jueves, 11 de septiembre de 2014

DOMINGO XXIV -A-: EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


                              
       1ª Lectura: Num 21,4b-9

     En aquellos días, el pueblo estaba extenuado del camino y habló contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué  nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo”. El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: “Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes”. Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor respondió: “Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla”. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba la serpiente de bronce y quedaba curado.

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    El camino hacia la tierra prometida, hacia la libertad está jalonado de “resistencias” por parte del pueblo, que a la menor dificultad se rebela contra Dios y contra Moisés. La escena recogida en Num 21,4-9 es una prueba más de ese temor a “la libertad” y de la añoranza de “la seguridad” de la esclavitud de Egipto. Posiblemente, con este relato, se trata de explicar el origen de la serpiente instalada en el templo de Jerusalen y que recibía un culto poco ortodoxo, hasta que el rey Ezequías la mandó destruir  en su reforma religiosa (2 Re 18,4).


   2ª Lectura: Flp 2,6-11

     Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

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    Nos hallamos ante un himno cristológico, un credo, con toda probabilidad anterior a Pablo y que él habría recibido de la comunidad cristiana, y hasta es posible que se remonte a la primitiva catequesis de san Pedro (Hch 2,36; 10,36). En sus diferentes estrofas aparecen señaladas las diversas etapas del Misterio de Cristo: la preexistencia divina, la “kénosis” -encarnación y la muerte de cruz-, la resurrección, la glorificación y el señorío universal. Algunos exegetas creen que en ese himno Pablo habría introducido la expresión y muerte de curz. El himno es una profesión de la fe en el misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Sin ser mencionada explícitamente se percibe, también, la antítesis Adán/ Cristo. Cristo recorre el camino inverso de Adán, haciéndose hombre. Quedan en evidencia la “hybris” (la soberbia) del hombre viejo -Adán- y la “kénosis” del hombre nuevo -Jesucristo-.


Evangelio: Jn 3,13-17


      En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

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  El texto forma parte de un diálogo más amplio entre Jesús y Nicodemo, en el que Jesús se manifiesta como el auténtico revelador de Dios, hacia el que hay que mirar para comprender el diseño divino.  Evocando la imagen de la serpiente en el estandarte en el desierto, Jesús revela el sentido profundo de su muerte en la cruz: de esa cruz pende la salvación.  Y desvela el origen y la finalidad de la aventura humana de su aventura humana: el amor gratuito de Dios y la salvación del hombre.


REFLEXIÓN PASTORAL


            Celebramos en este domingo la Exaltación de la Santa Cruz. Un motivo de gratitud, pues por ella nos vino la salvación; pero también un motivo de profunda reflexión.
            El signo de la cruz preside muchos espacios de nuestra geografía (en las montañas, en los valles, en los caminos…), de nuestra vida y de nuestra muerte. Pero es también verdad que, con frecuencia, nuestra vida es una huida vergonzante de la cruz. ¡Tan contradictorios somos!
            Nos hemos modelado un Cristo estético, solemne, dominando desde la cruz, convertida en adorno, los pasos inseguros de un mundo desatinado. La hemos dorado tanto que la hemos hecho irreconocible como cruz de Cristo; la hemos “descristificado”.
            La Palabra de Dios nos desvela su sentido profundo. Por ella fuimos rescatados de nuestros pecados; en ella se hizo manifiesta la densidad del amor de Dios (Jn 3,16); por ella fuimos introducidos en una vida de esperanza…
            Pero la Cruz no es solo historia pasada: es exigencia para cada uno de nosotros. Forma parte de la propuesta de Jesús (Mc 8,34). Pero, ¿qué cruz?
            Quizá hayamos confundido un poco las cosas. A cualquier contratiempo llamamos “cruz”. ¡No! Afrontar con entereza la adversidad y el dolor no es exclusivo del cristiano, aunque el cristiano sepa situar eso también junto a la cruz de Cristo y de él reciba fuerza e inspiración. Eso debe hacerlo todo hombre.
            Cuando Jesús invita a tomar la cruz, invita a seguirlo, a situarse en un estilo de vida, que por entrar en conflicto con los modos de vivir del mundo,  ocasionará conflictos y tensiones.
            Llevar la cruz no es resignarse, ni Jesús murió en la cruz por resignarse, sino por rebelarse. La cruz de Cristo habla más de insurrección que de resignación, de insumisión que de sumisión.
            La cruz de Cristo fue la consecuencia de su vida al servicio de la verdad, de su camino profético y bienhechor, de su opción radical por Dios y por el hombre. Jesús todo eso lo previó y lo asumió. Y abrazó la cruz con dolor y temor -“Si es posible…” (Mt 26,39)-, y con amor, para redimirla y para redimirnos. Y, desde entonces, ya no es signo solo del pecado del hombre, sino, y sobre todo,  del amor de Dios. Desde entonces es, también, la señal del cristiano.
            San Pablo advertirá con lágrimas en los ojos que “hay muchos que viven como enemigos de la cruz de Cristo” (Flp 3,18), y lo hacía refiriéndose  a cristianos.
            Su predicación “es necedad para los que se pierden, mas para los que salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Cor 1,18ss). En la cruz, Cristo se convierte en punto luminoso, centro de atracción  y de esperanza (Jn 12,32). 
           
REFLEXIÓN PERSONAL

.- ¿Cómo integro el mensaje de la Cruz en mi vida?
.- ¿Tengo una visión “resignada” o  “liberadora” de la Cruz?
.- ¿Comulgo con los “crucificados” de la vida?


DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

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