeta Jonás con una invitación a la conversión y a la salvación. Y Nínive escucha, contra toda esperanza, la palabra del Señor, se convierte y obtiene la piedad de Dios. Es una sorprendente revelación de la misericordia sin fronteras, y de que el pueblo de Dios se halla germinalmente en el seno de la humanidad “pecadora”.


2ª Lectura: 1 Corintios 7,29-31

    Hermanos:
    Os digo esto: el momento es apremiante. Queda como solución: que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la presentación de este mundo se termina.

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    No siempre han sido bien comprendidas estas palabras. Pablo no invita a la “evasión” ni a desentenderse de las realidades de la vida, sino a no “absolutizarlas”, a “liberarlas” del "inmediatismo" y de todo aquello que las distorsiona. Porque “el momento es apremiante”. Estas palabras no son sino la traducción de las palabras de Jesús: “Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). El “como si no” no devalúa la realidad sino que la revalúa con parámetros de eternidad.


Evangelio: Marcos 1,14-20

                                         
    Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed en la Buena Noticia.
    Pasando junto a lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
   Jesús les dijo: Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.
  Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
      Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él.

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     También Jesús, enviado por el Padre, recorrió la tierra con una invitación a la conversión y a creer en su propuesta salvadora. Dios siempre llama a la salvación, porque su voluntad es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf. 1 Tim 2,4). Y eligió unos hombres, a los que confió la continuación de ese anuncio. No les cambia de profesión -pescadores-, aunque sí les cambia la misión –pescadores de hombres-. Y ellos lo siguieron, desenredándose de sus redes, para caer en las de Jesús: redes que no enredan sino que liberan. Y no es irrelevante destacar que será Jesús quien los “hará” discípulos y pescadores. Porque solo él es el Maestro y el formador.


REFLEXIÓN PASTORAL

    Desde la palabra de Dios, la Iglesia continúa recordándonos las implicaciones de la vocación cristiana, resumidas en la necesidad de la conversión sincera al Señor y a su Evangelio, únicas alternativas para un mundo y un hombre profundamente deteriorados por el pecado en sus múltiples manifestaciones...
    “Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”, anuncia el profeta Jonás. “El momento es apremiante..., porque la presentación de este mundo se termina”, escribe s.Pablo. “El tiempo se ha cumplido...; convertíos y creed la Buena Noticia”, dice Jesús.
    Los tiempos del hombre se agotaron sin renovar al hombre. Comienza el tiempo de Dios. Un tiempo que inagura Jesús, pero que no se  agota con Él.
    A partir de entonces el tiempo se divide en “tiempo de Dios” (tiempo de redención) y “tiempo muerto” (tiempo de no redención) ¿Qué tiempo es el nuestro? ¿En qué tiempo vivimos?
    Jesús vino a  vencer la muerte, y vino, también a anular los tiempos  muertos, estimulando la vida. Y propuso la alternativa: la conversión. Que no consiste en una serie de prácticas superficiales y aisladas, sino en una decisión preferencial y existencial por Cristo.
No se reduce a un blanqueo de fachadas, sino a la reconstrucción de la casa. El hombre no ha corregir solo unos grados su orientación, sino que ha de reorientarse completamente. Su pensamiento no tiene solo que enriquecerse con algunos contenidos nuevos, sino que ha de trascenderse, para conocer “lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que transciende todo conocimiento” (Ef 3,18).
     Y Jesús quiso contar con hombres, compañeros de esa tarea vivificadora. Se acercó personalmente a unos cuantos, les inquietó con su propuesta (Jesús era una persona inquieta e inquietante), y ellos le siguieron. Abandonaron sus barcas, para desembarcar en el proyecto de Jesús; dejaron sus redes (se desenredaron), cayendo en las de Jesús. Antes de ser pescadores, fueron pescados... Y no es irrelevante destacar que será Jesús quien los “hará” discípulos y pescadores. Porque solo él es el Maestro y el formador.
     Nos equivocaríamos, y frecuentemente nos equivocamos, al pensar que esto es historia pasada. Los tiempos muertos y los tiempos de muerte continúan, y también continúa la llamada de Jesús. A tu vida y a  mi vida se acerca Cristo para estimularla e inquietarla con un “sígueme” liberador de tantas redes como nos enredan. Invitándonos a situar la vida en ese estilo que nos marca s. Pablo, colocando nuestro presente concreto: familia, trabajo, bienes, alegrías y dolores en un horizonte de trascendencia, resistiendo la tentación de absolutizar lo relativo y relativizar lo absoluto.
     “Venid en pos de mí” (Mt 4,19). Adentrémonos en la compañía de Jesús. Acojamos esta invitación. Nadie está desprovisto de vocación ni de misión. En su llamada, Dios no margina ni excluye. Lo hemos visto en la primera lectura: Nínive, también fue llamada, porque fue amada de Dios. Dios no margina. Solamente hay automarginados, quienes se marginan y excluyen. Quienes prefieren seguir enredados en sus cosas, absortos en su faenas, desoyendo la llamada liberadora del Señor.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Soy excluyente?
.- ¿Con qué criterios vivo la vida?
.- ¿Vivo enredado  en mis propias redes, o participo de la libertad que trae el Señor?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

lunes, 19 de enero de 2015

DOMINGO II del Tiempo Ordinario -B-


1ª Lectura: 1 Samuel 3,3b-10.19

    En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel y él respondió: Aquí estoy.  Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy; vengo porque me has llamado.
    Respondió Elí: No te he llamado; vuelve a acostarte.
    Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy, vengo porque me has llamado.
    Respondió Elí: No te he llamado, vuelve a acostarte.
    Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: Aquí estoy; vengo porque me has llamado.
    Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo te escucha.
     Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: ¡Samuel, Samuel!
     Él respondió: Habla, Señor, que tu siervo te escucha.
     Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

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     Consagrado por su madre, Ana, como servidor del santuario (1 Sam1, 28) , Samuel es ahora constituido profeta del Señor y por el Señor (1 Sam 3,20). Aunque históricamente no es fácil determinar el momento preciso en que surge el profetismo en Israel, el autor ha querido subrayar la importancia de Samuel para dicho movimiento. Cuando el Cielo permanecía silencioso y escaseaban las visiones, Dios abre con Samuel un diálogo personal y eficaz. Es importante subrayar que es la Palabra la que busca y hace al profeta; éste está llamado a ser solo un servidor fiel de la misma.


2ª Lectura: 1 Corintios 6,13c-15a. 17-20

    Hermanos:
    El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre, queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica, peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

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     El texto escogido se halla en la primera sección de la carta, en la que Pablo denuncia deficiencias importantes en la vida de la comunidad cristiana de Corinto: no se trata de paganos, sino de cristianos. Algunos corintios confundían la libertad cristiana con una patente de libertinaje. Quizá se apoyaban en alguna expresión extrapolada y tergiversada del propio Pablo (1 Cor 6,12). La libertad cristiana tiene un límite, que no es una limitación, sino un horizonte: Cristo. Pablo reivindica la fidelidad y la dignidad del matrimonio cristiano, donde se produce una comunión tan íntima que ya no son dos sino un solo cuerpo (Gén 2,24; Mt 19,6). Y, además, revela la dignidad de la persona como espacio sagrado, habitado por el Espíritu Santo, que no puede ser profanado. El cuerpo, la persona, es una realidad sagrada llamada a dar gloria a Dios.

Evangelio: Juan 1,35-42

    En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: Este es el cordero de Dios.
    Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis?
    Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?
    Él les dijo: Venid y lo veréis.
    Entonces fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
     Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).

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    El IV Evangelio tiene un modo peculiar de presentar la llamada de Jesús a sus primeros discípulos. Más que de “llamada” de Jesús parece tratarse de un “descubrimiento” de los discípulos. Algo que parece inverosímil en este primer momento -no sabían ni donde vivía-. El evangelista, seguramente, traslada a este primer encuentro lo que a la luz de la Pascua y del Espíritu los discípulos fueron descubriendo en Jesús: el Maestro y el Mesías. La pregunta de Jesús sigue abierta -¿Qué buscáis?-, también la pregunta de los discípulos -¿Dónde vives?-, así como la respuesta de Jesús -Venid y lo veréis-. Esta escena muestra el tránsito de Juan a Jesús, de la Voz a la Palabra, de la Ley y los Profetas al Evangelio. El descubrimiento de Jesús se convierte en urgencia de testimonio.


REFLEXIÓN PASTORAL

     A una sociedad y a un mundo como el nuestro, cada vez menos sensibilizado para oír otras voces que no sean las propias; bombardeado por mensajes utilitaristas, hedonistas y hasta belicistas; cada vez menos habituado a oír hablar de Dios y, sobre todo, cada vez menos habituado a oír hablar a Dios y a hablar con Él; a una sociedad así, puede resultarle sorprendente y hasta ingenua la frescura y diafanidad de un relato como el de la primera lectura: ese ir de acá para allá del pequeño Samuel, buscando, sin identificar bien, la voz que le hablaba.
     Como también a una sociedad y a un mundo como el nuestro pueden sorprenderle las reflexiones que san Pablo hace sobre el cuerpo humano y su dignidad (dada la visión distorsionada que hoy se tiene de esa realidad) y sobre la fidelidad matrimonial (dado el transfuguismo existente en esa materia).
     A nosotros creyentes, no deberían sorprendernos. Aunque, a lo peor, también nos sorprenden, porque hemos perdido sensibilidad cristiana para percibir la voz de Dios en la vida y para valorar cristianamente la realidad.
     Es necesario sintonizar con Dios, ponernos en su onda, hacer una selección de frecuencias en el dial de nuestra vida para captar la emisora de Dios, su voz, sin interferencias. Porque hay interferencias. Pero Dios habla; es personalmente la Palabra, hecha lenguaje humano en la Sagrada Escritura, hecha hombre en Jesucristo, hecha vida en los sacramentos, hecha urgencia y clamor en las necesidades humanas... ¡Dios habla desde las diversas situaciones de la vida! La vida es una palabra de Dios.
     Dios sigue saliendo en búsqueda del hombre, haciéndose el encontradizo en sus caminos, para preguntar, como Jesús en el evangelio de hoy, “¿Qué buscáis?”. En la vida, en la familia, en el trabajo, en la iglesia... “¿Qué buscáis?”.
     Una pregunta dirigida también a los que nos reunimos para celebrar la eucaristía; una pregunta que puede ayudarnos a examinar los motivos de nuestra vida y de nuestros afanes.
      Quizá, nunca como hoy, el hombre ha desarrollado y potenciado tanto la investigación y la búsqueda. Las cantidades y energías destinadas a este fin son enormes. Aunque un detenido examen de esas partidas nos llevaría a la triste conclusión de que es la capacidad destructiva, el armamento, la que más dinero y energías acapara.
     También el hombre es objeto de investigación y de búsqueda por parte de la ciencia y de la técnica... Pero la realidad, la verdad del hombre no se ilumina solo desde ahí. En él hay una porción divina, imagen y semejanza de Dios, que es el fundamento de su dignidad y grandeza.
      “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?”. Toda agresión al hombre, desde la manipulación genética hasta la distorsión erótica, toda injusticia y olvido del hombre es un pecado contra el Espíritu Santo, es una violación de ese templo.
      “¿Qué buscáis?... Venid y lo veréis”. Solo en la ruta y en la compañía de Jesús encontraremos una respuesta salvadora. Él es el Camino, la Verdad, la Vida (Jn 14,6).
      Pero el encuentro con Jesús no es el final del camino, sino el inicio de un nuevo camino: el del testimonio. El descubrimiento de Cristo, el encuentro con Cristo, hay que compartirlo, hay que comunicarlo. Es lo que hizo Andrés: “Hemos encontrado al Mesías”.
      ¿Por qué nos falta a muchos creyentes el testimonio gozoso de nuestra fe? ¿Por qué no vivimos nuestra fe con gozo?
      La espiritualidad bíblica es esencialmente “auditiva” y  “contemplativa”. “Escucha…” (Dt 6,4); “escuchad” (Mt 13,18) es una de las advertencias más frecuentes.
     ¿Y qué es escuchar? Es más que el mero ejercicio físico de oír. Escuchar es un ejercicio del alma; hay que abrir sus puertas para acoger e interiorizar la palabra. La escucha implica el hospedaje de la palabra de Dios, alojarla en el corazón; por eso es un acto de amor. Lo dijo Jesús: “El que me ama guardará mi palabra”(Jn 14,23). No solo cumplirla, sino convertirla en criterio interior, en memoria perpetua.
       Hay oyentes periféricos y olvidadizos. Los identifica la carta de Santiago (1,19-25), y Jesús les equipara a constructores de inconsistencias, que edifican sobre arena (Mt 7, 26-27).
       Escuchar requiere mantener bien orientadas las antenas del espíritu para percibir los mensajes, muchas veces cifrados, que Dios envía (Mt 25,37ss).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué busco yo en la vida?
.- ¿Tengo conciencia de ser templo del Espíritu Santo?
.- ¿Sé percibir los mensajes cifrados que Dios me envía?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 8 de enero de 2015

BAUTISMO DE JESÚS -B-


1ª Lectura: Isaías 42,1-4. 6-7

    Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

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    El texto seleccionado es el primero de una colección isaiana denominada “Cantos del Siervo”. Se ha debatido mucho sobre la identidad de este personaje -individual o colectiva-, pero en todo caso era uno de los catalizadores de la esperanza de Israel. Se trata de un personaje ligado profundamente a Dios, elegido por él y convertido en alianza y luz de los pueblos. Su misión será regeneradora de la sociedad y de las personas, con un estilo humilde. La liturgia cristiana, siguiendo la huella del NT (Mt 12,18-21), aplica este primer canto a Jesús.

2ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34-38

    En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.

                                   ***                  ***                  ***

    Al entrar en casa del centurión Cornelio, un pagano, Pedro declara la “apertura” de Dios a todo el que le busca con sincero corazón. Una apertura personalizada en Jesucristo, el Señor de todos, Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, y cuya historia pública se inició en las aguas del Jordán, río de hondas resonancias en la historia bíblica. 


Evangelio: Marcos 1,6b-11

                            
                                                     
    En aquel tiempo proclamaba Juan: Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
    Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Tres momentos en el relato: Juan, Jesús y la revelación del misterio de Jesús por obra de Dios. Juan, el precursor, no solo anuncia a Jesús sino que descubre su novedad cualitativa: el bautismo con Espíritu. Jesús, presentándose en el Jordán, aparece como uno más, mojándose con el agua de los hombres humildes, metiéndose en la corriente de la humanidad que busca el perdón de Dios. Pero en esa opción de Jesús, Dios deshace cualquier ambigüedad: ese hombre, hundido en esas aguas penitenciales, es el Hijo de Dios. Es la segunda epifanía del Hijo de Dios. Nos encontramos con la primera confesión del misterio trinitario en  los evangelios.


REFLEXIÓN PASTORAL

     La fiesta del bautismo de Jesús pone fin al ciclo litúrgico de la Navidad. Con matices redaccionales propios, los cuatro evangelios testimonian este “paso” de la vida de Jesús. Un paso transcendente, porque en este bautismo Jesús no solo se homologa con los hombres pecadores, entrando penitencialmente en las aguas del Jordán, sino que allí es revelado por el Padre como su Hijo amado, su preferido.
     En realidad lo significativo en ese bautismo no es el agua que resbala por su cabeza, sino el Espíritu que lo inunda. Ese bautismo supone el fin de un ciclo -el del bautismo con agua (el de Juan)-, e inagura otro -el del bautismo en el Espíritu-, el de Jesús (Jn 1,33). Y nos enseña algo muy importante: que ese espacio donde se evidencia la debilidad humana (el bautismo penitencial de Juan) ha sido el espacio elegido por Dios para revelarse y revelar la verdad de Jesús. San Pablo subrayará en diversos pasajes de sus cartas esta estrategia “misteriosa” de Dios (cf. Flp 2,6ss; 1 Cor 1,22-2,5)…
     Pero no terminan aquí las lecciones de este día. La 1ª lectura pone de relieve proféticamente, el estilo y el contenido del auténtico enviado de Dios: “No gritará, no clamará... La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará... Promoverá fielmente el derecho...”. Este fue el tono y el estilo del paso de Jesús, como nos recuerda la 2ª lectura: pasar haciendo el bien… Fue la percepción de la gente: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37).
     De todo esto nos habla la fiesta del bautismo de Jesús, y nos plantea una pregunta para el examen personal a todos los bautizados en Cristo: si este es el significado del bautismo para Jesús, ¿qué significa para nosotros nuestro bautismo? Él nos incorpora a la comunidad de los creyentes, siendo el fundamento de la fraternidad cristiana; él significa el paso de la muerte a la vida, siendo el fundamento de nuestra liberación y libertad; él supone una vida coherente, siendo el fundamento de nuestra responsabilidad, Y, sobre todo, nos incorpora al mismo Cristo.
     ¿Ya advertimos en nosotros y testimoniamos a los otros nuestro bautismo? Porque este no se acredita solo documentalmente, sino vitalmente. No lo garantiza el documento extendido en la parroquia, sino una vida inspirada en el seguimiento del Señor. ¡Nuestra vida no puede ser una negación, sino una acreditación de nuestro bautismo!

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Con qué signos acredito mi bautismo?
.- ¿Es solo un dato “histórico” o, además, vivencial?
.- ¿Recuerdo y celebro el día de mi bautismo?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

sábado, 3 de enero de 2015

DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD -B-


  
1ª Lectura: Eclesiástico 24,1-4. 12-16

    La Sabiduría hace su propio elogio, se gloría en medio de su pueblo. Abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de su pueblo será ensalzada y admirada en la congregación plena de los santos; y recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos. Entonces el Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: Habita en Jacob, sea Israel tu heredad. Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia ofrecí culto y en Sión me estableció; en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder. Eché raíces en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad.

                                   ***                  ***                  ***

    El texto pertenece a lo que se considera el capítulo central del libro del Eclesiástico. Es la cumbre de la reflexión veterotestamentaria sobre la Sabiduría de Dios. Una Sabiduría que hunde sus raíces en la historia y geografía humanas. Y es en la Navidad de Jesús donde se revela ese  enraizamiento de Dios, de su Sabiduría. Una Sabiduría paradójica, manifestada en la humildad de Belén y en la locura de la Cruz.

2ª Lectura: Efesios 1,3-6. 15-18

    Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales, en el cielo. Ya que en Él nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor. Nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo, conforme a su agrado; para alabanza de la gloria de su gracia, de la que nos colmó en el Amado. Por lo que yo, que he oído hablar de vuestra fe en Cristo, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama y cuál la riqueza de gloria que da en la herencia a los santos.

                                   ***                  ***                  ***

     Cristo no es solo la encarnación de la Sabiduría de Dios, sino que también encarna su Bendición. En Él hemos sido elegidos para ser santos, y predestinados a ser sus hijos adoptivos. Una “adopción” que no rebaja la calidad de la filiación sino que la revalida (cf Jn 1,13). En el mundo greco-romano la filiación meramente natural, para gozar de legitimidad legal, necesitaba el reconocimiento oficial de la adopción. El cristiano debe ser consciente de ello, de que ha sido reconocido, adoptado por Dios como hijo.

Evangelio: Juan 1,1-18

  En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió…
La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad….

                                   ***                  ***                  ***

    En el prólogo del IV Evangelio halla su plenitud la reflexión sapiencial sobre la Sabiduría de Dios. Hasta donde no llegó el pensamiento humano, porque no podía llegar, llegó la iniciativa del amor de Dios. En el nacimiento de Jesucristo se ha manifestado en plenitud la revelación de la Bendición de Dios. Jesús es el HOY exhaustivo de Dios (cf. Heb 1,1-2). Y en su nacimiento, hemos nacido como hijos de Dios.

REFLEXIÓN PASTORAL

     Además y por encima de la escenografía tradicional de reyes y pastores, ángeles y estrellas, la Navidad tiene un contenido muy preciso: el misterio, que es buena nueva, de la presencia de Dios entre los hombres, para los hombres y por los hombres.
    La formulación del misterio de la Navidad en el NT es muy plural. Estamos habituados y solemos privilegiar las formulaciones “narrativas” de los evangelios de san Mateo y  de san Lucas, pero no son las únicas. Hay otras, que podríamos calificar de “kerigmáticas”, de gran densidad teológica, que no pueden ser ignoradas.
     Una de ellas es la que presenta el evangelio de este domingo segundo de Navidad: el Prólogo del Evangelio de san Juan. Pero no es el único testimonio. También en los escritos paulinos se encuentran referencias y ecos del misterio navideño. Así, en la carta a los Gálatas Pablo define a la Navidad como “plenitud de los tiempos”, además de hablar de la “mujer” de la Navidad (Gál 4,4). Y en el himno de la carta a los Filipenses se encuentra una emocionada evocación navideña, al celebrar la decisión del Hijo de Dios de hacerse hombre (Flp 2,6-11).
     Por su parte, en la carta a los Hebreos se apunta al “hoy” de Dios, presentando a la Navidad como el inicio de ese “hoy” en el que Dios “nos ha hablado por medio del Hijo” (Heb 1,2). Incluso en el libro del Apocalipsis se habla de una navidad eclesial, tipificada en la Mujer encinta “que dio a luz un Hijo varón, que ha de regir a todas las naciones” (Ap 12,1-6). De una lectura meditada de estos y otros testimonios se desprende una comprensión enriquecida y enriquecedora de este misterio.
     La Navidad nos habla de “presencia” salvadora (Jn 1,14)); de “entrega” redentora (Flp 2,6ss); de “bendición” universal (Ef 1,3); de “luz” que brilla en la oscuridad (Jn 1,5); de plenitud de la verdad y de la vida (Jn 1,9; de palabra definitiva de Dios (Heb 1,2); de alumbramiento exhaustivo del amor divino (Jn 3,17).
     Y nos recuerda que todo eso no ha sido porque sí, sino por nosotros. De ahí que al celebrar la Navidad debemos sentirnos implicados en esa aventura de Dios. El “nacimiento” del hijo de Dios es para que nosotros renazcamos como hijos de Dios. La Navidad no puede aislarse. La celebración navideña debe ayudarnos a redescubrir, cada vez con mayor profundidad nuestra condición de hijos de Dios, que ha derramado sobre nosotros el Espíritu de su Hijo para que podamos decir con verdad ¡Padre! (Gál 4,6)
     Este es el gran contenido de la Navidad: Saber y sentir a Dios con nosotros y por nosotros. Sentirle Padre y sentirnos hijos. Y la gran pregunta es: Si Dios está con nosotros, ¿nosotros con quien estamos? Si Dios es nuestro Padre, ¿nos vivimos como hermanos? Lo sabremos si “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué resonancias provoca en mí el nacimiento del Hijo de Dios?
.- ¿Me lleva a profundizar mi filiación divina y mi fraternidad humana?
.- ¿Me acerca a Dios y me hace sentirle cerca?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

viernes, 26 de diciembre de 2014

SAGRADA FAMILIA -B-


1ª Lectura: Eclesiástico 3,3-7. 14-17a

    Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respete a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor le escucha.
    Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones, mientras viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes, mientras seas fuerte. La piedad para con tu padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro se te recordará y se desharán tus pecados como la escarcha bajo el sol.

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    El texto de Eclesiástico no solo es normativo sino crítico. Las advertencias que dirige a los hijos supone la existencia de situaciones en que los padres no disfrutaban del reconocimiento debido por los hijos. El autor subraya la capacidad “redentora” del amor y el respeto a los padres, máxime en su ancianidad y debilidad física y mental. Sin embargo, las “obligaciones” no son solo de los hijos para con los padres. También deben profundizarse las relaciones de los padres para con los hijos, liberándolas de toda tentación paternalista o de inhibición en el ejercicio de sus deberes. Sin olvidar, las relaciones de conyugalidad, expuestas a la tentación de una vivencia superficial y tergiversada.

2ª  Lectura: Colosenses 3,12-21

    Hermanos:
    Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos  mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos: la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de él.
    Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene al Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

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    El texto seleccionado pertenece a la tercera parte de la carta a los Colosenses -las exhortaciones a la comunidad-. Dos niveles se advierten en él: el de  la familia de Dios, la Iglesia (Gál 6,10), y el de  la familia doméstica, la de la carne y la sangre. Respecto de la primera, destaca diversas actitudes, enfatizando sobre todo el perdón, el amor y la gratitud. Una familia cohesionada en torno a la palabra de Cristo. Respecto de la segunda, se mueve en los parámetros de una convivencia íntima y cordial. Con un subrayado especial: no exasperar a los hijos.


Evangelio: Lucas 2,22-40

                                                     
   Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”.
    Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quién has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.
    Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este está puesto en Israel para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma”.
     Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

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  Tres cuadros ofrece el relato de san Lucas. En el primero -la presentación- confluyen tres aspectos: la purificación ritual de la madre (Lc 2,22 = Lv 12,2-4), la consagración de primogénito (Lc 2,22b-23 = Ex 13,2) y el rescate (Lc 2,24 = Ex 13,13; 34,20; Lv 5,7; 12,8), que en el caso de Jesús se hace conforme a lo prescrito para las familias económicamente débiles.
    Un segundo cuadro lo protagonizan Simeón (de quien no se dice que fuera un anciano) y la profetisa Ana (esta sí, muy anciana). Son los encargados de desvelar el misterio.
    Como al entrar Jesús en el Jordán, hundido en el anonimato, se abrieron los cielos para descubrir su verdad más profunda (Mc 1,11); al entrar en el templo, también hundido en el anonimato, se abren los labios de Simeón para descubrir el misterio de aquel niño. Ya desde el principio Dios ha revelado “estas cosas a la gente sencilla” (Mt 11,25).
    El tercer cuadro, en apretada síntesis, muestra el proceso de crecimiento integral de Jesús en la familia de Nazaret.

REFLEXIÓN PASTORAL

     La celebración de la fiesta de la Sagrada Familia nos brinda la oportunidad no solo de admirar y venerar a la Familia de Nazaret, sino de proyectar la mirada más allá de ese horizonte y contemplar la realidad de la familia como “esquema” existencial de Dios, hacia adentro (su propio Misterio) y hacia afuera. Porque la primera concreción de la familia, donde esta es radicalmente “sagrada”, es el misterio personal de Dios, formulado como: Padre, Hijo y Espíritu de Amor. El evangelio de san Juan lo destaca: la vida de Dios es una vida familiar, y espejo original de los valores familiares fundamentales.
     Porque Dios es familia y Dios es Amor, la familia es amor. Porque Dios es Comunión, la familia es comunión. Porque Dios es Intimidad, la familia es intimidad. Porque Dios es Vida, la familia es vida. Porque Dios es Uno, la familia es una…
    Dios, en su misterio personal de amor, es el referente  primero de la familia humana. San Pablo lo expresa con nitidez: “Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15).
     Y cuando decidió “salir” al mundo, eligió la familia como lugar de acampada (Jn 1,14). La familia de Nazaret fue el espacio de humanización en el que el Hijo de Dios aprendió a ser hijo de hombre (Lc 2,51-52). Una experiencia constructiva.
    La familia, pues, hunde sus raíces en la mente y en el corazón de Dios. En su proyecto creacional Dios pensó al hombre en esquema de familia. “Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos” (GS n 24). La humanidad como familia es el horizonte al que hemos de abrir la vida, superando egoísmos fronterizos que nos enfrentan y destruyen, impidiéndonos gozar de la belleza y la bondad de lo creado. Una dimensión ante la  que Francisco de Asís vibró particularmente en su Canto a las criaturas: desde el hermano sol a la hermana muerte.
    A esto dedicó Jesús su existencia, a descubrir este perfil de la creación como familia. Nos mostró a Dios como Padre (Mt 5,45.48; 6,9.32; Jn 16,26-27…) y a cada uno como hermano (Mt 23,28). Y pensó su proyecto eclesial en clave de familia (Mt 12,48-49). San Pablo profundizará esta realidad, asumida como primer quehacer en su tarea evangelizadora: construir la Iglesia como “familia de los hijos de Dios” (Ef 2,19), un quehacer gozoso y doloroso (2 Cor 11,28). Llegando, incluso, a la audacia de presentar a Jesús como el esposo de la Iglesia (2 Cor 11,2)
     Vale la pena dedicar hoy unos momentos a agradecer, a celebrar y a revisar este don tan delicado y expuesto. Y a orar por la familia en todos sus “sentidos”, humanos, creaturales y eclesiales, pues es un tesoro que llevamos en frágiles envolturas (2 Cor 4,7).

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Siento así la familia?
.- ¿Me siento familia de los hijos de Dios?
.- ¿Cómo ejerzo mi responsabilidad familiar en la creación?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


martes, 23 de diciembre de 2014

NATIVIDAD DEL SEÑOR -B-


1ª Lectura: Isaías 52,7-10
 
    ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: “Tu Dios es Rey”! 
    Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra y la victoria de nuestro Dios.

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Este poema, que evoca a Is 40,9-10, cierra una sección importante del libro y prepara a Is 62,6-7. Más allá de los problemas textuales, en el marco de la Navidad este texto halla su plenitud en el gran Mensajero de la Paz y constructor del Reino de Dios, Jesús. El nacimiento del Señor marca el punto de inflexión, a partir del cual renace la esperanza y la alegría.

2ª Lectura: Hebreos 1,1-6

    En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es el reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”? O ¿”Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo”? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: “Adórenlo todos los ángeles de Dios”.

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    Nos hallamos ante uno de los textos más densos del NT. En Jesús, Dios deja de pronunciar palabras para pronunciarse él. Jesucristo es el autopronunciamiento personal de Dios. En él desaparece toda fragmentariedad y provisionalidad. El ha realizado el designio original de Dios. La Navidad no debe diluirse en un sentimentalismo fácil, sino abrirnos a una contemplación y escucha profundas del Niño que nace en Belén La Navidad inagura los tiempos definitivos.
    

Evangelio: Juan 1,1-18

                                               
    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió…
    La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
    Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad….

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     En los evangelios hay dos presentaciones del misterio navideño: uno “narrativo”: el de los sinópticos (Mt y Lc), y otro “kerigmático”: el de Juan. El prólogo del IV Evangelio, texto elegido para la liturgia de esta solemnidad, rebosa densidad teológica. Presenta la identidad y misión profundas de Jesús -la Palabra personal de Dios, llena de luz y de vida…-; denuncia el peligro de no reconocer su venida en la debilidad de la carne, y anuncia la enorme suerte de los que reconocen y acogen esa “navidad” de Dios. Porque la “navidad” de Dios no será completa hasta que cada uno no nos incorporemos a ella o la incorporemos a nosotros.  


REFLEXIÓN PASTORAL

    De la Navidad hay señales equívocas e inequívocas; no distinguirlas o confundirlas puede tener graves consecuencias. “Esto os servirá de señal: encontraréis un niño acostado en un pesebre” (Lc 2,12).
    La señal de la Navidad no está en las luces, ni en la música, ni en el consumo, ni en los adornos callejeros o domésticos (señales todas equívocas y a veces equivocadas y equivocadoras). La señal inequívoca está en el Niño.
     Ante la celebración litúrgica del nacimiento de Jesucristo, los cristianos debemos hacernos profundas reflexiones sobre el por qué y el para qué de este misterio. Eso nos ayudará a vivirlo con mayor lucidez y coherencia. Porque la Navidad no es un rito, sino un reto para nuestra vida.
    ¿Por qué? El amor de Dios es la razón profunda, el origen íntimo de la Navidad (1 Jn 4,9; Jn 3,16). La venida de Cristo no la motivó el pecado del hombre, sino el amor de Dios. Cristo no es un “parche” a un proyecto estropeado por el hombre, sino el centro de un proyecto originado en Dios “antes de la fundación del mundo” (Ef 1,4), que, a pesar del pecado, el hombre no pudo estropear. La Navidad es, pues, la epifanía, la manifestación del Dios Amor y del amor de Dios. Si no damos con esta clave, no habremos hecho la lectura correcta de su mensaje.
    ¿Para qué? Lo expresa magníficamente el himno de la carta a los Efesios: “para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo…; para hacer que todo tenga a Cristo por cabeza” (Ef 1,3-12). Y en términos parecidos se  expresan la carta a los Gálatas: “Para rescatar a los que se hallaban sometidos a  la Ley” (4,4), y  a los Colosenses: “Para reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, los seres de la tierra y de los cielos” (1,15-20). De todo esto, el Niño es la señal.
     Para verlo no bastan los ojos de la carne y la sangre, se necesitan ojos sacramentales, capaces de trascender lo sensible. De lo contrario volverá a repetirse la historia: “Vino a los suyos, mas los suyos no la recibieron” (Jn 1,11).
            Hoy celebramos el nacimiento de la VIDA, de nuestra Vida, Jesús, quien vino para que tuviéramos vida, “y en abundancia” (Jn 10,10). Y frente a programas y planes anti-vida, deberíamos activar y renovar nuestro compromiso por la vida, en su integridad, sin amputaciones ni reducciones.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo me sitúo ante la Navidad?
.- ¿Qué señales emito de  la Navidad?
.- ¿Qué o quién  renace en estas fiestas en mi vida?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

DOMINGO IV DE ADVIENTO -B-


1ª Lectura: 2 Samuel 7,1-5. 8b-11. 16

    Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: "Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras que el arca del Señor vive en una tienda". Natán respondió al rey: "Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo". Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: "Ve y dile a mi siervo David: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que animales lo aflijan como antes, desde el día que nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te haré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre”.

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    Toda la historia es gracia, es el mensaje central del texto. No es David el constructor ni el protagonista de la historia; es Dios. No es David quien construye una casa a Dios, es Dios quien le construye la casa, pues si el Señor no construye la casa…. (Sal 127,1). Las promesas a David hallaron su cumplimiento en Cristo: Él es la Paz verdadera, la Fuerza, el Rey y el Reino eternos. En el fondo de este relato subyacen dos planteamientos teológicos diferentes: el de la teología de la Tienda (época promonárquica) y el de la teología del Templo (época monárquica). El primero, subraya el carisma; el segundo, la institución.


2ª Lectura: Romanos 16,25-27

    Hermanos:
    Al que puede fortalecernos según el evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús -revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe-, al Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


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     El texto seleccionado es la doxología final de la carta.  Dirigida a Dios, constructor y destino final de la historia, en ella se presenta a Jesucristo como la plenitud del misterio de Dios, manifestado de manera fragmentaria durante siglos eternos (cf. Heb 1,1-2). Es el núcleo del evangelio predicado por Pablo (cf. Rom 1,2-5).

  
Evangelio: Lucas 1,26-38
                                                  
    A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
    El ángel, entrando a su presencia, le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.  Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél.
    El ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
    Y María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón?
     El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
     María contestó: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

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   Mientras Mateo presenta el anuncio a José (Mt 1,18-24), Lucas presenta la anunciación a María. Coinciden ambos en lo central: Jesús es obra del Espíritu. El texto lucano subraya el cumplimiento en Jesús de las promesas davídico-mesiánicas. La gravidez de Isabel no es una garantía de la veracidad del anuncio, sino una manifestación del poder de Dios. Además destaca la figura de María, su apertura y disponibilidad para acoger en ella los designios de Dios. Dios ha elegido a una mujer humilde (Lc 1,48) y una geografía humilde (Nazaret) para anunciar y realizar su gran obra. Por otro lado, el relato de la anunciación a María ha de compararse con el de la anunciación a Zacarías (Lc 1,5-25) para percibir su singularidad.


REFLEXIÓN PASTORAL

    La figura de Juan el Bautista motivaba el pasado domingo nuestra reflexión cristiana sobre la necesidad de un discernimiento personal y situacional, al tiempo que nos invitaba a vivir atentos para descubrir la siempre nueva y sorprendente presencia del Señor.
     Hoy otra figura, más próxima, no solo cronológica sino vitalmente al misterio de la Navidad, María, la Virgen Madre de Dios, ocupa el espacio central.
      Ella es la primera luz, la señal más cierta de que viene el Enmanuel. Por eso, no es una figura ornamental, sino fundamental de la Navidad. Ella nos introduce y nos revela el modo más veraz de celebrar cristianamente la venida del Señor, mostrándonos la única postura responsable ante la Navidad: acogida gozosa y cordial de la Palabra de Dios, y el estilo: encarnándola y dándola a luz en la propia vida.
       “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Así nos presenta el evangelio de este domingo a María. Apertura radical, sin fronteras. Profesión de fe y ofrecimiento total. Por eso la “felicitarán todas las generaciones” (Lc 1,48). Y en esto consiste su grandeza: en su entrega inigualablemente audaz y confiada a Dios; en su acogida inigualablemente creadora del Señor, hasta el punto de ofrecerle la propia carne para que el Hijo de Dios se encarnara.
     Interiorizada por Dios, que la hizo su madre; e interiorizadora de Dios, convertido en su hijo. Dios es el espacio vital de María y, milagrosamente, María se convierte en espacio vital para Dios. Dios es la tierra fecunda donde se enraíza y germina María y, milagrosamente, María se convierte en espacio vital para Dios...
      Sin María, sin su acogida de la Palabra de Dios, la Navidad no habría sido posible. Para su gran obra Dios pulsó, llamó respetuosamente a las puertas de una joven. Y María dijo: Sí, ¡Adelante! Hágase en mí. Y se convirtió en la “puerta estrecha” (Mt 7,14) y pobre por la que entró el Hijo de Dios en nuestra casa.
       Si nosotros no nos situamos ante el Señor y su palabra con la misma actitud de María, la Navidad será una ocasión perdida y solo un pretexto para la evasión. La Navidad es la fiesta del nacimiento de Dios por y para nosotros. Si Dios no nace en nuestras vidas, no habrá de verdad Navidad. Todo se diluirá en luces que no alumbran, en voces que no dan respuesta, en consumos que nos consumen...
     Sin renunciar a la interpretación festiva de la Navidad, esforcémonos por no colaborar a la difuminación y secuestro del misterio que celebramos, protagonizados por la agresividad de un consumismo y una publicidad superficiales e insolidarios con las necesidades de tantos hombres para quienes, careciendo de lo necesario, todo eso resulta una insultante provocación.
     Ya en el umbral de la Navidad acojamos la recomendación del ángel a san José: “No temas acoger a María” (Mt 1,20) Porque ella hizo florecer la Navidad; porque es la maestra del Evangelio; porque con ella siempre estará su Hijo. Ella es la mejor compañera y maestra de la Navidad.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Acepto al Señor como constructor de mi vida?
.- ¿Cómo me sitúo ante la palabra de Dios? ¿Cómo María?
.- ¿Se valorar los espacios y la realidades humildes?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.