jueves, 18 de junio de 2015

DOMINGO XII -B-


1ª Lectura: Job 38,1.8-11

    El Señor habló a Job desde la tormenta: ¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y niebla por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas?”

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    El texto seleccionado pertenece al inicio de los llamados “Discursos de Dios”. A un Job hundido en sus enigmas y preguntas, que, destrozado por el sufrimiento y el sinsentido, reta a Dios a que salga de su “silencio” (Jb 31,35), Dios le responde. Pero no desde los presupuestos de Job, sino desde los de Dios. Le invita a un “paseo” por la maravillas de la creación, por su misterios, y desde ahí Dios mismo formula a Job preguntas de mayor trascendencia, invitándole a abrirse al misterio de la creación, en el que haya sentido también el misterio del hombre. Al final Job lo reconocerá (Jb 42,2-6).


2ª Lectura: 2 Corintios 5,14-17

    Hermanos:
    Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie por criterios humanos. Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no. El que vive con Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo.

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     Frente a “rivales” procedentes de las comunidades cristianas palestinenses, con planteamientos un tanto distintos de los de Pablo, este reivindica la centralidad de Cristo muerto y resucitado, superando cualquier otro argumento. Cristo no es de un “partido” o de una “facción”. Él lo ha renovado todo, comenzando por la existencia personal. Ha aportado la “novedad” definitiva, y frente a eso lo “viejo” es irrelevante. El cristiano es llamado a vivir en esa “novedad”, alternativa y salvadora.


Evangelio: Marcos 4,35-40

                                                        
    Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: Vamos a la otra orilla.
    Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón.
    Lo despertaron diciéndole: Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
    Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: ¡Silencio, cállate!  Y el viento cesó y vino una gran calma.
    Él les dijo: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?
    Se quedaron espantados y se decían unos a otros: ¿Pero, quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

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    La revelación de Dios en Jesús se hace  “a través de hechos y palabras  intrínsecamente ligados”. Comienzan ahora en el Evangelio de Marcos (4, 35 - 5, 43) los hechos prodigiosos de Jesús, manifestando su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza (4,35-41), del mal (5, 1-20) y de la misma muerte (5, 21-43), superando toda limitación geográfica (5, 1-20) o ritual (5, 24-34) .
    En la primera salida de Jesús al extranjero, atravesando el lago de Galilea, surge una tempestad que pone en peligro la vida de los navegantes. Él interviene con su autoridad para serenar la situación, provocando el estupor de los discípulos, a quienes recrimina su poca fe. Además del valor histórico del relato, el evangelista pretende subrayar el aspecto cristológico (serenando el mar, Jesús se revela como Dios: Sal 89,10; 65,8; 107,23-30; Jb 38,8-11) y eclesiológico (en toda travesía o salida  la Iglesia deberá afrontar  y asumir riesgos, “tormentas”, con serenidad y fe, consciente de la presencia del Señor).

REFLEXIÓN PASTORAL

    Dios siempre está con nosotros: se llama Enmanuel. Vivir esta verdad es muy importante.  Pero hoy es no solo importante sino urgente caer en la cuenta de ello.
    Cuando el papa Benedicto XVI en su visita a Polonia se acercó al lugar del holocausto nazi, Auswitz, se preguntó “¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué se calló? ¿Cómo pudo tolerar este triunfo del mal?”. Y todos los medios de comunicación se hicieron eco de la pregunta, para después entregarse cada uno a aventurar una respuesta a su medida.
     Preguntas que ya formulaba en apasionada oración el creyente israelita: “¡Despierta, Señor!, ¿por qué duermes? ¿Por qué nos escondes tu rotros, y olvidas nuestra desgracia y opresión?” (Sal 44, 24-25), y que no rehuyó formular el mismo Jesús en la cruz: “¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15,34).
     Las preguntas del Papa  no eran unas preguntas dubitativas, sino sorprendidas. Preguntas surgidas desde la fe en un Dios Bueno. Porque ¡Dios estaba allí!, en el sufrimiento, y estaba sufriéndolo; expulsado del corazón de los verdugos y refugiado en el corazón de las víctimas. Y desde allí gritaba, con “llantos y lágrimas” (Heb 5,7): “lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40)… Otra cosa es que se escuchara su lenguaje. Y eso era lo que precisamente escuchaba allí Benedicto XVI, ese lenguaje de Dios.  Y una solidaridad tan profunda de Dios es, ciertamente, sorprendente.
     Hoy la primera lectura nos presenta la respuesta de Dios a un Job aturdido y desesperado en su tragedia personal, desde la que pretendía impugnar la justicia del plan de Dios e incluso la existencia de que Dios tuviera un plan. Y Dios le abre a un misterio todavía mayor, el de la creación…, pero, sobre todo, Dios le responde… Y Job acabará diciendo: “Te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5).
     Esta es la diferencia: vivir de oídas o desde un conocimiento personal. ¿Dónde estamos nosotros? De oídas se puede iniciar el camino, pero no se puede mantener, porque la meta es el encuentro con Dios.
     El relato evangélico, por su parte, nos habla, también, de una situación difícil unida a la sensación de la soledad. Son muchos los elementos a considerar: la travesía, la tempestad, el miedo de los discípulos, el sueño de Jesús, su autoridad sobre el mar y, sobre todo, la pregunta: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Por la reacción, parece que los discípulos a Jesús, a quien consideraban ausente, “dormido”, todavía solo le conocían de oídas -“¿Pero, quién es este?”-. Porque Él siempre está. Se llama también “Enmanuel” (Mt 1,23).
     Sin caer en acomodaciones apresuradas, no es difícil descubrir que, como entonces, hoy la travesía de la barca de la Iglesia se realiza por aguas difíciles, azotadas por fuertes oleajes. Y muchos se preguntan o nos preguntamos: ¿Dónde está el Señor? ¿Duerme? ¿No le importa que nos hundamos?...
     “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Estas palabras no pretenden restar importancia a la gravedad del momento. Con ellas se invita al creyente, en primer lugar, a caer en la cuenta de que Jesús no prometió cruceros de placer a sus seguidores, sino que les propuso “su cruz”. Y, sobre todo, esas palabras dicen que Jesús ni está ausente ni dormido. Estaba “a popa”, dejando que los discípulos condujesen la nave; pero “estaba”, y cuando fue necesario “acalló” la fuerza del huracán y “encendió” la fe de los discípulos.
     Una lección actual y necesaria para convertirnos en discípulos, como dice san Pablo en la segunda lectura, “apremiados” solo por el amor de Cristo.

REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Conozco a Dios de oídas o desde una experiencia personal?
.- ¿De dónde surgen mis miedos y mis dudas?
.- ¿Qué me urge en la vida? ¿El amor de Cristo?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

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