miércoles, 5 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS -A-

 1ª Lectura: Isaías 50,4-7

    Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

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    El texto seleccionado forma parte una sección importante del libro de Isaías, denominada “Cantos del Siervo”. Estamos en tercer “canto”. Más allá de los problemas exegéticos sobre la identidad del “Siervo”, la figura que aparece en este canto es la de un hombre consciente de una misión encomendada por Dios, que le ha destrozado la vida pero no le ha arrancado la esperanza en el Señor.
    En él se cumplen las palabras del salmo 23,4: “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo tu cayado me consuela”, y las del salmo 21 (salmo responsorial) o aquellas otras de san Pablo “Sé de quien me he fiado” (2 Tim 1,12). Estos cantos han sido releídos y aplicados en parte a la persona de Jesús, en el NT y en la liturgia de Iglesia.

2ª Lectura: Filipenses 2,6-11

    Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame:¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre.

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    Nos hallamos ante un himno prepaulino, que posiblemente se remonte a la catequesis de san Pedro (Hch 2,36; 10,39). San Pablo lo inserta en su carta a los Filipenses y lo enriquece con aportaciones personales, entre las que destaca la mención a la muerte de cruz. Tampoco puede descartarse una alusión a la antítesis Adán-Cristo: mientras uno tiende a “autodivinizarse” (Adán), el otro opta por “rebajarse” (Cristo).
    En el texto paulino se perciben dos momentos: uno kerigmático, centrado en esa opción del Hijo de Dios manifestada en Jesucristo (Dios y Hombre), que es revalidado por el Padre y convertido en Señor del universo, y otro parenético: exhortación a los cristianos a identificarse con esa opción humilde y de entrega del Hijo de Dios: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo” (Flp 2,5).


Evangelio: Mateo 26,14-27,66 (Relato de la Pasión)


                                          

                                          

REFLEXIÓN PASTORAL

    El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa. Dos rostros muestra la liturgia de este día: a) la entrada en Jerusalén, y b) la presentación de la Pasión en una triple versión: narrativa (Evangelio de san Mateo), profética (la figura del Siervo de Isaías) y kerigmática (muerte y resurrección de Cristo, en la carta a los Filipenses).
    No es uniforme el testimonio de los evangelistas a la hora de certificar el número de las subidas de Jesús a Jerusalén en su ministerio público. Mientras el IV Evangelio señala cuatro (Jn 2,13;  5,1; 7,2; 12,1), los Sinópticos solo recogen una: la de la Pascua antes de su muerte. Y de ésta cuidó personalmente los detalles. 
   Sube desde Jericó, donde había curado a Bar Timeo (Mc 10,46-52), pasando por Betania, donde había resucitado a Lázaro (Jn 11,1-44), y donde es invitado a cenar por Lázaro, Marta y María (Jn 12,2). Y desde allí ordenó la logística del acto (Mc 11,1-3).

   La entrada de Jesús en Jerusalén no es una anécdota sin más, sino un gesto profético/mesiánico de gran calado con el que quiso dar un impulso, quizá definitivo, a su proyecto de instaurar el Reino. Quiere que su entrada sea pública y “significativa”. Todo tiene su sentido. 
   El pollino sobre el que nadie había montado antes es más que la bucólica “borriquilla” de nuestras procesiones. Es la cabalgadura mesiánica a que alude el profeta Zacarías (Zac 9,9). Así lo interpreta el Evangelio de Mateo: “Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y sentado en un pollino” (Mt 21,5). Aunque puntualiza el IV Evangelio “esto no lo comprendieron de momento sus discípulos; pero cuando Jesús fue glorificado cayeron en la cuenta de que esto estaba escrito sobre él” (Jn 12,16).
         Quizá los evangelistas magnifican esa entrada, hablando de que “al entrar él  en Jerusalén toda la ciudad se conmovió” (Mt 21,10), pero no cabe duda que inquietó a los líderes religiosos, muy sensibles ante cualquier movimiento popular que pudiera despertar inquietud o sospecha en el poder romano. Posiblemente Jesús no fuera muy conocido por la población de Jerusalén, y los que le aclamaron formarían parte del grupo de discípulos y seguidores que le habían acompañado desde Galilea, para quienes Jesús no era un desconocido. En todo caso, las aclamaciones entusiasmadas de los seguidores (Lc 19,37-38) y de unos niños (Mt,  21,15-16) provocaron la indignación de las fuerza religiosas (Lc 19,39; Mt 21,16).
   El revestimiento mesiánico que presentan los relatos evangélicos es una profundización pascual de la escena que, curiosamente, no la desfigura sino que la descubre en su más hondo significado.  
     Los textos evangélicos subrayan el perfil mesiánico de Jesús, pero Jesús no se durmió en los laureles de las aclamaciones. Ese mismo día, según el texto de san Mateo, llevó a cabo un gesto profético y político de gran calado: la expulsión de los vendedores del Templo y el enfrentamiento directo con los sumos sacerdotes. ¡La suerte estaba echada!
      En el Domingo de Ramos no debería olvidarse este gesto de Jesús, reivindicando un Templo limpio, abierto, casa donde Dios sea patente y accesible a todos, sin limitaciones étnicas o económicas. Jesús elimina “la planta comercial” del Templo, y al Templo como “comercio”, para reivindicar su dimensión de casa de oración. No deberíamos quedarnos en un entusiasmado agitar de palmas. Hay que leer los signos escogidos por Jesús y su significación profunda. Y desde ahí entrar en esta Semana que conocida como “Semana de la Pasión del Señor”, deberíamos vivirla  como “semana para renovar la pasión por el Señor”.
     Lo que celebramos en estos días no fue algo que pasó porque sí, sino  por nuestra salvación. Sentirnos directamente implicados, es el modo más responsable de vivirla.
     Si no nos sentimos afectados, quedaremos suspendidos en un vacío vertiginoso. Si nos reconocemos destinatarios e implicados en esa opción radical de amor divino, hallaremos la serenidad y la audacia suficientes para afrontar las más variadas y arriesgadas alternativas de la vida (Rom 8,35-39; cf. I Co 4,9-13). Y hasta qué punto nos sentimos afectados por ese amor de Dios, lo sabremos en la medida en que seamos capaces de amar  como Dios manda, que es lo mismo que amar como Dios ama (Jn 15,12-13). No reduzcamos la Semana Santa a un “pasacalle” piadoso. Abandonemos la acera o el balcón e introduzcámonos en ella.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿En qué paso, en qué personaje de la Pasión me siento más identificado?
.- ¿Me esfuerzo en sentir y consentir con Cristo?
.- ¿Cómo vivo la pasión de Cristo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.


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