jueves, 28 de mayo de 2015

SOLEMNIDAD DE LA SMA. TRINIDAD -B-


1ª Lectura: Deuteronomio 4,32-34. 39-40

    Habló Moisés al pueblo y dijo: Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás desde un extremo al otro del cielo palabra tan grande como esta?, ¿se oyó cosa semejante?, ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto?
    Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre.

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     Dios se re reivindica para Israel como el único Dios, y acude a la memoria histórica del pueblo. Desde ahí, debe ser reconocido como el único: no hay otro. En ese reconocimiento residirá la felicidad del pueblo. El reconocimiento de Dios no merma al hombre, lo plenifica y lo hace feliz.


2ª Lectura: Romanos 8,14-17

    Hermanos:
    Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

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    Llamar y sentir a Dios como Abba es fruto del Espíritu Santo. Nuestra filiación divina, adoptiva pero real, se asienta en el testimonio veraz del Espíritu. El cristiano ha recibido un espíritu de hijo, no de siervo, y debe vivir filialmente no servilmente.


Evangelio: Mateo 28,16-20
                                                             
    En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
    Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

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   La misión evangelizadora consiste en introducir al hombre en el misterio de comunión con Dios Trinidad. No se trata de ampliar fronteras exteriores, sino de abrir al hombre a esta realidad del Dios Amor y Comunión. Y solo será posible en la cercanía de Jesús.


REFLEXIÓN PASTORAL

    El hombre de hoy sabe mucho y sobre muchas cosas: su información cada vez es más abundante y mejor documentada. Pero, frecuentemente, se trata de un saber teórico, nocional, periférico; que le ilustra pero no le afecta; que le informa pero no le transforma.
    También el cristiano sabe, o cree, muchas cosas. Sabe, o cree, por ejemplo, que existe Dios; que Jesucristo es el Hijo de Dios; que su muerte y resurrección nos han redimido del pecado; que el Espíritu Santo es Dios…, pero ¿lo saborea? ¿Degusta esa realidad? ¿Vibra con ella? ¿Esa verdad serena, ilumina y motiva su vida? “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 34,9). Esta es la sabiduría cristiana.
     La verdad de Dios, como toda verdad existencial, si no pasa al corazón y lo enciende (“¿No ardía nuestro corazón…? Lc 24,32), queda reducida a una mera información; pero cuando entra en él, se convierte en energía transformadora (Jer 20,9).
     Dios tuvo interés en que ese y así fuera nuestro saber sobre Él; no una mera información sobre su existencia, sino una experiencia filial, traducida en actitud fraternal hacia los otros. Y ese fue también el interés de Jesús: transmitirnos la convicción de que “el Padre mismo os quiere” (Jn 16,27), con amor afectivo y efectivo (Jn 3,16; Mt 6,25-32).
     El AT resaltaba la unidad y unicidad de Dios, su soberanía y poder (Dt 4,39; 6,4). El NT, en la revelación de Cristo, profundiza en el misterio y nos abre a la verdad íntima de Dios: nos dice que Dios es “familia”, y que nos quiere incorporar a esa “familia de Dios” (Ef 2,19).
     Por aquí debería comenzar la reflexión sobre nuestra fe en Dios, y ver si realmente lo sentimos y reconocemos como Padre, es decir, como Amor (“Dios es amor” 1 Jn 4,8) y como urgencia de amar (2 Cor 5,14).
     Porque la fe en el Dios revelado en Cristo es más, mucho más, que una doctrina; es una experiencia, pues “nosotros hemos conocido (saboreado) el amor que Dios nos tiene (Jesucristo) y hemos creído en El” (1 Jn 4,16), hasta el punto de que “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo” (Sal 23,4).
     La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar con los ojos de la fe y del corazón esa realidad en la que “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).
     Nos dice que Dios es comunión de personas, que es relación viva con vocación permanente de habitar en el hombre. Y nos recuerda que somos “templo” de Dios (1 Cor 3,16-19), su “morada” (Jn 14,23). Por eso, también, nos invita a “contemplar” al hombre. No nos abstrae en una nube de misterio, sino que nos invita a entrar en el misterio del hombre, que Dios ha elegido como morada. Y reconocerle y confesarlo allí.
     “Más íntimo a mí mismo, que yo mismo” (san Agustín), Dios no es lejano ni habita en la lejanía. Nos está próximo, a nuestro lado, en nosotros. ¿Experimentamos su presencia, su cercanía?

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Qué experiencia tengo de Dios?
.- ¿Me siento vitalmente hijo de Dios?
.- ¿Siento la urgencia de anunciar a ese Dios Amor y Comunión?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


jueves, 21 de mayo de 2015

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS -B-


1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11

    Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
    Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.
     Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos estos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

                                                ***                 ***                  ***

        El libro de los Hechos ha sido calificado como “el Evangelio del Espíritu”, pues él es el protagonista principal. Y en este capítulo se evidencia. El texto está cargado de sugerencias y construido con elementos significativos del AT., con una clara intencionalidad teológica. No se trata de un “reportaje” grafico de la venida del Espíritu, sino de la proclamación de un “mensaje”: el inicio de la nueva y definitiva etapa de la historia de la salvación. La escenografía (viento, lenguas de fuego, ruido…) evoca “el día del Señor” anunciado ya por los profetas (cf. Jl 3,1-5). Como la historia de Jesús comenzó con el descenso del Espíritu (Mc 1,10), también la de la Iglesia comienza con el descenso del Espíritu. Se han roto las fronteras, la unidad perdida en Babel (Gn 11,1-9) se recupera en Pentecostés. La lengua del Evangelio es universal, porque es la lengua del amor de Dios manifestado en Cristo. La “glosolalia”, frecuente en los comienzos de  la Iglesia (Hch 10,46; 11,15; 16,9; 1 Cor 12-10; Mc 16.17), así lo manifiesta. Desde los inicios los horizontes del Evangelio son universales. No hay excluidos, todos son convocados. Es la misión confiada a la Iglesia, que realizará guiada y fortalecida por el Espíritu.
     

 2ª Lectura: 1 Corintios 12,3b-7. 12-13

    Hermanos:
    Nadie puede decir “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común… Porque lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

                                                ***                 ***                  ***

    Dos ideas a destacar en este fragmento: 1ª) Sin el Espíritu es imposible la vida cristiana. Todo está “gobernado” por el Espíritu Santo, que se manifiesta en cada uno para el bien común. Los dones personales tienen vocación eclesial. San Pablo nos ofrece una breve formulación trinitaria: un Espíritu, un Señor (Cristo) y un Dios (Padre) (cf. 2 Cor 13,13).
    2ª) Con el símil del cuerpo se subraya la unidad existente de todos los creyentes en Cristo por el bautismo y la comunión en un mismo Espíritu. Él es el cohesionador de la Iglesia.


Evangelio: Juan 20,19-23
                                                
    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
     Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
     Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
     Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

                                                ***                 ***                  ***

     La muerte de Jesús había desconcertado a los discípulos; el miedo les atenazaba. Jesús se les presenta, como dador de la Paz y acreditado por las señales de su pasión y muerte: el Resucitado es el Crucificado; la resurrección no elimina la cruz sino que la ilumina. Al verlo, los discípulos recuperan no solo la Paz sino la alegría (sin él no hay alegría ni paz verdaderas). Y Jesús, antes de marchar, les confía la tarea de proseguir la obra que le encomendó el Padre. Como él, la realizarán con la ayuda del Espíritu, su don definitivo; y, como Él, esa misión tendrá como contenido principal anunciar y realizar la oferta misericordiosa de Dios: el perdón.


REFLEXIÓN PASTORAL

     Los cristianos necesitamos dirigir la mirada a los puntos orientadores de la existencia, para recorrer los senderos oscuros de la vida (Sal 23,4). Y uno de esos puntos luminosos y orientadores es el Espíritu Santo. Es el guía por excelencia en esa ruta inevitable, pero arriesgada, hacia la Verdad (Jn 16,13). Perfilar el Espíritu sería una contradicción y, sin embargo, se trata de un Espíritu con “rostro”, con entidad e identidad.
     No es fácil hablar del Espíritu Santo. La fiesta de Pentecostés nos ofrece la posibilidad de hacerlo. Es un tema fluido que rehúye el encasillamiento en nuestros estrechos esquemas mentales. Hablar de Dios siempre supera las capacidades expresivas de nuestro lenguaje. La inexactitud, la imprecisión resultan inevitables. ¡Casi es un buen síntoma! (cf. 1 Cor 13,9). Exige un descalzamiento de los estereotipos ordinarios, pisamos “tierra sagrada” (Éx 3,5).
     Si a esto se añade la falta de práctica, es decir el relativo silencio creado en torno al Espíritu Santo, la dificultad se acentúa. Sí, nuestra “ciencia” del Espíritu es bastante limitada y elemental (y quizá también nuestra conciencia), y esto ya parece venir de atrás (Hch 19,2). Y, sin embargo es la gran novedad aportada por Jesús, su promesa (Jn 14, 15-17. 25-26), su don más específico (Gál 4,6; Jn 16,5-15).
     Un don para todos y a favor de todos (Hch 11,17; 15,8-9; 1 Cor 12,3); necesario para pertenecer a Cristo, porque “si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo” (Rom 8,9), y para acceder a la comprensión de los designios de Dios, pues “lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios… El hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios…, pero nosotros tenemos la mente  de Cristo” (1 Cor 2, 12-16), por el Espíritu, “que nos ha sido dado” (Rom 5,5).
     Un Espíritu de perdón (Jn 20,22); integrador y promotor de las peculiaridades carismáticas (1 Cor 12); pluralista y no discriminador (Hch 11,17); inspirador del testimonio y de la audacia cristiana (Hch 5,17-22) frente a miedos congénitos o repliegues sistemáticos (Jn 20,19); que supera las barreras confesionales para acoger al que practica la justicia (Hch 10,34-35); que prioriza la obediencia a Dios (Hch 5,29); que no impone cargas más allá de lo esencial (Hch 15,28s).
     Un Espíritu de libertad interior (Gál 5,18; Rom 8,5-11) y de amor sin límites (1 Cor 12,31-13,13), verdaderos e inequívocos signos de su presencia, pues “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5), y “donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor 3,17), pues no hemos recibido un espíritu de esclavos, sino el de hijos, que es el del Hijo (cf. Rom 8,14-16). Un Espíritu de quien depende la alegría de creer y la fuerza para ser testigos; la paz para trabajar unidos; la generosidad para socorrer al necesitado; la capacidad para perdonar; la esperanza para superar los momentos oscuros y la luz para reconocernos y reconocer a los otros como templo e imagen de Dios…
      Un Espíritu que hemos de recuperar. Y eso exige “volver a Pentecostés”; mejor, revivirlo, ya que Pentecostés no puede reducirse a un “instante” de la Iglesia, sino que ha de ser su “situación” permanente.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Qué vivencia tengo del Espíritu Santo?
.- ¿Qué espíritu anima mi espíritu?
.-  ¿Hablo el amor que es el lenguaje del Espíritu?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

viernes, 15 de mayo de 2015

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN -B-



1ª Lectura: Hechos 1,1-11

    En mi primer libro querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días les habló del reino de Dios.
    Una vez que comían juntos les recomendó: No os alejéis de Jerusalén; aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.
    Ellos lo rodearon preguntándole: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?
    Jesús contestó: No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.
     Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se le presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.

                                                ***                 ***                  ***

    El libro de los Hechos forma la segunda parte del proyecto teológico-literario de san Lucas dirigido a Teófilo (amigo de Dios). En la primera, el Evangelio, narró lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta que ascendió al cielo. Ahora se dispone a narrar la andadura de la Iglesia, guiada por el Espíritu de Jesús.
    Tres bloques pueden señalarse en el texto escogido: un prólogo (vv 1-2), un relato de despedida de Jesús (vv 3-8) y la ascensión propiamente dicha (vv 9-11).
    En el prologo resume la vida terrena de Jesús hasta la resurrección, mostrando la continuidad personal y temática del Jesús prepascual y pospascual.
    En el relato de despedida aparecen elementos típicos del período que sigue a la resurrección: comida con los discípulos, promesas de Jesús, incomprensiones, y misión.
     Finalmente, la Ascensión con explicación: No se trata de una ausencia para siempre; volverá y nos deja su Espíritu.
     Los textos no han de leerse literalísticamente, sino enmarcados en la simbología del lenguaje y pensamiento bíblicos. La Ascensión significa la exaltación total y definitiva de Jesús al Cielo, que es la casa del Padre. La Ascensión no debe dar origen a especulaciones y actitudes pasivas, sino que debe marcar el inicio de la misión de la Iglesia.


2ª  Lectura: Efesios 1,17-23

    Hermanos:
    Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

                                                ***                 ***                  ***
  
    San Pablo pide espíritu de sabiduría para acceder al conocimiento del plan de Dios que ha hallado su plasmación y culmen en Jesucristo. Un plan en el que hemos sido incluidos por Dios y que debemos incluir en nuestra vida. De una manera especial en la carta se afirma también el triunfo de Cristo y su exaltación junto al Padre, al tiempo que se afirma  la conexión de Cristo con la Iglesia. La Ascensión no convierte a Jesús en ausente sino que inagura una nueva presencia.


Evangelio: Marcos 16,15-20
                                                 

    En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado.  A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.
    El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
    Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

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     La manifestación de Jesús vivo a los discípulos se convierte en misión urgente y universal: por todo el mundo y a toda la creación (cf. Col 1,23).  Con un mensaje y una tarea: anunciar y hacer el Evangelio. Un mensaje que exige la decisión frente al mismo (cf. Lc 2,34-35). Una decisión positiva - la fe -, que se manifiesta en el bautismo. A diferencia de Mt 28,19, no se envía a bautizar sino a evangelizar. No se trata de establecer una oposición entre evangelización y sacramentalización, pero sí advertir un orden de procedimiento (cf Hch. 8,37; 1Cor 1,l7). La decisión negativa también es destacada en sus consecuencias.
   El mensaje irá acompañado de signos identificativos y significativos, y no solo están reservados para los Once sino   para todos "los que crean en mi nombre" (v 17).
     Se narran cinco signos, que son en definitiva, prueba de que la obra de Jesús sigue adelante y de que la humanidad es llamada e introducida en una era de renovación.
    Cumplida la misión, Jesús recibe el abrazo del Padre. Dios rubrica la obra de Jesús: Dios se ha solidarizado con la obra del Hijo. Y la Iglesia comienza su tarea, contando siempre con un colaborador excepcional, el Señor Jesús. Es esta compañía la que hace eficaz la obra de la Iglesia. Con otras palabras se indica la misma idea de Mt 28,20: la promesa de la presencia indefectible del Resucitado.
           

REFLEXIÓN PASTORAL

     La fiesta de la Ascensión del Señor frecuentemente la interpretamos y vivimos de una manera reductiva. Resaltamos la exaltación / glorificación personal de Cristo, que, sin duda lo es, olvidando otros aspectos que también están vinculados a ella. Y que no conviene descuidar.
     Jesús vuelve a casa, vuelve al Padre: “Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16,28). Pero entre esa “salida” y ese “retorno” pasaron cosas muy importantes. 
    Jesús no regresó al Padre como había salido: regresó marcado con unas señales, las pruebas del amor y las consecuencias de su misión. Y dejándonos señalada una tarea: la de inyectar cielo, el Reino, en la tierra; la de ascensionar la realidad, transformándola con las semillas del Evangelio.
     La Ascensión de Jesús es una llamada de fidelidad a la Tierra, que con “dolores de parto” (Rom 8,22) ansía alcanzar la “novedad” pensada por el Padre Dios, como casa de todos sus hijos, donde reine la justicia y la paz.
     La Ascensión, pues, no devalúa la Tierra. Es la invitación a cultivar y llevar a feliz término su vocación original. La Ascensión supone el reconocimiento de la “mayoría de edad” de los discípulos, de la Iglesia.
      Es uno de los aspectos que destacan las lecturas de esta fiesta. “¿Qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?” (1ª lectura). La Ascensión abre una nueva perspectiva, la de la evangelización: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Evangelio). 
      ¿Qué es evangelizar? No parece que debiera ser difícil la respuesta a esta pregunta; sin embargo, vivimos en un mundo tan sofisticado y complejo que hasta lo que parece ser claro, se complica inevitablemente.
       Evangelizar es hacer explícito a Jesucristo, su persona y su mensaje, el Reino de Dios, por la predicación y el testimonio de la Iglesia, sin perder nunca de vista ni a Él (Heb 12,1) ni a la primera comunidad evangelizadora.
      Evangelizar es anunciar, desde la vida, el amor gratuito y redentor (Rom 5,6ss), concreto y personal (Jn 3,16), universal (1 Tim 2,4), preferencial (Lc 4,16ss; Mt 11,2-5) y conflictivo (Mt 6,24; 26,36ss) de Dios encarnado en Cristo. Es configurar el mundo según el proyecto de Dios manifestado por Jesucristo (Ef 1).
      “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar la misma humanidad: “Mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5; cf. 2 Cor 5,17; Gál 6,15). Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay, en primer lugar, hombres nuevos, con la novedad del bautismo (cf. Rom 6,4) y de la vida según el Evangelio (cf. Ef 4,23-24; Col 3,9-10) (EvN 18).

      La segunda lectura habla de la necesidad de que Dios ilumine los ojos de nuestro corazón - solo se ve bien cuando se mira con el corazón – para comprender esta nueva realidad que inagura la Ascensión del Señor. Porque la Ascensión nos afecta.

REFLEXIÓN  PERSONAL

.- ¿Cómo vivo la Ascensión? ¿Me siento afectado?
.- ¿Qué realidades están clamando por una ascensión liberadora?
.- ¿Qué hago por la Tierra nueva, donde habite la justicia?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.
    

jueves, 7 de mayo de 2015

DOMINGO VI DE PASCUA -B-

  
1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,25-26. 34-35

    Aconteció que cuando iba a entrar Pedro, Cornelio salió a su encuentro y se echó a sus pies. Pero Pedro lo levantó diciendo: Levántate, que soy un hombre como tú.
    Y tomando de nuevo la palabra, Pedro añadió: Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.
     Todavía estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban sus palabras. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes circuncisos, que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles.
     Pedro añadió: ¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Le rogaron que se quedara un día con ellos.

                        ***                  ***                  ***                  ***

  Pedro ha aprendido la lección: nada de personalismos; es un hombre como los demás. Un servidor y un discípulo del Señor. Su mensaje es claro: Dios no es un Dios tribal, supera todas las fronteras: en Cristo han sido abatidas (cf. Gál 3,28). Su Espíritu se derrama profusamente sobre todo el que le “teme” (ama y busca a Dios) y “practica la justicia” (camina según su recta conciencia). Esta escena de Pedro y Cornelio marca un antes y un después en la historia de la primitiva comunidad cristiana. Aquí encontramos el primer “pentecostés” de los gentiles, descrito, intencionadamente como el “pentecostés” del cenáculo sobre los apóstoles.

2ª Lectura: 1ª Juan 4,7-10

     Queridos hermanos:
     Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados.


                        ***                  ***                  ***                  ***

    El amor de Dios es la energía original de la vida, y eclosionó de manera singular e inaudita en Jesucristo. En Él sabemos qué es el amor personal de Dios; y en Él aprendemos a entrar y vivir en su amor. Solo desde el amor podemos tener acceso a Dios, a su conocimiento. El camino de Dios es el amor: por él nos vino Cristo; por él hemos de ir a Cristo y a los hermanos. San Juan nos deja la síntesis más apretada y más explosiva de Dios: Dios es Amor.


Evangelio: Juan 15,9-17                   

                                                           
     En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
    Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
     Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
     No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé.
     Esto os mando: que os améis unos a otros.


                        ***                  ***                  ***                  ***

    Jesús desvela a los discípulos los secretos de su corazón. Antes de la culminación de su entrega, Jesús les esclarece el motivo: el amor. “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos”. Y la permanencia práctica en ese amor será el criterio para saber si somos sus amigos. A la hora de la despedida, en apretada síntesis, Jesús deja su testamento vital: “que os améis unos a otros”. Este será el fruto verdadero y duradero.


REFLEXIÓN PASTORAL


     Los textos que iluminan la celebración de este domingo están transidos por un tema: el amor de Dios, como fuente y origen del ser y del quehacer del hombre.
     “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado…”.
     Antes de decidirnos por Dios, Dios ya se ha decidido por nosotros. Y esta es la decisión que nos salva. Antes de elegir a Dios, Dios ya nos ha elegido a nosotros. Y esta es la elección que nos salva. Antes de creer en Dios, Dios ya ha creído en nosotros. Y esta es la fe que nos salva.
     Pero, sobre todo, Dios nos precede en el Amor. Dios es Amor. Y en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo”. Y este es el amor que nos salva.
     Por mucho que aceleremos el paso, inevitablemente siempre llegaremos tarde, con retraso, a las citas con Dios. Él siempre tiene la iniciativa; siempre nos precede; él siempre está ya.
       La vocación cristiana es, pues, una manifestación del amor de Dios; por eso, solo puede desarrollarse en esa dimensión: “Permaneced en mi amor”. Pero, ¿qué significa esa permanencia en su amor?
     Significa:
·                  permanecer en la opción de Jesús: el amor radical, sin desviaciones ni tergiversaciones, y “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).
·             reconocerle como Hijo de Dios, porque quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios” (1 Jn 4,15).
·          guardar su palabra, porque “el que me ama, guardará mi palabra” (Jn 14,23). No solo escucharla, ni siquiera meditarla, sino guardarla, hasta el punto de interiorizarla y ser interiorizado por ella.
·            caminar en la luz, pues “si decimos que estamos en comunión con Él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos  la verdad” (1 Jn 1,6).
·                   no pecar, pues “todo el que permanece en Él no peca” (1 Jn 3,6).
·             guardar sus mandamientos: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn 15,10).
·             vivir su vida, pues “quien dice que permanece en Él, debe caminar como Él caminó” (1 Jn 2,6).
·            no pasar de largo ante nadie, porque ese “nadie” tiene un nombre, Dios. “Pues si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17).
     Aquí reside todo el misterio de la vocación cristiana y de la fidelidad a la misma. Cualquier otra ubicación es una equivocación; cualquier otra postura es una impostura.
      Permanecer en el amor no es una invitación sentimental ni al sentimentalismo, sino a recrear los sentimientos de Cristo Jesús. No es una invitación al sedentarismo, sino a estar de camino hacia el Amor, amando en el camino.
     La permanencia en el amor de Dios tiene olor, calor y color humanos. Es una invitación no  a permanecer en cualquier amor, sino en el que hemos sido amados por Dios. No es amar de cualquier manera, sino “como yo os he amado”.
     Como nos recuerda la segunda lectura “el amor es de Dios”, más aún: “Dios es Amor”. Y ese “amor” es la cuna original del cristiano -“el que ama ha nacido de Dios”-. 
     Y “Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”, exclama san Pedro al entrar en casa del centurión Cornelio (1ª lectura).
      El Amor no conoce fronteras. Dios se las ha saltado todas. ¡Cuánto nos cuesta acoger y acogernos a este mensaje! Preferimos ser constructores de fronteras, no solo entre nosotros, sino entre Dios y nosotros… ¿Queremos defender a Dios o defendernos de Él?


REFLEXIÓN PERSONAL

.-  ¿Cuál es mi espacio vital?, ¿el amor de Cristo?
.-  ¿Cómo concreto mi respuesta al amor de Cristo?
.-  ¿Siento sus urgencias?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 30 de abril de 2015

DOMINGO V DE PASCUA -B-


1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 9,26-31

    En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles.
    Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús. Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y le hicieron embarcarse para Tarso.
    Entre tanto la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Respecto de la fecha de esta visita de Pablo a Jerusalen existen divergencias entre el testimonio del propio apóstol (Gal 1,15-19), y el que ofrece el relato de Lucas. Según Pablo, la visita a Jerusalen tuvo lugar a los tres años de su conversión. Sí coinciden ambos testimonios en afirmar que ni él conocía a Pedro, ni él era conocido por los de Jerusalén. El relato de Hechos ofrece más que una información histórica, una relectura teológica para introducir a Pablo en la historia de la comunidad. Y otro tanto puede decirse del “protagonismo” atribuido a Bernabé. El relato concluye con un breve sumario en el que se manifiesta el proceso dinámico del crecimiento de la Iglesia, animada por el Espíritu Santo.


2ª Lectura: 1 Juan 3,18-24

    Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según verdad. En esto conocemos que somos de la verdad, y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza en Dios; y cuanto pidamos lo recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó.


                        ***                  ***                  ***                  ***     

     El amor verdadero a Dios y al prójimo deshace todas las dudas; también las de la conciencia. El creyente ha de procurar tener una conciencia limpia y clara, pero libre de escrúpulos, porque más allá y por encima de todo debe saber que actúa la misericordia de Dios.


Evangelio: Juan 15,1-8

                                                                           

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.


        ***            ***           ***             ***

      La imagen de la viña hunde sus raíces en el AT (cf. Is 5,1ss; Jer 2,21). Jesús la emplea en los evangelios sinópticos como parábola del Reino (Mt 20,1-8; 21,28-31. 33-41). Aquí se proclama a sí mismo la verdadera vid, cultivada por el Padre. Con esta imagen no solo se autodefine Jesús como el Dador de la vida; define también al discipulado cristiano como permanencia y vinculación personal con Él. Solamente así será fecundo.  Sin esa vinculación, sin que la sabia de Jesús circule por el sarmiento, este se seca, convirtiéndose en una realidad estéril. Desde la comunión con Cristo, están abiertas las puertas de la vida.


REFLEXIÓN PASTORAL

     El evangelio de este domingo  ilumina una de las dimensiones más importantes y urgentes del cristiano: su dinamismo, su creatividad, su necesidad de dar frutos, de traducir en vida lo que teóricamente profesa.
     Hoy la Iglesia siente la urgencia de estar presente, de responder a los retos de los tiempos, de servir a las necesidades de los hombres, de ser actual y de ser útil como instrumento de salvación. Y no puede sustraerse a este compromiso que le fue encomendado por el Señor, y que le viene recordado por los hombres, como exigencia de fidelidad a su específica misión.
     Pero no puede olvidar que todavía más importante que estar ella presente, es que haga presente a Cristo. La presencia de la Iglesia, su respuesta, no puede situarse a un nivel de táctica más o menos razonable, ni puede diluirse en planteamientos equívocos. Su única fuerza, su única razón, su única verdad, su única alternativa es Cristo; por eso, la única palabra y el único servicio válido que la Iglesia puede prestar al mundo, en general, y al hombre, en particular, es Cristo. Este debe ser su fruto.
     Y para ello, como nos recuerda el evangelio, ha de estar profundamente vinculada a Cristo. Permanecer en Cristo, sin desviaciones ni concesiones, desestimando ofertas más o menos tentadoras.
    ¿No podríamos analizar desde esta afirmación de Jesús la esterilidad de no pocas situaciones en la Iglesia? ¿No ha pretendido, en ocasiones, vincularse a otras fuerzas, a otras razones, a otras vides, olvidando que solo Jesús es la vid verdadera? La Iglesia necesita de una constante interiorización para mantener una conciencia clara de su singular vinculación con Cristo, única posibilidad y razón de su existencia.
     Quizá estas reflexiones nos cueste poco admitirlas, por considerarlas dirigidas a los responsables de la Iglesia. Y aquí está nuestra equivocación. Todos somos la Iglesia, y nadie está privado en ella de responsabilidad, si bien no todos la ejerzamos a los mismos niveles de servicio.
     Para cada uno, va dirigido el mensaje de este evangelio: la urgencia de dar fruto, de no privatizar nuestra fe, de no enterrar el talento recibido…; y, sobre todo, la necesidad de vivir en Cristo, en comunión profunda con Él, y no solo de palabra.
     “Sin mí no podéis hacer nada”. Nuestros proyectos se vendrán abajo si los elaboramos al margen del Señor, porque “Si el Señor no construye la casa…” (Sal 127,1)
      La unión con Dios es el principio de la omnipotencia del hombre. “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará”. Inversamente, el progresivo alejamiento de Dios significará el progresivo empobrecimiento del hombre, el hundimiento en sus propios enigmas y contradicciones.
      En la Eucaristía, en la que tenemos la posibilidad de acceder al Cuerpo y a la Sangre del Señor, la vid verdadera, profundicemos nuestra experiencia de Dios mediante una vinculación más estrecha y responsable con Jesucristo. Pidámosle que nos ayude a superar, a vencer nuestra tibieza, nuestra rutina, para ser sarmientos fecundos, y no ser nunca desgajados de la única Vid y condenados a una esterilidad permanente; porque existe ese riesgo: “Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, y se seca”.

 REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo es mi vinculación a Cristo?
.- ¿Mi amor a Dios y al prójimo es solo de palabra y de boca?
.- ¿Tengo vergüenza de dar testimonio de Jesucristo?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

jueves, 23 de abril de 2015

DOMINGO IV DE PASCUA -B-


1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 4,8-12

    En aquellos días, Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: Jefes del pueblo y senadores, escuchadme: porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre. Pues quede bien claro, a vosotros y a todo Israel, que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta este sano ante vosotros. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar y, bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Es, de nuevo, Pedro el portavoz del grupo apostólico, en esta ocasión ante el Sanedrín. La ocasión es la inquisición que emprenden las autoridades religiosas por la curación del tullido (Hch 3,1-10). Con audacia da testimonio de la singularidad de Jesús: Él es el causante de esa curación; es la piedra angular del proyecto de Dios; es el único Nombre a invocar como salvador. Y no oculta que esa “piedra” de Dios fue rechazada precisamente por ellos, los constructores.

2ª Lectura: 1 Juan 3,1-2

    Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a Él. Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes e Él, porque lo veremos tal cual es.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    El amor de Dios, gratuito, nos ha constituido en sus hijos. Es la verdad más consoladora. Una filiación real, pero aún germinal: Llegará el momento de su floración y granazón definitiva, en la que veremos y sentiremos a Dios sin “mediaciones”. Esa condición de hijos debe llevarnos a vivir como hijos. Esa filiación es nuestra aristocracia, que no es elitista sino profundamente democrática, ya que esa filiación es gratuitamente ofrecida por Dios a todo ser humano.

Evangelio: Juan 10,11-18

    En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
    Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas
    Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.
    Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del Padre.

                        ***                  ***                  ***                  ***

    Con la imagen del buen Pastor, Jesús desvela uno de sus rostros más entrañables. Como buen Pastor da vida a las ovejas, da su vida por las ovejas, las conoce a cada una por su nombre… Y no es un Pastor de horizontes recortados. Quiere ser Pastor de todas las ovejas. Con la adopción de este título, Jesús plantea una reivindicación mesiánica, y se identifica con la figura profética de Dios como Pastor (Ez 34,11-31), al tiempo que denuncia a los falsos pastores.

REFLEXIÓN PASTORAL


     Los textos bíblicos de este domingo nos recuerdan afirmaciones impresionantes y consoladoras a un tiempo.
     San Juan, en su carta, nos abre a la inimaginable sorpresa de la fuerza del amor de Dios que nos hace sus hijos -“pues, ¡lo somos!”-. Y eso solo es un anticipo, una primicia. La filiación divina nos abre a horizontes insospechados. ¿Es posible vivir crepuscularmente cuando la aurora de Dios nos invita a un amanecer esperanzador?
     Pedro, por su parte, nos habla de Jesús como la piedra angular, clave y quicio de toda posible edificación… Piedra que fue rechazada, y que aún hoy es rechazada. Y no solo por los de afuera, porque, ¿es Jesús la piedra angular, la primera piedra del edificio de nuestra vida personal, familiar o social? ¿O estamos construyendo sobre otros fundamentos? ¿Sobre qué construimos? ¿Nuestro edificio no se está resquebrajando y agrietando por falta de fundamentación?
     “Si el Señor no construye la casa…” (Sal 127,1). “Mire casa cuál cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento  fuera del ya puesto, que es Jesucristo… Y si uno construye sobre el cimiento con oro, plata…, madera, hierba o paja, la obra de cada cual quedará patente. Y el fuego comprobará la calidad de la obra de cada cual. Si la obra que uno ha construido resiste, recibirá el salario” (1 Cor 3,10b-14).  
     Y continúa san Pedro en su discurso: “No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos”.
   ¿Creemos que solo Jesús puede salvarnos? ¿O tenemos otras alternativas? ¿Le concedemos a Él toda la credibilidad? ¿O se la concedemos a otros y a otras siglas?
      Hoy abundan ofertas de salvación a corto plazo y a bajo precio, evangelios intranscendentes, que pretenden suplantar y desplazar al evangelio de Jesús, incluso sirviéndose materialmente de sus mismas palabras.
     Ante la precariedad en que vivimos puede que renunciemos a plantearnos las cuestiones de fondo. Es el mayor fraude: entretener al hombre con lo inmediato para que no se ocupe de lo importante; obsesionarle con el bienestar para que deje de buscar la Verdad. No hay mejor modo de reducir al hombre que reducir sus horizontes…
     Jesús vino a ampliarnos el horizonte de nuestra visión y de nuestra misión, a sacarnos de nuestras casillas, reducidas y miopes, para descubrirnos que somos hijos de Dios con un futuro insospechado. Algo que el mundo no conoce, porque tampoco lo conoce a Él. Y, sin embargo, solo Él es la alternativa: la piedra fundamental, el único que puede salvar, el buen Pastor.
     En una sociedad de mercenarios y asalariados, Jesús es el buen Pastor y el modelo de los pastores. Y esto tenemos que decirlo, aunque muchos no lo crean, pero sobre todo, tenemos que creerlo, aunque muchos no lo digan.
    Hoy la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones Y, ante planteamientos como este, existe el peligro de reducirlo todo a unas  cuantas peticiones estereotipadas e incomprometidas.
     Hay que orar, porque así lo mandó el Señor –“Orad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9,38)-, pero con una oración responsable, que parta de la conciencia y de la vivencia de la propia vocación cristiana, que es de donde surgen y para quien surgen las vocaciones específicas a la Vida consagrada y al ministerio sacerdotal. Estas son el termómetro, el indicador de la vitalidad religiosa de una comunidad. Por eso, la carencia de vocaciones en la Iglesia no es una fatalidad, que traen los tiempos, sino una irresponsabilidad falta de responsabilidad cristiana.
     Hay que orar desde la apertura -“¿Qué debo hacer, Señor?” (Hch 22,10)-; desde la pasión -“Señor, enséñame tus camino” (Sal 25,4)-; desde la disponibilidad -“Aquí estoy, mándame” (Is 6,8)-.
     Hemos de orar, en primer lugar, por nuestra vocación cristiana, para agradecerla, celebrarla y testimoniarla; y hemos de orar para que no nos falte la sensibilidad necesaria para acoger en nuestra vida y en nuestra familia la llamada del Señor a dejarlo todo por Él, por su causa, que es, también, la del hombre.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Es Jesús la piedra angular de mi vida?
.- ¿Siento el gozo y la gratitud de la filiación divina?
.- ¿Oro por la vocaciones y oro por mi vocación cristiana?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.